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              Trabajo por misericordia

 

La noche nos sorprendió en San Juan. Como padres que acaban de realizar sus sueños, salimos con nuestro tesorito rescatado. Rosita llevaba el bebé entre sus brazos, estrechándola como si algún intruso fuera a despojarla otra vez de su protección. Se recrudeció la noche a mitad de camino. Escasamente llegamos a Albán en un bus que solo hacía el recorrido entre esos dos pueblos. La persistente niebla se había estacionado entre sus casitas blancas de teja de barro. Así era Albán buena parte del año. Lo invadía una friolenta nubosidad, muy extraña para un pueblo tropical. El tren que venía de Barranca o de la costa había pasado por allí hacía algo más de media hora. Era el único medio de transporte para subir hasta Facatativá a esa hora de la noche. Se decía que una chusma de facinerosos, arropados por las capas de neblina, asaltaba los buses que por allí transitaban. Resolvimos acudir a Vicentico en busca de reposo. Siempre amable con Rosita, nos ofreció «una mala noche», pero con calurosa familiaridad. Consiguió leche y un frasco de tetero para la nena, y a nosotros nos ofreció, como siempre, un trago de brandy para el frío. Nos acomodamos en una pieza oscura con olor a humedad. La comida fue frugal porque en ese pueblo no había siquiera un restaurante de alimentos típicos. Comimos unas rodajas de un salchichón salami que colgaba de un travesaño de la tienda, con un pan añejo que reposaba en un cajón de madera donde el anfitrión lo mantenía para conservarlo de ese ambiente húmedo. El olor a moho sobresalía por encima del de la levadura y la harina. Y aún así lo devoramos. Llevábamos sin probar bocado algunas horas y esa comida nos supo al mejor manjar que hubiéremos ingerido.

 

Más tarde, mientras la bebita dormía, hablamos en voz baja con Rosita sobre nuestro inmediato futuro. La alerté con las acciones de su familia y le previne que no podíamos llegar a Facatativá porque allí la buscarían.

 

—¿Hacia dónde nos vamos? —Rosita se mostraba angustiada.

—Vámonos para Bogotá.

—¿Adónde quién? ¿A hacer qué? —atropellaba sus cuestionamientos con inquietud pero con increíble sensatez.

—Adonde mi pariente Hernando Arenas que administra el Hotel San Carlos. Él es un familiar muy cariñoso conmigo —la tranquilicé con el ofrecimiento de una situación no planificada y sin tener idea de que los escogidos aún vivieran allí o todavía administraran el hospedaje.

—¿Y de qué vamos a vivir, amor?

—En Bogotá yo tengo conocidos que me dan trabajo en la música —aduje para que calmara su preocupación.

—¿Y sin haber recuperado tus instrumentos? —sus preguntas eran prácticas y razonables.

—No había reparado en ello, mi vida. Creo, ahora que me lo recuerdas, que esos instrumentos se perdieron. Pero buscaré otra actividad que pueda realizar. Ojalá mi discapacidad visual me lo permita, porque la gente cree que los tuertos solo podemos desempeñarnos como limosneros —quise que hiciéramos conciencia acerca del tipo de trabajo que nos esperaba.

—¿Y entonces, como en qué piensas trabajar, corazón? —auscultó mi pensamiento con alguna terquedad, como si yo fuera adivino. Esa presión de Rosita para que le definiera mi futuro laboral me tornó nervioso y con presagios de ponerme malhumorado.

—En lo que se presente —le expresé con adustez, sobreponiéndome a mis dudas, con la seguridad de salirle a cualquier cosa que me ofrecieran, menos a las fechorías que pululaban en la época—. Fíjate que en Facatativá me fue bastante bien en la Droguería Cubides, sin haber tenido jamás experiencia en ello. En tan poco tiempo ya era un farmacéutico reconocido en la población —hice esfuerzos para no salirme de casillas.

—Está bien, mi amor —aceptó la ratificación de mi forma de actuar en la vida, de no arredrarme ante nada, porque sospechó que el genio se me pudría y notó que mi rostro siempre condescendiente se transformaba en huraño—. Dios proveerá —murmuró para sí con su resignado pensamiento religioso y la actitud con la que siempre terminan mirando al suelo los sometidos.

Después de tantos meses de abstinencia obligada, y para distensionar el ambiente creado por su inusual interrogatorio, hicimos el amor. Desde aquel violento despojo de sus familiares en Armero, cuando intentaron hacerla monja a la fuerza, ni ella ni yo habíamos vuelto a retozar con nadie. Dormimos más tranquilos, con la placidez que se experimenta después de un reprimido y prohibido orgasmo de varios meses.

 

El bus de línea pasaba a las seis y aún seguíamos adormilados. La salida con la niña fue bastante sacrificada porque la niebla inundaba todos los recovecos del pueblo. Las lechosas frazadas de neblina entraban danzando sin obstáculos a la tienda de Vicentico que abría sus puertas desde las cinco de la mañana. Por supuesto, el frío era paramuno y calaba los huesos. El primo de Rosita vendía los pasajes del bus, pues el suyo era el negocio comercial más importante del pueblo. Nos obsequió los tiquetes de regreso como regalo de bodas. «Un poco tarde, pero cualquier mendrugo es cariño», dijo. Tomamos ese transporte directo a Bogotá, sin detenernos en Facatativá.             

 

A la Estación de la Sabana arribaban también los buses de provincia. La nena se despertó con hambre. Rosita trataba de darle pecho, pero ante la negativa de su cuerpo recordó que las monjas de Nazaret, para la interrupción de la leche, le habían aplicado tratamientos caseros hechos a base de aguas de hierbas y pócimas extrañas. Sin embargo, puso a la niña a chupar de sus pezones y la leche comenzó a bajarle nuevamente. Anita se calmó y por primera vez abrió los ojitos delante de nosotros. Eran ojos color miel y no se le veían nubes dentro de sus pupilas. Después de hartarse de leche materna nos sonrió como si reconociera a sus verdaderos padres.

 

—Déjame yo la llevo hasta el hotel —le insistí a Rosita y por primera vez alcé a mi niña entre mis brazos. Sentí su calor y sus palpitaciones, y la felicidad de ser el autor de su vida me atosigó el guargüero. No obstante sus sufrimientos estaba de buen peso.

No llevábamos ningún equipaje diferente a la pañalera de Anita que nos había obsequiado doña Agripina. Subimos de la Estación de la Sabana hasta el hotel de Hernando. Entramos y una envejecida Zoila, canosa y arrugada en su tez, nos recibió desconcertada. No me reconoció, tal vez por mis gafas nuevas.

 

—Zoila, soy yo, José Dolores Gómez —la sorprendí.

—¡¿Josecito?! —preguntó tan exaltada que pensé que le había producido el terror que causa la aparición de un fantasma.

—Sí, Zoila. Esta es mi señora, Rosita, y la chiquitica es nuestra primera hija —se la presenté y le señalé el cobertor de mi nena.

Permaneció callada y empezó a llorar. Cuando nos envejecemos la melancolía es la respuesta más efectiva ante las sorpresas que la vida nos depara. Me abrazó con mucha efusividad; jamás pensé que algún día me ofreciera esa profunda demostración de cariño, por su manera lejana de comportarse conmigo y porque no era muy dada a exteriorizar sus sentimientos. Enseguida abrazó a Rosita y empezó a esculcar entre los cobertores que llevaba la nena, buscándole la carita. El movimiento de las pequeñas manos de Anita invitaba a que otra persona la alzara, pedía amor y caricias.

 

—La misma cara de la mami —dijo mientras miraba la lozanía del rostro de mi mujer.

«Siquiera», pensé para mis adentros. Me satisfacía que la niña le sonriera con dulzura y cariño a Zoila. Consideraba ese involuntario gesto una verdadera muestra de agradecimiento, en mi nombre, para corresponderle a las atenciones que ella me había deparado durante mi estancia en Bogotá.

—¿Y Hernando, Zoila? —la sorprendí con la pregunta.

—Por allí anda, en la sala. Está con un alto funcionario del gobierno que se hospeda aquí. Vaya y lo saluda. Se va a congratular al verlo.

—¿Y Rubicunda? —pregunté por quien me ofreció todo su apoyo en la convalecencia de mi enfermedad. La recordaba con inmenso afecto.

—La pobre está grave —dijo Zoila—. Esa desgraciada artrosis y sus consuetudinarias fatigas no la dejan trabajar con tranquilidad. Se nos fue para su pueblo porque dijo que no quería morir en esta asquerosa ciudad. Que en el cementerio de su pueblo todos eran conocidos y no tendría que compartir tierra con extraños y a lo mejor con gente de mala entraña —se sonrió.

—Tan boba —dije—. Si lo primero que perdemos en el cementerio son las entrañas —sonreí y se sonrieron.

De todas maneras me entristecí, porque si no hubiera sido por Rubicunda posible fuera que una recaída hubiera dado cuenta de mi humanidad. Ella me ofreció tranquilidad en momentos difíciles de mi vida.

 

—¡Qué lástima que las personas buenas no duren! —lo expresé pensando que era un cumplido insulso, pero la gente lo agradece.

 

En ese instante, Hernando salía de la sala con el personaje del gobierno, un señor de mediana estatura, con gafas de doctor, elegantemente vestido con un flux de paño azul oscuro y una corbata roja, color que hacía mucho tiempo no se veía en el país. Recordé que el régimen había cambiado de color y ahora estaba en la presidencia un dirigente del liberalismo.

 

Hernando me reconoció de inmediato. Se apresuró a abrazarme. Me presentó como su pariente preferido ante el alto funcionario:

 

—Este es Josecito Gómez, mi sobrino, un excelente violinista, doctor Urdaneta —me alabó ante el visitante.

Les presenté a Rosita y a la nena. Con el cariño que le asistía hacia mi familia, Hernando alzó y apechichó a Anita. Entre tanto, preguntó:

 

—¿En qué está trabajando, Josecito?

—En este momento no tengo empleo —lo preocupé—. Y mi violín y mi flauta se extraviaron en una fiesta y no he vuelto a saber de ellos.

—Y ahora, con señora y con nena... ¡y sin trabajo! ¿Qué piensa hacer? —expresó la preocupación que siempre mantenía hacia mí. Después deduje que sus preguntas tenían como objetivo que el personaje que lo acompañaba se enterara de mi situación económica. Es posible que pensara que, como único pariente, debía mantener con misericordia no una sino las tres bocas que formaban mi nueva familia.

—No sé. Buscar empleo en lo que sea. Últimamente administré una droguería en Facatativá y me fue bastante bien. Pero la vendieron —mentí porque supe que Juan de Dios conservó la botica un buen tiempo y nombró un nuevo administrador en vista de que yo no regresé a Facatativá.

El alto funcionario escuchaba muy atento el diálogo y nos miraba. De un momento a otro, dirigiéndose a mí, alternando su mirada hacia Rosita y la nena, soltó la pregunta que afloraba del interior de su alma:

 

—¿Quiere trabajar en una ciudad de otro departamento? —introdujo su mano en el bolsillo de los cigarros y sacó una tarjeta. Me la alcanzó y me sorprendí de que quien me ofrecía empleo era el doctor Ángel María Urdaneta, «Director de Impuestos Nacionales».

—Yo sí, doctor, eso no me importa, puede ser en la Patagonia que para allá arranco cuando diga —la felicidad invadió mi cara y abracé expresivamente a Rosita, Zoila y la nena. A mi esposa no le cabía la alegría en su rostro.

—Lo espero en mi oficina y hablamos. Ojalá mañana bien temprano porque viajo pasado mañana hacia el Huila —nos dijo y se despidió.

—¿Se da cuenta, Josecito? —aprovechó Zoila el ofrecimiento de trabajo que me hizo Urdaneta para hacerme un reproche—. Dios no desampara a nadie. Y usted, don José Dolores Gómez Orejarena, con ese manido descreimiento todavía duda de la bondad del Todopoderoso.

Hernando y Zoila nos condujeron a una habitación doble del segundo piso, muy cómoda, donde pudiéramos alojarnos holgadamente con la bebita. Llamaron a la nueva sirvienta para que subiera una cuna que tenían para las emergencias. Zoila parecía la abuela de Anita y se dedicó a ofrendarle comodidad y placidez. Ordenaba la preparación de teteros y consomés de pollo. Nuestras dos mujeres hicieron estrecha amistad y con Hernando nos dedicamos a preparar la entrevista con Urdaneta.

 

Vestía la misma ropa que traje de Zapatoca. Por supuesto, el olor a indigente era asfixiante y repulsivo. Fue el que me acompañó durante los días del carcelazo en Facatativá, cuando fui condenado a pagar los daños en el hospital. Mis tías lo habían mandado a lavar en La Sensitiva. Rosita también lo lavó en Honda y Armero. Pero después de la agresión para despojarme de mi mujer, no había vuelto a pasar por el lavadero. Por su parte, mi mujer continuaba con la misma indumentaria de hombre con la que había encubierto su personalidad cuando descubrimos el lugar donde habían escondido a la niña. Ese traje era el compañero del escaso ropero que poseía, y Rosita lo había ajado, maltrecho y manchado con los chorreones de leche que eructaba Anita. Mi presentación personal no era la apropiada en la capital. Esa ropa arrugada, con los sudores de los viajes y los corre corres del rescate de Anita, no eran adecuadas para obtener un cargo en el gobierno. Hernando me prestó diez pesos para comprar un vestido por lo menos decente. Bajé a la Plaza España y compré varias cosas: para mí, un vestido sastre de dril negro con una trenza de la misma tela en el espaldar que era la última moda usada por los parroquianos que llegaban a la capital —los de paño inglés, como el del doctor Urdaneta, costaban un ojo de la cara—; para Rosita, una blusa y una falda de muchos estampados que jugaban con el color de su piel y la tersura de sus piernas; y como ahora debíamos también pensar en la nena, un mameluco de color amarillo que resaltaba con el color de sus ojos. Quedé debiendo cincuenta centavos que aseguré llevar después. No sé por qué el vendedor, al ver mis ojos y mis gafas parecidas a dos lupas unidas por un marco de carey, confió en mi promesa. 

 

Hernando, con su gentileza y la infinita bondad del único familiar que tenía en Bogotá, me acompañó a la oficina de Urdaneta. La Dirección de Impuestos se hallaba en el sector de los ministerios, lugar que conocía desde las luchas por los instrumentos alemanes para el Instituto de Ciegos. Subimos cuatro pisos y hallamos el despacho del director. El hombre nos recibió de inmediato. Bastante rara su actitud porque los altos funcionarios no tenían respeto por quienes buscaban empleo. Se incorporó y, después de los saludos que ratificaban su decencia y consideración hacia los demás, nos dijo:

 

—Necesito un hombre de confianza en Palermo, Huila, para que se haga cargo de la colecturía —dijo con mucha propiedad y nos miraba a Hernando y a mí alternativamente—. Espero que esa persona sea usted, señor Gómez.

Sin que aún respondiera a la invitación de Urdaneta, Hernando se atravesó con la pregunta que aclarara mi preocupación antes de adquirir el nuevo compromiso laboral:

 

—¿En qué consiste el trabajo en esa colecturía?

—Es, sencillamente, una recaudadora de impuestos de rentas del departamento. Usted sabe, Hernando, que el aguardiente que se produce en el país es oficial, es gubernamental, y nadie tiene el derecho de fabricarlo sino solamente las licoreras del Estado. En el Huila esta ha sido una calamidad que ha dado al traste con las rentas departamentales y nacionales. Por un lado, muchos huilenses fabrican su propio aguardiente y sus fermentos etílicos de maíz y caña en forma antihigiénica, con excesos de alcohol metílico que producen alarmantes muertes por intoxicación. Y, del poquito aguardiente oficial que vendemos, las escasas rentas se esfuman por la deshonestidad de los funcionarios encargados de «recolectar» esos dineros. Por eso el cargo se denomina colecturía. Espero pues que tu sobrino nos enderece esa actividad rentística en esa agobiada región del país. Los conservadores arrasaron con las arcas del departamento y pensé que llevando a un foráneo, sin que interese su filiación política, las cosas deberían funcionar con rectitud. ¿Me lo promete, señor Gómez?

—Claro, doctor, estoy dispuesto a hacerlo —respondí, demostrando seguridad, pero por dentro me embargaba la preocupación del manejo de dineros por los peligros que aquello pudiera implicar—. ¿Y desde cuándo debo irme, doctor Urdaneta?

—Desde ya —afirmó y llamó a la secretaria para que levantara el acta de posesión y me informara de las condiciones laborales.

La secretaria era una señora que por su voz y su andar parecía de bastante edad, cosa extraña en funcionarios que desempeñan cargos de tanta responsabilidad en los que se requiere la viveza de la juventud. Alcancé a verle un poco difusa su cabeza canosa y unas gafas gruesas que la hacían parecer una profesora. No tenía el plante de reina de belleza que los jefes buscaban para atender a sus conmilitones políticos. Tecleaba una máquina de escribir a la que, a medida que los dedos armaban el texto, el papel se le deslizaba embadurnado de frases y cifras. Era una señora que tal vez por la dureza de su vida no sonreía.

 

Entre tanto, como si probara mis ojos, observé la decoración de la oficina, diferente a las que había visto hasta ahora, y me tropecé en la pared de atrás del escritorio con la fotografía del general Francisco de Paula Santander, héroe de la Independencia. Me sorprendí de que Urdaneta no colgara, como todos los funcionarios públicos, la figura fotográfica del nuevo presidente de la república. En letras destacadas se inscribió, debajo de la imagen adusta del «hombre de las leyes», su sentencia: «Las armas os han dado independencia, las leyes os darán libertad». Era la misma frase que memoricé en el colegio porque mi profesora santanderista nos obligó a hacerlo. Ella insistía en que esa frase conjugaba todo el sentido de lo que debía ser una democracia de verdad y no la dictadura que quiso imponer el libertador Bolívar.

 

Por estar entretenido con mis pensamientos abandoné la atención a las instrucciones que me impartía el doctor Urdaneta. Con voz más fuerte para que regresara al asunto que nos tenía allí, dijo:

 

—Señor Gómez, se va a ganar cien pesos mensuales, más que suficientes para el arriendo, la alimentación y la manutención de su familia —me informó con la satisfacción de estar resolviéndome el problema económico de hombre recién casado en trance de formar familia.

Tomé posesión del cargo, recibí los manuales y, de pronto, el doctor Urdaneta preguntó:

 

—¿Usted ve bien por esos ojos? —ante la pregunta, la secretaria volteó su cara para mirármelos e hizo un gesto de desengaño.

—Solamente por uno, pero es más que suficiente para desempeñar cualquier oficio. Tendré la ayuda permanente de Rosita.

—Ojalá. Eso espero. Que los corruptos no se vayan a aprovechar de su discapacidad visual para hacer de las suyas —dijo con preocupación.

—No creo, doctor. En la droguería me desempeñé competentemente y jamás se me perdió siquiera una aspirina. Puede usted preguntar en Facatativá.

—Le vamos a adelantar los cien pesos del primer mes de sueldo. Con ellos debe viajar y, además, instalarse en la población. Las gentes de ese pueblo son amables y de mucha solidaridad. El tren para Neiva sale a las cinco de la mañana y estará llegando a las seis de la tarde. De ahí a Palermo es una hora. Lo lleva un bus que sale cada dos horas. Buen viaje, señor Gómez. Espero que a su señora y a la nena no les haga mella el clima tan caluroso y algo malsano —se incorporó, se arregló la chaqueta de su traje, dio un sorbo a un café caliente que reposaba sobre su escritorio y de pronto se acordó de algo—. ¡Hermelinda! —con voz fuerte llamó la atención de la secretaria—. Hágame el favor y llama a Polanía, el de la colecturía, para informarle de la designación del señor Gómez. Utilice los telégrafos nacionales que, quien lo creyera, siguen en manos de los conservadores —nos miró con ojos de desagrado.              

Gesticulando con la boca, Hermelinda rechazó la afirmación de Urdaneta y se incorporó de su silla. Salió sin despedirse. Cuando llegó a la puerta el jefe alcanzó a decirle:

 

—Que esperamos todo su apoyo ahora que el liberalismo ha regresado al poder, si no quiere pasar malos ratos.

La funcionaria se abstuvo de contestar, pues como militante del conservatismo se molestaba con las imputaciones maliciosas de su jefe contra las actuaciones indelicadas de sus líderes políticos.

 

Antes de salir de la oficina del Director de Impuestos, volteé mis ojos nuevamente a la frase santanderista. Recuerdo que mi abuelo Lolo había expresado alguna vez que con esa frase trataron de desbancar al fundador del Partido Conservador que había sido el general Simón Bolívar.