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El internado

 

Debía internarme antes de las ocho de la mañana. A las seis me despedí de Zoila y Rubicunda. Agradecí sus desinteresadas atenciones. Bajamos con Hernando por la calle del Palacio Presidencial hasta encontrar la Calle Real por donde transitaba el tranvía para San Cristóbal. Al poco rato llegó el pequeño tren atestado de parroquianos y estudiantes. Ese barrio quedaba en la falda del cerro de Guadalupe que se eleva a continuación del de Monserrate. Mi pariente continuaba pletórico de felicidad. Aspiraba a que algún día yo fuera un gran músico, un gran artista, y él se convertiría en mi representante. Ya lo había manifestado en diferentes ocasiones. Tenía un manojo de ilusiones futuras con mi porvenir musical. Una vez llegamos al instituto, el frío era intenso y el rocío de la mañana parecía arroparlo como si fuera una bufanda de gasas y algodones deshilvanados y humedecidos. Aparte de mi tuertera la neblina me impedía observar desde allí la ciudad. Llamamos a la puerta y el mismo ciego que había abierto la primera vez nos reconoció la voz y nos invitó a seguir. Solicitó nuestra paciencia por unos minutos de espera mientras el maestro Posada arribaba a la institución. Esa era también la hora de entrada de los profesores y empleados.

Hernando me había comprado dos pantalones, dos camisas, varios calzoncillos, medias, dos abullonados sacos de lana para el frío y los zapatos del uniforme que tenían unas suelas más duras que las alpargatas que había comprado en Moniquirá. Caminaba como minusválido, tal como lo hacen los zanqueros de los circos. Para mí lo más difícil de haber llegado a la capital fue acostumbrarme a los zapatos de cuero. Llevaba mucho tiempo usando alpargatas y estas contribuían a que los pies se explayaran, se abrieran, y por supuesto, cuando se usaban zapatos, estos no entraban o había que calzarlos a la fuerza. Cambiarles la costumbre a los pies, después de tanto tiempo de calzarlos de una manera elemental y diferente, era como aplicarles un aparato de tortura. Me producían tal incomodidad y desesperación que quise botarlos lo más lejos posible, donde nadie pudiera hallarlos para obligarme a usarlos. Me despojé de ellos y descansé. Por esto, cuando el maestro Posada llegó a practicarme el examen de conocimientos para establecer mi grado de cultura, se sorprendió al encontrarme descalzo. En ese momento yo pensaba en el sufrimiento que debieron padecer las geishas que, según mi abuelo, eran obligadas a calzarse con zapatos de tortura para que sus pies jamás crecieran. El maestro, con el rostro huraño, sentenció que si me quitaba los zapatos nunca iba a amansarlos. Hablaba de ellos como si fueran bestias salvajes que los hombres debíamos domar para ingresar a la civilización. Tuve que ponérmelos otra vez para comenzar la entrevista a pesar de que no me dejaban pensar, ni estudiar, ni hilar las palabras. Con el paso de los días comenzaron a aparecerme unas deformaciones en los pies que llamaban juanetes y dolían como si estos fueran un implante artificial al resto de mi cuerpo.

 

Sin más preámbulos, el profesor me preguntó con gran amabilidad:

 

—Dígame, José Dolores, ¿cuántos años de escuela primaria cursó? —su familiaridad y cariño distendieron la rigidez de mi cuerpo. Aflojé también los músculos de la cara y traté de sonreír, pero el dolor en los pies me lo impidió.

—Cinco, maestro, y con excelentes calificaciones. Pasé a primero de bachillerato pero asistí solo un semestre. Mi madre había muerto, mi padre nos abandonó y no había quién apoyara mis estudios en casa de mis tías, donde vivía con mi hermana. Y como ya tenía la flauta me dediqué a tratar de tocarla.

—Este instituto tiene la misma organización que un colegio de secundaria —afirmó—. Pero además se rige por normas muy estrictas. Voy a matricularlo en segundo año, porque en primero puede verse demasiado grande de cuerpo frente a sus compañeros. Por su cuenta tiene que nivelarse y estudiar lo que le faltó del primer año. Cualquier día, a final de año, le haremos la evaluación. Con respecto a la música, por ahora tiene que dejar de tocar la flauta para que aprenda solfeo. El empirismo no sirve para nada, solo para demostrar aptitudes de nacimiento, corriendo el riesgo de deteriorar el oído.

El director nos resumió en pocas palabras el discurrir de la vida institucional sin inmiscuirse en ningún tema de mis conocimientos escolares, como había prometido. Se dedicó a enumerar algunas normas disciplinarias. Como aspecto importante señaló que los alumnos permaneceríamos internos dentro del centro docente. La salida para visitar familiares o acudientes se programaba para los domingos, pero cada quince días. El resto de dominicales y días festivos se dedicarían a ensayos de la orquesta para el Gran Salón Social Santafé, la estudiantina para conciertos y los conjuntos musicales que trabajaban en reuniones sociales. Las otras actividades para el descanso se resumían en la lectura de libros y los juegos en braille como el dominó, el ajedrez y las damas chinas, de tal manera que los invidentes no estuvieran por ahí andando como zombis, practicando la desidia que era el peor de los pecados capitales. Después supe que la organización del internado había sido diseñada al estilo alemán y religioso, y la mayor parte de las ayudas económicas venían de instituciones germanas y clericales. Por esta razón los alemanes tenían tanta influencia en ese colegio para ciegos.

Como era lógico, toda esa normatividad impidió que pudiera trabajar en el Dancing, como había sido mi ilusión desde el momento que prometieron vincularme si reunía los requisitos exigidos. Hacer parte de la orquesta de Rosendo, de la bohemia que se practicaba y se sentía en el ambiente, y entablar amistad con las bailarinas del cancán, fue un deseo frustrado. Con ello me hubiera sentido perfectamente realizado. En mi memoria quedaron grabadas las fotos del grupo de danzas; en una de esas imágenes creí ver el rostro de Edelmira en el de una de las bailarinas, pues los rasgos y el donaire de esta última eran idénticos a los de la muchacha que hacía parte de Las Florecitas del Río con quien tuve mis primeros escarceos amorosos. Tenían un singular parecido, o sería que el haberme prendado de ella me incitaba a verla en todas partes. Los recuerdos amorosos de Edelmira, su delicada figura y sus actitudes tan femeninas, venían a mi pensamiento con frecuencia y me hacían pensar en regresar algún día a Barbosa para recibir de nuevo sus dulces caricias. Me llené de nostalgia porque los seis meses de viaje desde Zapatoca hasta Bogotá dejaron recuerdos imborrables en mi mente. ¿Cómo olvidar a Merceditas, la Reina de la Gallina Asada de Ventaquemada? Elucubré mis pasiones oscuras con la ninfa llanera del paradero de Tunja de la que jamás supe el nombre y que por los avatares del destino se convirtió en la dueña de mi virginidad. Ese pasado había que olvidarlo y continuar mi nueva vida.

El maestro José Tomás insistía en practicarme el examen de conocimientos, no solo musicales sino de cultura general. Y de tanto en tanto me amenazaba con hacerlo. Deseaba que me preparara para no tener sorpresas. Me preocupé porque en Zapatoca apenas alcancé a cursar unos meses de primero de bachillerato, es decir, los inicios de la educación secundaria. Lo poco que sabía del país, del mundo y de la gente del planeta se lo debía a la universidad de la vida. Agregó que la evaluación de la flauta la daba por presentada y en ello era sobresaliente. Me correspondía poner todo mi empeño para aprender música. Y nos invitó a que en el menor tiempo posible iniciara mi vida académica. Sin embargo, el examen de conocimientos tantas veces anunciado finalmente se diluyó en meras expectativas porque el director nunca indagó nada de lo que yo guardaba en mi cerebro.

Salí de la dirección rumbo al salón de solfeo. Por esos largos corredores solo se escuchaban las tenues voces de los ciegos y el tas, tas de sus bastones. En el camino le pregunté a un joven cuál era la ruta para llegar al salón de solfeo. «Camine conmigo», dijo, y se agarró de mi brazo creyendo que yo también era invidente como él. No hice ningún esfuerzo para soltarme de mi improvisado lazarillo que me llevó hasta la entrada del salón. Una vez adentro me di cuenta de que la mayoría de los pupitres estaban ocupados. Una profesora, con cara de extranjera y con acento como el del señor Haussemann, me preguntó:

 

—¿El joven es nuevo?

—Sí, profesora.

—¿Sabe braille?

—No señora.

—Entonces tiene que empezar a aprenderlo, porque, ¿cómo va a estudiar solfeo sin leer los pentagramas?

—Yo alcanzo a ver un poquito por este ojo y distingo perfectamente los pentagramas —respondí de forma imprudente, pues el maestro Posada nos había manifestado que iba a decir una mentira piadosa con respecto a mi ceguera.

—¡Ah!, entonces no es completamente ciego —dijo, malhumorada, y salió del salón.

Me di cuenta de que se dirigía a la oficina del director. Como el profesor Posada había advertido de las dificultades becarias para un tuerto como yo, salí detrás de ella. Dado el talante rígido de los alemanes, supuse que iba dispuesta a objetar mi vinculación al instituto.

 

Entró con cara adusta y en tono enérgico interpeló al maestro Posada: 

 

—¿Usted matriculó a este joven tuerto que llegó a mi salón? —se enteró de que la seguía y me señaló con la mirada. Enseguida, agregó sin reatos que las reglas eran las reglas y no se podían violar.

—Sí, profesora, pero ese muchacho, con esas cataratas, no tardará en quedarse completamente ciego —le contestó calmadamente el encumbrado—. Recibámoslo y enseñémosle música. Yo creo que con las aptitudes que tiene va a ser un extraordinario intérprete, de mucha ayuda para nosotros. Usted sabe profesora que el gobierno solo manda migajas para el sostenimiento, porque los ciegos son una carga para el Estado. Por ello he insistido en el autosostenimiento, haciendo que contraten a la orquesta de nuestros muchachos en el Salón Santafé para así aumentar los ingresos del instituto que está al borde de la quiebra.

Ante estos argumentos, a la profesora no le quedó nada que agregar y regresó al salón de clase. Me señaló un pupitre vacío y me ordenó que me sentara. De ahí en adelante se dedicó a mi enseñanza del solfeo y la música. Mis conocimientos en esa materia eran nulos. Apenas si sabía que las notas musicales eran siete y mi oído podía distinguir entre un do y un re, o un fa sostenido. Entre otras cosas, no sabía qué quería decir «sostenido», pero en la flauta me sonaba así, porque los otros músicos asentían. Dado el atraso musical, la profesora ofreció adelantarme en las tardes para que me emparejara con los demás compañeros. Pero uno de los alumnos, a quien le decían Vicentico, se molestó por el beneficio que me ofrecía la profesora y resolvió oponerse:

 

—Es decir, ¿nosotros tenemos que sufrir por el atraso de este tuerto que acaba de llegar? —Vicentico hablaba con voz metálica, sin ondulaciones, y le sonaba un tanto fastidiosa, tal vez por su mezquindad. Días después supe que su nombre completo era Vicente Almonacid y que era familiar de un importante funcionario del Ministerio de Educación Pública.

—Vicentico, tenemos que ser tolerantes —le reprochó la profesora con humildad, tal vez por el parentesco del muchacho con el mandamás del ministerio—. Hay que ayudar a quienes lo necesitan. Cuando usted llegó aquí a mitad de año y lo matriculamos en un curso superior a sus conocimientos, ¿no pensó igual? Dígame, ¿usted es católico?

—Claro, profesora.

—¿Ha oído hablar de las obras de misericordia?

—No solo he oído de ellas sino que trato de practicarlas, profesora.

—Y en el caso de este muchacho nuevo, ¿por qué no?

—Bueno, profesora, vamos a ver si realmente merece nuestra misericordia —hablaba con petulancia, haciendo alarde de su presunto poder como familiar del influyente funcionario educativo y de que podía ejercerlo por delegación oficiosa en el instituto para lograr intimidarnos.

Este pequeño enfrentamiento inicial por mi presencia, lo ocasionó la  maestra al presentarme ante los alumnos de su curso. Ella me dijo que se llamaba Raquel, pronunciando su nombre con la lengua entre los dientes. Después me enteré de que todos la mencionaban como la profesora Radke. Y enseguida, para evitar las fricciones con el tal Vicentico, me preguntó con alguna aspereza:

 

—A ver, usted, el nuevo, ¿cómo se llama?

—José Dolores Gómez Orejarena.

—Oreja..., ¿qué?

—O... r... e... j... a... r... e... n... a, profesora —espacié las letras, y los ciegos del curso se rieron ya que nunca habían escuchado ese apellido que al parecer era originario de Zapatoca.

—Como José Dolores es el único que no tiene los conocimientos elementales de las notas musicales, les pido a los demás que tengan un poco de paciencia.

Y luego, dirigiéndose a mí, agregó:

—Señor Gómez Orejarena, como tampoco sabe braille, le ruego que se presente donde el profesor encargado para que comience a aprenderlo, porque aquí tanto las partituras como todos los libros de estudio están escritos en este sistema de lectura. No importa que vea algo por uno de sus ojos.

Salí del salón y fui directo a presentarme ante el profesor de braille. Este hombre era completamente ciego. Supe que había nacido con los párpados pegados. Me imaginé que sus ojos reposaban dentro de sus cuencas porque allí se observaban oscilantes movimientos, como el de las balotas que introducen en una bolsa de tela para juegos de azar como el bingo.

 

—¿Quién entró? —preguntó al escuchar que se abría la puerta.

—Yo, profesor —dije, creyendo con ingenuidad que el hombre me miraba por entre las membranas de sus párpados.

—¿Quién es «yo»? —indagó con rabia, pues creyó que le estaba haciendo una broma.

—Gómez, José Dolores —dije con nerviosismo al verle el rictus energúmeno de su rostro.

—¿El tuerto?, ¿el nuevo? —preguntó irascible y abusivo, demostrándome que se había enterado de mi defecto físico.

—Sí señor —aseveré secamente.

El profesor se orientó tal vez por mi respiración, por el vaho que expelía mi cuerpo, o de pronto por el olor de mi ropa. Lo cierto es que fue directo hacia donde yo estaba con un abultado y sucio folleto en su mano. Parecía que era la única cartilla braille que utilizaban en ese instituto desde hacía años. Se detuvo al frente y me dijo con voz de cantante de sacristía:

 

—¿Conoce esta forma de escritura? —en su oscuridad congénita, buscó mi mano derecha y la deslizó por unas cartulinas en las que sobresalía en relieve una cantidad infinita de puntos.

—No señor —dije, y la verdad que era la primera vez en mi vida que me enteraba de la existencia de un sistema de lectura para los ciegos.

En últimas, era como aprender otro idioma, no obstante que las palabras eran las mismas del español escritas en forma diferente. Sabía que existía el lenguaje de los sordomudos porque el sacristán de Zapatoca, aparte de alcohólico, era sordomudo y se entendía con monseñor Pimiento a la perfección. Su mal genio lo exteriorizaba haciéndole a monseñor una cantidad de musarañas con los dedos de sus manos, las cuales terminaban en la tradicional pistola que se convertía en pecaminoso insulto para el prelado, aunque con tolerante indulgencia este le perdonaba el desmán. Cuando le pregunté a monseñor si él le entendía, me enseñó las letras de ese alfabeto, y agregó que en Roma había dirigido un seminario de novicios sordomudos y que ejerció como profesor de ese sistema de comunicación. Recordó que uno de esos alumnos había sido ungido como cardenal y que por poco se convierte en Sumo Pontífice porque era descendiente de una gran familia papal italiana, de mucho dinero. Hubiera sido el primer Papa sordomudo en la historia de la Iglesia, y seguramente nos hubiera impuesto a todos los feligreses el aprendizaje de ese lenguaje para poder entender las encíclicas y las decisiones litúrgicas del Vaticano. Me decía que si esto hubiera ocurrido, yo no tendría la fortuna de conocerlo, porque su gran poder en la Iglesia católica no le habría permitido su actividad pastoral en Zapatoca y su labor habría quedado inconclusa, añadía, como si de verdad su apostolado significara grandes beneficios para la población.

El sistema braille lo aprendí con inusitada rapidez, porque aparte de tener desarrollado el sentido del tacto, ya que desde chico todas las cosas las reconocía tocándolas, alcanzaba a ver los punticos que conformaban las palabras. Tampoco tuve mayor dificultad para leer la música, porque a pesar de la opacidad que me producían las cataratas alcanzaba a ver los difusos pentagramas. Fuera de esas virtudes, la memoria se me había desarrollado con la música empírica que interpretaba y tampoco se me dificultaba el aprendizaje de las partituras. Sabía de memoria más de doscientas canciones tanto nacionales como extranjeras.

Para el final de ese primer año leía en braille de corrido. Y la música con todos sus signos del pentagrama como las claves de sol y de fa, y sus símbolos del puntillo, los calderones y los silencios los manejaba a la perfección. Me faltaba tratar de perfeccionar los tonos de mi voz a punta de ejercicios para desempeñarme a cabalidad en el canto, porque mis sonidos bucales me servían solo para comunicarme con los demás. Aunque era bastante afinado y luchaba por no desentonar, la voz la podía usar en música para acompañar con susurros o ruidos imitativos del vuelo de los cucarrones en los coros del instituto, cuando así era menester.

Hice grandes amigos entre los compañeros de mi curso y de otros grados superiores. Por ser tuerto, algunos me preferían. Les describía las cosas que veía en detalle, así como los rasgos de las personas que yo podía distinguir por mi ojo medio bueno. Algunos pagaban por mi compañía en las salidas dominicales, por la seguridad que les deparaba para tomar los tranvías y para la búsqueda de nomenclaturas urbanas. A veces íbamos al parque y yo trataba de contarles lo que sucedía a nuestro alrededor, les describía las muchachas que pasaban a nuestro lado. Todo esto me significaba unos ingresos que nunca hubiera recibido de nadie más. Con esto financiaba la compra de cosas necesarias en mi internado tales como ropa y golosinas para menguar el hambre, pues la manutención del instituto era precaria, como en todas las organizaciones colectivas. Cuando quedaba algún saldo de esos pagos extra me compraba un libro en la calle. En algunas ocasiones visitaba las familias de los compañeros y me invitaban a almorzar o a dar paseos campestres por la Sabana de Bogotá.

A pesar de que no iba con frecuencia a visitar a mis parientes, Hernando vivía pendiente de mí. Era el acudiente que debía responder por mis actos en el instituto. Injusto sería no reconocer que Zoila y Rubicunda también se encariñaron conmigo. Me mandaban pequeñas cartas, acompañadas de brevas con arequipe, famosas en la calle del Palacio Presidencial. Mis tías y mi padre poco o nada se habían interesado por mi suerte. Claro que tampoco podían ubicarme en ningún sitio del planeta. Solo hasta que Hernando les contó por carta que yo estaba hospedado en su hotel y estudiando en una institución para ciegos comenzaron a recomponer la página. Un día, las hermanas de mi madre me enviaron, con un funcionario de la alcaldía de Zapatoca, colaciones y dulces de apio que recibí a través de Hernando. También aquella vez, aprovechando que el envío no le acarreaba gasto alguno, mi padre se apiadó de mí y me hizo llegar, dentro de una carta en la que me juraba amor filial por una eternidad, un billete de un peso y, aparte, un vestido volteado que seguramente era de mis primos y que me ayudó mucho para aguantar el frío bogotano. Con el dinero compré zapatos más suaves pues siempre sufrí de los pies. Los domingos, cuando teníamos salida, me vestía con el traje y algunos de los que no eran ciegos, como el jardinero, las secretarias y las sirvientas del instituto, preguntaban que si salía para un banquete o para una reunión social de gala, por la elegancia y la textura que aún conservaba ese envejecido paño. Creo que esa fue la única ayuda que recibí del viejo.

Una profesora ciega nos dictaba clases de extraordinaria importancia, porque enseñaba cómo conducirse en sociedad, vestirse bien, comer sin chorrearse, brillar los zapatos y cuidar nuestra salud. Yo era el único que tenía el privilegio de verla por mi ojo derecho, y por eso sabía que tenía cara bonita. Su rostro exhibía siempre una sonrisa amable, facilitando así cualquier conversación. Su voz era tan dulce que a los estudiantes nos parecía estar hablando con Santa Lucía, patrona de los invidentes. Pero tal vez los malos pensamientos, un tanto libidinosos por razón de la abstinencia del internado, me embargaban con la profesora de Urbanidad. Yo era el único alumno que le veía sus piernas torneadas y cómo por encima de la blusa se ceñían sus endurecidos pezones. Esa profesora era muy tranquila, a pesar de que su actitud era como la de una joven mujer con ademanes de coquetería en su voz y sus movimientos corporales. La seguridad que tenía porque todos sus alumnos eran ciegos le facilitaba levantarse la falda sin recato. Se mostraba desparpajada al sentarse, dejando al descubierto sus calzones y demás intimidades. Se rascaba por allá en la entrepierna, sin pena ni rubor. Como un día yo les conté a mis compañeros lo que había visto por mi ojo medio bueno, ofrecieron pagarme algunas monedas para que les suministrara información diaria sobre mis observaciones. Esa actividad derivada de mi tuertera me producía un dinero adicional que bastante falta me hacía. «¿De qué color tiene hoy los calzones la profesora Sofía?», preguntaban algunos, por lo bajo, una vez terminada la clase. Con la morbosidad reconcentrada que ocasiona la privación, indagaban otras cosas: «¿Y le quedan bien apretados?, ¿se le nota la hendidura en la mitad?, ¿se le alcanzan a ver los pelitos?, ¿de qué color son?, ¿no tiene roticos?, ¿y se le ve el sostén?». Todo esto los inducía a masturbarse en las noches. Cuando estaban en su actividad sexual solitaria en el dormitorio colectivo, seguían haciendo las mismas preguntas para sacarle mayor provecho a la inversión económica que habían hecho. A veces no me dejaban dormir hasta que no les contara hasta el último detalle, mientras sus manos se movían velozmente entre las sábanas.

Sin embargo, la dicha no duró mucho tiempo porque el lambón de Vicentico le fue con el chisme a la profesora Radke y me condujeron a la Dirección para llenarme de reprimendas. La profesora Sofía, a quien le informaron de mi actividad comunicativa, se puso iracunda y no dudó un instante en enlodarme con sus insultos. Me dijo «tuerto corrompido, aprendiz de ciego mañoso, descarado», y agregó que yo era proclive al pecado y que aquel que eso hacía estaba a un paso de ser un violador. Le exigió al director mi expulsión del establecimiento, porque una manzana agusanada contagiaba las demás frutas.

Lo cierto es que esa pilatuna de adolescente me hizo sentir como un criminal y rogué perdón en todas las formas, tanto a la profesora como al director, porque además la debilidad de mis compañeros puso sobre mi frente el dedo inquisidor de la irresponsabilidad. Ahí comprendí que con los ciegos uno no está seguro y debe estar alerta porque su confiabilidad es mínima. Tal vez por su invalidez se transforman en personas pusilánimes, muy débiles de espíritu.

 

—Ahí está el error de matricular en este instituto a personas que no son totalmente ciegas —le enrostró la profesora Radke al maestro José Tomás.

El maestro Posada, ante el ruego de la agraviada, decidió suspenderme de las clases durante un mes, pues consideró que expulsarme del instituto sería  más grave que la enfermedad para una persona medianamente discapacitada. Agregó que tanto el profesorado como las víctimas de mi conducta irresponsable debían hacer esfuerzos por encausar mi personalidad hacia las cosas útiles de la vida.

Los ciegos que pagaban por mis servicios videntes se tornaron furiosos con Vicentico, y no volvieron a tratarlo como amigo ni a dirigirle la palabra durante un tiempo. En los descansos, a escondidas, le daban coscorrones en la cabeza, le decían «chismoso hijueputa», lo empujaban, le ponían zancadillas y lo hacían caer, le untaban dulces, cremas y creo que hasta caca de perro. Llegaron al extremo de amenazarlo con cortarle la cara si algún día se le ocurría volver a ir con chismes a la Dirección, y que no les importaba el alto cargo de su pariente.

Le supliqué al maestro Posada que me dejara pernoctar en el instituto porque no tenía a donde ir. Aunque podía refugiarme donde Hernando y Zoila me daba gran pena que supieran las causas del castigo. Creerían que el José Dolores hijo de Beatricita era un sátiro y un degenerado sexual. El director me aceptó, prohibiéndome el trato con el resto del alumnado durante un mes. En el transcurso de ese tiempo perfeccioné la interpretación de la flauta y traduje a notas musicales muchas de las canciones que tocaba de manera empírica. 

Al cumplir mi sanción, seguí con aplicación las clases de solfeo y de braille. Después del conflicto de la clase de Urbanidad, regresé con mis visitas a Hernando y Zoila. Le pedía a Rubicunda que me lavara la ropa y le pagaba. Llevé la flauta y algunas partituras y les enseñé a mis parientes los adelantos musicales aprendidos en el instituto. El hotel estaba lleno ese día, con una cantidad de empingorotados personajes. Hernando me explicó que eran embajadores y ministros de otros países que venían a una de esas Conferencia Panamericanas. Preferían el Hotel San Carlos por la cercanía al Palacio Presidencial. Zoila me invitó a almorzar en un comedorcito improvisado que se había colocado en la cocina. Almorcé acompañado de Rubicunda, Zoila y Hernando, mientras los encumbrados lo hacían en el comedor grande. El almuerzo fue suculento y pude probar los manjares que comían esas gentes del mundo diplomático. El ministro de Comercio de México tocaba guitarra. Después del almuerzo ofreció un pequeño concierto de canciones mexicanas. Me senté en el primer peldaño de las escaleras a escuchar a tan virtuoso y destacado guitarrista. Hernando, promocionándome como siempre, les dijo que yo tocaba muy bien la flauta. El mexicano, sin pensarlo, expresó con su dejo ranchero: «¡Tráigala y nos echamos unas cantas!».

Cuando volví con la flauta, que se la había dejado recomendada a Rubicunda, me preguntó qué canciones mexicanas conocía. Le dije que «Adelita» y «Allá en el rancho grande».

 

—¡Hágale, pues, mi cuate! —me ordenó y alistó sus dedos sobre el diapasón de la guitarra.

Interpreté la introducción de «Adelita» con excelente medida, timbre y armonía. El ministro comenzó a cantar con voz de mariachi. Muchos de los embajadores y ministros que estaban con él se sabían esa canción de la Revolución Mexicana y le acompañaron, unos con buenas voces y otros muy desentonados.

 

—¡Este joven promete ser un gran músico! —expresó el mexicano y me felicitó con palmadas en la espalda.

Después de cuatro o cinco canciones los asistentes empezaron a retirarse a sus habitaciones. Como ya eran cerca de las cinco de la tarde fui a buscar a Rubicunda, quien ya tenía mi ropa lavada y planchada. Antes de despedirme de Hernando y Zoila les pregunté si el profesor Posada se había comunicado con ellos. Me respondieron que no, y regresé al instituto con la tranquilidad de que la queja con la profesora de Urbanidad todavía no llegaba a sus oídos.