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El celestinaje de los primos

 

George y Fernando, quienes no desperdiciaban oportunidad para el jolgorio, comprometieron a sus amigas de apellido Carrera para concertar una reunión social con visos vagabundiles en su gigantesca casona de Guayabal de Síquima. Era sábado al mediodía. Habían invitado a gente importante de la región para que tuvieran la oportunidad de conocer mi música, pues hasta el momento no se había presentado la ocasión. Me asaltó el presentimiento de que era una labor de celestinaje preparatoria del cuadre amoroso de la niña Ramírez conmigo. Hasta la víspera me hallaba perfectamente ignorante de la componenda programada. Delante de mis tías, Fernando me invitó para asistir a una reunión familiar donde los Carrera, «sin licor para José Dolores» pero sí con la música de mis instrumentos. Por ello era necesario que llevara el violín y la flauta.

 

Mis primos y yo cabalgamos hasta Guayabal. En una mula con enjalma, encargada a uno de los ayudantes de la hacienda, embalamos los instrumentos y algo de ropa y elementos de aseo. Al llegar al sitio de la reunión bailable fuimos recibidos por una rumba criolla que interpretaban el Chunco Reyes y los músicos de su conjunto. Aplaudieron nuestra llegada y, como de costumbre, las muchachas ofrecían copitas de aguardiente o vasos con cerveza en bandejas de plata. Cuando me atreví a tomar uno de los vasos de cerveza se acercó Rosita presurosa y preocupada. Se hallaba sentada al otro lado de la sala y, cuando ya había sorbido la espuma que se desbordaba, me lo impidió:

 

—No, no señor —se sonrió y luego entornó los ojos con dulzura—. Ya te dije que haría las veces de tu tía Francisca, Josecito. Nada pero nada de licor.

Acepté la recomendación de Rosita, quien haciendo honor a su nombre tenía la piel rosada y sus ojos azules. Parecía una de esas muñecas navideñas que fabricaban en un material que llamaban celuloide. La saludé sin exagerar las demostraciones del afecto que le tenía, pero me apretó la mano, continuó cogida de ella y me llevó como en pasarela presentándome a sus hermanas, hermanos, primos y todos los amigos. Al final de las presentaciones se detuvo para hacer una especialísima:

 

—¡Esta es Lucita Carrera, la dueña de casa! —me presentó a una chica como de su misma edad—. Ella es la anfitriona y esta reunión social se hace por tu presencia en nuestras familias. Considérate ya uno de los nuestros.

Lucita Carrera era una muchacha de ojos parados, saltones, del color del café tostado; tenía el pelo castaño, liso y endeble. Sus movimientos eran tan coquetos que su falda se bamboleaba a lado y lado de su cuerpo.

 

—¡Señoras y señores, les presento a José Dolores Gómez Orejarena! —alzó la voz para que todos se enteraran de mi presencia como si hubiera llegado el presidente de la república—. Vamos a darle un aplauso. Él es un gran músico y espero... —Lucita hizo una pausa para que Rosita y yo asintiéramos— que más tarde nos deleite con su delicioso arte —Lucy y Rosita hasta ahora no me habían escuchado, pero las referencias a mi música las hacía George. Imaginé que la exagerada presentación de mi nombre pretendía darle una falaz importancia ante los Ramírez. Eran solamente señas de alcahuetería de las amigas de Rosita para que nuestra relación se concretara y no se diluyera en mera palabrería.

El aplauso fue mayor que el que nos ofrecía la clientela del Dancing en Bogotá. La estudiantina del Chunco interpretó un pasillo fiestero que en el Instituto de Ciegos conocíamos como «Cachipay» y que la improvisada filarmónica a veces lo interpretaba un poco lento, en ritmo de bambuco. Era una melodía bien fiestera y había que bailarla tomados de la mano, y las muchachas se alzaban un poquito sus faldones para mostrar sus piernas hasta las rodillas.

 

Al final de la tarde, el Chunco Reyes gritó para que lo oyeran:

 

—¡Señoras y señores. Ya está bueno! No vamos a rogarle más al nuevo integrante de nuestras familias para que demuestre sus habilidades. El aplauso cerrado es para que saque el violín o la flauta.

Tal como lo hacía en el salón de baile de la doña empecé por la flauta. La afinamos con el resto de instrumentos. Cuando finalizó la prueba de la afinación pregunté:

 

—¿Con cuál comenzamos?

—Vamos a darle con «San Pedro en El Espinal» para que salgan a bailar —el chunco sabía cómo alebrestar a los bailadores.

Y entró la flauta que sonaba como ave canora, con un sonido tan nítido y una alegría sin par que la tonalidad de la estudiantina cambió inmediatamente de color y tesitura. Las parejas salieron a bailar y observé a Rosita que no quiso hacerle compañía en el baile a un muchacho que la solicitó. Permanecía extasiada mirándome tocar la flauta con tanta propiedad. Sonaron los últimos acordes, y terminamos al tiempo, digo yo, porque es difícil tocar en un conjunto sin ensayo y sin leer la música en las partituras. El aplauso y los abrazos cayeron sobre mi humanidad.

 

—¡Qué embocadura, doctor Gómez Orejarena! —me alabó el Chunco Reyes.

—Señor Reyes, yo no soy ningún doctor —advertí para no caer en equívocos.

—Si usted no es doctor en flauta, ¿entonces quién podría serlo? —aclaró el Chunco y todos se desparpajaron con una sonora carcajada.

—¡Otra! ¡Otra! —pedían los asistentes.

Les pregunté a los del conjunto si sabían la siguiente melodía. Hice los primeros acordes y de inmediato adivinaron cuál era la pieza musical: «Los cucaracheros». Era una especie de himno bogotano, una pieza instrumental a la que le acomodaron una letra picaresca. Los asistentes la sabían de memoria. Después de la introducción se mezclaron las voces varoniles con las femeninas y terminó la ejecución de la canción como si la hubiéramos preparado con un coro mixto:

 

Yo soy el cucarachero

tú la cucaracherita,

desde que te vi yo quiero

que tú seas mi mujercita.

Oye, chinita querida

de la alborada lucero

si tú me dejas por otro

del guayabo yo me muero.

Es mi amor tan grande

que parecen dos,

que parecen cuatro, mira,

lo juro por Dios.

 

—¡Ahora con el violín, Josecito! —gritaron desde el fondo de la sala Silvia y George que se habían tomado de la mano ante la mirada retrechera de Enrique Ramírez, quien acompañaba con su tiple a la murga del Chunco.

—¡Sí, sí, deléitanos con tu violín! —decía una señora cuarentona a quien había visto bailar esa tarde con bastante habilidad.

—Vamos a hacer una cosa —propuse para organizar las peticiones—. Voy a tocar tres piezas más en la flauta.

—Pero primero comemos —dijo Lucita con voz fuerte—, y después Josecito nos complacerá con un concierto de violín, acompañado por la bandola de Joaquincito el Chunco Reyes y los tiples de los Ramírez y los Gamboa, ¿les parece?

Quien habló era la anfitriona y por tanto los asistentes aceptaron la programación de la música en esa forma. Interpretamos tres piezas más con la flauta y el conjunto: «España cañí», un pasodoble que obligó a que nadie se quedara sentado; un corrido mexicano y el pasillo «Anita la bogotana».

 

—¿Quién es la tal Anita, doctor Gómez? —preguntaba el Chunco Reyes con morbosidad para crearme conflicto con Rosita a quien desde la noche de la serenata había visto muy prendada de mí.

La comida fue opípara. Por mi enfermedad aún no era capaz de meterle el diente a unos chicharrones que se veían espléndidos. Probé el pollo, como siempre, un poco de arroz y unas arepuelas de maíz. Rosita se hizo a mi lado y quiso darme un bocado de lomito de cerdo, y hube de exigirle que le quitara algo más de la mitad al trozo que me ofrecía.

 

—¡Uy, pero no estás comiendo nada, Josecito!

—Por ahora no, Rosita, pero espera a que recupere mi apetito y verás como engullo la comida.

Con el trozo de comida que me dio en la boca creí que esa misma noche era el apoteósico día de mi declaración de amor hacia Rosita. Esperé a que toda la gente comiera para ofrecerles mi pequeño concierto de violín, con música ligera, algo de Strauss, una marcha alemana que la profesora Radke había arreglado para filarmónica, y un charlestón que esperaba fuera bailado por chicas y chicos. Esta corta actuación la ejecuté de memoria pero con gran versatilidad.

 

Saqué el violín del estuche, lo templé, lo afiné con la tónica que era un pito que daba la tonalidad perfecta, y exigí que los tiples y las guitarras se pusieran a tono con mi instrumento. Los asistentes estaban expectantes y Rosita no quitaba sus ojos de mi rostro, como si su mirada se materializara porque la sentía como una caricia sobre mi piel.

 

Los músicos del Chunco se mostraban nerviosos porque muchas de las melodías que iban a interpretar no las habían ejecutado jamás. Además, porque todo el conjunto lo formaban músicos empíricos y no conocían notas ni partituras. Empecé con una danza gitana, luego «La marcha alemana» y hasta ahí todo iba bien. Cuando quise tocar «El vals del emperador» los músicos no atinaron a dar con el acompañamiento y me tocó cambiarla por «El Danubio azul» que todos conocían. Los aplausos eran atronadores. Rosita se acercó y me dio un beso en la mejilla, y debí ruborizarme o mostrarme demasiado inquieto y nervioso porque la concurrencia ante tal demostración se manifestó con un estruendoso «¡uuuuyyyyy!». Ante la euforia de los asistentes, los hermanos de Rosita transformaron de inmediato su talante alegre y festivo por rostros de molestia y preocupación.

 

Terminé mi presentación con el arreglo musical que José Tomás Posada le había hecho al pasillo «La gata golosa».

 

—¿Para quién tocó esa gata golosa, ah, Josecito? —la torcida intención de la pregunta venía de George, quien no abandonaba a Silvia por temor a que Enrique Ramírez diera cuenta de ella.

—Rosita no es tan golosa —afirmó el hermano mayor de Rosita, con el rostro y su mirada hoscos—. Así es que no hagan odiosas comparaciones.

La intervención del hermano de Rosita presagiaba que mis pretendidas relaciones con ella no iban a ser nada fáciles. La fiesta continuó en un gramófono que molía discos de setenta y ocho revoluciones por minuto y cuyas agujas había que reemplazarlas cada dos vinilos. Sonaban porros y cumbias de la orquesta Casino Tropical de Barranquilla. Por fin pude bailar con Rosita, a sabiendas de que esa era mi debilidad. Aproveché para caminar el baile por la sala y decirle, sin la cercanía de nadie de su familia, desde lo más profundo de mi alma:

 

—¡Te amo, Rosita!

La declaración fue tan sorpresiva que no tuvo más respuesta que sollozar sobre mi hombro. Recargó su cabeza contra mi pecho en el momento en que sonaba un danzón cubano de la misma orquesta.

 

Los hermanos de Rosita no me quitaban los ojos de encima. Aguzaron su mirada sobre nuestros rostros y se vinieron en gavilla a reprenderla:

 

—¡Rosita, tú no puedes dar ese espectáculo! —le dijo Cristóbal, su hermano mayor, en voz alta, con el correspondiente regaño—. ¡Acuérdate de tu compromiso con Dios!

—Yo no tengo ningún compromiso aquí en la Tierra con Dios —alegó ella de una manera tan altanera que sus otros hermanos llegaron en tropel, rodeándola—. Mi único compromiso es con la gente de este mundo, sin dejar de creer en Dios.

—O se comporta como mujer decente o nos vamos ya para la casa —quien habló así fue Guillermo, un hombre de caminar rechoncho que parecía el menos pendenciero de sus hermanos.

La recriminación de los hermanos de Rosita fue perceptible para los asistentes y la reprimenda se volvió pública. Mi situación ante el bochornoso reclamo fue difícil. No sabía si intervenir o quedarme callado y esperar a que las cosas fueran desarrollándose sin atafagos. Los hermanos de Rosita me retaban para que yo interviniera, y cuando quise decir algo Rosita me puso un dedo en la boca:

 

—Tú abstente de decir algo que no tienes nada que ver en esto. Este es un problema familiar que sabré enfrentar, Josecito. No te preocupes.

La retacada para enderezar el comportamiento indecente de la muchacha, al decir de sus hermanos, de todas maneras inquietó a los invitados. En los ojos y los rostros se observaba un grupo de apoyo a Rosita. Otros esperaban silenciosos, porque después supe que los Ramírez eran demasiado pendencieros. Lucita Carrera y sus hermanas estaban de acuerdo en que Rosita y yo nos propusiéramos amores y de pronto llegáramos al casamiento, puesto que ambos teníamos edad para perfeccionarlo. Es que las chicas y los hombres de la región comenzaban a soltar frases maledicentes contra Rosita. Decían que se iba a quedar solterona, que para lo único que serviría sería para monja o para ayudar al párroco de la iglesia en el emperifolle de los santos.

 

—Siendo una muchacha tan bonita no merece esa suerte —se acercó la mujer cuarentona que bailaba con la cadencia de una danzarina y me lo susurró al oído.

Mientras la estudiantina del Chunco descansaba, Rosita me puso una cita detrás de la cocina. Me advirtió que era ahora o nunca y que no podía permanecer allí más de diez minutos. Hice una maniobra como para ir al baño, pasando por la cocina hasta que llegué a un sitio oscuro de la casona. En ese lugar había una pared que mantenía demasiado calor al otro lado de los fogones, pues para la preparación de las viandas ofrecidas hubieron de utilizar cargamentos completos de leña y carbón mineral.

 

Allí llegué y Rosita me esperaba con nerviosa ansiedad. De inmediato se acercó a mi cara y me dio un prolongado beso en la boca. Suspiró muy fuerte para decirme:

 

—Te quiero demasiado, Josecito.

—Yo te amo mucho más.

—Ojalá lo nuestro sea duradero y no tenga obstáculos, como ya pudiste observarlo ante las recriminaciones de mis hermanos. ¡No quiero ser monja, Josecito! ¡Sálvame!

—Vamos a luchar con tesón por lo nuestro. ¿Es verdad que tienes compromiso con el convento de las monjas? —pregunté con mucho temor.

—Pues hasta antes de que tú llegaras algo me habían comentado mis padres. Y me molesté mucho y protesté. Pero papá Antonio aseguró que había adquirido un compromiso con la diócesis y pensó en mí porque de todas sus hijas yo era quien manifestaba mejor vocación. Y que lo transcribió en su testamento.

—Pero tú no aprobaste con tu firma ese testamento, ¿cierto?

—No, mi vida, porque yo no soy propietaria de nada y por tanto tampoco podía repartir bienes. Pero eso no importa, porque son manifestaciones de la abusiva voluntad de mis padres y no hay fuerza distinta a mi palabra que me imponga el cumplimiento, Josecito. Por tanto los votos de castidad, de pobreza y demás, solo existen en la imaginación calenturienta de mis papás. Ese testamento es obligatorio para ellos y jamás para mí. Y así termine en la ruina no estoy dispuesta a aceptar imposiciones que no cuenten con mi consentimiento. Vamos a ver qué pasa.

—Otro beso, bien lindo, y regresemos a la sala porque el conflicto se puede agravar.

Con la intensidad y pasión de los amores clandestinos, nos besamos con tanto vigor que si le hubiera propuesto a Rosita que nos fugáramos esa misma noche no hubiera dudado un segundo en aceptar el reto.