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              El antiguo testamento

 

En Honda iniciamos la que sería una azarosa y sobresaltada vida conyugal. Sin embargo, los días iniciales de la luna de miel me produjeron tales sensaciones de felicidad y placer, por el talante cariñoso de Rosita, que creí estar ingresando al edén de amor de lo que mi madre y mi abuelo llamaban «el origen de la humanidad». O sea, el cuentico sagrado de la manzana y la serpiente. Pensé ver varias veces la pintura aquella del Vaticano, la de las imágenes de Adán y Eva que aparecía en los libros de monseñor Pimiento. Me olvidé de mi parcial ceguera, pues en estos escarceos amatorios, los ojos, aunque necesarios para la lujuria, tampoco eran indispensables. Durante tres días apliqué parte de los conocimientos que en el curso intensivo de mi vida había adquirido en materias amorosas. La creatividad de la libido, que aparecía en medio del erotismo, la mezclé con ciertas tácticas parsimoniosas para que mi amada no se sorprendiera en su ingenua conducta sobre el tema. Al fin y al cabo su personalidad fue forjada para conducirse como monja de una comunidad religiosa y, por supuesto, nada de lo que hacíamos en esta luna de miel hacía parte de su formación filosófica y moral. Para una monja en ciernes, las actividades placenteras del amor eran la cuota endemoniada e influyente de Satanás, según rezaban los reglamentos de la comunidad betlemita. Estas prácticas no podían ser objeto de enseñanza y menos del manual conyugal, por lo tanto eran desechadas por las instructoras conventuales. Pocas veces salimos de la habitación porque el amor copaba las veinticuatro horas del día. También fueron pocos los instantes de sueño ya que en cada despertar la calurosa pasión nos perseguía como si hubiésemos sido contagiados por una «epidemia sexual». Así calificaba monseñor Pimiento las adicciones sexuales que arrasaban con el tiempo que todo cristiano debía reservar para las oraciones. Nos empachamos de tanta fornicación que solo encontrábamos alivio con más de lo mismo. Ella se asombraba de mis conocimientos sobre la materia, pero no se atrevió a preguntarme con quién había tomado las lecciones de amor tan efectivas que me convirtieron en su intenso y conquistador amante. Solo salíamos a almorzar y regresábamos a continuar con excesiva pasión nuestros juegos eróticos. La austeridad también nos obligaba a hacer una comida diaria.

 

A los pocos días, a esta deliciosa luna de miel la afectó una preocupante información del hotelero:

 

—Por ahí he visto merodeando a un muchacho que me parece que trabaja en la hacienda de tus viejos, Rosita. No sé si lo he confundido, pero pasa cada vez con más frecuencia. El cuidandero me dijo que el sospechoso inspecciona con insistencia a los animales, buscándoles la marca ec de la hacienda El Cairo para reconocerlos —Jerónimo era leal con Rosita y su sospecha nos llenó de pánico.

Ante la aparición del presunto detective, enviado desde la hacienda de los Ramírez, salimos del hotel a las volandas. Los caballos no estaban listos, pero Rosita, como práctica mujer del campo, demostró gran destreza en el manejo de los aperos, las sillas y los estribos. Yo en cambio, en esa materia, aparte de mi invalidez visual era un completo inútil. Me dio vergüenza con mi mujer que su hombre fuera un incapaz para ensillar nuestro único medio de transporte. Traté de darle una mano, pero ella me lo impidió y tampoco quiso que acudiera a su amigo hotelero para que nos auxiliara. Por supuesto, con Jerónimo escasamente nos despedimos por señas, evitando acercarnos a él para no correr el riesgo de soltar prenda alguna que lo llevara a descubrir nuestro destino.

Ensillamos y cabalgamos hasta Armero. El camino de herradura que enlazaba a Honda con aquel pueblo era plano y enfangado. Habíamos pasado el río Magdalena. La mañana era esplendorosa y la claridad dejaba al descubierto la mole blanca y brillosa del Nevado del Ruiz que alcanzaba a distinguir con mis nuevas gafas. La travesía por esas llanuras cultivadas de arroz y sorgo duró siete horas. Llegamos al atardecer. Armero era una población feliz y ruidosa. Allí llegaban los más poderosos agricultores y ganaderos. Sus calles estaban invadidas de cafetines y restaurantes. Los armeritas y los foráneos se asociaban en estos sitios de diversión, se embriagaban, se solazaban con el calor mientras discutían de sus negocios o de política. Era un pueblo donde quien deseara desorganizar su vida lo conseguía con absoluta libertad. Se observaba en sus gentes esa plena felicidad por integrar la vida fiestera, desparpajada, pero también de gran empuje laboral derivado de su producción agrícola y ganadera. El dinero en la ciudad circulaba a manos llenas. A ese conglomerado le latía el corazón, le bullía la sangre por entre las venas de esos cuerpos sudorosos. En cada calle, en cada café y hasta en la misma iglesia se percibía un pueblo con vida propia, agitada.

Buscamos un hotelito parecido al Victoria de Honda. Se llamaba Hostal Nevado del Ruiz y había sido construido sobre el marco de la plaza principal. Allí nadie nos conocía y por eso permanecimos tranquilos. Hicimos el amor demasiadas veces y Rosita exhibía ansiosa su alegría. Seguramente yo no era el hombre de su vida con el que alguna vez soñó, pero traté de no defraudarla, de mostrarme condescendiente, solidario y feliz. Había logrado salvarse del convento y convertir en realidad el sueño de casarse, así fuera con un hombre medianamente discapacitado como yo. Sin embargo, el dinero se iba agotando y empezamos a preocuparnos. Estuvimos en Armero más de tres meses sin que nadie interfiriera el curso de nuestras vidas. Mi mujer había pagado el hotel por adelantado. En las noches analizábamos el porvenir de nuestro enlace conyugal. Nadie nos conocía en Armero y desde luego no existía posibilidad de buscar algún trabajo con facilidad. Acompañé a Rosita a ofrecer sus servicios docentes en varias escuelas y colegios, pero nos sacaron con las cajas destempladas. Nos dijeron que para esa actividad debía inscribirse en el Ministerio de Educación y poseer título de maestra de escuela. Desechamos por completo esta ilusión pues Rosita no reunía los requisitos oficiales exigidos para la docencia, aunque sus conocimientos en la enseñanza eran mejores que los de una educadora graduada. Lo había probado plenamente en la escuelita para los hijos de la peonada que regentaba en su hacienda El Cairo.

 

Decidimos vender los mochos que nos sirvieron para nuestra fuga. Juan de Dios siempre llamó “mochos” a todos los caballos; no sé por qué, si no carecían de extremidades, ni de orejas, ni de cola. Fuimos a la plaza de ferias a buscar comprador para los animales. Encontramos el corral de los equinos y los especialistas nos miraban con extrañeza. Comparaban los nuestros con los demás de la exhibición y desde luego la diferencia era inmensa. Los de El Cairo estaban bien cuidados, gordos y su pelambre tersa brillaba al recibir los rayos del sol. Al instante nos cayeron varios posibles negociantes. Le auscultaban las criadillas al caballo y las tetillas a la yegua. “Esta hembra tiene sus años”, dijo alguien para demeritar el precio. Otros miraron las dentaduras y calcularon las edades. El macho también es viejón. Con todas las críticas a nuestra mercancía, logramos obtener un precio razonable. Nos dieron un dinero suficiente para permanecer en ese pueblo unos cuatro meses más. El comprador puso un único obstáculo: el problema de la marca E.C. que era de propiedad de los Ramírez. Un avivato de los que siempre pululan en esas ferias, propuso que convirtiéramos la letra C en una O y quedaba solucionado el lío. Quiso obligarnos a que juramentáramos la venta ante un notario. Le dijimos que con la remarca de los bichos ya no era necesario y nos fuimos todos muy contentos. En el precio estaban incluidas las monturas. Rosita se mostraba nerviosa y me dijo cerca al oído que ella creía que estábamos cometiendo una estafa. ¿Qué prefieres? ¿Que nos muramos de hambre? Si cometemos un delito es por necesidad y Dios nos sabrá perdonar. Se rio y bajó la cabeza.

 

Recibimos el dinero, entregamos los jamelgos y en la noche invité a Rosita a un cafetín para que olvidara el supuesto pecado cometido. Insistí en tomarnos una cerveza porque el calor del ambiente nos apabullaba en la habitación del hostal. Ella, haciendo honor a su propósito de reemplazar a mi tía Francisca, de inmediato se negó a que tomara una gota de licor. Ante mi súplica, al fin accedió. Mientras bebíamos una cerveza helada llegaron unos músicos a ofrecer sus servicios en cada una de las mesas.

 

—¿Cuánto cobran por canción? —pregunté porque deseaba complacer con melodías románticas a mi adorada y, de paso, enterarme también del valor que se les daba a los trabajos musicales en la población.

—A cinco centavos canción, pero si piden más de tres les encimamos una —dijo el que parecía ser el director.

Ordené la interpretación de tres canciones para complacer a quien amaba con intensa pasión. Pero escuchamos cuatro hermosas piezas del cancionero de los enamorados como era el compromiso con el trío. Cantaron «Bésame mucho», «Te quiero, dijiste», o algo así, «Musmé», que nunca supe cuál era el significado de ese título, y finalmente «Quiéreme mucho». El trío lo integraban músicos folclóricos y pueblerinos: una guitarra, un tiple y una flauta, aparte de sus voces. Sus interpretaciones eran empíricas y se les escuchaban a veces sonidos destemplados en sus instrumentos y voces. Esos pitos horrendos de la flauta cuando no se tiene buena embocadura salieron de improviso. Al terminar mi pedido musical les dije que si tendrían la amabilidad de acompañarme una melodía. Accedieron y pedí al flautista que me prestara su herramienta de trabajo. El hombre se mostró retrechero a mi solicitud pues debía hacerle una rutinaria profilaxis a su aparato musical. Después de limpiarla con un trapo blanco y soplarla con fuerza por las oquedades, creyendo que con ello le expulsaba sus bacterias, me la alcanzó. Comencé a tocar una rumba criolla muy alegre y llena de arabescos musicales que se titulaba «¡Que vivan los novios!». Rosita me besó en público, muy apasionada, y los presentes en el cafetín nos halagaron con sus aplausos porque allí no había tapujos ni prohibiciones para nadie. Con la generosidad de las gentes alegres y fiesteras empezaron a llegar cervezas a nuestra mesa. Era el homenaje que nos hacían los escuchas de nuestras interpretaciones musicales. Rosita les advirtió que teníamos prohibido el licor.

 

Terminó la velada musical en el cafetín y nos fuimos para el hostal. Al despedirnos de los músicos, ante mi éxito en la interpretación flautística, me invitaron a que los acompañara cuando quisiera. Me ofrecieron participación en las utilidades de su trabajo. Les dije que lo pensaría. Nos llenaron de loas, palmaditas en la espalda y finalmente los abrazos de compañeros.

 

Decidí no desechar el ofrecimiento laboral de los músicos y estuve varias noches haciendo parte del conjunto. Mi éxito diario iba in crescendo. Había empezado a ganar buenos pesos, pero con la flauta prestada. Quien la interpretaba prefirió seguir cantando como primera voz. Le era imposible competir conmigo en el manejo armonioso y profesional del instrumento, y más con la alegría que le imponía a mis versiones: primero, por mis conocimientos musicales, y segundo, por la felicidad que exhalábamos a borbotones con Rosita. Yo era un músico recién casado y la alegría de vivir estaba impresa en el sello de mis interpretaciones. Estas enormes diferencias las habían detectado sus otros compañeros y lo demostraban sin ambages ante el empírico flautista. Rosita se mostraba satisfecha, aunque comenzó a disgustarse por las persistentes trasnochadas. Varias veces fuimos contratados para dar serenatas a altas horas de la noche, con lo cual los ingresos dinerarios fueron superiores. Si mi trabajo continuaba en ascenso no tendríamos dificultades futuras en nuestra vida. Pero mi mujer comenzó a demostrar su contrariedad por la casi obligatoria ingesta de licores. Sin embargo, se resignó a ese avatar porque el presupuesto para seis meses calculado por ella se esfumaba antes de lo previsto. Estábamos cumpliendo el segundo mes de nuestra mancomunada y secreta vida conyugal. Hicimos un mal cálculo del dinero de la venta de los equinos. Creímos que nos alcanzaría para cuatro meses y pasados dos meses el saldo estaba en el límite del rojo.

 

Una noche en la que fuimos contratados para una reunión social en la casa de una importante familia de arroceros, al arribar de madrugada al hostal, encontré a Rosita con el rostro descompuesto, desfigurada, pálida y con el cabello convertido en un verdadero revoltijo. Sus quejidos me produjeron nerviosismo, y tal vez por el licor bebido se me aceleró el palpitar cardiaco. Me dijo que había vomitado toda la noche, que se sintió morir y que no quiso molestar al empleado de la recepción. Le dije que tomara agua, pues no poseíamos paliativo diferente que consiguiera reducir su malestar y el hostal carecía de medicinas para aplicarle los primeros auxilios en este tipo de calamidades. Cada vez que daba un sorbo de agua fría o caliente, lo devolvía. A las seis de la mañana, sin dormir un segundo, nos trasladamos al pequeño hospital de Armero. Un galeno abúlico y regularmente vestido la auscultó, le ordenó exámenes de orina y sangre, le hizo toda clase de preguntas y al final su veredicto fue el que hubiéramos deseado, mas no en ese momento: Rosita estaba en el tercer mes de embarazo. Le recetó algunas pastillas y le insinuó la dieta de rigor. Regresamos al hostal. Íbamos subiendo por las ruidosas escaleras de madera que chirriaban a cada paso cuando escuchamos un estrafalario grito:

 

—¡Rosita! —al escuchar la voz fuerte de un hombre, mi mujer, en medio de su malestar, volteó su mirada y por poco le saltan los ojos de sus cuencas.

—¿Qué ocurre? —miró al gritón y al reconocerlo dijo fuerte: ¡Valentín! ¿Qué haces aquí?

—¿Qué has hecho de tu vida? —el hombre bajó el tono de voz y trató de ser condescendiente—. Recuerda el testamento de mis padres. ¡Has actuado en grave pecado con el que se ofende al Señor y a nuestras creencias familiares! Los testamentos son inexorables y solo pueden revocarse por quienes depositaron su plena voluntad, o sea nuestros viejos. En ese documento ellos transcribieron sus deseos y ordenes para la familia, y tú las has desobedecido.

Ante el áspero tono de la voz de Valentín, su hermano mayor, que le reprochaba la violación del ordenamiento familiar, mi mujer cayó desmayada en el borde del primer escalón. Por mi ojo derecho observé a los hermanos de Rosita acompañados de unos tipos fornidos y malencarados. Cuando acudí a levantar a mi adorada cayeron encima de mi humanidad. Me levantaron de piernas y brazos y me lanzaron a un lado del mostrador. Me vine a tierra estruendosamente, como si fuera un racimo de plátanos que acababa de desprenderse de su vástago.

 

—¡Quieto! ¡Vagabundo miserable! ¡Ha ensuciado nuestras vidas! ¡Ha abusado de nuestra virgen hermana consagrada al Señor! ¡Ha deshonrado a una familia que era ejemplo en la región! —creí que quien reprendía mi actitud era Valentín, aunque por la confusión que me produjo el golpe pudo ser otro de sus hermanos.

—¡Valentín, nosotros nos casamos! —traté de darle las explicaciones de rigor para que redujera el tono de su pendencia. Le anuncié que nuestro matrimonio tenía el amparo de Dios y la autorización de la Iglesia. Valentín era como la oveja negra de la familia Ramírez a quien poco veían. Decían que se había enrolado en los ejércitos ilegales de don Amadeo, y doña Margarita dedicaba mucho tiempo en sus rezos para que su hijo mayor regresara a la vida decente del seno de su hogar. Rosita me había advertido del carácter fuerte de su hermano y de su violenta procacidad.

—¡Me importa un culo! ¡Usted jamás entrará a nuestra familia, tuerto hijueputa! —su vozarrón denotaba que era persona de no solo amenazar sino de llegar a sorpresivas e injustas acciones, sin tapujos.

Fue peor mi intervención. El hermano fortachón se botó encima de mí a darme una tunda de puñetazos. Los hermanos acompañaron esa puñetera actitud con un concierto infinito de patadas sin consideración, donde cayeran. Sentía sus botines causándome heridas y hematomas que me producían dolor físico, pero mucho más en el alma.

 

A Rosita la revivieron, le aplicaron alcohol en la nariz y con un pañuelo le enjugaban las lágrimas. La incorporaron del piso, la alzaron, la subieron a la cabalgadura de su hermano mayor y se la llevaron. Yo quedé maltrecho, adolorido y tirado en el suelo sucio de la recepción del hostal. Rosita, a medio revivir de su desmayo, alcanzó a gritarme: «¡Yo te busco, mi vida! ¡No puedes desesperarte, corazón!».

 

—¡Este es nuestro primer aviso, tuerto desgraciado! —gritó uno de los compinches de Valentín, tratando de taparle la boca a Rosita para cortar sus mensajes—. No insista en buscarla o dese por muerto.

Magullado y con fuertes dolores en el plexo, creyendo que eran los del alma, sentía que mi corazón palpitaba y trataba de salírseme del pecho. Subí a la habitación a rumiar mis desgracias y fracasos. Miré hacia un lado del armario la maleta en la que transportamos a lomo de mula la ropa de Rosita y pensé que los agresivos compinches de su hermano volverían a recogerla. Aprovecharían, de paso, para repetirme la dosis de golpes con el fin de que no quedara duda de su actuar violento. Por fortuna no regresaron. Esa noche lloré y no quise acudir al trabajo con los músicos. Preferí quedarme en el hotel a repasar mi vida y sobre todo a avizorar el incierto porvenir que amenazaba mi existencia.

 

Los músicos del conjunto se acercaron al hotel a indagar por mi situación. Los hice subir a la habitación y observaron mis moretones, las manchas de sangre y los girones de mi maltrecha camisa. También miraron el equipaje de Rosita. Alguien preguntó sobre la causa de la golpiza recibida, pero no aflojé prenda pues eran cosas íntimas que no debían comunicarse a extraños. Al no ver en la habitación a Rosita, pero sí su maleta de viaje, debieron sospechar que el motivo de mis heridas era conflicto familiar, pero quedaron en ascuas con su curiosidad. Les comuniqué mi decisión de no volver a tocar con ellos mientras organizaba mi vida. Quedé solitario en el Hostal Nevado del Ruiz, sin mi amada, sin mis compañeros inseparables que eran el violín y la flauta, sin posibilidades de regresar a La Sensitiva y sin dinero suficiente. Permanecí en Armero ocho días más, tratando de no salir del hostal hasta que desaparecieran mis moretones y me aliviara de las magulladuras. «¿Hacia dónde continuar mi camino?», era la pregunta que me avasallaba en los momentos en que permanecía despierto, que eran demasiados. ¿O era que había nacido predestinado a no tocar jamás un puerto seguro para mi sobrevivencia? Y mientras estuve en ese pueblo no encontré una respuesta esclarecedora que enrumbara mi existencia. Además, no podía abandonar las cosas íntimas de mi mujer, puesto que le harían falta en un futuro y por otro lado me daban alivio y compañía.

 

Después de mis desgracias personales generadas por la violencia, la inconsecuencia y el abuso familiar de los Ramírez quedé como un atemorizado pez en los remolinos que forman las cascadas. A veces me hundía y atragantaba con el aire caluroso de la habitación, o sobreaguaba solitario en las tardes armeritas en algún oscuro cafetín bebiendo de forma irresponsable licores que para mí eran prohibidos; o daba volteretas como veleta sin cordeles por la plaza, por sus callecitas, y no encontraba paz en mi destino. Los músicos que conocí en este pueblo me ofrecieron toda clase de beneficios y facilidades para ejercer como intérprete al lado de ellos. Pero mi inestabilidad emocional me lo impedía. Solo tenía vida para planear la reconquista de Rosita, liberarla de las fauces de su familia y hacerla nuevamente mía. Recapacité y me di cuenta de que mi vida sin ella no tenía sentido ni razón. En escaso tiempo nos compenetramos, nos entendimos, aceptamos la vida como viniera. Ahora, sin su compañía, sin su risa, sin esa mirada cristalina de sus ojos azules me sentía como si me hubieran extraído mi ojo derecho o amputado uno de mis brazos. Ella era la confianza, la tranquilidad, el cerebro de nuestra unión. Por su conducta sosegada, todas las dificultades que se nos presentaran tenían correcta solución. Rosita era la necesidad vital, era el oxígeno, era la sangre de nuestra unión conyugal; sin su apoyo no habría razones valederas para permanecer en esta Tierra. Pero tampoco tenía talante de suicida, pues a pesar de mis limitaciones físicas poseía un inmenso agradecimiento por vivir.

 

Tal vez por la angustia que me produjeron el despoje de mi amada y la arbitraria golpiza, había comenzado a ver disminuida mi visión por el ojo derecho. No sé si serían meros nervios, pero muchas cosas las veía borrosas. Desde luego, en la trifulca con los hermanos de Rosita me habían destruido las gafas recetadas por el doctor Díaz Guerrero en Facatativá, las habían pisoteado hasta pulverizarlas, pero aún así consideraba que sin ellas no era para que me aparecieran las agudas molestias que embargaban ahora mi vista derecha.

 

A pesar de todo, en medio de las dificultades recobré ese talante de incansable viajero que siempre me había acompañado en mi vida desde que partí de Zapatoca en plena adolescencia. Decidí entonces abandonar Armero. Nada me ataba a este pueblo. Pero... ¿hacia dónde retomar un sendero correcto que además fuera prometedor? Al norte, hacia la costa, no tendría nada que hacer. Resolví regresar a Facatativá y consultar al oculista que me recetó mis destruidas gafas. Le rogué al hotelero que me guardara el equipaje de mi amada y le dije que regresaría por él muy pronto. Es que con mis dificultades visuales y los dolores de la agresión no poseía la fuerza necesaria para llevarlo conmigo. Accedió y lo guardó en el cuarto de los chécheres. Con timidez le solicité que si me podía reembolsar los valores pagados por anticipado por el hospedaje. De malas maneras me explicó que la culpa no era del hostal. Que podía devolverme una parte. El se quedaría con el resto. Me dio un punado de monedas. Evité contarlas para no crearme animadversiones. A lomo de mula, encima de cargas de café, después de dos días de camino, regresé a Guaduas con el auxilio de prácticos arrieros. Deseaba recoger los pasos y buscar información. Me aventuré a visitar la parroquia de Guaduas para indagar cuál había sido el curso de los acontecimientos. Imaginaba que al párroco de esta población le habrían enrostrado su atrevimiento de casarnos sin reunir los mínimos requisitos exigidos por la Iglesia. El padre Castelblanco fue quien directamente abrió el portón de la casa cural. La temblorosa voz con la que me recibió era producto de la sorpresa y al mismo tiempo del rechazo. Evitó con su descomunal cuerpo que siguiera a su morada. Al verme con las huellas de la golpiza en mi rostro y percibir el nerviosismo exhalado en el temblor de mi voz, sus cachetes se ruborizaron de rabia y bastante molesto se atrevió a enfrentar mi presencia:

 

—No venga a causarme más problemas de los que ya tengo, señor Gómez. Ahí vinieron los parientes de su esposa a insultarme y a amenazarme con quejas al obispo de Facatativá. Se llevaron la partida de matrimonio para pedir su nulidad —se estacionó en la puerta como si fuera un retén de la fuerza pública, y con la rechonchez de sus ademanes continuó—. Es mejor que se vaya de este pueblo antes de que resultemos excomulgados usted y yo —me cerró la puerta y se despidió desde adentro con un seco «hasta luego».

La advertencia de la excomunión me invadió los nervios ya que en este país, para aquellas calendas, un excomulgado era algo así como un leproso; no tendría dónde vivir, en dónde reposar mi cuerpo, en qué trabajar, y desde luego, a ninguna persona se le permitiría hablar con un renegado. Recordé que en Zapatoca había un cementerio especial para suicidas y excomulgados.  «¿Y por qué me excomulgarían?», pensé, bastante sobresaltado. Respondí mi inquietud con la sencilla explicación de haber abusado de una novicia religiosa en ciernes que estuvo a punto de coronar su vocación y que por mis pecadoras acciones había fracasado, causándoles enormes males a su familia y a la Iglesia.

 

Sorteé muchas dificultades para poder llegar a Facatativá. A pie transité por caminos ya recorridos, pasando por Villeta; otros los recorrí a caballo, en animales prestados o alquilados por arrieros que iban por remesas; y finalmente, de Albán hacia Facatativá, conseguí abordar el tren de carga que venía de Barrancabermeja. Mi equipaje eran las dos mudas de ropa que Rosita me obsequió como regalo de bodas. Aún mantenía los moretones en mi cara y en las piernas, y andaba cojo por los dolores que me produjeron las patadas de Valentín en mis caderas. Cambié el calor infernal de Honda y Armero por el frío intenso de Facatativá. Antes de buscar hospedaje fui directo al consultorio del doctor Díaz Guerrero.

 

—Doctor Díaz, soy José Dolores Gómez —le miré apenado, sin saber por qué o tal vez porque pensaba que el país entero conocía mi conflicto interno y mis desgracias—. Estuve aquí con mi tío para que me hiciera un tratamiento de cataratas.

—¿El zapatoca? —preguntó, mirándome por encima de las gafitas con las que sobrellevaba su presbicia—. En estos días vino su pariente a preguntar si usted me había visitado. Le dije que jamás y preguntó por sus gafas.

—Doctor, a propósito, ¿ya tiene mis gafas definitivas?

—Llegaron esta semana. ¿Qué paso con las provisionales que le di?

—Me las rompieron, doctor —le informé un tanto apenado.

—Ah, sí, ya me imagino. Su rostro lo delata —se le escurrieron unos mohines de sonrisa en sus comisuras—. ¿Y... eso?

—Cosas del destino —y cerré la conversación para no profundizar más sobre el asunto.

De un mueble de madera que tenía varios cajoncitos, el médico sacó un estuche de gafas. Lo abrió y tomó las que reposaban en él. Las miró a trasluz y dijo:

 

—Estas son las suyas, mídaselas —me ordenó.

Al encajarme esos espejuelos comencé a ver por mi ojo derecho con bastante claridad. Pensé que con este remedio mi vida sería otra.

 

—Déjeme ver sus ojos para saber cómo avanza su enfermedad.

Me invitó a sentarme frente a él. Se colocó el pequeño telescopio en su ojo derecho y, alumbrándome con una linterna de luz intensa, me miró los dos ojos. No mostró muy buena cara y por el contrario su gesto fue de preocupación.

 

—En ese ojo derecho la catarata va progresando, y si no hacemos algo también lo perderá, hijo. Debe estar viendo muy nuboso por la irritación de la córnea. Uno de los golpes le tiene ese ojo en salmuera. Póngase pañitos calientes de aguasal —me trataba con bastante consideración.

—¿Y qué se puede hacer, doctor?

—Operar es la única solución definitiva. Siempre le advertí a su pariente Juan de Dios.

—El problema es el dinero. Y ahora no tengo relación con mis pudientes parientes —pensé que la frase me estaba saliendo en verso, pero no encontré otra palabra para calificarlos.

—Juan de Dios me dijo que usted se había volado con una muchacha que estaba lista y comprometida para monja, y que donde lo encontraran lo asesinarían —expresó, con las dudas que producen las amenazas que no se cumplen.

—Pues me encontraron, doctor, y aquí estoy.

—Pero en esta región no le auguro ni tranquilidad ni progreso, señor Gómez —hizo una pausa, mientras pensaba cómo despedirme—. Esa familia Ramírez tiene mucho poder en la comarca y sus tentáculos controlan casi todo —me alertó y confundió a la vez—. El día que decida operarse y tenga cómo financiarse, me visita.

—Gracias, doctor. ¿Cuánto le debo de las gafas? —pregunté a sabiendas de que no tenía cómo pagarle el valor que me dijera.

—Juan pagó todo. Comuníquese con él. Hasta luego, señor Gómez.

Salí con gafas nuevas. El sol penetraba incisivo y alcanzaba a molestarme el ojo derecho que se mantenía irritado y algo adolorido. Debía apachurrar los ojos ante los destellos del astro que se ensañaba con el municipio por estar el cielo de un azul intenso, sin obstáculo nuboso. El piso adoquinado de la plaza reverberaba. De todas maneras las nuevas gafas me llenaron de felicidad. Parecía que estuviera viendo por los dos ojos.

 

Ingresé al Café Londres y pedí un cortadito. Me dediqué a observar la inmensa plaza de Facatativá como si nunca la hubiera visto. Era un espejismo. Por primera vez pude ver lo que la demás gente llamaba espejismos. Estábamos a martes, día de mercado, y por supuesto desfilaban ante mi vista derecha hileras de parroquianos que iban cargados de los productos de su tierra. Empecé a ver muchachas lindas y recordé a mi tío Juan de Dios, quien aseguraba que al día siguiente de contraer matrimonio empezaban a salir las mujeres bonitas. Me sonreí con su ocurrencia.

 

Desde el mirador del café vislumbré a mis primas Alina y Coralina que cargaban sus maletines de viaje, en busca del bus que las llevaría hasta Guayabal de Síquima. Era ya la época de las vacaciones estudiantiles. Las reconocí por los uniformes del Colegio de La Presentación, ataviadas con faldas largas, botines y medias blancas, como si fueran internas de un centro para mongólicos. Pagué y salí con rapidez. Las alcancé y les di los abrazos cariñosos que estilábamos entre nosotros. Comprobé que estaban molestas con mi actitud en la fuga con Rosita. Alina era la que se mostraba más huraña.

 

—¿Cómo se te ocurrió hacer semejante burrada, Josecito? ¿Ah? —indagó con el ceño fruncido, utilizando las mismas expresiones de mamá Beatriz.

—Prima, yo no fui el de la ocurrencia —le endilgaba culpas a mi amada—. Rosita quería salvarse de la imposición de ser monja y desde luego yo fui su salvador.

—Su salvador... sí, pero el causante de la enemistad de las dos familias —dijo Alina que era la más seria de las dos—. Mi papá nos dijo que si tú regresabas a La Sensitiva la guerra comenzaría en forma inmediata. Así es que no hagas intento alguno por regresar.

—¿Saben algo de Rosita? —pregunté con el temor de la insistencia en algo que les causaba desasosiego.

—El mismo día que la liberaron de tus garras fue internada en Nazaret, un convento de paso de las betlemitas —aseguró Coralina, quien me miraba con ganas de decirme «tú sí que eres, Josecito».

—¿Dónde queda ese convento de paso? —pregunté con la intención de buscar alguna comunicación con ella.

—¿Para qué quieres saber, ah? ¿Para rescatarla? ¿Para crearle más sufrimientos a la pobre? —dijo Alina, con el mismo tono regañón de mi tía Francisca.

Miraba a mis primas y ellas a mí. Adivinaba sus pensamientos en mi conflicto. Me debían ver cuernos, cola y el tenedor incandescente. Coralina no tanto pues se mostraba más condescendiente. Oímos el pitido del bus que bajaba hasta Guayabal de Síquima donde el mulero las estaría esperando con los caballos.

 

—¿Dónde estás alojado? —preguntó Alina con voz misericordiosa.

—En ninguna parte. Hasta hoy llegué de Armero —empalmé con el deseo de no preocuparlas—. Ya buscaré dónde. A mí ese tema no me afana.

Las ayudé a que abordaran el bus. Iba repleto de parroquianos que terminaban su jornada comercial en el mercado semanal de Facatativá. Algunos me conocían pero evitaron saludarme, quizás sabían del pecado con Rosita y no deseaban convertirse en cómplices del crimen cometido por el Tuerto Gómez con una de las niñas Ramírez. Me despedí de mis primas con el abrazo familiar de siempre.

 

—¿Vas a permanecer en Faca o regresas a Bogotá? —inquirió Alina, antes de poner sus pies en el estribo del bus, con el propósito de informarles a mis tíos.

—Aquí en Facatativá —les respondí, porque deseaba de alguna manera encontrarme con Rosita en el convento que las monjas tenían allí.

—Le diré a papá que tú estás aquí y ojalá el próximo martes se puedan encontrar —dijo Alina—. No te pierdas, Josecito.