7
Cambio de instrumento
Después de varios meses en el instituto presenté un preocupante problema de salud. Un dolor intenso en las encías y una absurda hinchazón en los cachetes me abatían. Se creyó que esa situación se originaba en las cataratas de mis ojos. Pero no tenía nada que ver con mi vista. Tal vez la mala alimentación por la escasez de dinero, la falta de calcio y el desaseo a causa de la ausencia de hábitos dentales deterioraron mi dentadura. Los dolores que me producían las picadas muelas y la hinchazón de la cara me obligaron a acudir al odontólogo del instituto, al que todos apodaban el sacamuelas. Haciendo honor a su apodo, este personaje jamás propuso arreglarme la dentadura, sino que como única y gran solución aconsejó la extracción de varias de las piezas de mis encías superiores e inferiores que causaban mi sufrimiento. Es posible que no fueran necesarias esas extracciones, pero como a nadie le interesaban mis dientes y yo no resistía tan tortuosos dolores, autoricé al dentista para que lo hiciera. Ese siempre era su diagnóstico. Por eso su instrumental odontológico estaba compuesto por pinzas, tenazas y jeringas para la anestesia, pues parece que nunca en su vida profesional había intentado arreglar una muela. Y además se le veía un particular disfrute al hacerlo. Para mí, que era un dedicado flautista, aquella calamidad era una verdadera tragedia porque perdía de tajo lo que los expertos llaman la embocadura. A partir de ese momento no pude practicar ninguna música en la flauta porque el aire que salía de mis pulmones, que debía concentrarse en el instrumento, se diluía por las oquedades que dejaron las piezas extraídas.
Previos emplastos en la cara, acompañados de infusiones de caléndula para reducir la inflamación, el dentista quiso sacarme todos los dientes y muelas que me quedaban. Tenía la intención de hacerme una prótesis completa para que no tuviera que abandonar la interpretación de la flauta. Pero la profesora Radke lo impidió. Como mis problemas dentales eran el obstáculo insalvable para tocar la flauta, los profesores empezaron a preocuparse y, para mi sorpresa, la que más estuvo al tanto de esa calamidad fue la profesora Sofía, a quien por prohibición del director no había vuelto a escuchar en sus disertaciones sobre cómo conducirnos en la vida. Ella aprovechó la calamidad odontológica para renovar la comunicación conmigo, a pesar de aquella oportunidad en la que me había endilgado con saña y alevosía que mi conducta era la característica de los hombres corrompidos y mañosos. Se me acercó tanto que me extasié mirándole su aporcelanada piel, su cuerpo un poco obeso pero muy proporcionado, y sobre todo sus torneadas piernas cubiertas por una pelusa rubia que las hacían muy atractivas. Como no detectó mi libidinosa mirada, decidió decirme:
—José Dolores, me he preocupado por su salud. He sabido que no va a poder continuar con sus estudios de flauta. He oído con devoción sus interpretaciones en la sala de música y la verdad que al escucharlo tuve un concepto diferente de usted. Quiero pedirle perdón. Fui muy dura aquella vez. Pero hoy pienso que cualquier muchacho hubiera hecho lo mismo que usted hizo. No le guardo ningún rencor.
No podía creer lo que acababa de oír. Mientras la profesora hablaba llenándome de halagos, me elevé viéndole los movimientos de sus labios carnosos y expresivos. El pelo un poco rubio, ondulado, le enmarcaba el rostro ruborizado por las palabras que salían de su boca. Se veía que descendía de una familia bien parecida, pero sus ojos, quién sabe por qué causa, se habían convertido en dos bolas blancas, lechosas y repugnantes. A lo mejor los míos se transformarían igual con el tiempo. Por eso ella solía usar gafas oscuras que la hacían ver esplendorosa como si estuviera siempre de turismo en una playa.
—Me sorprende usted, profesora Sofía —le respondí después de transcurrido un prolongado silencio por mi ensimismamiento y la sorpresa que me causaron sus desinteresadas frases—. La que tiene que perdonarme es usted. Nunca debí hacer eso con una persona tan especial.
—No me diga «profesora», dígame «Sofía» —estas pocas palabras las expresó en un tono tan dulce que yo también creí que hablaba con la santa patrona de los ciegos—. Hablaré con el maestro José Tomás para que le permita regresar a mis clases, José Dolores —prometió, mientras la dulzura de su ser se percibía a través de su voz, pues sus ojos no tenían mirada para nadie.
Continué con mis prácticas musicales bajo la dirección de la profesora Radke. Hablamos sobre mi problema para continuar con las clases de flauta porque la embocadura no me daba para ello. Me faltaban cuatro dientes, además de algunas muelas, lo que me impedía hablar bien. Ella, como era su costumbre, me tranquilizó diciéndome que esa molestia era pasajera y que las cosas tenían solución. Que la odontología había progresado mucho y que podía solicitar que el dentista me fabricara unos puentes para que las cosas volvieran a su estado normal. Pero el inconveniente era que esas prótesis no estaban incluidas en la obligación del instituto y el afectado debía pagar por estos trabajos. Desde luego, a mí no me llegaba dinero como para esos gastos. Les escribí a mis tías para que conquistaran a mi padre y me auxiliara con el tratamiento. Jamás obtuve respuesta.
De pronto, la profesora Radke me sorprendió al decirme:
—A mí me parece que usted debe intentar con otro instrumento como el violín.
—Pero es que nunca he tenido en mis manos un violín, profesora Radke —contesté con bastante desilusión.
—Todos los violinistas del mundo han empezado así, jamás habían tenido un violín entre sus manos —manifestó con la lógica que la caracterizaba—. Vayamos a la Dirección, pedimos un violín y empezamos hoy mismo, porque las cosas no hay que pensarlas mucho.
Caminamos hasta la oficina del director. Entramos y la profesora Radke le dijo:
—¡Maestro! Quiero proponerle una cosa que lo va a sorprender. Decidí que este alumno, por el que usted ha tenido algunas deferencias, inicie hoy el aprendizaje del violín —él la miró desconcertado—. Es que por la extracción de varios de sus dientes este joven perdió la embocadura para la flauta, y esas aptitudes para la música no se pueden desperdiciar ni tampoco hay que darles largas. Necesito uno de esos violines que envió la fundación desde Alemania.
—¿Y este muchacho sí servirá para eso? —interpeló el director con un dejo de descreimiento.
—Con ese sentido musical que le asiste, ni más faltaba... —me alabó la profesora.
El profesor Posada se metió por una puerta oculta de la Dirección y al instante salió con un estuche nuevo. Lo puso encima del escritorio, lo abrió, y ante mi ojo tuerto apareció un hermoso violín color caoba listo para estrenar.
—Profesora Radke, hago entrega de este instrumento. Dejo en sus manos la suerte del muchacho. Felicitaciones. Yo sé que usted lo moldeará a su manera.
La profesora Radke sacó el violín de su estuche, tomó el arco, le untó una pasta amarillenta, lo puso debajo de su quijada y le dio varios arcazos a las cuerdas. Ese día supe que ella era una gran violinista y había formado parte de famosas orquestas filarmónicas en Alemania.
—Está bastante desafinado —masculló, y el maestro José Tomás asintió dándole la razón a la profesora que volvió a colocar el instrumento dentro del estuche y lo cerró. Nos despedimos del director y salimos hacia el salón de música.
Iba detrás de mi instructora y observé que ella aún conservaba los encantos de sus años juveniles. Exhibía un garbo desparpajado al caminar, de andar rápido y con la cadencia de las caderas de la mujer coqueta. El pelo era totalmente rubio y liso, pero por su edad afloraban ya algunas canas. Unos aretes de oro le bamboleaban en sus orejas. Al entrar al salón fuimos a su escritorio profesoral. Allí sacó el violín nuevamente y lo afinó. Dijo que íbamos a practicar los primeros ejercicios. Comenzó enseñándome las posturas del cuerpo y la colocación del instrumento sostenido solamente por la quijada, sin ayuda de las manos. Me obligó a mantenerlo con mis carracas sobre el hombro por quince minutos, sin apoyo alguno. Cuando llevaba diez estuve a punto de dejarlo caer y alcancé a cogerlo casi por el aire. Me instruyó acerca de la metodología para untarle pez al arco. Me enseñó los hábitos de aseo, a limpiar el sitio donde se coloca la quijada para que no se acumulara allí la grasa de la piel y la transpiración, y finalmente me indicó cómo guardarlo adecuadamente. Me advirtió que estaba prohibido comer cuando estuviera practicando. «No me lo va a convertir como si fuera bordón de ciego, embadurnado de cuanta porquería encuentre en el camino».
En esos días se celebraba el Día de la Madre, pero como yo era huérfano me despreocupé de la tal remembranza. Lo que no sabía era que el director estaba reorganizando la orquesta, la estudiantina y el trío de músicos para aprovechar las fiestas que harían en los diferentes salones de baile en homenaje a las madres y derivar de ello ingresos para el instituto. Si no me hubieran sacado las piezas dentales, seguro habría tenido la oportunidad de formar parte de la orquesta. Pero José Tomás Posada, con un dejo de vergüenza, me manifestó:
—Es una lástima que no pueda acompañarnos con la orquesta y tampoco con la estudiantina, y menos con el trío. En sus condiciones no puede utilizar la flauta, y para el trío la voz no le ayuda.
—Yo sé tocar las maracas y el güiro, maestro. Déjeme ir —dije con el entusiasmo de querer hacer parte de la orquesta en cualquier forma y salir a fiestas con ellos.
—¡Qué pena, José Dolores! El ciego Norberto Ordóñez es el encargado de la percusión y los ritmos. Lo hace bastante bien —aseguró—. No lo puedo cambiar hoy sin saber si usted es capaz de hacerlo igual o mejor. Y fuera de eso no ha asistido a los ensayos. Le tocó quedarse, mijo.
Esa noche acepté con resignación quedarme solo en el instituto, en compañía de unos perros entrenados para servir como lazarillos a los ciegos pudientes. Por ser la víspera de la fiesta para las madres, todos los músicos que formaban parte de la orquesta y los conjuntos salieron a cumplir los compromisos que el maestro José Tomás había adquirido en diferentes lugares. La noche no era tan fría y el cielo se había despejado. Parecía que las estrellas estuvieran colgadas ahí no más, en los filos de los cerros de Monserrate y Guadalupe. Me senté en una de las bancas del patio a pensar con tristeza en mi madre, y a mirar una estrella inmensa, brillante, que decían era el planeta Marte, donde me imaginé que debía estar mamá Beatriz. Ese día las cataratas del ojo derecho, como si se hubiesen corrido a un lado como cortina de ventana, me permitieron ver con alguna nitidez las estrellas y la luna. También pensaba en Edelmira, en sus mejillas rosadas, en su boca roja e inquieta y en su maravillosa primera voz con el dueto de Las Florecitas del Río. En tan nostálgica noche romántica, llegó a mi pensamiento el cuerpo macizo, carnoso, de Merceditas, la Reina de la Gallina Asada. No sé si por el hambre que nos asaltaba a toda hora en el internado, recreé los sabores de mi paladar con los de esa deliciosa gallina de Ventaquemada. A mi memoria regresaban las actividades non sanctas del viaje cuando una vocecita dulce y deliciosa me sacó del ensimismamiento:
—¿Quién está por aquí?
Di la vuelta y con mi ojo medio bueno me encontré con el rostro angelical de la profesora Sofía. Una tenue luz le iluminaba precariamente medio rostro y hacía que algunos mechones de su pelo dorado le brillaran. La tomé de la mano, la acerqué para que se sentara a mi lado y le dije casi al oído:
—Yo, José Dolores Gómez —se puso nerviosa, le temblaba la mano que había asido a la mía.
—¿Por qué no se fue con la orquesta?
—No, Sofía, no puedo tocar la flauta por la falta de los dientes que me extrajeron. Soy una persona de muy mala suerte.
—¿Y cree que este encuentro conmigo es de mala suerte? —le observé una sonrisa maliciosa.
—No, claro que no. Creo que es de las mejores suertes que he tenido en mi vida.
—La noche es muy apacible y de buena temperatura, es decir, no está tan fría como otras noches bogotanas. ¿Qué hacía aquí solo?
—Mirando las estrellas y la luna, recordando a mi mamá —le dije con voz tenue.
—¿Sabe una cosa, Josecito? Yo nunca he visto la luna ni las estrellas, y menos el sol. No puedo siquiera imaginarlos. Dígame, ¿qué ve?
—Imagínese que una descomunal tela negra nos cubre y de ella cuelgan unas bolas amarillas, brillantes e intensas que titilan, es decir, como cuando sus ojos se abren y se cierran con nerviosismo. Esas estrellas y la luna se jactan de su luminosidad y sus encantos, mientras caminan sobre ese paño negro y nos observan desde el infinito con el desdén que les da la inmensidad del firmamento. Desde allá nos deben ver como a minúsculos insectos —me pareció que estaba hablando con una vidente y debí acoquinarme. Sofía ni se enteró de mi pena y en cambio se mostraba plena con mi compañía.
—¡Qué lindo, Josecito! ¡Acérquese un poco más a mi cara y a mis ojos para que me transmita esas imágenes que usted ve y mi mente las pueda captar.
Me acerqué lo más que pude. Sentí su respiración jadeante. De pronto juntó su boca con la mía y nos dimos un beso. Sentí íntima desazón al dar aquellos besos por la falta de los dientes, pero Sofía los recibía con pasión. A lo mejor era la primera vez que alguien la besaba en la boca. Con nerviosismo miré para todos lados y no vi a nadie alrededor. La abracé y le di un prolongado beso que la dejó exhausta. Después de un corto silencio exclamó:
—¿Sabes? ¡Jamás me habían besado con tanto cariño y amor como tú lo hiciste, Josecito! Que esto quede entre los dos. Además, después de esto podemos empezar a tratarnos de tú. ¿No te parece? Y espero que no vayas a hacer lo mismo que hiciste aquella vez que miraste mis piernas y mi ropa interior y te pusiste a contarles a tus compañeros.
—¿Cómo se te ocurre, Sofía? Hoy para mí eres la mujer de mis sueños. Y tienes razón, suena muy agradable esta nueva forma de tratarnos…
—Empezó el frío, José —dijo de repente—. Ven, acompáñame hasta mi habitación.
—¿Dónde duermes tú?
—Vamos y te enseño.
Por detrás del instituto se habían establecido unos pequeños habitáculos para los profesores, que también permanecían internos. Como lazarillo, la llevé del brazo, juntando mi cabeza a la suya, sintiendo su calor, sus palpitaciones y la pasión que llevaba en su cuerpo. Llegamos a su cuarto y quise despedirme, pero me retuvo de la mano.
—Ven y conoces cómo vivo —dijo con voz temblorosa.
—Me da un poco de susto que nos vean y ya con esta sería suficiente para que cancelaran mi matrícula —dije para tratar de escapar de algo que podría suceder.
—No tengas miedo. La profesora Radke, el director José Tomás y los demás profesores salieron en plan de fiesta a acompañar las orquestas. Ellos llegan tarde —me abrazó, acercó su cara contra la mía y nos besamos en la puerta de su habitación con intensa lujuria.
Entramos y nos besamos varias veces más. Ella comenzó a desnudarse y me dijo que yo hiciera lo mismo. Sentí sus endurecidos senos, como si fueran dos pequeños balones rellenos. Me tomó la mano y empezó a dirigirla hacia varios lugares de su cuerpo, hasta que detecté que las mieles de su erotismo mojaron mis dedos. Nos enfundamos en su cama e hicimos el amor con pasión desbordada. Comprobé que ningún hombre había osado penetrar en su cuerpo. Después me cogió el sueño y, en la madrugada, cuando regresaron los integrantes de las orquestas y de los demás conjuntos, salí corriendo para el dormitorio colectivo sin que nadie se enterara. Antes de salir me dio el último beso y dijo:
—Espero que lo nuestro sea duradero y no me olvides, amor.
No alcancé a contestar nada porque los perros empezaron a alertar con sus ladridos, y se escuchaban en la puerta los pasos y las voces de la profesora Radke y el maestro José Tomás. Como no habíamos encendido la luz no detectaron mi refocilo con Sofía. Pero los compañeros de dormitorio sospecharon que estaba despierto. Uno de ellos, con su aliento a licor, a quien por la oscuridad no pude identificar, me preguntó:
—¿Hoy no vio a la profesora Sofía?
—No. Y no me jodan más con ese tema —les advertí furioso, ya que a Sofía le prometí guardar el secreto en lo más recóndito de mi corazón.
En la mañana, a la hora del desayuno, el maestro Posada me llamó a un lado. Pensé que la profesora Sofía le había contado algo, o que habían detectado mis subrepticios amores. Me asusté y creí que había perdido la beca del instituto. Fui. Me acerqué temeroso al director, quien con cierta reserva me dijo:
—Le tengo una noticia. La profesora Sofía me visitó ayer y me solicitó que lo programara para su clase de Urbanidad. Yo le pregunté que si no tenía problema en recibirlo después de los bochornosos hechos de mal gusto en los que terminó involucrado. Me dijo que no, que lo había pensado durante mucho tiempo y había decidido volver a aceptarlo en su clase. Que ya lo había perdonado.
Descansé y volví a desayunar con más tranquilidad. La curiosidad de los compañeros ciegos era inmensa. «¿Qué... qué le dijeron?». «¿Qué pasó, lo van a botar del instituto?». Les respondí que no. Pero Vicentico balbuceó en tono maledicente que sería lo mejor que pudiera pasar. Repitió la frase que Sofía había dicho el día que pidió mi expulsión: «Es que una manzana podrida corrompe las demás frutas». No tuve necesidad de contestarle porque al instante dos de los amigos ciegos lo cogieron a coscorrones hasta hacerlo lloriquear y gemir por lo bajo.
En los meses siguientes no tuve inconvenientes ni sobresaltos. Además, tanto la profesora Sofía como la profesora Radke se dedicaron a buscarme ayuda económica para que el odontólogo completara el tratamiento de los puentes dentales. Al finalizar aquel año ya me había colocado el de los dientes de arriba y faltaba poco para perfeccionar los de la encía inferior.
Las clases de violín con la profesora Radke comenzaban a dar sus frutos. Ya podía leer la música de corrido, sin equivocaciones, e interpretar al tiempo algunas obras pequeñas. Empecé con un minué de Beethoven y mi soltura de mano y el sonido que les sacaba a esas cuerdas fueron la sensación entre los profesores y compañeros. El violín es muy difícil de tocar porque hay que hacer las notas. Estas no vienen hechas como en otros instrumentos en los que el diapasón o las teclas corresponden con precisión a las escalas musicales. Me aficioné tanto a mi nuevo instrumento que conseguí partituras de obras colombianas cuyo montaje empezó a darme satisfacciones y me permitió mostrar mis aptitudes. La «Guabina santandereana» fue la favorecida con mi interpretación, y la verdad que se oía bastante bien, hasta el punto de que el maestro Posada me dijo un día que la tocáramos los dos, que él me acompañaba con el piano. Para mí fue un gran honor puesto que él tocaba a la perfección. Ese día se agruparon todos los profesores y los alumnos en el salón de música para escucharnos y el aplauso fue cerrado. Sofía me enviaba besos con sus manos, sin que los ciegos pudieran observar su amorosa actitud hacia mí.