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              Las cataratas de Zapatoca saltan a la vista

 

Las bestias se mostraban inquietas e impasibles mientras les ponían las sillas de montar. Eran las cuatro de la mañana y el rocío del amanecer les mantenía húmedos sus cuerpos. La niebla azulosa era como el manto de la Virgen de la  Inmaculada Concepción cubriendo la naturaleza, emperifollándola de blanco y azul con bordes dorados el día de su efeméride. Partimos con Juan de Dios y su ayudante rumbo a Facatativá. Iba anhelante en este viaje porque a lo mejor resolvía en parte el problema de mi visión. Viajaba dispuesto a dejarme hacer lo necesario con tal de ver un poco, así fuera no más por el ojo derecho. Iba con algún temor de que alguien interviniera mis ojos. A veces padecía tenues dolores en mis pupilas y la gente decía, sin saberlo, que eran las piedras que reposaban dentro de mis ojos. A caballo íbamos hasta Guayabal de Síquima. De ahí en adelante, tomábamos el bus de línea a las seis de la mañana y el ayudante de mis tíos se regresaba con los animales para la hacienda. En estos viajes, Juan de Dios rehuía conducir su berlina por si de pronto debía ingerir licor.

 

El bus llegó a la plaza principal de Facatativá a las ocho de la mañana. Era la ruta que los usuarios de la línea transportadora llamaban lechera porque andaba recogiendo y dejando pasajeros a lo largo de su recorrido. El trayecto podía hacerse en una hora, pero los conductores lo hacían en dos. Como era el único medio de transporte que pasaba por veredas y haciendas el conductor esperaba lentamente la salida de los viajeros. El que no saliera a tiempo se quedaba hasta la ruta de las dos de la tarde y debía pernoctar en Facatativá. La plaza de este municipio era amplia. Estaba enmarcada por el costado sur con esa catedral inmensa, réplica exacta de la de Bogotá. Pensé que los curas de la Iglesia católica con sus templos pretendían simular los palacios imperiales de Europa, sin tener en cuenta ni la humildad ni la pobreza que debían exhibir, porque sus columnas en mármol y sus altares forrados en hojilla de oro desdecían de la intención austera con la que Cristo vivió y dejó sus enseñanzas a través de la historia. En el resto de los costados de la plaza había unas casonas de tipo español que en los primeros pisos mantenían funcionando algunos almacenes, cafetines y locales de acopio de café, plátano y demás productos agrícolas que se producían en la región. En uno de esos restaurantes entramos a desayunar. Juan de Dios decía que a una consulta médica era mejor no llegar con el estómago vacío. El tío era un comelón de miedo y no le daba importancia a su incipiente obesidad.

 

El médico oculista al que había acudido Juan de Dios tenía su consultorio en su casa de habitación, la cual quedaba detrás de la catedral. Alcanzábamos a escuchar el oficio religioso de las ocho de la mañana y el susurro rezandero de la feligresía. Ante una mujer vestida de blanco nos anunciamos. A esa hora había una fila de pacientes que aguardaban el llamado de sus turnos para la consulta. Esperamos de pie, pues las escasas sillas estaban ocupadas por gafufos, bizcos, ciegos y tuertos; y también por hombres y mujeres con orzuelos, granos y heridas en los ojos producidas por accidentes. A eso de las once de la mañana escuchamos la voz de la enfermera llamando a «José Dolores Gómez Orejarena». Juan de Dios me dio un codazo en el estómago porque la somnolencia de la espera me había extinguido la atención. Por ello no escuché el llamado de la auxiliar. El tío entró conmigo.

 

—Doctor Díaz Guerrero, este es el sobrino de quien le hablé. Examínelo y dígame qué puede hacer usted por él.

—Bueno. Siéntense y vamos a examinar a su protegido, don Juan —el médico era un hombre alto, de cara mofletuda y nariz aguileña que le servía de atril a sus gafas enmarcadas en carey. Su figura era adusta. Se había especializado en la Universidad de Barcelona, según leyó Juan de Dios en uno de sus diplomas al entrar al consultorio.

El oftalmólogo se sentó frente a mí, tan cerca que creí adivinarle la intención de besarme la nariz o la frente. Me entró cierta desconfianza. Desde que Vicentico se encamó conmigo a escondidas, aprovechándose de mi embriaguez y mi tuertera, empecé a sospechar de los hombres que se acercaban demasiado a mi cuerpo. La posición del médico era tan cercana que alcanzaba a percibir su respiración y el olor de su perfume de afeitar. En uno de sus ojos se había instalado un pequeño telescopio con el que auscultó los míos, para lo cual tuvo que juntar su cara con la mía a menos de cinco centímetros de distancia. Después de ello, su rostro de preocupación me bajó el ánimo.

 

—Sí, señor Orejarena —se dirigió a Juan de Dios que era quien pagaba la consulta—. Son las cataratas de los zapatocas que han acabado con la vista de sus paisanos. Pero no es nada que no se pueda enderezar. Estas de su sobrino son las más grandes que he visto. Ojalá usted pudiera verlo, pero en el ojo izquierdo, en vez de contener dispuestos los órganos en su lugar, se le ha incrustado esa endurecida telilla del tamaño de una roca que lo ha invadido hasta la mitad. Constriñó su humor vítreo, el humor acuoso, el iris y la mácula, y tiene a punto de desprendimiento la retina. Por ese ojo, si ve, deben ser meras sombras —dijo para sí y yo se lo confirmé con el movimiento de mi cabeza—. Desde luego, tenemos a favor la edad del muchacho. Pero la operación no es fácil y tampoco puedo asegurarle un ciento por ciento de éxito. Vamos a ver el ojo derecho.

Se incorporó del asiento de consulta y fue directo a una de las paredes del consultorio. Zafó una banda de caucho que amarraba un rodillo y al instante el rollo se convirtió en un pequeño cartel en el que estaban escritas muchas letras del alfabeto en diferentes tamaños.

 

—A ver, José Dolores, ¡esta! —y me señaló con una batuta como de director de orquesta la letra A; luego la siguiente, más pequeña, era la f en minúscula, pero la confundí con la E mayúscula. Sin embargo, atiné a adivinar la mayoría sin demasiados errores, muchas veces adivinando. Tal vez inconscientemente me hice trampa para evitar la operación.

Juan de Dios estaba ansioso por los resultados. El médico regresó a enfrentarse de nuevo con mi cara. Tomó un frasquito de gotas para dilatar las pupilas y me aplicó una en cada globo.

 

—El ojo derecho está bastante deteriorado y este muchacho debe ver poco, entre brumas si tuerce el ojo a la izquierda, y con alguna claridad a la derecha, pero es recuperable. Siquiera puede ver alguna cosa porque no tiene que usar lazarillo —aseguró el oculista y se daba ínfulas de saber lo que yo ya sabía por mi experiencia—. Es una lástima que no lo hubieran tratado en sus primeros años de vida porque las cataratas van creciendo, quién lo creyera. Bueno, tal vez la del ojo izquierdo es de ese tamaño desde el nacimiento y ya no tenía espacio para crecer más. En los primeros años de vida de este muchacho el éxito de una operación hubiera estado a su favor. Este ojo es más fácil de tratar pero hay que intervenirlo quirúrgicamente. ¿Usted qué dice, señor Orejarena? —la pregunta la dirigió con la mirada a Juan de Dios que, como dije, era el financiero consultante de mi vista.

—Hay que ver cuánto vale esa operación —arguyó mi patrocinador—. El problema, doctor Díaz Guerrero, es que el joven es huérfano de padre y madre —aseguró, diciendo verdades a medias—. Yo le puedo ayudar en algo. ¿Cuánto puede valer la operación y el tratamiento?

Ante el cuestionamiento, previa explicación de mi situación económica, el médico hizo algunas cuentas con su estilográfica y finalmente argumentó:

 

—Con cirugía y tratamiento todo vale quinientos pesos, don Juan de Dios.

—Esa es mucha plata que no tenemos ni él ni yo que soy su pariente más cercano —Juan de Dios debió pensar que con ese dinero perfectamente podría comprar una finca, una casa o un lote de ganado, y mostraba, como todos los ricos, una falsa pobreza para exigir rebajas y descuentos—. Por ahora cuento con cincuenta pesos, doctor.

—Con eso le puedo empezar un tratamiento de gafas y gotas para aclararle algo la vista del ojo derecho, porque en el izquierdo, creo, no tenemos nada provisional que pueda hacerle, ¿le parece? Una cosa si le aseguro, señor Orejarena, la cirugía en ese ojo es inevitable.

—Me parece, doctor Díaz —aceptó mi tío el plan B del oculista, y la dilatación de mis pupilas ya había hecho efecto porque lo poco que veía empecé a notarlo muy difuso y bailoteando. Al comentarlo me dijo que no me afanara, que la dilatación de las pupilas producía esa molestia, pero que era pasajera.

Esperamos más de media hora a que las gotas hicieran su trabajo completo para poder auscultar la visión del ojo derecho. Transcurrido ese tiempo, el oftalmólogo empezó por probarme muchas gafas, y con cada una me ponía a leer en el cartel de las letras hasta que unos de esos espejuelos me mostraron con mejor claridad el alfabeto que me señalaba.

 

Juan de Dios pagó la consulta, el tratamiento y las gafas. Ante tanta generosidad le di un abrazo de agradecimiento. Salí del consultorio con unas gafas provisionales. Empecé a ver por mi ojo derecho las cosas y las personas, y a distinguir las que confundía pues las figuras las percibía con mejor definición. El doctor Díaz Guerrero nos dijo que en un mes tendría las gafas definitivas de acuerdo con la fórmula que produjo la intensidad de los lentes utilizados en la consulta, porque en el laboratorio que las fabricaba en Bogotá tenían demasiados pedidos y jamás se comprometían a entregar trabajos en menor tiempo.

 

Al salir del consultorio, Juan decidió visitar a las niñas Alina y Coralina y nos enrumbamos para el Colegio de la Presentación. Me comentó que si se enteraban de que habíamos estado en Faca, sin visitarlas, no se lo perdonarían. Golpeó en el portón del colegio pintado del color azul que, según mis tías, era el color de la Virgen María. Parecía que no hubieran escuchado los golpes de Juan de Dios y al fin abrieron una diminuta ventana que escasamente dejaba ver un ojo de la persona encargada de abrir. Al reconocer al padre de mis primas, previo chirrido de bisagras oxidadas, se entreabrió una de las hojas de la puerta. Entramos y observamos a las alumnas en descanso. Mis primas nos vieron y con rapidez fueron a nuestro encuentro. Se sorprendieron al verme con gafas:

 

—Pareces un doctor, José Dolores —expresó Coralina con desparpajo. Mi prima conservaba la alegría que siempre le conocí en Zapatoca. Era de regular estatura, pero su espíritu era inmenso. Con sus chascarrillos siempre nos alegró la vida; además aprendió a tocar el tiple y cantaba algunas canciones románticas. A Corita la cuidaban demasiado porque dizque había llegado al mundo con un soplo en el corazón, pero no se le notaba nada porque era la más fiestera, inquieta y saltona.

—Te quedan perfectas, Josecito —dijo Alina—. Ojalá puedas leer mejor porque te tengo una novela de amores que se llama María para que la leas, y otras de escritores jóvenes y contemporáneos —Alina era la mayor de las mujeres, la más seria. Poseía una formación recia de la rectitud y el comportamiento decente que la hacía ver de más años de los que en verdad tenía.

Nos despedimos de las niñas. Juan de Dios les dejó a cada una cinco pesos para las necesidades de su estudio y salimos a tomar el bus de línea. Como a eso de las seis de la tarde llegamos a Guayabal. Estaba oscureciendo. Fuimos a visitar a las Carrera que nos invitaron a quedarnos en su casa, no sin antes ofrecernos comida y algo de beber. El papá de las muchachas, Virgilio, era un hombre agradable, simpático y gustaba de beberse algún licor cuando tenía visitas en la casa. La gente de la región se mofaba del apellido de Virgilio y a sus hijas las llamaban las últimas carreras de Virgilio. Por supuesto que nos ofreció aguardiente, y Juan de Dios, que tenía talante libertino, no se inmutó cuando ingerí algunas copitas de la aromática bebida que era fabricada en el zacatín particular del señor Carrera. Le ponía a su producto toda clase de hierbas aromáticas, no obstante, sobresalían el anís, la menta y la mejorana.

 

La noche era consumida por la animosa charla de negocios, pero a mí me invadió el sueño pues estaba levantado desde las cuatro de la mañana. Desde mi estadía en el pabellón de los cirróticos me acostumbré a dormir en demasía. Lucy Carrera me condujo a la habitación que nos habían asignado para esa noche de paso y Juan de Dios siguió con su conversación en la sala. Mientras llegábamos a la habitación, Lucy aprovechó para advertirme:

 

—¿Sabes qué, Josecito? Los Ramírez están dispuestos a no dejar perder lo que ellos llaman «la vocación» de Rosita para obligarla a que su vida continúe y termine en un convento. Están preparando la despedida para el día de su cumpleaños, que es el mismo día en que se celebra la fiesta de Santa Rosa de Lima.

—¿Y si ella no quiere?

—A ellos poco les importa. Ese fue el destino que le asignaron, y como buenos conservadores exigen que lo cumpla o se enfrenta con su familia.

—No lo puedo creer —lo dije de labios para afuera, pero en el fondo lo creí posible pues el trato personal con los Ramírez me lo había confirmado—. Rosita tiene derecho a pensar diferente. A nadie lo pueden obligar a practicar lo que no quiere.

—¿Tú la quieres mucho?

—Claro, Lucy, la adoro.

—A luchar, Josecito, para liberarla de esa imposición odiosa.

—No sé qué hacer, Lucy.

—Con la aceptación de ella deben inventarse algo. Alguna estrategia habrán de planear. Incluso el mismo día de su despedida. Bueno... tú sabrás. Hasta mañana, Josecito.

Juan de Dios llegó a la habitación más allá de las doce de la noche y sus ronquidos me desvelaron. La información que me suministró Lucy tampoco me dejó conciliar el sueño y empecé a pensar en el asunto de mi relación con Rosita. Daba vueltas en la cama y aparecieron erupciones de un sudor caliente y pegajoso en mi cuerpo, tal vez por la intranquilidad y la ansiedad que me causó la noticia. Decidí armar tácticas y estrategias, enfrentamientos y contrariedades para impedir que Rosita fuera internada con las betlemitas. Si permitía que se la llevaran para el convento las cosas serían más difíciles. Me angustié demasiado y quise salir de inmediato para la hacienda El Cairo a rescatar a mi amada Rosita, tal como se hacía en las novelas de aventuras. Pero... ¿cómo un tuerto sin dinero podría hacerlo? Recordé la tragedia de Romeo y Julieta, pero desistí de llegar a tanto. No tenía talante de suicida. Me desesperé mientras Juan de Dios roncaba. La noche se fue en vela con las angustias y la inquietud pasional del enamoramiento. A las cinco de la mañana, cuando apenas acababa de cerrar los ojos, nos despertaron y sorprendieron con sendos pocillos de café. Nos levantamos y un ayudante tenía listos dos caballos para llevarnos a la hacienda.

 

En La Sensitiva, Francisca y Marucha esperaban ansiosas nuestro regreso. Cuando me vieron llegar con gafas creyeron que me habían operado y ya podía ver. No tenían el cálculo de las proporciones. ¿Cómo iban a operarme y nosotros viajar a caballo el mismo día? Gritaron de alegría. Juan de Dios les bajó la emoción para contarles que esas gafas era un pañito de agua tibia mientras se conseguía el dinero para la operación.

 

—¿Y luego cuánto vale esa cirugía? —preguntó Pachita.

—¡Quinientos pesos! —se admiró Juan de Dios. El par de mujeres se asombraron.

—Ni que tuviéramos que comprarle un par de ojos nuevos al muchacho —dijo María.

—Esa operación, ahí sí como dicen, vale un ojo de la cara —agregó Pachita con su humor fino—. ¿Y tú no puedes hacer algún esfuercito para colaborarle al muchacho?

—En este momento no, me cogieron con los calzones en las rodillas —explicó Juan de Dios—. Aprovechando la crisis económica y la feria de las baratijas acabo de invertir todo mi dinero en varias fincas, casas, ganado, la berlina y hasta una droguería en Facatativá. Y vayan véndanlas... a ver si les dan siquiera la mitad del precio por el que las compré. Lo mejor es que esperemos, que Dios proveerá.

Llegaron George y Fernando y se alegraron de verme engafado. Se burlaron de mí, dijeron que me parecía al presidente Abadía Méndez, quien para ese entonces había caído en un desprestigio inmenso y se había convertido en el hazmerreír de los colombianos. George venía de Fusagasugá, había pasado por Bogotá y dijo traerme un obsequio:

 

—Te traje las partituras de las últimas obras del folclor colombiano para que las toques en el violín y la flauta —me entregó un cartapacio de partituras que venían también en braille. Definitivamente, George se comportaba como si fuera mi hermano. Lo abracé, aunque tampoco le gustaba que lo hiciera, como buen santandereano. Me dijo que cuando estuvieran puestas las piezas musicales me programaba un nuevo concierto donde las Carrera, en Guayabal.

—¿Y es que tú te dedicaste a conseguirle novio a la muchachita Ramírez? —preguntó, arrugando el ceño, mi tía Francisca, con exhibición de innecesaria celotipia—. ¿O es que vas a montar una agencia matrimonial en la región? Dedícate primero a asegurar a tu Silvia, porque por ahí me dijeron que la habían visto por allá en Albán con su amiguito Enrique Ramírez. Eso te pasa por pendejo. Te vas para tu tal Fusagasugá y entre tanto te ponen la cornamenta en tus propias narices.

—¿Quién le contó ese chisme, tía?

—Por ahí. Tú sabes que pueblo chico, infierno grande.

George quedó tan preocupado que inmediatamente abandonó la reunión familiar. Fue al establo donde herraban los caballos. Ensillaron tres de los más briosos y rápidos. Nos invitó a Fernando y a mí a que lo acompañáramos hasta Guayabal. Supuse que iba a armar un conflicto de los mil demonios con el chisme de Silvia y el hermano menor de los Ramírez, y eso me llenó de preocupaciones.

 

—No lleves el revólver, George, porque terminas cometiendo una embarrada que te va a pesar el resto de tus días. Mujeres son las que sobran en esta zona mejores que tu tal Silvia. Ahí están las Carrera, las Ramírez, las Pinzón —Francisca exhibió la ojeriza que tenía contra la pretendiente de su sobrino.

George no respondió a la advertencia de la tía. Nos fuimos hasta Guayabal. Tomamos un atajo que nos acortaba el camino. Parecía que George fuera a cobrar una herencia porque no dejó de espolear al caballo para que galopara. Deseaba sacarle todo el aire a su animal. Llegamos a la casa familiar de Silvia. En ese momento, Enrique Ramírez llegó también a visitarla y estaba apeándose de su bestia, sin reparar en nuestra llegada. Antes de que mediara palabra alguna, George se fue encima de Enrique y se asestaron un concierto de golpes, patadas y empujones. Terminaron ambos con moretones y chorritos de sangre por entre las fosas nasales. Nadie intentó intervenir porque era un problema entre hombres por una mujer, y las leyes de esos duelos eran así, sin intervencionismo de los presentes. Quien se entrometiera perdería la amistad de los contrincantes y de sus respectivos amigos y familiares. Era una competencia de fuerza y ganaba quien dejara al otro inservible. Gesticulaban toda clase de amenazas, y las malas palabras salían a borbotones de sus labios, mezcladas con la sangre producida por los golpes. Salió Silvia, que había escuchado la pelotera y se fue encima de ellos a separarlos, porque ambos eran fuertes para la pelea y de no ser por la intermediación de la causante hubieran continuado con esa seguidilla de golpes hasta quedar exangües en el piso.

 

Los hermanos de Silvia salieron para intervenir en el conflicto amoroso, pero como ya los contrincantes estaban separados nos invitaron a seguir a su casa. Lo primero que hicieron fue servir sobre una bandeja de mimbre unos tragos de aguardiente en pequeñas copas de cristal, y yo que no tenía controlador que me lo impidiera me tomé la que me correspondía. Fernando ahí mismo me reconvino, pero no en forma contundente. George y Silvia se trasladaron a un solar trasero de la casa a arreglar sus cosas. Para cuando regresaron a la sala, Enrique se había molestado y había salido de la casa sin despedirse. Uno de los rivales había abandonado el campo de batalla y Silvia se disgustó porque nadie hubiera hecho esfuerzo alguno para retenerlo, pues, al decir de ella, su amistad con Enrique Ramírez no tenía nada que ver con flirteos o enamoramientos. Pero ninguno de los allí presentes creímos esas palabras dichas sin convicción.

 

Nos despedimos de la familia de Silvia y regresamos a La Sensitiva. George iba con los ojos hinchados y los labios partidos, de la misma forma que salió Enrique Ramírez. Durante el viaje de regreso no cruzamos palabras de ninguna clase, como si regresáramos del funeral de un ser querido.