4
Estaba llegando, me iba acercando
Durante mi estadía temporal en Barbosa no dilapidé ninguno de los pesos ganados con Las Florecitas del Río. En mi bolsillo llevaba más monedas que las recogidas en El Socorro. En aquel entonces, la moneda de mayor denominación era la morrocota de oro, que equivalía a un peso oro, y las demás monedas en su mayoría eran aleaciones de oro y níquel. Pero de nada servía tener dinero si no había transporte para viajar a Bogotá. Con la matanza de los liberales la gente no arriesgaba su vida pasando por Barbosa, ni por Güepsa y mucho menos por Vado Real. Ningún medio de transporte transitaba por allí. Murmuraban que don Efra andaba como alma en pena por todas partes con sus chusmeros, asesinando y violando liberales. ¿Y cómo detectaban que eran liberales?, pensé curiosamente. Con temor me aventuré a preguntar. Un parroquiano que miraba extasiado a las Florecitas por donde pasaran, me dijo que por chivateo de sus paisanos, por intuición o por la cara de terror que exhibían los liberales cuando pensaban que los habían descubierto. Otro correligionario de don Efra aseguró, con desfachatez, que lo que pasaba era que los liberales andaban por ahí con desvergüenza y cinismo y por ello, casi siempre, eran hombres muertos. Habían empezado a ver al joven delincuente con una aureola mágica. La gente rumiaba que cuando las autoridades le resoplaban en el cuello y estaban a punto de capturarlo se convertía en árbol, en perro o en caballo. Esa engañifa la difundían sus compinches para protegerlo, pues era el caudillo de la región. Cabizbajo, comencé a caminar a la media mañana de un día que no recuerdo con exactitud. El sol me cubría con saña. Me recalentó la espalda y la camisa se adhirió a mi cuerpo con esa pegatina que me producía el sudor de las extenuantes caminatas por tierras cálidas. El vapor que sentía en la espalda era como el que expelen las pieles de los peleteros cuando ponen a secar su materia prima en la resolana de las tardes. En El Barboseño me regalaron unas naranjas y unas guayabas para el mecato del camino. Nunca había oído la palabra mecato pero era el auxilio alimentario para no desfallecer en las extenuantes jornadas. No me despedí de Las Florecitas del Río para evitar que intentaran convencerme de permanecer más tiempo en esa región y, tal vez, terminar casado con Edelmira. Me parece que esa decisión cambió mi incierto porvenir, o hubiera acabado de chupacobre en una murga veleña, probablemente alcoholizado hasta la médula, o participando de las matanzas de don Efra o cualquier chusmero que apareciera por esas tierras.
Empecé a caminar, buscando mi destino con ansiedad. En la capital del país había fijado mi norte. El automotor en el que llegué a Barbosa había partido y, según me informaron, el próximo tardaría muchos días en pasar por allí. Me quedaba la esperanza de que me recogiera alguno de los esporádicos carruajes que se atrevían a pasar por la zona. Los que se aventuraban iban atestados de gente que huía de don Efra. Cuando oscurecía dormía en cualquier paraje, o si tenía suerte y encontraba algún rancho campesino pagaba para que me permitieran pasar una mala noche. Al cabo de más de quince días de trasegar por poblachos cálidos, arribé a tierra un tanto fría. Arcabuco, un pueblo pequeño de Boyacá, famoso por sus colaciones de maíz y cuajada. No había más que un poco de casitas que parecían abandonadas y solitarias; semejaban cajas mortuorias blancas, más tristes que un velorio infantil. Percibí el susto de sus gentes que a lo mejor me espiaban por las ventanas. Se adivinaba que don Efra había pasado por allí y el miedo era el pan diario de sus habitantes porque se decía que la mayoría era liberal. Nadie se aventuraba a dar respuesta a mis preguntas de por dónde tomar camino. Continué sin rumbo conocido ni tiempo calculado, con las alpargatas completamente desconchinfladas. Caminé sin descanso no sé cuántos días más y luego de haber tenido que regresar un largo trayecto por un sendero de herradura. Unos niños, al verme tuerto, por hacerme la maldad me dieron señas equivocadas. Llegué a Moniquirá, una población laboriosa en las actividades agrícolas. Había perdido más de treinta kilómetros por esta malintencionada información que me prolongó la distancia de manera inmisericorde. Allí compré nuevas alpargatas, de un material rústico, con unas suelas de un caucho tan duro como las piedras. Me quedé un par de días antes de continuar rumbo a Tunja. Cuando llegué a esta ciudad, después de varios días de andar sin pausa, esos chocatos habían destruido mis pies. Me hospedé en un hotel llamado Panamericano, lleno de pulgas y chinches. La primera noche la dediqué a masacrar bichos con tal de conciliar el sueño. El chinchecidio y el pulguicidio me tomaron demasiado tiempo por mi escasa vista y la penumbrosa luz eléctrica, pero por fin a la madrugada pude dormir un poco. Después de recuperar las fuerzas y con los pies menos adoloridos salí a caminar, pero el viento me levantaba y empujaba como si quisiera sacarme de los límites del pueblo. Para completar, el frío de Tunja era quebrantahuesos. Pregunté en qué podría irme hasta la capital y me dijeron que un poco más abajo estaba un sitio llamado El Paradero que era la estación donde la gente tomaba el tren para Bogotá o Sogamoso. Este lugar se había convertido en una zona de prostitución que las autoridades toleraban, y las prostitutas se ensañaban con cualquier viajero que se aventurara a salir de la estación. A mí me pasó. Cuando andaba metido entre esas pintarrajeadas y libidinosas hetairas, escuché propuestas con toda clase de corrompideces. No pude resistir los encantos de una jovencita llanera que se alzó la falda y me exhibió sus ligueros, entretanto me informaba que no tenía calzones. Caí en sus discolidades y encantos casi sin darme cuenta. Pensé que era una buena oportunidad para conciliar el sueño en una cama, después de haber andado tanto camino y mientras era la hora de la llegada del tren. Así, en menos de lo que canta un gallo, estaba desnudo con esa mujer en una horrenda pieza de paredes manchadas de sangre pulgosa y letreros que juraban eternos amores a varios hombres, entre ellos don Efra y un tal Quintanilla, los dos asesinos más grandes de la región. Ensimismado en los ajetreos del flirteo y el romance con esa mujer de paso, escuchamos el pitido del tren y decidí zafarme de ese furtivo amor y continuar rumbo a Bogotá.
El tren iba fleteado hasta Ventaquemada, pueblo valeroso en la Guerra de Independencia en la que los criollos derrotaron a los españoles. Me subieron en un vagón de carga con ovejas, cabras y gallinas, y me arrunché entre el tamo que era el alimento de los animales que viajaban conmigo. Me quedé dormido y jamás imaginé que ese último vagón estaba destinado para regresar a Sogamoso, con cargas de maíz y papa de Ventaquemada. Cuando desperté y observé que el vagón había sido desenganchado y andaba en contravía de mi destino, alcancé a botarme entre los matorrales. Pude hacerlo porque hasta ahora comenzaba a tomar velocidad. Me quedé en este pueblo frío y solitario. Empecé a tiritar y los dientes me castañeteaban. Me senté en una banca de la estación para resguardarme del congelamiento que me producía el continuo ventarrón. Al rato llegaron unas vendedoras de gallinas gigantes, asadas, amarillas, acompañadas de las famosas papas de la región. El olor de esas viandas me despertó el hambre. Pregunté por el precio de las gallinas y el dinero alcanzaba para comerme algunas presas con papas y ají picante. Me dormí sobre mi equipaje con el estómago repleto de comida típica.
Seguía con la idea fija de culminar mi aventura y sin pensar en nada diferente que llegar a mi meta: Bogotá. Me decían que esa era una ciudad que le arrebataba a uno la juventud, y que si no tenía un tutor que se responsabilizara por mí podía caer en los vicios del licor y las mujeres. Nunca había creído que las mujeres fueran un vicio, pero después de mi encuentro con la llanerita presagiaba una posible adicción. La vendedora de gallinas dijo que yo estaba muy joven para irme a aventurar a la capital. Y peor aún con mis dificultades en la vista. Me contó que ella viajaba a Bogotá con alguna frecuencia y que esa era una ciudad muy peligrosa, llena de atafagos y con un tránsito endemoniado de carros de motor y unos tranvías tirados por caballos que a diario atropellaban a la gente en las calles. Me asusté un poco, pero insistí en continuar. Pregunté por el próximo tren y la expendedora de pasajes me informó que quién sabe hasta cuándo volvería a pasar, porque don Efra con sus chusmeros había descarrilado el ferrocarril de carga por allá en Duitama para apoderarse de todas las mercancías que transportaba hacia Bogotá. Como habían dinamitado la carrilera, anunciaron que la reparación demoraría varios días. Aún sentía el dolor y los calambres de los pies por las alpargatas compradas en Moniquirá. Resolví quedarme sentado en las bancas de la estación ferroviaria.
Al verme pernoctar varios días en la estación de tren de Ventaquemada, un doctor Cadena, que era el alcalde del municipio, me visitó para hacerme un completo interrogatorio sobre mi demorada y extraña presencia. Sospechaban de mí. Jamás me habían visto por aquel pueblo. Supuso que esperaba al ejército de bandidos de don Efra o del otro matón llamado Quintanilla que dirigía los comandos rojos para defenderse del bandolero azul. A los tuertos, no sé por qué, siempre nos miran con desconfianza, a pesar de que nuestra discapacidad nos convierte en personas acomplejadas. El dicho popular era que nadie debía dar la espalda a un enano con una daga, y mucho menos a aquellos que les falta un ojo porque los más certeros tiradores afinan la puntería apagando uno de sus ojos. Eso equivale a decir que los mejores campeones de tiro al blanco aciertan cuando imitan a los tuertos.
Por aquella época aún continuaba la violencia bipartidista que quedó de la Guerra de los Mil Días y que tantas tristezas dejaba en el país. El alcalde observó mis ojos y me preguntó que si veía algo por entre esas pupilas nubosas. Le dije que alcanzaba a distinguir a las personas, a las cosas y a los animales por mi ojo derecho. Pero que el izquierdo se negaba por completo para ejercer sus funciones. Se rió con mi explicación y los policías me preguntaron que de dónde venía y para dónde iba. Les respondí que era de Zapatoca y ahí mismo uno de los militares dijo: «Ah, con razón que no quiera pagar hotel, con lo tacaños que son». Pero les advertí que el problema no era de tacañería sino de falta de dinero. El doctor Cadena me indagó por los oficios que podía desempeñar. Le contesté que lo único que sabía hacer era tocar la flauta. Sonrieron y me dijeron «¡acompáñenos!». Pensé que tocar flauta era un delito y por ello me llevaban preso. Pero no. Bajamos por una carretera destapada hasta la alcaldía. Allí me saludaron con amabilidad y luego el alcalde dijo que tocara algo en la flauta. Interpreté una guabina santandereana, muy famosa en aquel entonces porque comenzaba a escucharse en La Voz de la Víctor, la primera emisora instalada en Bogotá, que en Ventaquemada se escuchaba por las noches. El doctor Cadena se entusiasmó con mi interpretación y ordenó que llamaran a unos señores Márquez de Ramiriquí para que me acompañaran. Llegaron los tales Márquez con tiple, bandola y guitarra. Eran tres viejitos de piel arrugada, de bigotitos que llamaban moscas y con los cachetes colorados de beber aguardiente. Me hicieron repetir la guabina y de verdad que se oía exquisita, como de una estudiantina. Un policía inmenso y rústico dijo: «¡Llegó don necesario!», y todos soltaron la carcajada.
El doctor Cadena dio la orden de hospedarme en un hotelito de la esquina del parque principal que se llamaba Hotel Plaza. Hoteles con ese nombre hay en casi todas partes, pero al de Zapatoca, para ser originales, lo bautizaron Hotel de la Esquina. Ventaquemada era un pueblo frío y padecía una angustiosa escasez de agua. Ese era el caldo de cultivo para chinches, pulgas y unas garrapatas que el policía rústico me dijo que las llamaban cuescas. Agregó que fuera de eso había otros animalitos llamados niguas que se metían entre los dedos de los pies de quienes usábamos alpargatas. Con esas advertencias pensé que iba a permanecer en ese pueblo con la febrilidad que causaba esa población parasitaria de insectos. Pero gracias a que el alcalde ordenó fumigar mi habitación con ddt, los tortuosos visitantes permitieron mi estadía sin la urticaria de la picazón.
A pocos días de mi llegada a Ventaquemada me enteré de la celebración del aniversario de la fundación del pueblo. La alcaldía, los colegios, el cura y las demás autoridades organizaron escandalosos festejos que pretendían botar la casa por la ventana. La fecha coincidía con la efeméride histórica del nacimiento, en Belén de Cerinza, de Pedro Pascasio Martínez, el heroico soldadito bolivariano de trece años que, gracias a la buena suerte y a su valor, encontró y capturó detrás de una piedra en el Puente de Boyacá al general Barreiro, el matarife español que se ensañó con los patriotas que luchaban por la independencia. Aquel acontecimiento sucedido tan cerca a esta población selló la libertad definitiva de los colombianos. Por esta razón, Pedro Pascasio Martínez había sido adoptado como hijo ilustre de Ventaquemada. Esa historia fue de las escasas narraciones que me gustaron de la escuela.
El alcalde me propuso que nos reuniéramos a diario con los Márquez y que ensayáramos toda la música que ellos y yo sabíamos. Uno de ellos era un compositor excelente y había compuesto y arreglado para cuerdas y flauta el himno del pueblo. Para ese entonces yo no sabía leer partituras y todo lo interpretaba de oído. Pero grabé en mi memoria los arreglos como si fuera un músico profesional. El himno compuesto por los Márquez era una marcha bellísima que en bandola y tiple sonaba como esas imponentes polkas húngaras que mi abuelo escuchaba repetidamente en el gramófono.
Llegó el día que empezaban las ferias y fiestas de Ventaquemada con motivo del aniversario y homenaje a su héroe adoptivo. Alborada con pólvora, rosario en acción de gracias, bando, lectura del decreto de honores y estreno del himno que llevaba por título «Ventaquemada gloriosa». En su discurrir turístico de pueblo intermedio entre Tunja y Bogotá, se celebraba el Primer Reinado de la Gallina Asada, con participación de las poblaciones boyacenses que se dedicaban a esta actividad comercial de asar las aves. Las alcaldías municipales de ocho pueblos enviaron a unas agraciadas muchachas como sus representantes, acompañadas por los propios burgomaestres. Casi todas parecían que fueran sus novias y que por eso las habían designado para concursar en nombre de sus terruños. Los niños de las escuelas, uniformados y con cintas tricolores, cantaban el estribillo del himno compuesto por los Márquez:
Pascasio, Pascasio, prez y gloria
De esta tierra valerosa,
Serás eternamente
El preclaro hijo adoptivo de nuestra
¡Ventaquemada hermosa!
E inmediatamente mi flauta soltaba su trinar de pájaros que era la sensación entre los presentes. Hicieron repetir el himno muchas veces. Para todo lo tocábamos. Para abrir la improvisada plaza de toros, para dar comienzo al festival, para iniciar los juegos pirotécnicos.
El día del baile de coronación del Primer Reinado de la Gallina Asada, tocamos con los Márquez hasta altas horas del amanecer. La que iba a ser elegida reina me coqueteaba a pesar de mi tuertera. Como me hice famoso con la flauta y el himno me lanzaba con sus ojos y sus labios carantoñas y pechiches. No pude sacarla a bailar, porque o tocaba o bailaba, y además ella tenía bastantes pretendientes en la población que me miraban con rencor y ojeriza. O no sé si sería que el ojo medio bueno, por tanto aguardiente bebido, me mostraba desfiguradas las caras de las personas, pero no le di mayor importancia al asunto. Sin embargo, como pude, mientras el jurado leía el veredicto y las reinas convertidas en un guiñapo de nervios esperaban tras bambalinas, sorprendí a la que iba a ser la Reina de la Gallina Asada con un beso en la boca. Ese beso, no sé si sería por intuición o por el alcohol, me supo a gallina asada. Las demás reinas se asombraron pero fueron cómplices timoratas de su contendiente. Sus compañeras estudiaban en el colegio de las monjas de La Presentación en Tunja, y estaban alerta de los pecados cometidos por los hombres a quienes las propias monjitas consideraban demonios. La jovencita que diera la mejor receta para preparar la gallina asada sería la elegida. Merceditas, la chica que se entusiasmó conmigo, cuyo nombre vine a saber por el animador del certamen, se quedó con el cetro. Su madre era dueña de cuatro restaurantes de gallina asada: dos en la estación del tren en Tunja, para que las pirujas recuperaran sus fuerzas después de las extenuantes jornadas libidinosas, y dos en Ventaquemada. La reina me invitó a quedarme en el pueblo. Prometió ayudarme a conseguir trabajo como director musical de una estudiantina formada por los Márquez con dedicación y profesionalismo. Me quiso convencer, ofreciéndome alimentación y hospedaje. Pero pensé que como no tenía conocimientos musicales más que los empíricos, mejor era no comprometerme en nada que me fuera imposible cumplir y menos enseñar lo desconocido.
Las fiestas terminaron y el tren no pasaba. Le pregunté al alcalde si podía permanecer otros días en el Hotel Plaza mientras aparecía el ferrocarril. Con palmaditas en la espalda aprobó mi petición. Claro que esa aprobación exigía como contraprestación mi disponibilidad las veinticuatro horas del día al servicio del doctor Cadena, que era un mañoso hombre infiel. Me llevó a algunas veredas de la población en compañía de los Márquez a darles serenatas a sus amantes. Una de ellas era la madre de Merceditas. Allí descubrí que el fallo del jurado fue arreglado entre el alcalde y su concubina. Encontré nuevamente a la chica ganadora del reinado y estuve tentado a quedarme a vivir en Ventaquemada. Su madre permitió que la muchacha me invitara a su alcoba, y volví a caer en la concupiscencia de las fornicaciones que monseñor Pimiento perseguía con saña y amenazaba con las monstruosidades del infierno.
El día que por fin pasó el tren me fugué de las garras de la Reina de la Gallina Asada y continué mi rumbo hacia Bogotá. De lo contrario, hubiera terminado mi vida partiendo y sirviendo gallina asada en Ventaquemada o en la estación de tren de Tunja. El trayecto se hacía en doce horas porque el ferrocarril debía detenerse en más de quince estaciones a recoger o dejar pasajeros y mercancías. Pero con el dinero ganado pude comprarme un tiquete de primera clase que me permitió dormir durante todo el viaje.