10

              Regresar al punto de partida

 

Llegué al Hotel San Carlos en busca de apoyo. Era el único rincón en el que aceptarían mi refugio y donde, resignados, compartirían mis desgracias. Mi espalda cargaba con el pequeño bulto que contenía mis pertenencias. Mis parientes esperaban mi arribo con inquietud y recelo pues una boca más les creaba problemas conyugales. Zoila, como buena zapatoca, le enrostraba a Hernando variopintos reclamos por darme posada y habérsela negado a su hermana. Hernando alcanzó a comentarme, un día en que su mujer le tocó el tema, que la hermana de Zoila era una vieja loca y disipada que buscaría la destrucción de su matrimonio. Me contó que en los pocos días de hospedaje en el hotel andaba desnuda por la habitación y el pasillo que conducía al baño, no solo incitándolo a él sino a los huéspedes que chocaban intempestivamente con ella.

 

Una vez instalado en mi consabida habitación debajo de la escalera, la que pareciera destinada para mí, me dijeron que se habían enterado por la prensa y la radio del cierre del instituto. Ante tal situación, Hernando mostró su inmensa preocupación. Él había creído a pie juntillas que mi porvenir estaba asegurado en tan prestigiosa institución para invidentes. Sin embargo, Hernando y su esposa me ofrecieron, de palabra, colaboración y ánimo en cualquier decisión que tomara hacia el futuro. Sus expresiones y mohines no fueron tan cálidos como los del día que llegué de Zapatoca. El hombre me contó que atravesaba una grave crisis económica. Que el negocio estaba cada vez peor porque la competencia era desleal. Que los nuevos hoteles como el Hotel Granada estaban ofreciendo mejores servicios y él no poseía dinero para hacerle reformas al suyo. Ese comentario tenía el objetivo de hacerme entender que mi estancia gratuita en el hospedaje era complicada. Disimulé el nerviosismo que la insinuación me produjo. Miré para otro lado y no pronuncié ninguna opinión al respecto. Hubiera querido decirles que jamás me convertiría en un mantenido y que les pagaría hasta el último céntimo por sus servicios, como cualquier residente de su establecimiento. Pero me contuve porque para mí la vida no era color de rosa. Decidí esperar una mejor oportunidad para manifestárselo.

 

Mis familiares eran militantes activos del Partido Conservador y no tenían explicación alguna acerca del cierre del instituto y el fraude delincuencial en el que había terminado el proyecto de los instrumentos alemanes. No podían creer que los cuadros principales de su partido fueran tan deshonestos y aprovechados en el manejo de las cosas del Estado. Y para colmo de males, en el peor momento de sus problemas económicos. Insistían, cada vez que la conversación lo permitía, en la crisis financiera que padecía el hotel. Zoila recurría a la expresión doméstica de mis paisanos de que «el palo no estaba para cucharas» y que fuera pensando en ocupar mi tiempo en algo productivo. Como situación nueva me informaron que las tías y mis primos se habían trasladado de Zapatoca y estaban radicados en una finca cafetera en Bituima, un pueblo pequeño de Cundinamarca. Allí se producía el mejor café del país para los paladares extranjeros. Se admiraban de la suerte de mis tíos, pues en ese momento de recesión de las economías en el mundo, en plenos años treinta, su solvencia financiera era más que suficiente para capotear los atafagos de la falta de dinero. Aseguraban que el café tenía para aquella época un porvenir estable ya que estaban exportándolo directamente hacia las grandes tostadoras internacionales. Me ofrecieron que si quería visitarlos me prestarían para el pasaje de ida con tal de que probara otro tipo de actividad. Pero si no me encontraba a gusto, el regreso debía conseguirlo con las tías. En principio no me llamaba demasiado la atención transformar mi vida urbana por la pasividad de una vida bucólica y rural, y terminar como jornalero del café con las dificultades propias de mis ojos. Anhelaba realizarme como violinista y no cejaba en poner en práctica lo aprendido con la maestra Radke, el maestro Posada y Sofía.

 

Quise aprovechar mis conocimientos musicales y mis aptitudes para el violín y la flauta. Una mañana le dije a Hernando que iba en busca de trabajo y salí con el violín bajo mi brazo a tomar el tranvía que pasaba cerca del hotel. Oí la campana del tranvía. Se detuvo frente a mí y pregunté hacia dónde iba porque no alcancé a leer el cartel de la ruta que seguía. «A Chapinero», dijo alguien. Me subí y esperé la llegada al destino final de esa ruta. Fui hasta el famoso Dancing donde estuve a un paso de vincularme a la orquesta dirigida por el maestro Rosendo. Después de varios años en Bogotá, era conocedor de sus calles y lugares y no me daba temor alguno perderme en la ciudad. En los días de vacancia del instituto me volví diestro en el conocimiento de sus calles, plazas y parques por el hecho de ser guía necesario para los ciegos que deseaban pasear por la capital. Es que, no obstante mi escasa visión, tenía como referencia ciertos puntos guía como la iglesia de Lourdes, el Parque Nacional, los paraderos del tranvía, los cafetines, o las estridencias sonoras que salían de algunos almacenes. El inusitado desarrollo de mi olfato también era una ayuda singular para la orientación en los vericuetos de la urbe. Los aromas de comida de ciertos restaurantes típicos, y hasta los putrefactos olores de algunos alcantarillados de pequeñas callejuelas, me indicaban el camino a seguir. Cerca al Dancing funcionaba también una cancha de tejo. Imaginé la mortificación de los vecinos con el ruidoso bullicio del bailadero y las explosiones y estridentes gritos que producían las embocinadas de los jugadores de ese deporte tan propio de los primitivos bogotanos.

 

El Dancing solo abría al público después del mediodía. Por ser tan de mañana decidí golpear en su puerta varias veces en un intento de que la suerte me favoreciera. Cuando estaba dispuesto a abandonar mi decisión de enrolarme en la orquesta del bailadero una voz de mujer me habló detrás de una ventana: «¿Qué se le ofrece, señor?». Le dije que deseaba hablar con el director de la orquesta, el señor Rosendo. Me sorprendió con la noticia de que dicho maestro había fallecido hacía algo más de un año y que en la actualidad el grupo lo conducía el señor Rosales. Esta información me confundió y acabó en ese instante con mis ilusiones, estaba convencido de que si encontraba a Rosendo tendría el puesto asegurado. El tal Rosales era el saxofonista que había objetado mi presencia en la orquesta antes de ingresar como alumno al Instituto de Ciegos. Entonces le rogué a la damisela, que permanecía alerta en la ventana, si podía hablar con el mencionado director reemplazante. Sin mayores explicaciones, y algo huraña, me invitó a regresar en las horas de la tarde cuando los integrantes de la agrupación musical llegaran a sus ensayos. Me alejé del sitio. En Chapinero funcionaban los centros de diversión de los bogotanos. Empecé a andar con la intención de ofrecer mis servicios musicales en algunos salones de baile de buena o mediana calidad. Pero ofertar servicios de músico en horas de la mañana era tiempo perdido. Nadie, a menos que estuviera celebrando algo, desearía oír algo lúdico después del desayuno.

 

Caminaba, acicalado con el uniforme que nos dieron para el concierto de los alemanes en el Teatro de Cristóbal Colón. Mi madre, a contracorriente del dicho popular, aseguraba que el hábito sí hacía al monje y que los triunfos en la vida estaban íntimamente ligados a la presentación personal de quien fuera a competir en cualquiera de las actividades diarias de los hombres. Aquel día tenía aspecto de músico de filarmónica. La gente enfundada en sus ruanas y con sus sombreros alones me observaba extrañada, pues era muy temprano para que un músico de orquesta anduviera por ahí con su instrumento y en traje de gala. Pensarían que estaba trasnochado o me dirigía a recibir o dar clases en alguna institución. Alguien me preguntó que dónde y a qué hora era la fiesta. No tenía intención alguna de conversar con nadie y por ello continué mi ruta, sin rumbo fijo. Llegué a un sitio llamado Billares Chapinero y entré a tomarme un café. A mitad de mañana, Bogotá seguía fría y las gentes que transitaban por las calles iban envueltas en sus abrigos. Adentro, mezclado con la algarabía de los jugadores, se escuchaba el golpetear de las bolas en las diferentes mesas de billar. Comprobé que en Bogotá, desde muy temprano, la gente sin oficio llegaba a jugar billar y a dedicarse a otras actividades lúdicas. Ajusté mi violín debajo del brazo y lo apreté para evitar que pudieran hurtármelo. Me tranquilicé pensando que un ladrón lo último que robaría sería un violín, a menos que fuera un músico que hurta por mera necesidad. Miré con mi ojo tuerto a unos adustos contrincantes que daban vueltas alrededor de una mesa de billar. Me distraje observándoles las técnicas utilizadas en el juego. A mí desde pequeño me llamaban la atención todos los juegos de azar, pero la ausencia de una buena vista impidió que fuera un excelso jugador. Además carecía de dinero para practicarlos. Pero apostador sí era. Apostaba las golosinas, los cuadernos o los lápices en pequeños juegos domésticos. Por estar cautivado con la técnica y la maestría con las que estos billaristas diseñaban sus carambolas no miré el rostro de los jugadores. Al voltear la mirada al fondo del cafetín alcancé a observar unos habitáculos donde se escuchaban murmullos, toses y toscas palabras, como si hubiera una convención política. Del lugar salían volutas de humo. En medio de la humareda, los contertulios parecían asistir a un ritual alrededor de una fogata. Pensé que se estaba incendiando el lugar, pero eran los jugadores que fumaban más que los torcedores de tabaco de Zapatoca. Sobre un pequeño tapete verde que cubría la mesa botaban dados y cartas, y solo se escuchaban sus propuestas de juego o sus maldiciones ante la pérdida de sus arriesgadas apuestas. Se jugaba mucho dinero. Me planté frente a esos disipados a tratar de mirarles la técnica utilizada en su vicio de tahúres para que la suerte no les golpeara. Alguno de los apostadores se molestó porque supuso que miraba sus cartas para hacérselas conocer con gestos cifrados a otro de sus contendores, y me ordenó que me hiciera en otro lugar o que mirara para otra parte. Los demás soltaron la carcajada porque observaron las nubes e hilachas lechosas que navegaban en mis ojos, y le dijeron al desconfiado que dejara de ser tan inseguro que yo era un muchacho cegatón. «¿Y entonces qué hace aquí, mirando qué?», dijo el cuestionado y la risa fue mayor. Me molesté con sus burlas y regresé a continuar viendo las figuras que hacían los del billar. Es que nadie creía que yo alcanzaba a ver algo por el ojo derecho. De repente, uno de los billaristas me llamó por el nombre.

 

—¡Señor Gómez!

—¿Sí?

—¿No me recuerda?

Pensé que mi vista había disminuido más de lo normal o que el personaje se había transformado. Lo miré con las dudas que nos asaltan a los que poseemos precariedad visual y por fin descubrí quién era el que me llamó por mi apellido.

 

—¡Señor Rosales! —lo saludé por su apellido porque como un rayo de luz recordé la información de la muchacha del Dancing.

Soltó el taco de billar y vino a mi encuentro. Les dijo a sus compañeros de partida una frase que hubiera deseado escuchar de sus labios aquella vez que estuvimos buscando trabajo con Hernando: «Este chino es el mejor flautista que he oído». Seguramente mi plante era el mismo, pues ya había dejado de ser «chino». Después de mis años de estadía en Bogotá yo no era un niño como el hombre creía. Tenía presencia de adulto porque tuve mujer casi permanente en el Instituto de Ciegos. Ya no era el adolescente ingenuo y resignado. Sofía me trataba como si estuviéramos casados y me apoyaba en todo. Estaba pendiente de mí, se preocupaba por mis problemas, me participaba de sus cosas y hasta dinero me daba. El dinero que ahora poseía para el transporte y demás necesidades me lo había obsequiado ella días antes del accidentado cierre del centro educativo.

 

—Oiga, chino, ¿y qué pasó con la flauta? —se quedó mirando el estuche de mi instrumento—. ¿Es que con el violín le va mejor? —agregó con el sonsonete vocal que usan los bogotanos.

—Más o menos, trato de hacerlo.

—Pues llegó como caído del cielo. Violinista es lo que necesitamos en el Dancing. ¿Cierto, muchachos? —inquirió a los demás billaristas. En la tarde me enteré de que sus contertulios hacían parte de la orquesta—. Una cosa si le pido, que no venga a revolucionarme la orquesta ni a hacer guachafitas como las que hicieron en el Instituto de Ciegos.

Supe que guachafita era un vocablo que hacía parte del lenguaje picaresco de los bogotanos y significaba la actitud indecente y maleducada de los llamados guaches, o sea los anarquistas, desordenados, maleducados, indisciplinados y revoltosos.

 

—Esa fue una lucha justa contra la corrupción del Ministerio de Educación Pública que terminó robándonos los instrumentos donados por Alemania y cerrando la institución para que no se descubrieran sus delitos —les aclaré, porque también hice mía la lucha por los derechos a la educación de quienes habíamos nacido con alguna discapacidad.

Los compañeros de su juego de billar aceptaron mi explicación de lo que fue esa pelea. Algunos de ellos alcanzaron a expresar que esa confrontación entre el gobierno y los ciegos del instituto era apenas justa.

 

—¿Están viendo, compañeros? —al muchacho lo aleccionaron a la perfección los extranjeros que manejaban ese instituto —dijo, haciendo suyas las palabras de la prensa, y decidió cambiar el tema—. En la orquesta integramos a otro ciego compañero suyo, pero ojo con lo que va a decir de los corruptos del ministerio.

—¿Sí? ¿Quién? —pregunté, a pesar de que con su advertencia sospeché cuál era el personaje.

—Ya verá, ya verá —recordó que yo era medio ciego y agregó—: Ya lo reconocerá. Déjeme acabar esta partida de billar y nos vamos a ensayar. Afortunadamente trajo el violín. Y si lo ejecuta como la flauta a lo mejor queda vinculado a nuestro grupo.

Regresé al Dancing acompañado de Rosales y sus socios billaristas. Debíamos caminar varias cuadras. Llegamos. Nos recibió una de las chicas del grupo de baile del cancán. Estaba vestida con un ceñido atuendo de lentejuelas y canutillos y el abundante plumaje de colorines que salía del calzón de su trasero, como si estuviera presta a presentarse en público. Se disculpó diciendo que estaban ensayando. Creyó que nuestras libidinosas miradas la indagaban por su forma de vestir. Saludó con un beso en la boca a Rosales. Parecía su mujer. Nos invitó al ya conocido camerino de la orquesta. El lugar era idéntico, no había cambiado nada. Tenía el mismo ambiente ruidoso de aquel entonces. De pronto los asientos estaban más deteriorados y las cortinas desteñidas por el sol. Me ofrecieron asiento en la parte delantera y me ordenaron que alistara mi violín.

 

—Bueno, chino, ¿qué música interpreta? —Rosales deseaba saber si sabía melodías bailables e internacionales.

—Interpreto toda clase de música. Aprendí solfeo y puedo leer cualquier partitura —les respondí y quedaron satisfechos.

Me encontraba en el alistamiento del violín, deslizando la pez en el arco, cuando oí los ladridos de un perro. Volteé la cara y distinguí a un enorme perro que conducía a un ciego.

 

—Ahí está su compañero, señor Gómez —uno de los músicos fue a su encuentro y le dio la mano para ubicarlo en el asiento que quedaba libre.

—¡Hola, Vicentico! ¡Qué placer encontrarte otra vez en mi camino! —lo saludé con tanta euforia que llegué a pensar que había transcurrido mucho tiempo sin verlo.

El músico que saludó a mi excompañero de luchas llevó halado por su correa al perro que lo conducía. Vicentico reconoció mi voz, extendió sus brazos, dejó caer el fagot dentro de su estuche y me abrazó con una efusividad que jamás había sentido de su parte, tal como se estila entre parientes cercanos. Capté en sus emociones un sentimiento parecido al amor filial.

 

—¿Cómo te encuentras, José Dolores? ¿Dónde estás viviendo? ¿No tienes problemas? —en sus atropelladas preguntas, mientras me tocaba la cara y me sobaba la espalda con su otra mano, se notaba la angustia que tenía desde el cierre de nuestra institución.

Ante el sartal de requerimientos continuados le respondí que, aparte de la falta de dinero, no tenía problemas graves, y que por ahora había resuelto hospedaje y alimentación. Me sentí abrumado cuando me ofreció los mismos servicios en casa de sus parientes. «Allá hay sitio para ti. Mis padres estarían orgullosos de tenerte ya que hoy en día tú y yo somos como hermanos», completó su halagadora oferta.

 

—¡Bueno, bueno, no más cumplidos! —se molestó Rosales porque estábamos demorando el ensayo—. Como el señor Gómez y Vicentico deben conocer la misma música arranquemos con el «Danubio azul». ¿Lo conoce?

Aseguré conocerlo, a sabiendas de que cada orquesta lo interpreta con variantes. Vicentico me advirtió que lo tocaban igual a como lo ejecutábamos en el instituto. Los músicos continuaban en los afinamientos de los instrumentos y algunos no terminaban de limpiar sus boquillas de saxofones y clarinetes. Después de varios minutos iniciamos el ensayo con la famosa pieza de Strauss. No me equivoqué en nada y todos se mostraron a gusto con mis interpretaciones. Se hizo un silencio en espera de una decisión del director acerca de mi vinculación:

 

—¿Cuánto aspira a ganar, chino? —indagó Rosales, dejando escurrir cierta sorna en la comisura de sus labios.

—Pues... no sé. ¿Cuánto pueden pagarme? —no quise aventurar ninguna cifra y arriesgué la misma pregunta de mi parte.

—Vamos a hacer lo siguiente para ser justos. Le vamos a pagar lo mismo que a los saxofones y que a Vicentico. ¿Le parece?

—Sí, me parece. La verdad es que es el primer empleo como músico —en ese instante no profundicé sobre la cuantía del sueldo porque supuse que cualquier suma que recibiera era suficiente para suplir mis necesidades.

Con el primer pago cubrí en el Hotel San Carlos el valor del hospedaje y la manutención. Me cobraron menos de lo que pagaba cualquier huésped puesto que seguí durmiendo en el improvisado cuarto debajo de la escalera. Me felicitaron y mostraban desbordante alegría.

 

El trabajo era nocturno y había que trasnochar con frecuencia, especialmente los viernes y sábados. Me acostumbré a dormir hasta bien entrada la mañana. Rubicunda andaba pendiente de mí y a la hora que requiriera estaba presta a prepararme el desayuno o el almuerzo.

 

—Usted, mijo, parece el dueño del hotel —dijo Hernando un sábado a las once de la mañana, cuando por la trasnochada y el licor ingerido se me habían pegado las cobijas y Rubicunda llevaba solícita la bandeja con mi desayuno a la pieza. Me lo expresó con un tono de sospecha, como si yo fuera un sobornador o chantajista de su empleada.

—Excúseme, Hernando, pero no fue idea mía sino de su empleada.

—Sí, es cierto, pero con su presencia aquí me la distrae demasiado y ella, a quien nunca le faltan disculpas, abandona el resto de obligaciones con los huéspedes. Hoy, por ejemplo, el funcionario argentino, que viene a un simposio en la Universidad Nacional, me reclamó que Rubicunda no le había llevado el agua caliente pedida para introducir sus pies por los juanetes que le aquejaban.

Me sentí incómodo con la afrentosa recriminación que me lanzaba. Entonces, sin decir nada, pensé en aceptar por unos días la invitación de Vicentico para hospedarme en su casa. En el ensayo de la tarde le comuniqué a mi compañero que acogería su ofrecimiento por pocos días dado que tenía problemas donde vivía. Me abrazó muy gustoso. Le advertí que la alimentación la tomaría por fuera, que abandonara su preocupación ante el tema alimentario, pero que de todas maneras yo le pagaría a su familia el estipendio correspondiente al dormitorio. Coherente con su talante, furioso me contestó que ese ofrecimiento era ofensivo para su familia que no tenía su casa como negocio hotelero, que sus padres eran personas pudientes.

 

A Hernando y a Zoila les causó nerviosismo la noticia de mi partida cuando acudí a recoger mis escasas pertenencias. Creyeron haber exagerado la nota conmigo, como decíamos en Zapatoca, por la imprudencia de recriminarme ante las especiales atenciones de Rubicunda. La empleada sufrió más que yo por el reclamo y quedó compungida. Se mostró apenada conmigo. Se adjudicó toda la responsabilidad en mi decisión de abandonar el hotel. Pero les advertí que era necesario hacerlo porque el sitio de trabajo quedaba a trasmano, y los regresos en las madrugadas desde el Dancing hasta el hotel eran dificultosos por la falta de transporte a esa hora. Por ello, muchas veces hube de quedarme a dormir en cualquier poltrona del bailadero. Solicité que me excusaran, pues en varias madrugadas Hernando, Zoila o Rubicunda tenían que levantarse a abrirme la puerta. Aquella actitud me tensionaba demasiado. No pensaba causarles más molestias. Informé que Vicentico me había ofrecido hospedarme en su casa y yo había decidido experimentar con esta nueva forma de vivir. Los abracé con el calor, el sentimiento y la efusividad de mi gratitud y salí sin remordimientos.

 

Mis corotos cabían en la maleta que había traído de Zapatoca, la que estaba bastante estropeada y pedía a gritos su renovación. Más de ocho años de servicio eran una exageración, aparte de que ese maletín de cuero había sido de mi abuelo Lolo. Pensé que esa maleta era testigo de todos los secretos de la Guerra de los Mil Días. Recordé, otra vez, a mamá Beatriz que decía: «En la maleta y el vestido se conoce al viajero». Deseché el aforismo y esperé una época mejor, de vacas gordas, para comprarme nuevo equipaje. Llegué donde los parientes de mi compañero. Me recibieron como si yo fuera otro de sus hijos. La madre de Vicentico era una señora a quien la dulzura le invadía todo su cuerpo. El padre era un tanto adusto, pero de todas maneras su vida la cifraba en el único objetivo de su existencia: el apoyo irrestricto a las actividades y ocurrencias de su hijo ciego. Me habían arreglado una habitación con olor a fresco y a limpio, con sábanas y cobijas nuevas y, a los lados del sencillo lecho de soltero, unos pies de cama en lana de variados colores para el frío bogotano. Una mesita de noche con una lámpara y un radio de madera con un intenso ojo azul para escuchar la única emisora que en ese entonces funcionaba en Bogotá, La Voz de la Víctor. Una vez instalado en mi nueva residencia me invitaron a un ajiaco santafereño. Después de los suculentos manjares me indujeron a que tomara una siesta mientras llegaba la hora del ensayo. Esa era la costumbre de Vicentico y se la protegían como si hiciera parte de su propia religión. Así lo hice y me fui durmiendo con la placidez de la tranquilidad, hasta la hora de partir para el sitio de trabajo.