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Bituima, cambio extremo

 

En Bituima pude conocer la verdadera vida del tío Juan de Dios Orejarena. Desde mis primeros años de adolescencia mantuve una especial curiosidad por intimar un poco con él y averiguar algo de su pensamiento desfachatado. Es que era un padre diferente con sus hijos. Les permitía muchas cosas que a mí, por ejemplo, nunca se me dieron: faltar al colegio por cualquier achaque de salud, estrenar vestidos y zapatos y andar con dinero en los bolsillos. En cambio, mi vida en Zapatoca fue de austeridad y privaciones.

 

Allí en su finca La Sensitiva se me dio esa oportunidad de tener muy cerca a mi pariente Juan de Dios. Busqué entonces hacer una semejanza con mi abuelo. Nunca podría compararse su estilo de vida con el de mi abuelo José Lolo. Cada cual a su manera se enrumbó por senderos diferentes. Mi abuelo José Dolores, gran guerrero y militante activo del Partido Conservador. Juan de Dios, su hijo, dedicado a los negocios de las tierras y el café y hombre de talante libertino. Esta actitud era chocante para su padre, pero al fin y al cabo le perdonó a su hijo su animadversión a la política por la prosperidad económica que comenzó a mostrarle. Se alejó por completo del camino trazado por su progenitor. Dicen que a mi abuelo le produjo nostalgia y algo de lo que llaman depresión que Juan de Dios no hubiera seguido su trayectoria, ya como militar o como político reconocido. Los padres se enorgullecen cuando sus hijos continúan con su legado. La de Juan de Dios fue una actitud de rebeldía de la que hoy hacen gala los adolescentes y que para la época era una práctica exótica. Hubiera sido un personaje progresista, pues siempre tuvo dinero a manos llenas y le fascinaba darse lujos y ayudar a los que necesitaran de un empujoncito en su vida. A Juan de Dios la política lo tenía sin cuidado y decía que le producía urticaria y salpullido. Por supuesto que en mi niñez ni siquiera me atreví a dirigirle la palabra. Era el padre de mis primos que, en realidad, parecían más mis hermanos por los pechiches que les dispensaban mi mamá y mis tías. Para mamá Beatriz fueron sus sobrinos preferidos y nos criaron a todos por igual. Juan de Dios se casó con Belarmina Díaz, una mujer zapatoca amiga y confidente de mi madre y sus hermanas María y Francisca. Juan de Dios «se lanzó al fango del matrimonio», como decía con su humor negro, ya entrado en años. Fue el mayor de los Orejarena. Por eso sus hijos eran casi de mi misma edad. Este hombre tenía una figura respetable, su mostacho entorchado en la comisura de los labios infundía cierto temor patriarcal. Pero con sus tragos en la cabeza era dicharachero y le gustaba mofarse de sus congéneres. En cambio, no obstante la adustez del rostro de mi abuelo Lolo, la bonhomía de su personalidad le destilaba por todo su cuerpo, desde el rostro hasta los pies. Tristeza inmensa me producía no haber departido una buena parte de mi vida con mi abuelo José Dolores. Hubiera querido profundizar acerca de su vida, sus hazañas, sus penurias, y también de los honores recibidos por sus heroicos actos de guerra. Un día quise hablar cualquier pendejada con Juan de Dios y sin mirarme respondió que con mocosos no hablaba, que esperara a tener pelos en mis criadillas o por lo menos quince años para recibir consejos, jamás para escucharme inmaduras e insulsas opiniones. Vine a enterarme qué eran las criadillas un día que mis tías me mandaron al matadero a comprar la carne.  Observé cuáles eran las tales criadillas que le daban esa virilidad bestial al toro.

 

—¿Y éste es el hijo de Beatriz y Pastor? —preguntó, mirando mis ojos.

—Sí —respondió tía Marucha—. Es que huyó de Zapatoca muy jovencito y no alcanzaste a verlo crecer.

—Sabía de la calamidad de tus ojos —me dijo, clavándome su mirada en las nubecillas que deambulaban por mis pupilas—. ¿No has consultado a un oculista, mijo? —preguntó, interesándose en mi vista.

—No, no pude, Juan de Dios —expliqué—. Estuve varios años en el instituto y allí suponían que éramos ciegos de nacimiento, nadie hizo intento alguno por averiguar cuáles eran las diversas causas de nuestras cegueras.

—Pero todavía estás muy joven para que lo intentes, mijo —expresó con sapiencia, y descubrí su extraña sensibilidad y sus sentimientos—. De pronto yo te puedo ayudar. Un día de estos que tengamos la oportunidad de viajar a Bogotá averiguamos con algún médico especializado en ojos.

—Gracias, Juan de Dios —y sonreí a quien por primera vez en mi vida mostraba interés en recuperar mi vista.

—¿Y por qué en el instituto de ciegos no te examinaron? —curioseó Pachita—. Te habían podido recetar gafas como las de tu hermana Filomena. Tu hermanita se ha defendido con ellas y hoy en día es una connotada maestra de escuela en Fómeque, un pueblito de Cundinamarca.

—Por poco me rechazan en el instituto por ser tuerto. Era que la única condición para pertenecer a esa fundación era carecer completamente de la vista y andar dando tumbos entre tinieblas —aclaré—. Gracias a que Hernando Arenas era muy amigo del director pude permanecer en ese instituto, estudiar casi todo mi bachillerato y aprender música y tocar violín y flauta.

—Y vagabundear y beber —agregó tía Francisca, entornando sus ojos por entre sus gruesas gafas—. Pero..., en fin..., no hay mal que por bien no venga.

—Deja de regañar, Pachita. Hagámosle una vida de colores a este muchacho que bastante ha sufrido desde su nacimiento. No le pongas cuidado a tu tía y más bien un día de estos te invito a que vayamos a parrandear por ahí.

Pachita y Marucha lo miraron con ojos de panteras en celo. Hubieran querido engullirlo. Decidí darle una voltereta a otros temas para que continuáramos con ese diálogo familiar.

 

—Y, a propósito, tía, ¿qué hay de mi hermana, cómo se encuentra, ya se casó? —tenía curiosidad por saber de ella ya que fue poco lo que alcanzamos a compartir en nuestra juventud. Además, el cambio de tercio, como en el toreo, era conveniente, o de lo contrario tendría que soportar el sermón de las tías.

—Esa Filomena sacó la misma viveza de tu padre —empalmó Marucha con una muestra de simpatía hacia mi hermana—. Se recibió como educadora rural y a los ocho días le enviaron un telegrama del ministerio en el que le avisaban su nombramiento en Fómeque. Esa suertuda se levanta todos los días con el pie derecho porque en ese pueblo está de párroco Joaquín Gómez, el tío paterno de tu papá Pastor. Hace poco, en una carta nos contó de sus amores con un joven de esa tierra llamado Richard. Por lo que nos dijo hay bastantes posibilidades de casamiento.

—Ojalá —dije—. Ella es muy inteligente y necesita de alguien que la cuide y se haga cargo de ella.

—De esa clase de maridos, hoy en día, la bolsa está vacía —expresó con cierto remordimiento la tía Pachita—. Hoy los hombres son unos atenidos y quieren es que la mujer trabaje y los sostenga.

—Son mentiras, Josecito —adujo Juan de Dios—. A las mujeres no les dan empleo y tampoco tienen derecho a obtener su cédula de ciudadanía. Fueron preparadas para amas de casa y las más afortunadas para criar hijos. O si no, miremos ese espejo —y señaló a las dos tías bordando y tejiendo sus manteles y carpetas.

—¿Y los primos? —cuestioné a Juan de Dios.

—A esos no les duele nada, como tienen papá rico... —dijo con un dejo de tristeza—. A Fernando le apareció la tal diabetes y yo lo considero porque no ha podido trabajar como quisiera. Y George me imita en los negocios. Resultó de gran viveza para mercadear en lo que se le presente. Y para completar, a él sí le gusta la politiquería como a tu abuelo José Lolo. Como nunca quiso estudiar en la política va a llegar bastante lejos. En este país no se necesita saber demasiado para dirigirlo, basta con saber mañas y tener argucia para engatusar a la gente.

—No hables mal de tu hijo, Juan —lo reprendió Francisca—. Ese muchacho va a tener gran porvenir en la vida. Ya compró dos fincas por aquí cerca y otra por allá en Fusagasugá, otro pueblo cafetero. A él lo veo lleno de dinero, vas a ver.

—¡Quééé! —su gesto de descreimiento enfurecía a su hermana.

—Bueno, deja de ser desconfiado, Juan. George tiene el mismo empeño de su mamá Belarmina —agregó Pachita, aprovechando la oportunidad para echarle pullas a su hermano—. Y no es porque Belita haya sido como de nuestra familia, pero tú, Juan de Dios, de no ser por la habilidad de tu mujer, no serías el poderoso comerciante de café que eres hoy.

—¡Quééé! —a cada reprimenda la expresión hacia su hermana era de descreimiento.

—¡Desagradecido! —lo maldijo Francisca—. Cuando tienes lo que tienes entonces ahí sí lo hiciste solo, sin ayuda de nadie. Recuerda que la pobre Belarmina murió de angustia por tus deudas y tus manos rotas en el manejo de los bienes y dineros. Belita, como le decíamos, fue una especie de Beatriz Orejarena, porque sus sufrimientos y preocupaciones fueron parecidos.

—¿Y papá Pastor de qué vive entonces? —retrotraje el otro tema porque temía que se había formado un tornado de recriminaciones de las tías hacia Juan de Dios.

—De lo que le da la otra —ironizó Marucha—. Ese viejo se volvió un atenido. Con tu mamá Beatricita fue lo mismo. Ella consiguió con mi papá el dinero para montar la sastrería El Pespunte y jamás le confeccionó siquiera unos calzones. En cambio, a esa otra Beatriz la tiene como gancho de perchero. Todo lo invirtió en ella hasta que se quebró y ahora le tocará atenerse al hueso pelado que ella le tire por compasión.

—Nooo, el viejo acumuló algunos ahorros y ahí se los ha ido comiendo, poco a poco —lo defendió Juan de Dios, con quien había hecho una amistad sustentada en la vagabundería, al decir de tía Pachita.

Atemorizados por el escándalo de la noche anterior, mis primos aparecieron ante las inquisidoras tías. Sabían que el festín de esa noche produciría en ellas y en su padre la reprimenda de rigor. Pero tal vez por mi presencia no fue así. Las añosas tías estaban agotadas de tanto vomitar regaños. Y Juan de Dios con su carácter libertino se abstuvo de reprenderlos en público.

 

—¿Y tú qué, Josecito? —me sorprendió George, quien deseaba conocer algo de mi vida.

—Dedicado a la música —le respondí.

—¡Qué bueno! —manifestó su aceptación Fernando—. Dizque eres gran violinista y flautista, nos contó Hernando.

—No tanto. Para interpretar a la perfección esos instrumentos se necesita toda una vida de dedicación y tener buenos ojos.

—¿Cuántos años en el instituto? —preguntó otra vez Fercho.

—Ocho, hasta que el gobierno cerró ese establecimiento.

—Ah, sí, por ahí nos enteramos —George demostró con ello que tenía información por la política—. El ministro explicó ante el país que esa institución se había convertido en un grupo subversivo dirigido por extranjeros. Debían de ser comunistas de esos del tal Lenin que tumbó y asesinó en forma macabra a la familia real del zar de Rusia.

—Nada de esa falacia, estoy seguro —defendí la tenaz lucha que por los instrumentos de la filarmónica enfrentamos con la comunidad—. La causa de esa pelea y del cierre por parte del gobierno fue la lucha de padres, maestros y alumnos contra la corrupción oficial. Los politiqueros se hurtaban el presupuesto para la educación. La donación alemana de setenta instrumentos fue vendida a particulares.

—Pero la gente le creyó al ministro —aseguró George.

—Ah, pues claro. La maestra Radke, los profesores y los padres de familia no tuvieron los medios informativos para explicarlo —salí nuevamente en defensa de esa lucha—. En el país, la gente tiene una sola opinión, la del gobierno, y nadie se interesa por saber la otra verdad.

—Es que el demonio anda metido en todas partes —entreveró Marucha, exhibiendo su pensamiento religioso—. El demonio tiene muchas formas de aparecerse. A veces con acciones de bondad, pero en el fondo solo busca la maldad. Esa donación la hicieron los extranjeros para apoderarse de las almas buenas de los ciegos y sus familiares.

—No, tía, la intención de la directora era conformar una verdadera filarmónica para que la disfrutaran los bogotanos. Pero prefirieron a las universidades privadas para hacer el negocio de su vida. Vendieron los instrumentos donados.

—De eso tan bueno no dan tanto —Pachita alardeaba con su filosofía derivada del sentido común que practicaba, y con ello apoyaba el pensamiento confesional de la tía María.

La noticia de mi llegada a Bituima se regó como pólvora, no tanto por la importancia que como personaje destacado en la música pudiera tener, sino porque mis primos se encargaron de promover mis conocimientos musicales. Desde luego, era otro miembro de la familia Orejarena, los más adinerados de la región y grandes comerciantes de café, producto que sostenía a las familias bituimenses. Y como se estila en esas poblaciones rurales, mucha gente, por conocerme no más, merodeaba por La Sensitiva, a caballo o a pie. Saludaban a mis tías que permanecían mucho tiempo en la terraza tejiendo, bordando y sobre todo chismoseando con los marchantes que deambulaban por esos caminos. Buscaban que yo les fuera presentado para entablar conversación conmigo.

 

Una tarde vi que se acercaba una cabalgata, principalmente de mujeres. La empleada encargada de atender a las visitas le comunicó a Pachita que habían llegado los Ramírez.

 

—Aliste refrescos y bizcochuelos —ordenó mi tía a la empleada para ofrecerles a los visitantes.

Se bajaron de los caballos y vinieron directo a saludarme. Entre tanto, uno de los trabajadores cabestreó los caballos hasta un potrero cercano, los despojó de sus frenos y les sirvió en una artesa un poco de vástagos de plátano picado. Se había hecho presente la familia Ramírez. Eran más de quince entre padres, hijas, hijos y creo que también algunos nietos.

 

La más interesada en dialogar conmigo fue Rosita. La intensa claridad del sol de aquella mañana me permitió ver su cara forrada como en porcelana, de ojos intensamente azules y un cabello sedoso y rubio que jugaba con ellos. Su voz era dulce y denotaba una buena formación hogareña. La noche de la serenata había llegado con mis primos, pero la oscuridad y mi parcial ceguera impidieron que la detallara como lo hacía ahora.

 

Fui presentado a todos los Ramírez. Con Rosita venían sus hermanos, todos de ojos azules, como si fueran descendientes de europeos. Los hombres dijeron que estaban muy interesados en conocerme, pues sabían de mis aptitudes musicales. Uno de ellos estuvo la noche de mi llegada acompañando en el tiple a los serenateros del Chunco Reyes. Lo reconocí por su voz. Los otros Ramírez dijeron que preferían cantar que tocar instrumentos, porque llevar la voz a todas partes no era tan incómodo como llevar un piano, una guitarra o un contrabajo. Deduje de su chascarrillo que debían ser unos hombres fiesteros y de gran ambiente folclórico.

 

—Ojalá nos des el placer de escucharte —dijo uno de los Ramírez. Después supe que se llamaba Enrique. Era un hombre bien plantado, decían mis tías, y pensé que ese muchacho debía tener gran éxito con las mujeres.

Los Ramírez partieron y George le dijo a la tía Francisca que el tal Enrique andaba detrás de Silvia, la muchacha que él había escogido para realizar una vida conyugal tranquila. Sin embargo, yo vislumbraba que Enrique con su presencia le llevaba ventaja grande a George. En cuanto a dinero o a posibilidades de herencia ambos estaban a la par.

 

—No sé, pero ese Enrique se me hace parecido a un actor de cine que trabajó en una película con una muchachona exuberante, el amor platónico de tu papá Pastor —Francisca me dirigió la palabra para traerme el recuerdo de mi padre.

—Es que esa hembra si era una hermosura de mujer —afirmó George y le alabó el gusto a Pastor—. Si alguien sabe de hembras es nuestro tío político. ¿O por qué creen que yo también la tengo en mi cuarto, ah?

—Claro que, en belleza y simpatía, Rosita Ramírez no tiene nada que envidiarles a las de Bogotá —aseguró Marucha, quien observó mi predilección por esa chica—. Creo que quedó prendada de Josecito.

Me sorprendí cuando Fernando, con su propia jeringa, se aplicaba una dosis diaria de insulina para su diabetes. En cambio, al fiestero de George no le dolía una muela, como decía su papá Juan de Dios. Antes del almuerzo mandó ensillar su caballo y partió hasta Guayabal de Síquima a tomar el bus que lo llevaría a Bogotá. De allí partiría para Fusagasugá a darle una inspección a las tierras que poseía y en las cuales iba a intentar la crianza de ganado. Nos despedimos y aseguró que al regreso no podía negarme a interpretar mis instrumentos musicales y dejarle escuchar la música de su predilección.