28

              Las penurias de la inocencia

 

Las penurias y adversidades que debe sortear un inocente son más complejas que las coartadas que estructura un delincuente. Las argucias que un infractor de la ley prepara con su abogado, tienen el objetivo de engañar a los investigadores de sus causas y conseguir que les exculpen sus fechorías. A mí lo que menos se me ocurrió fue recurrir a esas consuetudinarias prácticas. Mas que todo por la falta de dinero y porque sencillamente me consideraba inocente. La gente de Palermo me observaba con ojos misericordiosos porque en el fondo de sus almas los asaltaba el pensamiento lógico de que «los bandidos se aprovecharon de ese pobre cegatón e hicieron de las suyas». Y lo cierto es que yo también lo pensé y no descartaba la idea de que todos estos acontecimientos hubieren sido urdidos por Polanía y sus secuaces. Imaginé que hasta Rogelio Dussán les hubiera colaborado para quedarse con la colecturía al servicio de su otrora perverso jefe.

 

Los primeros días me encerraron en un pequeño calabozo que poseía la alcaldía de Palermo. Chencho aprovechó su poder para ingresar con Rosita y hacerme la visita. Me visitaron con el propósito de darme ánimo en mi situación y decirme que todo se arreglaría, que solo faltaba que el juez me indagara para demostrar mi inocencia, que buscara pruebas, que pidiera testigos, que con una inspección ocular a la tienda de Polanía se podía establecer que el hombre era el responsable del desfalco y el delito. En fin, la cabeza se me atiborró de cosas nuevas que en mi vida jamás pensé utilizar. Rosita me besaba, me consolaba; aseguraba, hasta el cansancio, que por ella y los niños no me preocupara ya que sabría cómo enfrentar los avatares intempestivos para defenderse en la vida, así tuviera que recurrir a su familia. Las palabras de mi esposa me hacían sospechar que a lo mejor permanecería encarcelado por muchos años. Recordé en ese instante el caso de un campesino que fue condenado por un crimen que no cometió. Dieciocho años después de haber sido privado de la libertad, la retardada justicia había comprobado, por confesión, la autoría criminal en otra persona y lo único que recibió aquel inocente fueron las excusas por el imperdonable error judicial.

 

Chencho prometió ayudar a Rosita y los niños. Era un hombre bondadoso, y a pesar de tener conocimiento de que éramos de diferente bandería política nos demostraba un grado tal de estimación que nos hacía sentir como si fuéramos parte de su consanguinidad. Como jefe político del liberalismo solicitó al alcalde que dejara que mi mujer y los niños me visitaran a diario, cosa que estaba totalmente prohibida. Ello permitió que Rosita preparara mis alimentos los ocho días que permanecí en el calabozo de Palermo, pues la alcaldía ofrecía a los sindicados una comida trasnochada suministrada por la tienda del excolector Polanía. Cuando supe que los alimentos provenían de esa casa me enfurecí y le dije al alcalde que era el colmo que una persona indelicada de otro partido estuviera lucrándose con las necesidades de la población. Creo que eso le sirvió a Chencho Lazo para que se obligara al alcalde a cancelar el contrato de manutención de los reclusos que hacía quince años se había firmado con la familia Polanía. «Es decir, el viejo ex colector tiene más tetas que una guanábana», expresó Chencho Lazo, con la procacidad que estilan los hombres sencillos, cuando le participé de mi descubrimiento.

 

A los ocho días llegó a Palermo la jaula del panóptico de Neiva. Ni que hubiere sido «el asesino de la descuartizad para que fuera trasladado con las seguridades que requería un hombre extremadamente peligroso. Aparte del conductor que llevaba un machete, seis hombres armados hasta los dientes me sacaron esposado del calabozo de Palermo a plena luz del día, para escarnio público y para que la población se enterara de que el detenido era persona a la que el Estado no le ofrecía confianza alguna.

 

En la cárcel de Neiva me recluyeron en un patio exclusivo para empleados oficiales. Era tanta la corrupción de los regímenes anteriores que tuvieron que poner a funcionar lugares especiales de reclusión para los desfalcadores y delincuentes del Estado, y se hallaban congestionados. Allí me relacioné con dos gobernadores, tres ministros, varios auditores y revisores fiscales de los dineros del país, un director de escuela que había violado a varios niños del curso que regentaba, algunos policías que eran verdaderos delincuentes comunes pero que por estar al servicio del Estado se les consideraba facinerosos oficiales, y un falso cura que ofició de capellán del ejército por muchos años y solo después de tanto tiempo se descubrió que con dicho usurpador eclesiástico se confesaban y comulgaban los altos y medios mandos militares. Dicen que un general de la república se suicidó al percatarse de que los crímenes cometidos en ejercicio de su cargo se los había confiado al falso confesor de la milicia, y ello lo llenó de tantos temores que prefirió quitarse la vida antes de que el falaz sacerdote develara las verdades que los militares le contaron en secreto.

 

Evité difundir esos intríngulis malhechores de los compañeros de reclusión. No quise comunicárselos ni a Rosita ni a Chencho, porque corría el peligro de que se convirtieran en chisme y más adelante me jugaran una mala pasada. Los ex gobernadores que observaban mi inocencia a flor de piel me compadecían e instruían en mi defensa. Muchos conocían a Polanía y se extrañaban de que aún no cayera en las redes de la justicia. Un ex ministro conservador, exjefe natural de Polanía, me secreteó todos los dislates que cometieron con el colector en Palermo y varias poblaciones del departamento. Sin embargo, con el violador de niños fue diferente mi relación puesto que le tenía personales reservas. Pensé que de pronto le gustaran también las personas mayores y por ello pretendía trabar estrecha amistad conmigo. Inclusive solicitó que fuera su compañero de celda, pero uno de los ex ministros me aconsejó que si quería conservar el invicto era mejor negarme a esa ilusión del degenerado que anhelaba siempre usufructuar carnes nuevas, sin importar edad o  condición.

 

Al cabo de dos meses me citaron a indagatoria, no obstante que la ley obligaba a que debía hacerse antes de los cinco días de la detención. El ex ministro amigo me dijo que esa irregularidad ordenaba al juez a decretar mi libertad, pero que en este país todas esas normas que favorecían a los caídos en desgracia se las pasaban por el sistema nervioso. Que tendría derecho a que se me reconociera el hábeas corpus para quedar en libertad en el acto. Decidí no enfrentar a la justicia, por más derechos que tuviera, y preferí el curso de los acontecimientos. El juez que me correspondió oficiaba estas diligencias desde la cárcel para evitar los riesgos de posibles fugas de los encartados durante el traslado del panóptico al juzgado, según explicó el secretario. No me tomó juramento porque adujo que yo tenía plena libertad para contarle a la justicia lo que se me diera la gana, sin el temor del delicado perjuro. Al juez lo acompañaba un hombrecito enjuto. Vestía unos escurridizos pantalones, como si fueran prestados para la diligencia y la suciedad de la camisa hacía pensar que era un hombre solterón. Los ojos se le cerraban por la somnolencia y alcancé a percibirle el tufillo a chirrinche. Su rostro era muy parecido al de algunos cirróticos del pabellón del San Juan de Dios.

 

--El doctor Cediel aquí presente será su defensor de oficio –el supuesto defensor me sonrió, como queriendo asegurarme que tenía mucha suerte que fuera él. El juez me ordenó ponerme de pie para tomarle el juramento al  auxiliar de la justicia.

 

Después de preguntarme los datos de mi vida y mi filiación política, la que estaba prohibido indagar, el juez se mostró indulgente cuando le informé que militaba en el Partido Conservador, a pesar de que militar... militar... era un decir, porque jamás me había interesado la participación activa en la política.

 

Conté los hechos como fueron desde que tomé posesión del cargo. Advertí las sospechas que tenía de las indelicadezas de Polanía y el juez me recriminó por no haber denunciado esas presunciones. «¿Y dónde está ese Polanía?», preguntó con cierta inquina el investigador. «Allá en Palermo, como un pachá árabe, disfrutando de sus mal habidas riquezas», le respondí. De inmediato, el juzgador le dijo a su secretario que elaborara una orden de captura contra el mencionado «sujeto». Después descubrí que el juez y Polanía eran del mismo partido, pero que seguían a jefes diferentes que se mostraban los dientes por razones de celotipia política. El juez era proclive a los planteamientos de Jesús Manchola (el médico del último parto de Rosita) y Polanía era seguidor sectario de Laureano Gómez, a quien llamaban el monstruo por la violencia que promovió entre sus partidarios contra los liberales y cuyo pensamiento dio origen a la chusma denominada los pájaros, de la que Polanía hizo parte. Me exigieron las pruebas de mi inocencia y recordé el dicho de mi abuelo José Dolores: «Toda persona es inocente mientras no se le demuestre su responsabilidad». Pero el juez, cuando expresé esa frase en mi defensa, la repitió en latín y a continuación me dijo que para demostrar mi inocencia debía valerme de otras probanzas. Exigí los careos que fueren necesarios con Polanía, los testimonios de Rogelio Dussán y Chencho Lazo («¿Así se llama?», preguntó el juez. «No doctor, creo que es Ascencio, pero la gente lo menciona por el apodo»), una inspección a la tienda El Colector y las declaraciones en Bogotá del doctor Urdaneta y la profesora Radke, pero después desistí de esta última porque recordé que a los alemanes se les tenía como subversivos, y también por los acontecimientos del instituto con los que se me podían estructurar antecedentes penales y policivos.

 

A la hora de la verdad, las pruebas contundentes del testimonio de Rogelio Dussán y la inspección ocular a la tienda de Polanía fueron suficientes para declarar mi exculpación de la causa penal. Descubrieron el chanchullo del ex colector. En cuestiones de dinero no hubo problema, pero en la falsificación de las bebidas alcohólicas el lío se agravó, porque de los cien intoxicados de Pitalito y Garzón diez habían fallecido. Por ello mi libertad se demoró algo más de diez meses en los que estreché una amistad desinteresada con los ex ministros. En la cárcel hice parte de la estudiantina de los presos y de una orquesta que el director de la cárcel, el gobernador y los diputados utilizaban en sus parrandas. Una trabajadora social del reclusorio era la autora intelectual de esta actividad musical. No sé dónde consiguió un violín para que yo pudiera ejecutarlo, pero era un violincito de mala calidad y, sin embargo, hice esfuerzos para sacar de él los mejores sonidos. Uno de esos delincuentes de cuello blanco me dijo:

 

—¿Qué hace usted de colector de rentas pudiendo hacer parte de una orquesta sinfónica por la manera tan delicada como interpreta ese violín?

—Porque los músicos de este país no tenemos porvenir —aduje, haciéndole honor a Hernando Arenas con las palabras que sentenciaron mi destino cuando llegué a Bogotá.

—Pero de todas maneras es mejor y menos peligroso que desempeñarse en un cargo político de manejo de dineros, donde toda clase de pícaros quiere meter la mano —me aconsejó.

La música, como siempre, no tiene barreras para la amistad y establecí relaciones muy estrechas con los personajes del patio de empleados oficiales, algunos de los cuales, años después, regresaron a sus ministerios y gobernaciones sin haber explicado suficientemente sus indelicadezas.

 

Rogelio Dussán atestiguó y me sacó del atolladero que yo solo no hubiera podido explicar a la justicia. Dijo que cuando había decomiso de aguardientes de contrabando Polanía y él abrían las cajas del aguardiente oficial y las intercambiaban por el falsificado. Que las cajas quedaban perfectamente selladas y al producto de contrabando le colocaban estampillas y sellos de las rentas nacionales para que pareciera auténtico. Que ese licor fue el vendido a Pitalito y Garzón, y que cuando el Tuerto Gómez (así me mencionó en la diligencia) se apersonó del cargo, la mercancía permanecía en la bodega. Que Polanía en año y medio no había vendido ni media botella del aguardiente legal y que todo se comercializaba a través de su negocio.

 

Con la declaración de Dussán, el antiguo colector fue condenado a cinco años de cárcel que, por rebajas y buen comportamiento, pagó en año y medio. Rogelio estuvo algunos meses detenido, pero le aplicaron la norma del que comete un delito por orden y dependencia de su superior.

 

Salí de la cárcel bastante acongojado. Durante once meses había pagado lo que hicieron los indelicados. De ese carcelazo saqué como fruto volver a practicar con mi instrumento preferido, el violín. Me propuse escribirle al Chunco Reyes, en Guayabal de Síquima, para que enviara por el correo férreo o terrestre mis instrumentos a Palermo. Rosita era enemiga de que regresara a mis aficiones musicales porque decía que, después de mis graves dolencias hepáticas, volver a lo mismo del Dancing podía hacerme caer otra vez en el vicio.

 

Pregunté si yo todavía era el colector del municipio y me dijeron que sí, porque había sido exculpado de toda responsabilidad delincuencial. El alcalde removió los sellos de la bodega de la colecturía y continuamos con nuestro trabajo. A Chencho Lazo le adeudábamos bastante dinero pues durante mi reclusión le suministró a Rosita lo necesario. Pero como fui absuelto tenía derecho a que se me pagaran los meses salariales durante mi apresamiento y con ello pudimos cancelarle lo prestado.             

 

A los pocos meses me visitó Urdaneta. Me felicitó por haber denunciado los delitos de Polanía. Me consideraba un hombre de bien, un verdadero patriota. Dijo, además, que no había mal que por bien no viniera y que para eso había servido mi encarcelamiento. Yo no estaba muy seguro de aceptar esa filosofía porque hubiera podido permanecer mucho más tiempo en la cárcel si no es por el testimonio de Dussán. Y para ser buen patriota ayudaba muy poco al sostenimiento de mi familia.

 

—Estuve hablando con su pariente Hernando Arenas y me solicitó que lo trasladara de ciudad porque sus denuncias ponían en peligro su integridad y la de su familia, señor Gómez —lo dijo con la seguridad de que la decisión ya estaba tomada.

—¿Y para dónde cree usted, doctor Urdaneta, que deba irme?

—Ya dictamos el decreto para que se desempeñe en Tunja —nos miraba a los ojos a Rosita y a mí para detectar nuestros gestos.

—¿A Tunja? ¿Con semejante frío después de este infierno? —alzó la voz Rosita y Urdaneta trató de molestarse.

—Consideré que es mejor clima que el de aquí, no es malsano; y como veo que sus hijos Anita y Juan están en edad escolar, Tunja es la ciudad que ni mandada hacer para esos menesteres —aseguró.

—¿Desde cuándo, doctor?

—Desde ya —siempre las decisiones las aplicaba inmediatamente.

—Si usted lo pide, doctor, estoy presto para ello.

—En uno de mis chequeos médicos estuve hablando con el oculista que lo ha examinado —expresó de pronto Urdaneta—. Me dijo que él tenía la solución al problema de sus ojos, ¿usted qué dice?

—Él ha insistido en la operación de mis cataratas y estaría dispuesto a hacerlo —respondí con cierto alborozo—. ¿Hay posibilidad de que la Dirección me facilite este tratamiento, doctor?

—Claro. Aprovechemos su traslado a Tunja, deja instalada a su familia y se regresa a Bogotá para que lo operen —aconsejó como hombre práctico y ejecutivo que siempre tenía una solución a cualquier problema.

—Doctor, conozco muy poco a Tunja para instalar a mi familia —aduje para que la operación no fuera tan pronto.

—Allá no tiene problema. Usted no va para la colecturía en Tunja, va para la Administración de Impuestos Nacionales y el director le sabrá ubicar en un cargo igual o superior al de aquí.

En cinco días arreglamos todo y partimos hacia clima frío. Tunja, la capital de Boyacá, gozaba de la fama de ser ciudad estudiantil, y eso congració a Rosita dado que Anita estaba en edad de ingresar a la escuela.