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1909: alumbramiento sin luz
Era el primer viernes de marzo, correspondiente a la liturgia municipal impuesta por el párroco del pueblo. Ese día, tal vez por un impulso incontrolable, me picó el gusanillo de la rebeldía. Estaba en plena adolescencia. Rondaba la etapa de mis onomásticas vísperas quinceañeras. Mis defectos visuales, mi aspecto físico (narizón y currutaco), la incuria de mi padre para complacernos en las mínimas necesidades familiares y las caricias sorpresivas y abusivas de monseñor, me formaron una roncha de animadversión hacia mi pueblo, hacia sus dirigentes y a todo lo que oliera a mandamases de la comarca.
A quien sí adoraba de verdad, era a mi madre, pero para mi desgracia su talante débil y sumiso la empujaba a trastabillar inconscientemente hacia lo cotidiano, hacia los lugares comunes y la conducía en busca de las tradiciones y costumbres de la población. Decidí rebelarme. Pero tuve el debido cuidado de ocultarle a mi madre los alardes de independencia que pensé exhibir. Con mi mamá era con la única que podía hacerlo, porque su condescendencia me daba valor de oponerme a sus dictámenes.
Esa mañana me invitó a que la acompañara a la bendición del pueblo, por parte de ése demonio tonsurado que hacía de párroco y a quien todos creían santo.
—No, mamá, no quiero ir. Ese cura me cae mal —fue la primera señal intempestiva de rebeldía contra los tributos religiosos de mi familia.
Hacía poco tiempo venía construyendo un repudio a todo lo que significara seguidismo por obligación. Había nacido en mí la desconfianza hacia el sacerdote por lo que se decía en la escuela y por sus raras actitudes conmigo. Aunque las beatas argüían que las consejas y los decires contra ese «santo sin canonizar» eran meros chismes de masones y comunistas.
—¿ Por qué no te cae bien? Tú sí pareces el demonio. Monseñor Pimiento es el mismo Dios viviendo entre nosotros. Vas a tener que confesarte y contarle tu pecado.
— ¡ Queeeé! De Dios no tiene un pelo —dije, y mamá Beatriz me agarró de una oreja para reprenderme.
—No seas blasfemo, Josecito, creo que solo te faltan la cola y los cachos. ¡Vamos, vamos! ¡Deja de pensar burradas!
—Mamá, es que… siempre trata de tocarme la cara o darme palmadas en la cola —justifiqué mi actitud, ante la sorpresa huraña de mamá.
—Como que en tu escuela te están metiendo cucarachas en tu cabecita —dijo con preocupación y ni siquiera dirigió sus ojos hacia mí.
Ella lo decía con énfasis, pero me daba la impresión de que buscaba que le suprimiera malicia a las caricias del cura y las considerara como una muestra de afecto. Me fascinaba hacerla rabiar porque desaparecía su cara angelical.
Entonces bajamos sin hablar hasta el atrio de la iglesia a esperar la bendición del pueblo. Vi a monseñor subir por la empinada escalera de madera hasta el arco más alto de la torre de la iglesia. Aparecía en el vano del campanario, con sus brazos abiertos como si fuera la guala que vigila los estertores de su moribunda presa para dar cuenta de ella. Hasta creí que se lanzaría desde allí sobre su feligresía. Después me arrepentí de esa comparación, y creo que un día cualquiera que me asaltó la debilidad de comunicarle a mi madre lo que pensaba del sacerdote, le aseguré que no volvería a caer en el pecado de los malos pensamientos.
Severo, el sordomudo que jalaba los rejos de las campanas, había suspendido su musical trabajo y se aventuró a subir, con dificultad, las escaleras del campanario, ya que cargaba un pequeño balde plateado con agua para bendecir. Monseñor exorcizó el líquido con las palabras milagrosas de siempre y con el hisopo lo esparció encima de los creyentes que se congregaron en el atrio de la iglesia. Monseñor nos debería ver como hormigas. Este acto sagrado lo practicaba todos los primeros viernes de cada mes.
«Zapatoca fue el pueblo que nos señaló la Divina Providencia para nacer, vivir y sortear el difícil trasiego de nuestras vidas», me secreteó luego mamá Beatriz, inclinando su cuerpo para decírmelo cerca a mi adolorida oreja castigada. Me lo manifestó con una dulce y tenue vocecita para no irrespetar las palabras sagradas del prelado. Esas palabras las escuché mezcladas con el vaho cálido de su boca y me indujo a darle un beso en la mejilla. Monseñor Pimiento se mostraba como ido de este mundo, mientras terminaba de bendecir las casas del municipio desde el campanario. Al tiempo seguía pronunciando las palabrejas eclesiásticas en latín y esparcía con la mano derecha el agua bendita que extraía del balde plateado con su empapado hisopo. Los alucinados feligreses izaban sus ojos al cielo en medio de su iluso trance religioso. Monseñor bajó de la cúpula con la certeza de haber protegido al pueblo de todos los males y plagas que agobian a la humanidad. Al pasar frente a nosotros, con fingida bondad parecida a la que han utilizado los jefes del Vaticano, le sonrió a mi madre, y a mí, como era su maldita costumbre, me reburujó el cabello que ya de por sí mantenía desordenado. Esa actitud del ensotanado la encontraba humillante. Se lo expresé a mi madre y ella, por el contrario, consideraba ese acto como una bendición de Dios que aseguraba mi ingreso al cielo cuando diera cuenta de mi vida ante el Supremo. Desde entonces no permito que alguien me toque la cabeza porque a mí lo que me produce es un sentimiento de inferioridad. Mi madre siguió un tanto adusta por la callejuela empedrada adornada de veraneras, agapantos y yerbabuenas que unía a la iglesia con la manzana de mi casa. Aún conservaba sobre la blusa la huella de los goterones de agua bendita con la que pensaba haber santificado su alma. Por ser el preferido de mamá se me obligaba al acto presencial de todas las ceremonias eclesiales. Pero este día, con lo que le conté del sacerdote, se mostraba nerviosa porque de todas formas ella me sobreprotegía y le asaltaba la duda de que las maliciosas actitudes del clérigo fueran verdad y no meras suposiciones de su hijo.
Observaba la resignación de mi madre y su deseo de permanecer en mi pueblito por toda la eternidad. Entonces, en esa ingenua y juvenil rebeldía eruptiva, desde ese día empecé a engolosinarme con el propósito de alejarme de mi tierra natal, porque a mi corta edad ya me aburría el diario transcurrir de la inútil vida que me depararía el futuro en mi terruño.
Fui el primogénito de la familia y por supuesto el consentido de mi mamá y sus hermanas. Me bautizaron con el nombre de José Dolores, como si fuera una premonición de los sufrimientos que iba a padecer durante mi vida. Pero la verdadera razón la dio mi progenitora cuando ante las burlas de mis compañeritos en la escuela la cuestioné acerca de mi nombre: ella quería hacerle honor a su siempre recordado padre José Lolo. Decía que yo era la prolongación de su nítida y valerosa existencia. Mi hermana Filomena nació un año después, en mayo de 1910, si no estoy mal el 31, último día del mes de la Virgen. No sé cuál sería el motivo para que la bautizaran con tan repugnante nombre; tal vez por algún personaje de la Biblia o de la historia, o porque ese apelativo lo llevaba orgullosa alguna de las amantes de mi padre. Éramos hijos de Pastor Gómez y Beatriz Orejarena, un matrimonio de rancia estirpe zapatoca. Como cónyuges simulaban llevar una vida normal y aparentemente digna, es decir, resignados a lo que sucediera durante su unión conyugal, con las dificultades propias de quienes someten sus vidas a los avatares de su incierto destino. Si los califico como una pareja «aparentemente» bien avenida es porque mi padre fue hombre mezquino con nosotros que éramos toda su familia. Se identificaba con la fama de avaros de sus coterráneos. Era un hombre miserable, díscolo y mujeriego, tacaño con su esposa y sus hijos, pero simpático y generoso con los demás.
La contextura corporal de mi padre era menudita, de baja estatura, pero acomodaba su cuerpo a la indumentaria de uso diario. Con ella imitaba a personajes importantes de la vida nacional, exhibiendo una elegancia extraña en la comarca. Trataba de salirse de la ropa para engañar con la falsa altura que le daba el empinarse sobre los pies; alzaba los hombros en forma persistente y se apuntaba o desapuntaba el saco, como si no estuviera a gusto dentro de él. Por esas actitudes maniáticas con su cuerpo lo apodaban el acomodadito. Había optado por tales manías quizás buscando una apariencia notoria, de gran valía intelectual, sin tenerla, como ya dije. Para adobar su fingida postura de sabelotodo aprendió palabras raras y expresiones doctorales. Se había ganado un prestigio artesanal de excelente sastre; se le consideraba el más fino de la región. La sastrería y modistería El Pespunte, de su propiedad, era visitada por la gente importante de Zapatoca, El Socorro, Bucaramanga y Bogotá, dado que su fama por la delicadeza en la confección de sus productos era reconocida por propios y extraños. Él mismo usaba vestidos de paño inglés y sombreros bombín marca Barbisio, los más modernos y apetecidos para la época. Compraba los materiales para su escasa y exclusiva producción en Bucaramanga, ciudad por donde llegaba el contrabando de paños ingleses, telas italianas y sedas chinas que entraba por Venezuela.
Pero volviendo a mí, la suerte no me favoreció en la etapa inicial de mi vida. Había llegado al mundo invadido de cataratas en los ojos. Cuando mis padres atisbaron al varoncito con ese protuberante defecto visual, mi madre se preocupó, se convirtió en un ovillo de nervios e incertidumbres e inició su derrumbe existencial. Mi padre permaneció despreocupado, como era su costumbre ante el destino incierto de sus hijos. No se inmutó porque sabía que nacer en Zapatoca significaba el riesgo de venir al mundo con las ya famosas cataratas de algunos de mis coterráneos. Algún tiempo después me enteré de estas preocupaciones, cuando convocados para recordar los últimos años de la azarosa vida de mi madre, nos reunimos en familia para rezarle sus tradicionales rosarios adobados de responsos con los que, al decir de sus hermanas, se le hacía más llevadera su presencia ante el Señor.
Desde muy niño mis paisanos me llamaban el tuertico Gómez, en forma cariñosa, pero a medida que fui creciendo suprimieron el diminutivo y el apodo se volvió insultante. Uno de mis ojos, el izquierdo, era el que tenía en peores condiciones, pues escasamente detectaba sombras hasta las seis de la tarde. De esa hora en adelante la luz no entraba en él. Las tinieblas envolvían las luces del atardecer y yo no recibía la mínima señal de claridad que experimentaban las personas sin obstáculos visuales, inclusive cuando comenzaba a declinar el sol de los venados. Por otro lado, la precaria visión de mi ojo derecho evitaba que tropezara con las cosas y me permitía reconocer a la gente, aunque con bastante dificultad. Ello impidió que sacrificara a alguien como lazarillo. Confundía, sí, a algunas personas. A Pedro le decía Luís y a monseñor Pimiento lo confundí varias veces con la señora del alcalde, una mujer alta y robusta que usaba a diario largas faldas de color negro. «Adiós, doña Encarnación», saludaba a quien creía la primera dama y me sorprendía la voz gruesa de quien me respondía: «¡Lávese esos ojos, tuertico!», y monseñor con su aire de superioridad me desordenaba el pelo y seguía su camino. Mi madre no permitía que apareciera despeinado en público y, por supuesto, cuando llegaba a casa con el pelo alborotado preguntaba si me había encontrado con monseñor. «Pues claro», le decía con un mohín de disgusto. Sin embargo, estas dificultades a causa de mi vista las soporté con resignación durante mi infancia. Además, como Zapatoca era un pueblo pequeño, los peligros no eran tantos; el único carruaje que transitaba por la calle, halado por caballos, era el del alcalde. El traqueteo de los cascos de los jamelgos en el empedrado anunciaba el peligro y yo esquivaba accidentes. Y en la escuela los problemas se limitaban a las maldades de los compañeritos que me hacían bromas para convertirme en el hazmerreír de los demás. Decían, por ejemplo, que por haber mirado a mi mamá desnuda mi ojo más deteriorado se había evaporado para convertirse en esa nube bailarina que me flotaba dentro del párpado. Pero como yo no era bobo sino tuerto, los atacaba a patadas, las cuales eran locas porque me era difícil asestar el golpe certero; pegaban en cualquier parte, donde cayeran, mientras los llenaba de improperios, los escupía y les espetaba tamañas palabrotas que hasta miedo me cogieron y terminaban gritándome: «¡Tuerto maldito!, ¡tuerto hijueputa!».
Se decía que éramos de buena familia, aunque a mí me parecía que todas las familias del mundo debían ser buenas. Pero se nos calificaba así, nada más y nada menos, porque mi abuelo materno fue alcalde del municipio en varias oportunidades. Le decían papá José Dolores o don Lolo Orejarena. Era un veterano de la Guerra de los Mil Días en la que conservadores y liberales midieron sus fuerzas por la repartija del poder. Y el único que perdió, como siempre, fue el pueblo. Desde entonces quedaron los odios y las venganzas que por muchos años han horrorizado al país con la violencia partidista. Mi abuelo llegó al grado de general de los ejércitos conservadores que se involucraron en ese conflicto. Por esto a él y a su descendencia se nos respetaba, porque al decir de los historiadores locales, don Lolo, como le decían con cariño, fue un heroico triunfador. Como ya lo dije, en su honor fui llevado a la pila bautismal para imponerme la marca indeleble de los bautizados José Dolores. «Porque llevar el mismo nombre de un gran hombre era de buena suerte y los honores dispensados al antepasado los heredaban sus descendientes», decía mi madre, que fue la adoración de mi abuelo. En mi caso, esta premonición no se ha cumplido y desde siempre hago parte de la excepción de esa regla costumbrista.
Ser de buena familia en Zapatoca producía beneficios importantes: se ingresaba con holgura a los puestos públicos y se lograba el reconocimiento de los políticos del departamento de Santander. Y es que los puestos públicos eran contados con los dedos de la mano: alcalde municipal, secretario de la alcaldía, tesorero zonal (que era el más apetecido por la burocracia conservadora para meter sus indelicadas manos en las arcas del tesoro de toda la región) y cura párroco, que a pesar de no ser un cargo público, el Partido Conservador empotrado en el poder lo convirtió en tal al permitir que el Estado se refundiera con la Iglesia, y era una bendición para quien lo ejerciera por ser Zapatoca una población rayana con la santidad. Aquel que se apersonara de la parroquia se tapaba en dinero. Por algo le decían a mi pueblo «la ciudad levítica». Al cura le pagaban estipendios del erario público para que intercediera ante el Señor y salvara a los encargados de dirigir la población, encubriéndolos y borrándoles sus pecados e indelicadezas. En la nómina oficial figuraban el juez promiscuo municipal, que para aquel entonces no requería ser abogado graduado sino el primer tinterillo que recomendaran los partidos tradicionales ante el Ministerio de Justicia; el policía y el inspector que dependían de las fuerzas militares; y, por último, la maestra de escuela, que por lo general era una de las aventajadas muchachas que habían cursado tres o cuatro años de bachillerato en el colegio de las religiosas y cuyas calificaciones debían ser las mejores.
En lo privado, funcionaban el colegio de monjas (formador o deformador de todas las niñas de la región) y el seminario de los curas dominicos, quienes dominaron la población durante mucho tiempo y al igual que las monjitas se llenaron de dinero y, dicen las malas lenguas, de hijos no reconocidos y algunos entenados. Pero las fisonomías de los muchachitos los delatarían años después. Recuerdo que un compañero de mi escuela tenía las mismas facciones de monseñor Pimiento. Podía ser por coincidencia o por cualquier otra circunstancia, pero la maledicencia de los zapatocas lo convirtió en el «hijo del prelado». Lo llamaban el cáliz porque su cabeza parecía un copón de iglesia, o el altísimo por su exagerada estatura. Aseguraban que era el único que había nacido bendito porque monseñor Pimiento se iría al cielo en cuerpo y alma con el instrumento que lo procreó santificado. Cuando los niños de la escuela deseaban burlarse del muchacho, empezaban advirtiendo: «¡Silencio, silencio, que está el altísimo expuesto!». Esos apodos eran la ironía o el desprecio por sus orígenes. Por lo general los rumores de la población terminan confundiéndose con la realidad. Y yo, el Tuerto Gómez, por mi deterioro visual, por más de buena familia que decían que era, nieto del general José Dolores Orejarena que fue héroe de la Guerra de los Mil Días, no tendría nunca la oportunidad de ejercer ninguno de esos cargos públicos del municipio, a menos que fundaran un instituto para ciegos y a mí, como tuerto, se me designara director por aquello de que en «el país de los ciegos, el tuerto es rey».
La incipiente ceguera no fue la desgracia mayor en los comienzos de mi existencia. La gran tragedia en mi infancia fue la muerte de mi madre cuando apenas contaba con diez años y mi hermana con nueve. A tan corta edad era tanto lo que la necesitábamos que enmudecimos por nuestra propia voluntad durante algunos meses a causa de esa oprobiosa orfandad, pues mi madre desempeñaba los roles de padre y madre. Ni mi hermana ni yo musitábamos vocablo o sílaba entendible. Duramos muchos meses mostrando esa rebeldía contra el mundo, ese voluntario silencio, y se llegó a pensar que nos habíamos convertido en niños sordomudos porque como no contestábamos creían que tampoco oíamos. Nos llevaron al único médico del municipio y el hombre no dio pie con bola. Nos aplicó unas gotas de agua oxigenada porque creía que nuestra sordera la producía el exceso de cera en los oídos. Mi hermana y yo hablábamos a escondidas en las noches, debajo de las cobijas, y manteníamos la promesa de la mudez ante los demás en forma indefinida, hasta que cualquier día, ante el ofrecimiento de un suculento manjar, no pudimos sostener la farsa y resolvimos comunicarnos con monosílabos.
No tuve alicientes para regresar a la escuela por varios meses. Mi familia cercana tampoco se esforzó para que al año siguiente iniciara el bachillerato. Mamá Beatriz se nos fue a consecuencia de una enfermedad de esas que hoy día se curaría con hierbas y aspirina. Ni mi padre ni nadie de la familia movieron un dedo para salvarla. Mi padre no lo hizo tal vez porque deseaba que ella se fuera para poderse amancebar oficialmente con su nueva mujer. Y la familia Orejarena se negó a brindarle protección porque querían que su amada Beatriz no sufriera un día más con ese hombre que tenía de marido y que le había causado toda clase de sufrimientos sentimentales. Quizás fue por esa razón que le aplicaron la eutanasia filial y amorosa.
Con nostalgia recuerdo su figura esbelta, bella y angelical que provocaba la envidia de las muchachas de su misma edad. Ustedes dirán que cada chuchero alaba sus alhajas, pero en este caso la hermosura de mi madre era idéntica a la de una actriz de cine que, a pesar de mis limitaciones visuales, tuve la oportunidad de ver años después, Deanna Durbin. Si mi madre hubiere vivido para la época en que apareció esa estrella en las películas, la gente hubiera dicho que era idéntica a la diva. Cuando niño, a pesar de mi tuertera, por mi mediocre ventanita visual del ojo derecho alcancé a ver el cine en blanco y negro que proyectaba una cervecería de Bucaramanga en el muro lechoso de la torre de la iglesia. Mi hermana o algún amigo me leía en voz alta los intertítulos y los espectadores se molestaban y terminaban gritando: «¡Cállense, carajo! ¡O váyanse a la mierda!». Después del improperio miraban con desdén a los autores del susurro, y detectando que éramos los nietos del general Lolo Orejarena se tragaban sus palabras y cambiaban de puesto. Por aquellas calendas en Zapatoca pudimos ver en las paredes enjalbegadas de la iglesia a Chaplin, el más grande ídolo del cine mudo.
Ni mi hermana ni yo tuvimos la suerte de heredar algo de la fisonomía de mi madre, y no hemos podido esconder ni disimular, para nuestra desgracia, el parecido con nuestro padre. Ella era muy blanca y de ojos zarcos, y nosotros salimos mulatos, de ojos oscuros, con cataratas, narizones como él e iguales en el tamaño corporal: currutacos. Quienes lo conocieron dicen que también nos parecemos a él en la simpatía. Mi madre, en cambio, permanecía callada y resignada y nunca hizo el necesario reclamo a las veleidades de mi padre. Ella, por su formación religiosa, creía que esos eran los designios de la Providencia y se echó a morir. En Zapatoca todo el mundo decía que era una verdadera santa. Ojalá haya sido así para que sus buenos oficios sean nuestras cartas de presentación por allá arriba donde dicen que vive Dios.
Muerta mi madre, mi padre se descarrió, tal como pensaban los Orejarena. En el pueblo sospechaban que eso ocurriría tarde que temprano. Decían que el día que Beatriz muriera el hombre no dejaría enfriar el cadáver para unirse con otra mujer. Ya lo tenía programado, digo yo, porque su nueva soltería duró lo que dura una golosina en la puerta de un orfelinato. Como tenía gran sentido del humor y era el único que poseía un negocio independiente en el pueblo y no un burócrata oficial, fue un viudo apetecido. La afortunada o desafortunada fue una prima de mi mamá. Era muy agraciada y también se llamaba Beatriz. Es posible que la haya escogido por tener el mismo nombre de mi madre, para practicar como siempre su mezquindad y no tener que marcar las cosas con nombres diferentes. Fue así como pudo utilizar la misma argolla de matrimonio («Pastor y Beatriz») y además seguir diciéndole por el diminutivo que estilaba con la difunta: Tiz. No sé por qué o qué escondería el viejo entre sus encantos para las mujeres, pero las dos veces que se desposó lo hizo con las más bonitas del pueblo. Pero la nueva Beatriz no fue buena persona con nosotros los huérfanos, ni mi padre hizo gestión alguna para llevarnos a vivir con su nueva mujer. Por ello quedamos a la deriva y fuimos recogidos por unos tíos maternos que, a pesar de que eran bastante acomodados, nos arrimaron en cualquier rincón de su casa y escasamente nos daban los tres golpes alimenticios del día. Negociaban con café que era un manjar apetecido en el exterior y poseían costosas propiedades en Bogotá y otras zonas de Cundinamarca. La ropa de uso diario para ir a la escuela nos la cosían las tías María y Francisca, y con gran habilidad nos volteaban los vestidos que dejaban mis primos, pero el bolsillo delantero para el pañuelo, que normalmente debía quedar al lado izquierdo, a mí me aparecía al lado derecho, por lo que ante mis amigos debía alardear de que ese estilo de ropa era el último grito de la moda en Zapatoca y Europa. Todo esto era una demostración más de la avaricia a la que se acostumbraron mis paisanos.
No fui el mejor estudiante de mi escuela, pero, en cambio, para satisfacer mis inclinaciones intelectuales, mantenía una avidez enfermiza por leer todo lo que cayera en mis manos, sin que importara la desesperante disminución visual que cada vez era más profunda. Es que mi Dios les da pan y manjares a quienes no tienen dientes. Muchas veces tuve que pedir auxilio a mi hermana o, de vez en cuando, a alguien de mi escuela para que leyera, en voz alta, capítulos inconclusos de novelas o textos de la historia nacional. Evitaba, eso sí, quedarme en tinieblas y persistía en acabar las narraciones.
Con el paso del tiempo, a mi hermana Filomena también le aparecieron las congénitas cataratas de mi familia; no tantas como las que me correspondieron en mala hora. Tal vez por eso su visión mejoró con unas gafas, pero eran tan gruesas que le llenaban el rostro como si solo tuviera ojos en él. Estas telillas endurecidas en los ojos, decían los galenos de la época, no solo eran hereditarias, sino que la causante de tal anomalía era el agua del municipio a la que no se le hacía ningún tratamiento profiláctico. Era agua demasiado alcalina que poseía una sustancia pétrea que se depositaba en los ojos de los zapatocas. Recuerdo ahora que algunos de mis parientes usaban gafas gruesas como lupas, parecidas a las de mi hermana.
Mi única fortuna personal fue haber nacido con una disposición innata para la música. Poseía un oído desarrollado para interpretar melodías y aplicar medidas musicales. Quizás era la compensación que se me daba como bendición de Dios por haber llegado tuerto al mundo, o casi ciego. Y dio la casualidad de que en un apolillado baúl de mi abuelo encontré una flauta metálica, de esas que llaman traversa o de llaves, llena de moho. La limpié, la aceité y le saqué tal brillo que quedó como nueva y la afiné a puro oído. Las dificultades que tenía para la vida académica se vieron compensadas con la facilidad para el empirismo musical. Me fugaba de la escuela para practicar las melodías que conocía. Al poco tiempo me empezaron a llamar para formar conjuntos y estudiantinas. Hasta monseñor Pimiento me llevó como flautista para acompañar las sencillas cancioncitas del coro de la iglesia, pero como buen zapatoca era tan mezquino que rayaba en la miseria. Pagaba el trabajo musical con un frugal desayuno después de misa; agua de panela fría y una torta hecha con las sobras del pan al que ni él mismo podía hincarle el diente. Y a los del coro, incluyendo a mi hermana, les completaba la paga con los recortes de las hostias y las sobras de las veladoras, a las que Filomena y otras niñas les extraían el pabilo, las cocinaban y moldeaban de nuevo en los vasitos que abandonaban los consumidores de jaleas de la tienda escolar y luego se las vendían a las beatas que acudían a las ceremonias religiosas. Conmigo disculpaba su tacañería con la sentencia de que yo no era músico de escuela y que debía agradecerle la deferencia de poder tocar la flauta, de oído, en el coro, y que por el contrario debería sentirme orgulloso. Mi madre me reprendía arguyendo lo mismo que el sacerdote. Como ya había pensado en ahuyentarme del pueblito, me resignaba a recibir los miserables abalorios parroquiales.
Fueron tales mis progresos que los músicos de la época me alababan diciendo que el Tuerto Gómez tenía una habilidad para la flauta mayor que la del flautista de Hamelín. Era la envidia de los aficionados. El ruin de mi padre, que no nos tiraba un céntimo ni a mi hermana ni a mí, se enorgullecía de mi empirismo musical. Decía que su hijo, en oxidada flauta, sacaba melodías colombianas como si hubiera ido a un conservatorio, para justificar en algo su irresponsabilidad en la educación de uno de sus hijos. Pero se oponía a que fuera músico popular, porque ello me conduciría inexorablemente a la vagabundería y el alcoholismo. Imagínense tamaño despropósito, un burro hablando de orejas.
Tiempo después hube de reconocer que el viejo había acertado en su presentimiento. Resulté enrolado con unos músicos descalzurriados que solo daban serenatas. Fue así como terminé aficionándome más de la cuenta al aguardiente, porque esa era la moneda con la que se pagaba, para entonces, la actividad musical del pueblo, inseparable de la bohemia. Cuando el toque era prolongado se nos ofrecían suculentos banquetes, y de vez en cuando ganaba buenos centavos para vestir como músico, con fracs de dril y corbatines negros con los que trataba de imitar a los concertistas de las grandes orquestas. Y, además, pude ahorrar algunos denarios. En aquellos días era apenas un jovencito lampiño y algo desarrapado. Debía tener trece o catorce años, pero mi cuerpo seguía estirándose. Mi hermana, por su parte, con mucho esfuerzo y algo de ayuda de mis tacañas tías pudo terminar sus estudios para convertirse en maestra rural.