Capítulo 7
CUANDO le entregué a mi asistente el texto final y corregido de los primeros escritos para el futuro libro le dije:
—Por favor, Sonia, archiva estas notas en una carpeta independiente. Ponle como asunto «Infidelidad y divorcio» y agrégale una etiqueta que diga «Terminado».
—Asunto terminado... —dijo ella, suspicaz, haciendo caso omiso del manuscrito—. Es duro a veces admitir que el esfuerzo y la buena voluntad no alcanzan para recomponer el amor. Lo sé, y lo siento, Irene.
Asentí con esa extraña mezcla de tristeza y alivio que invadía mis días en aquella época y que a veces me hacía dudar de mi cordura.
—Tú tranquila, Sonia —dije casi para simular una firmeza que no tenía—, estoy contenta de mi decisión. Dispongo de mi tiempo, disfruto de mis espacios...
Sonia sólo me miraba.
—De verdad, Sonia. Poco a poco voy recuperando mi vida. Mira si me siento libre, que hasta disfruto de mi soledad.
Ella me sonrió con un toque de complicidad.
Yo sabía que muchos años atrás, cuando nadie se atrevía a divorciarse, ella lo había hecho. Pero comparada con la de ella mi separación era como un juego de niños. En aquel entonces, en contra de todos y de todo, y en respuesta a un marido que decía «tú estás loca, esto es lo que hay y debes aguantarte como me aguanto yo... Y si no te gusta, te vas», Sonia había hecho lo único que pudo. Se fue. Dejando la casa y sin tener adónde ir, se fue. Aceptando que sus hijos se quedaran en un primer momento con el padre, se fue. A pesar de la censura y el reproche de su familia de origen, que tomó partido por el marido, se fue. Con el coraje y el temor de los que dan el paso definitivo hacia su independencia, se fue. Lo hizo, según me contó, como único camino para poder sentirse realmente libre.
Por mi parte, desde aquel sábado en el que Luis hizo sus maletas y se mudó, me sentí mezclada en mis emociones a veces contradictorias. Dolorida, aliviada, asustada, satisfecha, confusa, sorprendida, rara y diferente; todo eso, pero también y sobre todo, libre. Nunca se me había ocurrido pensarlo, pero en ese momento me di cuenta de que esa sensación era absolutamente nueva en mí. En realidad era un tanto preocupante, pero nunca antes me había sentido verdaderamente libre.
De allí venía aquella serenidad casi gozosa que se sobreponía a la tristeza y a veces la opacaba.
Habían sido muchos meses de duda, de evaluación acerca de seguir o terminar. Demasiadas horas de llanto y angustia, de idas y venidas, de esperanzas y decepciones, de recuerdos de tiempos ya idos y de derrumbe de proyectos imposibles. Semanas y semanas de hablar y hablar para volver siempre a ningún lugar.
No lo hacía porque me hubiera impuesto hacerlo, pero todos los días, en algún momento, me sorprendía haciendo la lista del recuento de las ventajas de mi nueva situación:
«Ya no voy a tener más dificultades ni voy a tener que hacer más esfuerzos para que Luis me entienda.»
«Vuelvo a mis cosas. No más peleas ni aburrimiento.»
«No más de ese silencio indiferente que lo abarcaba todo.»
«No más energía gastada en recuperar lo irrecuperable.»
«No más postergación de mis deseos, ni tener que acomodarlos a las necesidades o apetencias de otro.»
Y llegada aquí, me dedicaba a la larga lista de las actividades (algunas desde siempre postergadas) a las que me dedicaría: «Viajes, congresos y conferencias».
«Natación, yoga y Pilates.»
«Dormir hasta tarde los fines de semana, comer en la cama y ver televisión hasta la madrugada cada vez que se me antojara.»
«Teatro, cine, italiano, salidas con amigos, minivacaciones...»
Creo que necesitaba tener a mano esas listas por si acaso me enfrentaba alguna noche con alguno de los demonios del arrepentimiento, que, como solía decirles a mis pacientes, están al acecho, listos para invadir los momentos oscuros que siempre aparecen después de una decisión importante.
O quizá estaban allí para sostenerme si aumentaba el peso del miedo que sentía cada vez que me pasaba por la cabeza la idea de que podía haberme equivocado o por si caía en la trampa de autocompadecerme por «lo que me había pasado».
Me acordé de Fernando. Nuestro amigo Fernando.
Él se había licenciado en la Facultad de Ingeniería con notas destacadas y desde el primer día tuvo decenas de ofertas de trabajo.
Había elegido muy inteligentemente qué propuestas aceptar y cuáles rechazar, por lo que durante años ocupó los puestos más importantes en distintas empresas, hasta que abrió su propia constructora, transformándose él mismo en empresario.
Desde entonces, cada vez que nos encontrábamos él nos contaba siempre lo bien que marchaban sus cosas, pero también nos confiaba esa sensación de incomodidad con su parte laboral que no lograba explicar.
Pero para Luis y para mí, que lo conocíamos desde que teníamos dieciocho años, no era tan difícil entender lo que pasaba. Fernando siempre había tenido otro gran amor vocacional y quizá por eso nunca había puesto demasiada pasión en la ingeniería, ni en la construcción, ni en ganar mucho dinero. A Fer le encantaba la psicología.
Durante años, los que lo queríamos, avalábamos su decisión de estudiar psicología a su aire, dedicándole casi todo su tiempo libre. Era una travesura absolutamente inútil, pero entre todos lo empujábamos a seguir y lo ayudábamos cuando se empantanaba.
Sin embargo, cuando anunció que dejaría la empresa para dedicarse de lleno a licenciarse y ser terapeuta, todos temblamos. Ya no era una simpática resolución de un asunto inconcluso. Era una locura en toda la línea y todos se lo hicimos saber.
A casa de cada uno de nosotros, sus preocupados amigos, llegó una postal que todavía hoy está pinchada en la pared del escritorio. Muestra la fotografía de un paisaje maravilloso y tiene escrito, de su puño y letra, este texto:
Queridos amigos, todos:
A veces lleva años lograr que el interior se exprese. Os escribo esta nota para advertiros, por si no lo sabíais, que su voz jamás renuncia antes de encontrar la forma y el momento de hacerse lugar. La voz interna, la de nuestras pasiones guardadas, siempre está allí, intentando iluminar lo que sucede, sólo es necesario atreverse a escucharla. Gracias por sostenerme todos estos años. Quizá al final resulte un error, pero confiemos en mí, estoy seguro de que también puedo soportar esa posibilidad.
Fernando
Miraba su nota y pensaba en su éxito como terapeuta, y en la posibilidad de un fracaso en mi nuevo camino. Pensaba en aquella famosa frase que avisa de que no hay más riesgo que no arriesgar nunca y que no siempre escuchar la voz de nuestras sensaciones implica virajes tan contundentes como un cambio de profesión, de país o de pareja. La mayoría de las veces es nada más (y nada menos) que una invitación (o una intimación) a enfrentarnos con los «deberías», que surge de lo profundo de nuestro interior y que pretende acercarnos a los lugares en los que más nos gusta estar, realizar acciones que sentimos como auténticas o cultivar más las amistades sinceras y no sólo las de puro compromiso.
No quería, no debía y no podía hacer responsable a mi matrimonio, ni a mis hijos, ni a mi profesión de las tantas veces que en los últimos años me sorprendía privándome de las pequeñas cosas placenteras que estaban a mi alcance. Me doy cuenta de que con demasiada frecuencia gastaba más energía en encontrar un argumento que justificara mi decisión de postergarme que la que ponía en conseguir acceder a lo que deseaba. Me avergonzaba admitir frente a otros (ni hablemos de mis pacientes) lo mucho que disfruto de estar sin hacer nada, el deleite sibarita de meterme en la bañera de agua caliente durante más de una hora o el placer de dedicar casi media mañana a leer el diario del domingo, incluidas las noticias del corazón... (¡Con todo lo que había que hacer... yo allí, perdiendo el tiempo!)
Una tarde le dije a mi paciente Juan Alberto, después de escuchar su larga lista de responsabilidades y compromisos que le impedían disfrutar de la vida:
—Dime, Juan, si mañana o tal vez hoy mismo, el mejor amigo que tienes en el mundo viene a verte, te dice que necesita que lo ayudes, que su vida está en juego y que solamente tú puedes ayudarlo. Si después de contarte lo que le pasa, tú te dieras cuenta de que realmente la única persona que puede salvarlo eres tú, ¿qué harías?
—Tú sabes, porque me conoces, que me pondría a su lado incondicionalmente.
—Me lo imagino —le dije—, pero si para ayudarlo debieras dejar un poco de tu trabajo, delegar algunas responsabilidades y cancelar más de un compromiso... ¿Lo harías también?
—Por supuesto —me contestó Juan Alberto sinceramente.
—Me extraña tanta convicción —le dije para provocarlo—, porque ésa es la situación en la que tú estás. Tu mejor amigo, es decir tú mismo, te está pidiendo que le eches una mano desde hace muchos meses... y se la estás negando...
Yo estaba en ese mismo punto. Aunque reconozco que en aquel momento tenía una pequeña ventaja sobre Juan. El cambio en mi realidad cotidiana que significaba mi separación me daba una excelente excusa para desandar el camino, amigarme conmigo y encarar todas esas actividades que tenía postergadas.
No se trataba de sostener una posición infantil, huyendo de toda responsabilidad. Se trataba de armonizar lo que el mundo me ofrecía con lo que yo era. Se trataba de buscar mi lugar, una manera más sintónica de estar en el mundo. Se trataba de internarme en el mundo de una mayor libertad, un río de aguas desconocidas, que no sabía a qué orilla me acercaría.
Como dice Osho: «Antes de abandonar la orilla de la seguridad, en cierto sentido estabas perfectamente. Sólo te faltaba una cosa: la aventura. Y esa carencia te empujó a hacerte a la mar. Siempre emociona adentrarse en lo desconocido. El corazón empieza a latir con fuerza y de pronto estás vivo de nuevo, totalmente vivo».
No pude ser razonable ni mesurada.
Me embarqué de inmediato en un sinnúmero de ocupaciones de todo tipo. Actuaba como si hubiera estado presa durante siglos.
Quería recuperar el tiempo perdido.
Me lancé como un kamikaze a explorar todos los territorios que me habían estado negados durante años, sometida a los horarios y las prioridades de Luis, sus horribles eventos sociales acartonados y sus aburridísimas cenas de negocios, a las cuales «no quedaba bien» que yo no fuera... (¿Cómo lo haría de ahora en adelante? ¿Iría con ella, con la del hotel de Uruguay? ¿O simplemente dejaría de hacer negocios?... Ufff, no importaba, ¿por qué debía importarme?)
De pronto, mi agenda se hizo más frondosa que la de un jefe de Estado.
Salvo el tiempo que dedicaba al consultorio o a los chicos, durante los primeros meses mi vida se transformó en una vorágine incontenible. Porque una cosa traía la otra: el cine lle-vaba al debate; el teatro, a las cenas de amigos; el yoga, a las jornadas de meditación, y así... Llegaba a casa rendida y me desplomaba en la cama, sin otra idea que dormirme lo más rápido posible y estar descansada al día siguiente para volver a comenzar.
Después de avisarme de que la reposición de El jardín de los Finzi Contini se había pasado a las siete y media de la tarde y que entonces se solaparía con la presentación del libro de fotografía, Sonia me dijo:
—Haces de todo para no pensar, ¿verdad?
Sus palabras quedaron flotando en el aire. Yo simulé no acusar el impacto, porque la siguiente paciente estaba por llegar, pero a las seis, después de terminar la consulta, le pedí a Sonia que tomáramos un té y me dijera sin rodeos lo que pensaba.
—Ya te lo he dicho, me parece que no haces más que ati— borrarte de compromisos para no detenerte a pensar.
—No tengo nada para pensar, Sonia. Estoy recuperando mi vida. Siento que por fin puedo volver a ser yo misma, elegir lo que hago, adónde voy, con quién. Es natural que busque vivir después de tanto tiempo, ¿no?
—No —me señaló con una sequedad que me dejó pasmada.
—¿No?
—No. De esa manera no, Irene.
—Por favor, Sonia, ¿qué pretendes, que me quede encerrada en mi casa como una viuda octogenaria, tejiendo calceta? No quiero quedarme quieta viendo la vida por la ventana.
—Una cosa es ser inquieta y otra es aturdirte. ¿No eras tú la que decía que quería más tiempo para sí, para estar tranquila?
—¿Y eso qué tiene que ver? Ya no es lo mismo, ahora los compromisos los elijo yo. La poca gente que frecuentábamos Luis y yo me aburría. Mi matrimonio era agobiante. Quiero vivir lo que no pude todos estos años.
Sonia me miró de arriba abajo con un gesto de incredulidad y me preguntó:
—Sin embargo, por la cara que te veo, no parece que te diviertas demasiado. Vas y vienes, entras y sales, no paras, pero la satisfacción no se te ve, Irene. ¿No te has preguntado por qué necesitas llenarte de actividades? ¿No será que precisas cansarte, agotarte, porque el vacío que sentías sigue estando?
—No puedo creer lo que escucho —la frené; aunque siempre era una mujer sin rodeos, me pareció que estaba llegando demasiado lejos.
—Pero deberías —sentenció al tiempo que abría uno de los ficheros y revisaba las carpetas archivadas. Cuando encontró la que buscaba, la colocó con ímpetu sobre mi escritorio.
—Toma, aquí tienes uno de los esbozos que hiciste para el libro, antes de dedicarte de lleno al tema de la infidelidad. ¿Te acuerdas? A lo mejor sirve para que refresques tu memoria.
Solamente cuando recuperamos la libertad de decidir, cuando nos acercamos a nuestro verdadero sentir, descubrimos nuestros aspectos creativos y podemos animarnos a hacer lo que deseamos.
Antes de mirar a nuestro alrededor y endilgarle al entorno la pesada carga de nuestro hastío, necesitamos observar los demás aspectos de nuestra vida, para que cuando lleguemos al final del camino no tengamos que coincidir con la frase de Jorge Luis Borges cuando decía: «He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz».
En cuanto terminé de leer, abrí la agenda y revisé cada día de mi semana. Sonia había elegido muy bien el término: atiborrada, así estaba mi agenda. En los tres días que seguían no era posible encontrar ni quince minutos donde intercalar algo para hacer. ¿Tan acostumbrada a vivir atrapada estaba que no podía relajarme y ser libremente? ¿Tan asfixiada como para necesitar la continuidad de la sofocación? ¿Y quién había sido mi carcelero? ¿Luis? ¿Mi matrimonio? ¿Yo misma? ¿Dónde estaba aquella adolescente concentrada en la pintura y en el dibujo, llena de paciencia que iba trazo a trazo, día a día, sin apremios, logrando concluir cada obra? ¿Qué había sido de aquella Irene, cuya tranquilidad solía tomarse por pereza dentro de una familia para la que el movimiento era signo de laboriosidad? ¿Quedaba algo de ella todavía? Volví a revisar la agenda y esta vez me detuve minuciosamente en cada anotación. Era casi una locura. Claramente un escape hacia el torbellino.
No detenerme, no dejar que el tiempo se volviera tedioso, esconder mi nueva soledad detrás de esa especie de promiscuidad de la vida social un poco indiscriminada, mucho que hacer para no tener tiempo de pensar...
Quizá Sonia tenía razón...
Taché el cine de las siete y media y decidí ir a la presentación del libro de fotografía. Y no porque no pudiera tachar ambas cosas y simplemente regresar a casa y pensar. En absoluto. Me había dado cuenta de que la gran ausente de mi agenda era la pintura y no era sólo un olvido. No hacía falta que Sonia me lo recordara, aunque yo estaba actuando como si lo hubiese olvidado, lo que más me gustaba hacer en la vida era dibujar y pintar.
Lo había dejado todo cuando me casé, cuando me quedé embarazada, cuando nacieron lo niños, cuando me volví una terapeuta reconocida. Mis «nuevos amores» me hicieron olvidar la pintura, mi primer amor.
Era hora de regresar, especialmente con la conciencia de que, a veces, regresar es la única forma de poder avanzar.
Fotografía no era igual que pintura, pero al menos se le parecía en el hecho de buscar la estética y encontrar el arte en lo visual, en la forma, en el color. Así que fui. Creo que aquella noche, sintiendo lo que sentía, necesitaba no estar tan lejos del amor.