Capítulo 5
RECUERDO aquellos días como una inmensa nebulosa, en la que, como siempre, mi trabajo era la tabla salvadora de cualquier naufragio. Todo el tiempo que no estaba en la consulta o haciendo cosas de la casa lo dedicaba al nuevo proyecto, el libro que finalmente había decidido escribir. Aunque todavía no iba a confirmárselo a la editorial, pues primero quería evaluar conmigo misma si era capaz de hacerlo.
La repercusión de mi columna en NM me hacía pensar que también desde el libro podría ayudar a muchos otros, aunque en aquella crisis personal y de pareja muchas de las palabras que escribía para un lector o lectora imaginarios saltaban de la página y se convertían en un disparador de ideas, en una ayuda para mi propia reflexión o en una manera segura de observar con cierta distancia lo que me estaba sucediendo con mis confusos sentimientos.
Como otras veces, escribir sobre lo que a mí me pasaba terminaba confiriendo a mis textos un tinte de autenticidad que los volvía, al parecer, más atractivos y más creíbles para quienes los leían.
Debía ahondar en el tema de la infidelidad. Pero no sobre sus causas o motivaciones. Tampoco sobre el caótico momento del descubrimiento. Debía hablar del día siguiente y de los que vendrían inmediatamente después.
Me senté a escribir retomando mi pensamiento donde lo había abandonado unos días antes.
... Ninguna infidelidad es igual a otra y cada pareja necesita enfrentarla desde un encuadre único. Siempre hay una salida, pero es imprescindible y prioritario que ambos quieran encontrarla.
Resulta obvio que siempre hay razones para quedarse y razones para irse de una relación en crisis, y que por mucho que su fuerza sea equivalente deberemos tarde o temprano tomar una decisión. Sin embargo, también es claro que en las primeras semanas o meses el clima que se vive entre ambos no es el mejor para decidir actitudes que quizá no tengan retorno, sobre todo en aquellas parejas que han sido felices, sanas y fuertes alguna vez...
En esas parejas y en todas, una infidelidad debe ser analizada, a priori, como el síntoma emergente de una patología vincular previa; y, por lo tanto, si se quiere continuar con el vínculo, la única forma será dedicándose ambos a hacer crecer los aspectos más inmaduros de los dos, sanar las heridas y poner en marcha lo que está paralizado... La gran duda es: ¿existe o no la posibilidad de hacer esa tarea dentro de una pareja en crisis?
La mayoría de las veces los desencuentros de la pareja se complican más y más a medida que discuten el asunto; y la razón no debe buscarse en la gravedad del problema en cuestión. Se trata de que, casi siempre, la situación no es abordada con la madurez necesaria, especialmente cuando el tema de confrontación roza algún tipo de lucha por el poder, el establecimiento de los propios espacios, una cuota de sufrimiento o simplemente implica un determinado grado de frustración. Es que al ingresar en estas áreas de nuestra estructura interna siempre afloran los aspectos menos resueltos o crecidos de cada uno, nuestras conductas más neuróticas e infantiles.
El mejor antídoto para conjurar esta tendencia explosiva y muchas veces no consciente a las respuestas inadecuadas o irracionales, lo aportará siempre la historia previa del vínculo.
En el caso de la infidelidad, la capacidad de superar el episodio (que para otros es «imposible» de olvidar o perdonar), es mucho más posible en aquellas parejas que han vivido durante años un vínculo mutuamente nutritivo, en especial si han compartido alguna vez (no tan lejana, no tan olvidada) una verdadera conexión de almas.
Solamente un terreno como éste puede llegar a aportar la condición de seguridad necesaria para trabajar lo que sigue al caos inicial: meses de convivencia cotidiana con los fantasmas de la duda y el miedo rondando por la casa.
El que ha sido infiel, en el mejor de los casos intentando hacer visible su compromiso y su voluntad de crecer dentro de la pareja; pero no dispuesto a ser para siempre una persona que está «bajo sospecha».
Quien ha sufrido la infidelidad haciendo lo posible por abrirse a las modificaciones que se necesitan hacer dentro de la pareja y resistiendo la tentación de reprochar o castigar al otro por lo que hizo; aunque también luchando por poder volver a confiar en su pareja sin temor a que vuelva a pasar, cuidando que no se interprete la decisión de quedarse y pelear como un símbolo de la ausencia de autorrespeto.
De todas formas es muy bueno saber que ninguna receta puede suplantar las ganas de volver a estar juntos. Ése es el elemento clave que hace que una relación sea potencialmente salvable después de una infidelidad. Cuando hay ganas de estar juntos, el corazón de ambos se rebela ante la posibilidad de una separación definitiva.
Ahora bien, que ésta sea una condición necesaria, de ninguna forma quiere decir que sea suficiente. De hecho y aunque el mejor de los deseos esté presente, no siempre uno puede leer los movimientos del corazón del otro, menos aún cuando la tristeza, el rencor o el temor a la pérdida nublan la mirada. Después de una infidelidad, cuando el ojo de la tormenta pasa y la confusión de sentimientos se estabiliza, tanto uno como otro necesitarán gestos concretos de su compañera o compañero. Muy especialmente aquellos que dejan establecida con claridad la vigencia de la premisa fundamental: que el otro me sigue importando.
Si en una situación como ésta me animo a ponerlo en primera persona y comenzar, como se debe, por lo que yo puedo hacer, en lugar de esperar que sea mi pareja quien haga el primer movimiento, debo comenzar por preguntarme: ¿Qué estoy haciendo y qué más estoy dispuesto a hacer para que mi pareja note lo mucho que me importa?
Esta cuestión es central si tenemos en cuenta que, seguramente, el mensaje que ha dado el que fue infiel es algo así como: «No me importa de ti». Pero no olvidemos que los mensajes que casi siempre venía recibiendo antes de tomar la decisión de buscar en otra persona le llevaron a pensar: «Ya no le importo».
Por otra parte, la lectura del que se entera de la infidelidad del otro debió ser: «No le importa demasiado de mí ni de esta relación si decidió ir con otra persona». Y necesitará mensajes claros que rectifiquen esta impresión. Sin embargo, será difícil poder recibirlos si no es capaz de mostrar en sus dichos y hechos que acepta y desea que el otro se quede.
La dificultad para muchas parejas es que todo esto deberá ser expresado por ambos con autenticidad, con continuidad, con el corazón entre las manos y con cambios de conducta concretos. Pequeños o grandes cambios en la manera de actuar que hagan que uno pueda restablecer la confianza y el otro pueda sentirse tenido en cuenta. El camino es siempre de menor a mayor y la suma de minúsculos gestos cotidianos es la que crea el clima favorable para el reencuentro.
En las parejas, sobre todo si llevan mucho tiempo juntas, sobre todo si han dedicado los últimos años a educar y criar a los hijos, sobre todo si han destinado gran parte de su tiempo a construir una posición económica o una buena carrera, sucede que ambos se han olvidado de lo que la pareja necesita de cada uno. Un ejemplo son esos gestos afectivos cotidianos pero indispensables que sólo son útiles cuando son creíbles y sólo lo son cuando reflejan lo que nuestro corazón quiere expresar. No estaría mal empezar por aprender o recordar aquellos gestos amorosos que toda pareja necesita. Un desafío inevitable en la reconstrucción de cualquier relación después de una crisis.
Tampoco estaría nada mal (y por qué no hacerlo sin necesidad de enfrentarse a una infidelidad), acercarle a mi compañero o compañera una pequeña lista de lo que me gusta, lo que necesito o lo que es importante para mí.
No en plan de exigirlo, sino más bien en plan de actualizarlo, de hacérselo saber, aunque sólo sea para que, si alguna vez quiere darme algo, sepa que éstas son mis apetencias, que éstas son las cosas que yo más aprecio cuando las hace...
Me detuve.
Si yo hiciera mi lista de hoy...
¿Qué querría que Luis supiera, recordara y quisiera darme?
«Necesito que no te ocupes todo el tiempo de tu trabajo, ni siquiera para que nada nos falte, porque en todo caso en ese camino, me faltas tú.
»Necesito que me llames de vez en cuando para no pedirme nada.
»Necesito poder llamarte cuando me hace falta, sin sentir siempre que te estoy interrumpiendo.
»Necesito que me hagas notar que todavía te gusto y que me deseas, aun antes de llegar a la cama o sin llegar a ella.
»Necesito que comprendas mis ganas de estar una pequeña porción de mi tiempo en soledad.
»Necesito saber que me piensas aun cuando no estamos juntos o especialmente en esos momentos...»
Y mientras pensaba en estas cosas, evocaba el texto de aquella genial Carta de amor que no parece una carta de amor, que escribió hace tantos años Vivian Lew; y recordaba el poema «Quiero» que aprendí de memoria cuando llegó a mis manos y que uno de mis maestros escribió como homenaje a Virginia Satir.
Pensé entonces que quizá podría incluir como cita alguna de esas dos cosas en el libro. O quizá mejor aún, podría animarme a escribir mi propia versión del «Quiero», una versión quizá un poco pensada para mí y para mi pareja, o tal vez una versión para leer junto al otro.
Abrí el artículo y me animé a escribir:
Quiero aprender a escucharte sin juzgar.
Quiero que me enseñes a hablar de nuestras frustraciones sin reproches.
Quiero que aprendas a confiar en mí sin exigirme.
Quiero enseñarte a ayudarme sin intentar decidir por mí.
Quiero aprender a discutir contigo sin pelear.
Quiero que me enseñes a cuidar de ti sin anularte.
Quiero aprender a mirarte sin proyectar mis problemas en ti.
Quiero enseñarte a abrazarme sin asfixiarme.
Quiero aprender a acercarme sin invadirte.
Quiero que me enseñes a potenciar tus habilidades.
Quiero enseñarte a comprender mis limitaciones.
Quiero... que después de lo aprendido, yo de ti y tú de mí, seamos capaces de elegirnos mutuamente una vez más.
Igual que aquel día, pero mejor... porque hoy,
lo que más quiero es saber que eres feliz cuando estás sin mí
y más feliz aún cuando estamos juntos.
Decidí terminar allí ese capítulo.
Quedaban fuera los otros cambios que a veces se necesitan para que la relación se pueda recomponer después de una aventura extramarital. Pensaba, por ejemplo, que quien ha sido infiel debe alejarse de la persona con la que ha entrado en relación y hacerlo de inmediato, aunque a veces eso implique otros cambios como despedir a una secretaria, dejar de ir a un club o renunciar a alguna actividad. No me pareció necesario entrar en el punto de tamañas dificultades, ya bastante difícil había puesto el desafío.
Me di cuenta de que tampoco había querido entrar a analizar el aspecto nada menor de la herida narcisista que significa la conciencia plena de no haber sido el elegido por la persona elegida.
Ahora, al recordarlo, me parece que no lo incluí porque no quise obligarme a pensar en ello.