Capítulo 17

SI no fuera psicóloga y tuviera toda la libertad coloquial del lenguaje, no dudaría en definir a Diego como histérico, en el más vulgar sentido del término. Y que nadie se atreva a decirme que la palabrita viene de hysteros, es decir «útero» en griego, por lo que ningún hombre lo puede ser.

Cualquier mujer sabe qué significa un hombre histérico, y si ha pasado un tiempo como pareja de alguno, sabe también lo que es una relación esquizofrénica. Y que conste que tampoco siento vergüenza de emplear este término tan inadecuadamente, porque también cualquier mujer sabe lo que se siente subida a la montaña rusa de un hombre que va y viene, que huye y vuelve, que quiere y no quiere, que anda que sí, que no y dale que va.

Y una ahí, siendo todo lo madura que puede, tratando de entender, contener, esperar, descifrar... ante un tipo que un día le promete la luna y a la semana siguiente se va de viaje sin siquiera avisar.

Y así fue. Ni más ni menos que una previsible estupidez. Un huracán por el que me vi arrastrada a pesar de conocer al dedillo a los de su clase y cada una de sus argucias. No es excusa, pero me atrapó el corazón. Fue más hábil que yo. Se tomó todo el tiempo del mundo y me dio la mano para atravesar el puente hacia el amor, cuando yo, deseosa de que sucediera, había dejado de cuidarme. Y entonces, en medio del puente, cuando abrí mi alma como la idiota que soy, cuando sintió que yo no era ningún desafío para su narcisismo machista, me asestó el golpe, sin misericordia.

Todavía recuerdo el día después. Me desperté con una angustia espantosa, con una opresión insoportable en el pecho que no podía transformar en llanto. Era la hora de levantarme, pero yo quería seguir durmiendo o, mejor dicho, quería no tener que dejar mi cama al menos durante un par de meses...

Mirando el techo, tumbada en la cama boca arriba, conecté durante casi una hora otra vez con mi soledad. Una soledad agigantada esa mañana debido al hueco que había dejado el final de mi relación con Diego.

Claro que me dolía lo que había pasado. Me dolía y me interrumpía. Me dolía la ausencia de su presencia y me interrumpía la presencia de su ausencia, como decimos los psicólogos.

Era absurdo. Habíamos ido al cine, él me había tenido la mano agarrada durante toda la película y yo había sentido una energía increíble. Al llegar a casa nos dimos un beso, como cada vez que nos despedíamos...

Y al día siguiente desapareció.

Sí, así, sin más.

Se esfumó.

Esperé noticias suyas durante diez días, luego lo busqué durante una semana y después toda la tarde de un sábado.

No tuve manera de encontrarlo hasta que un mes más tarde, finalmente un domingo por la mañana, me llamó por teléfono.

Cuando le pedí una explicación que creía merecer sobre su ausencia inesperada, su respuesta sonó calma y fría como un es-tilete:

—Así no, Irene —dijo—, así no....

Como si lo que había pasado entre nosotros durante los meses de nuestra relación hubiera sido producto de mi imaginación.

Me llamaba, según dijo, para aclarar que entre nosotros no había compromiso, que él tenía todo el derecho y la libertad de desaparecer, de no responder a mis llamadas, de no querer siquiera saber de mí, y que los mismos derechos tenía yo, porque ése era nuestro pacto, implícito y explícito. Un pacto que, según él, yo había suscrito libremente y que ahora pretendía modificar de manera unilateral.

Por supuesto que no me dejé intimidar ni caí en su trampa, que no era otra que la de pretender involucrarme en una discusión para comenzar el juego una vez más.

Yo le mostraría punto por punto sus contradicciones, la otra cara de nuestra relación y la mucha falta que me hacía.

Y él diría que nos encontráramos para hablarlo.

Terminaríamos haciendo el amor, con su puerta de entrada y salida cada vez más abierta.

De eso nada.

A esas alturas yo ya había tenido suficiente con sus jueguecitos. La contención, la comprensión y el ponerme en el lugar del otro, literalmente, se fueron al diablo y decidí que esa vez no se iba a encontrar más que con su espejo, por lo que respiré profundamente y le respondí lo que menos se imaginaba:

—Estoy totalmente de acuerdo contigo, ¡así... no!

Se quedó mudo durante más de un minuto, lo que podría haber sacado de quicio a cualquiera, menos a una psicóloga como yo, acostumbrada a lidiar con los silencios estratégicos. Esperaba que yo hablara, pero no le daría el gusto. Yo le había quitado el poder de hacerme actuar.

—Lo lamento —dijo al fin.

Era casi una disculpa, pero no bastaba.

Siguió un nuevo silencio que esperaba de mí la propuesta de un encuentro, pero no tuvo éxito.

—Adiós, Diego, gracias por llamar... porque no me hubiera perdonado quedarme pensando que eras una mala persona y después enterarme de que en realidad habías muerto en un accidente. Ya he aprendido, ha sido doloroso, pero no tiene sentido intentar cambiar a nadie.

«Te retiro mi alma», pensé y colgué feliz, con una sonrisa. Había aprendido a cuidarme.

Con más claridad que nunca me daba cuenta de que no tenía sentido seguir apostando por esa clase de relaciones. No se trataba solamente de darme un tiempo, se trataba de darme un valor.

Cientos de veces, mis pacientes vienen a la consulta diciendo que están en un vínculo «ideal». Mucha química, mucha afinidad y sobre todo ningún compromiso de futuro, ningún plan a medio plazo; cada uno desarrolla una vida fuertemente independiente sin derecho a reclamaciones.

Al principio así sucede, todo es divertido y placentero. El otro es una amiga o un conocido con quien me llevo bien y que me brinda una escucha atenta, un poco de seducción y el mutuo disfrute de una buena cama.

Sin embargo, el final es siempre el mismo. Alguno de los dos, él o ella, termina enamorándose o al menos sintiéndose más atraído que el otro, y entonces empieza el problema, agravado porque no puede denunciarlo, ya que no forma parte de lo acordado. Sabe que si lo hace seguramente espantará a su acompañante.

Las ventajas iniciales de la relación light se evaporan y el vínculo se convierte en una tortura para el que se ha ilusionado de más y para el que hubiera pretendido algo menos.

Claro que uno se puede cuidar para que esto no le suceda, tratando de mantener siempre una distancia que impida intimar. Pero como siempre ocurre, cada solución trae un problema. Si se pone tanta distancia y tanto límite, esto enfría el vínculo, alejando el peligro y con él también la diversión y el placer que originalmente eran motivo de la relación.

Ahora pienso que la situación más desagradable se presenta cuando uno de los dos propone (quizá honestamente) una relación light y el otro la acepta «porque qué tiene de malo un poco de diversión». Y sin embargo, en el fondo, está necesitando algo más profundo que un par de revolcones. Yo me había enredado en esa odiosa situación. Era evidente, dado mi dolor, que había estado buscando algo más, y que cuando inevitablemente me di cuenta de que este tipo de relación no me servía, ya estaba suficientemente involucrada como para sufrir por la ruptura más de lo que Diego merecía.

Tenía que ocuparme de trabajar la falta de cuidado de mí misma. En última instancia, no toda la responsabilidad era de él. Cualquiera que se tome demasiado seriamente las frases que incluyen la palabra amor en las primeras cuarenta y ocho horas, está decidiendo entrar en un juego peligroso.

Cuidarme no es desconfiar, es hacer lugar a mis alertas interiores, apostar por mi capacidad de ver lo que hay, me guste o no lo que veo.

A media mañana, Sonia, que a esas alturas se sentía bastante culpable de habérmelo presentado, me vino a buscar para dar un paseo y sentarnos a tomar un café cerquita del agua, como tantas otras veces.

Delante de nuestro café, Sonia intentó pedirme que le perdonara la travesura, pero yo le resté importancia. Me había dado cuenta de que podía enfadarme con varias personas por lo sucedido, pero sobre todo conmigo.

—¿Sabes qué pasa, Sonia? Que siempre me quedo enganchada en lo que hace el otro. Y no es que niegue lo que el otro hace, pero ¿cuál es mi parte en esta historia? Va siendo hora de que deje de enfadarme con los demás por todo lo que me sucede... Necesito descubrir qué y cuánto es lo mío.

—Entiendo, Irene. Cuando yo me separé, mi primera gran batalla no fue contra el que había sido mi marido, sino contra la sensación de que no iba a poder con lo que seguía... —Sonia sonaba verdaderamente acongojada—. La tentación de quedarme en el papel de víctima era muy grande. La culpa es del otro y yo no tengo nada que ver, salvo preguntarme y preguntarme por qué ha tenido ese comportamiento conmigo.

—Es cierto, Sonia —le dije—, pero en esta situación, lo que me sorprende es que el dolor de su partida no tiene relación con la magnitud de mis sentimientos... Es raro.

—Tal vez es más la herida del orgullo. El golpe a tu vanidad... Se fue de golpe, sin avisarte, sin darte tiempo a nada...

Mi asociación me congeló... Sin avisarme... Ni darme tiempo a nada...

Se había ido así, tan de improviso, sin decir nada, sin despedirse...

Un día, muchos años atrás, saludé a mi padre en el pasillo.

Llevaba puesta una camisa turquesa.

Todavía recuerdo su sonrisa y su alegría, se iba a ver a su hermana que vivía en Bariloche.

Salí para la facultad y cuando regresé supe que había tenido un accidente en la carretera y que había muerto en el acto.

Así de golpe.

No tuve tiempo de prepararme. Se fue sin despedirse.

La angustia me doblaba.

Mi padre se marchó de mi vida sin un adiós.

Seguramente me defendí como pude, y lo hice bien, porque hasta ese momento nunca me había dado cuenta de que aquella desaparición imprevisible había dejado una herida abierta.

Ahora entendía la ironía que le había soltado a Diego: «No quiero enterarme de pronto que has muerto...».

Aquella misma angustia regresaba, la voz de una niña desde adentro gritaba: «No me dejes así, no te vayas sin despedirte».

Aunque la circunstancia fuera completamente diferente, la partida de Diego había abierto la puerta a viejas emociones asociadas a esa pérdida. Como si necesitara volver a sentir lo que había escondido durante tantos años.

—Comienzo a ver claro —le dije a Sonia, mientras las lágrimas asomaban en mis ojos—. No se trata de Diego. Él es menos que una anécdota en mi vida. Es su partida abrupta la que misteriosamente me ha conectado con aquellas sensaciones de dolor e impotencia que me dejó la muerte de papá.

La mente tiene esos recovecos incomprensibles. Un hecho trascendente se asocia a otro nimio y viceversa. Nunca sabría por qué ese recuerdo se volvió a instalar en ese preciso momento, pero estaba pasando y yo lloraba al lado de Sonia, que me abrazaba.

El llanto fluía, y con cada lágrima yo iba entendiendo más y más que no lloraba su partida. No se trataba de él, se trataba de mí y de mi dificultad para enfrentar situaciones como ésas.

Esta visión y poder llorar me ayudaron a comprender, a ponerme en paz conmigo y a retirar mi deseo de resolver con Diego lo que no era suyo. Y allí mismo dejé de añorarlo.

Por supuesto que siempre hay dolor cuando algo se trunca y existe la necesidad saludable de hacer un duelo, pero si el dolor se prolonga o su intensidad claramente no se corresponde con la pérdida, cabe preguntarse qué cosa de nuestra historia está en medio.

A pesar de lo sucedido, o quizá debido a ello, cuando Sonia se fue me quedé pensando que tenía que dejar de centrarme tanto en el pasado, en los motivos, en las causas. Quizá sería más positivo para mí enfocarme en el futuro. En todo caso, trabajar para cerrar heridas, pero con la intención de prepararme para una vida mejor.

Tenía a mi disposición la excusa y la oportunidad perfecta. Debía ocuparme de un artículo para Nueva Mirada. ¿Por qué no escribir sobre la preparación del alma para la llegada de un nuevo amor?

El amor después del amor

Cuando experimentamos la herida de una separación, un dolor profundo se apodera de nosotros, por lo que solemos cerrarnos y tomar distancia del amor. Pero tarde o temprano, y aunque sea a pesar nuestro, el ansia de volver a amar aparece nuevamente y con ella la posibilidad de nuevas relaciones. Sin embargo, si el sufrimiento fue mucho, nada será igual. La experiencia del dolor ha quedado inscrita en el cuerpo y el miedo a sentirlo nuevamente nos vuelve —sin que lo advirtamos— distantes, cerrados, desconfiados.

Dudamos del otro, pero también de nosotros mismos, tememos que aparezcan nuestros antiguos patrones de conducta, esas viejas actitudes que de antemano sabemos que no funcionarán y que, sin embargo, no podemos evitar.

Es importante recordar que cada relación es una nueva oportunidad para resolver viejos problemas. En la intimidad, vemos con claridad los temas del otro, exactamente con la misma claridad que él o ella ven los nuestros. Si sabemos mirar, en la pareja hay un aprendizaje forzoso del otro, y justamente por eso podemos llegar a conocer mucho de nosotros mismos. Los conflictos de pareja muestran nuestros puntos vulnerables. Por eso, si lo sabemos aprovechar, cada pareja nos brinda la ocasión de conocernos y madurar.

Cuando uno se da cuenta de esto, siente la tentación de cerrarse al amor. Porque el desafío de abrirse a él conlleva las posibilidades y las dificultades de cualquier camino de crecimiento. Nos proponemos quedarnos andando en círculos entre los telones grises de nuestro mundo «seguro», pero pronto nos olvidamos del miedo y, empujados por nuestro deseo de sabernos vivos, volvemos a intentarlo.

Siempre hay dos opciones existenciales: estamos en el amor o estamos en el miedo.

Cuando estamos instalados en el miedo, tememos ser heridos y el corazón se cierra, el ego toma el control y queremos un disfrute sin riesgos. Nos volvemos posesivos, queremos todo de todos, que nos contengan, que nos tengan en cuenta permanentemente, que no nos sofoquen ni manipulen.

Queremos, queremos y queremos; y hasta nuestro dar es evaluado según lo que hemos de recibir.

Cuando uno se separa de la historia actual y puede observar la manera en que el miedo trabaja, en esa acción se gana conciencia y el miedo afloja.

Por ejemplo, existe la tendencia a creer que es el otro el que «nos da» su amor.

Sin embargo, en la práctica, el otro sólo es un espejo del amor que damos.

Desde este punto de vista amar es encontrar al ser que es capaz de reflejar el amor que irradiamos.

Pero si no nos damos cuenta de que el otro es sólo nuestro espejo, cuando la separación ocurre, nos aterramos al creer que al irse el otro se lleva nuestra capacidad de amar, aunque eso sea tan absurdo como pensar que me rompo en pedazos si alguien destruye el espejo en el que me estoy mirando.

Al saber que mi capacidad de amar es mía y nadie puede llevársela, uno de los miedos frente a su partida desaparece.

El miedo tiene mucho poder, sobre todo cuando no es consciente, y por eso conocer y aceptar nuestros temores nos ayuda a desatarlos.

No hay manera de saber de antemano cómo va a funcionar una relación, ni de calcular si va a perdurar toda la vida, pero se puede ayudar a que así sea, se consigue entregándonos a lo que hay, sin exigencias, sin expectativas.

No es fácil.

Hemos sido heridos y no queremos que vuelva a suceder, y para evitarlo tenemos ideas, estrategias y expectativas acerca de cómo debe ser nuestra próxima relación. Nos volvemos rígidos, exigentes y no dejamos que la relación fluya en forma natural. Queremos «empujar el río» para que corra por donde decidimos que nos conviene, y entonces la relación se vuelve forzada y sin libertad.

El tiempo y la capacidad de amar

Si el amor gana sobre el miedo, si sabemos mirarnos y nos dejamos mirar, tendremos la mejor ocasión de madurar, y así nuestra capacidad de amar podrá ir en aumento.

A medida que crecemos, dejamos atrás la manera de enamorarnos de los veinte años. Quizá quede atrás algo de locura, pero pueden abrirse paso la profundidad y la madurez, una madurez necesaria para que, sin dejar de buscar un amor perfecto, seamos capaces de disfrutar de un amor real, entre personas reales.

Más que a una columna periodística, lo escrito se parecía a un conjunto de deseos y bienaventuranzas. «Pero no está mal —me dije—. También los lectores de la revista pueden sentir la necesidad de enfrentarse al fantasma de la desesperanza y apostar después por el amor.»

En cuanto guardé el documento sonó el teléfono. La secretaria de la galería donde habíamos hecho la exposición me llamaba para avisarme de que otro de mis cuadros se había vendido.

Una de cal y otra de arena, decía siempre mi padre cuando lo bueno y lo peor se juntaban en un instante. Muchos años después, Luis me explicó que lo bueno era la cal, blanca y suave, contra la aspereza de la arena.

«Como en el amor —pensé—, a veces uno no sabe qué es lo bueno y qué no lo es.»