Capítulo 13

LOS efectos y recovecos de la culpa son interminables.

La voz introyectada del más severo de nuestros padres o del más temido de nuestros maestros parece estar allí cada vez que nos apartamos del modelo, para murmurarnos al oído sus acusaciones. Bastaría con convertirnos en observadores de nosotros mismos para notar la manera en que, directa o indirectamente, nos enjuiciamos. Actuamos como si no quisiéramos desprendernos de esas limitaciones heredadas. Como si nos sintiéramos más tranquilos cargando con esas tablas del bien y del mal que nos parecen más sólidas que nuestra percepción de la realidad. Quizá ingenuamente hemos decidido confiar en nuestros educadores y pensamos que todo será mejor si obedecemos los mandatos, si todos hacemos sólo lo debido, si nos guiamos por el código de Hammurabi[1] más que por el de nuestro cuerpo o nuestro corazón...

Y sin embargo, el sentimiento de culpa no parece ser una buena ayuda a la hora de buscar lo mejor para cada uno de nosotros. Es harto sabido que el alcohólico no sale de su condición por mucho que su juez interno y todos los jueces del mundo lo culpen, lo denigren y le digan que está mal beber. La experiencia profesional nos enseña que sólo puede aspirar a dejar su adicción cuando reconoce y acepta amorosamente su estado y en lugar de sentirse despreciable se considera querible, digno de ayudarse y de recibir ayuda.

Casi siempre nos sentimos culpables frente a alguien, pero para que la culpa germine es imprescindible que alguna parte de nosotros esté de acuerdo con la supuesta o real acusación del otro. Esto es particularmente importante porque explica el motivo de la necesidad de ayuda para reconocernos como los principales generadores de nuestros sentimientos de culpa.

Yo ya había vivido una situación muy similar a la de la playa, con Nicolás, aunque aquélla había sido mucho más intensa.

Cuando Renata cumplió cuatro años y empezó a ir a la escuela, yo me decidí a retomar mi formación como terapeuta en los Estados Unidos, que había dejado inconclusa al casarme. Viajaba tres o cuatro veces al año durante una o dos semanas para asistir a algún curso sobre nuevas técnicas de abordaje o para experimentar en mí misma los ejercicios de los talleres de Esalen, en California.

El día anterior a mi partida, mi madre indefectiblemente pasaba por casa para «despedirse» de mí. Una y otra vez, ella me preguntaba, como de pasada, si era realmente «necesario» que siguiera viajando. Después de todo yo ya era psicóloga y podía conseguir que me enviaran todos los libros de actualización que quisiera. Además, «deslizaba» al final, yo tenía que darme cuenta de que si el avión se caía, mis hijos quedarían sin madre.

Por supuesto, me enfadaba muchísimo con ella, y después de prácticamente echarla preparaba mi maleta y viajaba igual, no dándole lugar a su comentario. Y, sin embargo, cuando llegaba a Estados Unidos, la culpa comenzaba a hacer su trabajo y la mayoría de las veces ningún curso me parecía lo suficientemente bueno para justificar mi decisión de dejar el hogar.

Fue justamente en un taller en Big Sur, cuando en un ejercicio de «silla vacía»,[2] convocando imaginariamente a mi madre, me di cuenta de que eran mis propias ideas sobre lo que debía hacer las que me pesaban, y no las sugerencias de mi madre. Era cierto que ella reprochaba, pero sólo me afectaba porque yo me identificaba con ese reproche.

Si seguí viajando fue porque estaba convencida de que mi formación lo necesitaba, y también gracias a que Luis en ningún momento se sumó a la diatriba materna ni a mis propios prejuicios, todo lo contrario, me estimulaba para que viajara cada vez que lo creyera necesario.

Cuando volvía, renovaba esa decisión de viajar, me encontraba crecida personal y profesionalmente, llena de amor por mi familia, y el contacto con mis hijos era inmejorable; pero cuando estaba allí, seguía sintiéndome culpable.

El trabajo de salir de la trampa fue, siguiendo las instrucciones de mi terapeuta de entonces, observar los pensamientos, las ideas y las frases que se me ocurrían cuando la culpa me invadía. Eso me ayudaría a darme cuenta de que cada «debería» partía finalmente de un prejuicio. En el tercer viaje ya tenía la certeza de que lo único que de verdad «debía» hacer era enseñar a mis hijos que uno sólo debe hacer lo que cree que es lo mejor para sí y para los que ama, acertada o equivocadamente... Y debía hacerlo con el ejemplo.

El matiz diferente de esta nueva oleada culposa era que en aquel momento nada ni nadie podía objetivamente cuestionarme la necesidad de la formación académica, ni siquiera la más boicoteadora de mis Irenes internas.

Esta vez no podía esgrimir un argumento semejante; liarme con un hombre más joven que yo tan rápido no era la respuesta a una necesidad «aceptable» y por lo tanto no era una actitud que tuviera buena prensa ni para mi madre, ni para mis hijos, ni para mi ex, ni para mí.

Me repetía cada mañana y cada noche que la culpa era un sentimiento inútil y perjudicial, que socava nuestra estima tratando de convencernos de que está mal ser como somos. Que está mal darse el permiso de levantarse tarde cada día, que está mal dedicarle más tiempo a la pintura que a leer el periódico, que está mal liarse con alguien y peor aún si una de las razones es la fantasía de disfrutar irracionalmente de la propia sexualidad.

Como dice John Welwood, la base del sufrimiento humano es el enjuiciamiento, especialmente el propio. De su mano, un gusto amargo impregna nuestras relaciones y cuando es intenso empieza a abarcar toda nuestra vida.

Aunque suene molesto y no sea argumento, hacemos lo que podemos. Ni más ni menos. Esto es verdad, pero no nos quita ni un poco de la responsabilidad de todo lo que hacemos y decimos. Podemos evolucionar, crecer, sentirnos mejor, pero nunca lo haremos si prestamos atención a ese juez interno que nos muestra cuán incapaces somos. Ese juez que sólo conduce a la impotencia. En cambio, cuando nos amamos, aceptamos y valoramos sin juzgar nuestras carencias, nuestra imperfección y nuestra vulnerabilidad, no perdemos tiempo en pelearnos por cambiar. Es entonces cuando el amor y la compasión crecen en nosotros y, para nuestra sorpresa, el cambio se produce sin esfuerzo.

Como uno de mis maestros me enseñaba, detrás de todo culposo se esconde un exigente, que se ha hecho objeto de sus propias exigencias, y si eso era cierto yo quería deshacerme de ambas Irenes, la exigente y la culposa, o cuando menos conseguir que hicieran silencio de vez en cuando.

En mis cajas de archivo encontré los apuntes de aquellos talleres donde había conocido y explorado esa línea.

Tenía que trabajar mucho si verdaderamente quería disfrutar con Nicolás o con quien fuera de alguna otra escapada como la que había arruinado sin querer.

En principio, me volqué en rehacer mi lista de las tres columnas: «Lo que Debo», «Lo que Quiero», «Lo que Puedo», en ese orden.

En la primera columna, por supuesto, enumeré todo lo que se suponía que yo «debía» hacer, desde mi punto de vista y desde el de los demás, en el presente y en el futuro inmediato, lo urgente y lo importante.

Obviamente, mi jueza interna disfrutó muchísimo mientras duró, y decidió dejar la escena cuando a conciencia me metí con la segunda columna.

Se trataba de escribir todo lo que verdaderamente yo deseaba, sin prejuicios ni inhibiciones, sin hacerme cargo de ninguna imposibilidad y sin importarme el tiempo o esfuerzo que consumiría obtenerlo.

Finalmente llegué a la última. La columna de lo posible. De alguna manera, la que permitiría congeniar las dos anteriores. Algo así como: ¡Quiero esta cosa, pero debería tal otra, quizá pueda...!

Entre quedarme en mi casa pendiente de que mis hijos me necesitaran e irme a vivir una temporada junto al mar, sola o acompañada por un hombre que me volviera un poco loca, no estuvo mal decidir que sí podía disfrutar una vez al mes o cada dos meses de algunos días de permiso (no estaba mal, pensé, darles también a mis hijos oportunidad de descansar de mí).

Seguramente esta tercera columna, la del «Puedo», fue la que menos me gustó, pero de alguna forma era la más realista de las tres y la más saludable. La primera columna me había acompañado desde siempre y no había sido ni era de ninguna utilidad, salvo como autotortura. La segunda no tenía demasiadas posibilidades de ser concretada, y era utilizada por mi sombra (como la llamaría Jung) para martirizarme o victimizarme, según fuera la ocasión.

Releí lo que había escrito. Era evidente que la mayor fuerza y convicción la tenía la primera columna. La omnipotente jueza Irene sabía muy bien lo que decía... y a quién.

Pensé que debía plantarle batalla y pensé después que esto también era un debería. Me di cuenta de que en la construcción de mis deseos mi parte exigente siempre conseguía filtrarse. En realidad, quería plantarle batalla... y derrotarla, machacarla, exterminarla... Pero, claro, venía yo del ejercicio planteado, así que volví a corregir mi «anclaje» interno. Quería y podía trabajar para anular la influencia y el sufrimiento que mi jueza interna me causaba cada día. Si trabajaba en ello estaba segura de que podría conseguir que mi autoexigencia se fuera esfumando poco a poco, y con ella se esfumara también la culpa, su discípula preferida.

Me sentía encantada con mi decisión, no podía ser tan difícil. ¿Cómo había sido tan tonta de no hacerlo antes?

Terminé de hacerme esa pregunta y me di cuenta de que ya estaba enjuiciándome otra vez, acusándome de tonta y martirizándome con la exigente idea de que debería haberlo resuelto antes.

Quizá no fuera tan sencillo abandonar el hábito de maltratarme. En todo caso podía empezar por cambiar las preguntas o los comentarios insultantes para conmigo misma por algún pensamiento más constructivo o por preguntas más amorosas.

¿Qué me habrá llevado a ser tan dura conmigo?

¿Para qué llevé a cuestas esta actitud durante tanto tiempo?

¿Qué buscaría yo comportándome de aquella manera?

Sin lugar a dudas sería una dura tarea, especialmente porque era y soy una persona entrenada en el tema y mi subconsciente también lo es. Pero no podía desanimarme, el objetivo era loable: cultivar un mejor interés por mí misma.

Fue una guerra interesante en la que durante semanas se alternaron batallas victoriosas y estrepitosos fracasos. La culpa y la autoexigencia fueron perdiendo fuerza, pero en su lugar, lamentablemente, apareció una creciente desesperación y una inapelable conciencia de la impotencia en la que me dejaban mis limitaciones.

Por ejemplo, me lastimaba darme cuenta de que no podía estar en más de un lugar al mismo tiempo, por mucho que fuera mi deseo hacerlo. En esa época deseaba con convicción compartir algo de tiempo con Nicolás, tanto como quería no perderme nada de la vida de mis hijos, ni postergar un instante más algo que iba surgiendo como un área fundamental de mí misma: la pintura.

Renunciando a la tortura de correr por la vida intentando no dejar pasar nunca nada, no tuve más remedio que enfrentarme a cada momento con la necesidad de elegir.

Para mí siempre ha sido casi fácil escoger entre lo que quiero y lo que no quiero, y en aquel momento no dudaba que podía empezar a enfrentarme, sin temblar, con la necesidad de optar entre lo que quería y lo que debía, pero el problema que se me planteaba era otro, me perturbaba la idea de tener que elegir sólo una de entre varias cosas que quería.

Como nos sucede a todos, creo, mi mayor problema siempre había sido ir en la dirección de algo que deseaba, renunciando a otra cosa que me apetecía por igual, pero que era incompatible con aquélla, por lo menos en ese instante.

Esos momentos de la vida donde la frase de Fritz Perls tomaba más vigencia:

«Teniendo en cuenta esta situación y todos sus componentes y aceptando que, como siempre, es imposible tenerlo todo, ¿qué prefiero?»

Claro. La pregunta en esas circunstancias no puede ser: «¿Qué quiero?», ni tampoco «¿cuál me agrada menos?». La pregunta debe ser: «Aquí y ahora, de estas dos posibilidades, ¿cuál prefiero?».

Ése era mi camino, habituarme a preguntarme una y otra vez, en cada momento, qué prefería y alinearme con mi elección, por lo menos hasta la siguiente vez en que tuviera la posibilidad o la necesidad de elegir.

Y esa necesidad se presentaba con demasiada frecuencia. El motivo era algo que yo solía soslayar con ahínco, pero que a medida que transcurrían los meses se hacía evidente. Nicolás y yo no teníamos ningún deseo de hacer pública nuestra relación. Las razones que se podían argumentar, familiares, laborales, sociales, eran sólidas, pero supongo que también la idea de lo transgresor y prohibido, de lo oculto, le ponía un punto de excitación adicional a nuestros encuentros, algo a lo que no queríamos renunciar, aunque no ignorábamos que también nos complicaba.

Esas complicaciones eran las que aquella mañana me habían despertado con migraña. Intenté resistir, con esa, a veces estúpida, actitud «heroica» de no querer tomar siquiera una aspirina; pero al llegar a la consulta lo primero que hice fue pedirle a Sonia que me acercara una de esa pastillas rojas que quitan el dolor de cabeza hasta a un rinoceronte.

—¿Qué pasa? —preguntó Sonia, no tanto por la migraña como por mi gesto que siempre ventilaba mis preocupaciones, por lo menos frente a ella.

—Tengo demasiadas dudas —le respondí a Sonia.

—¿Respecto de tu relación con Nicolás?

—Sí y no —contesté en lo que parecía un vago intento de dejarlo allí.

—¿No estáis bien? —inquirió Sonia, pasando por alto mi respuesta, nunca más ambivalente.

—Mañana Patricio toca con su grupo en un pub nuevo y Renata me ha pedido que vayamos juntas a verlo, pero Nicolás y yo habíamos organizado un encuentro, de hecho él ha cancelado algunas cosas para que podamos encontrarnos, y ahora tengo que elegir qué prefiero y me molesta.

—También podrías elegir darte el gusto, por una vez, de tener ambas cosas. Quiero decir podrías invitar a Nicolás a ir con vosotras.

Yo temblé cuando escuché su propuesta, aunque sabía que el comentario no era para nada impertinente.

—Sí, seguramente podría, pero no estoy muy segura de que quiera que los chicos conozcan a Nicolás...

—Primero que los chicos no son tan chicos como para creer que su madre teje calceta cada noche mientras añora la vida conyugal. Y segundo, ¿cuál es el problema de presentárselo a ellos? Después de todo es tu amigo, tu compañero, tu «pareja», aunque sea así, entre comillas.

—No sé, Sonia —dije, supongo que reaccionando al calificativo de pareja—, somos tan diferentes...

—Pero cuánto me alegro —dijo Sonia, restándole dramatismo a mi comentario—. De lo contrario os aburriríais muchí-simo...

—No seas mala..., es bonito estar con él, nos divertimos, lo pasamos bien, sobre todo cuando yo tengo un buen día. Entonces me digo: «Irene, deja de pensar tanto en el futuro, disfruta de lo que hay», y lo hago; pero si tengo el día cruzado, la situación me trae muchos problemas...

—No deben ser sólo problemas lo que te trae... —sugirió Sonia con doble sentido.

—Es cierto, tenemos buena química, hay pasión... pero no sé. Supongo que lo siento como algo efímero. Demasiado efímero para presentarle a Patricio o a Renata.

—¿Efímero él o la pasión?

—Creo que las dos cosas...

—¿No tendrás prejuicios por la diferencia de edad, no? Por lo que me contaste no es tanta...

—No son los años... le llevo apenas tres —aclaré—, pero es su actitud la que no me termina de convencer. A veces me siento querida, contenida, abrazada, pero otras lo veo como a un niño que todo el tiempo está buscando un juguete nuevo, y a mí...

—Y a ti ya te tiene...

—A lo mejor me equivoco, pero no quiero dar ningún paso hasta que termine la etapa de la pasión. Cuando toda esta locura del encuentro pase un poco, veré qué hago.

Y el momento llegó, desde luego.

Era una mañana de domingo, en su casa.

Yo me había quedado a dormir porque aquella noche mis hijos estaban con Luis.

Después de desayunar, Nicolás estaba leyendo el diario recostado en el sofá del salón, cuando yo me levanté para ir a ducharme.

Llevaba puesto un camisón con una bata muy corta. El sol entraba de lleno por el ventanal.

Y de pronto, mientras me alejaba, escuché «la» pregunta:

—¿Qué son esos hoyuelos que tienes en los muslos?

Un timbre sonó de inmediato en mi interior.

«Horror», me dije.

Y vino a mi memoria aquel texto que escribí inspirada en una frase de Kundera.

Dice Chantal, el personaje de Kundera en La identidad: «Los hombres ya no se vuelven para mirarme».

Las mujeres medimos el paso del tiempo de acuerdo con el interés que tienen los hombres por nuestro cuerpo. Siempre pienso en lo importante que es para una mujer ser deseada. Yo atravesé esa barrera, pocos hombres se dan vuelta para mirarme. La única respuesta para este difícil momento en la vida de una mujer es el amor.

¿Cómo no nos ha de preocupar a las mujeres el amor, si cuando un hombre nos mira con los ojos del amor, cuando nos desea, sabemos que nuestro cuerpo se convierte en un lugar especial, a pesar de que existan otros más bonitos a los que mirar?

Con el amor la unión de esos cuerpos se transforma en algo único y cada uno puede sentirse en paz y armonía con el universo en una sensación de unión con el más allá que nos muestra que no estamos solos.

Cuando eso sucede, ya no me importa que los hombres no se den la vuelta para mirarme. Hay un hombre que tiene ojos de amor para mí. Tampoco yo tengo deseo de otro hombre. Ya no importa envejecer, si es al lado de alguien a quien amamos, un hombre que a pesar del tiempo nos elige de entre todas las mujeres para compartir su vida.

Sólo el amor hace que no tenga importancia que el cuerpo envejezca...

Mi historia de amor con Nicolás estaba terminada.

[1]Compilación de leyes que establecen lo que está bien y lo que está mal, auspiciada por Hammurabi, rey de Babilonia, que constituye el primer código conocido de la historia.

[2] Recurso terapéutico gestáltico en el que el paciente se enfrenta a partes de sí mismo con las que se encuentra en conflicto.