CAPÍTULO VII

CON UNA ÚLTIMA en Conamay, isla de alguna extensión perteneciente al imperio uchime, la expedición se adentró en la inmensidad del océano en busca de la primera de aquellas islas escalonadas que formaban a modo de un camino natural desde el continente austral al tenebroso país de los insectos gigantes.

Un millar de «archoeópteryx», aquellas aves gigantescas a las que los uchimes llaman «muscari» y que también existieron en la Era Secundaria de la Tierra, formaban la expedición. De este millar sólo ochocientas iban montadas por guerreros obitas. El resto se utilizaba para transportar municiones, provisiones y equipo y, eventualmente, para ser utilizadas en el caso nada improbable de registrarse bajas entre el pequeño ejército alado.

Volaban las «muscaris» formando una línea ondulante, que abarcaba unos ocho kilómetros de extensión y marchaban a las órdenes de los cuatro terrícolas, cada uno de ellos equipado con una emisora de radio portátil en previsión a un posible extravío entre las nubes bajas y las lluvias tan frecuentes en aquel planeta y más aun a medida que progresaban hacia el norte en busca de la línea del ecuador.

Serias dudas afligían a los terrícolas en el momento de abandonar la última tierra conocida y adentrarse sobre el desolado mar. ¿Estarían las islas indicadas en el mapa donde deberían estar?

Los antepasados de Duibo que confeccionaron aquel tosco mapa carecían de brújula y de medios para calcular las distancias. Una desviación de pocos grados al comienzo de la etapa podía traducirse en un error de centenares de kilómetros al final de la jornada. Y entonces, ¿dónde se posarían las «muscaris» para recobrarse de su fatiga?

Mister Peace creía que las islas debían ser más numerosas que las consignadas en el mapa, ya que, de lo contrario y estando en el mapa separadas por grandes distancias, no se concebía que los antiguos uchimes pudieran llegar a Kotimak sin una feliz casualidad repetida a diario a través de seis mil kilómetros de océano.

Tal casualidad, como los terrícolas pudieron comprobar con alivio, no existió en el viaje de los uchimes. Las islas eran muy numerosas. Lo que hizo el antepasado de Duibo fue consignar en el mapa únicamente aquéllas donde él y su ejército alado hicieron escala. Las demás las ignoró o las desdeñó, lógica por demás primitiva que le ahorró trabajo y sumió en la confusión a los que intentarían repetir su hazaña dos o tres siglos después.

Por la tarde, después de haber volado diez horas seguidas desde Conamay, la expedición divisó un par de pequeñas islas cubiertas de exuberante vegetación. En el horizonte, hacia el oeste, se divisaba entre la bruma otra isla aún mayor.

La isla donde aterrizaron las «muscaris» estaba completamente desierta en lo que a seres humanos se refería. En cambio, abundaban en ella las aves, las tortugas gigantes y los grandes «ictiosauros», que también vivieron en la época secundaria terrícola.

Allí, también, encontraron media docena de cadáveres de hombres-insecto y un par de gigantescos saltamontes, todos los cuales presentaban heridas de bala y, algunos, flechas clavadas en el cuerpo que los obitas reconocieron sin dificultad como propias.

—No llevan muchos días aquí —dijo mister Peace después de examinar los cadáveres—. Esto indica que estamos en el buen camino. Los insectos debieron llegar a esta isla después de atacar nuestra ciudad y murieron a causa de las heridas recibidas en el combate.

Aunque estaban ansiosos por llegar a Kotimak y dedicarse a la búsqueda de la astronave, los terrícolas decidieron ser prudentes. Así, cuando al día siguiente encontraron unos islotes después de volar trescientos kilómetros, se detuvieron hasta el día siguiente en él, a pesar de ser mediodía y quedarles toda la tarde para volar otros doscientos o trescientos kilómetros hasta la próxima isla.

Pero la isla más próxima que encontraron al día siguiente estaba a unos seiscientos kilómetros de distancia. Por lo tanto, si hubieran desdeñado los islotes del día anterior y hubieran seguido volando, la impenetrable oscuridad de la noche venusina les hubiera envuelto antes de alcanzar aquella isla situada a seiscientos kilómetros y no la hubieran podido encontrar antes del amanecer, cuando hasta la «muscari» más resistente ya habría caído al mar rendida de fatiga.

Para evitar los tifones y tormentas, tan característicos de aquellas latitudes y de todo Venus en general, los expedicionarios se dejaban guiar del infalible instinto de las «muscari». Si éstas se mostraban remisas a emprender el vuelo, o daban media vuelta o se dejaban caer en el islote más próximo, era señal evidente de que las condiciones meteorológicas no eran apropiadas para volar aquel día.

Y en tal caso, los terrícolas tascaban su impaciencia y aguardaban hasta que los acontecimientos demostraban lo certero de las apreciaciones de las aves.

De vez en cuando, en las islas que iban visitando, los expedicionarios se tropezaban con algún que otro hombre-insecto, abandonado allí por la muerte del gigantesco saltamontes que le sirvió de montura, por habérsele escapado o sólo Dios sabía por qué otra causa. Frecuentemente estos horripilantes monstruos se acercaron al campamento con ánimo de sorprender alguna víctima.

Pero aunque dos o tres veces consiguieron su propósito, lo más corriente era que el insecto fuera sorprendido a su vez por un escopetazo a bocajarro.

Los campamentos, por lo tanto, tuvieron que ser estrechamente vigilados. Y no sólo para protegerse contra los hombres-insecto, sino también contra los gigantescos «ictiosauros» y otras alimañas aún más peligrosas. Entre éstas se contaba una especie de monstruoso escorpión del tamaño de un caballo, el cual iba armado en el extremo de su cola de un aguijón tan fuerte como un puñal y que si no mataba a su víctima al clavárselo, lo mataba fulminantemente con el veneno que destilaba.

Estos insectos, como ciertas salamandras de la corpulencia de un cocodrilo, pero que eran muy tímidas y proporcionaban una carne exquisita, eran propias de la zona tropical hacia la cual se dirigía la expedición, y su presencia en las islas una prueba irrefutable de que estaban acercándose a Kotimak.

También la flora iba cambiando a medida que la expedición avanzaba hacia el ecuador. La zona tórrida de Venus vivía en plena era primaria o del «carbón fósil», en contraste con los casquetes polares donde los animales y las plantas correspondían a la era secundaria o mesozoica.

La temperatura aumentaba y con ella las tormentas y las lluvias torrenciales. La expedición se acercaba a aquel siniestro continente donde los venusinos creían localizar el infierno de su sencilla y primitiva religión.

Un día, después de cuatro semanas de peregrinar de isla en isla, los expedicionarios divisaron los primeros hombres-insecto cabalgando en sus monstruosos y veloces saltamontes. Formaban una pequeña patrulla de unos treinta o cuarenta y lucían aquellos casquetes de refulgente oro, como los que solían llegar hasta el país de los obitas en anual y asoladora inmigración.

Los hombres-insecto se acercaron para examinar mejor a los intrusos, aunque manteniéndose a una distancia prudencial. Erle hizo una seña a Zurk, que era entre todos los oficiales obitas aquél que más confianza le inspiraba.

Zurk entendió la seña e hizo otra a sus hombres para que le siguieran. Toda la centuria se separó de la formación lanzándose como un rayo en persecución del enemigo.

Sólo Dios sabía los siglos que aquellos indígenas habían estado acariciando el sueño de poder vapulear a los hombres-araña. Por primera vez los obitas tenían monturas superiores a las del enemigo...

Hubo una emocionante carrera entre saltamontes y «muscaris». Los obitas, que ya habían ganado justa fama de buenos fusileros durante la campaña contra el imperio uchime, abrieron fuego contra las espaldas de sus aborrecidos enemigos derribándolos uno tras otro hasta no dejar ni uno.

La expedición acampó aquella noche en una isla de grandes dimensiones, en la cual se veían muchos volcanes en actividad. Éste era, sin duda, aquel «infierno» donde hasta las montañas vomitaban fuego y roca en estado fluido, el Kotimak descrito por el tatarabuelo del actual emperador de Uchime.

—El antepasado de Duibo no debió de pasar por aquí —dijo Erle—. Pero esto no es el continente.

—Es cierto —contestó mister Peace—. En el continente donde nosotros aterrizamos la primera vez, los hombres-insecto no montaban en saltamontes ni llevaban cascos de oro. Al menos no los llevaban los que nos atacaron a nosotros. Pero el continente no puede estar lejos de este archipiélago. Quizás lo alcancemos mañana.

A la mañana siguiente, después de una noche intranquila en la que apenas se durmió por temor a un ataque de los hombres-insecto, la banda se puso en marcha cruzando un brazo de mar de unos cien kilómetros de anchura, para volar dos horas más tarde sobre un inmenso territorio cubierto de oscura e impenetrable selva.

—¡Hemos llegado, muchachos! —gritó mister Peace a su sobrino—. ¡Esto debe ser el continente!

Era el continente, sí. Erle ya no pudo dudarlo después de volar otros quinientos kilómetros tierra adentro y detenerse, próximo ya el anochecer, en lo alto de una montaña que formaba parte de una cordillera que se extendía de este a oeste.

El aire, a dos mil metros sobre el nivel de la selva, era más puro y más fresco que allá abajo. Los obitas desmontaron, descargaron el heterogéneo equipo y se dispusieron a establecer un campamento más duradero que todos los anteriores.

—Bien, bien —exclamó mister Peace estirando sus músculos, envarados por las largas horas de permanencia sobre la silla de montar—. Ya estamos donde queríamos y no ciertamente con mayores dificultades que las que calculábamos. La tarea es ahora cuestión de tiempo y de suerte.

—Sobre todo de mucha suerte —dijo Tony Mills, contemplando la selva inmensa que se divisaba desde aquella altura—. Nuestra astronave es aquí menos que una aguja en un pajar.

—No hay por qué sentirse pesimistas, muchachos —rió el filántropo—. Incluso una aguja puede encontrarse entre la paja si se procede con calma y con método. Desde este campamento nuestras «muscaris» pueden volar hasta trescientos kilómetros en cualquier dirección explorando la selva, dar media vuelta corriéndose a un lado y explorar una faja de otros trescientos kilómetros en su viaje de vuelta. Cuando hayamos espulgado todo el territorio comprendido en un círculo de trescientos kilómetros de radio, que son seiscientos de diámetro y unos mil ochocientos de perímetro, trasladaremos el campamento seiscientos kilómetros al este o al oeste para proseguir las pesquisas en otro territorio de las mismas dimensiones.

—Supongamos que nuestros indígenas pasan cerca del cohete y no lo ven —apuntó el vagabundo—. ¿Qué pasa entonces? ¿Nos cargamos todo el continente y volvemos a empezar por el principio?

—No es posible pasar cerca de nuestra astronave sin verla —dijo Erle—. Los árboles más altos de la selva miden cincuenta, sesenta metros de altura a lo sumo. Nuestro cohete tiene un centenar de metros de la base a la punta de la proa. A menos que el viento lo haya derribado, lo cual no parece probable por su peso, el cohete debe sobresalir cuarenta o cincuenta metros sobre el nivel de las copas de los árboles más altos. Cincuenta metros vienen a ser como la altura de una casa de dieciocho o veinte pisos. Hasta un ciego vería una casa de esa altura en una llanura verde oscuro, cual es la que forman las copas de los árboles de la jungla.

—Sobre todo —añadió mister Peace— tratándose de una torre de acero inoxidable como nuestro cohete. La humedad y la lluvia no pueden haber empañado el brillo de su casco.

—Menos mal que no se les ocurrió a ustedes construirlo pequeñito y de hojalata, porque si no, ¡a buena hora lo encontramos ni con lupa!

Aquella fue una de las noches más emocionantes vividas por Erle Raymer en el planeta Venus. Le parecía mentira encontrarse por fin aquí quizás a sólo unos kilómetros de aquella fabulosa astronave que durante dos años ocupó la mente y el corazón de todos cuantos ansiaban recobrarla y regresar con ella a la Tierra.

La Tierra. ¡Cuán lejano y remoto le parecía aquel planeta! Y sin embargo, ¡qué cerca para aquel fantástico cohete, capaz de recorrer cuarenta millones de kilómetros en... dos días!

Los mismos emocionantes pensamientos debían tener en vela a su tío, a Tony Mills y a Watson, pues tampoco ellos pegaron ojo en toda la noche.

La pálida luz del alba los sorprendió reunidos en el centro del campamento. Poco después, los obitas se levantaron empezando a ensillar sus «muscaris». Erle reunió a los ochocientos indígenas en un círculo mientras desayunaban y les dio instrucciones acerca de lo que debían buscar:

«Una torre de metal blanco brillante rematada en punta que tenía la altura de veinticinco o treinta hombres.»

—Explorar la selva bien y sin prisas, hasta tener la seguridad que nada ha escapado a vuestra mirada —terminó diciendo Erle. Y luego gritó con voz emocionada—: ¡A las sillas!

Los obitas cogieron sus armas y sus raciones de boca para la jornada, saltaron a las sillas de las «muscaris» y se elevaron tomando direcciones distintas.

—Que Dios les guíe por el buen camino —murmuró mister Peace.

Los cuatro terrícolas permanecieron todo el día en el campamento con la veintena de indígenas que se habían quedado con ellos. La jornada se les hizo tan enojosamente larga que todos decidieron participar personalmente de las pesquisas que se realizaran en días sucesivos.

Los obitas empezaron a regresar a la caída de la tarde. Ochocientos hombres hambrientos y fatigados... con ochocientas respuestas negativas.

—No hay que desanimarse... No hay que desanimarse —repetía mister Williams Peace.

A la mañana siguiente, los terrícolas se prepararon para tomar parte en la exploración. Erle lo hizo con movimientos nerviosos e impacientes. Como su tío, creía que si él no tomaba personalmente parte en la búsqueda, los indígenas no encontrarían jamás la astronave.

—Tengo el presentimiento que la encontraremos hoy... y que seré yo precisamente quien la encuentre —confió a Tony Mills mientras desayunaban.

—Es curioso —contestó Mills haciendo una mueca—. Watson acaba de decirme lo mismo... y yo tengo también el presentimiento que seré el primero en echarle la vista encima a ese trasto.

Mister Peace se acercó a Erle y dijo:

—Sobrino, te apuesto cien dólares a que soy yo quien encuentra la astronave antes del anochecer. Es un presentimiento.

Con lo que Erle desechó malhumorado la creencia de que el presentimiento era exclusivamente suyo. Sin embargo, una ansiedad febril le dominaba en el momento que su «muscari» se remontó batiendo sus fuertes alas.

Voló en dirección sudeste. Durante largo rato pudo ver a los indígenas que volaban a derecha e izquierda de él. Luego, se fueron distanciando, acabando por encontrarse solo sobre la inmensidad de la selva.

Durante cinco horas voló avizorando a derecha e izquierda, siempre con la esperanza que aquella ojeada le descubriría la ojiva maciza y brillante de la proa del cohete. Pero la tupida y muelle alfombra de la jungla, igual, monótona y uniforme, seguía deslizándose bajo las poderosas alas de su «muscari» sin ofrecerle más novedad que la de algún tranquilo curso de agua, siempre muy caudaloso.

Furioso, aunque todavía esperanzado, tiró de las riendas de su pájaro, voló media hora en diagonal y puso rumbo al lejano campamento. De nuevo sus ojos buscaron ansiosos la mole del cohete. De cuando en cuando utilizaba los prismáticos para multiplicar el alcance de su vista. Cerros, ríos, árboles y más árboles. Pero de la astronave, ¡nada!

Se preguntó cuántos días habrían de transcurrir así antes de encontrar el cohete. Cuántas esperanzas renovadas y cuántas amargas desilusiones tendría que vivir hasta dar con la astronave... si acaso daban con ella alguna vez.

A las tres de la tarde, Erle distinguió una «muscari» que volaba en su misma dirección y se iba acercando con rapidez.

«Ése se ha desviado de su ruta», se dijo Erle.

Y agitó los brazos haciéndole señas para que se alejara.

Pero el obita debió entender todo lo contrario, porque también agitó los brazos y se acercó.

—¡Vuélvete a la derecha! —le gritó Erle.

El obita también gritó algo que Erle no pudo entender un minuto más tarde las dos aves aleteaban la una junto a la otra y Erle oía estas palabras:

—¡Encontré la torre brillante! ¡La he encontrado!

«¿Dónde?», quiso preguntar Erle. Pero la voz se le atragantó.

—¿Dónde? —consiguió gritar en la segunda tentativa.

El indígena señaló con el dedo.

—¡Vuelve al campamento y díselo al jefe! —gritó Erle—. Dile que me encamino hacia la astronave.

—No podrás regresar antes que cierre la noche —le gritó el venusino—. Hay dos horas largas hasta allí.

—No importa. Pasaré la noche en el cohete y os esperaré hasta que acudáis mañana.

El obita hizo una seña de asentimiento y se alejó. Erle apuntó el pico de su «muscari» en la dirección señalada por el nativo y excitó su montura para que apresurara el acompasado batir de sus alas. El corazón le brincaba jubiloso en el pecho... ¡La había encontrado! El vuelo de regreso a la Tierra sería pronto una realidad. ¿Una realidad?

Erle se preguntó con angustia si el cohete estaría en condiciones de emprender el vuelo. Por espacio de veinticuatro meses había estado abandonado al salvajismo de los hombres-insecto. ¿Y si éstos habían dañado sus máquinas o sus delicados instrumentos de control?

Un sudor frío bañó al joven al pensar en esta posibilidad. Por espacio de dos horas fluctuó entre el pesimismo, el optimismo y la duda. Por fin...

¡Allí estaba la astronave! Una ojiva maciza y brillante sobresaliendo de los árboles que la circundaban como un proyectil de artillería sobre la alfombra tupida y muelle de la jungla.

Erle la observó desde el aire. Voló en círculos alrededor de ella explorando el calvero donde descansaba sobre sus poderosas aletas estabilizadoras. El tétrico lugar aparecía completamente desierto. Allí, a un lado, se veía aún la oxidada cruz de hierro bajo la que reposaban los restos del profesor Harlow, del profesor Aronson y de Vargas, primeras víctimas de los hombres-insecto.

La gran compuerta de carga de la astronave estaba abierta, caída hacia afuera y formando una plataforma a modo de un puente levadizo. Era grande, aunque no tanto para que la «muscari» pudiera posarse en ella batiendo sus gigantescas alas.

Erle apercibió la subametralladora por si aparecían los hombres-insecto y obligó a su «muscari» a posarse en el calvero. Rápidamente saltó a tierra y corrió hacia la astronave. La escala de cuerda yacía en el suelo, podrida por la humedad. Pero a lo largo del casco del cohete había una serie de estribos de acero escamoteables. Erle los fue sacando según trepaba y alcanzó la plataforma. ¡Qué grato resultaba pisar aquellas planchas amigas!

Entró en la bodega. Una nube de pájaros que había hecho su hogar del cohete salió chillando y batiendo apresuradamente sus alas. Erle rio nerviosamente de su propio sobresalto y examinó la bodega.

Estaba sucia de excrementos a más no poder, pero completamente vacía. Erle se acercó al ascensor que conducía a las cámaras superiores. Los hombres-insecto lo habían destrozado para trepar por el hueco hacia las cámaras.

Como los insectos sólo rompieron el techo y la puerta de la jaula, el ascensor conservaba su piso y los tabiques restantes. Erle retiró los escombros, conectó los hilos del interruptor arrancado y subió a la plataforma. Temía que los acumuladores se hubieran agotado, pero no lo estaban del todo. El motor eléctrico zumbó y la plataforma empezó a ascender hasta la primera cabina.

La sólida puerta de tres diámetros diferentes estaba abierta. Erle entró con paso medroso, como quien pisa un sepulcro lleno de restos familiares. Los hombres-insecto habían estado allí.

Nada quedaba en su sitio. Todo aparecía espantosamente revuelto, destrozado. En la cabina inferior, la destrucción era todavía mayor. Las literas de tubo de aluminio habían sido arrancadas... grotescamente retorcidas. El piso estaba cubierto de muelles, vedijas de lana, prendas de vestir, papeles, maletas y muebles pulverizados.

El joven se trasladó a la cabina intermedia donde estuvieron el comedor y la cocina. El caos allí reinante empalidecía el estado ruinoso de la cabina inferior. Erle volvió al ascensor para realizar la visita que consideraba más penosa: la de la cámara de derrota.

Pero la puerta de aquella cámara estaba cerrada por dentro. Era sólida y hermética como la puerta de una caja fuerte. Erle volvió a la bodega, cerró a mano la pesada compuerta y bajó hasta la sala de máquinas.

Era la única parte del cohete no invadida por los hombres-insecto y esto porque al estropear los mandos del ascensor ignoraron lo que había debajo. Erle contempló con alivio el grueso tabique de plomo tras el que reposaba la pila atómica. En la sala de máquinas había dos literas, pertenecientes en otro tiempo a McDermit y McAllister. Erle decidió pasar la noche allí.

Sabía que el cadáver de Christina Custer estaba en el mismo cohete, encerrado por dentro en la cámara de derrota desde la cual lanzó su última y desesperada llamada por radio. Y aunque no era timorato el saberlo arrebató el sueño de sus ojos.

Sabiendo que no podría dormir con aquella macabra compañía, decidió hacer algo. En el pañol de aquel mismo compartimiento encontró un soplete de oxiacetileno. Erle lo preparó, lo arrastró hasta el ascensor y subió con él hasta la cámara de derrota.

Pasó toda la noche practicando un agujero con el soplete sobre el cierre automático de la formidable compuerta. Se había hablado mucho sobre el estado probable en que encontrarían el cohete y se daba por supuesto que aquella puerta estaría cerrada por dentro. Era de esperar que tío Willie no se olvidara la dinamita que habían traído ex profeso para volar aquella puerta.

Pero tío Willie no olvidó un detalle de tanta importancia. Llegó con toda la fuerza de «muscaris» a media mañana y trepó a la astronave con pupilas húmedas de lágrimas.

Los obitas empezaron a limpiar las cámaras y la bodega y abrieron una fosa en el linde del calvero mientras los cuatro terrícolas se preparaban para volar la compuerta de la cámara de derrota.

Hacia el mediodía se escuchó una sorda, ahogada explosión. Una nube de humo acre bajó por el hueco del ascensor. Minutos después los terrícolas entraban en la cámara de derrota. Allí estaba Christina Custer caída de bruces sobre el banco del transmisor.

Estaba convertida en un esqueleto. Su mano huesuda, crispada por la contracción de la muerte, empuñaba todavía el micrófono que utilizó para lanzar su último mensaje. Los auriculares ceñían la calavera sobre unos oídos que jamás escucharían una respuesta. Junto a ella, en el suelo, se veía una pila de cajones rebosantes de oro...

Christina Custer recibió sepultura una hora más tarde. De sus compañeros de infortunio: Dening, Martindale, Glenbrook, Jonson y Archer, no se encontraron ni los huesos, porque las alimañas de la jungla los habían devorado. En cambio, se encontraron restos de picos, de palas, de objetos y de armas oxidadas allí donde cavaron en busca del codiciado oro.

A la mañana siguiente, después de despedir a los obitas para que regresaran con las «muscari» por la misma ruta que habían seguido al venir, los astronautas entraron en la cámara de derrota y pusieron en marcha un aparato de cinta magnetofónica que empezó a dictar órdenes sonora y pausadamente:

«Maniobra de despegue. Primero, pongan en marcha la pila atómica. Reóstato 12 rojo a la posición B-B... Atención: palanca número 1 a la posición...»

El reactor atómico entró en actividad empezando a calentar el agua de la caldera. Se escuchó un apagado gemido que fue haciéndose más claro y potente por minutos. En la cabina de control, el magnetofón seguía dictando órdenes, valioso complemento de la maniobra que mister Peace y su sobrino Erle habían estudiado durante dos años, previendo el día en que tendrían que manejar la astronave con sus propias manos.

La nave bien construida y mejor proyectada, respondía a cada una de las órdenes transmitidas por centenares de hilos eléctricos desde la cámara de derrota.

Al cabo de veinte minutos la turbina estaba girando a razón de 2.000 revoluciones por minuto accionada por el vapor que generaba el calor de la pila atómica. La turbina, conectada a un generador de energía eléctrica, puso en acción uno de los dispositivos más ingeniosos creados por la inventiva del Hombre.

La astronave, creando un campo de fuerza magnético, empezó a elevarse vertical, lenta y majestuosamente, sin estrepitoso escape de gases... sin más ruido que el zumbido de su dínamo y el gemido de la turbina de vapor.

Al alcanzar los 3.000 metros de altura, allí donde comenzaba el techo de nubes que envolvía por completo al planeta Venus, la astronave se inclinó lentamente hasta quedar acostada en el aire, en posición horizontal. En aquel momento Erle Raymer apretó un botón y un servomando embragó automáticamente las seis poderosas hélices situadas en la cola del cohete.

Las hélices giraron e impulsaron la nave hacia adelante con creciente rapidez. La maravillosa máquina ganó altura esfumándose entre el acolchado de las nubes.

A bordo de la astronave, en la cámara de derrota, mister Williams Peace vio cómo el calvero de la selva se esfumaba en la pantalla de televisión y restregó sus callosas manos con el mismo ruido que harían dos ladrillos al frotar entre sí.

—¡Magnífico, Erle! —exclamó—. Veo que has conseguido dominar esta condenada cafetera. ¿Qué rumbo llevas?

—Sur —contestó Erle conectando la pantalla de radar—. Vamos a detenernos un momento en el país de los obitas para recoger a Ruth y a la señora Aronson y luego... ¡rumbo a la Tierra!

Tony Mills rebuscó en sus bolsillos y extrajo un raro objeto liado en un papel de estaño.

—¿Qué lleva ahí? —preguntó el archimillonario intrigado.

—Un habano —dijo el vagabundo poniendo el veguero entre sus encías desdentadas.

—¡Dios mío, un auténtico habano! —exclamó mister Peace—. Hace dos años que no los fumo.

—Pues aguántese un par de días más hasta que lleguemos a casa, compañero —gruñó el vagabundo frotando un fósforo en la trasera de su pantalón. Dos años llevo yo este purazo guardado en el bolsillo esperando esta ocasión. ¡Y no se lo cambio por toda su parte en el oro! Éste se lo fuma mi menda.

Y dando una profunda chupada al veguero, el vagabundo guiñó un ojo al contrito archimillonario entre una nube de espeso y aromático humo.

FIN