CAPÍTULO PRIMERO

EL OTOÑO HABÍA llegado a Nueva York. Los árboles de Central Park se desprendían de sus hojas amarillentas y al caer al suelo eran arrastradas por un airecillo sutilmente frío que las arremolinaba en ciertos lugares del paseo.

—Ésta —dijo Tony Mills— es la época en que suelo emprender mi viaje hacia el sur.

Erle Raymer aguantó su risa mientras se volvía a mirar a su compañero.

Nadie diría por el aspecto de Tony Mills que podía permitirse el lujo de invernar en las cálidas costas de Florida, Texas o Nueva Orleáns. Pero en realidad, la periódica emigración de Tony hacia las tierras más templadas del sur no era un lujo, sino una necesidad.

—Nueva York es la peor ciudad del mundo para los vagabundos como nosotros —aseguró Tony Mills—. Aquí el invierno es muy crudo. Además, la Policía no le deja vivir a uno.

—A mí me parece que la Policía no le deja vivir a uno en ninguna parte de este maldito país —refunfuñó Erle cabalgando una pierna sobre la otra para embutir el extremo del calcetín por la puntera del zapato, abierto como las fauces de un hambriento caimán.

Ambos representaban al tipo genuino de vagabundo, hombres curados de toda ambición, satisfechos con su suerte, sin problemas ni preocupaciones. Sentados en el banco del paseo eran como seres extraños al ruido, el ajetreo y los afanes de la gigantesca ciudad. Vestían desaseadamente con ropas viejas y sucias, sombreros deformados y zapatos agujereados.

Sin embargo y pese a la semejanza del atuendo y el aspecto desaliñado de sus personas, se advertía al punto una notable diferencia entrambos.

Erle era joven, alto, fuerte, de ademanes breves y elegantes. Tenía el cabello negro, bronco y ondulado. Sus pupilas verdes, inteligentes y penetrantes, contrastaban con lo atezado de su piel y la blancura deslumbrante de una dentadura fuerte e igual.

Tony Mills era mucho más viejo. Era pequeño, delgado y arrugado. Tenía la barba blanca, entrecana la pelambrera del cogote y cejas rubias pobladas e hirsutas sobre unos ojillos azules, húmedos y picarescos. Le faltaban los dientes, razón por la cual tenía hundida la boca, y tendientes a encontrarse la nariz aguileña y la barbilla afilada. Era, en suma, lo que pudiera llamarse un vagabundo profesional.

Cómo habían llegado a juntarse un par de tipos tan dispares era cosa que seguramente sólo ellos podrían explicar. De cualquier forma parecían bien avenidos.

—¿Has estado alguna vez por el sur? —preguntó Mills estirando las piernas con las manos en los bolsillos del pantalón.

Una ráfaga de viento trajo a rastras y pegó contra las piernas de Mills una hoja de periódico. El vagabundo sacó perezosamente las manos de los bolsillos y se inclinó para apresar el papel.

—Una hoja de anuncios —murmuró—. Veamos qué dice.

—¿Para qué? —preguntó Erle mientras doblaba el calcetín debajo de los dedos de su pie—. ¿No habrás pensado buscar algún empleo, verdad?

—No. Pero uno sólo llega a formarse una idea cabal de las fatigas que ha eludido después de leer la columna donde se citan las ocupaciones que podría haber tomado. Veamos... «se necesita muchacho para recados».

—¿Eres un muchacho, Tony? —preguntó Erle amagando un bostezo.

—Aquí hay un anuncio muy llamativo —prosiguió Mills sin hacer caso de la interrupción de su compañero. Y leyó—. «Se advierte al señor Erle Raymer Peace que si desea entrar en posesión de la herencia que le lega su tío Williams deberá presentarse en...»

—¿Cómo? —gritó Erle saltando en pie de un brinco. Y arrancó de un zarpazo el periódico de las manos de su compañero diciendo—: ¡Trae acá!

—¿Tú no serás Erle Raymer, verdad? —preguntó Mills frunciendo el entrecejo.

—¿Por qué no? —refunfuñó el joven y leyó apresuradamente y en voz alta—: «Se advierte al señor Erle Raymer Peace que si desea entrar en posesión de la herencia que le lega su tío Williams deberá presentarse en la hacienda que éste posee en Elephant Butte (Nuevo Méjico) antes del primero de diciembre del corriente año. La no comparecencia del interesado equivaldrá a la pérdida de todos sus derechos...»

Tony Mills, que seguía atentamente la expresión del rostro de su amigo, le vio palidecer.

—¿Así que te llamas Erle Raymer, y no Erle Raymond como decías? —preguntó.

El joven asintió con la cabeza y murmuró:

—¡Pobre tío Willie! Espero que no le haya ocurrido nada malo.

—Nunca hablaste de ese tío tuyo —dijo Mills. Y a continuación farfulló—: Bueno, en realidad nunca me has contado nada referente a tu pasado. ¿Vale la pena ir a recoger esa herencia?

—¿Cómo? —murmuró Erle distraído en sus pensamientos. Y exclamó—. ¡Ah, la herencia! No pensaba ahora en eso, sino en tío Willie. ¿Habrá muerto? Sí, la herencia, si es que me la lega a mí, bien vale la pena de ir a recogerla. Nadie sabe en certeza el dinero que tenía tío Willie aunque se le calculaba alrededor de cincuenta millones de dólares.

La acusada nuez de Tony Mills saltó hacia la garganta y se quedó temblando allí unos instantes, en tanto los ojillos del viejo se abrían de par en par, llegando a tener el doble de su tamaño corriente.

—Cincuenta... mi... millones de... ¡de dólares! —exclamó con voz aguda. Y quedó como anonadado, con la cabeza echada atrás y los ojos en blanco clavados en el cielo.

—Tío Willie era hermano de mamá —explicó Erle—. Cuando el abuelo murió y se dividió su heredad, tío Willie compró a mi madre su parte en la gran hacienda de Texas. Nosotros nos fuimos a Nuevo Méjico, donde mi padre tenía un pequeño rancho que amplió con la dote de mamá. Los años fueron malos, o mi padre no era apto para dirigir un rancho, que es lo que dice tío Willie. También dice tío Willie que mi padre era dado a la vagancia... cualidad que parece he heredado yo...

Tony Mills irguió la cabeza para mirar a Erle. Éste tomó asiento en el banco, miró el periódico y prosiguió:

—Mientras nosotros íbamos de mal en peor, todo le salía bien a tío Willie. No ha sido sólo cuestión de suerte que amasara tan enorme fortuna, lo reconozco. Sin embargo no le favoreció poco que su hacienda fuera un lago de petróleo bajo tierra. El hallazgo de petróleo en las tierras de la familia casi volvió loco a mi padre... siempre estaba diciendo que tenía mala suerte, y la forma estúpida en que cedió aquel manantial de oro para comprar polvo y cactos en Nuevo Méjico acabó por desanimarle.

—No me extraña —murmuró Mills—. La verdad es que tenía motivos para pegarse un tiro.

—Papá nunca había sido un gran luchador —continuó Erle—. Siempre se inclinaba por las soluciones más fáciles, y la solución más fácil en aquellas circunstancias era acudir a tío Willie con préstamos que nunca podía devolver. Mamá y papá siempre estaban discutiendo por esta cuestión. Mamá contrajo una enfermedad larga y penosa. Tío Willie vino a Elephant Butte, tuvo una agarrada tremenda con papá y volvió a Texas llevándonos a mi madre y a mí consigo.

—¿Pero tío Willie... no se casó ni tuvo hijos? —preguntó Mills con curiosidad.

—No. Y siempre se servía de esta circunstancia para animar a mamá. «No te preocupes por el chico», le decía a cada paso. «Todo lo mío ha de ser para él». Y, en efecto, cuando mamá murió poco después se encargó de mi educación llevándome a estudiar a los mejores colegios.

—¿Y de tu padre, qué? —preguntó el vagabundo.

—Para que no pudiera enajenar las tierras, tío Willie le puso pleito reclamando el cobro de todo lo que le debíamos. La hacienda de Nuevo Méjico pasó así a poder suyo. Mi padre vendió lo poco que quedaba y desapareció. No volvimos a saber de él hasta mucho más tarde. Cayó como un héroe en Iwo Jima cuando era sargento del cuerpo de Infantería de Marina. Le concedieron la medalla del Congreso. Fue mucho más valiente para enfrentarse con la muerte que para hacer frente a la vida.

Erle se interrumpió mirando a un punto impreciso más allá de la copa de los árboles, como evocando la figura de aquel progenitor hacia el que no debía haber sentido un gran afecto. Luego volvió a mirar el periódico que tenía sobre las rodillas y prosiguió:

—Yo estudiaba por entonces para ingeniero de minas. Tío Willie quería hacer de mí un competente director de la Compañía de petróleo que lleva su nombre. Pero a mí el estudio me tiraba poco. Es posible que en esto me parezca algo a mi padre, aunque sería más justo decir que me parezco a tío Willie. Tampoco él estudió, al fin y al cabo. Toda su vida fue la de un incorregible soñador, sólo que tenía una voluntad de hierro para llevar adelante sus sueños y hacerlos realidad. Era el campeón de los proyectos más audaces y arriesgados y obraba siempre según su voluntad, inspirado por una especie de sexto sentido que le hacía rematar con éxito lo que nadie se hubiera atrevido a hacer por miedo a un desastre. Vivía en la mayor sobriedad, se mataba por diez centavos, y luego arriesgaba de golpe toda su fortuna en un presentimiento.

—No debía andar muy bien de la cabeza —murmuró Tony Mills atornillándose la sien con el índice.

—Hace un par de años se propuso invertir todo su dinero en la compra de una isla del Pacífico. Es la primera vez que le he visto desistir de un proyecto, y todavía no me explico por qué lo hizo.

—¿Para qué demonios quería él una isla? —preguntó Mills abriendo unos ojos como platos.

Erle Raymer sonrió.

—Tío Willie nació alrededor de cinco siglos retrasados a los hombres de su época. De haber vivido en los tiempos de Cristóbal Colón, tío Willie se hubiera anticipado a éste en el descubrimiento de América. Hubiera colonizado por su propia cuenta estas tierras y con toda probabilidad se habría hecho nombrar emperador absoluto de ellas. Poco más o menos eso era lo que pretendía hacer con su isla del Pacífico; reinar en ella de un modo absoluto sobre las gentes que hubieran aceptado irse a vivir a ella. Pero tío Willie hubiera sido sólo un pequeño rey, y por lo tanto un rey desgraciado. Puede que fuera eso lo que le hizo desistir de adquirirla. Tío Willie no admite competencia de nadie. No la hubiera admitido del rey de Inglaterra, por ejemplo, y su reinado en estas circunstancias no hubiera sido muy feliz.

—Si tu tío era así debía resultar muy difícil vivir a su lado —apuntó Tony Mills.

Erle asintió.

—Sí, lo era especialmente para mí, porque también a mí me habría gustado nacer en los tiempos en que un hombre podía conquistar un reinado a golpes de espada. Y como tampoco yo puedo tolerar imposiciones de nadie siempre me estaba peleando con tío Willie.

—¡Caramba! —exclamó Mills contemplando a su amigo con curiosidad—. Nadie diría que eres así. En el tiempo que llevamos juntos siempre te vi conformarte con lo poco a que puede aspirar un vagabundo.

—Mi estado actual es el que mejor cuadra a mi manera de ser —contestó Erle sombríamente—. Que me resigne a ser un vagabundo no quiere decir que no aspire a nada mejor en el mundo. Significa, en todo caso, que soy demasiado independiente para soportar que nadie me dé órdenes a mí. Ya intenté ganarme la vida trabajando después de reñir con tío Willie, pero fue inútil. Nunca pude retener una ocupación más de tres o cuatro días.

—¿Y te dedicaste a la vagancia?

—Sí. Prefiero no ser nada a ser una mediocridad en todo. No es mala vida la de vagabundo, al fin y al cabo. Nadie manda en mí. Voy donde me parece y hago lo que me da la gana.

—Y ahora, ¿qué piensas hacer? Por la forma en que está redactado este anuncio yo diría que tu tío no ha muerto, sino que quiere obligarte a regresar a su lado con la amenaza de desheredarte si no te presentas dentro del plazo fijado.

—¿A cómo estamos hoy?

—El periódico lleva fecha del cinco de noviembre —señaló Mills—. Debe ser de hoy, o los barrenderos lo hubieran recogido durante la mañana. Nuevo Méjico está lejos así que no tienes tiempo que perder si deseas acudir a la cita dentro del plazo fijado.

Erle Raymer frunció el entrecejo mirando el periódico.

—Tienes razón —dijo—. Tío Willie no puede haber muerto. Su salud era de hierro y, de otro lado, es muy propio de él lanzar esta clase de ultimátum.

—Entonces, ¿vas a ir para hacer las paces con él?

—No existe la menor posibilidad de que se llegue a un armisticio entre tío Willie y yo —refunfuñó el joven vagabundo—. Los años le habrán hecho más insoportable, si eso es posible. Él esperaba verme regresar implorando su perdón. Tal vez tema que me haya ocurrido algún accidente... o que esté luchando voluntariamente en Corea como hizo papá durante la Segunda Guerra Mundial. Posiblemente sólo necesita saber que continuo vivo para sentirse tranquilo...

—Entonces es que te quiere...

—¡Toma, pues claro que me quiere! Y yo le quiero a él. Pero no iré. Puedo imaginar muy bien lo que pasaría. Al verme vivo y tan campante se enfurecería. Lanzaría otro de sus terribles ultimátum; «te doy cinco minutos de tiempo para retractarte de lo que dijiste hace dos años y pedirme perdón». —Erle sonrió con cierta añoranza y añadió—. Ahora bien; no hay nadie en el mundo capaz de hacerme tragar mis propias palabras. Volveríamos a reñir y... ¡No! Decididamente será mejor que no me acerque por allí.

—¡Pero hombre! —exclamó Mills indignado—. ¿Sabes acaso si el viejo no estará arrepentido y querrá darlo todo al olvido? Es un hecho probado que los viejos nos volvemos sentimentales. Al fin y al cabo tío Willie no tiene parientes más cercanos que tú. Aun suponiendo que esté en vida puede sentirse enfermo, o simplemente añorar tu compañía.

Erle Raymer dio muestras de vacilar. Su compañero le adivinó luchando entre su orgullo y el cariño que profesaba al tío Willie y quiso ayudarle diciendo:

—Después de todo íbamos a salir hacia el sur. ¿Qué importa que nos desviemos un poco hacia el oeste?

Erle Raymer consideró en silencio las palabras de su amigo. Podía apostarse a que el joven estaba deseando encontrar una excusa que le permitiera regresar a Elephant Butte sin violentar su terrible orgullo.

—Bueno —dijo como de mala gana haciendo una bola del periódico—. Podemos desviarnos hacia el oeste mientras vamos al sur y acercarnos allá para ver qué le ocurre a tío Willie.

Tony Mills sonrió con secreto regocijo. Unas horas más tarde, aquella misma noche, estaban viajando en un tren de mercancías en dirección al sur. Un montón de paja les servía de mullido lecho.