CAPÍTULO VII
EL RONQUIDO DE la monstruosa «bestia de hierro» y el ir y venir de las «luces mágicas» en la plataforma de la ciudadela anunciaron a los habitantes de la dormida ciudad que los «brujos extranjeros» se disponían a emprender su proyectada excursión al norte.
Los centinelas de la muralla hicieron resonar su caracola. El mugido grave y ronco de la caracola puso en pie a la centuria de «drasgats» que con sus «dragos» debían escoltar a las«bestias de hierro» desde el aire.
Los «drasgats» tomaron sus armas y fueron a sacar sus cabalgaduras de las cuadras. Algunos de los «drasgats» iban armados con los nuevos arcos que les estaban enseñando a construir los extranjeros. Los «drasgats» todavía no estaban acostumbrados a estos arcos pequeños, más pesados que los arcos de madera, que los extranjeros llamaban «ballesta». Pero reconocían unánimemente que la ballesta era muy superior a sus arcos convencionales, pues sus flechas atravesaban la dura «piel» de un hombre-araña a cincuenta pasos de distancia y estaban decididos a adoptarla haciéndose con ella tan hábiles como tenían fama de serlo con los grandes arcos, que ya utilizaban sus antepasados.
Los hombres de la ciudad de Yaart tenían especial interés en que la expedición de los extranjeros se realizara sin contratiempos, ya que éstos, con su torpe lengua, habían prometido traer desde su campamento anterior nuevas «bestias de hierro» que, rumiando, rumiando, harían más y mejores ballestas que todos los hábiles forjadores de Yaart juntos.
Los yaartitas habían visto estas extrañas «bestias» allá en el acantilado donde concluía la cordillera occidental. Durante ocho días, los «drasgats» habían estado realizando constantes idas y venidas hasta aquel acantilado, sacando a lomos de sus alados «dragos» cuantas herramientas, cajas y cosas raras había esparcidas allí y era posible llevar por el aire.
Los extranjeros se proponían ir hoy allá en sus grandes bestias pestilentes para traer con ellas las cosas que, por ser demasiado grandes y pesadas, no pudieron acarrear los «dragos». Y una centuria de «drasgats» iba a acompañarles.
En la meseta de la plazoleta, los «hechiceros extranjeros» despertaban a sus bestias mecánicas y les echaban aquel extraño alimento líquido que tanto apestaba. Luego, metida la cabeza en las horripilantes entrañas de los monstruos, tocaban aquí y allá tripas y nervios humeantes que de vez en cuando hacían rugir más fuerte a los animales.
Cuando Zurk subió a ciudadela entre las dos luces del alba, su amigo Erle le esperaba ya. Zurk estimaba en gran manera a los extranjeros porque, sin contar la forma que le habían curado y cuidado cuando le hirieron de bala, ellos le hacían objeto de una deferencia especial, encomendándole muchos trabajillos de su campamento, recados y diligencias que luego recompensaban sentándole a su mesa y haciéndole regalos que eran la envidia de todos los yaartitas.
Zurk no era yaartita, sino hagarita. En Hagar, antes que los hombres araña llegaran en forma de nube y pasaran a cuchillo a todos los habitantes de la ciudad, Zurk ocupaba un lugar preeminente por ser hijo del gran jefe Zurk el Negro. Ciertamente, en Yaart, Zurk no era nadie, excepto un forastero al que los yaartitas trataban casi con desprecio.
Quizás por esto y porque todavía llevaba en el corazón el dolor por la muerte de su padre, de su madre y de todos sus hermanos, Zurk se había sentido atraído desde el primer momento hacia aquellos extraños forasteros que, en contra de lo que era costumbre, recogían y curaban a sus enemigos en vez de rematarles en el campo de batalla.
El corazón de Zurk gozaba de la compañía de los brujos extranjeros y especialmente de la de su gran amigo Erle.
Cuando Zurk bajó sobre la explanada de la ciudadela llevando del ronzal al «drago» que Erle se disponía a montar, éste le esperaba echando humo por los agujeros de la nariz.
—Aquí está Zurk con los pterodáctylus —dijo Erle a la señora Aronson—. Sírvale una taza de café.
Zurk dejó los «dragos» mordisqueando la hierba junto al parapeto y se acercó al campamento.
—Buenos días, Zurk —le saludó Erle—. Siéntate y tomarás café.
Zurk disimuló la risa que le causaba oír a Erle hablar tan mal el idioma del país y tomó asiento sobre una caja vuelta del revés. La señora Aronson puso tres grandes cucharadas de azúcar en una taza, acabó de llenarla de café y se la tendió a Zurk.
Mientras el hagarita se relamía los labios, los extranjeros empezaron a hablar con su endiablado idioma, del que Zurk no entendía sino alguna palabra suelta.
—Anoche llegaron más familias desde sus refugios de la montaña —dijo el capitán Whitney—. Estamos contrayendo una tremenda responsabilidad con estos pobres indígenas. Circula por ahí el rumor de que somos invencibles, que vamos a destruir a los hombres-insecto si éstos osan atacar la ciudad... Pero nosotros sabemos que los hombres-insecto atacarán y que sólo un milagro podría impedir que Yaart sea pasada a cuchillo como lo fue Hagar hace nueve días. No sólo deben volver esas familias a la montaña, sino que también nosotros debiéramos evacuar, permaneciendo ocultos hasta que transcurra el verano y los insectos vuelvan a su país.
—Si nosotros nos marcháramos, los indígenas permanecerían aquí —contestó mister Peace—. Nuestros amigos serían aniquilados y nosotros perderíamos todo el prestigio que hemos adquirido. En la mentalidad de los yaartitas no cabe la idea de que los extranjeros, con sus tremendos medios de destrucción, huyan ante un enemigo al que ellos están dispuestos a hacer frente.
—Debiéramos hacer comprender a esta gente que jamás vencerán con sus trescientos pterodáctylus escasos al millar o más de saltamontes que poseen los hombres-insecto.
—Después del encuentro aéreo de los yaartitas con los hombres-insecto puede calcular que el número de éstos ha disminuido algo —apuntó Erle Raymer—. Los yaartitas que intervinieron en aquel combate fueron aniquilados por completo, pero al menos se llevarían por delante dos centenares de saltamontes con sus jinetes.
Willard Whitney hizo una mueca.
—Aunque sólo sean ochocientos. La desproporción todavía es considerable.
—La ballesta dará alguna superioridad a nuestras fuerzas —dijo mister Peace—. Si los insectos tardan solamente un par de semanas en atacarnos van a encontrarse con una sorpresa muy desagradable.
—Ésa es la cuestión. El ataque de los hombres-insecto puede producirse de un momento a otro. Probablemente no nos darán tiempo de armar con ballesta a toda nuestra caballería del espacio. Además, la ballesta por sí sola no es suficiente para equilibrar una desproporción de fuerzas tan abrumadora.
—Bueno —murmuró Erle—. También estamos nosotros con nuestras ametralladoras, nuestra dinamita y nuestras bombas de mano. Además, no sé por qué se apura usted tanto. Hemos convertido nuestros vehículos en carros blindados y al «Breen» en todo un señor tanque. Por muy mal que fueran las cosas para los indígenas, todas las flechas de los hombres-insecto no pueden impedir que escapemos con nuestras máquinas.
Al decir esto Erle señalaba los vehículos y remolques estacionados en la meseta. Utilizando láminas de bronce indígena sobre un armazón de viguetas angulares de acero traídas del anterior campamento a lomos de pterodáctylus, los terrícolas habían convertido el transporte «Breen» en un auténtico carro de combate al que ni siquiera faltaba su torreta giratoria.
El automóvil «jeep» quedaba convertido en un carro blindado con sólo carrozarlo de furgoneta empleando también planchas de bronce indígena. También tenía su torreta giratoria armada de ametralladora, y otra ametralladora junto al puesto del conductor tirando hacia adelante.
El tractor oruga iba provisto de una cabina metálica y no fue necesario introducirle más reformas que cubrirla por atrás y sustituir los cristales de las ventanillas con planchas de metal.
Las planchas onduladas se habían utilizado para convertir los remolques en otros tantos furgones. La plancha era sencilla en los laterales y doble en el techo, de modo que éste no podía ser atravesado por las flechas que se le lanzaran desde el aire.
Todos los vehículos y remolques, por último, estaban pintados de verde oscuro.
El capitán Whitney se volvió a mirar los vehículos y su aspecto macizo, aunque un poco grotesco, pareció tranquilizarle. Luego, arrugó el ceño y refunfuñó:
—Otro gallo nos cantara si al preparar esta expedición hubiéramos sabido la clase de enemigo que aquí íbamos a encontrar. Con un par de tanques ligeros y tres o cuatro cañones antiaéreos no teníamos saltamontes ni hombres-insecto ni dinosauros para una merienda.
—Desgraciadamente, no conocíamos lo que nos esperaba en Venus —contestó mister Peace—. Además, contábamos con nuestra astronave para regresar.
El recuerdo de la astronave y la apurada situación en que les había dejado la huida de ésta abrió un largo paréntesis de silencio.
—Bueno —suspiró Erle poniéndose en pie y tomando una pequeña emisora de radio portátil—. Es una tontería hablar de lo que pudo haber sido y no fue. Tanques y cañones podemos construirlos nosotros mismos con los medios que tenemos a nuestro alcance. Todo es cuestión de tiempo... Parece que los hombres-insecto vienen por aquí todos los años en primavera o verano. El año que viene estaremos en condiciones de zurrarles a esos bichos de tal forma que se les quite ese apetito de carne humana que les trae de cacería por aquí. ¿Vamos ya, señores?
McDermit, Domingo Hernández y José Ramírez se pusieron en pie y se encaminaron hacia el «jeep», en tanto McAllister y Watson trepaban al pescante del tractor, al cual estaba enganchado uno de los remolques.
Erle hizo una seña a Zurk, el guerrero de Hagar. Zurk tomó una ligera silla de montar de la que colgaba un par de estribos y fue a colocársela en el cuello a uno de los fieros «dragos» que había traído consigo. Aunque llevaban cinco días tratando de acostumbrar al pterodáctylus a la silla, éste todavía se resistió lanzando aviesas dentelladas a Zurk, que le esquivó con habilidad.
—¿Por qué no desistes de montar en esa fiera, Erle? —murmuró mister Peace mirando con desconfianza al gigantesco reptil volador—. Eso no es un caballo. Si te tira de más de diez metros de altura cuenta que te hace papilla.
—Me gusta montar estas bestias. Claro que una caída desde ellas es siempre mortal, pero, en cambio, se experimenta una seguridad en vuelo que no puede compararse a la del mejor aeroplano. Aquí, uno sabe que el motor no va a fallar.
Zurk había conseguido colocar la silla al pterodáctylus, apretando la cincha alrededor del cuello del animal.
—No cometas imprudencias, Erle —recomendó mister Peace—. ¿Llevas los prismáticos? Bien. Si divisas alguna partida de hombres-insecto da media vuelta y regresa. Y no dejes de estar en contacto por radio con el «jeep». Nosotros, a nuestra vez, estaremos en comunicación con la radio del coche.
Erle asintió distraídamente, más atento a las señas que le hacía Zurk que a las recomendaciones de su tío.
—No pases cuidado por mí —dijo. Y echando a correr saltó ágilmente sobre el cuello del pterodáctylus, quedando montado a horcajadas en la silla de cuero.
El reptil, al que los indígenas llamaban «drago», desplegó sus grandes alas de murciélago y, asustado, se remontó en el aire llevando a Erle montado en su largo y robusto cuello.
Ésta no era la primera vez que Erle Raymer montaba en «drago». Durante toda la semana que llevaban en la ciudad había estado haciendo tentativas; primero, para perder la instintiva repulsión que le producía el feo lagarto volador; luego, para acostumbrarse a las triquiñuelas y reacciones del animal, y por último, para acostumbrar a éste al contacto de la silla y la opresión de la cincha.
Los «drasgats», o sea los guerreros que montaban en «drago», lo hacían a pelo y con una soltura parecida a la que los indios pieles rojas norteamericanos montaban en sus medio salvajes «mustangs». Pero Erle, aunque podía decirse que había nacido a lomos de un caballo y montaba éstos a pelo, no quería arriesgarse a una caída desde un «drago». La caída de uno de estos animales era siempre mortal... a menos que uno llevara paracaídas. Y Erle no disponía de paracaídas, si bien esperaba poder fabricárselo dentro de poco.
El «drago», que visto desde abajo parecía tener un vuelo pesado y torpe, era, en realidad, una montura muy resistente y de vuelo muy seguro. Uno tenía la impresión de ir a bordo de un barquichuelo en continuo cabeceo sobre un mar agitado. Con el batir de sus grandes alas, el pterodáctylus subía y bajaba produciendo una sensación de mareo a la que costaba acostumbrarse.
Metiendo apresuradamente los pies en los estribos, Erle dejó que la montura se remontara a su gusto y recobrara la tranquilidad. La meseta pareció hundirse bajo sus pies. De diversos puntos de la ciudad se elevaban también en pesado aleteo hasta un centenar de «dragos».
Erle empuñó las riendas de su fantástica cabalgadura y la dirigió suavemente describiendo un amplio círculo sobre la ciudad. Era la primera vez que subía a tanta altura y el haberlo conseguido, el encontrarse a lomos de una bestia extraordinaria que podía llevarle de un lado a otro con la rapidez de un helicóptero, inspiró en Erle Raymer una sensación de completa y gozosa libertad.
Zurk subió también y puso su «drago» junto al de Erle. El «jeep» y el tractor salían de la ciudad cuando la centuria de «drasgats» se reunió en el aire. Su capitán, un robusto indígena de luengos bigotes negros, hizo señas a Erle para que se acercara. Erle y Zurk se colocaron a la derecha del centurión y toda la banda enfiló al norte volando con extraordinaria rapidez sobre la fértil vega en dirección al desfiladero.
El «jeep» y el tractor quedaron prontamente atrás La banda pasó sobre la imponente muralla que tanto había sorprendido a los terrícolas el día que entraron en el valle. Erle sabía ahora que aquella muralla, como supuso, había sido levantada por los antiguos pobladores del valle para impedir la expansión de los grandes dinosauros desde la región inmediata.
Volando sobre el caudaloso río, el cual se hacía más ancho a medida que avanzaba hacia el norte, Erle no tardó en ver el extremo de la cordillera donde levantaron su primer campamento.
El camino que la columna motorizada tardó cinco horas en recorrer fue cubierto por el aire en menos de una hora. Erle desenfundó los prismáticos y oteó con ellos al frente, a la derecha y a la izquierda. Registró con especial atención la cornisa donde tuvieron su campamento y la selva inmediata con el fin de asegurarse que no les aguardaba ninguna sorpresa. Luego tomó la emisora de radio portátil para establecer contacto con la radio de que iba equipado el automóvil «jeep».
—Hola, Raymer —le contestó la voz de McDermit—. Acabamos de pasar la muralla. ¿Cómo le va con ese caballejo del diablo?
—Estupendamente. Estamos sobre la cornisa registrando los alrededores para asegurarnos de que no hay hombres-insecto. Vamos a descender y a empezar a bajar el equipo para que ustedes puedan cargarlo al pie del barranco.
—Bien —dijo McDermit—. Si no se pone a llover, lo cual me extrañará mucho, calculo que estaremos ahí dentro de un par de horas. Si para entonces han bajado toda la carga de la cornisa, tanto mejor. Será cuestión de cargar en un momento y emprender el viaje de vuelta antes que los hombres-insecto nos olfateen y tengamos jarana.
—Procuraremos tenerles la carga preparada. Corto.
Erle cortó la comunicación, se terció la ligera emisora a la espalda e hizo una seña al centurión. Poco después la banda se posaba en la cornisa del acantilado dejando en el aire una patrulla de once «dragos» como centinelas.
Erle desmontó entregando las riendas de su «drago» a un guerrero y dio unos pasos por la plataforma mirando a su alrededor. El lugar acusaba las frecuentes visitas de los indígenas, mandados allí por mister Peace para que sacaran a lomos de sus pterodáctylus todo lo que pudieran.
Sin nadie que les dirigiera, los indígenas habían obrado a su capricho estropeando casi tanto material como pretendieron rescatar.
Pero todos los destrozos no eran obra de los indígenas. También los hombres-insecto habían vuelto al acantilado después que los terrícolas se marcharon, y de esta vandálica incursión quedaban los restos de gran cantidad de material de laboratorio machacado, aparatos de radio destrozados y libros, enseres de cocina, granos, botellas, botes de conservas, máquinas de fotografiar, rollos de película, cartuchos, catres de campaña, sillas, mesas, neumáticos, piezas de recambio para automóvil, rollos de hilo de cobre, clavos, tornillos, herramientas y mil objetos más esparcidos y revueltos a todo lo ancho de la cornisa.
Los nativos, sin capacidad para discernir entre lo útil y lo inútil, habían estado llenando sus alforjas con todo lo que encontraban y llevándolo a Yaart... cuando no se quedaban con aquella parte del botín que más les gustaba. Por esto, a veces, el contenido de una alforja era un montón de vidrios rotos... o un par de cacerolas abolladas y agujereadas por los hombres-insecto.
El propósito que hoy animaba a los terrícolas era rescatar parte del material pesado allí abandonado. Este material, tanto por su peso como por su robustez, era el que menos daño había sufrido. Sin embargo llevaba camino de estropearse por completo a causa de estar expuesto a la intemperie. Los hombres insecto por una parte, y los indígenas por otra, habían destrozado el embalaje de esta maquinaria y robado o rasgado los encerados que las cubrían.
Erle Raymer empezó por clasificar algunas cosas que todavía podían servir y luego señaló a los indígenas las cosas que debían bajarse para ser cargadas en el remolque. Estas piezas eran una fragua, un yunque, un torno, un compresor de motor de explosión y un equipo electrógeno, también movido por un motor de gasolina.
El arrastre del compresor y la unidad electrógena no ofrecían dificultades, por estar provistos de llantas de automóvil. La fragua era ligera. Lo más pesado y difícil de trasladar era el torno. Por lo tanto, Erle decidió empezar por el torno. Le quitó todas las piezas que pudo y lo dejó en manos de los más forzudos indígenas.
Cuando el «jeep» y el tractor llegaron dos horas más tarde, todo el material, incluso el torno, estaba ya al pie del talud listo para ser cargado.
—Si quiere descansar un rato mientras nosotros cargamos, suba al «jeep» y llame a la ciudad anunciando que hemos llegado sin novedad y nos disponemos a tomar la carga —le dijo McAllister a Erle.
Erle trepó al «jeep» blindado y manipuló en los mandos de la radio.
—¡Hola, Yaart... hola, Yaart! ¡Aquí, Raymer! ¡Hola! Yaart... escuche, Yaart!
Un largo silbido salió del tornavoz. Erle movió la aguja del dial. Hizo girar el botón del volumen. De pronto se escuchó, lejana y entrecortada por la estática, una voz que repetía:
—¡Atención... atención! ¡Atención, señor Peace! ¡Aquí, Custer...! ¡Señorita Custer, al aparato... Oigan...! ¿Me oyen ustedes?
—¡Christina Custer! —exclamó Erle con voz ronca por la emoción.
—¡Por el amor de Dios, señor Peace... o quienquiera que me esté escuchando! ¿Me oyen ustedes? ¿No pueden contestarme? ¡Atención... atención!
Erle saltó del asiento, asomó la cabeza por la portezuela y llamó:
—McAllister... Hernández... Watson. ¡Vengan acá! ¡Miss Christina Custer está lanzando una llamada general por radio!
—¿Cómo? —gritó McDermit pegando un brinco de sorpresa.
—¡Miss Custer está hablando... llamándonos por radio!
—¡Dios bendito! —gritó McAllister corriendo como un gamo hacia el «jeep».
McDermit, Hernández, Ramírez y Watson corrieron también sin aliento reuniéndose en torno al «jeep».
—Escuchen —dijo Erle dando más volumen al aparato—. Escuchen esto.
—Aquí. Christina... atención, señor Peace, o quienquiera que pueda escucharme. Me encuentro herida... —dijo la radio.
McAllister lanzó una ronca exclamación de sorpresa. McDermit le tapó la boca con la mano y adelantó el oído para no perder ni una de las sílabas que lentas y confusas brotaban del tornavoz del aparato.
La secretaria del profesor Dening continuó diciendo...
—... los hombres-insecto me rodean por todas partes... están incluso a bordo de la astronave... revolviéndolo todo... armando un ruido infernal...
La estática diluyó las entrecortadas palabras de Christina Custer de un taladrante silbido. Pálido de emoción, empapado de sudor frío, Erle movió el botón del dial tratando de volver a coger aquella emisora. Lo consiguió al fin con un suspiro de alivio.
Miss Christina Custer seguía hablando. Decía:
—... por si me estuvieran escuchando y yo no pudiera... o no supiera captar su emisión... Ha sido horrible. ¡Dios mío, no sé por qué se empeñarían estos hombres en volver a la selva! No tenían bastante oro al parecer... Querían coger más antes de regresar a la Tierra... ¡Dios bendito... si pudieran escucharme ustedes... si les fuera posible llegar hasta aquí!
Se escuchó algo parecido a un sollozo.
—¿Y si intentáramos contestar a esa pobre chica... darle ánimos? —insinuó Hernández.
—¡Cállese y no diga tonterías! —contestó McAllister—. Nuestra emisora es demasiado pequeña para hacer llegar un mensaje tan lejos. Apenas podemos oír la potente estación de la astronave... ¿cómo quiere que la chica nos oiga a nosotros?
—En Yaart tenemos una emisora potente.
—Sí, pero el grupo electrógeno que se necesita para hacerla marchar está aquí... averiado.
—Bueno, cállense los dos a ver si es posible escuchar algo más.
—Déjeme ese puesto, Raymer. A ver si yo consigo coger a miss Custer —dijo McDermit.
Erle cedió el asiento al ingeniero, pero todos los esfuerzos para volver a sintonizar la onda de la astronave fueron inútiles.
—Miren, no podemos perder todo el día tratando de captar esa voz —dijo Erle—. Llamen a Yaart preguntando si desde allí han cogido algo y vamos a continuar cargando el material.
McDermit quedó tratando de establecer contacto con el campamento de Yaart y los demás regresaron al remolque para concluir la carga de la maquinaria.
Ya sólo faltaba cargar el equipo compresor cuando se produjo una pequeña alarma al ser avistada una escuadra de saltamontes gigantes que volaba sobre la selva en misión de patrulla o al ojeo de caza.
La patrulla de hombres-insecto divisó a la escuadra de pterodáctylus que hacía servicio de guardia y se dirigió hacia ésta. Medio centenar de «dragos» se elevaron enseguida y los insectos, al verse en inferioridad, dieron media vuelta y escaparon hacia el norte, o sea hacia Hagar.
—Vamos a darnos prisa —dijo Erle a sus compañeros—. Esos bichos no tardarán en volver con refuerzos.
Erle llamó a Aderk, el jefe de la centuria, y le hizo entender que deseaba que se quedara allí media docena de hombres regresando los demás a Yaart llevándose las monturas.
Aderk comprendió los deseos de sus amigos, nombró a cinco de sus hombres para que se quedaran con Zurk y Erle y se marchó con los demás.
Los terrícolas acabaron de cargar el compresor con la ayuda de los seis indígenas. Erle hizo subir a los nativos en el remolque, les indicó las aspilleras por donde podían disparar sus flechas en caso de un ataque y corrió a subir en el automóvil blindado. Estaba cerrando la portezuela cuando los hombres-insecto aparecieron en forma de enjambre y se lanzaron contra los vehículos blindados.
Las lanzas cayeron con estruendo de pedrea sobre el techo blindado del «jeep». Desde la cabina metálica del tractor, Watson empezó a disparar su «metralleta» a través de las aspilleras practicadas en las ventanillas.
Ramírez y Hernández abrieron fuego también con las dos ametralladoras del «jeep». Una docena de saltamontes y hombres-insecto cayeron revolcándose en el suelo. McDermit embragó y puso el automóvil en marcha detrás del tractor, que ya había empezado a rodar.
Otros diez o doce enemigos fueron derribados antes que los vehículos penetraran en la selva en medio de una lluvia de flechas. Luego la apretada vegetación tendió sobre los vehículos un manto protector y los insectos tuvieron que desistir de su ataque.
Cuatro horas más tarde la caravana entraba en Yaart sin haber sufrido nuevos ataques, remontaba la empinada calleja y se detenía en la explanada de la ciudadela.