CAPÍTULO VIII
LA AMETRALLADORA DEL «Bren» empezó a tabletear rápidamente, llenando la semipenumbra verde de la selva del rastro de fuego de sus trazadoras.
Prevenidos por el canto de las cigarras, que en breve espacio de dos horas habían aprendido a relacionar con el ataque inminente de las hormigas gigantes, Erle Raymer, Tony Mills y el profesor Dening arrancaron los anillos de las granadas y las arrojaron por encima del parapeto blindado.
Tres fragorosas explosiones estremecieron la jungla provocando una lluvia de grandes hojas. En el mismo instante, McAllister pisó el acelerador y el tractor «Bren» roncó dando un salto hacia adelante.
Erle y Dodson lanzaron otras dos bombas por los costados. Tony Mills lo hizo por atrás, escondiendo enseguida la cabeza tras la coraza para evitar la metralla. Los insectos retrocedieron apresuradamente dejando en el sendero buen número de cabezas y miembros sueltos.
McAllister, entre tanto, guiaba a toda velocidad por la trocha, rompiendo y aplastando arbustos. Erle levantó la cabeza por encima del parapeto para ver si eran seguidos. Los extraños insectos habían desaparecido.
Bruscamente, el tractor abandonó la eterna noche verde de la selva precipitándose en un anchuroso claro que estaba cercado por una alta empalizada de troncos. Esta empalizada estaba muy cerca del lindero de la jungla, de tal forma que el tractor «Bren», saliendo disparado por el sendero, se encontró ante las puertas de la empalizada antes que McAllister pudiera darse cuenta y pisara los frenos a fondo, lo cual precipitó hacia adelante al profesor Dening, a Erle y a Tony Mills.
Erle fue el primero en ponerse en pie y miró por encima del parapeto.
La empalizada medía quizás cinco metros de altura y, al parecer, rodeaba completamente a tres extraños montículos en forma de cono de la altura de una casa de 20 pisos. Había una de estas originales colinas a cada lado de la puerta de la empalizada y una tercera al fondo. Los tres montículos formaban en medio una especie de hondonada donde pululaba una muchedumbre de hormigas gigantes.
Como antes en el ataque de los insectos al cohete, se escuchaba un ruido ensordecedor, como de mil remachadores trabajando en un astillero en plena actividad.
—¡Un hormiguero! —exclamó McAllister. Y movió las palancas para hacer marcha atrás.
—¡Alto! ¿Qué va a hacer? —gritó Erle—. ¡Siga adelante!
—¿Está loco? Hay más de un millón de hormigas ahí dentro. ¿Quiere que nos devoren como a los otros?
—No hay un millón de hormigas, ni siquiera un millar —contestó Erle a gritos—. ¡Siga adelante, nuestros amigos pueden haber sido traídos aquí!
McAllister, con las manos en las palancas, miró al profesor Dening.
—Cargue a toda velocidad, es la única forma de salir vivos de aquí —dijo Robert Dodson.
Y disparó una ráfaga de ametralladora contra un grupo de hormigas que venía corriendo al encuentro del tractor.
Algunos de los insectos soltaron sus lanzas y rodaron por el suelo dando botes y contorsiones de forma extraña. El resto huyó a la desbandada profiriendo desapacibles chirridos. McAllister embragó la primera velocidad. El «Bren» arrancó y Robert Dodson dijo:
—¿Se han dado cuenta que las balas sólo afectan a estos bichos cuando se les da en plena cabeza?
—Me di cuenta que todas las hormigas que vi muertas tenían heridas en el cráneo, especialmente en los ojos —contestó Erle.
El «Bren» pasó sobre los insectos heridos, aplastándolos con espeluznante chasquido. McAllister metió la segunda velocidad y dijo:
—Deberían emplear el lanzallamas. Recuerdo que de niño me divertía persiguiendo hormigas con una cerilla encendida... y morían enseguida.
El «Bren» tomaba impulso cuando Robert se inclinó y tomó del piso del vehículo algo que se parecía mucho a un extintor de incendios. Erle lo había tomado por tal, ignorando que llevaban un lanzallamas a bordo.
La chusma verde concentrada en el seno de las colinas se ponía en movimiento hacia el tractor, agitando un bosque de lanzas, brazos y antenas. Las antenas y los cráneos de aquellos seres eran precisamente lo que les daba apariencia de hormigas, pues, en lo demás, era dudosa la semejanza.
Erle ayudó a Robert a cargarle el pesado bidón a la espalda y luego tomó un par de granadas de la caja.
El transporte «Bren» cargó como un búfalo contra la bulliciosa chusma verde. Qué les antojó la máquina terrestre a los insectos venusinos, era cosa que jamás podría saberse.
Quizás lo tomaran por un animal monstruoso, pues a esto se parecía el «Bren» con su proa chata y sus faros, todavía encendidos, brillando a modo de espantables pupilas.
Cualquier cosa que pensaran las «hormigas», éstas se apartaron como las aguas de un mar ante la quilla de un buque. El «Bren» se lanzó rugiendo por la brecha. Los insectos no se apartaron mucho, lo cual constituyó una desgracia para aquellos que intentaron alcanzarle de cerca. Tres bombas cayeron entre ellos arrancando algunas cabezas y buen número de brazos y piernas.
Por el lado derecho, un chorro de fuego líquido, saliendo de la manga que empuñaba Robert Dodson, trazó un arco trágico en el aire y cayó sobre los insectos, rociándoles al paso.
—¡Magnífico! —exclamó Erle viendo cómo las hormigas corrían y se revolcaban convertidas en antorchas vivientes.
Las lanzas arrojadas por la chusma verde rebotaban ruidosamente contra los costados blindados y las rezongantes orugas del tractor. Erle, Mills y el profesor Dening arrojaban bombas de mano todo lo aprisa que les era posible.
Cargando a todo gas contra los insectos, en medio del trueno de las bombas y la gritería de las extrañas criaturas, el «Bren» llegó al centro de la hondonada entre las tres colinas hormigueras.
Allí, McAllister lanzó una exclamación de asombro y movió bruscamente las palancas de dirección. El tractor chirrió fragorosamente al dar dos vueltas sobre sí mismo antes de quedar inmóvil y como clavado al suelo.
—¡Están aquí! —gritó el conductor, saltando en pie de un brinco.
Erle, que había ido a parar contra la ametralladora del «Bren», miró a través de la aspillera y lanzó a su vez una exclamación, mezcla de alegría y horror.
Sobre tres o cuatro estacas en forma de horquilla descansaba una larga vara horizontal a dos metros del suelo. De esta vara colgaban, cabeza abajo, una hilera de hombres en cuyos trajes reconoció instantáneamente a su tío Willie y a los que le acompañaban al internarse en la selva.
—¡Gran Dios! —gritó Erle. Y sin detenerse a reflexionar, brincó sobre el parapeto de acero al suelo.
Por la forma en que los hombres colgaban, tocando con las manos en el suelo, Erle dedujo que eran cadáveres antes de llegar junto a ellos.
—¡Raymer... Raymer! —llamó débilmente una voz.
Con pupilas desorbitadas por el horror, Erle registró la fila colgante hasta descubrir un cuerpo esbelto que se movía.
—¡Mildred! —exclamó Erle corriendo hacia la muchacha.
Robert Dodson corrió también llevando a la espalda el lanzallamas. Las hormigas gigantes que habían huido ante el tractor, se detuvieron en las laderas de los montículos y tremolaron en el aire brazos y lanzas, armando un estrépito infernal, formado de un millar de furiosos chirridos. Algunas jabalinas, lanzadas con extraordinaria fuerza y habilidad, cayeron alrededor de los terrícolas, elevándose en el suelo.
Erle llegó junto a miss Harlow.
—Apoye las manos en el suelo mientras la desato —dijo Erle jadeante—. ¿Se encuentra usted bien? ¿No está herida?
—No, no... Descuélgueme pronto... ¡Dios mío, cuánto horror! —gimió la muchacha cerrando los ojos.
Tony Mills y el profesor Dening llegaron corriendo.
—¡Pronto, un cuchillo!
Mills extrajo del bolsillo su inseparable navaja. Erle la abrió y cortó las ligaduras de los tobillos de miss Harlow. Luego, corrió hasta el hombre que estaba más cerca.
Era Ted Martindale. Parecía muerto, pero no lo estaba. Respiraba lenta y acompasadamente. Erle le cortó las ligaduras mientras McAllister, desde el «Bren», hacía tabletear la ametralladora contra los insectos gigantes.
Erle depositó a Martindale en el suelo y corrió hacia su tío.
Mister Peace colgaba también pesadamente y tenía los ojos cerrados, pero vivía. Erle cortó sus ligaduras y luego las de todos los demás, sin averiguar quiénes eran ni si estaban vivos o muertos.
Robert Dodson tendió una cortina de humo y de fuego con su lanzallamas. McAllister maniobró haciendo recular al tractor.
—Venga aquí, Robert... ayúdeme —llamó Erle.
Miss Harlow se tambaleó al ponerse en pie y se acercó al vehículo. McAllister abatió la plancha de popa para que Erle y Dening pudieran echar dentro los cuerpos exánimes de mister Peace, el profesor Hagerman, el capitán Whitney, Ted Martindale, José Ramírez, Luis Carrizo y Domingo Hernández. Robert, entre tanto, había dado una vuelta completa al grupo tendiendo una barrera de fuego con el lanzallamas.
—¡Suba al tractor, Dodson! —le gritó Erle, trepando a su vez al vehículo.
Robert corrió para alcanzar al «Bren», que ya se ponía en marcha, y subió de un salto.
Salieron tronando de la hondonada, lanzando bombas con todas las manos a diestra y siniestra. McAllister enfiló la puerta de la empalizada y luego la trocha por donde habían venido.
En el fondo del transporte los cuerpos saltaban y se bamboleaban. Un fuerte viento agitó rumorosamente las copas de los gigantescos árboles. Se dejó oír un trueno fragoroso, potente como la explosión de varias toneladas de dinamita. Un resplandor cárdeno penetró a través de la densa techumbre de hojas.
Ted Martindale se agitó y abrió lentamente los ojos. Un rayo cayó en algún punto no lejano de la selva. Se escuchó un estampido ensordecedor. Miss Harlow se apretujó instintivamente contra Erle Raymer. El joven la cercó con su brazo mientras el profesor Dening trataba de reanimar al capataz.
Súbitamente empezó a llover. La primera rociada cayó sobre la cúpula de verdor con un ruido que ahogaba el zumbido del motor. Luego, la lluvia se escurrió de las hojas, grandes como paraguas, y cayó sobre los terrícolas en forma de gruesos caños.
Tanta y tan espesa caía el agua que los terrestres a duras penas encontraban aire para respirar. El viento adquirió la fuerza de un huracán, removiendo las copas de los grandes árboles como si fueran espigas de trigo. Los truenos retumbaban continuamente, dando a los viajeros la impresión de deslizarse entre una batería de monstruosos cañones que no cesaban de disparar.
Como el vehículo era descubierto por arriba, el agua caía dentro de la artesa metálica y encima de sus ocupantes, a quienes cegaba y ahogaba.
La lluvia espabiló a los desmayados. Mister Peace, Hagerman y uno de los mexicanos tosieron y abrieron los ojos. El fragoso retumbar de los truenos impedía a los hombres oírse unos a otros.
Poco después, en plena tormenta, el «Bren» llegaba al calvero y se detenía junto al cohete. La operación de trasladar a los rescatados a bordo de la astronave se realizó bajo la lluvia torrencial, en una semipenumbra lóbrega, rasgada de continuo por el cárdeno parpadeo de los relámpagos.
Erle, Mills y McAllister se quedaron abajo para enganchar el tractor y luego subieron con el vehículo hasta la cámara del cohete.
Casi todos los tripulantes habían subido ya a las cabinas. En la bodega estaba mister Williams Peace contemplando sombríamente el cadáver de Luis Carrizo.
—No sabía que estuviera muerto, aunque lo hubiera traído de todos modos —murmuró Erle—. ¿Sabe ya miss Harlow lo ocurrido a su padre?
Mister Peace asintió y dijo.
—La han llevado arriba. Ha sido un golpe terrible para ella... y también para todos nosotros. ¡Esos malditos y asquerosos bichos!
—¿Qué ocurrió exactamente?
—Nos sorprendieron cuando estábamos cerca de aquí. Brotaron como diablos del suelo... de los árboles, de todas partes. Se identificaban tan bien con la vegetación, que uno apenas podía verles a causa de su color verde. Allí cayó Vargas y me clavaron a mí una lanza en una pierna...
Mister Peace señaló su muslo ensangrentado, que miss Custer le estaba vendando con unas gasas, y prosiguió:
—Intentamos retroceder hacia el calvero, pero allí estaban precisamente aquellos diablos verdes. Así que ideamos dar un rodeo y nos deslizamos hacia el este, sin dejar de luchar... Oírnos disparos y estallido de bombas, de lo cual deduje que los bichos atacaban el cohete y era mejor no acercarnos en aquel momento. Avanzamos hacia el norte. Ya creíamos haber despistado al enemigo cuando, de pronto, nos vimos rodeados de ellos. Fue una lucha feroz... a brazo partido. Ellos nos abrumaron con su número, se arrojaron sobre nosotros y nos clavaron sus aguijones...
—¿Sus aguijones? —preguntó Erle.
Y el profesor Hagerman dijo:
—Sí. Llevan un aguijón en la parte inferior del cuerpo. También a mí me lo clavaron en la espalda. Sentí un dolor muy fuerte, como la picadura de un alacrán, y perdí el conocimiento. Creo que a todos les ocurrió lo mismo, pues recobramos el sentido al mismo tiempo.
—Miss Harlow estaba despierta cuando les encontramos en aquel hormiguero —apuntó Erle.
—Pues es extraño... a menos que se desmayara del susto y los insectos la creyeran adormecida por sus aguijones. Yo no recuerdo nada desde el momento que uno de esos animales cabalgó sobre mis espaldas hasta que desperté en el tractor... Por cierto, que aún no le he dado las gracias a usted después de habernos salvado la vida. ¿Dice que nos encontró en un hormiguero?
—A mí me pareció un hormiguero.
—¿Cómo se le ocurrió buscarnos allí?
—Yo no sé si estos bichos serán realmente hormigas, pero, de todos modos, algo se parecen a ellas. Me acordé de nuestras hormigas terrestres y de su forma de comportarse. Las hormigas suelen acarrear la comida a sus madrigueras, y las que les atacaron a ustedes parecían bastante hartas, por cuanto no acabaron de devorar al profesor Roswell. Eso me hizo pensar en la posibilidad de que hubieran sido hechos prisioneros... algo absurdo, tratándose de animales, pero que, al fin, resultó ser cierto.
—Fue una tontería internarse en la selva sin tener idea de lo que podíamos encontrar en ella —murmuró mister Peace—. Vamos a salir inmediatamente de este infierno.
—¿Volvemos a la Tierra? —preguntó Erle.
Su tío le miró sorprendido.
—¿Quién desea volver a la Tierra? —preguntó.
—Supongo que algunos querrán hacerlo. Por ejemplo, la señora Aronson, que ha perdido a su marido. Y también miss Harlow, que ha estado en peligro de morir y acaba de saber el trágico fin de su padre.
—Apenas acabamos de llegar. ¿No sería una estupidez marcharnos enseguida, sin saber siquiera qué condiciones de vida reinan en otras partes de este planeta?
—No soy yo quien desea marcharse. Sugiero, simplemente, que puede haber a bordo personas que deseen hacerlo cuanto antes.
—Esas personas, si existen, esperarán hasta que hayamos encontrado y escogido un buen sitio para formar una colonia. Luego, el cohete regresará a la Tierra para dejar allí a quien lo desee y volverá a Venus con nuevos colonos y más material.
—¿Insistes en levantar aquí un imperio de tu exclusiva propiedad?
—Desde luego. ¿Quién puede impedirlo?
—Se necesita dinero para traer gente, cultivar los campos, levantar fábricas y construir ciudades. ¿De dónde vas a sacar el capital?
—No lo he pensado todavía, pero algo se me ocurrirá. Al fin y al cabo, las ciudades y las fábricas no son lo esencial para la vida. Los colonos que vengan aquí encontrarán una tierra fértil de donde poder extraer su pan y pastos inmensos para el ganado, que les proporcionará carne abundante. Lo demás: casa, muebles, vestidos y calzado, puede hacérselo el colono con sus propias manos y la colaboración de sus camaradas. Eso es, a mi entender, lo indispensable, y eso lo encontrará aquí el inmigrante que llegue de la Tierra en busca de pan para él y para sus hijos.
Williams Peace se interrumpió para contemplar pensativamente la densa cortina de agua tendida más allá del gran portalón de la astronave. Luego, miró con fijeza a su sobrino y preguntó:
—¿Te cuentas tú entre ésos que quieren regresar a la Tierra, Erle? ¿Te asusta la inmensa tarea que te aguarda si permaneces en Venus, construyendo con tus propias manos el imperio que estás destinado a mandar?
—En modo alguno —repuso Erle, negando con la cabeza—. También a mí me seduce la idea de emular a los antiguos conquistadores. Me seduce, sobre todo, porque nosotros disponemos de medios más modernos y rápidos para realizar nuestras conquistas. La profesión de antiguo conquistador no debió ser, en la realidad, tan emocionante y poética como la vemos ahora a través de las edades. A nosotros nos cabe la esperanza de ver realizada nuestra obra... goce del que no pudieron disfrutar Cristóbal Colón, Américo Vespucio, Francisco Pizarro, Hernán Cortés y tantos otros.
—Sí, eso es cierto —murmuró mister Williams Peace—. El tractor, la máquina explanadora, el aeroplano y la energía atómica están a nuestra disposición para realizar nuestro sueño. Si el Oeste americano fue conquistado en ciento cincuenta años, nosotros reduciremos ese tiempo a un décimo, o sea a quince años. Esperaremos a que cese la lluvia para enterrar nuestros muertos.
Quince minutos más tarde dejó de llover. Los negros nubarrones se alejaron con su acompañamiento de sonoros truenos. Poco después, el cesto de mimbre volvía a bajar colgando del cable de la grúa. Erle Raymer, Martín Archer y Tony Mills saltaron al suelo armados de ametralladoras y bombas de mano, tomaron un par de cajas de madera y atravesaron el calvero hacia donde yacían los huesos dispersos del profesor Harlow.
Desde la plataforma que formaba la compuerta levadiza, Mildred Harlow y mistress Aronson siguieron con los ojos enrojecidos por las lágrimas las idas y venidas de los tres hombres dedicados a la macabra tarea. Junto a ellas, el capitán Whitney, el profesor Clancey, el profesor Dening y mister Peace vigilaban atentamente, fusil ametralladora al brazo.
El cesto hizo otro viaje, depositando en el suelo a los mexicanos y a McAllister. Luego, fueron bajadas dos perforadoras y un compresor eléctrico. El compresor fue conectado al circuito eléctrico de a bordo y empezó a trepidar.
Cuando Erle, Mills y Archer terminaron de recoger los esqueletos, las perforadoras empezaban a honrar la roca del calvero en donde la astronave había ido a posarse. El cadáver de Vargas, metido en un ataúd recién construido, fue bajando también hasta el suelo.
La mayoría pensaba que los restos de las tres víctimas debieran haber sido subidas a bordo para ser enterrados más tarde en otro lugar más tranquilo. Pero mister Peace insistió:
—No. Les daremos sepultura aquí mismo, donde cayeron, en el mismo lugar donde una astronave tripulada por hombres de la tierra se posó por primera vez en el suelo de Venus. Algún día las generaciones del futuro acudirán a este lugar en emocionante peregrinación. Y allí donde admiren el sitio donde la tosca astronave de los descubridores se posó, reverenciarán también la tumba de los primeros hombres que dieron su vida por un mundo más feliz y mejor. Harlow, Aronson y Vargas serán enterrados aquí. Y cuando yo muera, donde quiera que ello ocurra, quiero también ser traído aquí y enterrado junto a nuestros compañeros.
Los expedicionarios cedieron al capricho de mister Peace.
—Después de todo —dijo McDermit haciendo una mueca—, quizás el viejo tenga razón. Quizás algún día este maldito agujero sea declarado monumento nacional por los futuros pobladores de este planeta.
—El suelo aquí es de roca —observó Archer.
—Mejor —dijo Erle Raymer—. Cubriremos la tumba con cemento y las hormigas no podrán profanarla.
Y fue así como en una hora de trabajo, las perforadoras abrieron una docena de agujeros, que fueron rellenados de dinamita.
Todos se alejaron situándose detrás del cohete, mientras ardían las mechas. Hubo una fuerte detonación, y un gran bloque de granito saltó en el aire entre llamas y humo.
Los mexicanos volvieron al humeante agujero.
McAllister volvió a su tarea de soldar dos barras de hierro para formar una cruz.
—¡Oro... Oro! ¡Oro, señor Peace! —gritaron los mexicanos.
Erle se volvió con rapidez, viendo a Ramírez que corría hacia él llevando un grueso pedrusco en la mano.
—¡Mire, patrón, oro! —chilló el mexicano—. ¡La tumba que hemos abierto tiene una vena de oro!
Erle se quedó mirando el pedrusco que Ramírez le mostraba con manos temblorosas. Pesaba lo menos cuatro kilos y todas sus caras y aristas brillaban como ascuas.
Carrizo llegó corriendo con otras dos piedras iguales. Todos los que estaban en tierra formaron corro alrededor de los mexicanos. Miraron y palparon las piedras, llamando con fuertes voces a los que se asomaban por la plataforma levadiza.
—¿Estáis seguros que esto es oro? —preguntó Erle.
Los mexicanos juraron por la memoria de sus abuelos y una larga lista de santos que lo era.
Mister Peace bajó apresuradamente en el cesto acompañado del profesor Clancey, el profesor Dening y Glenbrook.
—¿Qué tonterías he oído acerca de oro? —gruñó el archimillonario—. ¡A ver esos pedruscos!
Mister Peace cogió las piedras, las miró y palideció.
—¡Recáspita! —exclamó por lo bajo—. Pues sí es oro.
El profesor Clancey examinó también una de las piedras.
—Si, es oro, no cabe duda —afirmó.
Todos se acercaron al agujero abierto por la dinamita. La excavación había cortado una gruesa vena aurífera que corría a muy pocos centímetros de profundidad. Prácticamente bastaba arañar el suelo para extraer varios quintales de oro.
Mientras estaban comentando en torno a la excavación, llegaron los que faltaban, a excepción de mistress Aronson, que se quedó arriba. Los mexicanos habían vuelto a empuñar las perforadoras para sacar más oro. McAllister, Archer y otros se les unieron afanosamente
—¡Dejen eso! —ordenó mister Peace secamente—. ¡Digo que lo dejen!
Todos miraron al archimillonario con sorpresa.
—Antes que nadie extraiga un gramo más de oro vamos a poner en claro una cosa —dijo mister Peace con energía.
—¿Va a decirnos que el oro es suyo porque ha sido encontrado en un planeta de su propiedad? —preguntó Glenbrook con aspereza.
Mister Peace le miró con dureza y dijo:
—El oro es mío, desde luego. Si alguien tuviera que disputarme su posesión, serían el profesor Clancey, miss Harlow, como heredera de su padre, y acaso el profesor Dening, que sugirió la habitabilidad de este mundo. Sin embargo, no es esto lo que quiero discutir. Estoy dispuesto a dejarles coger tanto oro como cada uno de ustedes necesite para ser rico allá en la Tierra.
—Nadie pide más —protestó Glenbrook riendo.
—El hombre —contestó mister Peace— es la única bestia de la creación que toma más que lo que necesita. En realidad, la codicia del hombre no reconoce límites. Hoy pueden ustedes sentirse satisfechos, y en el viaje de regreso a la Tierra matarse unos a otros por atesorar más riquezas. Lo que pudo ser acontecimiento feliz para todos será nuestra desgracia si no razonamos como personas inteligentes y civilizadas.
Hombres y mujeres se miraron unos a otros avergonzados,
—Creo que todos nos sentimos personas civilizadas, mister Peace —dijo el profesor Hagerman.
—Bien. Entonces vamos a coger ese oro que todos necesitamos: ustedes, para ser felices en la Tierra, y yo, para hacer felices aquí a los millones de seres humanos que no pueden serlo en la Tierra. Todo lo que saquemos lo dividiremos en dos partes. Una para Clancey, miss Harlow y yo. La otra, se la repartirán entre ustedes a partes iguales, ¿de acuerdo?
Todos asintieron con profundos movimientos de cabeza.
—Pero antes —dijo mister Peace, con ironía—, vamos a enterrar a los muertos.
Los muertos recibieron sepultura con notable precipitación. Todavía estaba mister Peace recitando la oración fúnebre, cuando, uno tras otro, todos fueron alejándose con disimulo. Luego, cogieron las herramientas y se pusieron a excavar con frenesí de locos.
La señora Aronson rompió a llorar amargamente. Mister Peace la tomó por el brazo y la acompañó hasta el cohete.
Erle Raymer y Mildred Harlow quedaron solos ante el túmulo. Rodeados del golpear de los picos y la jadeante respiración de sus compañeros, sus ojos se encontraron sobre la tumba.
—¿Por qué espera usted? —preguntó ella mirándole con rencor a través de sus lágrimas—. ¿Por qué no corre a llenarse los bolsillos de oro? Ya nadie se acuerda de mi pobre padre, ¡y acaba de morir!
—Ése parece ser el destino de los grandes hombres —contestó Erle con amargura—. Ser enterrados en el olvido y aclamados y enaltecidos en la posteridad.
—Yo hubiera preferido un poco más de respeto durante su funeral.
—Lo comprendo.
Ella tomó con la mano una lágrima que le rodaba mejillas abajo y echó a andar hacia el cohete. Erle se puso a andar en silencio a su lado.
—Perdóneme —dijo ella de repente—. Creo que le juzgué mal. Usted no es como los demás. Es como su tío Willie.
—¿Cree usted?
Ella se detuvo y le miró a los ojos sin hostilidad.
—¿Qué hará usted cuando volvamos a la Tierra? —preguntó.
—Aprenderé a pilotar este cohete para guiarlo con mis propias manos durante el viaje de regreso a Venus. Esa astronave es demasiado valiosa para confiarla en manos mercenarias, ¿no cree?
Ella asintió y Erle le preguntó:
—¿Y qué hará usted, ahora que es rica?
Mildred Harlow se volvió a mirar a la tumba de su padre, alrededor de la cual cavaban como energúmenos todos los miembros de la expedición.
—También yo creo que nuestra astronave es demasiado importante para confiarla en manos extrañas —dijo—. Nuestra astronave es como un puente levadizo entre la Tierra y Venus. Muchos querrán venir a Venus, atraídos por el hallazgo del oro, pero, aunque nos engañen al venir, no podrán engañarnos cuando intenten regresar. Sus afanes por atesorar riquezas serán estériles, porque nadie podrá regresar a la Tierra cargado de oro.
—Entonces... ¿se queda usted con nosotros, Mildred? —preguntó Erle con ansiedad.
—Creo que me necesitará usted, al menos hasta que sepa manejar solo la astronave.
—Yo creo que la necesitaré incluso después de aprender a manejarla —dijo Erle sonriendo—. Nuestra astronave, como el imperio que aquí queremos formar, es demasiado grande para que pueda controlarlo un solo hombre. El imperio venusino necesitará emperatriz algún día, ¿no cree?
Mildred Harlow enrojeció bajo la insinuante mirada de Erle.
—Si el emperador de Venus necesita emperatriz algún día, ¿quién sabe? Quizás me guste contarme entre las candidatas —murmuró la muchacha mirando al suelo.
Erle Raymer le asió de la mano, que tembló en la suya. Los dos echaron a andar lentamente hacia la gigantesca astronave, erguida en mitad de la selva como una torre metálica que desafiara la corpulencia de los mayores árboles creados por la naturaleza venusina.
Los buscadores de oro cavaron afanosamente siguiendo la vena aurífera de un extremo a otro del calvero. Más allá del calvero, la vena se hundía profundamente en el suelo, bajo la selva virgen dominada por las terribles hormigas gigantes. Al llegar a esta frontera, la razón se impuso a la codicia y los hombres regresaron rápidamente a la astronave.
Entre las espesuras misteriosas volvían a escucharse amenazadores chirridos de cigarra...
Veinte minutos más tarde, la astronave se elevó verticalmente en la atmósfera brumosa, se inclinó para tomar posición horizontal y, haciendo girar sus hélices traseras, se alejó lentamente para volar sobre la redondez del planeta en busca de un paraje más benigno, donde el hombre de la Tierra y su eterno afán de bienestar pudieran medrar en la abundancia y la dicha que prometía el húmedo, fértil y misterioso Venus.