CAPÍTULO IV

EL BUQUE ZARPÓ dos semanas más tarde. Cruzó el lago, se internó en el río, y desfilando ante los nativos que le contemplaban desde los campos de algodón y los trigales se perdió de vista en el callejón acuático que se deslizaba a través de la tupida, impenetrable selva.

El barco se desvaneció para siempre en la distancia. Jamás volvería a saberse nada de él ni de los hombres que lo tripulaban.

Pero esto lo ignoraban todavía los que aquella mañana lo despidieron desde la orilla del lago. Aunque el resto del día fue muy ajetreado, Erle Raymer se sorprendió repetidas veces pensando en el barco y en los tripulantes. Y no era que se sintiera arrepentido por haberse quedado en Nueva América.

También el resto; mister Peace, la señora Aronson, la señora Whitney, Watson y Tony Mills andaban mustios y con la mirada ausente aquel día.

Era que echaban de menos a los cinco hombres que acababan de marchar; Hernández, Ramírez, McAllister, McDermit y el profesor Hagerman. La ciudad rebosaba de las sesenta mil almas que la habitaban. Pero en medio de esta multitud los terrícolas se sentían solos y tristes.

Sólo el transcurso de los días y el trabajo agotador de las tres semanas siguientes pudo atenuar esta nostalgia de los ausentes.

Durante aquellas tres semanas, como las dos que habían precedido a la marcha del barco, los terrícolas desplegaron una actividad extraordinaria. Primero limpiando de escombros y volviendo a poner en marcha la fundición y los talleres. Luego fundiendo, torneando y montando cañones.

Cuando la primera banda de hombres-insecto voló sobre el extenso territorio obita cabalgando en monstruosos y zumbadores saltamontes, los terrícolas habían conseguido poner a punto ocho cañones antiaéreos, cuatro ametralladoras ligeras y las dos mil escopetas de gran calibre fabricadas en serie durante los meses anteriores.

Esta vez, la horda de hombres-insecto no pilló desprevenidos a los indígenas. Desde cien kilómetros de distancia, una red de emisoras de radio, manejadas por exploradores nativos, advirtió a la ciudad de la llegada de los invasores.

Al aparecer en el horizonte la nube de saltamontes, Erle Raymer se encontraba junto a la batería de cañones antiaéreos siguiendo los movimientos del enemigo a través de un telémetro de campaña.

Los hombres-insecto, que se tocaban con sus característicos capacetes de oro puro, volaron recto hacia la ciudad. Ignoraban a los largos tubos de acero que se movían en el suelo siguiendo su raudo vuelo. Cuando se encontraban a dos mil metros de la ciudad...

—¡Fuego! —gritó Erle por el teléfono que ponía en comunicación las cuatro baterías antiaéreas.

Los cañones rompieron a disparar con estruendo. Las granadas, rompiendo en breves fogonazos, rodearon al invasor de súbitas y negras nubecillas. La metralla esparcida por estas granadas destrozó literalmente a los saltamontes y a los hombres-insecto que se encontraban cerca.

Se produjo un movimiento de espanto y retroceso entre las alas atacantes. Otra descarga, más certera que la anterior, derribó dando volteretas a medio centenar de insectos.

La banda, formada por un millar aproximado de hombres-insecto, se dispersó emprendiendo precipitada fuga.

Era ésta la primera vez que se utilizaban cañones antiaéreos contra la horda de hombres-insectos. En realidad, el efecto de los grandes cañones fue más de índole moral que práctico.

Pero de todo el ámbito de la ciudad se levantó un clamor de gritos entusiasmados. Los nativos consideraban ya como suya la victoria.

—El asedio será largo —dijo Erle a Zurk, uno de los indígenas más inteligentes y gran amigo suyo que a la sazón mandaba la primera batería—. El enemigo es tenaz como sólo pueden serlo los insectos y no cejará en sus ataques hasta que la llegada del otoño les obligue a regresar a su patria.

—O hasta que les aniquilemos a todos —contestó Zurk.

—No podemos siquiera soñar en destruirles a todos. Algún día, cuando tengamos cañones dirigidos por radar y escuadrillas de aviones de caza, las hordas de hombres-insecto podrán ser aniquiladas rápida y completamente cada vez que vengan por aquí. Pero ahora no tenemos nada de eso y bastante haremos si dejamos la partida en tablas hasta que la llegada de otoño obligue a esos bichos a regresar al ecuador.

Estas palabras no eran en realidad de Erle. Éste las había escuchado muchas veces de labios del capitán Whitney. Sorprendía la forma en que la falta de un solo hombre dejaba un vacío tan grande entre sus amigos.

Erle echaba mucho de menos al enérgico y valiente oficial. Y todavía debía echarle más en falta en los días siguientes, cuando los hombres-insecto, engrosadas sus filas por otras hordas que iban llegando a medida que entraban en el verano, intentaron una y otra vez arrollar la tenaz resistencia de las débiles criaturas cuyo solo olor excitaba hasta enloquecer su voraz apetito de carne humana.

El ataque más violento que los humanos tuvieron que rechazar se produjo durante la noche del día que llegó la primera banda.

Los insectos esperaron a la noche para atacar.

Al anochecer, Erle dio orden para que se encendieran los reflectores eléctricos. Los insectos se lanzaron al ataque con denuedo. Como no volaban en grupo, sino bastante dispersados, los cañones no pudieron hacer nada para contenerlos.

Entonces entraron en liza las ametralladoras antiaéreas. El cielo, de una negrura como no se conocía en las más oscuras noches de la Tierra, se pobló del haz brillante y multicolor de las balas trazadoras.

Algunos saltamontes, cogidos por la barra luminosa de los reflectores, fueron derribados en vuelo. El resto, por escasez de proyectores, consiguió llegar a la ciudad sin ser visto.

No tardaron en escucharse gritos y sonar secos escopetazos en todo el perímetro de la ciudad. Aquí y allá empezaron a brillar los incendios. Erle había ordenado que la población se concentrara en torno al lago, donde se levantaban casi todas las casas de ladrillo, los almacenes y los talleres.

Dos mil escopetas, un centenar de fusiles y cinco mil ballestas de acero rodeaban el lago, esperaban en las calles, se apostaban en las ventanas y sobre los tejados...

El resto de la ciudad se había abandonado al invasor. Solamente el transporte «Breen» convertido en tanque y el automóvil «jeep» transformado en carro blindado podían disputarle aquel sector de la ciudad.

El «jeep» esperaba junto a la batería con Ruth Whitney al volante. A falta de hombres en quien confiar los vehículos, la viuda del capitán y la señora Aronson se habían convertido en conductores del «jeep» y el tractor «Breen», respectivamente.

Zurk y otro indígena siguieron a Erle al interior del vehículo blindado. Éste montaba dos ametralladoras; una en la torreta giratoria y otra en el parabrisas, tirando hacia adelante.

—¡Adelante, Ruth! —dijo Erle cerrando de golpe la portezuela blindada.

El «jeep» gruñó y rodó lentamente por las anchas y desiertas calles de la ciudad. A través de las estrechas mirillas, los ojos de la tripulación del carro avizoraban en todas direcciones.

No tardaron en tropezar con los hombres-insecto. Éstos entraban y salían de las chozas y barracas, furiosos al parecer de no encontrar en ellas «un mal viejo que llevarse a la boca», como diría Tony Mills.

Los insectos lo rompían todo. Destrozaban los escasos y pobres enseres de las chozas, les pegaban fuego y se lanzaban furiosamente sobre las chozas vecinas. Avanzaban lentamente hacia el lago, formando en torno a éste un círculo de casas incendiadas...

Una nube de flechas cayó sobre el coche blindado. Rebotaban contra las planchas de acero en continuo, ensordecedor estruendo. Se veían pasar veloces y grotescas figuras de cuatro angulosas patas sobre el fondo iluminado por los incendios. La luz de los faros chisporroteaba sobre los casquetes y las delgadas láminas triangulares de oro que los hombres-insecto llevaban cubriéndoles el pecho.

Las ametralladoras del «jeep» rompieron a disparar. Disparaban en rápidas y cortas ráfagas siempre que los tiradores vislumbraban un enemigo a la luz de las llamas y los faros propios.

El «jeep» recorrió varias calles tendiendo hombres-insecto o poniéndolos en fuga. Por espacio de tres horas rodó de aquí para allá sin dar tregua al enemigo, hasta que agotadas las municiones y exigua la provisión de gasolina regresó al parque, junto al lago para reaprovisionarse de unas y otra.

Toda la noche estuvieron los vehículos rodando por las calles de la ciudad, acudiendo allí donde menos se les esperaba para contener o refrenar el avance del enemigo hacia el lago.

Poco antes del amanecer empezó a llover. La lluvia era un meteoro tan frecuente en Venus que parecía mentira que no hubiera llovido en toda la noche.

Al amanecer, apenas la luz fue lo bastante fuerte para distinguir los objetos, una batería de morteros dirigida por el señor Peace abrió fuego a través de la lluvia contra las avanzadillas de hombres-insecto.

Durante todo el día prosiguió la batalla en medio de un temporal de lluvia. Lo que en Nueva América era sólo lluvia era en el océano viento y marejada.

Mientras en Nueva América Erle Raymer, su tío y sus compañeros luchaban contra los hombres-insecto, allá en el mar el viento volcaba montañas de agua sobre el pequeño barco de hierro.

Las olas rompieron el tragaluz de la sala de máquinas. Por la abertura empezó a entrar agua que pronto apagó los fuegos. El barquito, con las máquinas paradas, quedó a merced del temporal. El huracán lo arrastró como una pluma y lo estrelló contra la costa acantilada haciéndolo pedazos. Jamás volvería a saberse nada de él ni de los cincuenta hombres que lo tripulaban.

El temporal duró toda una semana. Las aguas de los ríos del país de los obitas subieron de nivel poniendo en graves apuros a los habitantes de Nueva América, amontonados junto al lago desbordado.

El agua cubrió medio metro las calles de la ciudad creando dificultades e incomodidades inesperadas. Pero también impidió remontar el vuelo a los saltamontes de los hombres-insecto, que temblaban ateridos de frío bajo un clima templado al que no estaban acostumbrados...

Durante tres días los morteros estuvieron martilleando al enemigo refugiado en las chozas de los arrabales de la ciudad. Los hombres-insecto asediados por el hambre, el frío y el agua, recibieron el golpe de gracia de manos de cinco mil indígenas que, armados de escopetas y de ballestas, fueron a buscarles a sus madrigueras y darles muerte uno por uno.

Aquel temporal que hizo zozobrar el barco de McAllister y estuvo en tres de anegar la ciudad hasta los tejados favoreció a la larga a la colonia terrícola. Contenidos por el viento, la lluvia y el descenso de la temperatura, la mayoría de las tribus de hombres-insecto suspendió por aquel año su periódica emigración al país de los obitas.

Hacia el final del verano algunas pequeñas partidas de insectos gigantes llegaron al territorio obita. Rechazados con grandes pérdidas por los cañones antiaéreos y las ametralladoras, los hombres-insecto optaron por hacer algo parecido a una guerra de guerrillas.

Durante la noche y siempre en pequeños grupos se acercaban a los arrabales de la ciudad y sorprendían a los centinelas o alguna familia indígena entregada al sueño llevándose sus cadáveres para devorarlos entre los trigales en sazón...

Los agricultores tenían que trabajar con la escopeta al alcance de la mano, porque el voraz enemigo surgía de donde menos se le esperaba para lanzarse sobre los grupos pequeños o desprevenidos.

Pero rara vez pillaron desprevenidos a los indígenas, y sí, en cambio, se vieron detenidos una y otra vez por media libra de plomo y hierro salidos de la boca acampanada de atronador y mortífero trabuco.

El uso de la escopeta se había difundido de tal modo en los dos últimos meses que no existía prácticamente ningún indígena que no tuviera su arma propia.

Los nativos habían descubierto que un trabuco era cosa fácil de construir, y se los construían con sus propias manos y sus pobres medios de materiales tan diversos como el acero, el hierro y el cobre. A veces, el arma era tan peligrosa para el que la disparaba como para el que encajaba el trabucazo.

Pero en general, aquellas armas rudimentarias detuvieron a los hombres-insecto. Los nativos las cargaban con puñados de chatarra, clavos, postas y hasta piedras. Los insectos gigantes eran unas criaturas de extraordinaria vitalidad, prácticamente inmunes a las balas, a menos que éstas le acertaran en el cerebro.

Sin embargo pocos hombres-insecto, al regresar a sus monstruosos hormigueros del trópico, debieron poder alardear de haber sobrevivido a las heridas de las armas de fuego.

La metralla de los trabucos abría en el cuerpo de los insectos agujeros tan enormes que podía mirarse a través de ellos.

Con la llegada del otoño los insectos se marcharon definitivamente. La temperatura era de 40 grados centígrados, francamente tórrida para los terrícolas. Pero fría para los hombres-insecto, acostumbrados a los 60 grados y aun más del infierno ecuatorial donde vivían.

Erle Raymer se entregó con entusiasmo a la tarea de preparar la expedición al país de los uchimes. No se tenían noticias del barco, aunque éste iba equipado con una potente estación de T.S.H. y habían convenido en intercambiar noticias cada domingo.

En la fundición y los talleres se trabajaba noche y día sobre las fórmulas y los planos dejados por McAllister y el difunto profesor Clancey. Se fabricaban a toda prisa cañones antiaéreos de 20 milímetros, copiados de las muestras originales construidas en los Estados Unidos de Norteamérica. Y también fusiles, municiones, ballestas y ligeros escudos de duraluminio.

En otros aspectos la labor era también intensa. Se construían carros ligeros para llevar la impedimenta, arneses, mantas y trajes especiales de abrigo para preservar a los «dragos» del frío de las cumbres nevadas. Estas telas se confeccionaron con el algodón de las dos cosechas anteriores tejidas en telares movidos a mano por dos millares de mujeres indígenas dedicadas a la confección de telas.

Los preparativos fueron más entretenidos de lo que Erle calculaba. El verano se echó encima y de nuevo surgió la cuestión de los hombres-insecto.

La situación, no obstante, era muy diferente de la del año anterior7. Los indígenas estaban bien armados, eran abrumadoramente superiores en número a las hordas de insectos que pudieran presentarse, tenían mayor número de casas de ladrillo y los graneros llenos de trigo y maíz.

Sin embargo, el señor Peace dudaba en abandonarlos. Eran «su obra» y temía un cúmulo de calamidades si les desamparaba por algunos meses.

—Vaya usted tranquilo, señor Peace —le dijo la señora Aronson—. Ruth y yo nos quedaremos aquí con los indígenas hasta que ustedes vuelvan «con la frente ceñida de laureles», como decían o debían decir las mujeres de los troyanos al despedir a sus maridos. Y no se preocupe, que nosotras sabremos cuidar de los indígenas y de nosotras mismas. ¿Eh, Ruth?

La joven asintió sonriendo y mister Peace delegó en ellas la misión de mantener el orden y dirigir la defensa de la ciudad, si aquel verano se presentaban las hordas de insectos como era de esperar por el mal tiempo que tuvieron el año anterior.

La expedición, finalmente, se puso en marcha al cumplirse el año de la partida del barco, del que no habían vuelto a tener noticias.

Con 15 días de antelación salieron los carros tirados por «digys» rodando lentamente por el camino de Yaart en dirección a las montañas. Para esta expedición Erle había decidido llevar consigo el transporte «Breen», vehículo blindado de gran robustez apto para rodar sobre toda clase de terrenos y muy a propósito para encabezar una columna en país áspero y desconocido.

Zurk marchó con la columna llevando consigo una emisora de radio de tipo militar y por medio de este aparato fue dando noticias de los incidentes de la marcha.

Cuando Zurk comunicó que habían llegado a las montañas Erle mandó allá una centuria de «dragos» con sus jinetes para que ayudaran a Zurk a buscar el camino más accesible.

Dos días más tarde Erle, su tío Willie, Watson y Tony Mills se despidieron de la señora Aronson y la señora Whitney, montaron en el «Breen» y se pusieron en marcha cubriendo en día y medio la distancia que los carros emplearon doce días en recorrer.

Detrás del «Breen» venían volando los tres mil «dragos» que formaban el grueso de la fuerza. Los «dragos» llegaron a la cordillera al mismo tiempo que los caudillos terrícolas y fueron inmediatamente «vestidos» con las prendas de abrigo confeccionadas expresamente para ellos.

Erle había imaginado difícil el paso entre las montañas, pero todo cuanto él supuso quedó empalidecido ante la dura realidad. Puede que Erle hubiera desistido de su viaje de conocer las penalidades que le aguardaban.

Pero Erle ignoraba lo que le esperaba tras cada vuelta del camino. Y confiando siempre en que la dificultad presente sería la última, de apuro en apuro, la expedición fue internándose en las montañas llegando a un punto desde el cual tan difícil era seguir adelante como volver atrás.

A seis mil metros de altura sobre el nivel del mar, el aire era tan enrarecido que hasta el motor del «Breen» encontraba serias dificultades para funcionar. El menor esfuerzo producía agobiante fatiga y desvanecimiento.

Los valientes «digys», bestias de la alzada de un caballo terrícola con un hocico puntiagudo y óseo, uno de los raros mamíferos de gran tamaño venusinos, bregaban penosamente tirando de los carros, arrastrando los cañones, cayéndose aquí... levantándose allá.

Los pterodáctylus o «dragos» renqueaban trabajosamente sobre sus torpes patas, grotescos en los burdos abrigos de algodón almohadillado, arrastrando por la nieve sus grandes alas insensibilizadas por el frío.

Toda la caravana avanzaba lentamente envuelta en torbellinos de nieve y de niebla por un intrincado dédalo de ventisqueros y desfiladeros, azotada por un viento huracanado cuyo bramido ahogaba el grito de los hombres que animaban a sus bestias...

No en vano eran tan escasas las relaciones entre los dos pueblos vecinos. Erle reconoció que el príncipe Duibo realizó una gran hazaña al pasar por aquellos lugares con todo un ejército de aves. También había pasado por allí en el viaje de regreso, y a Erle le emocionaba pensar que Mildred Harlow atravesó estos mismos parajes.

La idea que cada paso le acercaba más a la mujer amada permanecía fija en el pensamiento guiándole hacia adelante como la nube de fuego que sirvió de guía al pueblo israelita en su huida de Egipto.

Sólo de tarde en tarde recordaba que a su ejército no le impulsaba el mismo afán liberador, y entonces temía verse abandonado por sus tropas, exasperadas por el frío y las fatigas.

Pero aunque en ocasiones flaqueaban, los indígenas seguían adelante con valentía rayana en el heroísmo. Ellos, en su azarosa existencia de seres primitivos, habían pasado por episodios tan penosos como éste, con la diferencia que ahora no sufrían hambre y formaban un ejército compacto, numeroso y bien disciplinado.

Sentían los obitas el legítimo orgullo de quien se siente fuerte y rico después de largo período de pobreza y debilidad. Adoraban a sus caudillos extranjeros como a dioses, pues de ellos habían recibido cuanto ahora poseían.

Y en sus ánimos pesaba también amargamente el recuerdo de las dos mil víctimas del brutal e injustificado ataque de los uchimes.

El hallazgo de gran número de «muscari» congelados anunció al ejército obita que estaban en el punto más difícil de su marcha. Las «muscari» habían pertenecido a las tropas del príncipe Duibo. También encontraron algunos cadáveres de soldados uchimes.

También los obitas perdieron algunos centenares de «dragos», pese a ir protegidos con prendas de abrigo, por ser éstos más frioleros que las «muscari». Unos cincuenta hombres perecieron en la penosa etapa, víctimas unos del frío, otros por asfixia, y la mayoría por accidentes acaecidos durante la marcha.

En cuanto al tractor «Breen», éste creó tal número de dificultades que Erle estuvo cien veces a punto de abandonarlo. Todas las noches el agua del motor se congelaba. A veces se helaba también estando en marcha. Los hombres y los animales tuvieron que ayudarle a salir de inacabables atascos. Otras veces el tractor ponía en juego sus 120 caballos de fuerza para desatascar a los carros.

Toda la travesía de la cordillera fue una pesadilla de carros que volcaban, «digys» con las patas rotas a los que había que rematar a tiros, hombres que vomitaban sangre, «dragos» que se quedaban congelados, nieve, aludes, viento, frío...

El príncipe Duibo, ciertamente, había realizado una hazaña al pasar aquella cordillera con un ejército de «muscaris».

Pero su hazaña quedaba empequeñecida si se la comparaba con la de los terrícolas.

Duibo llevaba un ejército ligero, sin impedimenta alguna, con aves abrigadas con plumas capaces de resistir temperaturas más bajas que los «dragos», pobres y torpes lagartos por su desgracia provistos de alas de murciélago.

Erle Raymer, su tío, Tony y Watson marchaban al frente de una fuerza tres veces mayor, embarazada por el peso de los cañones y una gran impedimenta.

Nunca un ejército tan heterogéneo y numeroso había utilizado aquel paso de entre montañas de hasta 30.000 metros de altura, cuyas cimas desaparecían en el cielo de Venus eternamente cubierto de nubes.

Parecía un milagro que aquella tropa pudiera sobrevivir al frío, a la nieve, a las tempestades, a los aludes, a la fatiga y a la falta de oxígeno de aquellas alturas desoladas.

Pero la expedición sobrevivió, gracias a la tenacidad de sus hombres y a Dios. Los cadáveres de «muscari» y de uchimes fueron escaseando durante la octava jornada y dejaron de verse al día siguiente.

Empezaban a descender por la vertiente opuesta de las montañas. El aire fue enriqueciéndose de oxígeno, lo cual acusaron los «dragos» y los «digys» dando muestras de mayor vivacidad. Hasta los 120 caballos del motor del «Breen» roncaron con toda su potencia...

Estimulados por la proximidad del fin de sus fatigas, hombres y bestias se lanzaron hacia adelante. El clima se hizo más benigno al día siguiente.

Dos días más tarde, desde la montaña, Erle Raymer veía a sus pies los verdes y exuberantes bosques del país de los uchimes. Su tenacidad y la de los hombres que le seguían habían vencido sobre las penalidades del formidable obstáculo.