CAPÍTULO PRIMERO

CÓMODAMENTE REPATINGADO SOBRE los cojines de su real barquilla, el príncipe Duibo dejaba caer su grave mirada sobre la dilatada selva que iba deslizándose rápidamente bajo sus pies. Ahora, Duibo se sentía satisfecho. La parte peor de su larga y azarosa expedición quedaba atrás junto con la elevada cordillera de montañas que formaba una frontera natural entre el gran imperio de su padre y el país de los obitas

No en vano eran tan escasas las relaciones entre los obitas y el gran imperio Uchime. Las cimas de las montañas que había de salvar eran tan altas, que ningún pájaro podía volar sobre ellas.

Para llegar hasta el país de los obitas había que utilizar un largo y tortuoso paso entre las montañas, paso constantemente batido por furiosos vientos huracanados que había que salvar andando penosamente sobre la nieve, ya que el viento impedía volar a las grandes y multicolores «muscaris», que constituían la caballería aérea del imperio. Ahora bien; las «muscaris» eran aves frioleras y muy torpes cuando se valían de sus patas, razón por la cual había visto el príncipe considerablemente mermadas sus fuerzas al pasar entre las montañas.

Por fortuna, todo quedaba atrás y la fuerza aérea volaba ahora desplegada a derecha e izquierda de la barquilla imperial, precedida por una centuria de jinetes exploradores que se divisaban en lontananza medio velado por la atmósfera saturada de vapor de agua.

Duibo, naturalmente, se sentía orgulloso de su fuerza. Dos mil jinetes, de los dos mil quinientos que iniciaron el viaje, volaban a su alrededor erguidos sobre los cuellos largos y elegantes de sus grandes, resistentes y hermosos «muscaris». Cada jinete embrazaba redondo y relumbrante escudo. Las lanzas enhiestas hacían flamear al viento las banderolas del extremo de las astas. Era una lástima que el exceso de vapor de agua de la atmósfera del país de los obitas empañara el centelleo de los alados cascos de los guerreros. Mas así y todo, la tropa constituía un cortejo brillante, digno de la categoría del personaje que escoltaba, aunque seguramente excesivo para el objeto que se perseguía.

Algunas semanas atrás se habían recibido en la capital imperial, informes confusos procedentes del otro lado de la frontera septentrional, en el sentido que unos extranjeros, llegados nadie sabía de dónde, se habían establecido en el país de los obitas y estaban haciendo un montón de cosas raras.

Los obitas, al parecer, tenían la pretensión de haber sido favorecidos con la particular bondad de Cirón, padre de todos los dioses, el cual les había mandado algunos dioses menores para ayudarles a salir de una vez de su ancestral miseria. Los uchimes, naturalmente, no podían creer que Cirón ni ningún otro dios se hubiera dignado posar sus ojos sobre aquel pueblo miserable, brutal y atrasado, que constituían los obitas. No obstante, el Emperador, padre del príncipe Duibo, estimó que valdría la pena investigar lo que de extraño estaba ocurriendo allende las montañas, y como no era hombre a quien gustara permanecer en la duda, mandó a su propio hijo a tan remoto país para que averiguase qué había de cierto en aquellos rumores tan persistentes.

Así fue como Duibo, después de viajar a todo lo ancho del vasto imperio de su padre y las duras jornadas del paso de las montañas, se encontraba hoy ya en el país de los obitas, surcando el espacio en dirección norte en busca de Yaart. El príncipe se incorporó de sus cojines cuando Yaart asomó en lontananza encaramada sobre una eminencia.

La barquilla imperial experimentó una ligera sacudida cuando la media docena de «muscaris» que la remolcaban empezaron a descender en vuelo planeado. Duibo se sentía tan orgulloso de su navecilla, como de la aguerrida fuerza que la escoltaba. Incluso en Uchime, donde la gente poseía cierta cultura, causaba sensación este artefacto de alas rígidas que, semejante por su aspecto a un gigantesco «muscari», se sostenía en el aire con firmeza y se desplazaba en el espacio con una majestad muy a tono con el carácter de los personajes para quienes fue construida.

La navecilla era una de las más recientes creaciones de los ingenieros imperiales y se fundaba en los principios sustentadores de los cometas que desde años atrás servían de juguete a los niños de Uchime. Un ligero armazón de alambre y bambú, recubierto de tela embreada y pequeñas plumas, imitaba las formas de un «muscari» con sus grandes alas desplegadas. Entre las alas y medio ocupando el cuerpo hueco del gigantesco pajarraco, iban los tripulantes, protegidos del viento y la lluvia por un quiosco de cúpula dorada provisto de cortinillas.

La creación del gran pájaro no había sido posible hasta que sus inventores, después de muchos fracasos estrepitosos, descubrieron un medio de dominarlo haciendo orientable su grande y vistosa cola, de tal suerte que pudiera seguir las evoluciones de las aves que lo remolcaban mediante cuerdas. El conductor iba montado a horcajadas sobre el cuello del pájaro empuñando las riendas que mandaban el timón de cola.

Echando una ojeada desde el aire a la ciudad, Duibo descubrió algo extraño. Yaart, por todas las trazas, era una ciudad desierta. La mayoría de sus casucas estaban derruidas, borrado el trazado de muchas de sus inmundas callejas. La fértil vega que rodeaba a la ciudad había sido abandonada a tal extremo, que la selva que antes poseyó, volvía por sus fueros avanzando triunfal por las tierras que le arrebató el hombre.

La navecilla imperial se quedó dando vueltas sobre la semiderruída Yaart, en tanto un destacamento descendía para inquirir noticias. Duibo, reclinado sobre un codo les vio posarse en las ruinas, abandonar sus monturas y andar de un lado a otro hasta que se reunieron y volvieron a levantar el vuelo.

Poco después el capitán Olaf acercaba su «muscari» a la nave imperial y gritaba:

—La ciudad lleva por lo menos un par de años abandonada, señor. No hemos encontrado a nadie. Solamente muchos esqueletos de hombres-insecto.

Duibo señaló hacia el norte. La fuerza volvió a formar y reanudó la marcha.

Ahora el príncipe estaba pensativo. Según los rumores llegados hasta el territorio Uchime, los dioses enviados en ayuda de los salvajes obitas habían infligido un duro castigo a los hombres-insecto. El hallazgo de los esqueletos de éstos en Yaart parecía venir en apoyo de aquella fantástica historia aunque, bien mirado, también podía significar que los obitas de Yaart se defendieron como bravos, e hicieron morder el polvo a gran número de hombres-insecto antes que éstos les arrollaran y acabaran devorándolos a todos.

¡Los hombres-insecto! Duibo se estremeció al pensar en estos seres de pesadilla, especie de hormigas gigantes, que andaban derechos como los hombres a quienes se atribuía una inteligencia casi humana.

Uchime, separada del territorio de los obitas por una infranqueable cadena de montañas, jamás había visto sus tierras invadidas por las hordas de aquellos voraces insectos. Éstos eran oriundos de las tierras tropicales del norte e incluso el país de los obitas era demasiado frío para ellos y para la raza de gigantescos saltamontes que montaban, sólo en los cortos meses de verano —y no todos los veranos— se atrevían los hombres-insecto a visitar el país de los obitas. Pero jamás habían traspuesto las nevadas cumbres de la frontera Uchime y, caso de hacerlo, hubieran encontrado allí un eficiente ejército montado en «muscaris» que les hubiera quitado las ganas de volver.

Volando sobre la inmensa selva, los exploradores uchimes no tardaron en divisar otra ciudad que aparecía aún más completamente arrasada que la anterior. Una somera investigación demostró que no se encontraba entre las ruinas alma viviente alguna capaz de indicar dónde podría hallarse a los supuestos enviados del dios Girón.

Temiendo haber sido víctima de una falsa noticia, el príncipe Duibo hizo señas para que se continuara el vuelo. El río que habían venido siguiendo desde el pie de las montañas se ensanchaba considerablemente a partir de la segunda ciudad derruida. La primera señal de vida cobró la forma de una balsa de troncos que navegaba lentamente a favor de la corriente.

El capitán Olaf preguntó a Duibo si quería que alguien bajara a interrogar a los ocupantes de la balsa, pero el príncipe negó con la cabeza, señalando una gran ciudad que se divisaba entre la bruma, a orillas de un gran lago.

La fuerza uchime siguió volando sobre el río y poco después se divisaba una nube de «dragos» que venían batiendo pesadamente sus membranosas alas en dirección a los viajeros.

Duibo se quedó mirando a los «dragos» con más curiosidad que temor. Para un uchime el aspecto de los grandes y grotescos «dragos» era sencillamente ridículo. Estos animales de alas de murciélago carecían de plumas. Su piel tenía un color gris oscuro muy desagradable. Carecían de cola y tenían unos cuellos desmesuradamente largos, rematados por unas cabezas enormes con unas mandíbulas tremendas, armadas de dientes. En el extremo de las alas los «dragos» tenían sendas y poderosas garras. Cuando volaban, batiendo cansinamente sus oscuras y membranosas alas, los «dragos» dejaban colgar sus largas patas que el viento echaba hacia atrás.

Duibo contempló sonriendo aquellos grotescos animales y luego se volvió a mirar con orgullo las «muscaris» de su propia fuerza. Éstas eran aves auténticas, recubiertas de suave y bello plumaje, larga y elegante cola, cuello bien proporcionado y pico corto armado de dientes. Las «muscaris» eran bestias hermosas, de alas gigantescas y potentes, constituidas para volar y no para danzar pesadamente en el aire como los «dragos» de los salvajes obitas.

De haberlo querido, a Duibo le hubiera bastado hacer una seña a sus hombres para que las «muscaris» se elevaran a una altura a donde jamás podrían seguirle los torpes y lentos «dragos». Las «muscari» eran de cuantas se conocían, el ave que más alto podía subir. Y eran tan resistentes que podían estar volando todo un día y una noche sin dar muestras de fatiga. Tal era su habilidad, que con las alas desplegadas y buscando las corrientes de aire ascensionales, podía pasarse horas y horas planeando sin dar un solo aletazo.

Duibo supuso que los obitas conocerían, al menos de oídas, la aplastante superioridad de las «muscaris», y que no intentarían entablar combate.

Los obitas en efecto conocían bien las cualidades de las «muscaris» porque también en su país las había, aunque ellos jamás las pudieron domesticar. Sus intenciones, según Duibo dedujo de sus movimientos, eran francamente pacíficas.

El capitán Olaf permitió que uno de los indígenas penetrara en su formación y habló a gritos con el obita mientras el resto de los «dragos», cerca de un millar, daba la vuelta y precedía a la formación uchime en dirección al gran lago y la populosa ciudad enclavada a orillas de éste.

Poco después Olaf acercaba cuanto podía su «muscari» a la navecilla imperial y gritó.

—Los obitas dicen que los magos extranjeros se encuentran en esa ciudad llamada «Nueva América» o algo parecido, majestad. Nos invitan a bajar.

—Nueva América... Nueva América —murmuró el príncipe Duibo repitiendo aquellas palabras que sonaban extrañas, sin significado para su oído. E hizo señas a Olaf indicándole que iban a bajar.

Duibo vio la mueca de desaprobación de su oficial, pero no hizo caso de ella. Su curiosidad e impaciencia por conocer a los «magos extranjeros» aumentaba ahora que empezaba a encontrar señales de su dudosa existencia.

La navecilla descendía describiendo un amplio círculo en pos de las aves que la remolcaban. Desde las alturas, el príncipe contempló lleno de sorpresa la extraña ciudad, tendida a sus pies. Ésta no se parecía a ninguna de las vistas por Duibo, y era desde luego muy distinta de Selkiri, la capital del imperio de su padre.

En primer lugar «Nueva América» —¡qué nombre más extraño!— carecía de murallas. Sus calles tiradas a cordel eran incluso más anchas que la principal vía de Selkiri por donde se realizaban los vistosos desfiles de las fuerzas uchimes. Y en cuanto a las casas... ¡ah, las casas!

Había allí de todo: casitas de una sola planta con muros de ladrillo y techos de tejas rojas, de construcción extraña y exótica, junto a cabañas de troncos y chozas de barro y de ramas. Las casas, cualquiera que fuese su modelo, no estaban juntas y apiñadas como en todas las ciudades del mundo5. Cada edificio se alzaba aislado en medio de un cuadrilátero de terreno, de tal forma, que la ciudad se desparramaba alrededor del lago cubriendo una considerable extensión de terreno.

En torno al lago, o sea a la ciudad, la selva había sido obligada a retroceder hasta el neblinoso horizonte y su lugar estaba ocupado por verdes y bien cuidados cultivos, formando parcelas tan grandes que era a todas luces imposible que ninguna de ellas estuviera al cuidado de una familia, ni siquiera de una tribu sola.

—Los obitas deben cultivar esos sembrados tan enormes en comunidad —se dijo el príncipe.

Pero toda su atención fue inmediatamente atraída por un extraño barco que estaba enclavado en el lago, no lejos de un muelle formado de una plataforma de troncos que avanzaba hasta aguas más profundas sostenida por estacas.

¿Era aquel barco obra de los enviados del dios Cirón?

De ser así habría que admitir que los dioses, en sus concepciones terrenas, se valían de modelos distintos a los utilizados por las criaturas mortales. Aquel barco no era mucho mayor que las galeras uchimes, pero su aspecto era sencillamente indescriptible para el confuso príncipe Duibo.

Ahora la maniobra de descenso acaparó toda la atención del príncipe. Dos «muscaris» especialmente adiestradas volaban sobre la cabeza de Duibo. Cada jinete de las dos «muscaris» lanzó un cabo que el príncipe tomó y amarró a sendas fuertes anillas laterales situadas algo atrás. Cuatro de las seis aves que remolcaban el artefacto fueron desenganchadas por el conductor y las dos restantes se elevaron para ponerse a la altura de las otras dos. Así el pájaro de alambre, bambú y lona quedó suspendido a plomo de los cuatro cables.

Batiendo apresuradamente sus fuertes alas las cuatro «muscaris» descendieron verticalmente hasta que la navecilla chocó blandamente contra el suelo. Entonces las «muscaris» se dejaron caer a plomo en tierra y un grupo de hombres corrió a sujetarlas para que ninguna de ellas se espantara por cualquier causa y volcara o estropeara la frágil navecilla.

El capitán Olaf corrió a apartar las cortinillas de la litera y saludó reverente cuando el príncipe saltó a tierra.

Duibo irguió su atlética figura en un disimulado desperezo. No sólo era alto, sino fuerte y armoniosamente proporcionado. Sus grandes e inteligentes ojos miraron en derredor llenos de curiosidad. Había venido a aterrizar en una franja de arena contigua a las rojizas aguas del lago. La playa, aunque grande, estaba ahora totalmente ocupada por las «muscari» y sus jinetes. La playa ascendía con suavidad y en el punto más alto de ésta se veía una apretada fila de feroces obitas que les contemplaban haciendo muecas.

Olaf, siempre precavido, había dejado la mitad de la fuerza describiendo círculos sobre el lago, de manera que pudiera acudir en auxilio del príncipe si el recibimiento no era tan amistoso como éste esperaba.

En tierra firme las fuerzas uchime armaban un tremendo estrépito. Las ««muscari» aleteaban y lanzaban sus roncos graznidos. Sus jinetes les apaciguaban con gritos y voces, y por encima de este barullo se escuchaba el metálico golpear de las armas y escudos de cobre.

De pronto, elevándose sobre este ruido tan familiar a los oídos de Duibo, se escuchó un extraño, taladrante y sobrenatural alarido.

Se trataba de un gemido ululante, como el príncipe no lo había escuchado nunca. Muy a su pesar, Duibo se echó a temblar. Al mismo tiempo sus soldados se quedaron inmóviles, erguidas las cabezas, mirando con temor en la dirección que venía el fantástico alarido. Las «muscaris» batieron sus grandes alas con un ruido ensordecedor, tiraron bruscamente de las riendas y escaparon a la desbandada dejando en tierra a sus atónitos y aterrorizados jinetes.

Las aves que estaban uncidas a la navecilla imperial se elevaron también desoyendo las llamadas de sus jinetes. En medio de una tremenda confusión se vio al pájaro de alambre y lona dando tumbos y aporreando a los hombres, saltando hacia arriba y, finalmente, cayendo al suelo con las alas rotas y atrozmente dobladas.

—¡Por Cirón! —gritó el príncipe echando mano a su corta espada.

Y el capitán Olaf le imitó gritando:

—¡Uchimes, preparaos a vender caras vuestras vidas!

Pero en la confusión y el ruido sólo los que estaban cerca pudieron oírle.

De pronto, la apretada fila de obitas que estaba contemplando aquel caos y celebrándolo con insolentes risotadas, se abrió para dejar paso a un monstruoso ser de color verde, cara achatada y grandes ojos de cristal, que avanzó rugiendo como un demonio sobre unas patas que, incomprensiblemente, tenían la forma de ruedas.

Ver aparecer el monstruo y echar a correr los uchimes fue todo uno. En un abrir y cerrar de ojos, Duibo se encontró solo con Olaf y los destrozados restos de su lujosa nave aérea en medio de la playa, sembrada de cascos, escudos, armas y sillas de montar. Y aún a Olaf se le veía hacer poderosos esfuerzos para no echar a correr detrás de su gente, dejando solo y abandonado a su príncipe.

El mismo Duibo tuvo que hacer acopio de todo su valor para no poner pies en polvorosa. Tres cosas le contuvieron, a saber: su propia estimación, el comprobar que los atrasados obitas no mostraban temor y el descubrir que el monstruo iba montado por seres humanos

Antes que Duibo comprendiera lo que ocurría, y antes también que el capitán Olaf cediera a sus impulsos de echar a correr, la espantosa bestia se detuvo bruscamente con un estridente chirrido y dos figuras humanas saltaron rápidamente a tierra y se encaminaron hacia Duibo sonriendo amistosamente.

Duibo se quedó mirando lleno de asombro a los dos estrafalarios individuos que venían a su encuentro. Ambos vestían ropas absurdas, cuyo detalle más conspicuo corría a cargo de unos largos tubos de tela azul donde los personajes llevaban metidas las piernas.

A pesar de sus extraños vestidos, Duibo reconoció enseguida en uno de aquellos tipos a una hermosa muchacha de pupilas doradas, la cual le alargó una mano mientras decía:

—Bienvenido a Nueva América, caballero. Mi nombre es Mildred Harlow. ¿Quién es usted?

Aunque hablaba el dialecto obita bastante mal, el príncipe Duibo, que había estudiado aquella lengua, la comprendió:

—Soy Duibo, príncipe de Uchime.

La muchacha, de una belleza exótica como jamás había visto Duibo, se volvió sonriendo hacia su compañero, un joven moreno, alto y fuerte.

—¡Oh, Erle! —exclamó con no disimulado regocijo—. ¿Has oído? ¡Todo un príncipe se digna visitarnos!

Estas palabras, pronunciadas en un idioma nasal e ininteligible, dejaron indiferente al príncipe Duibo. El hombre del traje estrafalario hizo una reverencia y dijo:

—¡Salud, oh príncipe de Uchime! Mi nombre es Erle Raymer, para servirle. Destierre de sí su temor. Somos sus amigos.

—Un príncipe de Uchime no teme a nada ni a nadie —aseguró Duibo, aunque no muy convencido.

—Bueno, no he querido decir eso sino que... —El hombre se detuvo sonriendo—. En fin, considérese usted como en su casa. Tendremos a gran honor acogerle como nuestro huésped.

Duibo contempló a la pareja con el ceño fruncido, preguntándose si debía abordar ahora el tema que tanto le preocupaba y preguntarles sencillamente si eran dioses enviados por Cirón. Pero a Duibo los personajes que tenía ante sí no le parecían dioses, ya que ningún dios que tuviera en estima su propia dignidad osaría vestir de forma tan ridícula.

Duibo miró con desconfianza al extraño monstruo que había quedado unos pasos atrás ronroneando amenazadoramente y dijo:

—Su animal ha espantado a mis muscari. ¿No podrían alejarle de aquí?

—¿Se refiere a nuestro jeep? —preguntó la muchacha que decía llamarse Mildred—. No tienen nada que temer de él. Es manso como un «digy».

Los «digy» eran las bestias de gran alzada y hocico acorazado que tanto en Uchime como en Obi se utilizaban para arrastrar carruajes y arar la tierra.

La mansedumbre de los «digy» era legendaria y de todos bien conocida, pero no así la del incalificable monstruo que los extranjeros tenían a sus espaldas.

—No pongo en duda su docilidad —contestó Duibo—. Pero mis «muscari» no han visto nunca nada parecido y no querrán volver hasta que ese animal se haya alejado.

—Le comprendo —dijo aquel que aseguraba llamarse Erle Raymer—. La cosa tiene fácil solución. Vengan usted y su oficial con nosotros en el jeep y dejaremos la playa libre para que puedan volver sus «muscari»... y sus soldados.

Al hablar así el extranjero señalaba riendo a las aguerridas tropas que, después de haber corrido un buen trecho, se habían detenido a respetable distancia sin atreverse a acercarse. Duibo advirtió el acento irónico del extranjero y se sintió muy humillado.

—Olaf —dijo con acento donde mal se ocultaba contenida ira—. Haz volver a ese hato de cobardes.

Olaf se alejó unos pasos y lanzó a voz en grito un torrente de maldiciones e injurias contra sus hombres. Éstos volvieron remolonamente entre el regocijo de la muchedumbre obita que presenciaba la escena. Quizás el escarnio de esta gente despreciable fuera lo que más estimuló el valor de los fugitivos, muchos de los cuales habían buscado la salvación echándose a nadar en el lago. El príncipe estaba amarillo de rabia y vergüenza.

—No haga caso —le dijo la muchacha llamada Mildred dirigiéndole la más hechicera de sus sonrisas—. También los obitas echaron a correr la primera vez que vieron nuestros automóviles. Como usted habrá comprendido no se trata de ningún monstruo, sino de una máquina.

—¿Má-qui-ne? ¿Ma-qui-né? —repitió Duibo sin entender.

—Sí. Es decir, una cosa hecha por la mano del hombre con hierro al que se ha dado ciertas formas... la cual se mueve gracias a un motor accionado por la expansión de los gases de un líquido llamado gasolina, ¿comprende?

Duibo se quedó mirando a la muchacha con la boca abierta. El extranjero llamado Erle dijo en aquel idioma incomprensible:

—Déjale, Mildred. ¿No ves que no comprende? Admitamos que se trata de un animal de hierro y en paz. Todo cuanto se haga para explicar en razón de qué misterio funcionan nuestras máquinas sólo contribuirá a aumentar su confusión y desconfianza.

Mildred asintió, se volvió sonriendo hacia Duibo y le dijo en lengua nativa:

—Nuestra casa está al otro lado del lago, príncipe. Sírvase montar con nosotros en nuestro jeep y le llevaremos allá.

Duibo miró a sus hombres que volvían recogiendo las armas abandonadas durante la fuga, luego a Olaf y, con no disimulada desconfianza, al espantoso monstruo que seguía ronroneando con faz impasible.

—Usted, naturalmente, no tendrá miedo —dijo Erle Raymer astutamente.

Duibo se engalló y haciendo impenetrable su faz volvió a asegurar que un príncipe uchime no temía a nada ni a nadie, incluido el diablo en persona.

Sin embargo las rodillas le flaqueaban cuando, haciendo acopio de todo su valor, se encaramó sobre el trepidante y espantoso animal tomando asiento junto a aquella hermosa muchacha.

Pálido como un cadáver, el capitán Olaf montó también en el monstruo entre las risas de los insolentes obitas y tomó asiento tras su señor junto al hombre del traje estrafalario. La muchacha empuñó una rueda, movió las manos y los pies...

El diabólico animal profirió un fiero rugido, se echó a temblar presa de gran cólera, y lanzando un alarido que puso en fuga a la muchedumbre de curiosos se arrancó a correr como un loco soltando rugidos y nubes de humo pestilente.