CAPÍTULO II

LA COMIDA DE aquel anochecer se caracterizó por una falta general de apetito, acompañada de un silencio huraño, cargado de sombrías reflexiones.

—Por favor —decía mister Peace cada vez que alguien intentaba suscitar la cuestión que preocupaba a todos—. Esperen que terminemos de comer. Eso les ayudará a poner en claro sus ideas evitándonos horas de discusión.

Al parecer mister Peace tenía formada ya una opinión sobre todo lo ocurrido. Y lo ocurrido, en verdad, no parecía preocuparle mucho. Al menos no dio señales de ello, comiendo con aquel su excelente apetito de todos los días.

—Sírvanos el café usted misma, señora Whitney —rogó el archimillonario—. Y usted Mills, encienda un par de quinqués...

—¿Podemos hablar ya? —preguntó el profesor Hagerman exasperado.

—Pero usted, ¿tiene algo que decir? —preguntó mister Peace socarronamente—. Ya sabemos que está aquí contra su voluntad. Bien. ¿Y qué? Eso ya no tiene remedio. Todas las amargas reflexiones que nos hagamos no serán capaces de hacer volver atrás a nuestra astronave. Así pues, ¿a qué lamentarnos por lo que no tiene remedio?

—Yo diría que no está usted muy pesaroso por cuanto acaba de ocurrir —refunfuñó Hagerman.

—No diga tonterías. La idea de quedarme en Venus para siempre no me asusta, si es eso lo que quiere decir. Sin embargo, la fuga de esos bandidos en mi astronave echa por tierra todos mis planes para el futuro. Conservando ese cohete para el acarreo de colonos, yo pensaba traer a Venus gente de la Tierra para fundar aquí un nuevo y floreciente Imperio. Teníamos oro para la adquisición de nueva maquinaria y herramientas... y quizás para construir una nueva y más grande astronave, capaz de transportar dos o tres mil colonos en cada viaje...

Mister Peace se interrumpió para repantigarse en su silla de campaña, exhalar un suspiro y exclamar:

—En fin, todo se ha ido al diablo por culpa de ese maldito oro. Si no se matan unos a otros durante el viaje de regreso y consiguen llegar a la Tierra, Glenbrook, Martindale y los demás venderán mi astronave al gobierno que más dinero les ofrezca. Eso significa que pronto se construirán aeronaves iguales a las de nuestro infortunado profesor Harlow. Alguien pensará en extender sus dominios a Venus, lo cual quiere decir que llegarán tropas de ocupación, aventureros y colonos que lo emporcarán todo sin ninguna consideración a mis derechos legítimos...

Hagerman se irguió en su silla, al tiempo que todos se volvían a mirar llenos de interés al archimillonario.

—¿Cree usted que harán eso? —casi gritó Hagerman muy excitado—. ¡Pues entonces tenemos una buena probabilidad de ser rescatados! ¿No es cierto, señor Peace? Diga, ¿no es cierto?

—¡Oh, descuide! No pasarán diez años sin que veamos por aquí gente de la Tierra.

—¡Diez años! ¡Eso es mucho tiempo! ¿Por qué diez años y no uno o dos?

—Pues muy sencillo, mi querido profesor. Porque antes de empezar la conquista de Venus la nación que adquiera nuestra astronave, como es lógico, se dedicará a construir aeronaves para la guerra. Un aparato como el nuestro, que puede volar a alturas en donde ningún avión corriente o proyectil cohete le puede alcanzar, romperá el equilibrio de fuerza actualmente existente entre las dos ideologías antagonistas que se disputan la supremacía de nuestro viejo mundo. Quienquiera que posea el modelo de nuestra astronave querrá imponer al mundo sus puntos de vista, lo cual quiere decir que habrá guerra. Pero una guerra no se prepara en un año ni en dos. Y hasta que uno de los dos bandos enemigos no se haya adueñado de toda la tierra, lo cual no es tarea pequeña, nadie pensará en venir a curiosear Venus.

—¿Ni siquiera sabiendo que nosotros estamos aquí? —protestó Hagerman.

—Mi querido profesor —suspiró el archimillonario—. Nadie sabrá que nosotros estamos aquí, porque nuestros entrañables amigos, por la cuenta que les tiene, no dirán la verdad de lo ocurrido.

—Sí, eso parece lógico —murmuró Hagerman—. Más así y todo insisto en que no es absolutamente necesario que los americanos, si son ellos quienes compran la astronave, retrasen en diez años un viaje interplanetario que pueden realizar en una semana.

—Desde luego no es necesario que las cosas ocurran como yo creo —contestó mister Peace—. Sin embargo, y como no poseemos medios para saber lo que ocurrirá ni cuándo seremos rescatados, propongo que mañana mismo empecemos a trabajar y a explorar el país como si tuviéramos que permanecer toda la vida.

Mister Peace paseó su mirada sobre los rostros que rodeaban la mesa, como buscando en ellos una señal de aprobación. Pero la expresión de aquellos rostros no era precisamente de entusiasmo.

José Ramírez, uno de sus vaqueros mexicanos, carraspeó y dijo:

—¿Quiere decir talar la selva... roturar los campos... y sembrar en ellos?

—Sí. Y levantar empalizadas, construir casas e instalar nuestra central de energía eléctrica. Eso es lo que haría un grupo de personas sensatas que por cualquier circunstancia fueran a parar a una isla desierta.

—Pero es que nosotros tenemos provisiones para dos años, sin contar la caza y la pesca que podamos conseguir —apuntó Hagerman—. ¿No sería más sensato explorar este país en busca de oro, en vez de talar árboles y arrancar malezas que irán creciendo a nuestras espaldas tan rápidamente como las quitemos?

La palabra «Oro» tuvo un efecto mágico entre la concurrencia. Los ojos brillaron y las cabezas se ladearon para avanzar el oído mientras mister Peace contestaba:

—Sabía que acabaría usted por salir con esa proposición, Hagerman.

—Luego también usted estaba pensando en el oro.

—En efecto. Pensaba en el oro como intervención del diablo para perdernos a todos. Si en este grupo hubiera sentido común nadie propondría salir en busca de oro antes de establecer una base que garantizara nuestra supervivencia. Nadie sabe cuándo aparecerá por aquí una astronave procedente de la Tierra, ni siquiera si llegará. Incluso podía llegar y nosotros no enterarnos.

—Tenemos aparatos de radio para lanzar algunas llamadas de socorro cada día —apuntó el capitán Whitney—. Y suficiente gasolina para hacer funcionar el generador eléctrico durante un tiempo razonable.

—La gasolina se acabará muy pronto si empezamos a utilizarla para hacer exploraciones con el tractor y la canoa. Debemos montar la central de energía eléctrica —contestó Mister Peace—. Y también debiéramos levantar una empalizada y un fortín en previsión a un ataque de esos hombres insecto y cultivar unos acres de terreno sembrando las semillas que traemos, todo eso antes de lanzarnos alegremente a la búsqueda de un oro que ni siquiera sabemos si existe en mil millas a la redonda.

—Podíamos compaginar ambas cosas —dijo Whitney—. Establecer un refugio seguro y salir de vez en cuando en busca del oro. Parece ser que nos va a sobrar tiempo para todo.

—Eso —dijo mister Peace— es precisamente lo que quisiera hacerles comprender.

—Yo creo que todos lo hemos comprendido. ¿No es cierto? —preguntó Whitney mirando al círculo de rostros iluminados por la luz de la lámpara de gasolina.

Hubo algunos pestañeos y algunas, muy pocas, inclinaciones afirmativas de cabeza.

—Está decidido —concluyó el capitán—. Mañana mismo empezaremos a construir nuestra fortaleza. Ahora debiéramos retirarnos a la cueva, no sea cosa que acuda algún hombre insecto atraído por la luz de las lámparas.

Los robinsones abandonaron la mesa encaminándose charlando hacia la gruta próxima. Erle Raymer quedó un poco rezagado para decirle a miss Mildred Harlow:

—Ya ve usted, Mildred. Parece que nos hemos quedado sin Imperio.

—Es muy lamentable.

—Sí, y especialmente para nosotros. No sabe cuánto siento no poder elevarla a la dignidad de Emperatriz.

Erle hablaba en un tono mezcla de burla y amargura. Ella contestó secamente:

—No se preocupe por mí, señor Raymer. No habiendo Imperio Venusino queda usted desligado automáticamente de su palabra.

Y se alejó rápidamente alcanzando el grupo que iba delante, dejando a Erle asombrado y con la vaga y molesta impresión de haberla ofendido en algo.

—Señor Raymer.

Erle se volvió encontrándose ante la delgada figura del capitán Whitney.

—Si no tiene inconveniente, señor Raymer, usted y yo haremos la primera guardia —dijo Whitney.

—No tengo ningún inconveniente.

—Encenderemos los faroles de aceite y apagaremos las lámparas.

Los faroles estaban distribuidos alrededor del campamento y tenían cristales rojos. Prácticamente no arrojaban ninguna luz. Lucían a modo de simples brazos en la lóbrega oscuridad de la noche venusina y los centinelas se servían de ellos como puntos de referencia en sus continuas rondas alrededor del campamento.

Armados hasta los dientes con «metralleta», pistola y bombas de mano, los dos hombres empezaron a dar vueltas en torno al equipo desparramado, guiándose por las luces rojas. De vez en cuando, un lampazo saltando de una a otra de las nubes siempre cargadas de lluvia iluminaba la meseta con un fulgor cárdeno. No se escuchaba más ruido que el cantarino y profundo del próximo riachuelo saltando de cascada en cascada en dirección al valle donde se unía a un caudaloso río que avanzaba majestuosamente en dirección al Norte.

La primera hora de guardia transcurrió sin novedad. En la cueva que la expedición utilizaba como refugio habían cesado todos los ruidos y la mecha de la lámpara había sido bajada de forma que sólo arrojaba una débil luz. En el cielo seguían chisporroteando los intermitentes fusilazos de las nubes cargadas de agua y electricidad. De tarde en tarde llegaba del fondo del valle el grito estridente de algún animal desconocido.

Erle Raymer y Willard Whitney daban incesantes vueltas al campamento, cruzándose dos veces cada ronda. En una de estas vueltas, Erle se encontró con el capitán cerca del filo del acantilado.

—¿No ve usted un resplandor ligeramente rojo por el norte, Raymer? —preguntó Whitney.

Erle miró en aquella dirección comprobando que, en efecto, se apreciaba una difusa claridad rojiza muy baja sobre el horizonte.

—Será algún meteoro... quizás el extremo de una aurora boreal.

—Estamos cerca del polo sur. Y ese resplandor está al norte.

—Recuerdo haber oído decir al profesor Aronson que lo que nosotros conocemos como auroras boreales son un fenómeno electrónico provocado por la actividad solar y puede vérseles en todas las partes del mundo, si bien con más frecuencia sobre los polos.

—Pues yo diría que se trata más bien del resplandor de un gran incendio.

—¿Un incendio en la selva? ¡Oh, no! En todos los bosques de Venus no es posible encontrar un puñado de ramas bastante secas para encender fuego. De hecho la madera se pudre antes de secarse.

Sin contestar, Whitney se alejó del precipicio y reanudó sus vueltas en torno al campamento. Erle le imitó, pero cada vez que pasaba cerca del acantilado echaba una mirada de curiosidad hacia el resplandor.

—¿Ha notado que ese resplandor es más fuerte cada vez? —preguntó a Whitney en una ocasión cuando se cruzaron.

—Sí. Insisto en que es un incendio —repuso Whitney sin detenerse.

Al cabo de una hora, el resplandor era tan fuerte y tan rojo que no dejaba lugar a dudas en cuanto a su origen. Una aurora boreal hubiera llenado todo el cielo de un extremo a otro del horizonte. El fulgor que Erle veía sólo llenaba un reducido espacio del horizonte, siendo significativamente intenso en el centro y progresivamente débil hacia los extremos.

—Desde luego un incendio —murmuró Erle deteniéndose junto a Whitney—. ¿Pero qué puede arder en este rezumante mundo?

—Tal vez una ciudad.

—¿Una... QUÉ? —gritó Erle.

—Una ciudad, señor Raymer. He visto muchos resplandores como ése durante la guerra. Solían corresponder a ciudades bombardeadas por la aviación.

—¿Se refiere a una ciudad de hombres insecto, capitán? —preguntó Erle gravemente.

—O de hombres como nosotros, señor Raymer. Al fin y al cabo no se ha demostrado la imposibilidad de que existan seres humanos en este mundo.

Quedaron silenciosos y pensativos, la mirada clavada en el extraño y lejano fulgor anaranjado. A la mente de Erle acudía el recuerdo de las observaciones hechas por el profesor Hagerman en el transcurso de los tres últimos días.

La opinión de que Venus atravesaba por un período de su evolución geológica análoga a la era primaria o de carbón fósil de la Tierra, había cedido paso a la certeza de que el planeta andaba por una era mucho más avanzada en su evolución.

Fundándose en observaciones recientes y más detenidas, el bioquímico de la expedición situaba a Venus en la época secundaria o mesozoica.

Los restos que se conocían de la fauna y flora mesozoicas de la Tierra, demostraban que reinaba entonces un clima tropical o subtropical hasta en las regiones circumpolares, si bien acentuándose cada vez más las diferencias climatológicas y estrechándose gradualmente la zona tropical. La atmósfera, todavía húmeda y oscura, llegó a ser hacia el final de esta época más seca, pura y penetrada por el sol dando lugar a la aparición de los árboles de hoja caediza que indicaban ya la influencia de las estaciones durante el año.

Las formas continentales secundarias terrícolas habían suministrado restos de esqueletos de lagartos, frecuentemente gigantescos, aves provistas de dientes en las mandíbulas y de los primeros mamíferos que habitaron el globo.

Hagerman había capturado apenas llegar, una especie de ardilla gigante, de carne suculenta, que demostraba la existencia de mamíferos en Venus. El hombre era el último de los mamíferos aparecidos en la Tierra. ¿Pero bastaba esto para probar que la criatura humana todavía estaba por aparecer en Venus?

Un extraño ruido arrancó a Erle Raymer de su abstracción. Se trataba de un rumor sibilante, como de grandes alas batiendo el aire.

—¡Cuidado, Raymer! —gritó el capitán Whitney.

Una sombra gigantesca se agitaba en el aire, destacándose confusamente sobre el fondo iluminado del horizonte mientras se precipitaba sobre Erle.

Pegando un brinco de sorpresa y alarma, Erle Raymer empuñó la «metralleta» y disparó velozmente contra el bulto. El capitán disparó también y el tableteo de su «metralleta» se unió al de Erle formando un concierto infernal de estampidos y fogonazos.

La sombra, parecida a la de un murciélago monstruoso, se abatió sobre Erle dándole un fuerte golpe y derribándole en tierra como un pelele.

Aturdido por la contundencia del golpe, parecido al de un guante de boxeo, Erle rodó por el suelo sintiendo el instintivo terror que toda persona siente frente a lo extraordinario y desconocido.

La ametralladora del capitán Whitney siguió tableteando unos segundos y enmudeció. Se escuchó un grito humano, un golpe sordo y un apresurado batir de alas que se alejaban.

Erle, que había perdido la «metralleta» durante la caída, saltó en pie empuñando el revólver.

—¿Qué pasa... qué pasa? —balbuceó apuntando a derecha e izquierda—. ¡Capitán! ¿Dónde está usted?

—Aquí Raymer... espere, voy a encender...

La luz de una linterna eléctrica brilló súbitamente en la oscuridad lanzando un chorro luminiscente sobre Erle.

—¡Aparte esa luz! —rugió Erle deslumbrado.

Whitney alumbró aquí y allá hasta que el blanco círculo se detuvo sobre una masa gris-ceniciento, informe, que se agitaba convulsivamente a corta distancia de Erle. En el mismo instante se animaba la luz de la cueva-refugio y un tropel de hombres se lanzaba fuera empuñando ametralladoras, pistolas y linternas eléctricas.

—¡Erle... Erle! —llamó la voz estentórea de mister Williams Peace.

—¡Mire, Raymer! —gritó Whitney con voz ronca.

Erle siguió el círculo de luz de la linterna del capitán viendo una figura humana que yacía inmóvil en el suelo.

—¡Un hombre! —exclamó Erle sin poder dar crédito a lo que veía.

El hombre en cuestión yacía boca arriba, desmayado o tal vez muerto.

Su cabeza estaba a medias cubierta por un casco de bronce rematado por una cimera de grandes plumas. El pecho lo llevaba protegido por una coraza, igualmente de bronce, la cual presentaba algunos toscos relieves en forma de adornos. La cuerda de un arco y la correa de un carcaj con algunas flechas que llevaba a la espalda cruzaban esta coraza.

Mister Williams Peace llegó corriendo al frente del grupo y se detuvo en seco.

—¡Gran Dios! —exclamó—. ¿Qué significa...?

Todas las linternas convergían ahora sobre la criatura humana y la extraña bestia que agonizaba sobre ella.

—¡Un pterodáctylus! —exclamó el profesor Hagerman con acento estridente.

Aunque Erle ya había olvidado sus lecciones de historia natural, el nombre de «Pterodáctylus» le resultaba vagamente familiar. Desde luego, se refería al animal. Éste era enorme y de una fealdad horripilante. Su cabeza se parecía en cierto modo a la de un caballo, casi completamente hendida desde el hocico a los ojos por una boca armada de afilados colmillos.

Al final de un cuello muy largo y robusto, aparecía un cuerpo provisto de grandes alas, semejantes a las de un murciélago. En la parte media de estas alas, el extraño pájaro mostraba unas poderosas garras con dedos que terminaban en afiladas y curvadas uñas.

—¡Aquí hay otro hombre! —dijo la voz excitada de McAllister rompiendo el dramático silencio que había seguido a la identificación del profesor Hagerman.

Las linternas se volvieron para apuntar a otra figura que yacía cerca del tractor, boca abajo. Unos metros más allá se veía un segundo pterodáctylus que hacía grandes esfuerzos para incorporarse y escapar. Ramírez le descerrajó un tiro en la cabeza a seis pasos de distancia y el monstruoso animal se derrumbó pesadamente en el suelo quedando completamente inmóvil.

Pasado el primer momento de sorpresas, mister Peace se arrodilló junto al hombre y le volvió boca arriba.

Un par de ojos muy negros se clavaron en los del archimillonario en una mirada mezcla de asombro y terror.

—No tema —le dijo mister Peace.

El hombre, desde luego, no entendió las palabras del terrícola. Sus ojos asustados saltaron del rostro de mister Peace a las caras curiosas que se inclinaban sobre él.

—Tiene una herida de bala en el costado —observó el profesor Clancey señalando un agujero de la coraza del guerrero.

—Pronto, llévenle a la cueva y asístanle —ordenó mister Peace—. Vamos a ver a ese otro.

El «otro», al parecer, sólo estaba desvanecido y empezaba a dar señales de vida. Abrió los ojos cuando era conducido hacia la cueva, y entonces intentó zafarse dando furiosos puñetazos y puntapiés al tiempo que profería gritos y rugidos de fiera. Tony Mills fue lanzando a gran distancia y McDermit sangró por la nariz antes que consiguieran dominar a aquel selvático atleta y meterle en la cueva.

—¿Cómo ocurrió? —preguntó mister Peace a Erle, mientras examinaba lleno de curiosidad a las pterodáctylus.

Erle refirió sucintamente los hechos y su tío exclamó:

—¡Que cosa más curiosa! ¡Seres humanos utilizando aves monstruosas como caballería! Apuesto a que jamás ha ocurrido una cosa parecida en la Tierra.

—Seguramente porque los pterodáctylus se habían extinguido cuando el ser humano apareció en nuestro mundo a finales de la era Terciaria —apuntó el profesor Hagerman dando vueltas a la bestia antidiluviana—. Fíjense en esto. Nuestros amigos los venusinos han embridado a los pterodáctylus como si fueran caballos.

—¿Cómo se las apañarán para domesticar unas aves de aspecto tan feroz? —murmuró mister Peace.

—Posiblemente sólo son feroces en su aspecto —contestó Hagerman—. Se cree que las bestias gigantescas de la época secundaria eran bastante estúpidas, dotadas de un cerebro muy pequeño en relación a su extraordinaria corpulencia. Y tengan la bondad de no volver a decir «ave» al referirse al pterodáctylus. No es ave, sino lagarto.

—¡No diga tonterías! —exclamó mister Peace—. ¿No ve que tiene alas?

—En efecto, pero pertenece a la familia de los lagartos. En la era mesozoica había lagartos nadadores como el Ictiosauros, otros terrestres o andadores, como el Iguanodon, y por último, voladores como este Pterodáctylus.

—¡Así que los venusinos tienen aviación! —exclamó Erle.

—Eso parece —dijo Hagerman echándose a reír—. Con lo cual llevan considerable ventaja sobre las razas primitivas de la Tierra.

—Ustedes dicen que cuando los lagartos gigantes habitaban sobre la Tierra en la Era Secundaria todavía estaba por aparecer el Hombre —murmuró mister Peace.

—Sí, ésa es la idea más generalizada. Ha sido en los estratos de la era mesozoica donde se encontraron por primera vez señales de existencia del hombre, generalmente utensilios o restos de su industria primitiva.

—¿Quiere decir mazas... hachas y puntas de pedernal?

—Sí.

—Entonces no sólo resulta extraordinaria la presencia del hombre en Venus, sino también el desarrollo alcanzado por su industria. Habrá observado que llevan cascos y corazas de bronce, lo cual indica que saben trabajar los metales. ¿Cómo se explica eso?

Hagerman contempló pensativamente al gigantesco pterodáctylus.

—Existen muchos factores que determinan el progreso de las razas humanas —murmuró—. Uno de estos factores podría ser, por ejemplo, la considerable ventaja de poseer un medio de locomoción de las características de este lagarto volador. El hombre primitivo terrestre debió luchar con formidables dificultades en sus relaciones con otros semejantes. Los bosques impenetrables, frecuentemente poblados de fieras, las montañas y los grandes cauces de agua serían otras tantas barreras que limitarían necesariamente el radio de acción de la actividad humana. Generaciones enteras debieron nacer, reproducirse y morir en torno a una caverna sin haberse alejado más de una docena de millas e ignorando la existencia de otros núcleos humanos a corta distancia de allí. Pero supongamos que aquellas razas hubieran dispuesto de un medio de locomoción aéreo, rápido y cómodo, como el que parecen poseer los venusinos. Los hombres podrían explorar vastas extensiones de territorio salvando todos los obstáculos que se oponían a su expansión y entrar en contacto con otros semejantes u otros pueblos, e intercambiar ideas y experiencias. Así como la aviación moderna de la Tierra ha abierto a la civilización regiones inaccesibles y atrasadas, así la civilización venusina puede haberse desarrollado con prodigiosa rapidez gracias a una casualidad que no hay señales se diera en la Tierra; esto es, o la supervivencia de los pterodáctylus hasta la aparición del hombre... o la aparición del hombre al mismo tiempo que la de los grandes lagartos voladores.

Hagerman terminó su discurso con la respiración ligeramente agitada y el grupo quedó silencioso, mirando pensativamente a la gigantesca bestia tendida bajo el haz de las linternas eléctricas.