CAPÍTULO VI
PARA MOMENTO TAN histórico, Erle Raymer había vestido su llamativo traje «interplanetario». Durante las últimas 12 horas el joven se estuvo adiestrando en el manejo de su equipo especial «de vacío».
El traje de vacío era una pintoresca mezcla de equipo de vuelo de piloto supersónico y astronauta de las historietas de Flash Gordon y Buck Rogers. Consistía exactamente de un traje de plástico sobre otro traje de caucho ceñido al cuerpo. Una escafandra de titanio con frente de cristal azul, dos botellas de oxígeno sobre la espalda unidas por un tubo a la escafandra y una diminuta emisora de radio con alcance para cinco millas completaban el atavío.
El traje se hinchaba de aire a presión y mantenía en una hermética atmósfera artificial al hombre equipado con él. Este traje sería utilizado por los astronautas en el caso que la atmósfera de Venus careciera de oxígeno o de la adecuada presión para la salud del terrícola.
Cuando Erle Raymer subió a la cámara de derrota procedente del dormitorio, un grupo de hombres se inclinaba ansiosamente sobre los hombros de los pilotos mirando a la gran pantalla de televisión. El cohete se aproximaba a la capa de nubes que envolvía al planeta, pudiendo asegurarse que la maniobra era seguida con igual emoción por el resto de los tripulantes desde los aparatos de televisión instalados en las cámaras 2 y 3.
Aunque la excitación era visible y común en todos los astronautas, ninguno estaba tan nervioso como mister Williams Peace. A éste se le veía pálido, respirando entrecortadamente, mordiéndose las uñas y dando, en general, muestras de estar sufriendo un horror.
—Tu ilustre tío se morirá de un patatús si ese dichoso planeta no es como él quiere que sea —murmuró Mills al oído de Erle.
El joven miró a su tío muy preocupado. Conociéndole como le conocía Erle sabía que su tío no podría resistir el berrinche de ver sus sueños despedazados. En consecuencia, Erle empezó a preocuparse seriamente por los sucesos inmediatos.
La astronave «caía» en picado hacia la envoltura vaporosa de Venus. El propósito de los astronautas era levantar la proa del aparato en cuanto ésta penetrara en capa de nubes, hacer girar las cabinas 45 grados, poner en marcha las seis hélices emplazadas a popa y planear lentamente hasta que las nubes se desgarraran permitiéndoles una observación directa del suelo del planeta.
En medio de expectación tensa y electrizante, las nubes subieron al encuentro del aparato hasta chocar en el cristal del objetivo de la cámara televisora. La cabina había quedado quieta después de las últimas instrucciones del profesor Harlow a los pilotos y no se escuchaba más ruido que el lejano zumbido de la turbina y el tintineo del eco del «sonar».
«Tin... in... in».
El eco rebotaba en la superficie de Venus y regresaba al aparato emisor.
—Altura, treinta kilómetros —anunció Glenbrook.
—Vaya levantando la proa del aparato, Archer —ordenó el profesor Harlow.
El piloto empuñó una palanca y tiró suavemente hacia sí. El piso de la cabina tomó una ligera inclinación, que Dodson corrigió enseguida haciendo funcionar los motores eléctricos que accionaban sobre los ejes de las cabinas esferoidales.
En la pantalla de televisión, la niebla iba haciéndose más espesa.
—Visibilidad nula —dijo Dodson.
—Sigo compensando —anunció Archer.
—Altura, veinticinco kilómetros.
—Embraguen las hélices —ordenó Harlow.
Transcurrieron unos minutos.
—Hélices embragadas están funcionando —anunció McAllister.
—Compense.
—Compenso.
—Inclinación sobre la vertical.
—Cuarenta y cinco grados.
—Siga compensando.
—Altura, veinte kilómetros. No avanzamos.
—Es natural —dijo Aronson—. A esta altura el aire es demasiado sutil para que las hélices hagan presa en él.
El aparato quedó en posición vertical. Seguían bajando con lentitud.
—¡Nos movemos! —gritó Glenbrook—. ¡Ahora estoy completamente seguro!
Erle miró la pantalla de radar. En el cristal verde parecían desplazarse con lentitud algunas manchas fluorescentes que para Erle no tenían ningún significado.
—¿Qué ve usted en el radar? —preguntó.
—Montañas —contestó Glenbrook.
—¿A qué altura volamos?
—A dieciséis mil metros.
—Apresure un poco el descenso, Archer —gruñó mister Peace comiéndose las uñas—. O no vamos a llegar nunca al suelo.
Siguieron unos minutos de profundo silencio. Glenbrook anunció encontrarse a 10.000 metros de altura. La atmósfera era tan densa en la cámara de derrota que daba la impresión de poderse cortar con un cuchillo.
A los seis mil metros de altura la visibilidad continuaba siendo nula.
—Desembraguen las hélices —ordenó mister Harlow con acento irritado—, no podemos correr el albur de estrellarnos contra algún picacho.
—Hélices desembragadas.
—¡La niebla aclara!
—¡Altura cuatro mil quinientos!
Contra el cristal de la cámara de televisión se estrellaban las caprichosas vedijas de las nubes.
—Siga bajando, Archer —gritó mister Peace con voz quebradiza a causa de la emoción que le dominaba.
Sin saber cuándo había comenzado, Erle Raymer se encontró retorciéndose las manos nerviosamente.
—¡Altura, cuatro mil metros!
—La niebla sigue aclarando...
En efecto, la niebla parecía menos espesa. A través de ella, confusamente, se entreveían masas de color verde.
—Estoy seguro de que esta niebla está producida por el vapor de agua —casi gritó Aronson en su excitación—. Con toda certeza, la evaporación es tan intensa en esta zona que la niebla llega hasta el suelo.
—En efecto —dijo el profesor Dening—. Nos encontramos aproximadamente en la línea del Ecuador venusino.
—¡Miren, miren! —gritó Dodson. Pero los alaridos del piloto eran innecesarios, porque todos podían ver lo mismo que él. A través del ambiente cargado de vapor de agua, la mirada distinguía en el suelo la alfombra mullida y verde de una selva lujuriante.
—¡Árboles... plantas! ¡Luego hay vida en Venus! —gritó mister Peace roncamente.
—Al menos hay vida vegetal —dijo el profesor Hagerman riendo muy nervioso.
La astronave descendía verticalmente sobre la selva inmensa, la cual se dejaba ver por momentos con mayor claridad. Mister Peace, pálido de emoción, se agarraba con fuerza al respaldo del sillón de Archer. Respiraba con dificultad. Erle, temiendo que fuera a desmayarse, se mantenía cerca de él vigilándole con el rabillo del ojo.
Pero mister Peace no se desmayó, entre otras cosas, porque gozaba de una vitalidad extraordinaria.
—¡Pronto, Aronson! —gritó—. ¡Corra al laboratorio, tome una muestra de aire y analícelo mientras aterrizamos!
—Espere, yo voy con usted —gritó el profesor Hagerman saliendo en persecución de Aronson.
—Embrague las hélices y busque por ahí un puesto adecuado para aterrizar, Archer —ordenó mister Peace. Y volviéndose hacia su sobrino le asió con fuerza por los brazos exclamando—. ¡Hemos triunfado, Erle! ¡Estoy seguro de que Venus contiene en su atmósfera tanto oxígeno como pudiera desearse!
—También podría contener algún gas nocivo para la respiración —contestó Erle en un esfuerzo por contener el torrente desbordado del entusiasmo de su tío.
—¡Vete al diablo, ave de mal agüero! —masculló el archimillonario apartando al joven de un empellón.
La astronave, impulsada de popa por sus seis hélices accionadas por la energía atómica, surcaba con la majestuosidad de un gigantesco dirigible aquella atmósfera densa y neblinosa.
—Descienda a mil metros, Archer —ordenó mister Peace—. Busque un espacio libre donde podamos aterrizar.
El cohete siguió descendiendo y se estabilizó a los mil metros de altura. El capitán Whitney, Roswell y la señora Aronson entraron en la cámara de derrota y felicitaron a mister Peace estrechándole la mano.
—Todo parece indicar que la vida es perfectamente posible en este planeta —manifestó el antropólogo.
—¿Existe alguna posibilidad de que encontremos criaturas humanas? —preguntó Erle.
Roswell movió negativamente la cabeza.
—No lo creo —dijo—. En la evolución de los planetas influye en primer término su masa. Suponiendo que todos los planetas de nuestro sistema comenzaron su vida geológica al mismo tiempo, el enfriamiento de sus masas es tanto más lento cuanto más voluminosa es su masa. Esto es fácil de demostrar poniendo como ejemplo a la Luna, astro muy pequeño que se ha enfriado rápidamente fijando su atmósfera en las rocas del suelo. Le sigue en tamaño Mercurio, el cual se encuentra en las mismas condiciones que la Luna. Marte, un poco mayor, es un planeta moribundo, que ha fijado ya la mayor parte de su atmósfera en el suelo. Los grandes planetas exteriores, en cambio, llevan un considerable retraso y son todavía masas ígneas en estado semifluido...
—Pero Venus y la Tierra son aproximadamente iguales —dijo Erle—. Por lo tanto, los dos planetas deben haber evolucionado al mismo tiempo correspondiéndose sus diversas eras hasta el presente. Y si en la Tierra hay seres humanos...
—Sería muy aventurado pronosticar que en Venus existen seres humanos, simplemente porque en la Tierra también los hay —interrumpió el profesor Roswell sonriendo—. En realidad la evolución de Venus ha debido de ser algo más lenta que la terrestre, debido a la mayor radiación solar de que disfruta. Y la aparición del Hombre sobre la Tierra es tan reciente que, a poco que se haya retrasado Venus, nos quedamos sin venusinos.
—¿Llama usted «reciente» a la aparición del hombre en la Tierra? ¿Qué es entonces un millón de años?
—En la edad de la Tierra un millón de años no representa nada. La Tierra cuenta alrededor de dos mil millones de años. Bastaría una diferencia de cien mil años de edad entre la Tierra y Venus para que la fauna y la flora de este mundo fueran iguales a las que tenía el nuestro antes de la época del hombre de Neandertal. Sería un mundo en período glacial, con habitantes de las cavernas, con mamuts y rinocerontes de largo vello. Pero Venus es, sin duda, cientos de miles de años más joven que la Tierra. Aquí aun están por venir los saurios gigantescos de la Edad Media de la Tierra y los bosques de la época del carbón fósil habrán de constituir las formas de vida actual de este planeta, como espero comprobar dentro de unos momentos.
El profesor Roswell señaló la pantalla de televisión. En el intervalo, Archer había encontrado algo así como un claro de la selva y estaba levantando la proa del aparato para posarse verticalmente sobre el suelo. Dodson compensaba la progresiva verticalidad del gigantesco huso metálico haciendo girar las cabinas sobre sus ejes, de forma que el piso estaba siempre en posición horizontal con la superficie del planeta.
A los mil metros de altura el cohete quedó en posición vertical y empezó a descender sobre el calvero.
—Hay una fuerte corriente de aire soplando del este —murmuró Archer mientras bregaba con los mandos para que el viento no le empujara más allá de donde quería aterrizar.
—Bajemos al laboratorio —dijo mister Peace con impaciencia—. Esos malditos sabios están tardando demasiado en dar los resultados de su análisis.
Erle, Whitney y Tony Mills siguieron a mister Peace hasta el ascensor. Un minuto más tarde entraban en la cabina núm. 3. Hagerman y Aronson trabajaban allí afanosamente; el uno analizando el aire; el otro examinando los instrumentos de medida, tales como barómetros, higrómetros y termómetros.
—¿Se sabe algo o no se sabe nada? —entró preguntando mister Peace.
Hagerman levantó los ojos y sonrió.
—No podrá quejarse por la proporción de oxígeno de este aire. Por lo menos es tan respirable como el de nuestra atmósfera terrestre. La proporción de anhídrido carbónico es muy considerable, como suponíamos, pero no debemos preocuparnos por eso.
—¡Dios es bueno! —exclamó mister Peace roncamente. Y buscó apoyo en el brazo de Erle.
Tony Mills cogió un taburete y corrió a ponerlo detrás del archimillonario, esperando que éste se desmayaría. Pero mister Peace se rehizo enseguida de su emoción y miró a Aronson.
—¿Podemos desembarcar?
—Creo que sí. La presión atmosférica vale setecientos veinte milímetros; o sea, solamente cuarenta menos que la terrestre. La humedad es muy intensa y el termómetro señala sesenta grados centígrados.
—Es cuanto necesitaba saber. Vamos, Erle —dijo mister Peace. Y asomándose a la escotilla del dormitorio, donde sus hombres seguían la maniobra del aterrizaje por televisión, gritó—: ¡Arriba, Martindale! Vamos a desembarcar.
El capataz y los cuatro mexicanos siguieron a Erle y a mister Peace hasta el compartimiento donde se guardaba el material. Allí se les reunió Mills, el capitán Whitney y el profesor Roswell.
—¿Qué armas convendrá llevar, capitán Whitney? —preguntó mister Peace.
—Se lo diría si tuviera idea de la clase de enemigo que podemos encontrar.
Erle miró a Roswell.
—¿Usted qué dice?
—Si, como supongo, Venus atraviesa por un período de su evolución anterior a la edad carbonífera, todo lo que cabe esperar es un encuentro con ciertas especies de insectos gigantes.
—Lo más a propósito, entonces, será llevar escopetas con cartuchos de postas —dijo Whitney.
Mientras los mexicanos se armaban como para ir a una guerra la astronave se posó en tierra con un suave choque seguido de un crujido. El profesor Harlow, su hija y Rudyard Lodge bajaron también hasta la cabina.
—Vamos a abrir la puerta —dijo mister Peace dirigiéndose hacia el botón eléctrico contiguo a la compuerta.
Con las armas en las manos, el grupo aguardó expectante mientras el archimillonario pulsaba el botón.
Se escuchó el zumbido del motor eléctrico que descorría los robustos cerrojos, y enseguida una gran sección del casco de la astronave cayó lentamente hacia afuera.
La rendija de luz natural fue ensanchándose y ante los maravillados ojos de los astronautas apareció una densa masa de verdor.
La compuerta se abrió totalmente y quedó suspendida de dos fuertes cadenas de acero formando a modo de una ancha plataforma.
Un soplo de aire caliente, pegajoso y húmedo penetró en la cámara y acarició los rostros de los terrestres, rígidos por la emoción. Erle Raymer aspiró aquel aire por la nariz. Olía a flores, a plantas y a materias orgánicas en descomposición.
Lanzando una ronca exclamación de alegría, mister Peace aspiró aquel aire denso y avanzó hasta el borde de la plataforma. Erle le siguió y se detuvo a su lado. Los dos hombres cambiaron una mirada de inteligencia.
«¿Qué me dices ahora?», preguntaban los ojos de mister Peace.
Y los de Erle contestaban: «¡Magnífico! Eres grande, tío Willie. Esto es estupendo».
El archimillonario se volvió hacia el grupo que esperaba en emocionado silencio y gritó:
—¡Lo conseguimos! ¡Hurra!
Los astronautas pestañearon con rapidez y gritaron: «¡Hurra!»
—Vamos a desembarcar.
Una escala de cuerda con escalones de bambú fue hecha rodar por la plataforma y se precipitó por el borde de ésta desenrollándose en el vacío hasta tocar en tierra. Mister Peace, que no estaba dispuesto a ceder a nadie el honor de ser el primero en pisar el suelo de Venus, se echó su escopeta al hombro y bajó por la escalera.
Erle Raymer le siguió, siendo el segundo hombre de la Tierra que apoyaba sus pies en la firme corteza del planeta virgen. Apenas Williams Peace llegó al suelo tomó la escopeta, dio con la culata un fuerte golpe contra el piso de roca y gritó a voz en cuello:
—Yo, Williams Peace Lyman, ciudadano de los Estados Unidos de Norteamérica del Planeta Tierra, tomo posesión de este mundo conocido por Venus, en el nombre de Dios y ante testigos.
Luego, en medio de un silencio impresionante, Williams Peace se arrodilló, hizo la señal de la cruz y oró religiosamente dando gracias a Dios por el feliz viaje e invocando de su Bondad dicha y prosperidad para el nuevo mundo cristiano.
Sintiéndose un poco en ridículo, Erle esperó hasta que su tío, después de persignarse, se puso nuevamente en pie.
—¿Crees que tienes derecho a tomar posesión de este planeta? —le preguntó—. ¿Y si Venus estuviera habitado?
—¿Y si te marcharas a paseo? —contestó mister Peace—. Voy a tener que arrepentirme de haberte traído si no acabas de pronosticar calamidades.
—Puede estar tranquilo en lo concerniente a los habitantes de Venus, señor Peace —dijo el profesor Roswell mientras bajaba por la escalera de cuerda en pos del profesor Harlow—. Esos árboles son helechos gigantes, los mismos que en la Tierra formaron los actuales yacimientos de hulla varios centenares de miles de años antes que el hombre primitivo apareciera en nuestro mundo.
—Ya estás enterado —concluyó mister Peace volviéndose hacia Erle.
—Bueno —dijo Erle encogiéndose de hombros—. ¿Qué se hace después de la toma de posesión de un planeta?
—Se explora —aseguró mister Peace.
—¿Para qué vamos a explorar este infierno? —dijo Erle secándose con la manga el sudor que empezaba a chorrearle por la frente—. Si todo Venus es como esto estamos apañados. Nadie podrá vivir en esta atmósfera de horno más de una hora.
—Soy de la opinión que, puesto estamos aquí, debemos hacer una rápida pesquisa por estos contornos y despegar luego en busca de una región menos calurosa en las cercanías de los polos —dijo el profesor Hagerman.
Los demás se mostraron de acuerdo. Debían tomarse muestras de plantas y tirar varias fotografías para tomar constancia de hecho tan histórico como la llegada del terrícola a Venus.
Toda la tripulación estaba ya en tierra cuando Aronson, instituido fotógrafo de la expedición, montó sobre un trípode una cámara fotográfica con disparador automático mientras se formaba el grupo al pie del cohete interplanetario. Luego, Aronson corrió para ponerse en pose, el objetivo se disparó y quedó hecha la fotografía.
Se formó enseguida el grupo explorador con la prestación voluntaria de miss Harlow, miss Custer, el profesor Hagerman, el profesor Roswell, Rudyard Lodge y el capitán Whitney. Mister Peace, naturalmente, iba al frente con la animación de un chicuelo al que acaban de hacerle un regalo. Erle se fue con su tío, y Martindale y los cuatro vaqueros mexicanos, por solidaridad, marcharon con su patrón.
Parecía a primera vista imposible penetrar en aquella selva intrincada, formada de helechos de cincuenta metros de altura, palmeras exóticas y plantas gigantescas. El follaje de esta vegetación exuberante formaba una techumbre de continuo removida por el viento a gran altura por encima de las cabezas de los expedicionarios.
Semejantes a colosales serpientes, lianas del grosor de un muslo humano se enrollaban y trepaban troncos arriba. Otras cien especies distintas de plantas trepadoras cubrían por igual los troncos y se enrollaban a las lianas formando guirnaldas de policromos colores.
En la eterna noche verde, entre los árboles gigantes, crecían, disputándose cada palmo de terreno, matorrales de una exuberancia extraordinaria, con tallos del grosor de una pulgada y hojas que remedaban el varillaje de una sombrilla.
Un vaho caliente y asfixiante, mezcla de olor a podredumbres y a efluvios de perfumes enervantes, brotaba del terreno húmedo y esponjoso, en el cual se hundieron los terrícolas hasta la rodilla apenas abandonaron la peña del calvero.
Parecía inútil e incluso temerario internarse en este infierno verde y susurrante, de cuyo suelo brotaban nubes de vapor. El calor era sofocante. Los terrícolas no habían avanzado veinte pasos cuando ya tenían las ropas empapadas, pegadas al cuerpo por el sudor.
Miss Christina Custer se sintió mareada y buscó apoyo en Erle Raymer, que iba a retaguardia cerrando la marcha con uno de los mexicanos.
—¿Se siente mal, señorita Custer? —preguntó Erle solícito rodeándole el talle con su brazo.
—Creo... creo será mejor que vuelva atrás —murmuró la joven.
Miss Harlow, que iba también a retaguardia con Lodge, retrocedió unos pasos para ver qué ocurría.
—Sí —dijo Erle—. Será mejor que vuelva al cohete. Y también usted debiera desistir de esta excursión, miss Harlow.
—¿Quiere que le acompañe, Chris? —preguntó miss Harlow solícita.
—No, no... Yo... volveré sola. Está... está cerca —murmuró la secretaria.
—Vamos —dijo Erle—. Yo la acompañaré. ¿Viene usted, miss Harlow? Esta excursión es absurda, no...
—Si usted acompaña a Christina yo seguiré adelante —cortó miss Harlow con aspereza.
—Haga usted lo que quiera —murmuró Erle alzándose de hombros—. Venga por aquí, Christina. Apóyese en mi brazo. Dile a mi tío que regreso al cohete, Ramírez.
El mexicano asintió y miss Custer y Erle desandaron el camino hasta el calvero. Fue en este momento cuando escucharon aquel chirrido especial. Parecía el canto de una gigantesca cigarra. En la quietud agobiante de la selva virgen, este ruido sonó como una remachadora.
Ya en el linde de la jungla, a la vista del colosal cohete interplanetario, Erle se detuvo para mirar atrás. El extraño chirrido cesó enseguida.
—¿Qué ruido es ése? —preguntó miss Custer mirando a la cara de Erle—. Parece como si cantara un grillo.
—Exactamente una cigarra, Christina. Eso es lo que parece, si bien ninguna cigarra de las que yo he oído en la Tierra cantaba tan alto y tan fuerte.
El rechinante canto de cigarra volvió a oírse, esta vez en el extremo opuesto del calvero. Al pie del cohete había un pequeño grupo formado por Aronson, el profesor Harlow, el profesor Dening y Tony Mills. Todos éstos miraban en la dirección que sonaba el extraño canto de la cigarra, el cual cesó enseguida.
Erle y Christina Custer cruzaron el calvero hacia la astronave, la cual se erguía maciza e imponente como un rascacielos cuyo extremo, sobrepasando en el doble la altura de los mayores árboles, se difuminaba en aquella atmósfera sobrecargada de vapor de agua.
Antes que Erle y Christina Custer llegaran al pie del cohete volvió a rechinar la cigarra, ahora por la izquierda. Los dos jóvenes llegaron hasta el grupo.
—¿Qué le parece ese ruido, profesor Dening? —preguntó Erle dando muestras de intranquilidad—. Parece como si un enjambre de cigarras nos estuviera rodeando, ¿no cree?
—La época de los bosques carboníferos se distinguió por el extraordinario desarrollo que alcanzaron los insectos —repuso el sabio—. Es posible que haya cierto número de cigarras gigantes a nuestro alrededor, si bien sería absurdo atribuirles nociones de táctica suficientes para cercarnos con alguna intención preconcebida.
—Si existen insectos gigantes también pudiera ser que esos insectos tuvieran una inteligencia más desarrollada que la común.
El profesor Dening sonrió burlón.
—Bueno —farfulló Erle sintiéndose ofendido—. No importa. Vamos, Christina, le ayudaré a subir la escalera.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Dening reparando en la palidez de su secretaria.
Erle se lo explicó mientras trepaban por la escalera en pos de la muchacha que lo hacía con lentitud y dificultad:
—Hace un calor horrible dentro de esa selva. Christina tuvo un vahído y desistió seguir adelante. Yo...
Un fuerte estampido cortó la explicación de Erle. Enseguida, otro. Enseguida, un tercero seguido de otros siete u ocho que sonaron casi a la vez. Se trataba del inconfundible disparo de casi una docena de escopetas.
Erle se detuvo mirando en la dirección que sonaban los disparos. Una pistola ametralladora crepitó rápidamente entre las espesuras. El capitán Whitney era el único que iba armado de pistola ametralladora.
Desde el pie del cohete, el profesor Dening y el profesor Harlow, Aronson y Tony Mills miraban con alarma hacía la cercana selva.
La ametralladora tableteó a cortas ráfagas durante unos segundos. Se escuchó un agudo grito de mujer, seguido del disparo de otro escopetazo. Todos estos ruidos llegaban distintamente, si bien como aspirados por la espesura de la floresta.
—¡Mildred! —gritó Harlow. Y echó a correr desatentadamente hacia la selva.
—¡Harlow! —gritó Dening—. ¡Venga acá, Harlow!
Erle también gritó:
—¡Espere, Harlow!... ¡Voy con usted!
De pronto, algo salió silbando de la espesura de la selva y alcanzó al profesor Harlow en el pecho.