CAPÍTULO VI
AUNQUE LA INVITACIÓN incluía toda clase de garantías para los visitantes, Erle Raymer no se aventuró a entrar en Selkiri sin una fuerte escolta. Cuando el tractor «Breen» se puso en marcha, un millar de «dragos» volaba por encima de él batiendo sus fuertes alas.
El «Breen» recorrió en una sola jornada la etapa y se detuvo a las puertas de la ciudad imperial. Mister Williams Peace estimó que su embajada sería tanto más respetada cuanto más aseado fuera su aspecto.
Así que ordenó bañar a los pterodáctylus en el río e hizo que el mismo «Breen» fuera despojado de la sucia costra de barro acumulada durante la dura marcha a través de los enlodados caminos del país de los uchimes.
La pintura verde del «tanque» reapareció así después de un enérgico fregado. Los obitas, que ignoraban la higiene, eran enemigos del baño. Pero como para limpiar a sus «dragos» tuvieron que meterse y chapotear en el río, ellos mismos quedaron aceptablemente limpios.
Por último y después de afeitarse y acicalarse, los cuatro terrícolas se encontraron en disposición de presentarse ante quien fuera.
Aquella misma tarde el «Breen» se puso en marcha y haciendo roncar los 120 caballos de su robusto motor se encaramó por la suave pendiente que conducía a la puerta de la muralla.
Los mil «dragos» volaron sobre el vehículo y cruzaron sobre la muralla yendo a posarse con ruidoso batir de alas sobre los tejados de Selkiri.
La entrada del «Breen» en la capital del imperio revistió todo el carácter de un acontecimiento sobrenatural. Para los uchimes, el tanque era, ni más ni menos, que una bestia monstruosa de naturaleza divina o diabólica. Esto inferían del hecho indiscutible que la máquina se movía por sí misma, sin fuerza humana ni animal que la impulsara. Por lo tanto era una bestia con vida propia, de «metal viviente».
¿Se había visto jamás cosa tan espantosa? ¡Una fiera de metal vivo! ¡Y qué ojos! ¡Y qué rugidos!
Tony Mills, que conducía el tanque, hacía sonar desaforadamente el claxon en tanto la máquina rodaba fragorosamente por las empedradas calles de la ciudad.
—Esto debe ser de mucho efecto —aseguró el vagabundo mostrando sus encías desdentadas al reír.
Y lo era, sin duda alguna. La gente asomada a las puertas y ventanas se escondía apresuradamente al aproximarse el monstruo. Luego que había pasado volvían a sacar la cabeza para admirar el empedrado levantado por las cremalleras y la nube de humo pestilente que el monstruo iba soltando por el tubo de escape.
¡Salvación de Cirón! La bestia expelía humo. ¡Luego el fuego ardía en sus entrañas!
Las mujeres gemían apretando a sus hijos contra sus pechos. Los niños lloraban presos de terror. Los augures predecían la inminente destrucción del mundo. ¡Calamidad de calamidades! No en vano habían sido derrotadas las invencibles tropas del imperio.
Mientras tanto, el monstruo seguía rodando con escalofriante fragor de hierros y después de hacer trizas el empedrado de las calles y llevarse por delante una esquina, lo que originó el derrumbe de toda la casa, desembocó en la amplia plaza enlosada donde se levantaba el palacio imperial.
El palacio, una monstruosidad arquitectónica, carecía de estilo. La civilización uchime era todavía demasiado joven para poseer un estilo propio.
La escolta de «dragos» se posó en la plaza y ocupó los tejados de todos los edificios vecinos con gran ruido de alas azotando el aire. Los emperifollados uchimes de la guardia palaciega retrocedieron asustados cuando el «Breen» se detuvo ante la monumental escalinata.
La puerta blindada del tanque se abrió y mister Williams Peace y Erle Raymer echaron pie a tierra. Erle levantó los ojos con ansiedad hacia las irregulares ventanas del edificio.
Desde una de ellas, una pálida figura de mujer le hizo débiles señas con una mano. Era Mildred Harlow. El corazón de Erle se estremeció de cólera y amargura, pues del desmayado ademán de su novia el joven interpretó que se encontraba enferma.
Entraron en el palacio. La arquitectura de éste era tan sórdida por fuera como por dentro. Techos bajos con enormes vigas que parecían aplastar con su peso a los visitantes, paredes desnudas ennegrecidas por la pátina del tiempo y el humo de las antorchas, ventanucos angostos que no dejaban paso a la luz, pisos de losas resbaladizas y desiguales.
Una honda emoción dominaba a Erle Raymer en el momento de pisar el umbral del caserón. ¡Había soñado tanto tiempo en este momento!
Al otro lado esperaba el príncipe Duibo junto a un venerable anciano que vestía larga túnica amarilla. Erle apenas si se fijó en este personaje porque a la vista del aborrecido príncipe la rabia le cegó.
Sin poderlo remediar, su mano se crispó sobre la curva culata del «Colt» que pendía de su cinturón. Su tío le asió aquel brazo y se lo apretó con fuerza mientras murmuraba en inglés:
—Calma, Erle... calma.
El hombre de la túnica amarilla saludó con una inclinación de cabeza y empezó a hablar. Erle no prestó atención a lo que decía. Miraba fijamente, ominosamente al príncipe Duibo, el cual le miraba a su vez, sin rencor, aunque con firmeza.
Sólo cuando el nombre de Mildred Harlow surgió en el diálogo volvió Erle su atención hacia el anciano de la túnica amarilla. El joven comprendió entonces que aquél era el Emperador de Uchime, pues decía:
—Es lamentable que la fogosa juventud de mi hijo Duibo nos haya conducido a esta desgraciada situación. Desgraciadamente el daño era irreparable cuando Duibo trajo a la muchacha. Mildred se consideraba deshonrada según las reglas morales de su pueblo y no quiso volver al país de los obitas. Todo lo que pude hacer para atenuar su desgracia fue consentir a que Duibo la tomara legalmente por esposa, a pesar de ser esto contrario a nuestras costumbres.
—Quiero ver a Mildred... enseguida —dijo Erle con rabia sintiendo su alma llena de amargura.
—Ella te espera —dijo Duibo desplegando los labios por primera vez. E hizo una seña a uno de los hombres que esperaban silenciosamente tras el Emperador.
El cortesano invitó con un ademán a Erle y éste le siguió, no sin antes dejar caer sobre Duibo una mirada encendida de concentrado odio.
Una retorcida escalera sin pasamanos condujo a Erle a un lóbrego corredor en donde humeaban antorchas metidas en argollas en las paredes. El uchime se detuvo ante una pesada puerta, la señaló a Erle y se alejó.
Erle empujó la puerta y entró. En el fondo de la sórdida habitación, ocupando una profunda poltrona junto a la ventana, estaba Mildred Harlow.
—¡Mildred! —exclamó Erle con voz ronca corriendo hacia ella con las manos extendidas.
Mildred sonrió. Sus doradas pupilas brillaron de sincera alegría. Alargó sus manos sin abandonar la poltrona.
—¡Mildred, querida! —exclamó Erle cogiéndole las manos y tirando de ella para ponerla en pie.
Pero Mildred se resistió y, ya de pie, rechazó a Erle que intentaba abrazarla.
—Por favor, Erle... no, no me beses... Yo... todo es diferente ahora —murmuró la joven con las pálidas mejillas encendidas de rubor.
Erle la miró sorprendido de la profundidad de sus ojeras y su deforme silueta. Mildred rehuyó el encuentro con aquellos ojos interrogantes y se dejó caer pesadamente en el sillón.
—Sí, voy a tener un hijo —murmuró.
Erle parpadeó y dijo:
—Esperaba algo así, aunque no... —Se interrumpió, aclaró la voz con un carraspeo y agregó—. Bien; eso no cambia las cosas. No es culpa tuya si vas a tener un hijo de Duibo. Tú sigues queriéndome, ¿no es cierto?
Ella eludió encontrarse con su mirada y sacudió la cabeza.
—No, Erle. No es lo mismo. Las circunstancias han cambiado y...
—¿Qué importan las circunstancias? —gritó Erle—. Mis sentimientos no han cambiado. Yo te amo, Mildred. He venido por ti para llevarte conmigo. ¿Qué ocurre? No puedo creer que no quieras salir de esta inmunda ratonera.
—No quiero salir, Erle —contestó ella, y lo dijo con firmeza—. No vivo en esta casa, sino en otra nueva y más bonita que mi suegro hizo construir a mi gusto junto al río.
—Aun así... ¡Oh, Mildred! ¿Qué te pasa? Te encuentro distinta. Tú no puedes amar a Duibo.
—Es mi marido.
—Un marido que te fue impuesto a la fuerza, por unas leyes y una religión que no son las tuyas. Ese matrimonio no es legal.
—Lo es ante Dios, pues éste lo ha bendecido con un hijo.
—Mildred —exclamó Erle con acento desesperado—. Todo esto es absurdo. Ni siquiera el hijo que vas a tener te liga a ese canalla, pues es la consecuencia de un vil y criminal atropello. Yo estoy dispuesto a aceptarlo como un hijo propio. Le daré mi nombre y...
Ella le atajó con un breve ademán.
—No sigas, Erle. Siento causarte este desengaño, pero en verdad amo a mi marido.
—Eso no es cierto... no puede serlo. ¡Tú, una mujer del siglo XX nacida en Nueva York, profesora en matemáticas, en física y en química, queriendo a un príncipe bárbaro que ignora la tabla de multiplicar, las más elementales reglas de higiene y los principios de moralidad, religión y civismo! No puedo creerlo, Mildred. ¡No te creeré aunque me lo jures!
—Te asombraría conocer las cosas que Duibo ha aprendido en estos meses. Es inteligente y se desvive por aprender. Además, no es un bárbaro. Él me quiere, me ama de verdad. —Las doradas pupilas de Mildred relampaguearon—. Él ha hecho con su devoción que yo olvidara las circunstancias en que me convertí en su esposa. He sufrido mucho, es cierto. Primero le odiaba, pero luego...
—Mildred, ¿cómo es posible? —exclamó Erle sintiéndose chasqueado en lo más profundo de su corazón—. ¿Cómo puedes amar a ese hombre? ¡Tú me querías a mí!
Ella le miró con lástima.
—Sí, te quería —murmuró—. Me hubiera casado contigo y me habría considerado una mujer tan feliz como otra cualquiera. Quizás si tú hubieras corrido en mi ayuda...
—¡Ah, es eso! —exclamó Erle decepcionado—. ¿Esperabas que yo abandonara todo para correr en persecución de ti y de tu romántico príncipe?
—Confieso que lo esperaba, Erle. Fue un duro golpe para nuestro cariño ver que transcurrían los meses y no acudías a librarme de la que entonces consideraba insoportable cautividad.
—¿Pero sabes tú en qué situación quedamos allá en nueva América luego que tu príncipe pegó fuego a nuestros talleres y graneros, destruyendo la mayor parte de nuestro armamento y asesinando al capitán Whitney? —protestó Erle furioso—. ¿Sabes que para emprender entonces la expedición que al fin hemos realizado hubiera tenido que llevarme las pocas armas que quedaban, dejando a sesenta mil indígenas indefensos frente a los hombres-insecto que no tardarían en llegar? ¿Querías que desamparara a aquellos desgraciados... que abandonara el fruto de tantos meses de sacrificio y trabajo para venir a rescatarte del poder de un malvado seductor como en los cuentos de princesas y dragones? ¡Di! ¿Era eso lo que esperabas?
Mildred Harlow miró por la ventana abierta.
—No sabía que la colonia hubiera quedado en tan precaria situación —murmuró—. Esperaba que nos dieras alcance en el avión antes que Duibo pudiera internarse en las montañas...
—El «hidroavión» fue lo primero que destruyeron los hombres de Duibo.
—Sí, lo supe más tarde. Y entonces esperé inútilmente que llegaras por mar en nuestro barco. ¿También fue destruido?
—No, el barco pudo salvarse. Hagerman, McAllister y McDermit quisieron ponerse en camino hacia Uchime para rescatarte, coger unas cuantas «muscari» y utilizarlas para buscar la astronave. Eso fue antes que llegaran los hombres-insecto. Hernández y Ramírez se empeñaron en acompañarles, y como además se llevaron algunos cañones y ametralladoras y Mills también quería irse si yo me marchaba... ¡compréndelo, Mildred! No podía embarcarme dejando solo a tío Willie sin apenas armas para hacer frente a los insectos.
Mildred Harlow suspiró.
—Lo comprendo, Erle. Ahora comprendo que no podías acudir en mi auxilio. Pero entonces no lo sabía. Pensé con amargura que nuestras relaciones habían sido más bien dictadas por la conveniencia que por atracción personal, al menos en lo que a ti se refería.
—¡Mildred, no debes decir eso! —protestó Erle—. Es posible que en el tiempo que hemos estado juntos no me haya mostrado todo lo cariñoso que requería nuestro compromiso, pero ello fue debido a que estaba demasiado atareado y siempre me faltaba tiempo para dedicarlo a ti. ¡Pero yo te quería, Mildred! Te quiero también ahora.
—Lo siento, Erle —murmuró la joven—. Lo siento mucho.
—¡Lo sientes! —exclamó Erle con sarcasmo—. ¿Es todo cuanto te se ocurre decir?
—Es lo que mejor expresa mi sentimiento, Erle. Lamento todo lo ocurrido, pero ya nada se puede cambiar.
—Querrás decir que no deseas que cambie.
—¡Oh, Erle! ¿Vamos a reñir? —exclamó Mildred.
Erle depuso su actitud agresiva, movió la cabeza y dijo:
—No. No deseo que nos peleemos. Sólo trato de hacerte comprender que todavía es posible rehacer nuestras vidas. Ven conmigo, Mildred. Vamos a salir en busca de la astronave... la encontraremos sin duda alguna. Y entonces, Mildred, ¡otra vez de regreso a la Tierra! —Erle hablaba con acento apasionado, persuasivo—. Piensa en lo que eso significa. ¿No sientes nostalgia de nuestro mundo, de la patria... de nuestras ciudades? Nos casaremos en Nueva York, como habíamos soñado. Un hijo de otro hombre no es obstáculo para que una mujer tenga más hijos de otro matrimonio. Muchas viudas y divorciadas se casan otra vez y son felices. ¡Mildred, tú no amas al príncipe Duibo!
—Es posible que aún no le ame como se merece —contestó la joven—. Pero espero conseguirlo pronto. No deseo volver a la Tierra, Erle. Mi labor está aquí, entre estas pobres e ignorantes gentes. Yo puedo hacerles felices educándoles, enseñándoles a cultivar mejor la tierra, enseñándoles a fabricar el hierro y el acero, a construir mejores casas, mejores herramientas... A elevar su nivel de vida, en fin, ahorrándoles mucho tiempo de ensayos y fracasos para que todo hombre pueda comer su pan y descansar bajo un techo sólido. Sería injusto, imperdonable, que por hacerte feliz a ti renunciara a hacer la felicidad de centenares de miles de seres humanos.
Erle abrió la boca para protestar pero ella le atajó con un ademán y continuó diciendo:
—Además, las cosas ya no serían iguales entre tú y yo. La presencia del hijo de Duibo avivaría constantemente el recuerdo de un episodio que quisieras olvidar. Y a mí me remordería continuamente la conciencia de haber privado a mi hijo del cariño de su verdadero padre. Quizás este hijo mío no fuera tan inteligente como los que tuviera de mi nuevo matrimonio. Quizás los misteriosos atavismos de su raza se reflejaran en el temperamento del muchacho haciéndole completamente distinto de sus hermanos. Y ni ellos ni tú podríais quererle ni comprenderle... ¡Oh, no, Erle! Mi puesto está aquí, lo sé. Y si hoy flaqueara cediendo a tus ruegos y a la llamada de mi mundo, de mi patria y mi raza cometería un pecado y una equivocación de la que tendría que lamentarme durante el resto de mi vida. Es... como una llamada, Erle. Algo parecido a lo que debe sentir la mujer que profesa como monja o el misionero que abandonando patria, padres y amigos se adentra en los territorios inexplorados para evangelizar salvajes y caníbales.
—Entonces... ¿es inútil cuanto te diga? —preguntó Erle desalentado.
Ella dijo que sí con la cabeza y sonrió.
—Ánimo, Erle. Encontrarás de sobra mujeres más bonitas que yo, capaces de quererte como tú mereces.
—Nunca podré querer a ninguna otra como te amo a ti, Mildred —aseguró él con acento amargo.
—No digas eso. Una gran labor colonizadora te aguarda en este mundo. Tus múltiples preocupaciones y trabajos harán que me olvides. Y luego, ¿quién sabe? Apenas si hemos explorado un agujero de este extraño mundo. Quizás en los antípodas exista ignorada por todos una civilización espléndida, y en ella alguna bellísima y auténtica reina que te ayude a gobernar con mano hábil y certero juicio este vasto imperio que tu tío quiere dejarte en herencia... ¿Eh, Erle?
Erle comprendió que ella intentaba suavizar la contundencia del golpe que acababa de asestarle en el corazón e iluminó su rostro con una pálida sonrisa.
—Puedes ahorrarte el trabajo de endulzar mi derrota, Mildred. También sé perder.
—Lo sé —dijo ella con suave ironía—. Tú eres muy deportivo en todas tus cosas. Bien, olvidémoslo todo. ¿Quedamos amigos?
Erle estrechó con desgana la mano que ella le ofrecía. Mildred se agarró a su mano y se incorporó diciendo.
—Vamos. Quiero saludar a tío Willie.
Minutos más tarde Mildred y Erle entraban en el sombrío salón donde, ocupando sendas e incómodas poltronas, conversaban mister Peace y el Emperador.
Duibo estaba de pie apoyado en el alto respaldo de la poltrona de su padre. Al entrar los antiguos novios, Duibo dejó caer una mirada de ansiedad sobre los rostros de Mildred Harlow y Erle Raymer.
«Tú te la llevas, perro sarnoso», estuvo a punto de decirle Erle.
Pero aunque no lo dijo, Duibo debió leer la derrota en la estirada cara de su rival, porque corrió hacia Mildred y le cogió una mano estrechándosela con fuerza. Ella le correspondió con una serena y luminosa mirada que debió hacer latir de gozo el corazón del enamorado príncipe.
Acto seguido Mildred corrió a estrechar la mano de mister Williams Peace, el cual sonreía visiblemente emocionado.
—¿Y Ruth? ¿Y la señora Aronson?
—Espero que se encuentre bien. Ruth, la pobre, perdió a su marido...
—Sí, Erle me lo acaba de decir.
—Los otros, excepto Watson y Tony Mills que están ahí afuera, salieron en el barco el año pasado con intención de venir a Uchime. No hemos vuelto a saber de ellos y, lo que es más extraño, tampoco vinieron aquí, ya que de otro modo hubiera llegado a noticias del Emperador.
—Seguramente naufragarían —dijo el príncipe Duibo—. Los océanos de este mundo están constantemente agitados por fuertes huracanes. Ésta es la razón por la cual se ha desarrollado tan poco nuestra marina.
La conversación se generalizó entonces en lengua nativa acerca de las posibilidades de alcanzar el extenso continente tropical, país de leyenda al que los uchimes conocían con el nombre de Kotimak.
El Emperador hizo traer un viejo mapa perteneciente a sus tatarabuelos donde, de forma grosera y un tanto confusa, se dibujaban las costas de Uchime, del país de los obitas y una cadena de pequeñas islas desperdigadas sobre un océano inmenso hasta las lejanas y misteriosas costas de Kotimak.
—Hubo un tiempo en que mis antepasados se preocuparon de Kotimak y de los hombres-araña devoradores de hombres —dijo el Emperador—. En aquellos tiempos nuestro Imperio comprendía también las posesiones del país de los obitas, el cual territorio era periódicamente asolado por las bandas de hombres-insecto que llegaban en verano procedentes del norte. El padre de uno de mis tatarabuelos hizo una expedición hasta las costas de Kotimak con la idea de combatir a los hombres-araña en su propio territorio. Cuenta la leyenda que el calor era tan intenso en Kotimak que de la tierra salía humo, y llamas y piedra líquida de las cimas de muchas montañas. Tan duras eran las condiciones de vida para soldados y «muscaris» en aquel país que mi antepasado regresó apresuradamente sin haber podido combatir a sus enemigos.
—¿Fue esta la ruta que siguió? —preguntó mister Peace señalando la línea de islas que salpicaba la inmensidad del océano.
—Éste fue el mapa que nos dejó de la ruta seguida por su ejército.
Erle examinó el mapa con interés.
—Es lógico que haya puntos de escala durante la travesía —aseguró—. Calculando la distancia por nuestro meridiano terrestre debe haber unos seis mil kilómetros de aquí a Kotimak. Ni las «muscaris» utilizadas por los antepasados del Emperador ni los saltamontes que montan los hombres-insecto pueden volar una distancia tan enorme sin hacer escala en algún punto.
—Sí —aprobó mister Peace—. Esas islas deben de existir por fuerza. Los insectos las utilizan todavía para hacer descansos tanto en el viaje de ida como en el de vuelta.
—Entonces no hay ninguna razón para que nosotros no podamos utilizarlas también —murmuró Erle—. Lo que hace un saltamontes también puede hacerlo una «muscari».
—Mi padre y yo —dijo Duibo— nos ofrecemos muy gustosos a facilitaros hasta un millar de «muscaris» para que podáis volar hasta Kotimak y buscar vuestra astronave.
—Desde luego, las aceptamos —contestó el archimillonario Y volviéndose hacia el anciano Emperador preguntó—: Y ahora, Alteza. ¿Quieres que sigamos discutiendo las condiciones de nuestro armisticio?
Las discusiones duraron una semana y gracias a la mediación de Mildred Harlow, la cual ejercía enorme influencia sobre el príncipe Duibo, no fue difícil llegar a un acuerdo satisfactorio para todos.
Puesto que el Emperador era hombre de avanzada edad y el potencial industrial y económico aportado por el sistema terrícola todavía tardaría algunos años en dejar sentir su influencia, en nada perjudicaba los planes de mister Peace que el viejo muriera como había vivido, siendo Emperador de Uchime.
Los únicos cambios consistían en la abolición de la esclavitud, la igualdad de derechos para todos los ciudadanos y fronteras abiertas a la libre inmigración de otros pueblos menos afortunados en su geografía, como por ejemplo el pueblo obita.
Con la muerte del anciano Emperador la nación uchime pasaría automáticamente a formar parte de los Estados Unidos de Venus. El príncipe Duibo, a quien la educación recibida de su esposa estaba transformando en un hombre de ideas democráticas, afirmó tranquilamente su voluntaria renuncia al trono de Uchime.
Erle Raymer no pudo sentir jamás simpatía hacia Duibo, pero reconoció en él aptitudes para acaudillar la nueva revolución económica e industrial que en breve transformaría aquel mundo imponente nuevas normas de vida a una humanidad que todavía no estaba preparada para recibirlas.
—Le nombraremos gobernador por el estado de Uchime —dijo mister Peace—. Los venusinos acogerán sin recelos nuestra civilización si es un político de su propia raza quien la predica en su propia lengua.
Al firmarse el acuerdo el grueso del ejército obita acampado ante Gabha recibió permiso para seguir adelante llegando a Selkiri cuatro días más tarde. Mientras tanto, Erle había conseguido comunicar por radio con Nueva América, donde Ruth Whitney y la señora Aronson acababan de «sacudirle una soberana paliza» a los hombres-insecto, según palabras textuales de la rolliza y dinámica señora Aronson.
Erle contó todo lo ocurrido a las dos mujeres y añadió:
—Ahora nos estamos preparando para emprender una expedición en toda la regla al continente ecuatorial. Tenemos un millar de «muscaris» para explorar la selva en busca de la astronave y un mapa apolillado de la ruta que debemos seguir. Atención... Mildred Harlow quiere hablar con ustedes.
Cuatro semanas más tarde Erle Raymer, mister Williams Peace, Watson y Tony Mills se despedían de Mildred Harlow.
—Pasará algún tiempo antes que volvamos a vernos —dijo el archimillonario—. Espero que para entonces habrá hecho usted cambiar la fisonomía de esta ciudad.
Erle estrechó la mano de su antigua novia.
—¿Seguro que no quieres que nos detengamos en Selkiri un momento cuando pasemos por aquí en nuestra astronave de vuelta hacia la Tierra? —le preguntó.
Ella sacudió la cabeza, negando. Pero sus bellos ojos estaban llenos de lágrimas cuando, de pie ante la puerta del vetusto palacio, saludó con la mano a la nube de multicolores «muscaris» que se remontaban en el espacio batiendo ruidosamente dos millares de fuertes y gigantescas alas.