CAPÍTULO VII

EL PROFESOR HARLOW se detuvo en seco, levantó los brazos y cayó de espaldas al suelo. De su pecho sobresalía casi dos metros el asta de una jabalina.

Erle Raymer, que había comenzado a bajar la escalera, se detuvo en seco, mirando con asombro el cuerpo exánime del profesor.

De pronto sonó como un trueno el ensordecedor chirrido de gran número de cigarras, las espesuras del lindero de la selva se agitaron y se abrieron y una tromba de extraños bichos se precipitó en el calvero corriendo... más bien galopando hacia el cohete interplanetario.

—¡Suba aprisa, Chris! —gritó Erle a la muchacha, que también se había quedado paralizada al sonar los primeros disparos.

Dando un brinco, Tony Mills se agarró a la escala y empezó a trepar por ella con la agilidad de un mono. Mientras corría, la extraña muchedumbre verde lanzó contra el aparato una lluvia de silbantes jabalinas. Éstas cayeron a los pies de Aronson y el profesor Dening y rebotaron con estruendo contra el casco metálico del cohete para luego caer al suelo.

Arrancándose bruscamente de su estupor, Dening y Aronson se precipitaron hacia la escalera de cuerda en tanto las armas arrojadizas silbaban siniestramente a su alrededor. Dening fue el primero en llegar y empezó a subir con toda la ligereza que su edad le permitía. Aronson echó detrás.

Miss Christina Custer llegó hasta la plataforma, situada a unos quince metros de altura sobre el suelo. McAllister, Watson y la señora Aronson, que se habían asomado atraídos por el ruido de los disparos, cogieron a la muchacha por los brazos y la levantaron en vilo hasta la plataforma.

—¡John... John, date prisa! ¡Corre, John! —gritó mistress Aronson a su marido.

Mister Aronson había subido un par de metros por la escalera cuando una lanza silbó en el aire y le alcanzó en la espalda, atravesándole de parte a parte.

Desde el borde de la plataforma, mistress Aronson lanzó un chillido de horror viendo a su esposo soltar la escalera y caer pesadamente de espaldas al suelo. McAllister cogió a mistress Aronson por un brazo y la empujó rudamente hasta la bodega del cohete, donde la pobre mujer se desmayó.

Erle Raymer alcanzó la plataforma, descolgó la escopeta que llevaba al hombro y apuntó a la chusma verde mientras Tony Mills llegaba jadeante arriba.

Por encima del punto de mira de su escopeta, Erle Raymer vio por primera vez con detalle a las extrañas criaturas que les atacaban. A primera vista parecían gigantescas hormigas, aproximadamente de la altura de un hombre. Pero aparte de su tamaño, Erle no había visto nunca hormigas que anduvieran derechas sobre cuatro patas, ni que se comportaran como hombres utilizando lanzas contra los hombres.

Erle disparó contra una de aquellas gigantescas hormigas. El insecto, alcanzado en sus grandes ojos, cayó dando vueltas y empezó a girar furiosamente sobre sí mismo.

Erle siguió apretando el gatillo tirando al buen tuntún hasta que los cartuchos de su escopeta automática se terminaron. En este momento llegaba a la plataforma el profesor Dening. Watson y Tony Mills le cogieron de las muñecas y le izaron en vilo depositándole sano y salvo sobre la plataforma.

Quince metros más abajo, la extraña chusma verde llegaba hasta el pie de la escalera y se arrojaba furiosamente sobre el cuerpo de John Aronson. Erle no comprendió bien lo que hacían hasta que miró hacia donde había quedado tendido el profesor Harlow.

También en torno al cadáver de Harlow bullían y se agitaban las hormigas gigantes, tremolando en el aire un bosque de antenas y de largas patas que empuñaban lanzas. Algunos de los insectos se pusieron a pelear entre sí a mordiscos. Un instante después, los insectos se dispersaron, dejando en el lugar donde cayó el profesor Harlow cierto número de huesos blancos y morondos.

¡Las hormigas habían devorado al profesor Harlow en tres minutos!

Pálido, con los cabellos erizados de horror, Erle Raymer miró al tumulto del pie del cohete. Los insectos armaban un estrépito infernal, tanto por sus estridentes chirridos como por los furiosos golpes que daban contra el casco metálico. Algunos de ellos miraron hacia arriba y se pusieron a trepar por la escala.

—¡Pronto, aquí... otra escopeta! —gritó Erle metiendo dos cartuchos en la suya. Y desde el borde de la plataforma disparó hacia abajo contra los bichos que subían.

La «hormiga» que subía en primer lugar debió recibir la perdigonada en sus grandes y horribles ojos. Se estremeció convulsamente, se soltó y cayó al suelo como antes había caído Aronson.

McAllister se acercó armado de un hacha.

—¿Qué va a hacer? —gritó Erle.

McAllister descargó un golpe de hacha sobre la cuerda de la escala. Dos golpes más cortaron la segunda cuerda y la escala se precipitó al suelo arrastrando a los bichos que trepaban por ella.

Glenbrook, McDermit, mistress Whitney, el profesor Clancey y los pilotos llegaban en este momento en el ascensor alarmados por los disparos y el extraño alboroto que promovían las hormigas gigantes. Se pusieron a hacer preguntas y se asomaron para ver la invasión de monstruos.

Erle Raymer hizo un esfuerzo para dominar sus nervios y examinó la crítica situación.

—¿Dónde están mister Peace y los demás? —preguntó el profesor Clancey, lívido como un cadáver.

—Les oímos disparar en la selva momentos antes que estos bichos nos atacaran —contestó Erle sintiendo frío a pesar del calor reinante—. Debieron ser atacados por estos animales...

—¿Animales? —exclamó Clancey mirando hacia abajo—. ¿Animales y esgrimen lanzas?

—No importa lo que sean. Hombres, animales o diablos sorprendieron a mi tío y a los demás en la jungla. ¡Hemos de correr en su ayuda!

Watson y Tony Mills se acercaron llevando sendas escopetas.

—Dejad eso —ordenó Erle con aspereza—, no basta para tanto bicho. Hay que ahuyentarles de aquí... Había varias cajas de bombas de mano en alguna parte. ¡Buscadlas!

—¿Cree que su tío y los demás siguen aún con vida? —preguntó Clancey a gritos para hacerse oír del estrépito que armaban los insectos, parecido al de unos astilleros con un millón de remachadores funcionando a la vez.

Erle miró a la juvenil y bonita señora Whitney, que le miraba con angustia retorciéndose nerviosamente sus delicadas manitas.

—Espero que hayan podido rechazar a esos bichos. Eran muchos... once o doce... y todos iban bien armados.

—¡Aquí están las bombas! —gritó Mills desde lo profundo de la bodega.

—Traedlas aquí. Hemos de librarnos de esa chusma para poder bajar y buscar a los demás —explicó Erle a mister Clancey.

—Si les ahuyentamos del calvero nos atacarán más tarde en la jungla —advirtió Robert Dodson.

—Tenemos que correr el riesgo... Utilizaremos el tractor «Bren».

—¿Podremos pasar entre los árboles?

—Los árboles grandes están bastante separados unos de otros... Lo intentaremos, de todas formas.

McAllister estaba levantando a hachazos la tapa de la caja de las bombas. Las granadas, en forma de piña, aparecieron debajo cuidadosamente ordenadas y rodeadas de aserrín.

Erle, McAllister y los dos pilotos se precipitaron sobre la caja y tomaron dos bombas cada uno. McDermit llegó empuñando un fusil ametrallador y se tendió de bruces en la plataforma.

—Arrójenlas cuan lejos puedan —gritó Erle arrancando el seguro de una bomba. Y la arrojó al espacio.

La granada describió un arco y estalló al chocar en el suelo con una llamarada y una detonación potente. Dos gigantescas hormigas que estaban cerca volaron en pedazos.

McAllister y los pilotos lanzaron también. Patas, manos y cabezas de hormigas gigantes volaron en todas direcciones como proyectiles. Entre los insectos se advirtió un acusado movimiento de retroceso hacia la jungla. McDermit abrió fuego con el fusil ametrallador. Watson, el ayuda de cámara, se puso a disparar con una escopeta por la esquina del portalón. Tony Mills tomaba granadas de la caja y las ofrecía a las manos ansiosas...

Por espacio de seis minutos tronaron las armas y brillaron los fogonazos de las bombas en el calvero. El enemigo se retiró desordenadamente y desapareció en las espesuras perseguido por los proyectiles del fusil ametrallador.

—¡Alto el fuego! —gritó Erle.

Las armas ladraron por última vez contra las espesuras removidas por el paso de los fugitivos. Se hizo un silencio denso, profundo y extraño.

Desde el filo de la plataforma, los astronautas contemplaron el campo de batalla, cubierto de jabalinas, patas de dos metros de longitud, cráneos y cuerpos abultados de insectos. Todos estos restos, lejos de estar inmóviles, se agitaban convulsamente y rodaban de aquí para allá con movimientos errabundos y torpes.

—¡Hombres insecto! —murmuró el profesor Dening por lo bajo.

Erle Raymer le miró extrañado y luego gritó:

—¡A ver ese tractor «Bren»!

—Tendremos que sacarlo por la otra puerta —dijo Martín Archer.

—Bien. Abran la otra puerta.

En el piso de la cabina, mistress Aronson recobraba el sentido entre los brazos de la pálida señorita Custer. Al abrir los ojos miró en torno con extrañeza, recordó con un alarido y gritó:

—¡John! Mi marido... ¿dónde está?

El sombrío silencio de quienes le rodeaban arrancó de la garganta de la pobre mujer un grito de dolor. Quiso precipitarse hacia la plataforma para mirar abajo, pero Tony Mills, Glenbrook y el profesor Dening se lo impidieron.

—Llévenla arriba —rogó el profesor Clancey a miss Custer y mistress Whitney.

Las tres mujeres abandonaron la bodega. Ésta estaba dividida en dos secciones por un sólido mamparo. Precisamente los astronautas habían cargado el transporte «Bren» en último lugar, de tal forma que estuviera a mano en caso de necesidad.

Una vez soltado de las fuertes cinchas que lo sujetaban, McAllister trepó al pescante, puso el motor en marcha y lo hizo rodar hasta la plataforma. Allí, una grúa lo levantó en vilo y lo depositó con suavidad en tierra firme.

La misma grúa fue utilizada para hacer descender la caja de bombas de mano. Metidos en un cesto, Erle Raymer, el profesor Clancey y Tony Mills bajaron a reunirse con Robert Dodson y McAllister, que ya estaban a bordo del vehículo.

El tractor «Bren» roncó y echó a andar moviendo rápidamente sus orugas. Era uno de aquellos vehículos anchos, espaciosos y robustos que tan preciosos servicios prestaron a los ejércitos aliados de la Segunda Guerra Mundial en la campaña del norte de África.

El tractor, que estaba blindado y montaba a proa una ametralladora de 20 milímetros, dio media vuelta al cohete, pasó junto al mondado esqueleto del profesor Harlow y enfiló al punto por donde mister Peace y los que le acompañaban se internaron en la selva.

La chata proa del «Bren» arrolló fragorosamente los gigantescos matorrales y se hundió en la eterna noche verde de la jungla. El paso entre los troncos era, en general, bastante ancho para que pudiera pasar el vehículo.

—Aquí fue donde miss Custer y yo nos separamos del grupo para volver al cohete —señaló Erle reconociendo el lugar—. Los demás siguieron en esa dirección.

McAllister encendió los faros. Robert Dodson, que iba de pie junto al conductor mirando por encima del parapeto blindado, enfiló el cañón de la ametralladora hacia cierto punto para señalar los tallos que se apreciaban limpiamente cortados por los machetes.

McAllister guió el «Bren» en aquella dirección. Erle Raymer, con una bomba en cada mano, vigilaba por el lado de estribor. El profesor Dening hacía lo propio por el otro lado, y Tony Mills, a popa, veía cerrarse las espesuras apenas el vehículo había pasado.

—¿Quién me mandaría meterme en este berenjenal? —iba refunfuñando el vagabundo—. Hormigas como elefantes... ¿Cómo serán los elefantes? ¡Y miren que me lo dije! ¡Tony, no te metas en esto...! No te metas... ¡No te metas!

—¡Alto! —gritó Robert.

McAllister pisó los frenos tan bruscamente que los pasajeros perdieron el equilibrio. Dodson señalaba en silencio algo que se veía entre los arbustos pisoteados. Eran parte de las ropas y el esqueleto de un ser humano.

—Aquí debieron ser sorprendidos por las hormigas —dijo Robert.

Y señaló una jabalina que se veía clavada a un árbol.

Conteniendo a duras penas el horror que la macabra escena le causaba, Erle echó pie a tierra y se inclinó sobre la calavera recién pelada. Del suelo tomó un pedazo de tela de seda color salmón.

—Miss Harlow tenía una capa de ese color —dijo McAllister.

—Sí —dijo Erle—. Pero miss Harlow no llevaba su capa, y su traje era azul eléctrico. Martindale y los cuatro mexicanos iban vestidos con trajes color salmón.

Los ocupantes del «Bren» asintieron en silencio. Erle dio una vuelta al paraje, encontrando más huesos esparcidos, un par de escopetas y dos cuerpos de hormigas gigantes que tenían las cabezas acribilladas a balazos.

—Huyeron por aquí —señaló Erle.

—¿Está seguro? Esa dirección es contraria a la que lógicamente hubieran tomado para regresar al cohete —dijo el profesor Dening.

—A menos que fueran atacados por la espalda y obligados a huir en dirección opuesta a la que deseaban —contestó Erle regresando al «Bren» con las dos escopetas. Y ya a bordo del vehículo ordenó secamente a McAllister—: Por ahí.

El tractor rodó lentamente aplastando tallos y arbustos a su paso. Erle oteaba por encima del parapeto blindado siguiendo el rastro de las ramas tronchadas.

El calor seguía siendo intenso, agobiante.

Sin detenerse, Erle tomó de una rama un jirón de tela de seda amarilla.

—Esto debió pertenecer al traje de mi tío.

El tractor se detuvo bruscamente. Erle miró a McAllister y éste le señaló con los ojos algo que se veía confusamente en el suelo. Eran más huesos humanos.

—Yo bajaré esta vez —dijo Robert Dodson saltando al suelo.

De pie en el tractor, los ocupantes del mismo vieron al piloto andando de un lado a otro, apartando ramas, inclinándose...

Al cabo de un rato, Dodson regresó silenciosamente al vehículo. Traía en la mano una escopeta manchada de barro.

—¿Quién fue esta vez? —preguntó Erle roncamente.

—Roswell y Rudyard Lodge.

—¿Cómo lo sabe?

—El cráneo de Roswell estaba a medio... ¡ejem! —el piloto tosió haciendo una violenta mueca y mostró en la mano una medalla de oro y restos de una cadenita—. Esto era de Lodge... se la vi muchas veces al cuello.

Erle miró sin tomar la medalla manchada de sangre. Luego, sin comentarios, hizo una seña a McAllister. El tractor gruñó al abatir un arbolillo y Robert dijo:

—También había una hormiga de ésas, agonizando.

Bruscamente, el «Bren» salió a una trocha. Se trataba de una senda que corría de este a oeste y era, en realidad, bastante difícil de distinguir porque los gigantescos matorrales la ocultaban casi completamente. Los terrícolas la descubrieron al detenerse allí para examinar lo que parecía haber sido escenario de una batalla.

En medio de la trocha se agitaban convulsamente los cuerpos de dos hormigas gigantes acribilladas a balazos. En el suelo se veían restos de lanzas rotas, una pistola ametralladora y un par de machetes. Bajo la luz de los faros brillaban algunos casquillos vacíos. La luz eléctrica iluminaba también algunas grandes hojas que parecían de cuero acribilladas por balas y postas de caza mayor.

—¿Qué ocurrió aquí? —murmuró Robert Dodson crispando sus manos sobre las asas de la ametralladora.

Una cigarra invisible chirrió en las espesuras. Otra le contestó por el lado contrario. Las jabalinas silbaron en el aire antes de estrellarse contra los férreos costados del transporte «Bren». Detrás de las jabalinas, una turba de insectos gigantes salió en tromba de la jungla y se arrojó contra el vehículo.