MARZO

Otra vez están mezclando cemento.

De las oxidadas armaduras del hormigón se deshielan

las últimas inhibiciones y las piezas prefabricadas

se ofrecen en posición de firmes:

Ven. Adáptate. Ven. Adáptate.

Cuando mi rabia dobló el horizonte,

cuando no quise tragarme la basura,

cuando, con pequeños verbos agudos,

corté los neumáticos —¿por qué estaciona aquí?—,

cuando obligué a pasar el budín por el cedazo fino

y le aporté la prueba de su rosada parte contraria

cuando, cazando sombras, cobraba

como cazador de sombras y pagaba impuestos como tal,

cuando, hacia el cielo,

clavé las uñas en bancos recién pintados,

cuando plegué papel garrapateado con odio

e hice barquitos que dejé flotar,

cuando el amor me arrojó un hueso

y mi lengua se imaginó un sabor,

cuando decidí cuidar el herpes zoster con ensalmos,

sólo porque al marchitarse da tres gramos de placer,

cuando, lloviznaba, lamí el bronce

y, temeroso de los umbrales, declaré santos los coños,

cuando mis dedos entraron en celo

y, a lo largo de la barraca, cubrieron todos los nudos,

cuando enseñé a las máquinas de marcianitos, a empujones,

a sonar hasta el game over,

cuando toda cuenta por debajo de la raya

arrojaba menos sesenta y nueve,

cuando yací con palomas y tuve que jurar:

¡Nunca volveré a hacerlo con gaviotas!…

Cuando cubrí una oreja y pedí indulgencia:

¡los ángeles son demasiado secos y estrechos!…

Cuando sólo haciendo el pino era capaz de decir:

Te quiero. Te quiero…

Cuando se desabotonó y protegió de la polilla

el forro de invierno de los abrigos,

cuando el invernadero vomitó en colores…

y pusieron los altavoces en marzo…

cuando se pelearon cosquillas arañazos peces y puerros,

estalló la primavera:

Estoy harto. Ven. Desnúdate.