INTERROGADO

Tras la cólera acuñada en moneda grande o pequeña

—ejemplo favorito al que se daba azúcar—,

después de tantos entonces y de dar la voltereta

en una cuerda floja que, a ratos,

se tensaba —trabajo sin red—,

quiero ahora, quiero sin falta…

¿Cómo van las cosas? —Han ido peor a veces.

¿Tuviste suerte? —Sí, gracias al señuelo.

¿Y qué has hecho desde entonces?

Los libros dicen cómo se hubiera podido hacer mejor.

Quiero decir, ¿qué hiciste tú?

Estuve en contra. Siempre estuve en contra.

¿Y fuiste culpable? —No. Porque no hice nada.

¿Has aprendido lo que se podía aprender?

Sí. Con el puño aprendí qué era la goma.

¿Y tu esperanza? —Mintió al llamar verde al desierto.

¿Y tu rabia? —Tintinea como el hielo en el vaso.

¿La vergüenza? —Nos saludamos de lejos.

¿Tu gran plan? —Sólo la mitad compensa.

¿Te has olvidado ya? —Recientemente, de la cabeza.

¿Y la Naturaleza? —A menudo paso en coche por delante.

¿Los hombres? —Me gustan en el cine.

Están muriendo otra vez. —Sí, lo he leído…

¿Quién me enjabona? Mi espalda

me resulta tan lejana como… ¡No!…

No quiero usar más metáforas,

ni rumiar, ni contar sílabas

y esperar a que la bilis escriba.

¿Te sientes mejor ahora? —Las cosas tienen mejor aspecto.

¿Más preguntas? —Pregunta lo que quieras.