MI GRAN SÍ CONSTRUYE FRASES CON UN PEQUEÑO NO
Matrimonio
Tenemos niños, eso hace dos.
Casi siempre vamos a cines distintos.
De que nos vamos separando hablan nuestros amigos.
Pero tus intereses y mis intereses
coinciden aún
en los mismos puntos.
No es sólo preguntar por los gemelos de puño.
También pequeñas atenciones como:
Tenme el espejo.
Cambiar bombillas.
Recoger algo.
O conversaciones hasta que todo ha sido conversado.
Dos emisoras que, a veces,
reciben al mismo tiempo.
¿Debería apagarme yo?
El agotamiento simula armonía.
¿Qué nos debemos? Eso.
No me gustan: tus pelos en el retrete.
Pero después de once años nos lo pasamos bien todavía.
Ser una misma carne a pesar de estos precios fluctuantes. Pensamos ahorrativamente en calderilla.
En la oscuridad me lo crees todo.
Deshacer y tejer de nuevo.
Precaución dilatada.
Dar las gracias.
Domínate.
Tu césped ante nuestra casa.
Ahora estás siendo otra vez irónico.
Pues ríete.
Lárgate si puedes.
Nuestro odio es incombustible.
Pero a veces, distraídos, somos cariñosos.
Hay que firmar
las notas de colegio de los niños.
Nos deducimos mutuamente de los impuestos.
Hasta pasado mañana hay tiempo.
Tú. Sí, tú. No fumes tanto.
Adviento
Cuando el Tío Gilito vuelve a cambiar de trompetas,
y jugamos a su Jericó catalítico con bloques de madera,
porque el empate de nuestros padres
o la mutua retirada en caso de crisis
no quieren superar
la guerra limitada,
es decir, el umbral que va del dormitorio a la escalada,
ya que la Navidad está a la puerta,
cuando el Tío Gilito lanza al mercado algo nuevo,
la máquina de estrujar y triturar
y otras armas polivalentes. ¡Pum!
Hasta que una hora más tarde, ¡Tatatá!… ¡Paf! ¡Plop!
la guerra convencional, localizada en el cuarto de los niños
escala de una forma poco ortodoxa
y los padres,
porque las compras de Navidad
sólo permiten una distensión limitada,
y Juanito, Jorgito y Jaimito
—los sobrinos del pato Donald—
han cambiado por nada sus espadas y escudos,
renunciando a su segunda y gradual,
su ampliada disuasión mutua,
murmurando sólo mínimamente y dando las gracias,
cuando el Tío Gilito juega otra vez con petardos antiblindaje,
y con nosotros, si somos buenos, a la hecatombe,
porque tenemos que comernos todo lo que hay en el plato,
ya que los niños tienen hambre en la India
y menos juguetes y armas ABC
que llevan nuestra diaria defensa anticipada
del salón al bar de la casa, en el que nuestros padres
se gastan el dinero que el Estado les da por sus hijos,
hasta que se ríen de chistes sucios
y explotan controladamente
y por su propia mano,
lo mismo que nosotros sabemos montar
nuestras sirenas de alarma desmontables,
cuando sea mayor un día y la mitad de rico
que el tío Gilito,
lanzaré una auténtica guerra espasmódica
contra todos los padres que por todas partes se reúnen,
hablando de tener o suprimir niños,
y con Juanito, Jorgito y Jaimito
—los sobrinos del pato Donald—
planificaré una familia
en la que lo malo será bueno y lo bueno malo
y podamos ir al colegio
en un Land-Rover de tracción a las cuatro ruedas
lleno de misiles tremendamente absolutos,
para que podamos lanzar el primer ataque;
porque el tío Gilito dice siempre:
La disuasión mínima, hasta hoy
—y la Nochebuena se acerca cada vez más—
no nos ha hecho avanzar ni un paso de pato.