CAPÍTULO XV

Para Alex no pasó desapercibido que Cinthya se marchó con Jake por el sendero que llevaba al río, habían pasado varios minutos y aún no regresaban. La cabeza comenzó a darle vueltas, miles de ideas torturaban su mente sin piedad, el imaginarla en brazos de otro le hacía hervir la sangre en las venas. No estaba dispuesto a seguir así, tenía que desengañarse con sus propios ojos para dejar de estar haciendo el tonto.

Se acercó en silencio. A lo lejos los divisó, parecían tensos, como si estuvieran discutiendo, eso le dio esperanzas, quizá estuvieran terminado la relación. «Qué patético soy», pensó.

—La verdad no creo que doña Flauta sea una aventura extrema. —Cinthya pareció pensarlo un momento—. Pero si estás dispuesto a arriesgarte, algo bueno debe tener.

—¿Entonces? ¿Me ayudarás, ma belle?

—No sé cómo podría servirte de algo dadas las circunstancias, pero si está en mis manos, cuenta con ello.

—Por lo pronto, la prioridad es que mi flaquita acepte que tiene un grave problema con su alimentación, lo demás es secundario.

—¿Tu flaquita? —Alzó una ceja con mofa, pero al ver la cara de disgusto de su amigo continuó—: Está bien, me pondré seria. ¿Cómo piensas hacer eso?

—Aún no lo sé, ma belle.

—Jake, me permitirías hablar con Cinthya, a solas, por favor —pidió Alex con tono neutro.

—Estaré cerca por si me necesitas, bébé —concedió Jake, antes de perderse detrás de unos arbustos.

—Cinthya, esto debe terminar…

—Estoy de acuerdo contigo —lo interrumpió—. Mañana mismo me regreso a Nueva York y todo volverá a ser como antes.

—¿Qué? ¿Cómo puedes decir eso? Nada volverá a ser como antes, y lo sabes. Nos pertenecemos, Cinthya, eres mía…

—¡No! Tú tienes que casarte.

—No, no me voy casar con Karla ni con ninguna otra. —La tomó de los hombros para obligarla a mirarlo—. Acéptalo, Cinthya, una palabra tuya y…

—¡Ah, no! A mí no me vas a chantajear con esas frases matonas de novelas rosas: «una palabra tuya y…», bla, bla, bla, así como «¿esta es tu última palabra?». No me eches la culpa de tu indecisión. Si no quieres casarte con doña Flauta, perfecto, ese es tu problema, así que no te escudes en mí ni en lo que ha pasado entre nosotros —soltó aterrada. Una guerra interna se desató en ella; por una parte, estaba más que feliz de que Alex por fin le correspondiera, pero por otra, no podía evitar pensar en el desastre. Tenía miedo, como hacía años que no lo sentía.

—¿Es que no lo comprendes, mujer? No podemos seguir así, esto no está bien. Si seguimos adelante, estaremos condenando a la infelicidad a dos personas que confían en nosotros, y, por si eso fuera poco… —Respiró hondo—. ¿Estás consciente de que hemos tenido relaciones sin protección? Sé que vas a reñirme por esta pregunta, pero necesito hacértela: ¿estás tomando la píldora?

La cara de espanto que puso fue respuesta más que clara, ¿cómo había sido tan irresponsable? Si sus encuentros tenían consecuencias, no podía culpar a su falta de experiencia, aunque en su defensa podía alegar que, antes de reencontrarse con él, no tenía el más mínimo interés en el sexo y por eso jamás se le pasó por la cabeza utilizar la píldora.

—¡Dios, Cinthya! Esto se nos ha ido de las manos. —Se pasó los dedos por el cabello, sintiéndose rebasado.

—¿Tan terrible te parecería dejarme embarazada? —preguntó dolida.

—¡Claro que no! Un hijo tuyo y mío sería lo mejor que podría pasarme en la vida, pero no me gustaría que pasara así, sin antes estar casados como Dios manda, y para eso tenemos que solucionar este lio primero. Voy a hablar con tu padre.

—¿Qué? ¿Acaso estás loco? No voy a permitirlo.

—Entiendo tu temor, no es fácil lo que voy a hacer, Karla es una buena mujer y no merece la humillación de ser plantada en el altar a unas semanas de la boda, pero es necesario pararlo ahora, antes de que sea demasiado tarde.

—No tienes por qué hacerlo, yo no te necesito, y para que lo sepas, sí tomo la píldora, así que no hay problema de un embarazo, además, no estoy en mis días fértiles —mintió.

—Sabes que nunca evado mis responsabilidades y no te creo lo de la píldora. —No podía revelarle que sus motivos para estar tan seguro eran que había escuchado su plática con Maricela—. No puedes culparme por querer ser un buen hombre, me he esforzado mucho por ser la persona que Laura y José esperaban que fuera. ¿Se te olvida que les debo demasiado? Sin ellos, sin su protección habría terminado en un hogar de acogida o en un orfanato. —Hizo una pausa—. Independientemente de si me amas o no, sí llevas a mi hijo en tus entrañas, jamás podría desentenderme, y menos aún casarme con otra, quiero ser un padre de tiempo completo, y no compartir una custodia.

—¿En verdad estás dispuesto a enfrentar lo que viene? Permíteme que lo dude, te importa demasiado la opinión de mi madre. ¿Cómo piensas enfrentarte a la furia de la temible Laura I? ¿Estás consciente de que ella ansía que te cases con Karla? Si no lo haces, se sentirá decepcionada de ti, y al final, de nada te servirá tanta sumisión y agradecimiento.

—¿Crees que no lo sé? Sé que con todo esto he defraudado a José y a Laura, se supone que yo debería verte como a una hermana, y aunque por años lo intenté con todas mis fuerzas, no puedo luchar contra corriente, ya no.

—Yo, no puedo, no debemos…

—¿Por qué, Cinthya? ¿Acaso no sientes lo mismo que yo?

—¡Por Dios, Alex! ¿Qué más quieres de mí?

—Evidentemente, nada —respondió con el semblante endurecido, la renuencia de ella a comprometerse solo podía significar que no correspondía sus sentimientos, pero una parte de él se negaba a creer que no había un futuro juntos—. Por favor, Cinthya. —La obligó a mirarlo—. No podemos seguir fingiendo que no ha pasado nada entre nosotros, tenemos una historia, ¿recuerdas? Siempre ha habido algo, incluso en estos momentos puedes llevar a mi hijo en tu vientre, eso sin contar con que no puedo soportar tener las manos lejos de ti, quiero abrazarte en libertad, volver a hacer el amor contigo sin sentirme culpable, gritarle al mundo que eres mía...

—¡Repite lo que has dicho, Alejandro! —exigió Laura con la cara roja de rabia e indignación…

Laura estaba platicando con una de las hermanas Mosqueda cuando había visto a Alex dirigirse a donde Cinthya y Jake. Presintió que se avecinaban problemas, así que se excusó con su amiga y decidió seguirlos. Por desgracia, en su camino se topó con varias personas que la entretuvieron, aunque no lo suficiente para llegar a tiempo para oír a Alex decir que Cinthya podía estar embarazada de él.

—No tienes caso que lo repita, escuchaste bien, Laura, voy a cancelar la boda con Karla…

—¡Santo Cristo! ¿Qué dirán nuestras amistades? Seré la burla de todas mis amigas del club y del comité de caridad. ¡Qué escandalo! —Se llevó las manos al pecho—. Supongo que ahora estarás contenta, Cinthya, has demostrado ser toda una mujerzuela… —Encolerizada hasta la raíz del pelo, abofeteó a su hija.

—No sigas, Laura —rugió Alex interponiéndose entre ellas mientras Cinthya sobaba la mejilla rojiza por el impacto.

—Déjala, Alex, tiene razón, soy una mujerzuela. Jamás debí permitir que esto se nos fuera de las manos.

—¿Te acostaste con esta… esta… ¡zorra!, y te atreviste a dejarla embarazada? —Karla estaba al borde del colapso, sin perder tiempo, corrió hacia Cinthya y la abofeteó en la otra mejilla. Ella soportó estoica todos sus insultos—. ¿Es por venganza? ¿Es eso, Cinthya? No sé por qué me extraña, si ya me habías advertido que me quitarías el novio solo por el placer de herirme, fui una tonta al menospreciar tus alcances.

Cinthya estaba aturdida, la culpa y los remordimientos le carcomían el alma. Miró a los ojos de su madre buscando, ¿qué? ¿Cariño? ¿Comprensión? Grave error, pues solo descubrió ira, acusaciones y, sobre todo, decepción. Comprendió que, hiciera lo que hiciera, nunca cambiaría la opinión que su madre tenía respecto a ella. Como siempre que se sentía vulnerable, optó por lo único que sabía hacer para protegerse, atacar.

—¡Basta ya! No estoy embarazada.

—Eres una gran decepción, Cinthya, peor que una cualquiera, al menos esas infelices lo hacen por necesidad, en cambio, tú lo haces por el placer de lastimar a los demás. ¿Vas a negar que lo hiciste para herir a Karlita? No te entiendo, ella siempre ha sido tan buena, en cambio, tú… —Se irguió con el mentón en alto y toda la arrogancia de los De Anda—. ¡Reniego de ti! ¡Reniego de ser tu madre!

Esas palabras la hirieron y destrozaron como nunca antes nada lo había hecho, su instinto de supervivencia la hizo hablar:

—Sí, tienes razón, Laura, soy una mala persona, ¿contenta? Pero no te preocupes, Karla y Alex se casarán, no voy a interponerme, será como siempre has querido, podrás presumir que tienes la nuera perfecta. Yo me marcho mañana mismo y te prometo que no volveré a molestar. Estoy segura que esta experiencia servirá para unirlos más, no dice el dicho: «Lo que no te mata te hace más fuerte», ¿no es así, Karla? —La miró de frente y sonrió de forma descarada—. Tómenlo como un incentivo, al fin alguien le puso un poco de sal a su insípida relación.

—Quiero que te marches ahora mismo —exigió Laura tajante—. Espero que esta vez tengas la sensatez de no regresar —expresó su madre con dureza.

—No te preocupes, Laura, hace años entendí que yo no tengo madre y que este no es mi lugar. En cuanto a ti, Alex, lo pasamos bien, míralo como lo que realmente fue, una noche de aventura antes de sentar cabeza.

—No estás hablando en serio, ¿verdad? Dime que no son ciertas todas esas tonterías que has dicho —exigió furioso. A su mente llegó el recuerdo de cuando ella le advirtió que se había acostado con él para fastidiar a Karla y que se encargaría de hacérselo saber. La miró a los ojos con frialdad—. Karla tiene razón, ¿no es así? ¿Lo hiciste para molestarla, solo por esa absurda rivalidad en la que siempre han vivido? ¡Con un demonio, contesta! —rugió.

Cinthya no lo negó, no podía hablar, un nudo en la garganta le impidió gritar, aullar de dolor. Las dudas de Alex la herían incluso más que las palabras de su madre, pero era necesario soportarlo todo para que él se convenciera y regresara sin remordimientos con Karla.

—No sé cómo pude ser tan estúpido, me lo advertiste, me dijiste que antes de irte nos dejarías a Karla y a mí con nuestra relación hecha un caos —espetó con frialdad.

Cinthya permaneció inmóvil, estaba destrozada, su corazón sangraba. Se recordó que todo bien lo valía si con eso Alex recuperaba su vida anterior y lograba la paz.

—¡Di algo, maldición! ¡Defiéndete! —exigió lleno de frustración. Haciendo un esfuerzo sobre humano, contuvo las lágrimas que pugnaban por salir, respiró hondo para calmarse, no le daría el gusto a esa mujer de verlo más humillado de lo que ya estaba.

—¿Qué quieres que diga? «Lo siento» —expresó Cinthya con un toque justo de ironía cuando pudo encontrar su voz—. Tú sabes que no puedo, aunque quizá sí un «Gracias», me has liberado, y eso es algo que no puedo olvidar.

—¿Estás diciendo que solo me utilizaste para superar tus miedos?

—No, no es así y lo sabes, tú te ofreciste y yo solo aproveché la oportunidad… —remató.

—No puedes ir por la vida causando daño sin esperar que no haya consecuencias.

—Lo sé, ya he recibido el veredicto, ¿qué, no lo has oído? El gran juez ya ordenó sentencia, una vez más, he sido desterrada del que se supone debería ser mi hogar, así que me limitaré a cumplir mi castigo en el exilio.

—En verdad no te entiendo, Cinthya, acabas de acusarme de ser un cobarde y resulta que tú… —Sacudió la cabeza en negación—. No sé cómo es que me dejé manipular, sigues siendo la misma escuincla caprichuda de siempre. —Le dedicó la más fría y despectiva de las miradas—. Ya es tiempo de que madures. —Se giró con la intención de irse.

Cinthya creyó que no era posible sentir más dolor, pero ahí estaba la confirmación de lo equivocada que estaba, las palabras de Alex tenían el filo letal de la katana. Quizá él tenía razón, era tiempo de madurar y afrontar las consecuencias de sus actos, por eso, a partir de ese momento, nunca más volvería a inmiscuirse en sus vidas.

—Alégrate, Alex, te libraste de una cusca y, como comprenderás, no vale la pena que canceles tu boda por mí. Como bien lo dijo Laura, no lo valgo, soy una mujerzuela que no merece a un hombre tan ejemplar y bueno como tú.

Jake estaba hundido en sus pensamientos, por lo que sin darse cuenta se alejó más de lo que tenía planeado. Cuando regresaba de su paseo, vio a Alex llevarse a Karla, que lloraba a raudales, y a Laura siguiéndolos de cerca. Entonces reparó en la palidez del rostro de su amiga.

Mon Dieu, Cinthya!, ¿qué rayos pasó aquí?

—Lo que tenía que pasar, mi madre me ha desterrado y, al parecer, esta vez el fallo es inapelable y definitivo. —Sus palabras salieron roncas, como si fuera la voz de alguien más. «No llores Cinthya, no lo hagas, no te derrumbes ahora, ya habrá tiempo para ello», se dijo.

—¿Qué? ¿De qué demonios…?

—Jake, por favor, ahora no…

—Necesito saber qué pasó, ma belle.

—Confórmate con saber que tenemos que largarnos ahora mismo, yo iré por mi equipaje, ocúpate de avisarle a Bárbara, los espero en mi habitación.

—Yo no puedo marcharme y dejar a Karla así… —replicó.

—Entiendo, pero te recuerdo que todos creen que eres mi novio y, al igual que yo, no eres bienvenido en esta casa, así que tendrás que buscar dónde quedarte, y no esperes que la Flauta sea tan piadosa como para darte asilo en su casa, lo más probable es que te quedarás en la calle. —Lo miró con tristeza—. Acéptalo, Jake, doña Flauta no te quiere como tú piensas, hace un momento tuvo la oportunidad perfecta para librarse de la boda con Alex y no lo hizo. Si hubiera dado una muestra de arrepentimiento, tan solo una, quizá yo… Olvídalo, ella ya decidió por nosotros y dejó en claro su postura, ¿no crees?

What happened, darling? ¿Por qué tenemos que marcharnos como si fuésemos unos delincuentes? —preguntó Bárbara en cuanto entró en la habitación, estaba molesta, pues no quería dejar a Ian.

—Sucede que la bomba estalló y el daño colateral nos alcanzó. —Cinthya caminó al tocador y sacó las últimas prendas que quedaban por guardar en su maleta—. Escuchen, sé que no quieren marcharse, en verdad lo siento, lo eché todo a perder, la situación me rebasó, se salió de control y ahora no queda de otra. Por fortuna para ti, Bárbara, si Ian en verdad te quiere, te seguirá, aunque no puedo decir lo mismo de ti, Jake.

Just a moment, ya me perdí. ¿Quién habría de seguir a Jake?

—Digamos que cierto estudiante de ingeniería quiere cambiar de rubro y ahora pretende dedicarse a la música, para ser más específicos, desea volverse flautista. —Cerró la maleta con fuerza.

—¿Jake y Karla? I can´t believe it!

Jake puso los ojos en blanco.

—Me alegra que, a pesar de la situación, las dos conserven su ácido sentido del humor y se den el lujo de burlarse de mi situación amorosa —expresó molesto.

—¿Qué vamos a hacer ahora, honey?

—Por lo pronto, largarnos de aquí.

—¿Te vas a ir sin despedirte de Dante? —Bárbara no estaba de acuerdo en marcharse como viles ladrones.

—Sí, ¿acaso creen que él me dejará partir sin pedirme una explicación? —tragó saliva—. Estoy a punto de derrumbarme y no quiero hacerlo delante de ellos, ya fastidié a bastantes personas como para encima amargarles su celebración. Estoy segura de que Laura I se encargara de justificar nuestra partida, es una experta en eso, créanme, ya lo hizo la vez anterior que me corrió.

—¿La vez anterior? —preguntó Jake sin entender.

—Es irónico que sucediera en este mismo lugar —expresó más para sí que para ellos—. Hace unos años, una Navidad para ser exactos, mi madre se encargó de mandarme lejos. En aquella ocasión, justificó mi destierro con un intercambio estudiantil, me pregunto qué inventará ahora. —Por más que lo intentó, la amargura asomó en sus palabras.

Barbará la consoló y Jake se unió a ella, los tres se fundieron en un fraternal abrazo.

—Está bien, sweetie, por el momento, no haremos más preguntas, esperaremos a que estés lista para contarnos qué pasó, ¿de acuerdo? —dijo Bárbara comprensiva.