23

En el interior de la siniestra torre

Lord Vulpin encontró una inesperada resistencia para retirar el Colmillo de Orm del destrozado armario. Consiguió extraer la mitad del objeto; pero, luego, parpadeó y estuvo a punto de perder el equilibrio cuando el bastón retrocedió al oscuro interior con inopinada energía. Alguien, desde dentro, alguien invisible, intentaba arrebatarle el talismán de marfil de la mano.

Mascullando un juramento, el señor de Tarmish plantó los pies en el suelo con firmeza, cerró con más fuerza la mano y estiró. En un instante el Colmillo estuvo en su poder, bien sujeto por sus dedos recubiertos de metal; pero, balanceándose de su extremo, había una fea criatura de la mitad de su tamaño que farfullaba y forcejeaba, un ser cubierto de andrajos que se parecía vagamente a un humano diminuto pero que a todas luces no lo era.

—¡Un enano gully! —tronó el señor de la guerra, y desalojó al hombrecillo de su presa con una violenta sacudida.

El aghar rodó por el suelo hasta una esquina y Vulpin le lanzó una patada con su bota de acero que no le acertó por muy poco. El hombrecillo se escabulló velozmente a un lado, chilló con voz aguda y corrió como una exhalación a refugiarse de nuevo en su escondite.

—Sabandija —masculló Lord Vulpin, y enseguida apartó de sus pensamientos a la estúpida criatura.

Los enanos gullys no merecían que se les dedicara ni un pensamiento, aparte de tomar nota mentalmente para que los exterminadores efectuaran una limpieza a fondo del edificio cuando la actual tarea hubiera finalizado. Sostuvo en alto el Colmillo de Orm, contemplándolo con admiración, y los ojos le relucieron con un brillo triunfal.

—Mío —dijo—. El Forjador de Deseos es mío, y el mundo también está a punto de serlo.

—¡Mío! —protestó alguien desde dentro del destrozado armario—. ¡Mi «isturmento atizador»!

Sin prestar atención a semejantes reparos, Vulpin avanzó hacia la desmoronada pared que daba sobre los patios interiores. Abajo, todo el espacio lo ocupaba una barahúnda de hombres armados que combatían. Tarmitianos y gelnianos luchaban y se mataban, aullando su sed de sangre. Desde lo alto resultaba imposible distinguir un ejército de otro: todos parecían iguales. Aquí y allá, sobre el campo de batalla, los caídos yacían sobre charcos de sangre coagulada; pero éstos eran relativamente pocos. Bajo el yelmo, el rostro de Vulpin se crispó en una amarga sonrisa. No obstante sus ancestrales odios, los contendientes no eran luchadores demasiado competentes, por lo que la batalla era encarnizada, pero producía más ruido que sangre.

Había excepciones, sin embargo. Una desigual pareja de guerreros, que no eran ni gelnianos ni tarmitianos —uno parecía un habitante de los callejones urbanos, el otro un alto y ágil hombre de las planicies— se abría paso por entre la refriega, asestando cuchilladas, fintando, y desperdigando a los combatientes como hojas arrastradas por el viento. Vulpin reconoció al hombre rubio y escuchó el grito de su prisionera cuando ésta vio a los que combatían en el suelo.

—¡Ala Gris! —llamó ella, y su chillido sonó como una súplica.

—Ala Gris —repitió él en tono despectivo.

Era un cobar, con aquel código del honor tan querido por los habitantes de las planicies. Al otro hombre no lo conocía, pero reconoció el tipo. Ladrón o asesino, el hombre de menor tamaño era ágil como un gato, veloz y mortífero; de los que prefieren usar la daga. Vulpin atisbó hacia abajo, al lugar al que ambos se encaminaban. Al pie de la torre, una pareja de Bárbaros de Hielo armados con hachas mantenían a raya tanto a gelnianos como a tarmitianos. El noble comprendió que eran mercenarios experimentados y parte de la guardia personal de Chatara Kral; eso significaba que la mujer estaba allí, en la torre.

—Tu sentido de la oportunidad es perfecto, hermanita —masculló con voz cavernosa—. Sube. Sube ahora y enfréntate a tu destrucción. —Al guardián que lo acompañaba, le chilló—: Dame a la muchacha.

Thayla Mesinda fue empujada al frente con malos modos, y Vulpin cerró los dedos de acero de su guante sobre el brazo de la joven.

—Se te ha tratado bien, muchacha —dijo—. Se te ha dado de comer, has disfrutado de comodidades y protección. Ahora…

—¡Me mantuviste prisionera! —le gritó ella, luego lanzó un gemido ahogado cuando los dedos de hierro se cerraron con más fuerza sobre su brazo.

—Te he mantenido a salvo y pura por un motivo —siguió él—. Ahora ha llegado el momento de que pagues tu deuda. Sólo exijo una cosa de ti. Debes realizar un deseo.

—¡Deseo que me dejes en paz! —le chilló Thayla.

—Un deseo —refunfuñó Vulpin—. Pero tiene que ser mi deseo, y ningún otro. —Con un movimiento inesperado le soltó el brazo y los acerados dedos se cerraron alrededor de la garganta—. Yo te diré qué desear. Desearás exactamente lo que yo te diga. Si modificas mi deseo, aunque sea del modo más superficial, en ese instante te partiré el cuello. ¿Entendido?

La joven forcejeó y se debatió, pero sin resultado: el hombre poseía una fuerza extraordinaria. El golpear de sus pequeños puños, las patadas de sus pies cubiertos con suaves zapatillas, y los arañazos de sus uñas no hallaron otra cosa que una armadura metálica. La luz se oscureció ante sus ojos, como un túnel cerrándose a su alrededor, y descubrió que le costaba respirar.

Vagamente, detrás del acorazado noble, Thayla vislumbró un movimiento. Un enano gully se escabulló furtivamente del estropeado armario del telescopio y atisbó por encima del muro exterior, agitando la mano.

—¡Eh, todo mundo! —llamó el hombrecillo—. ¡Ir bien un poco de ayuda aquí arriba!

Los dedos de Vulpin se aflojaron un poco y Thayla hizo esfuerzos por recuperar el aliento. Sentía unas punzadas terribles en la garganta.

—¿Lo comprendes? —exigió el hombre.

Derrotada y apenas consciente, la muchacha aspiró aire con fuerza para llenar sus pulmones. Asintió, intentando hablar.

—Sí —musitó.

Sujetándola aún por el cuello, Vulpin alzó el Colmillo de Orm ante sus ojos.

—¿Sabes qué es esto?

—No —susurró ella, incapaz de levantar la voz.

—Esto es el Forjador de Deseos —explicó él—. Cuando te lo diga, sujetarás esto en la mano, y formularás un deseo. Desearas exactamente lo que yo diga. Ni más ni menos.

—Sí —murmuró—, desearé lo que tú me digas.

Furiosos sonidos surgieron de la escalera. El acero tintineó contra el acero y se escucharon voces que vociferaban; entre ellas la de una voz femenina, profunda y enojada.

—Chatara Kral se acerca —Vulpin sonrió afectadamente, e hizo una seña a los asesinos de las cavernas que tenía como guardianes—. Detenedlos.

Como uno solo, los hombres giraron, desenvainaron sus armas y salieron corriendo por el portal de la escalera.

—Ahora te diré qué desear —indicó el noble a la casi inconsciente joven—. Escucha con atención, si quieres seguir respirando.

Ala Gris se dirigió hacia la destruida torre, asestando mandobles a diestro y siniestro con su espada, que apenas resultaba visible mientras tejía un brillante entramado a su alrededor: estocada y parada, tajo y recuperar, desarmar, cuchillada y clavar. La hoja del hombre de las planicies era un caleidoscopio rojo y acerado, que abría un sendero por entre la multitud de guerreros aullantes arremolinados en el patio inferior.

A sus espaldas, cubriendo todos sus movimientos, estaba el Gato: una negra furia de dagas en lugar de colmillos y zarpas.

Los dos apenas aminoraron la marcha mientras cruzaban el patio, introduciéndose en lo más reñido del combate, en su camino hacia la base de la torre. Desde las alturas, Ala Gris oyó el chillido de una joven y redobló sus esfuerzos. Como un enorme y terrible lobo con una pantera a su lado, la pareja corrió en dirección a la entrada del edificio.

Se encontraban a unos quince metros de la puerta cuando la masa de combatientes se dividió y obtuvieron una clara imagen de la oscura abertura. Era la misma por la que habían salido antes, pero en ese instante estaba ocupada. Dos enormes Bárbaros de Hielo de expresión enfurecida impedían el paso; sus enormes hachas goteaban sangre, y una docena de tarmitianos yacían ante ellos, muertos a hachazos.

Dartimien hizo una mueca cuando el hombre de las planicies que los acompañaba profirió un grito de guerra y cargó contra los centinelas.

—¡Por los dioses! —siseó el Gato—. El bárbaro está enamorado.

Desde la estrecha reja que conducía al patio, la escena que se desarrollaba en el exterior resultaba horrenda. Había Altos por todas partes, que corrían y esquivaban ataques, que luchaban unos contra otros, asestando golpes con sus espadas, escudos, mazos, hachas, garrotes y guadañas. Había Altos muertos, caídos entre otros que seguían vivos, y armas desperdigadas por todas partes.

—¿Qué hacer Altos? —se preguntó en voz alta Suco, mirando al exterior de hito en hito.

—Luchar, parece —sugirió Garabato, observando por encima del hombro de su compañero.

—¿Por qué hacerlo?

—¿Quién entender cómo actuar Altos? «Pobablemente» enfadados por algo —dijo Gandy—. ¿Dónde Sopapo?

Suco se rascó la cabeza, intentando recordar. Luego chasqueó los dedos.

—Ahí arriba —señaló, indicando la parte superior de la torre.

—Sopapo totalmente tonto. —Gandy sacudió la cabeza—. No poder encontrar mejor lugar para estar que ése.

—No importar —le recordó Bron—. Sopapo ser Gran Bulp ahora. Gran Bulp poder estar cualquier sitio que querer. —Observó con atención la contienda que tenía lugar al otro lado de la reja. Había una barbaridad de Altos ahí fuera, que luchaban como locos y que se encontraban situados entre los enanos gullys y la ruta que conducía a lo alto de la aguja, donde se encontraba el nuevo Gran Bulp—. Una idea «pobablemente» ser útil ahora —sugirió al Gran Opinante.

—Quizá mejor conseguir «oto» Gran Bulp —dijo éste finalmente, tras permanecer apoyado en su mango de escoba durante un buen rato, sumido en sus reflexiones—. Ése no merecer esfuerzo para llegar ahí.

Pero Garabato se encontraba allí, apartando a otros a empujones para poder mirar, boquiabierto, por la abertura.

—«Lanza cosa» —anunció, pensativo.

—¿Qué?

—¡«Lanza cosa»! —El garabateador indicó con la mano hacia un lado, a los restos rotos de un trabuquete situado cerca del muro oeste—. Altos usar «lanza cosas», tirar rocas grandes y otras cosas. Todo mundo aparta cuando vienen rocas grandes.

—Quizá buena idea esto —dijo Bron—. ¿Alguien saber cómo usar «lanza cosa»?

—No saber —contestó un enano gully situado a su lado con un encogimiento de hombros.

Con repentina decisión, él y otro aghar se deslizaron a través de la reja, se introdujeron entre las sombras proyectadas por cascotes de piedra caídos cerca de la pared y marcharon corriendo en dirección al trabuquete.

—¿Adónde ir Tunk y Destello? —inquirió Lidda.

—A mirar «lanza cosa» —explicó Bron—. Garabato tener una idea. No poder llegar hasta Sopapo, así que tirar rocas en su lugar.

—Vale —asintió ella, y se volvió hacia una cuadrilla de enanas que se amontonaban tras ella—. Nosotros tirar rocas a Sopapo —les anunció.

—¡No poder tirar rocas a Sopapo! —protestó la dama Fisga, frunciendo el entrecejo—. ¡Sopapo Gran Bulp ahora!

—Pero nadie decir a él que ser —razonó la pequeña Tarabilla—. Así que a lo mejor no importar que tirar piedras.

—¡Mala idea! —chilló Fisga—. ¡Tarabilla silencio!

—Ir a que alguien zurcir, dama Fisga —sugirió la joven aghar.

Destello y Tunk acababan de regresar y se encontraban justo al otro lado la reja, arrastrando tras ellos un largo y delgado palo de flexible madera de sauce.

—«Lanza cosa» rota —informó Tunk—. Desto… disint… toda hecha polvo. Pero nosotros tener un trozo.

Sin prestar la menor atención al combate que se celebraba algo más allá, varios enanos gullys se arrastraron por entre los barrotes y examinaron el palo. El objeto tenía casi seis metros de largo, parecía un árbol joven despojado de sus ramas, y mostraba los restos de unas sujeciones de cuero colgando de sus extremos.

—¿Cómo funcionar esto? —preguntaron varios enanos gullys en voz alta.

—Quizá poder plantar —decidió Gandy, tras pasear a lo largo del palo, estudiándolo—. Luego, doblar para tirar rocas.

—Plantar ¿dónde? —inquirió Bron, perplejo.

—Justo ahí. —El Gran Opinante señaló un montículo de escombros—. Donde estar rocas.

—Vale —respondió él, y con la ayuda de varios otros, arrastró el poste hasta lo alto del túmulo, y usó su espadón para abrir una abertura entre las piedras de la cima. Una media docena de enanos gullys alzó el palo en posición vertical, y éste osciló a un lado y a otro.

—Poner otra punta arriba —indicó Garabato—. Plantar punta grande, no punta delgada.

—Vale.

Dieron la vuelta al trozo de madera e introdujeron el extremo en el agujero que Bron había abierto. Encajaba con dificultad, de mala gana, pero con seis o siete pares de manos metidas en faena, acabó por asentarse con un golpe satisfactorio y sordo.

Bron levantó una piedra de buen tamaño, que era casi tan grande como él y se detuvo, contemplando ceñudo el alto poste.

—¿Cómo sujetar roca para «lánzala»?

Garabato se devanó los sesos durante un instante en busca de respuesta al problema; luego, dio la vuelta y agarró al viejo Gandy por un brazo y una pierna. Sin el menor miramiento, colocó al Gran Opinante boca abajo y lo despojó de su túnica.

—Usar esto —dijo, sosteniendo la vacía prenda en alto—. Hacer saco. Saco para piedras de «lanza cosa». Gandy, desnudo excepto por un raído andrajo sujeto alrededor de las caderas, se puso en pie, mascullando improperios.

Con la prenda y unos trozos de cuero, Tunk empezó a trepar por el palo. Éste se estremeció y balanceó, arrojándolo al suelo.

—Necesitar una mano aquí —dijo el enano.

A falta de otra cosa en que ocuparse, siete u ocho enanos gullys empezaron a trepar por el enhiesto palo. Otros, perdido momentáneamente el interés, deambularon por la periferia del campo de batalla, recogiendo todo lo que les llamaba la atención: unos cuantos cuchillos y espadas cortas, un hacha de dos filos, una bota de cuero…

Bajo el peso de los aghars que ascendían por él, el palo de madera de sauce se tambaleó y empezó a doblarse. Cuando la mayoría de ellos llegó a la mitad, el palo estaba ya doblado en un tenso arco y con la punta apenas a unos centímetros del suelo.

Bron sujetó el vibrante extremo, agarrándose con una mano, en tanto que el balanceante trozo de madera lo columpiaba a un lado y a otro.

—¡Ser bastante alto ahora! —chilló—. ¡Atar!

Obedientemente, el grupo del palo se sujetó con fuerza allí donde estaba. A continuación alguien les pasó la túnica de Gandy, y aseguraron las mangas a la madera con tiras de cuero. Luego, una brigada de ayudantes les hizo llegar una piedra, y los que se encontraban encaramados forcejearon con la roca hasta conseguir pasarla por el cuello abierto de la ondeante prenda. El proyectil cayó por el interior, y salió por el otro extremo, arrastrando a uno o dos enanos gullys con él.

—¡Cáspita! —dijo Tunk.

—Hacer falta más correa, para atar final del saco —sugirió Destello—. ¿Alguien tener más correas?

Como uno solo, los que se amontonaban en la parte superior del arqueado palo se soltaron, y los que colgaban de la parte inferior saltaron al suelo: todos se pusieron a buscar pedazos de tiras de cuero.

El palo, liberado, se irguió como una exhalación, y Bron, que seguía sujeto a su extremo, salió despedido hacia lo alto. Describió volteretas en el aire, por encima de las cabezas de los hombres enzarzados en mortal combate en el suelo, y el enorme portal de la torre se alzó ante él como si le diera la bienvenida.

Desde algún lugar situado a sus espaldas, Garabato contempló con asombro y sorpresa el espectáculo.

—«Lanza cosa» funcionar muy bien —declaró.

—¡Eso no ser roca! —chilló Tarabilla—. ¡Eso ser Bron!

—Pero ser buen tiro —comentaron varios enanos gullys.

Garabato localizó su pedazo de tiza y se puso a trabajar, dibujando figuras en su pizarra. No estaba muy seguro de qué hacía, pero había llegado a la conclusión de que cuando ocurría algo trascendental, o como mínimo insólito e interesante, como Bron volando por los aires, había que dibujar garabatos para conmemorarlo.

Inventando figuras extrañas mientras lo hacía, Garabato anotó lo sucedido.

Gandy se apoyó en su bastón de mango de escoba, mirando hacia lo alto con expresión entristecida. La brisa le soplaba fría sobre la arrugada piel desnuda, y, por encima de la cabeza, su túnica restallaba y se agitaba a modo de sucia bandera azul, sin que al Gran Opinante se le ocurriera cómo recuperarla.

Alentados por el éxito obtenido, Tunk y Destello reunieron a varios de sus reacios compatriotas y empezaron a trepar de nuevo por el poste. Esta vez, cuando llegaron hasta la túnica de Gandy, justo mientras se encontraba muy cerca del suelo, ataron su parte inferior con una cuerda y la llenaron con unos veinte kilos de grava. A continuación todos abandonaron el poste y éste se irguió de golpe. La carga de piedras aprovechó el impulso y lo continuó, describiendo un arco en dirección a la base de la torre, donde proseguía el feroz combate.

El problema fue que toda la grava, una vez confinada al interior de la túnica del Gran Opinante, permaneció allí, y cuando emprendió el vuelo, impulsada por el poste liberado, se llevó con ella a la túnica y también al palo.

—Bueno tiro —declaró Garabato, añadiendo más dibujos a su pizarra—. Pero no poder hacer otra vez, ahora.

—¡Basta tontunas! —exigió la dama Fisga—. ¡Tener que encontrar a Sopapo!

—Sopapo ser majadero —señalaron varios de los que la rodeaban.

—Pero ser Gran Bulp —dijo la dama Lidda—. Vale, todo mundo subir escalera.

—No poder entrar ahí —Tunk indicó el amplio portal al pie de la torre, cuya abertura estaba atestada de humanos que combatían.

—Entonces trepar por pared —repuso ella—. ¡Todo mundo venir conmigo!

Cuando Ala Gris y Dartimien alcanzaron la torre luchaban ya por sus vidas. Tanto gelnianos como tarmitianos —interrumpidos en sus intentos por masacrarse mutuamente— se habían vuelto en contra de los intrusos y, como una jauría de bestias enfurecidas, rodeaban y acosaban a los forasteros.

Ala Gris rechazó el envite de una punta de lanza, apartó de una patada a un guerrero gelniano y desarmó a un tarmitiano situado justo detrás de él. A su lado, Dartimien era un frenesí enloquecido de ágiles movimientos, hundiendo el puñal aquí, acuchillando allí y, de vez en cuando, lanzando una daga para que realizara su mortífera tarea.

—Esta gente se está poniendo desagradable —jadeó el hombre de las planicies, girando en redondo para rechazar a varios atacantes.

—Esto es lo que obtenemos por entrometernos —rugió el Gato—. Ésta es su guerra privada, y no creo que seamos bienvenidos.

—Dirígete hacia la puerta de la torre —ordenó Ala Gris, indicando el portal que quedaba detrás de ellos—. Nos refugiaremos allí.

—Primero, tendremos que entrar —respondió Dartimien, sarcástico—. Mira.

Dando la vuelta en redondo, Ala Gris echó una ojeada a su punto de destino, en esos momentos a sólo unos pocos metros de distancia. En el umbral había Bárbaros de Hielo; enormes seres de expresión furibunda que empuñaban hachas del tamaño de un balancín.

—¡Por los dioses! —masculló.

Pero ya estaban en plena faena, y no podían volverse atrás. Tras despejar un espacio a su alrededor, haciendo retroceder a los atacantes con sus armas, el cobar y el Gato se encontraron cara a cara con los mejores mercenarios de Chatara Kral.

—¡Tú! —tronó uno de los gigantes al reconocer a Dartimien—. Te debo esto, hombrecillo. —Sonrió de oreja a oreja, levantó su hacha… y se quedó paralizado cuando una daga acabada de lanzar se le clavó en la garganta.

—Sólo quedan tres cuchillos —murmuró Dartimien, mientras su adversario se desplomaba al frente, con sangre chorreando por debajo de su barba—. Será mejor que empiece a recuperarlos.

—Cuenta tus juguetes más tarde —gruñó Ala Gris.

Su hoja tintineó contra otra hacha que descendía, sin apenas poder desviarla. La sacudida del impacto le entumeció el brazo, y el bárbaro que se alzaba ante él rugió y volvió a golpear. El guerrero saltó a un lado, esquivando la enorme hoja por cuestión de centímetros, e intentó contraatacar con su espada, pero el gigante la rechazó sin problemas con un inmenso brazo envuelto en un protector.

El hacha volvió a elevarse y, de improviso, la criatura se tambaleó hacia atrás: en el rostro tenía de repente a un desaliñado enano gully que se le aferraba a la cabeza.

—Vaya —dijo Bron—. Siento eso.

Viendo su oportunidad, Ala Gris hundió su espada en la zona pectoral de su oponente y saltó por encima del cuerpo que se desplomaba.

—¡Entra aquí! —aulló a Dartimien.

—Vale —contestó el recién llegado enano gully.

Al otro lado de la oscura abertura había peldaños de piedra que ascendían, y el cobar corrió velozmente hacia ellos, con Dartimien justo detrás. Por un momento, pareció como si estuvieran solos en la tenebrosa base de la torre. Los tarmitianos y gelnianos volvían a prestarse atención mutuamente.

Ala Gris se lanzó hacia lo alto, subiendo los peldaños de tres en tres; luego se detuvo tan de improviso que su compañero chocó contra él por detrás. Se echaron a un lado, apretándose contra la pared, mientras el cuerpo inerte de otro Bárbaro de Hielo pasaba rodando junto a ellos. El asta rota de una lanza sobresalía de la fornida y primitiva espalda; pero, incluso en la tenue iluminación, pudieron distinguir las negras marcas del mango.

—Vándalos de las cavernas —siseó el Gato—. Los asesinos preferidos de Vulpin.

En lo alto sonaban los pasos susurrantes de una botas suaves sobre la piedra, y se vislumbraban unas sombras que descendían. Unas negras capas se arremolinaron y las sombras se convirtieron en hombres; hombres altos, silenciosos y siniestros con rostros pintados y armas, que descendían desde algún lugar situado más arriba.

Al mismo tiempo que ellos veían a los asesinos, los asesinos los vieron a ellos, y el que iba en cabeza no perdió el tiempo en vacilaciones. Un proyectil de brillante acero centelleó en las sombras y descendió, vertiginosamente. Acababan de arrojar un dardo de puntas triples. El artilugio rebotó violentamente en la pared en el lugar donde Dartimien había estado un momento antes, y el asesino situado al frente sacó otro del cinturón. Pero, antes de que éste pudiera lanzarlo, Ala Gris llegó hasta él, convertido en una furia aulladora de mortífero cobar, con su afilada espada entonando su canto de muerte. El otro jamás supo lo que había acabado con él.

Una segunda capa oscura profirió un chillido agudo y se precipitó desde la escalera a las tinieblas del fondo, con las manos cerradas alrededor de la empuñadura de la daga que Dartimien había lanzado, y que le sobresalía del pecho.

A continuación, un tercer asesino gritó, se tambaleó y pareció encogerse de improviso. Ala Gris parpadeó sorprendido. Ni él ni el enemigo habían advertido la presencia del pequeño enano gully con el enorme espadón, hasta que su hoja acuchilló las rodillas del hombre de las cavernas. Era el mismo aghar que había aparecido volando de la nada, momentos antes, y que se había estrellado justo sobre el rostro del centinela de la puerta.

—Vaya —dijo Bron—. Buena zurra. Ser auténtico trabajo de héroe.

—¿De dónde has salido? —siseó Dartimien.

—No saber —le confió el enano, con expresión desconcertada—. Imagino que yo nacer como todos. Viejo Fallo ser mi papá, o sea que dama Lidda «pobablemente» ser mi mamá.

—¡No quiero saber tu linaje! —chilló el Gato—. ¿Cómo llegaste hasta esta torre?

—Oh, eso. «Lanza cosa» proiec… arrioj… lanzar hasta aquí.

Otro asesino de las cavernas apareció en la parte superior de la escalera, y en la distancia se escucharon los violentos sonidos de un feroz combate. Dartimien reconoció los sonoros juramentos de al menos otros dos Bárbaros de Hielo y el sordo arrastrar de pies de los asesinos de las cavernas. Las últimas y mejores fuerzas de lord Vulpin y Chatara Kral se enfrentaban en algún punto sobre sus cabezas.

—Thayla está ahí arriba —gruñó Ala Gris. De un salto, el hombre de las llanuras esquivó el cadáver decapitado de uno de los hombres de Vulpin que descendía rodando y se lanzó hacia los pisos superiores.

—¡Estás loco! —le chilló su compañero, pero el guerrero ya había desaparecido—. ¡Dioses! —masculló el Gato, y tras aligerar a un asesino de las cavernas muerto de un par de útiles dagas, echó a correr hacia lo alto, refunfuñando.