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Un trono para Fallo
Muchas cosas habían sucedido en el tiempo transcurrido desde que la tribu nómada de Bulp había llegado a Este Sitio. Existía un gran número de situaciones que nadie comprendía en realidad, y que eran en su mayoría molestas e invariablemente desconcertantes.
Otros aghars habían estado en aquel lugar, pero como esclavos, atormentados y maltratados por criaturas horribles más allá de lo concebible. Sufrimiento y muerte habían acechado por todas partes en el Sitio Prometido, y los recién llegados, seguidores del Gran Bulp Fallo I, Señor Protector de Cualquier Sitio en el que se Encontrara, habían tenido que pasar una larga y desgraciada temporada ocultándose en agujeros y grietas que incluso los otros enanos gullys de Este Sitio no habían encontrado.
Había sido una época de padecimientos y de temor, y algunos cayeron. Luego, aparecieron y desaparecieron otras clases de gentes. Hubo varias especies de humanos que los aghars denominaban «Altos», y varios otros animales de gran tamaño, entes y seres incalificables. El hedor de la magia y el clamor de la batalla habían ocupado Este Sitio junto a las feas y omnipresentes criaturas, con rostro de reptil y voces agudas, que parecían decididas a hacer daño a todo aquel con el que se tropezaran.
Gentes y cosas habían llegado al lugar que algunos llamaban Xak Tsaroth. Habían llegado, habían luchado, y luego habían partido, y los aghars —la tribu nómada de Bulp y muchas otras que se habían unido a ella— lo habían soportado todo del único modo que sabían. Se ocultaban, acurrucándose y acechando en los sitios más oscuros; huían aterrorizados cuando podían, y se arrastraban cuando todo lo demás fracasaba, y aguardaban a que la confusión de la guerra se retirara de Este Sitio.
Otros clanes —aquéllos que ya habían estado allí cuando el Gran Bulp Fallo I condujo a su gente en un tumultuoso descenso al interior de aquel lugar hacía innumerables estaciones— habían abandonado por completo El Pozzo. Muchos de los que huyeron acabaron por regresar, aunque diezmados y más desconcertados por lo que sucedía fuera de Xak Tsaroth que por lo que tenía lugar en su interior.
Por doquier sucedían cosas que desafiaban la capacidad de comprensión de los aghars.
Sin embargo, lo que fuera que hubiera sido todo aquello, parecía haber terminado ya. Algunas zonas de El Pozzo seguían cubiertas de armas abandonadas, cuerpos de distinta índole en proceso de momificación y extraños montones de polvo que en una ocasión habían sido las feas cosas reptilianas. Con el regreso de una cierta normalidad, Fallo I había decidido proclamarse a sí mismo —ya que a nadie más parecía interesarle el cargo— como Gran Bulp de todos los supervivientes, gobernante y señor protector de toda la variopinta colección de clanes.
No provocó demasiado efecto en ninguno de los miembros de los clanes. Cualquier «Gran como se llame» carecía de utilidad práctica para los aghars —a quienes los demás denominaban enanos gullys— y resultaba por lo general una molestia; no obstante, alguien tenía que ser «Gran lo que fuera», y en tanto que alguien estuviera dispuesto a serlo, todos los demás se daban por satisfechos.
¿Cuánto tiempo había transcurrido desde el fin de las invasiones y los combates? Nadie lo sabía con seguridad, excepto que había sido antes de la víspera, lo que lo colocaba en el lejano pasado, junto con otras cosas que no valía la pena recordar. Así pues, la mayoría lo había olvidado y regresado a las acuciantes tareas del día a día: forrajear, gorronear, mantener la marmita del estofado en ebullición y discurrir, de vez en cuando, maneras de evitar que el Gran Bulp rezongara demasiado.
En aquellos momentos, conseguir esto último implicaba facilitarle un trono en el que sentarse.
No se sabía muy bien cuándo, pero en algún momento a Fallo se le había metido en la cabeza la idea de que era un personaje importante y majestuoso. En una ocasión —según él— había poseído un dragón y conducido a su gente hasta el Sitio Prometido, lo que era entoces Este Sitio. Así pues, se había convertido en una leyenda, al menos desde su propio punto de vista, y empezaba a ponerse muy pesado al respecto.
Ya había alterado su designación real de «Fallo I» a «Fallo el Supremo, Gran Bulp por Persuasión y Señor Protector de Este Sitio y de Todo Otro Sitio que Importe». Y eso no había sido más que el principio.
Luego exigió que le prestaran atención, lo que en ocasiones obtenía si gritaba lo bastante alto, y también una corona, hasta el punto que algunos de ellos acabaron por hacerle una. Había reclamado una bandera propia, que aún no tenía, y en ese momento pedía un asiento mullido. Los grandes gobernantes de naciones poderosas se sentaban en sillones mullidos blandos —razonaba— y por lo tanto, él también debería hacerlo.
Puesto que las cosas estaban tranquilas y no tenía nada más en que pensar, Fallo se había obsesionado con la idea de un lugar especial en el que arrellanarse, y se quejaba constantemente, cada vez que decidía sentarse.
—¡Rocas! —rezongaba—. Todo tiempo sentar en rocas. Cualquiera puede sentar en rocas. Fallo el Supremo es Gran Bulp. Gran Bulp debería tener silla «molida». Otros reyes y cosas así tienen sillas «molidas». ¿Por qué Gran Bulp no?
Se había puesto tan latoso al respecto que incluso el Gran Opinante, el viejo Gandy, con su bastón de mango de escoba, había perdido la paciencia.
—¿Por qué Gran Bulp no va buscar montón de arena y sentar encima? —replicó a su señor—. Todo mundo harto de tus «funfuños».
—Gran Bulp necesita to…, tro…, silla «molida» —espetó a su consejero mayor, con los ojos entornados y su corona de dientes de rata ladeada—. Reyes tener tro…, tor…, esas cosas. Gran Bulp bueno como reyes. ¿Quién más tener nunca dragón personal? Gran Bulp querer una cosa de esas… ¡un trono!
—Gran Bulp no reconocer un trono aunque lo viera —indicó Gandy.
El Gran Señor Protector de Todo el Mundo en Este Sitio lo miró furibundo.
—Claro que sí. Trono ser silla «molida». Gran Bulp necesitar silla «molida».
—Ratas —farfulló el otro, alejándose.
—¿Qué?
—Ratas. No haber mucho estofado en marmita. Necesitar ratas y material. No tener tiempo para Gran Bulp ahora. Todos ocupados con cacería de ratas. —Gandy dio media vuelta y se alejó a grandes zancadas, murmurando para sí—: Una cosa, luego «ota». Quería nombre nuevo. Conseguir nombre nuevo. Quería corona. Conseguir corona. Ahora querer trono… Gran Bulp un real fastidio.
Una expedición de caza acababa de regresar de alguna parte, y aproximadamente una docena de enanos gullys transportaban fardos de raíces blanquecinas, unas cuantas verduras sin identificar, un puñado de caracoles subterráneos recién aporreados y otras cosillas por el estilo que habían encontrado. Todo lo que fuera mínimamente comestible fue arrojado a las marmitas de estofado, y el resto lo echaron a un lado para inspeccionarlo más tarde. Gandy observó que la dama Fisga, de pie frente a una de las ollas, examinaba el contenido con el entrecejo fruncido.
—Demasiado caracol —refunfuñó—. Necesitar más rata. Y champiñones. Necesitar champiñones.
Paseó la mirada en busca de su esposo, un robusto enano gully llamado Sopapo que era considerado el Jefe Atizador del clan, y por fin lo localizó, profundamente dormido entre las sombras mientras acunaba entre los brazos su instrumento atizador.
Se le acercó, permaneció junto a él unos instantes, con el entrecejo fruncido, y luego le dio una patada en las costillas.
—Sopapo, despierta —exigió.
Arrancado bruscamente de su sueño y totalmente aturdido, el enano se sentó en el suelo, blandiendo el arma en todas direcciones. Fisga esquivó el oscilante bastón, se colocó detrás de su esposo, y volvió a patearlo.
—¡Sopapo! —chilló—. ¡Despertar! Sopapo patán dormilón. ¡Despertar! Ir buscar más ratas para estofado.
—Sí, querida —respondió el interpelado, frotándose los ojos entre bostezos, mientras se ponía en pie. Con una mirada de añoranza a su lugar de reposo, se alejó con pasos silenciosos en dirección a las oscuras cavernas donde se acostumbraban a encontrar las ratas más suculentas.
Gandy había observado la escena con interés. Se recostó, pensativo, sobre su mango de escoba y refunfuñó:
—No ser silla «molida» lo que Gran Bulp necesita. Esposa ser lo que Gran Bulp necesita. Alguien que impone a él disciplina.
A pesar de ello, se dedicó a retransmitir de nuevo el mensaje:
—Cualquiera que encontrar silla «molida», traer aquí para Gran Bulp. Quizá así él estar callado un tiempo.
Y los que lo escucharon se lo contaron a otros.
—Un payaso estar dando la lata sobre una silla «molida». ¿Ve alguien una silla así en algún sitio?
—No —contestaba la mayoría.
—¿Para quién ser? —preguntaban algunos.
—Para «como se llame». El Gran Bulp. Querer silla «molida».
—¿Por qué?
—No saber.
La gran mayoría se olvidó enseguida de ello, ya que los caprichos e ideas de los «Gran lo que sean» casi nunca eran dignos de ser recordados. Pero la idea sí persistió, de un modo vago, mientras cada uno iba a lo suyo.
Fueron algunas de las damas quienes la encontraron, aunque no comprendieron de inmediato qué era lo que habían hallado.
La dama Fisga —la esposa del Jefe Atizador, Sopapo— y alguna de las féminas jóvenes habían organizado una expedición de recolecta por los niveles inferiores de El Pozzo en busca de champiñones, gordas criaturas reptantes y cualquier otra cosa que pudiera servir para el estofado. Se deslizaban furtivamente por las resonantes sombras de lo que en un pasado tal vez hubiera sido una enorme mazmorra, cuando una de ellas se detuvo, entrecerró los ojos e indicó:
—¿Qué ser eso?
Varias de sus compañeras que avanzaban detrás de ella chocaron entre sí, y algunas rodaron por el suelo.
—¡Chist! —siseó la dama Fisga—. ¿Qué ser?
—Alguien ver algo —respondió una voz—. Luego, alguien caer.
—¡Oh! —La dama Fisga miró a su espalda—. ¿Quién ver algo?
—Yo —dijo una de ellas.
—¿Lidda? ¿Qué ver Lidda?
—Haber algo allí. —Lidda volvió a señalar—. No estar allí hace un minuto.
Todas se esforzaron por distinguir algo en la penumbra. Realmente había algo. Justo a la izquierda de la senda que seguían, algo con un aspecto ovoide descansaba, entre las sombras, en medio de los cascotes. Se aproximaron, sigilosas, para poder ver mejor aquel objeto.
—¿Qué ser cosa? —musitó alguien.
—Ser como verde —comentó otra de ellas.
Se agolparon alrededor de la forma para contemplarla primero de un lado y luego de otro. Les llegaba a la altura de la cintura a la mayoría de ellas, y era una cosa de color apagado y sin características destacables, como una esfera achaparrada que descansara en la oscuridad. Cuando se acercaron, pareció brillar con suavidad, con un tenue resplandor verdoso que surgía de su interior, apenas visible incluso en la lobreguez de aquella vetusta caverna.
—¿Gran champiñón, a lo mejor? —sugirió alguien.
—Parecer muy macizo —apuntó otra voz.
Lidda se aproximó más y alargó una mano hacia la cosa. Al ver que nada sucedía, le dio un rápido golpecito con un dedo curioso y retrocedió apresuradamente. De nuevo, volvió a dar la impresión de que aquello había brillado un poco, con un resplandor tenue y verdoso.
—Parecer «molido» —les indicó Lidda—. Pero no como champiñones. Parecer más como cuero.
—¿Champiñón de cuero? —Se admiró la dama Fisga—. ¿Bueno para estofado, a lo mejor?
—No tallo —anunció Lidda, negando con la cabeza tras acuclillarse y echar una mirada bajo la cosa. Se inclinó más hacia ella, olfateando—. No oler como champiñón, tampoco.
Observaron aquello con curiosidad durante un minuto o dos; luego empezaron a alejarse. Puesto que no tenían ni idea de lo que era y tampoco le veían una utilidad práctica, perdieron el interés por su hallazgo.
—Vamos —indicó la dama Fisga al mirar en derredor y darse cuenta de que su expedición se dispersaba—. Esto no bueno para nada.
Sin embargo, Lidda se rezagó, fascinada por el modo en que la cosa parecía refulgir con suavidad de vez en cuando.
—¡Lidda, vamos! —llamó la dama Fisga en tono enojado—. ¡Si yo decir vamos, tú venir!
Lidda agitó la mano, distraída, sin hacer caso de la orden. La dama Fisga podía resultar un auténtico fastidio en ocasiones. La enana repitió su inspección del objeto verde y, cuando alzó la vista, descubrió que se encontraba a solas con aquella cosa. Las otras se habían marchado a otro sitio.
«La dama Fisga "pobablemente" tener razón —se dijo—. Cosa no buena para nada. Aunque no cosa suya. Yo decidir».
Obedeciendo a un impulso, se encaramó sobre el objeto, se sentó y botó un poco para ponerlo a prueba. Era blando, elástico, y brilló alegremente con ella sentada encima.
«Resultar silla bonita para sentar», pensó, y entonces recordó algo que había oído. Alguien estaba buscando un asiento mullido.
Volvió a pasear la mirada por la espectral penumbra del vetusto lugar. Las otras hacía rato que habían marchado para proseguir con su búsqueda, y ella se encontraba sola y no muy segura de adonde habrían ido. Se encogió de hombros, descendió y aspiró con fuerza. Decidió que debía comprobar si aquella cosa podía moverse.
El objeto era pesado, pero Lidda fuerte. A pesar de que apenas llegaba a los noventa centímetros de altura, era robusta y decidida y, tras el primer y enérgico empujón, la cosa empezó a rodar de un modo muy conveniente. La enana siguió empujando y aquello no dejó de rodar, como una enorme pelota fofa. Impulsada por las fuerzas que guiaban a todos los enanos gullys —inercia e irreflexión— y sin dejar de vigilar por si aparecían salamandras u otras criaturas desagradables, Lidda hizo rodar su coriácea «silla» verde de vuelta por la senda por la que las damas habían venido en dirección a Este Sitio.
El viaje duró horas, y la enana estaba casi exhausta cuando salió a la luz de las hogueras y la algarabía de las rudimentarias cavernas de los enanos gullys. Montones de curiosos se agolparon a su alrededor, preguntándose qué era lo que traía, pero ella los mantuvo a raya y siguió avanzando.
—Fuera manos —ordenó—. Esto es para «como se llame».
—¿Quién?
—Gran Bulp.
—Oh, el viejo Fallo.
—Eso, él. Apartar.
Encontró al Gran Bulp donde éste acostumbraba estar siempre —en el centro de todo, exigiendo la atención general—, e hizo rodar el objeto hacia él.
—Tomar —dijo—. Para ti.
El gully se puso en pie, se apartó la corona de dientes de rata de los ojos y contempló con ojos entrecerrados lo que la enana había traído.
—¿Qué ser?
—Silla —explicó ella—. Silla «molida», para Gran Bulp.
—¿Silla? —La observó con más atención—. Esto ser «reondo». ¿Qué clase de silla ser «reonda»?
—Esta clase —respondió ella, irritada ante la actitud del gran jefe hacia su regalo.
Gandy, el Gran Opinante, se acercó arrastrando los pies y miró de soslayo el objeto redondo.
—¿Qué ser? —inquirió.
—Silla —repitió Lidda—. Silla «molida» para Gran Bulp.
—¿Qué clase de silla parecer a eso? —Fallo miró fijamente aquella cosa, y una mueca despectiva empezó a aparecerle en el rostro al tiempo que la señalaba con un dedo acusador, girándose hacia Gandy.
Con la inspiración propia de su cargo, el anciano enano asestó unos golpecitos a la esfera con su mango de escoba, y adoptó una expresión juiciosa.
—Un trono —declaró—. Trono tener ese aspecto.
—¿Trono? —Los ojos de Fallo se abrieron de par en par—. ¿Esta cosa ser trono? ¿Qué hacer yo con él?
—Sentar encima, Gran Bulp —sugirió Gandy.
No sin cierta vacilación, Fallo se encaramó en lo alto del «trono» y se sentó. Tenía un tacto suave y cómodo, y el que refulgiera con una luz verdosa en cuanto su trasero empezó a calentarlo no hizo más que aumentar la regia imagen de sí mismo que le vino a la mente.
—Trono —declaró, sintiéndose muy satisfecho consigo mismo—. El trono de Gran Bulp.
Si Lidda había esperado aunque sólo fuera una palabra de agradecimiento, ésta no llegó. La gratitud no acostumbra ser una de las cualidades básicas de los soberanos. Cansada, irritada y algo confusa sobre por qué se había tomado tantas molestias, dio media vuelta y se alejó, pero se detuvo cuando oyó que alguien le hablaba. Era Gandy, apoyado en su mango de escoba.
—¿Tú quién? —preguntó el enano.
—Lidda —le recordó ella.
—Claro. Lidda. Recuerdo. Muy buena cosa la que tú traer, Lidda. Seguro que mantener a Gran Bulp callado durante un día o más.
—Estupendo —replicó ella, haciendo intención de marchar.
—Un día o más —repitió Gandy—. Luego, él pensar en otra cosa y empezar todo otra vez.
—Gran Bulp ser una molestia —indicó Lidda.
—Claro —asintió él—. Formar parte de ser Gran Bulp. Mucho mejor si él tener esposa. Mantener a raya.
—¿Él? —La enana volvió la cabeza para contemplar con fijeza a la pequeña figura pedante y vanidosa sentada sobre aquel objeto verde, cuyo color había aumentado en intensidad, brillando con una luz satisfecha y vibrante—. ¿Quién ser tan estúpida para casar con él?
—No saber —repuso Gandy, encogiéndose de hombros—. ¿Qué tal Lidda?
—¿Yo? —Le lanzó una mirada airada, luego sus ojos se encendieron indignados—. ¡Ni hablar! Tú querer que él casar, ¡pues casar tú con él!
Dicho lo cual se alejó a grandes zancadas, furiosa y ofendida.
«Muy buena elección», se dijo el Gran Opinante, contemplando cómo la enana se alejaba y asintiendo, aprobador. Había algo en aquella fémina en particular; algo que había olvidado, pero que entonces regresó a su mente, de un modo vago. Recordó que era muy tozuda.