12
El instrumento atizador
Dartimien el Gato alzó la cabeza unos centímetros cuando las aves salieron disparadas de la copa de un árbol, unos quinientos metros sendero arriba. Oculto en un matorral alto, casi tan invisible como podía resultar cualquier humano que no utilizara magia, estudió las laderas situadas más allá sin mover otra cosa que los ojos. Un zorro rojo, con las enormes orejas moviéndose, cautelosas, se deslizó fuera del abrigo de un tronco inclinado y se quedó totalmente inmóvil mientras sus ojos y hocico comprobaban los alrededores. Luego, convencido de que estaba solo, se escabulló, pasando casi junto al hombre escondido, sin detectar su presencia allí.
Dartimien lo vio. Lo veía todo, desde el más leve temblor de las agujas de los pinos al revoloteo de un halcón en el lejano cielo. Pero no estaba interesado en zorros, halcones o pinos. Buscaba gente, y las aves de la parte superior del sendero le habían indicado dónde se encontraba esa gente.
Con un movimiento apenas perceptible de la mano indicó a los cuatro asesinos gelnianos escondidos detrás de él que estuvieran alerta y en silencio. Su presa estaba cerca.
Dartimien el Gato era bueno en su trabajo. Producto de las atestadas y sórdidas callejuelas de Daltigoth, se había ganado el nombre antes de cumplir los ocho años. Al igual que un gato hambriento, conocía cada callejón y pasadizo, cada alcantarilla y montón de basura, y todas las contraventanas sueltas o cerraduras rotas en un radio de más de un kilómetro de distancia. Veloz y ágil, a pesar del hambre que era su constante compañero de niño, era tan mañoso y escurridizo como un gato callejero, y así lo habían bautizado.
Sus habilidades habían sido ampliadas tras un período de servidumbre con los cazadores de pieles de Ergoth, en las regiones salvajes de Balmaire. Así pues, cuando llegó la Gran Confusión fue un candidato excelente para servir en las tropas nocturnas de ataque de la legión de Caergoth.
Ese día, como innumerables otros —casi una hermandad de mercenarios— hacía lo que mejor sabía hacer, para poder vivir. Él era Dartimien el Gato: un cazador. Y cazaba.
Por lo que deducía, los tarmitianos —los que estaban en la ciudadela del valle— habían encontrado algo que los ayudaría a luchar contra los ejércitos de Gelnia. Un artefacto de magia poderosa, indicaban los rumores y, fuera lo que fuera, aguardaban su llegada. Pero para llegar, primero tenían que conseguir que atravesara el bloqueo gelniano. El propósito de los asesinos era encontrar al correo y detenerlo. Y la tarea de Dartimien era ayudarlos a conseguirlo.
¿Cuántos caminos existían que condujeran al valle Hendido? Siete u ocho, se dijo. Por lo tanto, debía de haber pelotones emboscados en todas esas sendas, y, sin duda, también alguien como él en cada patrulla, para actuar como sus ojos y oídos. Pero nada de eso le importaba. Aquel camino era suyo, y las aves le decían que se encontraba en el lugar correcto. Dentro de unos minutos detectaría sin duda movimientos en el recodo situado justo más arriba; entonces sabría a cuántos tendrían que enfrentarse los emboscados. También sabría si llevaban animales de carga y, sabiendo eso, conocería con exactitud por dónde pasarían, y cuándo.
Aguardó, contando los latidos de su corazón, hasta que se produjo un movimiento en lo alto; justo donde sabía que tendría lugar. Desapareció en un instante, pero Dartimien el Gato había visto lo que necesitaba. Retrocedió con suavidad por entre el arbusto, y se volvió.
—Dos hombres —dijo—. Los dos a pie. Sin escolta, sin animales. ¡Seguidme en silencio, si sois capaces de hacerlo! Os mostraré dónde esperar.
—¿Dónde estarás? —inquirió un veterano que mostraba una cicatriz en el rostro y que como otros, como la mayoría de los que formaban los ejércitos de Chatara Kral, parecía fuera de lugar vestido con los colores gelnianos—. ¿Podemos contar con esas dagas tuyas para…?
—No contéis con nada —le espetó Dartimien—. Me alquilé para llevaros hasta el contrabandista. Eso es todo. Ahora pagadme.
—Todavía no lo hemos cogido —repuso el gelniano—. Se te pagará cuando se haya llevado a cabo el trabajo.
—Me pagaréis ahora —exigió el Gato—. Si no confiáis en mí, no deberíais haberme contratado.
—¡Entonces tú también podrías confiar en nosotros, maldita sea!
—No, no puedo —respondió él, sonriendo—. Y lo sabéis.
Farfullando un juramento, el gelniano arrojó un puñado de puntas de flecha al suelo frente a él. Eran excelentes puntas talladas por enanos, hechas de una aleación de hierro y níquel; una moneda mejor para el comercio que las monedas de cualquier reino. Dartimien las recogió, las contó, y las guardó.
—Tal como acordamos —indicó—. Ahora seguidme. No os daré a vuestro contrabandista, pero os mostraré dónde podéis cogerlo vosotros mismos.
En la senda descendente que conducía al valle Hendido, Ala Gris hizo un momentáneo alto y se arrastró al frente, solo, para familiarizarse con la configuración del terreno. El sendero descendía, sinuoso, entrando y saliendo de tramos de bosque de modo que sólo resultaba visible un recodo aquí y allá que indicara la dirección aproximada que seguía.
Las laderas en ambas direcciones estaban infestadas de gelnianos. El humo de sus muchos campamentos flotaba como estandartes en el cielo, y Ala Gris sabía que existía también otra clase de humo. El bloqueo de Tarmish estaba reforzado por incontables guerreros de toda índole al servicio de la regencia gelniana, y había visto a algunos de ellos en las calzadas que conducían al valle. Había pequeñas bandas de saqueadores, pintarrajeados y festoneados, con sus mortíferos dardos de plumas, arqueros abanasinios, espadachines y maceras procedentes de Estwilde y Nordmaar, reducidas unidades de infantería nerakiana; jinetes de las llanuras procedentes de una docena de tribus y, entre ellos, aquí y allá, pelotones de caballería pesada solámnica, con sus llamativas armaduras y lanzas. Algunos todavía llevaban la vestimenta de la Orden, aunque reducidos por las circunstancias a la auténtica primera regla de los caballeros: sobrevivir a cualquier precio.
Las órdenes de caballería seguían existiendo en Solamnia, pero no había demasiados puestos vacantes, y la mayoría de caballeros eran luchadores independientes.
Ala Gris estudió el humo y averiguó la disposición de las tropas, pero no eran aquéllos que podía ver los que lo preocupaban. Eran los que no podía ver, pero que sabía que se encontraban allí: los centinelas y emboscados gelnianos que acechaban a cualquiera que intentara pasar entre los campamentos.
Alto y ágil, vestido con ropas de ante y botas flexibles, con la enorme espada colgada a la espalda con la empuñadura a la altura del hombro, Ala Gris en acción era la viva imagen del clásico guerrero cobar. Todo lo que le faltaba era su caballo, pero la imagen no era engañosa. Con los ojos de un morador de las planicies, estudió la senda al frente y descubrió sus secretos.
Una vez en terreno abierto, en el valle, habrían dejado atrás el bloqueo. Desde allí, unos pies ligeros y un poco de suerte los llevarían hasta la fortaleza tarmitiana. Pero aquí en las laderas, se requería astucia.
«Ahí», sus ojos seleccionaron una cima poblada de árboles que oscurecía el tenue sendero. «Ahí, y ahí»… Si había asesinos acechando, ésos eran los lugares donde los hallaría.
Las emboscadas más probables las descartó. Los gelnianos sabrían que los tarmitianos esperaban ayuda exterior, y darían por sentado que alguien como él —alguien equiparable a sus propios mejores mercenarios— acompañaría a los que intentasen pasar. Por lo tanto, el lugar de la encerrona lo seleccionaría un especialista.
Sus ojos se entrecerraron al detectar el contrafuerte de roca a sólo medio kilómetro de distancia, una pequeña elevación de aspecto inofensivo situada junto al camino, tan baja y anodina que nadie podría sospechar que allí se tendiera una emboscada. Si había asesinos aguardando, sería allí donde estarían.
Tras recoger a Clonogh, Ala Gris inició el descenso por la senda, con el encapuchado correo pegado a sus talones. Éste llevaba el bastón de marfil introducido en el cinturón siguiendo órdenes del mercenario, pues el más leve golpeteo del cayado podría alertar al enemigo a cien metros de distancia.
El guerrero echó una veloz mirada a su protegido mientras la senda rodeaba la parte superior de un alto arbolado. «¿Qué llevas en esa bolsa, Clonogh? —se preguntó distraídamente—. ¿Qué llevas, que sea tan valioso como para arriesgar tu vida y la mía para poder entregarlo?».
En el extremo superior de la estribación rocosa, el mercenario hizo una seña y abandonó el sendero seguido de cerca por el encapuchado correo. La ladera estaba profusamente arbolada, y pasaron como fantasmas de árbol en árbol, describiendo un ángulo descendente. Entonces Ala Gris frenó en seco, y detuvo a Clonogh con mano enérgica. Inmediatamente a su izquierda, las hojas de una enredadera se agitaron, débil y rítmicamente, en un movimiento repetitivo apenas perceptible, como el de la respiración de un hombre.
Estaban allí, apostados en lo alto del camino. Su «especialista» era realmente experto en el arte de la emboscada. Un sentido sólo una milésima menos aguzado que el de Ala Gris jamás los habría descubierto.
Sin mover otra cosa que los ojos y las aletas de la nariz, el hombre contó cuatro emboscados. El recuento lo intranquilizó. Algo le decía que deberían ser cinco, pero no localizaba más que a aquellos cuatro. Los gelnianos miraban en dirección opuesta, vigilando el sendero situado al otro lado de la elevación, ¡y se encontraban demasiado cerca! El asesino oculto más cercano, tan bien camuflado que únicamente su respiración traicionaba su presencia, se encontraba a apenas dos zancadas de donde Ala Gris estaba acurrucado.
Sin hacer ruido, fue a colocarse frente al agazapado Clonogh y deslizó su espada fuera de su rodela. En ese instante, el pie de su acompañante resbaló. Realizó una cabriola para mantener el equilibrio, las piedras tintinearon y se desencadenó un infierno.
Como el felino cuyo nombre llevaba, Dartimien se fundía sin esfuerzo con su entorno. Agazapado al pie del espolón rocoso, parecía formar parte de la misma piedra que tenía al lado. Inmóvil como una hoja en un día sin viento, vigilaba el camino situado justo encima y contaba los latidos de su corazón. Los que intentaban colarse deberían haber aparecido ya, deberían encontrarse a merced de los asesinos gelnianos a estas horas, pero transcurrían los segundos y nadie aparecía.
Iba a darles otro minuto cuando una intuición repentina —como el sentido extra que siempre había poseído— le erizó los pelos del cogote. La presa había conseguido burlar al depredador. ¡Los infiltrados no estaban allí! Entrecerró los ojos, se volvió y los vio metros más allá, a sus espaldas. Giró en redondo con un gruñido, y sendas dagas aparecieron en ambas manos al tiempo que se incorporaba. Y al moverse él, los emboscados giraron, también.
El primer movimiento fue tan veloz que Dartimien apenas lo detectó. El infiltrado que iba delante —un hombre alto de barba rubia con un adorno de plumas trenzado en un costado de los cabellos— saltó al frente, con la espada centelleando en un arco letal, y uno de los gelnianos se desplomó, escupiendo sangre por el cuello seccionado. Antes de que los otros pudieran reaccionar, un segundo emboscado cayó, destripado por un golpe de revés. Los otros dos retrocedieron, consiguieron ponerse en pie y desenvainaron relucientes espadas al tiempo que el guerrero vestido con pieles de ante giraba sobre sí mismo, pasaba como una exhalación entre ellos y volvía a atacar. Uno de los gelnianos cayó. El superviviente retrocedió precipitadamente, tropezó con sus propios pies, dio media vuelta y salió huyendo.
Dartimien tomó una de sus dagas y la alzó, para arrojarla, pero interrumpió la acción.
—No es mi pelea —murmuró, y se perdió entre la maleza.
Ala Gris vio cómo el tercer emboscado caía, y giró para dirigir el siguiente golpe al cuarto; pero el terror parecía haber dado alas a los pies del asesino. Gateó hacia atrás, esquivó la centelleante espada, giró en redondo y saltó por encima del contrafuerte rocoso, hasta el sendero y en dirección a los matorrales situados más allá. En un instante ya habría desaparecido, dando la voz de alarma, y en cuestión de minutos ellos se encontrarían hasta el cuello de enemigos.
Ala Gris giró sobre sí mismo, vio a Clonogh, que seguía intentando mantener el equilibrio, y arrancó el bastón de marfil del cinto del hombre. Oyó cómo el encapuchado lanzaba una exclamación y el inicio de su grito, pero para entonces ya había actuado. El palo de marfil era sólido y pesaba bastante. Sin apenas detenerse a apuntar, el mercenario lo lanzó. El arma silbó en el aire, brilló una vez a la luz del sol, y chocó satisfactoriamente contra el cráneo del emboscado que huía. El hombre cayó como una roca, boca abajo, y el bastón describió una carambola en el aire y se perdió entre la espesa maleza.
—¡No! —aulló Clonogh.
—Le di —murmuró Ala Gris.
A continuación, sin formalismos, el mercenario se colgó la espada al hombro, levantó a su patrón como quien levanta un saco de grano, y salió a la carrera sendero abajo. Aún había un quinto hombre por allí, en alguna parte, y no tenía el menor deseo de estar en las cercanías cuando éste descubriese lo que había sido de sus compañeros. Su intuición le decía que ése era su «experto», y de una clase totalmente distinta a la de sus desaparecidos secuaces. Ocuparse de ellos había resultado fácil; ocuparse de él podría requerir un tiempo que no poseía.
Ala Gris corrió como un rayo por entre la oscilante combinación de luces y sombras, permitiendo que la pendiente trabajara en su favor. Al cabo de unos pocos pasos ya cubría varios metros con cada zancada, y el viento le zumbaba en los oídos. El estridente gemido de Clonogh flotaba tras él, perdido en la estela de su carrera.
Corrió durante medio kilómetro, y luego durante otro medio kilómetro más, hasta que la ladera bajo sus pies se fue suavizando hacia terreno llano. Salió como una exhalación de entre una hilera de árboles, atravesó matorrales espinosos para salir a un campo labrado, y siguió adelante, sin aminorar la marcha hasta que se encontraron fuera del alcance de las flechas.
Por fin, cuando estuvo seguro de que estaban fuera de peligro, se detuvo y dejó a Clonogh sobre sus propios pies tambaleantes. La carrera había echado hacia atrás la capa del hombre, dejando al descubierto una cabeza totalmente calva y un rostro arrugado y lampiño contraído por la rabia.
—¡Idiota! —le chilló el hombre—. ¡Condenado bárbaro estúpido! ¡Me has arruinado!
Ala Gris lo contempló con fijeza, sin habla durante un instante. Luego, sus ojos se entrecerraron hasta convertirse en amenazadoras rendijas.
—¡Lo que he hecho ha sido salvarte la vida! —gritó—. ¡Y tu tesoro! —Señaló desdeñoso la bolsa de cuero que seguía bien colgada sobre el pecho del otro—. He…
—¡Idiota! —chilló Clonogh—. ¡Lo has estropeado todo! Tenía que entregar el Colmillo de Orm a lord Vulpin. ¡Ahora ha desaparecido!
—Todavía lo tienes. —Ala Gris indicó la bolsa sellada, preguntándose si el hombre se habría vuelto loco—. Está a salvo en tu morral.
—¡Bárbaro! —aulló el mensajero, bailoteando rabioso—. ¿Esta bolsa? ¡Esta bolsa no es nada! ¡Era una artimaña! ¡El Colmillo de Orm está ahí atrás! ¡Tú… tú lo arrojaste lejos!
—Yo lo arrojé… ¿te refieres a tu bastón?
—¡Bastón! —Clonogh casi se limitaba a farfullar ahora—. ¡No era ningún bastón! ¡Eso era el Colmillo de Orm, una de las reliquias más poderosas de este despreciable mundo!
En el azul de la tarde, Ala Gris se deslizó solo ladera arriba, al interior de las colinas sitiadas que circundaban en valle Hendido. Moviéndose como una sombra, desanduvo su anterior ruta, en busca del escenario de la fallida emboscada. Al frente divisó la elevación rocosa donde los asesinos habían aguardado, pero ya no quedaba ni rastro de que algo hubiera ocurrido allí. Los cuerpos habían desaparecido, y el sendero no mostraba señales de lucha.
Con todos los sentidos vigilantes, avanzó de un escondrijo a otro, sin dejar de escudriñar a su alrededor. Entonces, unos cuantos metros más adelante, donde no había habido nadie un momento antes, una esbelta figura vestida de negro apareció recostada tranquilamente contra un árbol. Mientras Ala Gris se ponía en tensión y llevaba la mano hacia la empuñadura de su espada, el hombre se enderezó y avanzó.
—No te molestes en mirar —dijo una agradable voz musical—. Ya he buscado. Ha desaparecido.
—¡Dartimien! —musitó Ala Gris, entrecerrando los ojos, y sintiéndose por un instante como si contemplara un fantasma.
—Claro que soy Dartimien —sonrió el hombre—. Siempre lo he sido. Ha transcurrido mucho tiempo, Ala Gris, aunque veo que no has perdido en absoluto tu destreza con el gran cuchillo. Dejaste un buen follón aquí. Sangre por todas partes. Tardé una hora en ocultar todas las huellas.
—Dartimien… —repitió Ala Gris—. Creía que habías muerto en Neraka.
—También lo creyeron aquellos goblins —sonrió el otro—. Pasaron justo por encima mío. Fue el último error de su vida.
—Me alegro de oírlo —repuso el mercenario—. No soporto a los goblins. Además, siempre pensé que si alguien te mataba alguna vez, debía ser yo. ¿Qué quieres decir con «ha desaparecido»? ¿Qué ha desaparecido?
—Ese bastón blanco —explicó el Gato—. El que usaste para partir el cráneo de aquel gelniano. Encontré todo lo demás, y tú estás aquí buscando, de modo que supongo que es eso lo que buscas. ¿Qué es?
—Nada que te importe —respondió Ala Gris, y manteniendo un ojo vigilante sobre el hombre de menor estatura, echó una ojeada lateral, a la espesa maleza, a la que había ido a parar el bastón de marfil.
—Ya miré ahí —indicó Dartimien—. Créeme, no lo encontré.
Con un movimiento tan veloz que engañaba a la vista, el mercenario hizo un movimiento evasivo y desapareció entre los arbustos. ¡El artefacto, el Colmillo de Orm, debería estar justo ahí! Pero allí no había nada. El bastón había desaparecido, como si jamás hubiera estado en aquel lugar, y la única pista visible era un débil rastro, como si unos conejos hubieran pasado por la zona.
Cuando regresó al sendero, Dartimien el Gato seguía allí, repantigado contra una roca.
—Te lo dije —ronroneó—. Tu bastón ha desaparecido. Ya lo he buscado.
—¿Esos emboscados eran tuyos?
—Me contrataron para el trabajo —confirmó el otro—. Hice el trabajo, y eso es todo.
—Sabía que existía un experto —farfulló Ala Gris. Entonces miró con una ceja enarcada a su interlocutor—. ¿Te pagaron?
—Claro que me pagaron —replicó el Gato—. Siempre cobro.
—Bien, pues por culpa tuya, ¡yo no cobré!
—Una pena —dijo Dartimien—. Cosas de la guerra. Hablando del tema, esto es como una zona de guerra. Pero la última vez que pasé por aquí, hace bastante tiempo, durante la gran guerra, había un poblado justo al otro lado de aquella colina. ¿Quieres que echemos una mirada? Tal vez encontremos un poco de cerveza medio decente.
—¿Pagas tú? —inquirió Ala Gris con una mueca.
—Supongo que sí. Parece justo, dadas las circunstancias. Pero dime, con franqueza. Si esa cosa no era un bastón, ¿qué era?
—El Colmillo de Orm —respondió su compañero—. Es una especie de reliquia. Un objeto mágico. Los tarmitianos se tomaron muchas molestias para conseguirlo.
—Debe de ser valioso, entonces. Imagino que eso es lo que buscaban también los gelnianos, aunque no me lo dijeron. —Dartimien ladeó la cabeza y enarcó una ceja, un hábito infantil que lo hizo parecer, momentáneamente, inofensivo y pícaro; aunque Ala Gris sabía que no era más que una apariencia, pues su acompañante era uno de los guerreros más letales que había conocido jamás—. Tal vez podríamos encontrarlo, si lo intentáramos —reflexionó el Gato—. Tiene que estar en alguna parte.
Ocultos bajo un saliente de roca situado por encima de un campamento humano, Bron y sus seguidores se dedicaban a mirar Altos, lo que resultaba una actividad sumamente aburrida. Todo lo que los Altos habían hecho desde el anochecer era asar algunos pollos, devorar su cena, envolverse en sus mantas y echarse a dormir. Bron había mitigado el aburrimiento organizando una expedición de saqueo, y en ese momento los enanos gullys se atiborraban, en su pequeña cueva con restos de pollo asado regados con té de los Altos.
—¿Cuánto rato dijo Gran Bulp que mirar Altos? —preguntó ahora el gordinflón Tunk, frotándose los ojos soñolientos.
—No decir —contestó Bron—. Pero Garabato dice ver qué hacer Altos, y no haber hecho nada todavía.
Guiñapo se aproximó para examinar con atención el nuevo instrumento atizador de Bron, un reluciente palo blanco que había recogido en alguna parte. Parecía tener dibujos tallados por todas partes, pero ninguno de los aghars pudo concebir qué representaban.
—Cosa bonita —admitió Guiñapo, intentando ver de nuevo en el interior de las diminutas aberturas del extremo ancho del bastón.
Los agujeros resultaban un poco desconcertantes. No parecía haber nada en el interior, pero era difícil estar seguro. Incluso con buena luz, el pequeño hueco del palo aparecía negro como la noche. Era una oscuridad total que desafiaba la vista.
Bron alzó el bastón con indiferencia, apreciando de nuevo su sólido peso, el perfecto equilibrio.
—Muy buen «isturmento atizador» —concedió—. Ojalá tener rata que atizar, para probarlo.
El bastón se le estremeció ligeramente en la mano, y una rata enorme de ojos redondos y brillantes abandonó como una exhalación un escondite cercano y corrió a lo largo de la entrada de la cueva. Encogiéndose de hombros, Bron balanceó el palo y abatió al roedor de un golpe.
—Muy buena rata —otorgó Guiñapo, levantando el cuerpo sin vida del animal por la cola.
—Muy buen «isturmento atizador» —dijo el otro, contemplando el palo con cariño. En el interior de las cuatro diminutas rendijas del extremo más pesado, la oscuridad había dejado paso a un humeante fulgor rojo; pero luego el resplandor se apagó, y todo quedó negro otra vez.
En alguna parte, bajo un risco de piedra en un lugar a la vez muy próximo y muy lejano, algo se agitó y cambió de posición, algo enorme, macizo y sinuoso, que respondía a una fugaz y hormigueante conciencia. Una gran cabeza plana se irguió de los negrísimos anillos, zigzagueando a un lado y a otro, en busca de algo.
Hacía mucho tiempo que su colmillo perdido no lo llamaba. El Colmillo dormía, a menos que lo despertara alguien que pudiera exigir su magia. En ese momento Orm ya no lo percibía; pero, por un instante, había estado despierto, y entonces el ser había sabido su situación, y sido atraído hacia él.
Piedras sempiternas se removieron y se partieron cuando el ser se movió; fuera de su helada y seca madriguera, las rocas repiquetearon y colosales pedazos de granito cayeron al abismo situado bajo el risco. Allí donde habían estado, se veía un agujero irregular abierto en la piedra. Y de ese agujero emergió una cabeza enorme —una cabeza oscura y triangular como una punta de lanza embotada— bajo la luz de las estrellas. Ojos rodeados de escamas, de pupilas rasgadas, se abrieron de par en par, y una larga lengua bífida chasqueó fuera del gran hocico para paladear el aire. Vagamente, aún en el interior del cubil, inmensos cascabeles emitieron una áspera advertencia cuando su agitó la cola. La plana y escamosa cabeza se alzó más, y la mandíbula inferior se abrió desmesuradamente para dejar al descubierto unas enormes fauces pálidas en la que un único colmillo retráctil tan largo como la pierna de un hombre saltó al frente en posición de ataque.
Sólo había uno, al otro lo reemplazaba una oscuridad neblinosa; pero el diente perdido seguía formando parte de la criatura y, en cierto modo, siempre se hallaba cerca, aunque separado por un vacío que no era ni distancia ni espacio.
Únicamente cuando su espíritu vivía podía percibirlo. Se balanceó nervioso, rastreando. Por un instante había vuelto a la vida; tal vez volviera a revivir. El ser conocía su situación, y estaba hambriento. Había transcurrido mucho tiempo.
Los enanos gullys estaban profundamente dormidos en su pequeña cueva cuando resonaron las trompas al dar la medianoche. Los toques de corneta, repetidos de un campamento a otro a lo largo del cordón de fuerzas gelnianas que rodeaban el valle Hendido, resonaron por entre las colinas y se convirtieron en un potente y discordante lamento.
Bron despertó bruscamente y se incorporó con tal precipitación que se golpeó la cabeza con una roca del techo y cayó sentado sobre Tunk, cuyos ronquidos se transformaron en un bufido al tiempo que sus brazos y piernas se agitaban despavoridos. En un instante, dos enanos gullys se vieron expulsados a patadas de la cueva y quedaron colgados, medio dormidos, de la repisa exterior, en tanto que los demás rodaban y se enredaban entre sí en la oscuridad. Tardaron un tiempo en ordenar el embrollo, en descubrir qué alborotado apéndice pertenecía a quién; pero por fin estuvieron todos despiertos y desenmarañados, y atisbando todos con perplejidad el campamento humano situado abajo.
Los Altos ya no dormían. La mayoría corría de un lado a otro reuniendo sus armas, en tanto que el resto atizaba el fuego y añadía leños. Por todas las laderas, otras hogueras medio apagadas se iluminaron con renovadas energías.
—¿Qué suceder? —inquirió Guiñapo, sin dirigirse a nadie en concreto.
—Altos despertados —indicó Hatillo—. Seguro que ser el ruido.
Se movían antorchas por el bosque, y un par de correos vestidos de librea aparecieron bajo la luz de las llamas del suelo, jadeantes y con los ojos iluminados.
—¡A las armas! —chilló uno de ellos—. Escuchad las palabras de Su Eminencia Chatara Kral, Guardián-Regente de Gelnia. —Desenrolló un pergamino, en tanto que el que estaba situado a sus espaldas alzaba su antorcha para iluminar el texto allí escrito.
—Los infiltrados tarmitianos han esquivado a nuestros centinelas —proclamó el mensajero—. Es seguro que el pretendiente, el despreciable lord Vulpin de Tarmish es poseedor ahora del Colmillo de Orm. ¡Hombres del estandarte de Gelnia, a las armas! Hay que tomar Tarmish, antes de que la siniestra maldad de la reliquia sea liberada sobre el territorio.
El correo permaneció en silencio unos instantes; luego enrolló el mensaje.
—Esta unidad queda asignada al tercer regimiento. Dirigios a vuestra zona de reunión. Atacaremos la fortaleza en cuanto lo ordene Chatara Kral. —Dicho esto él y su escolta alzaron sus antorchas y marcharon a toda prisa al interior del bosque, en dirección al siguiente campamento.
Junto a la hoguera, un veterano entrecano de las campañas solámnicas se volvió hacia el hombre que tenía más cerca.
—Rayos y truenos, ¿qué significa todo eso?
—Quiere decir que el enemigo posee una chuchería —respondió éste—. Una especie de cosa mágica que puede aniquilarnos si tienen oportunidad de usarla. Así que se ha terminado nuestra espera. Mañana lucharemos.
—¿Has echado una mirada a esa fortaleza de ahí abajo? —resopló el primero—. Este asedio va a resultar un poco largo.
En la pequeña cueva situada sobre los humanos los enanos gullys se incorporaron.
—Parece que Altos todos despiertos, ahora. ¿Todavía no hacer algo? —inquirió Hatillo.
—No saber —admitió Bron—. Nosotros seguir mirando, supongo. «Quezás» averiguar.