18
Una fortaleza infestada
Dartimien el Gato aprovechó a la perfección la momentánea confusión que siguió a la huida de Ala Gris al interior de los matorrales. Precipitándose directamente bajo el vientre de la encabritada montura de un caballero, giró en redondo y señaló justo en la dirección por la que había venido.
—¡Por allí, señor caballero! —gritó—. ¡No dejéis que ese hombre escape!
Mientras el acorazado jinete y sus seguidores se desviaban para seguir las indicaciones de Dartimien, éste se escabulló hacia un lado, desapareció bajo los faldones de una tienda de aprovisionamiento y reapareció al cabo de un instante envuelto en la larga y oscura túnica de un sacerdote gelniano.
Realizó una solemne reverencia cuando una compañía de infantería pasó corriendo por su lado; luego, golpeó con el canto de la mano al oficial que cerraba la retaguardia. El impacto alcanzó al hombre en la garganta, y Dartimien lo sostuvo mientras caía. En menos que canta un gallo arrastró al soldado al interior de la tienda de aprovisionamiento; cuando volvió a salir, al cabo de un momento, lo hizo bajo el aspecto de un oficial de pelotón de la guardia gelniana.
Durante unos instantes, observó el enloquecido registro de la maleza cercana; después, giró y llamó con gesto imperativo a una pareja de rezagados.
—Quiero que se inspeccione cada uno de esos cobertizos y tiendas, inmediatamente —les ordenó—. Esos ladrones pueden haber ocultado contrabando. Buscad un bastón de marfil tallado, de entre unos noventa centímetros y un metro diez de longitud. Es afilado y describe una curva, se parece mucho a un cuerno de maenog. Buscadlo; luego, venid a informarme aquí.
Los guardias saludaron, e iniciaron la tarea. Con aquella parte del campamento cubierta, el mercenario se encaminó hacia la armería principal y buscó allí personalmente. Los dos centinelas de la puerta, que apenas habían advertido que se acercaba, ya no observaron nada más a partir de entonces.
No había ni rastro del Colmillo de Orm. El Gato salió a la luz del sol, vestido esa vez con la brillante capa, yelmo de plumas y liviana armadura de un capitán de lanceros. Así ataviado, se aproximó al cuartel general de Chatara Kral y le hizo frente al capitán de la guardia situado en la entrada.
—¿Por qué se me ha hecho venir aquí? —inquirió.
El enorme hombre de los hielos lo contempló fijamente unos segundos y sacudió la cabeza.
—¿Cómo quieres que lo sepa? —rugió.
—Si tú no lo sabes, entonces ¿quién lo sabe? —insistió Dartimien, cuadrando los hombros al tiempo que se las apañaba para mirar con desdén al enorme Bárbaro de Hielo, cuyos hombros y cabeza se elevaban por encima de él.
—Pregunta a los de ahí dentro —respondió el gigante—. Ellos no nos cuentan nada.
Como si el corpulento bruto no existiera, el mercenario dio un paso al frente, y el hombretón se apresuró a hacerse a un lado. Los otros guardias, al ver que su jefe dejaba pasar al visitante, también se apartaron.
Una vez en el interior de la gran tienda, Dartimien se escabulló por un lateral y desapareció entre los fardos de provisiones allí amontonados. En el centro despejado del recinto, Chatara Kral en persona dirigía una conferencia de comandantes que planeaban el asalto a Tarmish. Nadie vio o escuchó al silencioso intruso mientras éste recorría el pabellón hurgando aquí y rebuscando allá.
Finalizaba ya el registro del lugar cuando se escucharon gritos y alaridos en el exterior. «¡Dragón!», aulló alguien, y otras voces se le unieron. La conferencia que tenía lugar en la tienda se interrumpió al precipitarse todos los presentes a la entrada para mirar al exterior, y a continuación retroceder a toda prisa, con los gigantescos hombres de hielo que montaban guardia pisoteándolos casi en su aterrorizada huida.
—Un dragón, ¿eh? —murmuró Dartimien para sí—. Me pregunto cómo habrá conseguido eso el bárbaro. Bueno, es una distracción tan buena como otra. —Se deslizó al exterior por un faldón desguarnecido, y se arregló la capa, al tiempo que contemplaba sorprendido cómo un enorme Dragón Verde, o casi Verde, se alejaba veloz hacia las arboladas colinas—. Pues sí que había realmente un dragón —musitó—. ¿Qué te parece?
Deteniéndose tan sólo el tiempo suficiente para echar una mirada en dirección a las tiendas de aprovisionamiento, donde los buscadores que había designado se acurrucaban bajo un desmoronado cobertizo, giró y marchó en dirección opuesta. Tampoco ellos habían encontrado el Colmillo. Lo habrían tenido en la mano de haberlo hallado.
—¡Eh, tú! —llamó una voz.
Dartimien se volvió y se encontró con el gigante del pabellón, uno de los hombres de hielo de la guardia personal de Chatara Kral. El gigantón llevaba un collar de eslabones de acero sobre el jubón de piel de oso, y empuñaba una pesada hacha con la misma facilidad con que Dartimien podría haber sujetado una daga.
—No te identificaste —rezongó el gigante—. ¿Quién eres?
El campamento a su alrededor seguía presa del pánico. Gentes y animales reaccionaban todavía al aterrador paso del dragón; pero al parecer ese monstruo tenía una mente de ideas fijas, y no se mostraba en absoluto alterado.
—¿Has visto al dragón que ha pasado por aquí? —inquirió el mercenario, contemplando al bárbaro con curiosidad.
—Claro —gruñó éste, arrugando el entrecejo—. No dijeron que habría dragones cuando aceptamos este empleo. Si más de esas cosas aparecen, iré a buscar trabajo a otra parte. —Calló, y su frente se arrugó aún más—. ¿Quién dijiste que eras?
El Gato se sintió tentado de engatusar al gigante con una mentira rebuscada, pero decidió no hacerlo. Dentro de un minuto aproximadamente, el campamento retornaría a la rutina, y no valía la pena correr ese riesgo. Así pues, se limitó a encogerse de hombros y responder:
—Soy un intruso —admitió—. No pertenezco a este lugar y probablemente sea un enemigo. Pero, en realidad, sólo estoy de paso.
Lanzando un juramento, el gigante levantó el hacha y la dejó caer, pero el arma hendió sólo el aire. Dartimien había esquivado el tajo, y antes de que el bárbaro pudiera repetir el golpe, se le había introducido por entre las piernas, del tamaño de troncos de árbol, y agarrado el balanceante collar de acero del gigante. Una vez detrás de su adversario, rodó por el suelo, se incorporó de un salto, le plantó una suave bota sobre el trasero y le asestó una fuerte patada, al tiempo que daba un violento tirón a la cadena. Con un rugido, el gigante efectuó una voltereta y se estrelló contra el suelo, de cabeza.
El caído no tardó más que unos segundos en recuperarse, pero fue suficiente. Dartimien el Gato había desaparecido.
En las caballerizas situadas cerca de la zona de matorrales, seguía reinando el caos. Cientos de caballos, aterrorizados aún por la aproximación del dragón, corrían de un lado a otro, hocicando, encabritándose, rompiendo sus ataduras y cargando contra las cuerdas. La confusión era tal que nada podían hacer los pocos mozos encargados de los animales, por lo que otros hombres procedentes de varios campamentos anexos corrieron a echar una mano.
Por todo el acuartelamiento, mercenarios de todas clases se contemplaban mutuamente con expresiones torvas.
—Nadie nos dijo que habría dragones —rezongaron varios de ellos, una y otra vez.
—Un claro incumplimiento de lo pactado —advirtieron otros.
En el alboroto general, nadie observó la presencia de otro voluntario que ayudaba con los caballos. Dartimien se movió entre ellos, seleccionó con cuidado un excelente par de monturas, criadas en las llanuras y que llevaban ya colocados arneses y sillas, y las sujetó por las riendas. Tranquilizó a los animales, musitándoles cosas en los oídos y respirando en sus ollares como había visto hacer a las gentes de las llanuras, y los sacó de allí. Una vez en los espesos matorrales que bordeaban los cenagales, giró hacia el noroeste, siguiendo las tenues huellas en la arena.
Se produjo una desbandada general de enanos gullys cuando el mercenario interceptó la migración Bulp, pero él no les prestó atención, y, al poco rato, también ellos dejaron de fijarse en él… O más bien se olvidaron de su presencia. Tirando de sus caballos, dobló un recodo del seco cauce y encontró a Ala Gris, aguardándolo.
—Me preguntaba dónde te habrías metido —dijo el hombre de las planicies—. Supongo que no has encontrado el Colmillo.
—No está allí —Dartimien negó con la cabeza—. Lo comprobé.
—Bueno, pues estos pequeños aghars tampoco lo tienen. —Ala Gris tomó las riendas de los dos caballos, estudiándolos con ojos expertos—. Magnífico —murmuró.
En el interior de la torre, Tunk se removía inquieto sobre la mullida silla de lord Vulpin.
—Altos no parecer muy contentos —observó.
—Creo que estamos atrapados —dijo Thayla Mesinda.
—¡Esto cosa linda! —rió entre dientes Bron, jugando todavía con el telescopio—. Gran Bulp tendría que ver esto. —Balanceó el cristal de aquí para allá. Luego, se detuvo, mirando con fijeza—. ¡Eh! —Una amplia sonrisa se le extendió por el rostro—. ¡Ahí estar Gandy! ¡Y viejo Fallo y dama Lidda y… estar Tarabilla, también! —Empezó a pegar saltos sobre el cofre, agitando su instrumento atizador—. ¡Hola, Tarabilla! ¡Hola, papi! ¡Hola, todos!
—¡Oh, cállate! —ordenó Thayla—. No pueden oírte. No están aquí. Están ahí fuera, muy lejos.
—¡Oh! —Bron se calmó, y la sonrisa desapareció—. ¿No estar aquí, entonces?
—No, no están aquí.
—Ojalá estuvieran —deseó el enano.
En su mano, el «instrumento atizador» brilló tenuemente.
Dartimien se inclinó sobre el cargado escudo-trineo y apartó un extremo de la manta para contemplar de hito en hito el rostro apergaminado de Clonogh.
—¿Sigue vivo? —preguntó.
—No sé cómo es posible, pero así es —respondió Ala Gris—. Aunque imagino que ya no lo necesitamos. Me da la impresión de que el Colmillo de Orm está perdido para…
Como si acabaran de correr una cortina, el mundo que los rodeaba desapareció y se encontraron en otra parte. Paredes de piedra enmarcaban grandes portales abiertos que daban a amplios campos de cultivo situados más allá. Y el lugar estaba atestado de enanos gullys. Los caballos se desbocaron.
—¿Qué demonios…? —Ala Gris dio un paso atrás, desenvainando su espada; pero se quedó sin habla cuando sus ojos se clavaron en la muchacha más deslumbrante que había contemplado en toda su vida. Se clavaron, pero sólo por un instante, pues, de pie, junto a la joven había un enano que sujetaba el Colmillo de Orm. Parecía como si hubiera gullys por todas partes.
—¡Ahí está! —siseó Ala Gris, concentrando su mirada en el Colmillo.
—¡Eso es! —dijo Dartimien.
—¡Correr como locos! —gritó un aghar.
Alguien aporreó la gruesa puerta, pero el sonido de los maderos que se rajaban y el chirrido de los goznes al partirse quedaron ahogados en la terrible algarabía de una habitación repleta de enanos que corrían como locos a ocultarse, pegando saltos, chocando entre ellos y rodando por el suelo. La estancia estaba tan atestada de gente que no había ningún sitio donde esconderse.
Ala Gris vio cómo Dartimien caía bajo una montaña de aghars que se venía abajo, y saltó a un lado a tiempo de esquivar una oleada de aterrados hombrecillos que pasó, rauda, junto a él. Llegó junto a la joven humana, la rodeó con un brazo y la alzó del suelo en el mismo instante en que un revoltijo de gullys que se retorcían enloquecidos iba a parar bajo ella. De un salto, el hombre de las llanuras se colocó encima de un alto cofre de madera de teca y, desde allí, pasó a la silla de un caballo asustado que no dejaba de repartir coces a diestro y siniestro.
Inclinándose para recoger la riendas del animal, izó a la muchacha a la grupa detrás de él, justo en el instante en que la puerta de madera se abría violentamente. Al otro lado había hombres armados, agazapados para entrar, pero el guerrero sólo los vio durante unos segundos, ya que fueron derribados y engullidos por una violenta marea de enanos gullys que salió disparada por la puerta y atravesó el rellano.
—¡Salid de encima mío, pequeños mastuerzos! —gritó Dartimien desde algún punto no muy lejano, y una pila de las pequeñas criaturas salió volando por los aires.
Ala Gris intentó retener a su montura, pero ésta relinchó aterrorizada y salió a toda velocidad por la puerta abierta, sin que él pudiera hacer otra cosa que sujetarse con todas sus fuerzas. A sus espaldas, la joven se aferraba a él como un mono, con los brazos rodeándole la cintura. Un segundo caballo, sin jinete, corría justo detrás de ellos.
En un dos por tres se encontraron cruzando a toda velocidad las tablas del rellano y descendiendo a continuación por un empinada escalera de caracol, sumergidos hasta las grupas en una marea creciente de enanos gullys que huían, pedazos de armamento y soldados tarmitianos que caían rodando.
Tras él, el hombre de las planicies escuchó el grito enojado de Dartimien:
—¡Ala Gris! ¡Regresa aquí, bárbaro! ¡Yo la vi primero!
En algún punto de un plano distante, Orm guiñó los enormes ojos de pupilas rasgadas y siseó contrariada. Una vez más el colmillo perdido la había llamado, pero de nuevo la llamada no había durado más que un instante.
Con los grandes y escamosos anillos retorciéndose en viperina irritación, Orm aguardó. La llamada había llegado, y volvería a llegar. Más tarde o más temprano existiría un largo momento de vida, estimulado por la concentración de alguien. Aquello sería suficiente. Necesitaba únicamente un momento, un prolongado y firme momento de volición por parte de quien tuviera el colmillo, y entonces tendría el sendero que debería seguir a través de los planos. Llegado ese instante, Orm atacaría.
Mortificada y rezumando una cólera asesina, la gigantesca serpiente aguardó.
Cuando Bron se arrastró de debajo de la silla del Alto, todo parecía relativamente tranquilo. Había enanos gullys desperdigados por todas partes, incorporándose y mirando a su alrededor, perplejos; pero la mayor parte de la repentina multitud parecía haber marchado a otro lugar.
El gully aspiró con fuerza, se sacudió el polvo de cabellos y ropas, y recogió su instrumento atizador.
—¡Uf! —musitó.
—Eso sí ser toda una juerga, Bron —manifestó Tunk desde algún punto situado por encima de él—. Aunque no durar mucho. —El rechoncho aghar se desincrustó de los almohadones de la silla y se puso en pie, saltando sobre el asiento—. Ahí estar «como se llame» —indicó—. El Gran Bulp. ¡Hola, Gran Bulp!
El cajón de un bargueño aparecía abierto en el otro extremo de la habitación, y Fallo el Supremo atisbaba por el borde, frotándose los ojos con un puño mugriento.
—¿Qué estar pasando? —refunfuñó—. ¿Qué clase sitio ser éste?
No muy lejos, un tapiz caído parecía estar repentinamente dotado de vida propia. Sus pliegues se retorcían, encorvaban y rezongaban. Un extremo de la tela se alzó, y la dama Lidda gateó al exterior, seguida de Gandy y varios otros. El último gully en aparecer fue Tarabilla, que contempló boquiabierta lo que la rodeaba y sonrió dichosa al ver a Bron.
—Hola, Bron —gorjeó—. ¡Yo buscarte por todas partes! ¿Dónde haber estado?
—Yo hacer de héroe —explicó él.
—Hacer ¿qué?
Tarabilla empezó a apoyarse en una enorme tortuga de hierro, pero enseguida dio un salto atrás cuando la tortuga se movió. Se trataba del legendario Gran Cuenco para Estofado, y bajo él estaba el adusto Sopapo, que parecía más desdichado que de costumbre.
Bron ayudó a su compañero a salir de debajo del escudo, y se arrodilló para examinar con atención el objeto, de arriba abajo. No parecía haber sufrido daños. Como si se le acabara de ocurrir echó también una ojeada a Sopapo, que también parecía de una sola pieza.
—Toma, sostener esto —entregó el instrumento atizador de marfil al Jefe Atizador, y levantó el Gran Cuenco para Estofado por la correa de cuero. Era casi tan grande como él, pero el aghar estaba acostumbrado a transportarlo de un lado a otro.
—Esto muy bueno «isturmento atizador» —declaró Sopapo, blandiendo el bastón—. ¿Dónde conseguir Bron?
—Encontrar en algún sitio —respondió él, luego se volvió bruscamente cuando un gemido surgió de un muy cargado «trineo» de metal que descansaba de través contra una pared.
Llevando con él el escudo, Bron se aproximó al objeto con cautela. Encima del aparejo reposaba un largo y reluciente espadón con cuerdas atadas a él. Las ataduras servían como ligadura para un paquete envuelto en una manta situado debajo, y era este paquete el que parecía gimotear.
Curioso, Bron desató algunas de las ligaduras y extrajo el espadón. Era tan largo como alto era él, y bastante pesado, pero lo fascinó.
—Esto ser «isturmento atizador» de un Alto —explicó a los otros, que se iban reuniendo a su alrededor—. Altos llamar «espada».
—No muy útil —indicó dama Lidda—. Demasiado grande para matar ratas.
—Quizá buena cosa para héroe, sin embargo —alzó la espada en alto, jadeando por el esfuerzo. Pesaba mucho, pero Bron era fuerte.
—Buena cosa para ¿qué? —preguntó su madre.
Atraído por los repetidos gemidos, Gandy se acercó cojeando hasta el bulto envuelto en la manta y apartó un extremo. Debajo, un anciano humano, calvo, guiñó unos ojos legañosos y se quejó otra vez. El Gran Opinante lo golpeó en la cabeza con su mango de escoba y dejó caer la ropa.
—Nada —masculló—. Sólo un Alto.
Un débil alarido de rabia creció bajo la manta y todos retrocedieron. El pedazo de tela se sentó, resbaló, y apareció un anciano, que se frotaba la dolorida cabeza y farfullaba maldiciones mientras los contemplaba a todos con ferocidad.
—Vaya —dijo Gandy.
—¿Tal vez atizar a él otra vez, con esto? —sugirió Sopapo.
El viejo contempló boquiabierto el instrumento atizador del enano gully y se incorporó bruscamente sobre sus inseguros pies.
—¡Eso es! —exclamó con voz chillona.
—Bien —declaró Fallo el Supremo—. Yo ya harto. ¡Todos correr como locos!
Clonogh se irguió, dolorido, tambaleante y desnudo encima de un escudo arañado por el viaje, en tanto que la enorme estancia se vaciaba a toda velocidad. Antes de que pudiera reaccionar, los enanos gullys habían desaparecido por la puerta rota y la invisible escalera del otro lado.
Parpadeando y balanceándose, Clonogh miró a su alrededor con asombro. Reconocía aquella gran habitación, con sus portales enmarcados en piedra; era la habitación de la torre de lord Vulpin.
—¿Cómo he llegado aquí? —resolló.
Pero en aquel momento no quedaba nadie por allí que pudiera explicárselo.
La escalera de la torre, desde el último piso hasta la planta baja, daba tres vueltas completas al edificio y finalizaba en un amplio espacio bordeado de alojamientos para los guardianes y que desembocaba en el patio. Durante todo el descenso, la enorme riada de enanos gullys que huían había ido adquiriendo velocidad, arrastrando a los caballos y jinetes con ellos. Como resultado, cuando llegaron a la planta baja, atravesaron como una exhalación la zona y se precipitaron al exterior como una inundación, derribando a todo y a todos los que encontraban por delante.
Recorrieron casi la mitad del patio principal antes de que perdieran impulso y los enanos gullys que encabezaban la marcha tuvieran la oportunidad de mirar en derredor. Cuando lo hicieron, se encontraron con sorprendidos guerreros humanos por doquier.
—¡Altos! —aulló uno de ellos—. ¡Todos correr como locos!
Los aghars corrieron despavoridos en todas direcciones, desperdigándose como una oleada caótica en su huida. Los hombres gritaron, los caballos se encabritaron y patearon el aire, un tiro de bueyes se desbocó y una carreta llena de barriles de aceite hirviendo volcó, escaldando a la gente a diestro y siniestro.
Ala Gris consiguió por fin recuperar el control de su caballo mediante fuertes tirones de las riendas y contempló estupefacto la devastación que se extendía por todas partes. Jamás en toda su vida había visto algo parecido.
—¡Santo cielo! —exclamó a su espalda Thayla—. Me temo que a lord Vulpin no le va a gustar nada todo esto.
—¿Lord Vulpin? —empezó a decir Ala Gris, pero se interrumpió enseguida cuando una voz ronca y enojada se dejó oír por encima del caos reinante en el patio.
Justo delante y en lo alto, en las murallas situadas entre las almenas de la puerta principal, había una enorme figura oscura; un hombretón embutido en una armadura de negro acero, con un yelmo de plumas y una ondulante capa, que los señalaba directamente a ambos con el dedo, y chillaba.
—¡Tiene a la chica! —rugió lord Vulpin—. ¡Cogedlo!
A pesar de la anarquía que reinaba en el recinto, los soldados escucharon la orden y desenvainaron sus armas, acercándose al mercenario.
—¡Por caridad! —gimió la muchacha.
—La caridad empieza por uno mismo —rugió Ala Gris y, tirando de las riendas, azuzó con las rodillas al caballo para que girara en redondo y se encaminó de vuelta al resguardado recinto situado bajo la torre.
Tan pronto como dejaron de ser el centro de atención, los enanos gullys de Bulp buscaron refugio, y lo tomaron donde lo encontraron. Docenas de ellos se lanzaron al interior de zanjas y pozos negros, buscando el alcantarillado del agua de lluvia situado debajo. Otros se guarecieron en las despensas, los arsenales, y todas las grietas o aberturas que hallaron en los cimientos de la vieja fortaleza. En unos instantes, Tarmish quedó totalmente infestada de aghars, y de un modo tan completo como si llevaran años viviendo allí.
En las sombras de la entrada, Ala Gris dejó a la muchacha en el suelo; luego, hizo volver grupas a su montura y salió disparado por el portal abierto en el mismo instante en que un pelotón de soldados de a pie llegaba ante él. Cayó sobre ellos como una tormenta, con una furia atronadora en la que se entremezclaban el zumbar de la espada, el centelleo de los cascos del caballo y el grito de guerra cobar. Se abrió paso por entre sus filas como una exhalación, y enseguida giró y volvió a atacarlos antes de que pudieran recuperarse. Una pasada más por entre las filas, y la zona situada frente al hueco quedó libre de combatientes. Todavía quedaban soldados, pero los que seguían allí habían caído al suelo y no era probable que volvieran a levantarse.
De nuevo en el interior del vestíbulo de la torre, Ala Gris descabalgó.
—Eso debería contenerlos unos cuantos minutos —masculló. Encontró a la joven acurrucada entre las sombras de una puerta—. ¿Hay otro modo de salir de aquí? —preguntó.
—No lo sé. Soy una prisionera… O lo era, al menos. ¿Quién eres?
—Ala Gris —se presentó él—. ¿Quién eres tú?
—Thayla. Thayla Mesinda. —Unos enormes ojos, azules e inescrutables, se alzaron hacia él, y el mercenario sintió como si fuera a ahogarse en ellos—. ¿Estamos atrapados aquí?
—Me temo que sí. Pero ya se me ocurrirá algo.
—Oh, no te preocupes por ello —repuso la joven—. Tengo un héroe, sabes. Se llama Bron.
—¿Bron?
—Es un enano gully. Está aquí para rescatarme.
—¿Un enano gully? —La contempló boquiabierto, creyendo que la había mal interpretado—. Los enanos gullys no son héroes, muchacha. Los enanos gullys no son gran cosa. Son simplemente… simplemente enanos gullys.
—Éste es diferente —le aseguró Thayla. Sus ojos se abrieron de par en par, de improviso y chilló—. ¡Cuidado!
Ala Gris giró en redondo. Un salaciano vestido de verde se había deslizado al interior del recinto, y estaba tensando su arco. La acerada punta de la flecha apuntaba directamente al corazón del mercenario, a boca de jarro a tres pasos de distancia. Sin embargo, antes de que el arco quedara tensado por completo, una daga centelleante se materializó en la garganta del arquero. El arco y la flecha le resbalaron de los dedos entumecidos y el hombre se desplomó al frente, boca abajo, sobre su propia sangre.
—Deberías ocuparte de vigilar a tus espaldas de vez en cuando —sugirió Dartimien irónico, saliendo del hueco de la escalera—. No puedes esperar que esté siempre ahí para salvarte la vida. —El Gato se abrió paso junto a Ala Gris, dejándolo a un lado, como si no estuviera allí. Dedicó una cortés inclinación a Thayla Mesinda y, cuando ésta le devolvió la reverencia, sonrió de oreja a oreja y le tomó la mano—. Hola —ronroneó—. Soy Dartimien. Eres muy hermosa. Supongo que me habrás estado esperando toda tu vida.
—¡Eh, espera un momento! —espetó Ala Gris, y la muchacha lanzó una exclamación ahogada, mirando a la espalda del mercenario.
Un par de silenciosos soldados tarmitianos se habían introducido subrepticiamente en la estancia, y se lanzaban al ataque, con las hachas de guerra alzadas.
El primero tenía al cobar a su merced… hasta que tropezó con un escudo de hierro que le llegaba a la altura de la rodilla y se estrelló de bruces sobre el pavimento. Como una pantera, Ala Gris saltó sobre él, y lo despachó con un silbante mandoble. El segundo adversario se hizo a un lado, balanceó hacia atrás su hacha… y se derrumbó como un árbol talado. De detrás del escudo de hierro había aparecido un espadón, que centelleó, describió un movimiento circular, y alcanzó al tarmitiano en las espinillas. El caído empezó a aullar, pero sus gritos finalizaron bruscamente cuando una de las dagas de Dartimien dio en el blanco.
Los dos guerreros se quedaron atónitos cuando de detrás del escudo salió un joven enano gully arrastrando una espada ensangrentada demasiado grande para él.
—Muy buen «isturmento atizador» —dijo, indicando el espadón.
Varios otros enanos gullys, que lo miraban desde la escalera, asintieron, contemplándolo de hito en hito.
—¿Tú? ¿Tú hiciste esto? —Ala Gris miró con ojos desorbitados a los tarmitianos caídos, y al hombrecillo que sostenía el escudo y la espada.
—No saber —respondió Bron, alzando la enorme arma, que contempló fascinado—. Supongo.
—¡Mirad eso! —Dartimien señaló al segundo tarmitiano caído—. ¡Miradle las piernas…, los pies!
El mandoble del gully había amputado los pies del hombre, que seguían en el mismo sitio donde habían estado.
—¡Oh, cielos! —Thayla se estremeció.
—Olvidad los pies —rezongó Ala Gris—. Tú —indicó con un dedo severo al estupefacto enano gully—. Tú tenías el Colmillo de Orm. Lo vi. ¿Dónde está?
Bron miró en derredor y se encogió de hombros.
—Ni idea —respondió.
—¡Quiero a la chica ahora! —tronó un voz iracunda.
—Ahí vienen —indicó Dartimien.
Al otro lado de la puerta, soldados con escudos avanzaban a paso rápido dispuestos a rodear la arcada de la torre.
Ala Gris se preparó para el combate, y una centelleante daga lanzada por la mano de su compañero encontró un resquicio en la hilera de escudos. Un hombre se desplomó, pero enseguida otros ocuparon su lugar. Bron contempló boquiabierto a los humanos que avanzaban, y desapareció al momento tras su enorme escudo de hierro. En las sombras de la escalera se escuchó el corretear de los diminutos pies de los enanos gullys allí ocultos, que se escabullían en busca de la protección de un desagüe de agua de lluvia.
La piedra que cayó del cielo entonces era del tamaño de un cochinillo bien cebado. Se estrelló sobre la infantería que avanzaba, aplastando a algunos hombres, y lanzando sobre el resto una lluvia de fragmentos cuando estalló sobre el pavimento. Unos cuantos metros más allá cayó otra, enorme; luego, varias más, desperdigadas por todo el patio.
Los hombres gritaron y aullaron, y sus voces quedaron ahogadas por un millar de gritos de guerra procedentes del otro lado de las murallas. Cayeron nuevas piedras, lanzadas por catapultas y trabuquetes, y lanzas volantes silbaron por el cielo y fueron a estrellarse entre ellas. Bron sacó la cabeza para ver lo que sucedía. Luego, se encaminó hacia el desagüe de agua de lluvia, transportando su escudo y arrastrando la espada. Parecía una tortuga de dos patas con una larga cola de acero.
—¡Correr como locos! —gritó.
—El mejor consejo que he oído últimamente —murmuró Dartimien.
Alargó la mano para tomar la de Thayla, pero no la encontró. Ala Gris alzaba ya a la muchacha para echársela sobre el hombro. El guerrero salió corriendo y, con una maldición, el Gato lo siguió.
El ejército gelniano había iniciado el asalto a la fortaleza de Tarmish, y el patio a cielo abierto y sus nichos no eran sitios seguros en aquellos momentos.