19
El mensaje de las runas
Sombras diminutas pululaban por un lugar sumido en sombras. Se observaban antiguas y mohosas paredes de granito, medio enterradas por cascotes y cieno, como sombrío testamento de la antigüedad de las invisibles construcciones que se alzaban en lo alto. Enormes pilares de piedra toscamente tallada se elevaban a intervalos a lo largo de los muros y a través de zonas de escombros. Oscuros monolitos sobresalían y sobre sus amplios hombros descansaba Tarmish: las fortificaciones, el hábitat, toda la cultura de las gentes de aquel lugar. Allí, en una época olvidada hacía mucho tiempo, generaciones de arduo trabajo humano habían esculpido los cimientos a partir de roca virgen, cimientos sobre los que futuras generaciones podrían construir una fortaleza.
Nadie recordaba ya cómo habían surgido aquellos monolitos o quién les había dado forma. Con el paso del tiempo, esos recordatorios habían sido tan despreciados por las gentes que vivían sobre ellos que habían quedado relegados y finalmente olvidados. Pues los antiguos que habían construido tales soportes no habían sido ni tarmitianos ni gelnianos, sino los comunes ancestros de ambos.
Pero, para cualquier gelniano, admitir tal ascendencia habría sido inconcebible, pues habría significado un reconocimiento de parentesco con los odiados habitantes de Tarmish. Y, desde luego, ningún tarmitiano habría considerado jamás que un gelniano —uno de esos despreciados campesinos que no servían más que para ocuparse de las cosechas que alimentaban a la ciudad— pudiera ser ni remotamente pariente.
Así pues, los cimientos de Tarmish —una sombría catacumba de túneles, pasadizos abovedados y enormes estancias entre cimientos de piedra— pasaron inadvertidos de generación en generación. Si alguien recordaba por casualidad los cavernosos sótanos, lo hacía pensando en el lugar al que iban a parar los desagües del agua de lluvia, y en el que descargaban las cloacas.
Sin embargo, de improviso, esas regiones inferiores habían sido ocupadas. Los nuevos inquilinos se deslizaban aquí y allá, con cautela, explorando lo que los rodeaba bajo la luz amortiguada que se filtraba desde las rejas situadas en lo alto. Pequeñas bandas de aghars deambulaban por los oscuros corredores, investigando. Ninguno de ellos estaba muy seguro de dónde se encontraba ese lugar, o cómo habían ido ellos a parar a él; pero tan abstractas reflexiones carecían de importancia. Lo cierto era que se encontraban allí, y hasta que alguien les dijera otra cosa, ahí se quedarían.
Era un sitio. Eso era todo lo que necesitaban saber. No era Este Sitio, claro, ya que para que cualquier lugar fuera Este Sitio, el Gran Bulp debía designarlo como tal. Pero nadie había visto al Gran Bulp últimamente, ni tampoco a nadie con autoridad. La dama Lidda, al igual que el Gran Bulp, no se hallaba con ellos; ni tampoco estaba Sopapo, el Jefe Atizador, o su esposa, la dama Fisga, que podría haber tomado el mando de haber estado en la zona. Era algo natural en la dama Fisga encargarse de todo cada vez que tenía la oportunidad. Pero se hallaba ausente en esos momentos, como el resto de notables Bulp. Incluso el viejo Gandy, el Gran Opinante, se encontraba entre los ausentes.
También otros parecían faltar, pero nadie estaba seguro de quiénes o cuántos eran. Sin duda, había muchísimo que ver allí, y puesto que no tenían nada mejor que hacer, la mayor parte de los miembros de la extraviada tribu se dispuso a verlo. Durante un tiempo, Garabato siguió al grupo principal, atisbando aquí y allá, tan asombrado como el resto ante la magnitud de la antigua construcción.
—Grande cosa —murmuró, dando la vuelta a una monolítica columna de piedra que se elevaba de entre los desiguales cascotes para perderse entre las resonantes sombras del alto techo. Era igual que los otros innumerables pilares de esa catacumba, pero mayor, y su espectacular tamaño atrajo la atención del enano—. Alguien hacer estas cosas grandes, en otro tiempo —dijo, asintiendo sabiamente—. Mucho tiempo antes de ayer.
Con las manos en la espalda y arrastrando los pies, dio la vuelta alrededor del enorme cilindro vertical que era el monolito.
Aunque toscamente tallado, sin el delicado trabajo de una columna pensada para ser contemplada, la inmensa piedra esculpida lo fascinaba. Envuelta en siglos de cal, moho, hongos y suciedad acumulados, tenía casi treinta metros de diámetro, y al menos el doble de altura. Si bien los aghars no tenían noción de tal arquitectura, la gigantesca columna era el soporte central de la Torre de Tarmish, que se encontraba encima. Era, en realidad, la base de la gran construcción y su sólido núcleo de roca se extendía hasta el mismo suelo del bastión más alto de la torre.
Al descubrir una protuberancia en la oscura superficie recubierta de mugre, Garabato se detuvo, miró con mayor atención, y frotó la húmeda y pegajosa superficie con un dedo curioso que, a continuación, se metió en la boca. Tras inclinar la cabeza pensativo, chasqueó los labios.
—No malo —decidió—. Saber como champiñón.
Hizo otra prueba, y fue empujado a un lado por docenas de otros aghars curiosos, que lo habían estado siguiendo en su paseo alrededor de la base de la columna, todos ellos boquiabiertos. Garabato había probado el moho, de modo que todos querían saborearlo, y todos de la misma protuberancia.
—Bueno —comentó uno—. Ser pringue de calidad.
—Cosecha un poco fuerte —asintió otro, dándole la razón—. «Quisito» arom… buqu… no oler demasiado mal, si tapar nariz.
—Toque de almizcle —opinó alguien más—. Bien envejecido y mucho cuerpo.
—Saber un poco arenoso —manifestó un individuo de barba rala—. Como buche crudo de pájaro.
—¡No ser más que moho! —refunfuñó un enano—. Moho ser moho. Vale para prueba, ¡pero no ser comida!
—Algunos no tener paladar —comentó alguien—. Esto ser muy buen condimento para estofado.
—No tener estofado —masculló Garabato.
—Tener razón en eso —concedió otro—. ¿Alguien tener material para estofado?
Obedientes, docenas de enanos gullys rebuscaron en sus bolsillos y bolsas, y entre los tesoros que hallaron se encontraban varios viejos nidos de ave, gran parte de los restos momificados de un lagarto, veinte o treinta piedras bonitas, un zapato olvidado, una pelota de piel recuperada mucho tiempo atrás de la madriguera abandonada de algún gato, un arrugado dedo de ogro, la mitad de unas tijeras y un huevo putrefacto de paloma. Pero nadie llevaba comida.
—¡Ratas! —comentaron varios.
—Tener que haber ratas por aquí —sugirió uno—. ¿Alguien tener un «isturmento atizador»?
—Sopapo normalmente tener «isturmento atizador» —manifestó alguien—. ¿Dónde Sopapo?
—No aquí —le recordaron varios de los presentes—. ¿Por qué no buscar nosotros un «isturmento atizador»?
—¿Por qué no buscar mejor a Sopapo? —propuso alguien.
—No tener olla estofado —se quejó una señora—. Bron lleva olla estofado, pero Bron tampoco aquí. Uno ya no poder contar con nadie estos días. Bron no estar aquí. Sopapo no estar aquí. Gran Bulp no estar aquí.
—Mejor encontrar también a Bron —decidieron—. ¿Alguien ver a Bron últimamente?
Establecido un propósito, brigadas de gullys partieron en distintas direcciones para iniciar su búsqueda, y una docena aproximada de enanas organizaron una batida de caza, para ver qué otras cosas podían encontrar que pudieran resultar útiles. Reflexionando todavía sobre la protuberancia cubierta de moho de la columna de piedra, Garabato miró en derredor.
—¿Adónde ir todos?
—Buscar a Sopapo y a Bron —le dijo alguien—. Necesitar un «isturmento atizador».
—¿Para atizar a Sopapo y a Bron? —inquirió Garabato, perplejo.
—Necesitar carne para estofado.
—¿Nosotros cocinar a Sopapo y a Bron, para estofado?
Pero no obtuvo respuesta, porque la mayoría había marchado en busca de sus compañeros desaparecidos, y los que seguían allí no habían comprendido la pregunta. Encogiéndose de hombros, el enano volvió a concentrar su atención en el bulto de la columna. En los lugares donde el moho había sido raspado, una superficie metálica despedía un brillo mate.
—¿Qué esto? —se preguntó Garabato en voz alta.
Un servicial congénere miró con atención el metal y sacó la lengua para probarlo.
—No cobre —anunció, con los sentidos enanos aguzados al máximo.
Había quienes especulaban con la posibilidad de que los aghars —los enanos gullys de Krynn— pudieran ser primos lejanos de los auténticos enanos. Ningún enano auténtico, claro está, habría tolerado tal idea ni por un instante, y era muy improbable que a ningún enano gully se le hubiera ocurrido jamás.
Para los aghars, los auténticos enanos —o «nanos»— resultaban igual de misteriosos y hostiles como los Altos. Pero existían rasgos comunes entre las razas aghar y enana, y uno de ellos era un gusto por los metales.
—Tener zinc —decidió el transeúnte—. Sin duda ser bronce. Muy, muy viejo, pero bronce.
Apartando de un empujón al servicial aghar, Garabato retiró un poco más de moho de la superficie y contempló el metal de debajo con ojos entrecerrados. Había marcas allí; una hilera tras otra de extraños garabatos cuidadosamente inscritos.
Uno de ellos, repetido varias veces, se parecía a los dibujos que había realizado él antes para representar champiñones. Y había también dibujos de clases muy diferentes. Una súbita intuición le puso los pelos de punta.
Unas pocas veces en su vida, el enano se había tropezado con Altos, o humanos, y con «nanos», los auténticos Enanos de las Montañas y de las Colinas. Ambas razas eran criaturas misteriosas y peligrosas para un enano gully y estaban más allá de toda comprensión en muchos aspectos. Pero Garabato recordaba vagamente algo que había observado antes; tanto humanos como enanos parecían tener la habilidad de hacer que los dibujos hablaran.
—¿Ser esto mensaje? —se preguntó, sintiendo un creciente nerviosismo—. Tal vez alguien dejar instrucciones.
—¿Instrucciones para qué? —inquirieron varios aghars, repentinamente interesados.
—¡Para nosotros! —exclamó él—. Aquí haber toda clase dibujos. Todos significar algo. Yo haber intentado explicar, garabatos significar cosas… ¿Ver? —Señaló impaciente—. Este dibujo redondo significar «champiñón». Aquí, y aquí, y aquí. Champiñón.
—Muy muchos champiñones —dijo alguien—. ¿Cuántos?
Garabato contó los dibujos que, para él, significaban champiñones. Había varios.
—Dos —decidió—. Y muy muchas otras clases de dibujos, también. Como gusanos y árboles y cajas «pequeñas». Y éste parecer tormenta. Alguien intentar decir algo aquí.
—Quizá decir que va a llover —sugirió uno, servicial.
—Que llover gusanos y cajas —amplió otro.
La voz que escucharon entonces pareció salir de todas partes y de ningún sitio. Aunque sonó tan débil como un murmullo indignado, era una voz muy potente, y pareció llenar los sombríos confines de la caverna.
—¡Vaya hatajo de cretinos! —dijo—. Eso son runas, pequeños idiotas. ¿No sabéis lo que son las runas?
Con los ojos abiertos de par en par, los enanos gullys pasearon la mirada por la penumbra.
—¿Quién decir eso? —chilló alguien.
Leves ráfagas de aire removieron el polvo del viejo sótano, y unas enormes alas susurraron quedamente en las sombras de lo alto. Todos los ojos se volvieron hacia arriba, desorbitados por el terror. Parecía como si enormes partes del oscuro techo se hubieran desprendido y estuvieran descendiendo; un sinuoso y elegante flujo de sombras entre las sombras fue tomando forma, despacio, mientras los aturdidos ojos de los aghars seguían los contornos de un enorme movimiento. Con las alas totalmente extendidas, ondeando en los bordes, y con la inmensa y elegante cola balanceándose a un lado y a otro, el dragón parecía ocupar toda la zona situada sobre sus cabezas.
—¿D…d…dragón? —susurró Garabato, con el terror pintado en los ojos.
—¡Como locos correr! —aulló un aterrorizado aghar.
Los despavoridos enanos salieron huyendo en todas direcciones, corriendo a ciegas en círculos, y enseguida quedaron totalmente inmóviles cuando la resonante voz irritada les gritó con aspereza:
—¡Deteneos! ¡Quedaos quietos! ¿Queréis que os pise? ¡Por los dioses, vaya pandilla de mentecatos!
Unas enormes patas reptilianas, patas dotadas de relucientes garras que recordaban enormes y curvas cuchillas, se posaron con la misma suavidad que si fueran plumas entre los paralizados aghars. El dragón asentó todo su peso y plegó las alas. Una cabeza recubierta de escamas y coronada por erizadas púas giró a un lado y a otro sobre un largo y sinuoso cuello, estudiando sucesivamente a cada uno de ellos, como si los memorizara. Los hombrecillos parecían inmovilizados por el terror.
—¿Quién está al mando aquí? —preguntó Verden Brillo de Hoja, con toda la afabilidad que le permitía su natural aversión por aquellas despreciables criaturas.
El tiempo y la experiencia habían llevado a cabo profundos cambios en el Dragón Verde; el tiempo, la experiencia y la atención de un dios. Reorx le había dado un nuevo modo de pensar, y ella cada vez se encontraba más a gusto en él. En el pasado, habría matado a todo enano gully que se le hubiera aparecido, sin pensárselo dos veces, tan sólo por la satisfacción de hacerlo. Pero muchas cosas habían sucedido desde aquellos tiempos, y un miembro de esa raza se había compadecido de ella en una ocasión. En ese momento, curiosamente, se sentía inclinada a tolerarlos, siempre y cuando no la irritaran en demasía.
Durante unos instantes, ninguno de ellos respondió. La mayoría se sentía, de hecho, demasiado aterrada para mover siquiera los labios. Entonces uno de ellos tartamudeó:
—¿Qu…qué decir dragón?
—He preguntado quién está al mando —repitió Verden.
—No saber —respondió el enano gully—. «Como se llame» normalmente al mando. El viejo F…fallo. El Gran Bulp. Pero Gran Bulp no aquí ahora.
—¿Dónde está?
—No saber. Alguna otra parte. ¿Quizá dragón ir a al… algún otro lugar, también? Tal vez poder encontrar Fallo.
—¡No tengo intención de ir en busca de ningún enano gully, cretino! —resopló Verden.
—Vale —respondió el que había conseguido salir de la parálisis—. Entonces nosotros marchar otro sitio. Ningún pro… problema. Adiós dragón.
Se dio la vuelta, temblando, echó a correr y chocó con otro enano. La colisión pareció desencadenar una reacción en cadena, y, por decenas y docenas, los aghars paralizados por el miedo recuperaron la movilidad, corriendo y chocando en todas direcciones. Allí donde había habido una colección de silenciosos e inmóviles enanos gullys, había entonces y de repente, unos enanos ruidosos y atemorizados que huían despavoridos, tropezando unos con otros, cayendo y rodando por el suelo en todas direcciones, como fichas de dominó.
Verden Brillo de Hoja alzó la majestuosa cabeza, sacudiéndola con enojo.
—¡Enanos gullys! —siseó, y el siseo se transformó en un rugido—. ¡Ya está bien! ¡Quietos!
Obedientemente, todo el alboroto cesó. Con una pata delantera del tamaño de un estoque gigante, Verden seleccionó a Garabato y lo golpeó ligeramente en el pecho. El hombrecillo la contempló con ojos desorbitados y casi se desmayó.
—A ti —dijo la hembra de dragón—, ¿cómo te llaman?
Garabato parpadeó, tragó saliva y se encogió de hombros.
—De cualquier modo —dijo—. Casi «sempre» con sólo, «¡eh, tú!» ser suficiente.
—Quiero decir, ¿cuál es tu nombre? —inquirió el reptil en tono brusco.
—Oh, eso —repuso él—. Nombre ser G…gar…ga… ah… Garabato. Encantado conocerte, dragón. Adiós.
—¡Regresa aquí! —ordenó Verden—. Enséñame lo que has encontrado.
—Vale —Garabato empezó a vaciar varias bolsas y bolsillos de sus ropas—. Tener una c…ca…canica —anunció—. Un trozo de cuerda, y un di…diente de to…tor…tortuga y unas piedras. Pedazo vieja roca ne…negra y otra «blana» y blanca. Y parte de un lagarto, y…
—¡Por los dioses! —masculló Verden—. No me importa todo eso, quiero ver las runas que has encontrado.
—¿Ver qu…qué?
—¡Las runas! ¡Los… los «dibujos raros»!
—¡Oh! —El enano se animó. Alguien mostraba interés por su descubrimiento; y aunque aquel alguien resultaba ser un dragón, no por ello dejaba de sentirse complacido. Y además, no parecía que el dragón tuviera intención de matarlo, al menos no por el momento—. Ahí —señaló con un sucio dedo la superficie de bronce que despedía un fulgor apagado bajo la capa de moho—. «Dibujos raros» —anunció—. Según mi criti… opin… yo creo que ser algo sobre champiñones.
—No tiene nada que ver con champiñones —gruñó Verden, observando con atención las antiguas inscripciones.
—¿No champiñones? —Garabato se sintió algo desanimado—. ¿Qué ser entonces?
—Es una inscripción —respondió la criatura.
—¿«Cripción»? —Garabato se puso de puntillas, intentando ver más allá del hocico del dragón—. Ya, «pobablemente» sí. «Cripción» son dibujos que hablan. «Nanos» tener «cripciones» en «Thobardin». Decir cosas como: «Cuarta Calzada», «No int…intr… no pasar», y «Aghars No». Altos tener «cripciones». Éstas decir «Solace Dos Kilómetros», y «Coma en Otto» y «Aghars No». —Encantado, plantó un pie sobre la mandíbula inferior del dragón, entre los sobresalientes colmillos, agarró un enorme ollar y se izó hasta el hocico de la bestia. Allí se arrodilló, inclinándose precariamente para mirar más de cerca la placa de bronce.
—¡Sal de mi nariz! —gruñó Verden.
Garabato rodó fuera del hocico del reptil, lanzando un grito agudo. Aterrizó sobre una enorme pata delantera y se encogió sobre sí mismo entre unas zarpas cubiertas de escamas del tamaño de raíces de árbol.
Sin prestar atención al pequeño zoquete, Verden examinó con detenimiento la antigua inscripción:
Verden se devanó los sesos con respecto al mensaje; luego, alzó una garra para desportillar delicadamente pedazos de la superficie. El enano gully, aferrándose desesperadamente al dedo, se balanceaba y castañeteaba los dientes aterrorizado.
Bajo el viejo rebozado de la columna había cuarzo puro que, una vez al descubierto, parecía refulgir con vida propia.
—Es una señal —musitó el dragón—. Ésta es la señal que Reorx prometió.
Incapaz de mantener la atención en algo durante mucho tiempo, Garabato olvidó al instante el terror sentido momentos antes y trepó por el brazo del animal para poder ver mejor. Encaramado al gigantesco hombro, clavó la mirada en la antigua columna.
—¿Qué dice señal? —preguntó.
—Dice que éste es el punto de equilibrio —respondió Verden, aunque más bien hablaba consigo misma—. El fulcro. Dice que las armonías descansan aquí.
—¿Qué? —exigió Garabato, desconcertado; en su ansiedad trepó más arriba, sujetándose al párpado de Verden mientras intentaba encontrar un punto de apoyo sobre el puente de resbaladizas escamas de su nariz.
—¡Dice que ésta es la roca brillante! —tronó el dragón—. ¡Sal de mi cara, pequeño majadero!
Con una sacudida de la cabeza lanzó al enano por los aires, y éste aterrizó en el suelo, cayó, dio una voltereta, y quedó tumbado de bruces a los pies del Gran Bulp, Fallo el Supremo, Gran Bulp por Persuasión y Glorioso Defensor de Varios Sitios, que acababa de llegar, seguido por miembros de su desperdigada tribu, y algunos humanos.
Los enanos se quedaron tan extasiados con las acrobacias de su compatriota que por un momento no detectaron la presencia del dragón a poca distancia.
Pero entonces los tres humanos, muy observadores comparados con los torpes aghars, vieron al monstruo y Thayla sofocó un alarido. Dartimien y Ala Gris se adelantaron a la vez para proteger a la muchacha: la espada del cobar silbó en el aire, mientras las manos del Gato se llenaban repentinamente de dagas. Pero, antes de que pudieran dar amparo a la joven, otra persona lo hizo. Con un poderoso tirón, Bron el enano gully alzó su enorme escudo de hierro y blandió el espadón ante él.
—¡Za…zape! —ordenó—. ¡Dragón za…zape! ¡Largar, dragón! ¡Ma…marcha!
Los ojillos del aghar eran del tamaño de dos enormes huevos, y estaba pálido por el miedo; pero no se arredró.
La gran cabeza de Verden giró, indiferente, y el reptil estudió a la insignificante criatura con interés. Reorx le había dicho que un día se encontraría con un enano gully que sería un héroe, pero jamás lo había creído. La idea resultaba ridícula. Y sin embargo, ahí tenía a uno de esos seres intentando proteger a otra persona. El feo hombrecillo la amenazaba, ¡le estaba ordenando que se fuera!
Ése era el famoso héroe. El escudo que sostenía ante sí era el mismo escudo que había protegido a Verden de las llamas de Fuego Garra Candente, hacía ya mucho tiempo, en los túneles de Xak Tsaroth.
Mientras el reptil contemplaba el escudo, la insignia que éste lucía pareció cobrar vida, realinearse, adoptar nuevas formas y dibujos. Ningún aghar habría reconocido en el elaborado trazado el retrato de un rostro. Incluso los humanos podrían haberlo visto tan sólo como un complicado conjunto de contornos. Pero para los ojos del dragón, era una cara. Para Verden Brillo de Hoja, que había vivido dos veces, la decoración resultaba algo más que un simple parecido; en los dibujos del antiguo escudo Verden vio el rostro de un dios, de Reorx en persona.
Una vez más, la hembra de Dragón Verde, que en el pasado había servido a otra deidad más siniestra, se encontró en presencia de un dios. Pero Verden Brillo de Hoja ya no era exactamente verde; vivas y cálidas tonalidades teñían las verdosas escamas de su poderoso cuerpo. Y el dios que tenía delante en esos momentos no era vengativo. En el escudo Verden contempló el rostro de Reorx, el esgrimidor del martillo de los cielos, Reorx el dador de vida, el creador de equilibrios.
En la mente del dragón una voz que parecía el lejano retumbar del trueno murmuró:
Has llegado al fulcro, Verden Brillo de Hoja. En este lugar, las cuestiones deben resolverse. Poderosos y humildes acechan aquí, aguardando el equilibrio. Ésos que son menos que tú decidirán el resultado, Verden. Pero deberás ser tú quien selle la elección una vez hecha.
—¿Tendré mi venganza? —musitó el dragón.
La venganza es algo siniestro, susurró la voz, que no era una voz en realidad, sino pensamientos que llegaban espontáneamente a su cabeza, y poseían palabras propias. La venganza origina venganza pero el castigo justo puede equilibrar la balanza. Se te prometió un don, Verden Brillo de Hoja. Ese don es el que siempre fue: la libertad de elección.
—No sé qué se supone que debo hacer —dijo el reptil con voz queda.
Este conflicto está todo desordenado, murmuró la lejana voz. Se podría empezar ordenando un poco las cosas.
La voz se desvaneció. El escudo que sostenía el tembloroso enano gully volvió a ser únicamente un escudo. Detrás de él, tres humanos y casi toda un tribu aghar contemplaban, boquiabiertos, a la enorme criatura que tenían delante. Pero Verden Brillo de Hoja ya conocía cuál era su misión.
Uno de los hombres humanos —el grandullón de la espada— se iba deslizando a un lado, agazapándose para atacar. Verden lo inmovilizó con la mirada.
—Ni siquiera lo pienses —sugirió.
Pero, al tiempo que giraba la cabeza hacia él, algo centelleó en la lóbrega cueva y una fina daga golpeó contra sus escamas, a tres centímetros del tejido más blando que recubría su corazón. El arma permaneció allí unos instantes, suspendida por su afilada punta. Luego tintineó inofensivamente contra el suelo.
En ese momento, el Dragón Verde que había sido en el pasado habría iniciado una carnicería, y su primera víctima habría sido el segundo hombre humano; el más delgado, de ropas oscuras, que entonces sopesaba ya otra daga, listo para lanzarla.
Pero ella ya no era el dragón que había sido tiempo atrás; y controló la cólera que crecía en su interior.
—¡Para eso! —siseó—. ¿Qué crees que estás haciendo?
—Bueno, esto… —El hombre vaciló unos instantes—. Imagino que arrojarte cuchillos —admitió, con franqueza—. Intento matarte, ¿sabes?
—Por qué.
—¿Por qué? —Bajó el brazo que iba a lanzar el arma, perplejo—. Bien, pues porque eso es lo que hago. Quiero decir, eres el enemigo, ¿no es así? Eres un dragón.
—Y tú ¿matas dragones?
—¡Claro que lo hago!
Los ojos de Verden se entrecerraron en una expresión que ningún humano habría reconocido como de hilaridad.
—Y ¿cuántos dragones has matado hasta ahora?
—En realidad —admitió Dartimien el Gato—, eres el primer dragón con el que me he tropezado en mi vida.
—Eso resulta evidente. Todavía sigues vivo. ¿Tienes nombre?
—Dartimien —contestó él.
—Yo soy Verden Brillo de Hoja —repuso el dragón—. Y ¿tú? —Su mirada se desvió hacia el otro hombre, que todavía buscaba una oportunidad para usar su espada.
—Ah…, Ala Gris —respondió el guerrero—. Encantado de conocerte. —Los ojos recorrieron el enorme cuerpo, y se detuvieron en un resquicio entre las escamas, bajo el ala izquierda. Se agachó, levantando el arma.
—Olvídalo —advirtió el reptil—. ¿Quién es ese pequeño idiota con el gran escudo, y qué cree que está haciendo?
—Éste es Bron —dijo la muchacha humana, desde detrás del aghar—. Es un héroe.
—Vaya, vaya —murmuró Verden—. ¿Un héroe? No me digas.
Envalentonado por el comentario, Bron alzó un poco más el escudo y agitó el espadón por encima de la cabeza. Su peso estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio.
—¡Dragón marcha! —dijo—. ¡Largar!
—Hay una guerra por aquí —indicó Verden, sin prestarle atención—. ¿Está involucrado en ella alguno de vosotros?
—¿Qué guerra? —mascullaron algunos de los enanos gullys, desconcertados.
—No lo estamos a propósito —respondió Ala Gris.
—Nos limitábamos a pasar por aquí —añadió Dartimien.
—En ese caso, ¿no os importará si simplifico un poco las cosas?
—Como gustes —Ala Gris se encogió de hombros—. Pero te lo advierto, lucharemos si tú…
—Ya tendréis vuestra oportunidad —les aseguró el dragón.
—¿Qué quieres decir con eso? —Dartimien arrugó el entrecejo.
—Ya lo veréis —siseó el reptil alegremente.
Entonces, la caverna pareció iluminarse cuando un poderoso hechizo resonó en silencio hacia el exterior, para reverberar en los rincones más remotos y luego replegarse sobre su punto de origen. Durante un instante, Verden Brillo de Hoja se elevó por encima de todos, dando la impresión de ocupar por completo el abovedado sótano con su presencia. Su conjuro había sido uno sencillo, que había utilizado muchas veces. Sin embargo entonces parecía lento, como si alguien, en alguna parte, estuviera extrayendo sustancia de él. Verden se concentró. Toda ella relució, se convirtió en un contorno nebuloso en la penumbra, y se condensó en una fluctuante nube de vapor. El vapor fluyó hacia lo alto en dirección a un conducto de aire y se desvaneció a través de él.
—Odio la magia —rezongó Ala Gris, estremeciéndose.
—La magia está bien —protestó Dartimien—. Puede resultar útil a veces. Lo que odio son los dragones. —Entre los boquiabiertos enanos gullys, se alzaron voces sorprendidas.
—¿Dragón marchar?
—¿Adónde ir dragón?
—¡Salir de mi pie, torpón!
Una menuda enana gully se adelantó y contempló, orgullosa, al perplejo Bron, que había bajado el escudo y la espada y miraba a su alrededor, desconcertado.
—No ser tontería esto —aseguró Tarabilla a todos los presentes—. Bron decir a dragón que él marchar, y dragón marchar. Bron ser un héroe.
—Eso es ridículo —resopló Dartimien.
—¡No lo es! —intervino Thayla Mesinda—. Es un héroe. Ya os lo dije.