5

Destino de dragón

Recién salida del huevo y hambrienta, la hembra de dragón desgarró la carne de la salamandra, y su frenesí llenó la gran sala con los horrendos sonidos de chasquidos y lametones propios de un dragón en pleno festín.

La fría carne de la bestia de las cavernas le resultaba nauseabunda, en especial con tanta carne caliente a tan poca distancia; pero, cada vez que pensaba en recoger un puñado de enanos gullys y masticarlos igual que un humano masca castañas asadas, una prohibición en su mente le inundaba el cuerpo de contracciones de dolor. Casi le parecía oír las carcajadas de la diosa. Se obligó a no pensar en los aghars. Lo que estaba hecho estaba hecho, por el momento. Necesitaba comida, y también dormir; ya pensaría en lo que haría a continuación cuando hubiera satisfecho sus necesidades.

Se detuvo y alzó el rostro chorreante. Un sonido la había interrumpido. En algún lugar, a sus espaldas, se escuchó el ruido de metal rascando sobre metal; se giró justo a tiempo de esquivar un espetón de hierro más largo que ella, disparado merced a un muelle. La enorme lanza se hundió con un golpe sordo en el cuerpo despedazado de la salamandra, y Verden miró al otro extremo de la estancia en busca del lugar del que había salido. Allí, encaramada a la pared opuesta, una diminuta enana gully de rostro ceniciento se aferraba a las figuras talladas en la piedra situadas junto a un abierto portillo de plata deslustrada sujeto por una bisagra.

Molesta, la hembra de dragón apuntó con un dedo en forma de garra a la pequeña figura.

—¡Para eso! ¡No vuelvas a hacerlo! —siseó.

Durante un momento, reinó un total silencio estupefacto en toda la enorme sala. Luego, docenas de voces ahogadas y susurrantes empezaron a balbucear al unísono.

—¡Cosa habla!

—¿Oír eso? Cosa ordenar a Lidda estar quieta.

—¿Qué clase cosa tener ese aspecto, y hablar?

—¡Eso ser dragón, Minucia! ¡Chist!

—¿Dragón? ¿Dragón real? ¿Como dragón de Gran Bulp?

—No, ese dragón grande. Éste sólo dragón pequeño.

—¡Parece bien grande a mí!

—¿Por qué alguien no hacer marchar dragón? Esto no ser nada divertido.

Las voces resultaban irritantes para Verden Brillo de Hoja, pues sonaban como un clamor en sus oídos.

—¡Callaos todos! —exigió—. ¡Silencio!

Aprovechó la quietud resultante para devorar unos cuantos pedazos más de salamandra; luego, se enroscó junto al todavía inmóvil Fardo y se echó a dormir.

Pero, incluso dormida percibía la presencia de aquellos seres; había enanos gullys por todas partes, que se deslizaban fuera de sus escondites para arrastrarse más cerca de ella y mirarla como atontados, con expresión maravillada, murmurando y señalando, sin dejar de parlotear entre ellos. Unos cuantos, más valientes (o estúpidos) que el resto, gatearon incluso lo bastante cerca como para agarrar rápidamente al paralizado Fardo y llevárselo de allí.

—¿Dónde ir Gran Bulp? —gimoteó uno de ellos en una achacosa voz resollante que el dragón reconoció de épocas pasadas, de una vida anterior—. Ser mejor que alguien traer Gran Bulp. Él «sempre» jacta sobre «mesticar» dragón. Decid que ser hora demostrar o callar, «poque» tenemos dragón justo aquí.

Verden agitó la cola y abrió un ojo, sólo una rendija, recordando.

¡El Gran Bulp! Este Gran Bulp no podía ser el mismo odioso majadero arrogante que había sido el culpable de que se viera condenada a este triste destino… ¿O sí lo era?

Los sueños se aferraron a ella, y casi pudo escuchar la pérfida risa burlona de la vengativa diosa. Y supo, incluso dormida, que sí podía ser. El mudo gemido ultrajado que se formó en su mente fue muy parecido a la llamada resonante que se había concedido a otra Verden Brillo de Hoja, en otra vida, para poder comunicarse con ciertos agentes de la Reina de la Oscuridad.

En algún lugar más allá de Xak Tsaroth, más allá de los escarpados territorios situados frente a Nuevo Mar, más allá de las montañas situadas al sudoeste, en un lugar oscuro y silencioso, algo enorme se removió. Como sobresaltado por un sonido silencioso, Fuego Garra Candente abrió los adormilados ojos y alzó la gran testa coronada de púas. Se volvió, a un lado y a otro, buscando. «Lagartija verde —pensó—. ¿Cómo puedes estar viva? Percibí tu muerte. ¿Es posible que me equivocara? ¿Es posible que pueda aún tener el placer de matarte yo mismo?».

Tardaron un buen rato en encontrar al Gran Bulp pues, a pesar de su decidida pereza y evidente torpeza, Fallo el Supremo era capaz de moverse cuando tenía un motivo. Había recorrido casi un kilómetro de pasadizos subterráneos antes de localizar un lugar que consideró apropiado para ocultarse en el fondo de lo que en una ocasión tal vez fuera un pozo negro. Acabaron por encontrarlo, no obstante; sin embargo, hizo falta cierto tiempo para sacarlo del agujero y conseguir que tomara el mando.

Una vez que hubieron explicado al Gran Bulp que la salamandra gigante ya no era una amenaza porque su trono se la había comido, éste se hinchó de orgullo y se puso en camino para regresar a Este Sitio. Pero cuando añadieron que su trono ya no era un trono, sino que se había transformado en un Dragón Verde de casi cuatro metros de longitud, tuvieron que volver a atraparlo y repetir todo el proceso de extraerlo de un agujero.

Finalmente, no obstante, lograron llevarlo de vuelta a Este Sitio, y Gandy salió a su encuentro en la entrada.

—Tener dragón ahí —el Gran Opinante señaló al otro lado de la sala, donde el reptil seguía durmiendo—. ¿Qué pensar Gran Bulp que nosotros tener que hacer?

Fallo contempló despavorido la figura color esmeralda tumbada en el suelo, listo para dar media vuelta y echar a correr de nuevo; pero el dragón no parecía un peligro inmediato, así que el enano paseó la mirada por la zona. Había gullys reunidos aquí y allá, apelotonados en grupitos a respetuosa distancia de la criatura, y la mayoría contemplaba a su jefe a la espera de instrucciones.

Con todo, unos cuantos deambulaban por la estancia realizando diversas tareas, y un grupo cercano se encontraba ocupado doblando y desdoblando a Fardo. Se dedicaban a flexionar sus brazos y piernas, lo doblaban por la cintura, giraban su cabeza a un lado y a otro, y le hundían los dedos en los ojos para obligarlo a parpadear.

—¿Qué pasar con Fardo? —Fallo ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.

—¿Él? —inquirió Gandy—. Tener calambre. En todo cuerpo. De cabeza a pie. Vaya calambre, ¿eh?

El Gran Bulp se acercó para observar más de cerca lo que hacían con el rechoncho enano, y Gandy fue tras él con pasos quedos, seguido por otros enanos.

—Así que, ¿qué hacer ahora, Gran Bulp? —volvió a preguntar el Gran Opinante.

—¿Hacer? ¿Sobre qué?

—¡Sobre dragón! ¿Qué otra cosa?

El aludido giró y volvió a mirar, desvaneciéndose casi de pánico. Por un momento había olvidado al reptil.

—¡Dragón! —exclamó, tragando saliva—. ¡Correr como locos! —Pero cuando se volvió para huir, se encontró con docenas de sus súbditos detrás de él y, en su precipitación, los derribó a todos, cayendo también con ellos.

Lidda, que había descendido de la pared, y se encontraba a poca distancia, sacudió la cabeza.

—Gran Bulp no ser bueno para gran cosa —rezongó, abriéndose paso por entre el revoltijo de enanos gullys para ayudar a su jefe a levantarse. Cuando éste estuvo en pie, la enana lo miró de frente y le golpeó el pecho con un dedo muy tieso.

—Tener problema aquí, Gran Bulp —explicó—. ¿Qué hacer tú al «respeto».

Veinte metros más allá, el Dragón Verde alzó la cabeza y miró en derredor, siseando irritado:

—¿Queréis dejar de hacer tanto ruido, pequeños imbéciles? ¡Acabo de salir del cascarón, como ya sabéis! ¡Necesito dormir un poco!

Fallo habría salido huyendo otra vez, pero Lidda lo sujetaba con firmeza de una oreja, tirando de él hacia el frente.

—Dragón despierto —indicó la enana, apremiante—. Gran Bulp hablar con dragón. ¡Hacer que dragón marchar!

—¡Lidda soltar! —gimoteó Fallo—. ¿Cómo ser que tú mangonear Gran Bulp?

—Ser hora que alguien hacer —replicó ella—. ¡Tal vez conseguir que tú valer algo!

Con Lidda llevándolo de la oreja, Gandy empujándolo con su mango de escoba y docenas de sus súbditos apelotonándose detrás, Fallo el Supremo, Gran Bulp de Este Sitio y Responsable de las Negociaciones con los Dragones, se aproximó de mala gana a la iracunda criatura. No era tan grande como el dragón con el que se había encontrado tiempo atrás, sólo tenía un tercio de su tamaño, pero era del mismo color. De todos modos, seguía siendo muchísimo más grande que él y no parecía nada amistoso.

A seis metros de la criatura, el grupo se detuvo porque Fallo se había plantado y no estaba dispuesto a seguir adelante. El dragón seguía contemplándolo con desdén.

—Haz que dragón marchar —instó Gandy.

—¡Fuera! —dijo Fallo en voz baja, agitando una mano, vacilante.

—¿Qué? —El dragón enarcó una ceja recubierta de escamas.

—¡Dragón fuera! —chilló Fallo, intentándolo de nuevo mientras las rodillas amenazaban con doblársele—. ¡Marchar!

—No —respondió el reptil, bostezando.

El Gran Bulp tragó saliva. Luego, volvió a intentarlo otra vez, con un poco más de energía.

—¡Fuera, dragón! ¡Largar! Marchar, ¿vale?

—No —repitió el reptil.

—Oh, vale. —Fallo meditó unos instantes—. Pero ¿por qué no largar?

—Porque yo pertenezco a este lugar —respondió Verden Brillo de Hoja en tono resignado.

—Estupendo —le aseguró el enano—. Entonces nosotros largar. —Se volvió hacia sus súbditos—. ¡Todo mundo liar petate! ¡Hora ir a otro sitio!

—No seas tan zoquete —siseó la hembra de dragón—. Soy… —Era algo difícil de decir, pero no tenía elección—. Soy vuestra. Os pertenezco. ¿No lo comprendes?

—No —admitió Fallo.

Verden sacudió la cabeza contrariada. No sólo había sido entregada a esas criaturas odiosas, sino que además era ella quien tenía que explicárselo. Y no podía hacer nada al respecto. En su mente, una fuerza mayor que cualquier otro poder lo exigía.

—He sido repudiada —manifestó, siseando las palabras—. He sido entregada a vosotros, para serviros en… en lo que queráis. —Los ojos se le cerraron, la testa giró hacia lo alto y gimió—: ¡Diosa, liberadme! ¡No puedo soportar esto!

Pero no obtuvo respuesta; la maldición que había caído sobre ella se mantuvo tal como estaba, y la criatura bajó la cabeza, desviando la mirada.

—Soy tan incapaz de haceros daño, seres despreciables, como vosotros de hacérmelo a mí. Pertenezco… ¡oh, dioses! ¡Cualquier, dios! ¡Ayudadme! —La única respuesta fue el doloroso pinchazo de la maldición que la oscura diosa había hecho caer sobre ella.

—¡Os pertenezco, pequeños majaderos! —Durante un buen rato les dio la espalda llena de repugnancia, luego su cabeza de dragón se volvió de nuevo hacia ellos, con los enormes ojos rasgados llameando enfurecidos—. ¡Ya está! ¡Lo he dicho! ¡Ahora dejadme en paz! ¡Tengo que dormir y crecer!

Detrás de ella, en el gran túnel, otro enano gully había hecho su aparición. Destello acababa de llegar a la escena. Tenía las dos manos llenas de ratas abatidas a golpes y las sujetaba por las colas; se abrió paso junto a los restos mutilados de la salamandra, con los ojos desorbitados por el asombro.

—¡Cáspita! —exclamó, contemplando boquiabierto el cadáver—. Estar bien zurrada.

Siguió adelante, se dio la vuelta y fue a dar de bruces con el hocico del Dragón Verde que empezaba a bajar la testa para echarse a dormir. El aghar se quedó paralizado durante unos segundos, abriendo los ojos de par en par, pero enseguida empezó a chillar a voz en grito, giró en redondo y salió huyendo, arrojando ratas muertas por todas partes.

—¡Dioses! —Verden Brillo de Hoja chasqueó la cola con repugnancia y volvió a echarse a dormir.