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El Gran Cuenco de Estofado

Verden sabía que su rápido crecimiento formaba parte del castigo de la diosa. Parecía como si, de día en día, casi de hora en hora, aumentara su tamaño y fuerza. Al cabo de pocas semanas había triplicado ya poco más o menos su longitud. Su masa y fuerza física se multiplicaron por cien, y percibió en su interior la habilidad para expulsar nubes de cloro, aunque era incapaz de hacerlo dentro de los confines del reino de los enanos gullys.

De las rudimentarias protuberancias de su lomo, surgieron alas enormes; alas que se extendían casi de una pared a otra de la inmensa sala subterránea cuando las desplegaba y flexionaba. Había intentado ejercitarlas adecuadamente, pero los resultados habían sido desastrosos. Al primer aleteo, la fuerza del aire envió a todos los enanos gullys de Este Sitio rodando y dando tumbos, y la prohibición se había manifestado para castigarla, para recordarle de un modo muy doloroso: ¡No les hagas daño!

Todo formaba parte del castigo. Hasta que alcanzara todo su tamaño y poder, no apreciaría por completo la exquisita humillación de verse impotente ante los «más insignificantes entre los seres insignificantes», los aghars. La diosa no le había concedido siquiera el leve consuelo de un desarrollo prolongado ni se había arriesgado a permitir el paso de un tiempo durante el cual las efímeras criaturas podrían haber desaparecido por completo.

Aparentemente, en un abrir y cerrar de ojos, Verden Brillo de Hoja se convirtió en un Dragón Verde totalmente maduro y con todas sus facultades desarrolladas. Poderes enormes descansaban en su interior y se pudrían, allí, en el constante tormento de la impotencia.

Había muerto en una ocasión, antes de su renacimiento. Pero, en esos momentos, sometida a la servidumbre de la más despreciable de las razas, habría muerto otra vez de buena gana para poder huir de aquella terrible humillación. Apenas habían transcurrido unas semanas, y ya había deseado mil veces la muerte; pero la muerte, como la libertad, le fue negada.

Durante toda su etapa de crecimiento estuvo hambrienta. Las provisiones de alimentos gullys para toda la tribu no llegaban ni a una sola comida para ella, y se vio obligada a cazar por su cuenta, dentro de los confines de Xak Tsaroth. Cuando por fin su crecimiento empezó a detenerse, ya no quedaba ni una salamandra gigante en la antigua ciudad, ni tampoco un pez, calamar o anguila gigante en sus niveles sumergidos. Incluso los topos ciegos y sin pelo de las regiones exteriores —criaturas feas del tamaño de ganado— vieron reducido su número.

Por fin, la constante y torturadora sensación de hambre se apaciguó un poco, y su existencia se asentó en una monotonía de sufrimiento mientras los torpes aghars —acostumbrados ya a su presencia— iban y venían a su alrededor, y sus hijos jugaban a deslizarse y daban volteretas por las escamosas laderas de sus flancos.

¡Impotente! La realidad de todo ello era una agonía interminable. Se le ordenaba servirlos; pero, por mucho que lo habían intentado, ni una sola de las criaturas había sido capaz de pensar en nada que quisieran que hiciera por ellos. Era como si hubiera pasado a formar parte de las piedras, cascotes y porquería de Este Sitio, con la excepción de que no había forma de que la dejaran en paz.

El Gran Bulp, convencido por fin de que el dragón no significaba ninguna amenaza, había decidido que era él el responsable de la impotencia que mostraba el animal y, exceptuando los momentos que dedicaba a dormir o a comer, se pasaba casi todo el tiempo amargándole la vida al reptil. Paseaba continuamente a su alrededor, pavoneándose y dándose importancia, jactándose ante cualquiera que quisiera escucharle del glorioso Gran Bulp que era él al tener otra vez su propio dragón personal. Y lo que era peor, puesto que carecía de trono, había tomado por costumbre sentarse, de vez en cuando, sobre el hocico del animal.

A Verden le habría encantado convertir al diminuto majadero en miles de ensangrentados jirones y cubrir con ellos las paredes de Este Sitio… de haber podido hacerlo.

Pero la maldición de la Reina de la Oscuridad era total. La hembra de dragón no tenía otra elección que soportar los ultrajes, y abandonar toda esperanza de volver a ser libre algún día. A menos que…

Un recuerdo de aquella otra vida se abrió paso en su mente. Un recuerdo de la voz de la diosa diciendo: ¿Buscas misericordia? Búscala en ellos.

Pero ¿qué aghar poseería misericordia en el corazón? Parecía algo imposible.

Permaneció, durante días enteros, tumbada e inerte, sin mover un músculo, sufriendo en silencio, y muchos de los enanos gullys sencillamente olvidaron que se encontraba allí. Aunque no todos ellos. Fallo el Supremo era una molestia constante para ella; el viejo Gandy no dejaba de dar vueltas por allí, mostrando curiosidad, y una hembra llamada dama Fisga aparecía de vez en cuando para insistir con arrogancia en que el dragón hiciera venir a unas cuantas ratas para las marmitas de estofado.

Verden observó que existía auténtica fricción entre la llamada dama Fisga y una hembra más joven de nombre Lidda. En esta última reconoció a la que le había arrojado el espetón.

Puesto que no tenía gran cosa que hacer, el dragón se dedicó a observar a los enanos gullys.

Eran tan obtusos como siempre había pensado; aunque no eran exactamente estúpidos. Parecía, más bien, que eran increíblemente simples. Y, de este modo, empezó a detectar diferencias características entre ellos. Algunos, como Lidda y el viejo Gandy, mostraban esporádicas señales de auténtica inteligencia; no siempre, pero de vez en cuando, como si sus mentes guardaran reservas que en ocasiones se manifestaban sin un motivo aparente.

Apenas unos pocos días antes, Verden había visto a Lidda arrastrando un enorme cuenco, llano y de pesado hierro, por el suelo de piedra en dirección a ella. Había significado una tarea ingente, pero la enana había conseguido finalmente colocar el objeto cerca del dragón. Tumbado boca abajo, aquello tenía la forma de un enorme cuenco poco profundo.

—Tomar, dragón —dijo Lidda, jadeante—. Esto para ti.

—¿Para mí? —el reptil la miró con un parpadeo—. ¿Para qué es esa cosa?

—Por si dragón quiere un poco de estofado —explicó ella—. Esta gran cosa bonita ser cuenco estofado.

Era ridículo, desde luego, pero mostraba una especie de inteligencia incipiente.

También apreció las distintas personalidades. La dama Fisga, por ejemplo, parecía disfrutar dando órdenes a los demás y creando problemas a quienes no la obedecían. El Gran Bulp, por otra parte, si bien no parecía sentir un deseo especial de ejercer el poder sobre los otros, sí que disfrutaba siendo el centro de atención; pero, aparte de eso, no daba muestras de que le importara demasiado si las órdenes que daba se cumplían.

El Gran Opinante era el que más se aproximaba a alguien preocupado por toda la tribu, aunque sus inquietudes por lo general se manifestaban en forma de sutiles (desde el punto de vista de un enano gully) manipulaciones que creaban problemas casi con la misma frecuencia con que hacían el bien.

Pronto aprendió a distinguir las pautas de conducta. Incluso entre esos seres, que eran lo peor que había, existían cosas buenas y también una especie de maldad. Teniendo en cuenta sus limitaciones, lo bueno raras veces era muy bueno, y lo malo no era más que un ocasional arrebato de crueldad o una afición por los pequeños embrollos con los que uno u otro podía obtener alguna ganancia. Pero existía tanto el Bien como el Mal, aunque la mayor parte de los enanos poseía muy poco de cualquiera de los dos, y aún menos interés en la diferencia.

En general, cada individuo parecía ser exactamente eso: un ser individual.

Puesto que no tenía otra cosa que hacer, ni esperanza de poder establecer ningún contacto con seres más inteligentes, Verden esperó su oportunidad, y se dedicó a estudiar a los gullys. Y aunque ella —un dragón poderoso, la raza que ocupaba el primer puesto en el escalafón de los seres vivos de este mundo— jamás lo habría admitido, se encontró dando a sus pensamientos derroteros que jamás había imaginado.

Aunque no podía deshacerse de los enanos, no le costaría demasiado gobernarlos, si bien la maldición de la diosa le producía un agudo dolor nada más pensarlo. Por otra parte, también podía dirigir sus vidas con facilidad hacia un mejor estilo de vida que, a la vez, la beneficiase a ella.

De todos modos, lo que más deseaba era sencillamente verse libre de ellos.

El Gran Bulp empezaba a convertirse otra vez en una condenada molestia. Durante un tiempo, el aghar había sido el centro de atención, y había disfrutado intensamente con ello; pero llegó un momento en que incluso el espectáculo del Señor Protector sentado en el hocico de un enorme Dragón Verde y pavoneándose se convirtió en algo corriente para el conjunto de los clanes, y la atención de éstos se desvió hacia otras cosas.

Cuando comprendió que la novedad se había disipado, Fallo el Supremo puso mala cara durante un tiempo y, luego, sopesó la situación. Como acostumbraba a suceder cuando meditaba, se quedó dormido.

Llevaba bastante tiempo allí, roncando con fuerza entre los ojos y ollares de Verden Brillo de Hoja, cuando Gandy apareció por allí, apoyado en su mango de escoba. El Gran Opinante echó una ojeada al Gran Bulp y al dragón; luego volvió a mirarlos. Fallo parecía el de siempre, enroscado como una criatura gordinflona mientras unos potentes ronquidos tronaban por la abierta boca; pero había algo raro en el dragón… Gandy se acercó más, y miró con atención uno de los enormes y fieros ojos, frunciendo el entrecejo con expresión preocupada, como si viera lágrimas allí.

—¿Dragón tener problema? —inquirió, curioso.

—Podrías decirlo así —admitió Verden Brillo de Hoja. Mientras hablaba, el Gran Bulp, instalado en su morro, zangoloteó alegremente en sueños.

—¿Qué clase problema?

—¡Esta clase! —Entrecerró los ojos para indicar a Fallo—. Este mastuerzo me está volviendo loca.

—Ya —repuso Gandy y asintió comprensivo—. Gran Bulp ser muy capaz de eso. ¿Cómo es que dragón soporta a él?

—No puedo hacer otra cosa. Recuerda que ya te lo dije: pesa una maldición sobre mí.

—Oh, sí —recordó el enano—. Eso cierto. Dragón miedoso.

—¡No soy miedosa! —suspiró—. Me han impuesto una orden.

—Sí, tener Gran Bulp encima ti justo ahora —observó Gandy—. «Sendo» molestia, como siempre. Yo idea para arreglar eso.

—¿Oh? —El párpado más cercano de Verden se elevó ligeramente.

—Seguro —asintió el otro, y subió al borde del cuenco de hierro para estofado para poder contemplar mejor a Fallo—. Gran Bulp tener mucho demasiado tiempo para hacer tonto por ahí. Necesitar esposa, ella mantener a raya.

—¡Oh! —Suspiró la hembra de dragón, decepcionada. Había esperado que el viejo enano gully pudiera tener una idea, por improbable que eso fuera, que la beneficiara.

De repente, no obstante, el Gran Opinante se irguió y pareció quedar paralizado donde estaba. Del cuenco sobre el que se encontraba, pareció elevarse un fulgor rosado, que lo envolvió con un extraño resplandor rojizo. El enano brillaba, como si una lámpara ardiera en su interior, y su postura, su comportamiento, todo su ser parecía haber cambiado sutilmente.

Bañado por la suave luminosidad roja, parecía irradiar un poder que ningún enano gully había poseído ni imaginado jamás. Cambió de posición y alzó los ojos hacia ella con una expresión que el dragón no había visto nunca en un rostro aghar: una expresión despierta, astuta, casi compasiva tras la que se ocultaba auténtica inteligencia. Luego, de repente, los ojos se cerraron como si durmiera y el extraño resplandor rojizo palpitó y danzó a su alrededor.

Los ojos permanecieron cerrados, y la voz que surgió de él no se parecía a la voz de ningún enano gully.

—Harías bien en meditar sobre esa idea, Verden Brillo de Hoja —le dijo.

—¿Qué has dicho? —la hembra de dragón contempló fijamente a la diminuta criatura, sobresaltada.

—Me has oído perfectamente —respondió él o algo que había en su interior—. Quieres escapar de tu destino, ¿no es así?

—Claro que quiero. Pero ¿cómo?

—Nada es imposible, Verden Brillo de Hoja, mientras uno siga vivo, incluso cuando es alguien que vive por segunda vez. La maldición de un dios es irrevocable, pero incluso un mandato podría ser… modificado.