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El héroe designado

Casi desde el día en que los traficantes de esclavos tarmitianos la habían capturado, siete años antes, Thayla Mesinda había llevado una vida aislada. Sin ser otra cosa que una criatura flacucha y traviesa por aquel entonces, se salvó, no obstante, de los sórdidos destinos que aguardaban a la mayoría de mujeres gelnianas hechas prisioneras por los salteadores. Tal vez se debió a la inocencia de sus atemorizados ojos azules, o a los atisbos de color rubio en sus cabellos mugrientos, o también pudo ser pura suerte lo que la hizo destacar; pero lo cierto es que a los pocos minutos de su llegada a Tarmish, unos célibes vestidos con túnicas la apartaron rápidamente del resto y la instalaron en una zona privada, destinada sólo para ella, en la torre del homenaje.

Lord Vulpin la había elegido, le explicaron, y se negaron a decir nada más. Con el paso del tiempo y una alimentación apropiada, la niña se convirtió en una jovencita encantadora. Se le había proporcionado comida y educación, se la había protegido y consentido; pero la muchacha seguía sin tener ni idea de para qué la había seleccionado.

Su mundo era una cómoda habitación en el voladizo quinto nivel de la torre, donde amplias murallas rodeaban la aguja superior que se alzaba hacia la guarida de lord Vulpin. Los enormes paramentos proporcionaban un amplio balcón fortificado a la estancia de Thayla, y ésta se pasaba el día allí cuando hacía buen tiempo. Sus compañeros eran las flores que cultivaba; las aves cantoras que se acercaban con sus trinos y gorjeos y que en ocasiones hasta se posaban en su dedo extendido; y los callados y enlutados célibes que desatrancaban su puerta todos los días para llevarle las comidas y ropa limpia. Eran siempre tres, todos muy ancianos, y ella tenía la sensación de que cada uno estaba allí para vigilar a los otros dos.

Más allá de la terraza se encontraba el resto del mundo, vasto y fascinante; tan cercano que casi podía alargar el brazo y tocarlo; y sin embargo tan remoto, más allá de la pared vertical situada bajo su balcón, más allá de la puerta cerrada y atrancada de su solitaria residencia.

A menudo, ansiaba poder relacionarse con los habitantes de la fortaleza y de los campos y colinas del exterior; anhelaba una oportunidad de bajar y mezclarse con ellos en los patios y en las murallas, oír sus voces a su alrededor, percibir el calor de sus hogueras. Deseaba poder saber los nombres de los hombres sudorosos que se afanaban en los establos y paseaban arriba y abajo por las almenas, y de las mujeres que se movían entre ellos.

En ocasiones le dolía, literalmente, la falta de compañía; el contacto con personas que no fueran los arrugados seres con túnica, o las lacónicas arpías que le enseñaban un somero conocimiento de las artes, o aquella presencia inquietante y aterradora de lo alto de la torre.

Frecuentemente, soñaba con un héroe que vendría a sacarla de todo aquello, aunque no tenía una idea nada clara de quién o qué podría ser un héroe. Era una palabra vaga, que aparecía en ocasiones en los relatos de las viejas que la instruían: «héroe».

Héroes, dedujo, eran aquéllos que rescataban a jóvenes doncellas del cautiverio. Héroes eran los que combatían contra el Mal. Cuánto más soñaba, más se convencía de que también existiría un héroe para ella. Era necesario que existiera.

Sin embargo, cada día era igual que los anteriores: poblado únicamente por los enlutados y viejos célibes, con sus silenciosas y torvas miradas, sus cestos y fardos; las ocasionales «profesoras» y de vez en cuando una visión momentánea de aquella figura oscura e impresionante de lo alto de la torre: el regente lord Vulpin. El hombre le había hablado unas cuantas veces, a través del enrejado de su puerta, pero cada vez se trataba de una breve promesa: «Haz por mí lo que te ordene cuando llegue el momento, y serás recompensada».

La presencia de aquel hombre era como un viento helado en un día tranquilo, y cada vez que ella lo vislumbraba o escuchaba su voz, volvía a soñar con un héroe desconocido.

En ocasiones, parecía que las únicas cosas reales en su mundo eran los sueños, las flores que bordeaban su balcón y los pájaros que venían de visita. Aparte de ésos, no tenía otros compañeros que la soledad y el aburrimiento; aunque llegaría un día en que la monotonía de los días se vería alterada, ya que su héroe vendría a buscarla.

Por eso fue que observó, con una excitación creciente y una sensación de fatalidad, cómo los extraños ejércitos se apoderaban del terreno situado en el exterior de la fortaleza. Había miles de hombres armados, algunos a pie y otros montados sobre grandes bestias encabritadas, que avanzaban para rodear las murallas mientras las trompas resonaban y los tambores retumbaban en la distancia.

Algo completamente nuevo sucedía, algo imprevisto, y Thayla Mesinda lo contempló con ansiedad. Tal vez, en alguna parte en medio de esas huestes amenazadoras, se hallara el héroe de sus sueños. La joven estaba de pie junto al pretil de piedra, contemplando el exterior, cuando unos pies se arrastraron por el pavimento a sus espaldas. Giró en redondo, y lanzó una exclamación ahogada.

Donde no había habido nadie momentos antes, se encontraban entonces al menos una veintena de seres pequeños: eran criaturas menudas, casi humanas, que apenas le llegaban a la cintura, apelotonadas en una masa variopinta sobre su terraza, y que miraban sorprendidas y boquiabiertas a su alrededor.

Cuando la joven se volvió, uno de ellos —un hombrecillo de barbas rizadas ligeramente más alto que el resto, con unos hombros fornidos y anchos y un bastón de marfil, cubierto de adornos, en la mano mugrienta— la contempló boquiabierto.

—¡Uf! ¡Todos correr como locos!

Con un furibundo arrastrar de diminutos pies, las criaturas abandonaron precipitadamente el grupo. Algunas salieron disparadas a buscar refugio tras jarrones de flores y bancos, otras se acurrucaron en rincones oscuros, y las más chocaron entre sí, rodando y cayendo unas sobre otras, aquí y allá. Al menos dos chillaron, aterrorizadas, saltaron por encima del borde del balcón y quedaron suspendidas encima del patio hasta que compañeras suyas las izaron.

En unos segundos, no quedó uno solo de los seres a la vista, aunque la joven sabía que todo posible escondrijo a su alrededor estaba atestado de aquellos pequeños personajes.

Llena de curiosidad, Thayla Mesinda se aproximó a una maceta en la que había plantado un arbusto y separó el follaje.

—Hola —dijo al rostro gordinflón y asombrado que la contempló desde la abertura—. ¿Eres un héroe?

Tunk casi se desmayó de miedo cuando la muchacha Alta se dirigió a él. Tragó saliva, palideció y empezó a temblar con tal violencia que el castañeteo de sus dientes estuvo a punto de ahogar el frenético y amortiguado murmullo que surgió de debajo.

—¡Tunk! ¡Saca pie de mi boca!

—¿Lo eres? —repitió Thayla—. ¿Eres un héroe?

—No, no creer —consiguió responder el enano, y con una sonrisa aplacadora indicó un rosal—. Tal vez mejor ver Bron sobre eso. Bron poder ser uno.

La joven se acercó a la planta y rodeó una parte, mirando con atención. Justo al otro lado, unos suaves pasos apresurados le indicaron que alguien se movía para intentar mantenerse oculto. Se detuvo, y a continuación giró a toda prisa y dio la vuelta por el otro lado. El hombrecillo del bastón de marfil se encontraba allí, contemplándola boquiabierto, la nariz a la altura del guardapelo de la joven.

—¿Eres Bron? —preguntó ella.

—Sí, eso creer —respondió él con voz trémula—. Perdón, nosotros sólo pasar por aquí.

—Tú eres el héroe, entonces —decidió la muchacha. En cierto modo había esperado que los héroes fueran de mayor tamaño, e incluso que vistieran algo mejor. Y jamás se le había ocurrido que pudieran ser otra cosa aparte de humanos. De todos modos, no estaba en situación de mostrarse quisquillosa respecto a los detalles—. ¿Cómo llegasteis aquí?

—No idea —admitió él—. Sólo dedicar a nuestras cosas mirando Altos. Entonces…

—¿A qué?

—Altos —repitió—. Como tú.

—Oh —respondió ella, sin comprender nada. Una sospecha se abrió paso en su mente—. ¿Os envió lord Vulpin?

—El Gran Bulp enviar nosotros —explicó Bron—. Gran Bulp dice: «Bron, ve mirar Altos. Ver si Altos tramar algo». Así que aquí estar nosotros. ¿Vosotros tramar algo?

—No lo creo —repuso ella, sacudiendo la cabeza—. Ah, ¿dijiste que el… ah, el Gran Bulp os envió?

—Eso. Fallo el Supremo. El Gran Bulp. Alguien realmente famoso. Todo mundo conocer. —Sonaba lo bastante estrafalario para ser verdad. Nadie había mencionado jamás de dónde salían los héroes, pero debían de salir de algún sitio. Sin duda alguien los enviaba.

—Entonces, ¿habéis venido para llevarme lejos?

—No saber —admitió el otro—. Gran Bulp no decir.

—Probablemente es así —decidió Thayla—. Eres mi héroe que ha venido aquí a rescatarme de mi cautiverio.

—Oh —exclamó el enano gully—. Vale, si tú decir eso.

—No será fácil —razonó ella—. ¿Cuántos te acompañan?

Bron paseó la mirada por la profusamente abarrotada terraza, en la que cada escondrijo imaginable estaba ocupado por enanos gullys. No tenía ni idea de cuántos había, pero le dio su cálculo más aproximado.

—Dos —declaró.

Desde sus acuartelamientos en las colinas, las fuerzas de Chatara Kral descendieron al valle para reunirse en zonas de acampada al norte y al oeste del castillo de Tarmish. La mayoría de los comandantes y aproximadamente un tercio de los guerreros concentrados allí eran gelnianos; el resto eran hombres de distintos territorios, desarraigados por la gran confusión de los últimos años.

Habían llegado a docenas y a cientos, atraídos por la promesa de dinero y el señuelo del botín. Compañías de jinetes bárbaros, escuadrones de infantería diversa y varias brigadas armadas completas de lo que en el pasado habían sido tropas imperiales respondieron a la llamada, al igual que distintos pelotones de caballería pesada solámnica e incontables guerreros solitarios de diferentes raleas.

Con el fin de cada nueva guerra, durante la década de la oscuridad, muchos habían regresado a sus casas y retomado arados y martillos. Pero eran muchos más los que no lo habían hecho. Mercenarios de todas clases vagaban por el mundo en esos tiempos, en busca de empleo o botín, lo que fuera que hallaran primero.

Un solitario jinete con armadura y su escudero se detuvieron en el linde del bosque que daba a los terrenos de Tarmish y estudiaron el panorama que tenían delante. Por su coraza, armas, y el magnífico caballo negro de batalla sobre el que cabalgaba, por la naturalidad con que ocupaba la silla, aquel guerrero plateado podría haber sido en el pasado un caballero de una de las grandes órdenes, o, más probablemente, un candidato independiente al título de caballero que había preferido elegir una senda solitaria. Ningún estandarte ondeaba sobre la sujeta lanza, y ningún lema heráldico adornaba sus atavíos. Pero todo aquello no le impedía seguir siendo una figura formidable.

Su escudero, a pie, era un petimetre ágil y embozado, con una afilada y bien recortada barba y cabellos oscuros que se arrollaban en diminutos rizos sobre los ojos. Sus modales, mientras se ocupaba de las riendas de su señor, eran bruscos y secos, y estaban notablemente faltos de servilismo. Dartimien el Gato había representado muchos papeles en su vida, pero ésta era su primera experiencia como criado de un caballero.

—Pasaron por aquí —anunció, tras arrodillarse en el linde del bosque para estudiar el terreno—. Parece como si hubieran ido directamente a ese campamento. ¿Harían eso los enanos gullys?

A horcajadas sobre el enorme caballo, Ala Gris alzó el visor de su yelmo, prestado, y escudriñó el ejército que acampaba más allá.

—No si pudieran evitarlo —manifestó—. Pero a lo mejor ellos estuvieron aquí primero. Esto es un campamento nuevo.

—Pues, si lo hicieron —Dartimien se puso en pie, sacudiéndose las hojas de la rodilla de sus inmaculadas calzas oscuras—, ahora están hasta el cuello de humanos. Debe de haber dos legiones ahí.

—Entonces supongo que es ahí adonde debemos ir nosotros, también —suspiró el jinete—. No me gusta nada, si te he de ser sincero. ¿Qué opinas?

—Tú decides —respondió Dartimien, con aspereza—. Eres tú quien tiene el caballo.

—Y más de cien kilos de irritante armadura —espetó Ala Gris—. Recuerda que tuviste tu oportunidad de ser caballero. Te lo ofrecí.

—¡Vaya oferta! —repuso el otro, despectivo—. Sabes que no soporto a los caballos.

En algún punto a sus espaldas, en las laderas superiores, un aturdido mercenario solámnico, desnudo a excepción de sus manchadas prendas interiores de hilo y sin nada aparte de un recibo cuidadosamente redactado sobre un pedazo de ante curtido, se acariciaba un chichón de la cabeza e intentaba encontrar la forma de salir de una profunda grieta en las rocas. Lo último que recordaba antes de despertar en aquella difícil situación era que se había detenido para hacer sus necesidades en un bosquecillo de laureles. El recibo detallaba todas sus pertenencias y prometía su devolución en algún momento no especificado.

Ni Ala Gris ni Dartimien profesaban al voluntarioso caballero errante el menor rencor, pero habían decidido que realmente necesitaban su caballo, armadura, armas y atavíos mucho más que él en aquel momento. Un caballero con el rostro cubierto por un yelmo y su escudero atraerían menos atención en este valle de guerreros que dos individuos mal emparejados y carentes de credenciales.

—Hay un pequeño desfiladero que atraviesa el campamento —indicó Ala Gris—. Apenas es otra cosa que una zanja, pero los enanos gullys se podrían ocultar ahí.

El Gato entrecerró los ojos y atisbó a lo lejos. Podía descifrar el rastro de un escarabajo o seguir el vuelo de una abeja, pero había aprendido que la capacidad visual del cobar era muy superior cuando se trataba de distancias. Él veía con nitidez lo que estaba cerca, y su visión nocturna era excelente. Pero Ala Gris, el hombre de las planicies, poseía ojos de halcón, y lo que a Dartimien le parecía demasiado lejano para verlo, su compañero lo distinguía con claridad.

—Aceptaré tu palabra —concedió—. ¿Cuál es el mejor camino para llegar allí?

—Atravesando el campamento, me temo —respondió el otro—. Aunque existe un problema peor. La hondonada pasa justo por detrás de esa enorme tienda de campaña coronada de estandartes. Ahí, ¿la ves? Donde se alza el solitario roble. Probablemente sea la tienda de alguien importante.

—Ya puedes decirlo —suspiró Dartimien—. Ése es el cuartel general de Chatara Kral.

La hondonada era en realidad un abanico de pequeños desfiladeros, la mayoría de apenas unos pocos metros de profundidad. Erosionados por años de lluvias estacionales, transportaban los arroyos que desaguaban en todo este cuadrante del valle, llevándose las aguas a un pequeño riachuelo que zigzagueaba por la llanura como una cinta serpenteante por entre los campos cultivados.

Maleza y bosquecillos de matorrales ocultaban la hondonada, con árboles de mayor tamaño alzándose aquí y allá a lo largo de sus desniveles. Bajo algunos de éstos, décadas de aflujo de agua procedentes de los campos habían desgastado la tierra, dejando cuevas ocultas entre las raíces. Las excavaciones de animales a lo largo de los años habían ampliado algunas de éstas hasta convertirlas en agujeros de gran tamaño, y fue en una abertura tal donde la errante tribu de Bulp se había detenido a descansar.

En esos momentos, Garabato y el Gran Opinante, Gandy, atisbaban por entre la protección de la maleza mientras hordas de Altos de aspecto siniestro pululaban por la zona hasta donde les alcanzaba la vista. Los hombres se ocupaban de los animales, clavaban estacas, arrastraban leña y se reunían alrededor de innumerables hogueras en las que se preparaba el desayuno. Equipos de guardabosques y conductores de bueyes iban de aquí para allá desde los árboles cercanos, trayendo leños con los que dar forma a arietes y construir máquinas de asedio.

—¿De dónde salir todos? —inquirió Gandy con voz temblorosa, aferrándose a su mango de escoba—. No estar aquí anoche.

—No saber —Garabato meneó la cabeza; luego suspiró mientras intentaba estirar la entumecida espalda. Intentar ver todo lo que sucedía al otro lado de los matorrales empezaba a resultar una lata. Desde su refugio distinguía a una docena de otros enanos gullys (o partes de ellos) a través de los enmarañados arbustos. La mitad de la tribu, por lo menos, parecía estar despierta ya, y salía al exterior para contemplar, boquiabierta, el alterado paisaje.

Pero no todo el mundo estaba despierto. A pesar del ruido procedente del campamento humano que rodeaba por completo su escondite, podían escuchar con toda claridad los amortiguados ronquidos de Fallo resonando en la madriguera situada debajo de ellos.

—Ser mejor que alguien meter trapo en boca Gran Bulp —masculló Gandy—. Ese majadero ser muy capaz de despertar chillando.

La orden fue transmitida a la retaguardia, pasando de un enano gully a otro, y de improviso los ronquidos de abajo callaron. Los sonidos de refriega que siguieron resultaron menos molestos que lo que habían sido los ronquidos del Gran Bulp.

La dama Lidda se deslizó entre Gandy y Garabato, seguida por una más joven, la llamada Tarabilla. Ambas contemplaron con desaliento a los incontables Altos que se veían al otro lado y, por un momento, se sintieron tan estupefactas como lo habían estado todos, como lo estaría cualquiera, si despertase en un mundo que de improviso estaba invadido de humanos. Pero, enseguida, los detalles de la escena empezaron a fascinarlas. ¡Tantos Altos, con tantas armaduras y tantas armas de aspecto inquietante!

Como todas las enanas gullys, al instante empezaron a ver la situación desde el punto de vista del posible pillaje.

En algún lugar sonó una trompa, y los hombres situados cerca del lugar de donde había surgido se colocaron en filas e hileras, con largas lanzas centelleando bajo el sol de la mañana. No muy lejos del borde de la maleza se alzaba una enorme estructura de tejidos de brillantes colores cosidos entre sí, sostenida en alto mediante cuerdas y postes, y circundada por guardas que empuñaban lanzas y picas. Justo frente a ella, hombres vestidos con libreas de colores hacían desfilar caballos en el interior de un recinto acordonado, en tanto que otros salían de cobertizos, transportando enormes cargamentos de distintos artilugios de cuero y hierro.

—¡Vaya! —exclamó Lidda—. Mucho buen material.

Se abrió un faldón del pabellón, y los Altos dispusieron postes para mantenerlo alzado, formando una entrada techada. Del interior surgieron más Altos, docenas de ellos, que iban vestidos con los mismos vivos colores y portaban también todos espadas de aspecto peligroso. Los recién salidos se dispusieron en dos filas en el exterior de la entrada, mirando al frente. Tras ellos apareció una camarilla de criados, seguidos por una mujer magníficamente ataviada cuya brillante túnica y falda quedaban eclipsadas por el repujado acero, exquisitamente bruñido, de sus enjoyados yelmo, peto, rodela y espinilleras de metal. Del costado le pendía una práctica espada corta con empuñadura y guardamano incrustadas de piedras preciosas.

—Mirar —susurró Garabato—. Dama Alta.

A poca distancia, Gandy hizo parpadear los legañosos ojos y se volvió hacia él.

—¿Cómo saber tú que eso una dama?

—Tener aspecto de dama —respondió éste finalmente, al no encontrar una respuesta mejor a la pregunta.

—Ratas —concedió el anciano.

Lo que les recordó a todos que era la hora del desayuno.

La dama Lidda apretó los labios y bizqueó, sumida en profunda meditación.

—Yo preguntar ¿qué poder tener ellos ahí dentro? —musitó, señalando la enorme tienda de campaña.

—Podría ser material que ellos no necesitar —indicó Tarabilla.

Se deslizó a un lado, intentando obtener una mejor vista, y se detuvo. Un enorme pie, cubierto con una sandalia, le impedía el paso. Lo contempló, boquiabierta, y giró despacio, mirando hacia arriba. Más allá había otro pie y, justo encima, el repulgo de una túnica oscura, que se extendía hacia lo alto para terminar en una capucha en sombras.

¡Un humano! ¡Un Alto, viejo, con una capa oscura, justo a su lado!

—¡Uh… oh! —musitó la enana—. ¡Todo mundo! ¡Correr como locos!

En un instante, la maleza se llenó de enanos gullys que corrían y caían, gateando en todas direcciones. Los guardas situados cerca del pabellón contemplaron, sorprendidos el repentino alboroto. Luego, avanzaron a la carrera.

Tarabilla, huyendo del viejo Alto encapuchado, se escurrió por entre las piernas de un aturdido lancero y se introdujo por debajo de los bordes de la tienda de campaña en busca de refugio. Varios otros la siguieron.

En alguna parte, el Gran Opinante lanzó un chillido.

—¡Enanos gullys! ¡Toda una multitud de ellos! —aulló un voz grave.

—¡Cogí a uno! —gritó otra—. Llevémoslo a… ¡Ay!

—¿Qué ha sucedido? —inquirió otro humano.

—¡El pequeño sinvergüenza me ha golpeado la nariz con un palo! ¡Ahí va! ¡Cogedlo!

—¡Vaya, pues esto no es precisamente un enano gully! —gruñó la primera voz—. ¡Tú! ¡Tú el de la capucha! ¡Veamos alguna identificación!

—¡Son difíciles de atrapar! —juró un hombre, abriéndose paso violentamente por entre los arbustos—. ¡Pim! ¡A tu izquierda! ¡Ahí va uno!

—¡Olvidad a los malditos enanos gullys! —ordenó la primera voz—. Agrupaos. ¡Tenemos un prisionero!

—Se produjo una pausa antes de que la misma voz empezara a hacer preguntas. —¿Quién eres? ¿Cómo te llamas y cómo conseguiste pasar por entre los centinelas?

—Clonogh —respondió una voz jadeante y anciana—. Por favor, señor, no soy más que un pobre viajero. Me he perdido.

—Viajero, ¿eh? Bien, dejaremos que el capitán de la guardia decida qué hacer contigo. ¡Vamos, muévete!

—Fijaos en esto —señaló un guardián—. ¡Había enanos gullys por todas partes, y ahora no se ve a ninguno! ¿Cómo lo consiguen?

—¡Olvidad a los enanos gullys, he dicho! ¡Reagrupaos! ¡Sacad a este prisionero de los hierbajos!

—Vaya prisionero —escupió otro guardián—. Este vejestorio renqueante por lo menos tiene ochenta años.