22

Grandes Bulps perdidos y hallados

—¡Creía que tú la vigilabas! —Los salvajes ojos de Ala Gris llameaban, enfurecidos. Se alzó ante Dartimien el Gato, cerniéndose colérico, y se enfrentó al otro hombre de menor tamaño cara a cara—. ¡Me vuelvo de espaldas un momento, sólo un momento, y la pierdes!

—¡Retrocede o perderás esa lloriqueante lengua tuya, bárbaro! —tronó el Gato, sin ceder ni un centímetro de terreno—. No me culpes a mí si no eres capaz de vigilar a tus mujeres. ¡Yo estaba ocupado buscando un modo de salir de este lugar!

La escalera localizada por Dartimien, que ascendía hacia la superficie desde las grandes catacumbas situadas debajo de Tarmish, los había conducido a un laberinto de túneles entrelazados: alcantarillas y desagües de agua de lluvia para la ciudad que se alzaba encima. Era un dédalo de senderos subterráneos, algunos anchos y otros estrechos, la mayoría oscuros y sinuosos. Muchos serpenteaban sin rumbo fijo, y todos rebosaban de los desperdicios acumulados durante generaciones de historia tarmitiana.

Una pandilla de enanos gullys había seguido a los tres humanos en su ascensión desde las catacumbas. Parecía como si aquellos seres estúpidos se encontraran por todas partes, y ese grupo en particular correteaba de aquí para allá, explorando. Por lo general, a las necias criaturas les aterraban los humanos; en realidad a los enanos gullys les aterraba casi todo, a primera vista. Pero tenían tanto de adaptable como de zoquete, y una vez se habían acostumbrado a alguien o a algo, a cualquiera o a cualquier cosa, y aceptado su presencia, se limitaban a dar por supuesto que siempre había estado allí y que simplemente formaba parte del misterioso mundo en el que vivían. Se sabía de enanos gullys que habían llegado a tolerar la presencia de humanos, goblins, pavos, ogros, e incluso un dragón, una vez se habían acostumbrado a su presencia.

Por su parte, los humanos no solían prestar más atención a esa raza de la que prestarían a cualquier otra clase de bichos. Al fin y al cabo, no eran más que enanos gullys: una molestia por la que casi nunca merecía la pena preocuparse.

Los túneles serpenteaban y se entrecruzaban, iluminados tan sólo por algún que otro pequeño enrejado de barras de hierro que daba a los patios situados al pie de la torre. Allí, bajo la luz del sol, al otro lado de las aberturas abiertas en la piedra, hombres armados marchaban y correteaban, buscando al enemigo y enzarzándose en feroces combates. Gelnianos y tarmitianos, los guerreros del valle Hendido parecían no prestar atención a nada que no fuera su antigua enemistad. Aquí y allá, los sumideros que descendían de arriba estaban rojos con sangre recién derramada. Y debajo de todo ello, las alcantarillas zigzagueaban a un lado y a otro en medio de una oscuridad apestosa.

En tal entorno, Ala Gris, el hombre de las planicies —rastreador y explorador experto de los territorios salvajes— se sentía desesperadamente desconcertado. El suyo era un mundo de cielos abiertos y fuertes vientos, y el hacinamiento y fetidez de las ciudades lo desorientaba. Así pues, Dartimien, que había nacido en la ciudad, y para quien cloacas y callejas repugnantes eran como una parte de él, se había encargado de trazar una senda que pudiera conducir a una salida.

Pero, en una encrucijada de varios túneles, se había detenido a descifrar las señales de una pared —acompañado por uno o dos enanos gullys interesados—, confiando en el sonido de los pasos del otro mercenario para que lo condujera hasta los demás. Había seguido el sonido, y hallado a Ala Gris; pero éste estaba solo. No se veía ni rastro de Thayla Mesinda. Los dos descubrieron que la joven había desaparecido cuando cada uno averiguó que la muchacha no se encontraba con el otro. En ese momento, ambos guerreros discutían, enojados, bajo la tenue luz de un canal de alcantarillado, mientras los asustados enanos gullys corrían en todas direcciones en busca de refugio.

—Debería atravesarte con mi espada, gato callejero —vociferó Ala Gris.

—Vuelve a agitar ese puño frente a mi cara y te encontrarás con un muñón ensangrentado —susurró el otro, al tiempo que dagas afiladas como cuchillas aparecían en sus manos.

—¡Primero, no haces más que revolotear a su alrededor como un podenco hambriento en un banquete. Luego, en cuanto me doy la vuelta, vas y la pierdes!

—¿Quién revoloteaba? ¿Yo? —El tono de Dartimien era cáustico—. Pero ¡si perdiste la cabeza por esa chica desde el primer instante en que la viste! Jamás vi algo tan patético!

—¡Te dije que cuidaras de ella!

—¡Me ordenaste que la dejara tranquila!

Desde las cercanas sombras, unas vocecillas murmuraron entre sí:

—¿Por qué Altos chillar uno al otro? ¿Matarse uno al otro, ahora?

—¿Quién sabe?

—¿A quién importar?

Gruñendo como fieras salvajes, los dos hombres se contemplaron mutuamente con expresiones furibundas. Después, bajaron las miradas.

—Esto no nos sirve de nada —dijo Ala Gris—. ¿Adónde podría haber ido?

—Evidentemente no en la dirección que tomamos nosotros —admitió el Gato—. Allá atrás, donde los túneles se cruzan, cuando tú viniste por aquí, ¿estaba ella contigo?

—¡Claro que estaba! Ella… bueno, eso pensaba yo, al menos. Canturreaba algo sobre ver luz al final de uno de los pasadizos, pero…

—Pero tú no escuchabas —suspiró Dartimien, volviendo la cabeza—. ¡Nunca escuchas!

—¡Y tanto que escuchaba! ¡Tiene una voz deliciosa! Pero supuse que hablaba con algunos de esos aghars.

—De modo que escuchabas su voz, y no prestabas atención a sus palabras —Dartimien lo miró desdeñoso—. Bien, pues ella ha desaparecido ahora, y eso es todo. Una pena, pero esas cosas suceden. Creo que hay un desagüe principal unos cuantos metros más adelante. Puede que tengamos que doblar algunos barrotes, en eso al menos podrías ser útil, pero vale la pena echar una ojeada.

—Vamos a regresar —anunció Ala Gris.

—¡No seas ridículo! Esa muchacha podría estar en cualquier parte a estas horas. Probablemente la habrán cogido y estará muerta ya. —Pedazos de arenisca cayeron en cascada desde el techo del túnel, y el pavimento de la parte superior retumbó con el sonido de muchos pies que corrían. A lo lejos, se escuchó el entrechocar de las armas y el estrépito de una batalla campal en su apogeo—. Hemos de salir de aquí. Vamos, ahora. Encontremos la reja principal.

—Voy a regresar —repitió el otro, desenvainando la espada—. Thayla me necesita. —Y sin dedicarle ni una mirada, se alejó de Dartimien a grandes zancadas y marchó por el túnel desandando el camino.

—Idiota —gruñó el Gato—. Muy bien, es bonita, pero no es más que una mujer. El mundo está lleno de mujeres. Sólo conseguirás que te maten… —Dejó que las palabras se desvanecieran en el aire, pues Ala Gris había desaparecido ya de su vista al doblar un recodo. Dartimien sacudió la cabeza—. ¡Dioses! —masculló—. ¿Por qué tengo que doblar barrotes yo solo? Eso es trabajo para brutos. Ese zoquete es mejor en esas cosas que yo. —Soltando imprecaciones, marchó en pos de Ala Gris.

Detrás de él, una cuadrilla de enanos gullys lo siguió, manteniéndose en las sombras. No estaban en absoluto interesados en las acciones de la gente alta, pero formaba parte de su naturaleza seguir a cualquiera que pareciera estar al mando y, en esos instantes, las únicas personas que parecían llevar alguna iniciativa eran aquellos incomprensibles Altos.

En el punto donde los túneles se cruzaban, Dartimien encontró a Ala Gris agachado, estudiando las señales del suelo.

—Ella estaba aquí —anunció el hombre de las planicies, sin volverse—. Yo sabía que se encontraba justo detrás de mí. Pero cuando marché por aquí… —señaló en la dirección por la que habían venido—, ella se fue por la derecha. Por ese túnel ascendente de ahí.

—Una estupidez —siseó el otro—. Eso no es más que un desagüe para el agua de lluvia. Conduce justo al patio interior, a menos de cincuenta metros de donde encontramos la abertura que descendía hasta las catacumbas.

—¿Cómo podía saber ella adónde conduce? —gritó Ala Gris—. Lo siguió porque se ve luz de día a lo lejos. Mira. Lo puedes comprobar desde aquí.

—También puedo oír el entrechocar de las armas desde aquí, y oler la sangre recién derramada.

Sin hacerle el menor caso, el cobar se incorporó y empezó a ascender por el túnel.

—Ese bárbaro está como una cabra —rezongó el Gato—. Uno pensaría que no ha visto una mujer en su vida.

—Suco correr —dijo una vocecilla a su lado.

—No te entrometas —rezongó Dartimien, contemplando a la mugrienta criatura con expresión torva—. No necesito que nadie me explique los hechos de la vida y, desde luego, menos que nadie un enano gully. —Con un juramento se alejó a grandes zancadas, siguiendo a Ala Gris.

—¿Qué decir Alto? —inquirió Taco, contemplando al desconcertado Destello con una ceja enarcada.

—Decir que no querer «hechos aplicados» —respondió éste—. Yo sólo intentar decir que Suco salir corriendo.

—¿Adónde ir Suco?

—«Pobablemente» abajo —repuso Destello—. «Pobablemente decir ya a todo mundo dónde estar Sopapo.

—¿Dónde Sopapo?

—Arriba. Suco oyó chillar a él.

Puesto que no tenían nada mejor que hacer, el grupo restante de enanos gullys marchó túnel arriba, siguiendo a los humanos.

En lo alto del pasadizo, Ala Gris atisbó al interior del patio central de Tarmish desde las sombras de una reja rota. Al otro lado, hombres armados se acuchillaban y golpeaban unos a otros, entremezclando sus gritos con el tintinear del acero sobre el metal. Thayla Mesinda desde luego había pasado por allí, pues se distinguían señales claras de sus pequeñas zapatillas en los puntos por donde había ascendido los últimos metros de la pendiente, y una diminuta huella de la mano en la mugre de la pared del túnel donde se había abierto paso a través de la abertura.

Se preparaba para salir corriendo al exterior, cuando Dartimien llegó junto a él. El menudo asesino miró al otro lado y gruñó con aversión.

—Imagino que planeas salir ahí en medio y tomar parte en eso —dijo.

—Ésos no son auténticos soldados —refunfuñó su compañero—. Sólo tarmitianos y gelnianos luchando unos contra otros. Siempre hacen eso. Siempre lo han hecho.

—¿Y de qué lado planeas ponerte?

—No veo a ningún mercenario ahí fuera —indicó Ala Gris, haciendo caso omiso de su pregunta—. ¿Y tú?

—No, quizá todos se hayan ido. Las guerras civiles no resultan demasiado lucrativas. Pero hay algunos auténticos matones sueltos por ahí. Había Bárbaros de Hielo en el campamento de Chatara Kral. Esas bestias estarán aquí si también están los gelnianos. Jamás le dan la espalda a una pelea.

—Vulpin también tiene una guardia personal —añadió el cobar—. Los vi cuando llegamos la primera vez. Parecían vándalos cavernarios. Auténticos asesinos de élite. Pero no los veo ahora.

—Estarán donde esté Vulpin —indicó el Gato—. Mira, Ala Gris, odio desanimarte con la fría realidad, pero ninguno de nosotros sacará provecho de este lío. Lo que fuera que te prometieran por traer a ese mago aquí, jamás lo cobrarás. Y yo desde luego ya no estoy al servicio de Chatara Kral. De modo que lo mejor que podemos hacer los dos es dar media vuelta, encontrar ese gran desagüe, y salir de este lugar mientras conservemos el pellejo.

—Marcha tú, pues, si quieres. —El guerrero apenas si dedicó una mirada al asesino de ciudad—. Thayla necesita protección, y yo pienso protegerla.

—De todos excepto de ti, supongo. Qué caballeroso por tu parte. De todos modos, ni siquiera sabes dónde está.

—La encontraré —gruñó el hombre de las planicies, y con una embestida y un grito de guerra cobar, se lanzó a través de la reja rota y se sumergió en el grueso de la batalla que se libraba al otro lado.

—Idiota —suspiró Dartimien.

Sus fieros ojos se entrecerraron mientras observaba cómo su compañero se abría paso por entre los combatientes. La espada del bárbaro era una reluciente mancha borrosa, que saltaba a un lado y a otro como si dispusiera de vida propia; la hoja pasó en un santiamén del brillante color del acero al rojo de la sangre, entonando su propia canción de caos mientras se abría camino a través de la compacta masa de soldados. La melena y la barba rubia de Ala Gris azotaban el aire mientras fintaba a un lado y a otro, dirigiéndose hacia la base de la torre. Más allá, en las sombras de la elevada y destrozada construcción, unas figuras aparecieron en una abertura de la pared, se detuvieron un momento, y desaparecieron de la vista en fila india, perdiéndose en el interior de la base misma de la torre.

—Chatara Kral —masculló Dartimien.

No existía la menor duda sobre su identidad, pues la brillante armadura de la regente gelniana no se parecía a ninguna otra. Y con ella iban cuatro de sus guardias personales, enormes Bárbaros de Hielo, con escudos ribeteados en cobre y grandes hachas.

Durante un momento, en el patio que separaba ambos puntos, el sendero detrás de Ala Gris quedó despejado, barrido por la ferocidad del ataque; pero, enseguida, el guerrero pareció ser engullido por la muchedumbre cuando una masa de aullantes tarmitianos y gelnianos lo rodeó.

—Los dioses deben amar a los locos —siseó el Gato, llenándose las manos de cuchillos—. De lo contrario no existirían tantos. —Con un rugido tan feroz como el de cualquier felino, saltó a través de la reja rota y se adentró en la refriega.

Suaves rayos solares descendían en diagonal sobre las frondosas colinas situadas al oeste del valle Hendido, filtrándose por entre el dosel de hojas para pintar innumerables dibujos parpadeantes sobre las laderas del bosque situadas debajo. Débiles brisas en las copas de los árboles hacían danzar las figuras, en un sutil y complejo caleidoscopio de diminutos movimientos que ocultaban los enormes y elegantes andares de la criatura que se desplazaba por debajo de las elevadas ramas.

En su primera vida, Verden Brillo de Hoja había evitado la luz diurna. Siendo una criatura furtiva e intrigante, había preferido las horas de oscuridad a las de luz. Pero, en ese momento, encontraba que la luz solar resultaba un calor agradable, y esa misma observación le recordaba lo mucho que había cambiado últimamente. No era el mismo dragón que había sido, ni en su vida pasada ni en las primeras etapas de ésta. Las ondulantes escamas que habían lucido un color verde esmeralda eran entonces de un vivo tono marrón, irisado a través de todo el espectro de colores cálidos con reflejos de un dorado brillante.

Poco a poco, el dios Reorx había llevado a cabo su magia sobre ella, siempre porque la hembra de dragón así lo elegía, al parecer; pero jamás con una opción clara en esa elección.

En sus sueños y en lo más profundo de su espíritu el rostro del dios Reorx le hablaba:

Libre albedrío, decía. Las ponzoñas del Mal permanecen, y el antídoto no se encuentra en la helada serenidad del Bien ciego. El auténtico enemigo del Mal es el libre albedrío. Ellos deben resolver sus conflictos a su modo, y tú debes aguardar.

Tu tarea no es el trastorno de las mentes humanas, Verden Brillo de Hoja. Tu tarea es más importante. Existe un Mal más allá del Mal, un antiguo ser grotesco que quedó de otros juegos imprudentes de un pasado lejano. Ésa es tu misión. Sabrás cuándo el momento esté cerca. Tendrás tu oportunidad de demostrar quién eres.

«Demostrárselo ¿a quién?». La pregunta de la hembra de dragón rugió en su mente, para que el dios la oyera si así lo deseaba. «¡No tengo nada que demostrar!».

De demostrarte a ti misma de lo que eres capaz, fue la respuesta que le llegó en el sueño, tranquila y segura. Escogiste abandonar tu sumisión, Verden. Rechazaste el Mal.

«¡El Mal me rechazó a mí! Yo me limité a aceptar la situación».

Y anhelaste venganza, indicó la voz de sus sueños. Y todavía lo haces. Corona tu venganza con sabiduría, dragón. El auténtico castigo para el Mal es no conseguir tener éxito. Tú hiciste una elección y una promesa, Verden. Elegiste el libre albedrío, y repudiaste la maldad.

«¡Sólo me comprometí conmigo misma!».

En ese caso te lo debes a ti misma, dijo la voz, con un cierto tono de regocijo.

El reptil se sacudió, irritado por el suplicio que le ocasionaba aquella voz intrusa que lo aguijoneaba y lo guiaba. Impaciente, agitó el enorme cuerpo sobre el arbolado talud; pero, incluso mientras desplegaba las lánguidas y brillantes alas color bronce para atrapar los dibujos creados por la luz del sol en el interior del bosque, gruñó profundamente en el interior del poderoso pecho.

«Podría acabar con todos ellos —pensó para sí, enojada—. A esos humanos, a esas criaturas blandengues y mezquinas, podría matarlos a todos sin el menor esfuerzo».

Los gigantescos colmillos centellearon ante la idea, y las zarpas se le crisparon. Vapores letales surgieron lentamente como una fétida humareda de sus ollares, y un poderoso y devastador conjuro de dragón tomó forma en su cerebro.

Pero en sus sueños una voz que parecía un trueno lejano, silencioso más allá de sus propios oídos, indicó:

Tu magia es de este mundo Verden Brillo de Hoja, al igual que tú eres también de este mundo. La cosa a la que tienes que vencer no lo es. Prepárate, dragón. El momento de tu prueba se acerca.

En su fuero interno la hembra de dragón supo que aquello que fuera a suceder, la tarea, cualquiera que fuera, que el dios le había encomendado, no tardaría en llegar. Ya había empezado, de hecho. Extendiendo las alas de color marrón dorado, impulsada con poderosa elegancia por las garras traseras, la criatura se lanzó de nuevo sobre la destartalada fortaleza de Tarmish.

En las cuevas más profundas, situadas debajo de Tarmish, los clanes coaligados de Bulp se iban instalando. Los forrajeadores habían encontrado un rezumadero que proporcionaba un suministro adecuado de agua, y existían kilómetros de grietas, túneles y sumideros infestados de bichos para explorar, sin mencionar la más productiva mina de pirita que ninguno de ellos recordaba haber visto nunca.

Nadie sabía por qué a los aghars les fascinaban tanto las piritas. Las pepitas de hierro de color azufre que se hallaban aquí y allá en antiguas formaciones calizas, carecían de toda utilidad por lo que sabían de ellas todas las demás razas. El metal se fundía mal, toleraba poca tensión y poseía muy pocas de las cualidades del hierro de calidad. Pero era amarillo, brillaba y para los enanos gullys resultaba un tesoro magnífico.

Mientras varios miembros del clan marchaban en busca de comida, toda la cual iba a parar al interior de una nueva tanda de estofado que algunas de las enanas preparaban en improvisadas ollas sobre un fuego central, otros seguían gateando aquí y allá por la pared oeste, arrancando pedazos de piedra cargada de pirita para entregarla al anterior Gran Bulp Fallo, que se encontraba felizmente dedicado a su nueva profesión como Guardián de Rocas Relucientes y Otras Cosas Buenas.

Todos en el lugar sabían dónde estaba Fallo. Se hallaba allí donde se amontonaban las piedras relucientes. Pero, cuando Suco descendió procedente de las zonas altas, buscándolo, no lo encontró.

Incluso la dama Lidda, arrancada de la supervisión del estofado por las quejas de Suco, se mostró un poco desconcertada. Su esposo debería haber estado justo allí, con las piedras brillantes, y allí era donde lo había visto la última vez. Pero entonces no había ni rastro de él.

A los pocos minutos, todos los enanos gullys situados en las inmediaciones buscaban afanosamente al antiguo Gran Bulp, escudriñando cada rincón, rendija, grieta y sombra de la zona; aunque, a medida que transcurrían los minutos, algunos de ellos se alejaron, olvidando lo que habían estado haciendo.

Pero otros mantuvieron la búsqueda ante la insistencia de Lidda. Conseguir que su esposo abandonara el cargo de Gran Bulp había sido una cosa; pero que desapareciera era otra, y empezó a inquietarse de verdad cuando observó que la pila más alta de pirita recién extraída estaba temblando. Se acercó, rascándose la cabeza perpleja, mientras la parte superior del montón se agitaba ligeramente y unos cuantos pedazos de piedra rodaban tintineando por los costados.

En ese momento, escuchó claramente un ronquido. Era un ronquido que reconocía, y salía del montón de piedras relucientes.

—¡Bron! —llamó—. ¡Venir aquí!

En cuanto su hijo llegó junto a ella, la enana señaló el montículo de piedras.

—Cava —dijo.

—Vale —respondió él, y, usando su espadón a modo de pala, empezó a cavar, arrojando guijarros de pirita en todas direcciones. Había reducido la pila a un tercio cuando la parte superior que quedaba se estremeció, se hundió y una cabeza desgreñada se abrió paso desde debajo.

—¿Qué pasar aquí? —exigió Fallo.

—¡Papá! —Bron señaló la cabeza y se agachó para ver mejor—. ¿Qué hacer tú ahí dentro, papá?

—No saber —admitió él—. Dormir, supongo.

Al escuchar la voz del patriarca, Suco se acercó a toda prisa desde el otro extremo de la caverna.

—Ahí Gran Bulp —indicó.

—Ése no Gran Bulp —le corrigió la dama Lidda—. Ese sólo Fallo.

—¿Fallo no Gran Bulp?

—Yo ser Gran Bulp antes. —Fallo se liberó con un forcejeo de las piritas amontonadas y se encaramó encima de ellas—. Yo dejar, sin embargo. Demasiada risponsi… respo… tener que pensar mucho. Trabajo tonto. Mejor que otro hacer.

—¡Oh! —Suco meditó aquella información y preguntó—: Entonces, ¿a quién decir yo cosas de Gran Bulp?

—Tener otro Gran Bulp ahora —explicó Lidda—. Ir decir a él.

—Vale —contestó el enano. Dio media vuelta. Luego, volvió a girar—. ¿Quién es Gran Bulp? —inquirió.

Varios de ellos se rascaron las cabezas, intentando recordar. Entonces Bron chasqueó los dedos.

—Viejo «como se llame». Uh, Sopapo. Sopapo Gran Bulp ahora.

—Entonces ¿cómo hablar yo a Gran Bulp sobre Sopapo, si Gran Bulp es Sopapo? —Suco frunció el entrecejo, totalmente perplejo.

—Tal vez poder escribirlo —ofreció Garabato, pero los otros no le hicieron ni caso.

—No saber —repuso Bron—. Eso un real problema. Espero tú mucha suerte. —Echándose la espada al hombro, el héroe designado marchó en dirección al estofado.

—¿Qué pasar con Sopapo? —quiso saber Lidda.

—¿Qué?

—¿Qué querer decir Suco a Gran Bulp?

—Algo sobre Sopapo —repitió el aghar.

—¿Qué ser ese algo sobre Sopapo?

—No mucho. Sólo que saber dónde está, si alguien querer a él.

—¿Dónde?

—Arriba. Muy arriba. Yo oír a él.

—¿Por qué Gran Bulp no en Este Sitio? —se preguntó en voz alta un enano gully que pasaba por allí—. Este sitio no Este Sitio si Gran Bulp no aquí.

—¿Esto no Este Sitio? —inquirió otro—. Entonces ¿dónde Este Sitio?

—En otro sitio, supongo —razonó Suco—. ¿Tal vez arriba, donde estar Gran Bulp?

Una docena de metros más allá, se escuchó un retumbo y una nube de polvo lo cubrió todo cuando un enorme trozo de piedra suelta cayó del techo abovedado. Entre los cascotes que caían se encontraban varios mineros que chillaban a voz en cuello y, alrededor del lugar de la demoledora explosión, los enanos gullys huían en busca de refugio. Varios de ellos cruzaron a toda prisa por en medio de la lumbre recién encendida, derramando el estofado y pateando brasas en todas direcciones.

Cerca de la gran columna, Garabato se dio la vuelta y se echó hacia atrás al tiempo que unos fragmentos de piedra pasaban silbando junto a él.

De entre la arremolinada nube de polvo, surgieron unos cuantos desaliñados enanos gullys, con Fallo entre ellos.

—Se «cabó» excavar —refunfuñó el antiguo Gran Bulp—. Ya no ser divertido.

—Estofado todo arruinado —anunció entonces una dama aghar—. También fuego.

—Este sitio una porquería —dijeron a coro varias enanas—. No buen sitio para vivir ahora.

—Entonces ¿qué hacer ahora?

—Mejor encontrar Gran Bulp —indicó la dama Lidda—. Gran Bulp decide cosas como «ahora qué».

El viejo Gandy, el Gran Opinante, se acercó cojeando, apoyado en su mango de escoba.

—Creo que ser mejor que todos liar petate —suspiró—. Gran Bulp no estar aquí, ser mejor que nosotros ir a donde estar él.

—Sopapo sólo ser Gran Bulp desde hoy —se quejó Garabato el Estudioso, entristecido por tener que abandonar sus dibujos raros—. Sólo un día y ya empezar a ser un majadero. ¿Quizá deberíamos tener diferente Gran Bulp?

—Un Gran Bulp ser igual que «oto». —Gandy se encogió filosóficamente de hombros—. Todos una real lata. De todos modos, empezar a ser difícil recordar quién ser el Gran Bulp. Demasiados Grandes Bulps últimamente.

—Siempre difícil recordar quién ser el Gran Bulp —comentó alguien—. Aunque ¿a quién importar?

—«Pobablemente» mejor si yo anotar eso —dijo Garabato, pensativo. Por todas partes a su alrededor, los enanos gullys se preparaban para la migración.

—Bastante mal arriba —advirtió Suco—. Altos tener una guerra o algo.

—No «emportar» —anunció Tarabilla, orgullosa—. Bron cuidar de nosotros. Bron ser un héroe.

El aludido parpadeó, considerando la enormidad de todo ello. Ya no quería seguir siendo un héroe; pero no parecía que tuviera la capacidad de decidir al respecto. Con expresión desdichada, se echó al hombro la espada y se encaminó hacia la «escalera» que conducía al mundo exterior.

—Sí, querida —murmuró.

La dama Lidda siguió con la mirada a su hijo, manteniendo la cabeza algo ladeada. La pequeña Tarabilla demostraba una gran habilidad en la atención y cuidado de los cabezas huecas, y a la enana se le ocurrió que la muchacha podría resultar una magnífica consorte para un Gran Bulp. El único problema era que Bron no ostentaba el título de Gran Bulp; lo poseía Sopapo. Pero Bron mostraba todas las cualidades de uno muy bueno. Bajo la dirección de Tarabilla, estaba guiando a la tribu.

Gandy tenía razón, decidió Lidda. Existían demasiados Grandes Bulps en esos momentos.