16

La evasión

Tarabilla, dama Lidda y un grupito de otras enanas habían iniciado una expedición de pillaje en la enorme tienda de campaña, junto a cuyas paredes se amontonaban interesantes fardos y cajones. Pero la incursión se vio interrumpida bruscamente cuando la dama Alta de radiantes atavíos regresó, junto con una gran cantidad de sus seguidores.

—Preparaos para levantar el campo —ordenó—. Nuestro próximo lugar de descanso será a las puertas de Tarmish.

De repente, el pabellón se llenó de atareados Altos, que corrían de un lado a otro, hurgando aquí y allá, desplazando bultos y fardos, y la dama Lidda decidió que era un mal momento para efectuar una visita.

—Todo mundo largarse —susurró.

La orden fue transmitida a las que se encontraban tras ella, y en cuestión de segundos docenas de enanas gullys se habían abierto paso por debajo de los laterales del pabellón, y se escabullían por entre la maleza, de vuelta a donde les aguardaba la tribu.

—Mucho material bueno ahí —observó Tarabilla, entristecida—. A lo mejor haber especias y mazorcas y telas… y tal vez zapatos y cintas y «ojetos».

—Y a lo mejor un peine —reflexionó la dama Fisga—. Ir bien buen peine. Sopapo estar cogiendo muchas pulgas últimamente. Nosotras tener que haber quedado más rato.

—Lo que agua trae, agua lleva —manifestó la dama Lidda. Una tropa de Altos a caballo pasó como una exhalación, chillando y señalando, casi saltando por encima de ellas, y las aghars huyeron a refugiarse bajo las ramas de unas zarzas—. Mejor que nosotros hacer compra más tarde —decidió Lidda—. Después de follón.

En el refugio de la hondonada, los enanos gullys estaban muy ocupados, recogiendo todo lo que encontraban: palos, nidos de pájaro usados, trozos de tela, pedazos de gravilla, una sorprendida tortuga. Tarabilla miró en derredor, con ojos brillantes, y preguntó:

—¿Qué pasar?

La mayoría de los de su entorno hicieron como si no la hubieran oído, puesto que carecían de una respuesta apropiada, pero dos o tres interrumpieron su actividad.

—Gran Bulp decir liar petate —explicó uno—. Pero no decir qué meter en petate.

—Gran Bulp decir hora marchar de aquí —añadió otro—. Decir que con todos esos Altos por ahí, vecindario irse a la porra.

La dama Lidda fue en busca de Fallo, mientras las otras se desperdigaban aquí y allá para tomar parte en la recogida de lo que fuera que se estuviera recolectando. El legendario Gran Cuenco para Estofado pasó de camino al montón de artículos, con el borde que casi se arrastraba por el suelo, y nada más que pies sobresaliendo por debajo. Tarabilla se acuclilló para mirar, pero enseguida se dio la vuelta, decepcionada. Había esperado que Bron pudiera encontrarse allí, transportando la enorme pieza de hierro, pero se trataba tan sólo de un rezongante Sopapo. Al parecer, el enano había perdido su mejor instrumento atizador en alguna parte y no se sentía nada contento.

Tarabilla se dio cuenta de que no recordaba haber visto a Bron últimamente, y se preguntó dónde estaría. Recordaba de un modo vago que había oído decir al joven enano algo respecto a que el Gran Bulp quería que fuera a mirar a los Altos. Cautelosa, trepó unos pocos metros por el tronco de un arbusto y miró en derredor. Más allá de la maleza, a un lado y a otro, se veían Altos por todas partes; cantidades inimaginables de ellos, haciendo toda clase de cosas misteriosas. Pero no descubrió a Bron por ninguna parte.

Garabato pasó, justo debajo de ella, sosteniendo un pedazo de oscura pizarra en una mano y un trozo de blanda piedra caliza en la otra. Había descubierto que cuando frotaba uno contra el otro, quedaba una marca, y en estos momentos deambulaba tan contento, sin prestar atención a nada de lo que ocurría a su alrededor, dibujando redondeles sobre su trozo de pizarra. La enana descendió de su árbol y se puso a andar a su lado, contemplando de hito en hito los incomprensibles dibujos.

—¿Qué hacer Garabato? —preguntó.

—Hago lista —respondió él distraídamente.

—Lista de ¿qué?

—Cosas —repuso él, encogiéndose de hombros—. Esto —señaló uno de los redondeles— un champiñón. —Indicó con el dedo un símbolo de mayor tamaño—. Esto más champiñones. Y esto una nube, y esto un palo, y esto una mucha gran cantidad de ratas.

—¿Cuántas ratas?

—Dos —explicó él—. Cantidad de veces dos.

—¿Ver Bron últimamente?

—No. —Levantó los ojos, ladeó la cabeza desconcertado y, a continuación, dibujó una complicada figura sobre la pizarra.

—¿Qué eso? —se preguntó la muchacha en voz alta.

—Dragón —respondió él. Entonces pareció quedarse paralizado allí mismo. Soltó la pizarra y la tiza, y los ojos estuvieron a punto de saltarle de las órbitas—. ¿Dragón? ¡Dragón! —Garabato señaló al cielo—. ¡Dragón! ¡Todos correr como locos!

Otros se hicieron eco de la señal de alarma y, de repente, la maleza se vio plagada de enanos gullys que gateaban, corrían, chocaban y caían rodando. Una ojeada fue suficiente para Tarabilla. Miró en dirección al punto que su compañero había indicado, y sus ojos se abrieron de par en par. Allí, cruzando el cielo, había un enorme monstruo impulsado por alas inmensas, una criatura gigantesca y sinuosa que parecía estar mirando directamente hacia ella. Lanzó un chillido agudo, cayó, rodó por el suelo y volvió a incorporarse para, a continuación, huir despavorida.

La cueva bajo las raíces del árbol estaba abarrotada de enanos gullys cuando llegó hasta allí, y más intentaban introducirse al interior, abriéndose paso por entre los que ya estaban dentro. Era evidente que el espacio interior estaba lleno, pues por cada uno que conseguía entrar, otro salía despedido al exterior. Mientras Tarabilla frenaba en seco, el Gran Bulp, Fallo el Supremo, pasó rodando junto a ella, dando volteretas por el terraplén. Justo detrás de él, la dama Lidda chillaba:

—¡Fallo! ¡Regresar aquí, zoquete!

Tarabilla estuvo en un tris de ser arrollada cuando Lidda pasó, rauda, junto a ella, corriendo tras el desgreñado Gran Bulp.

Pero ya era demasiado tarde para huir. Impulsado por las amplias y deslizantes alas, el dragón se cernió sobre ellos; la enorme testa se balanceaba a un lado y a otro mientras escudriñaba la zona a sus pies. Con más de nueve metros de longitud, y una envergadura de al menos esa misma amplitud, la imponente bestia proyectaba una veloz sombra que parecía cubrirlo todo.

Fallo acababa de ponerse en pie y miraba a lo alto. El dragón le devolvió la mirada, y un ahogado siseo brotó de él a modo de expresión de disgusto. De pie, junto a su esposo, la dama Lidda contempló con fijeza a la criatura; luego sonrió y saludó con la mano. Como si se sintiera inmensamente fastidiado, el dragón volvió la cabeza, viró majestuoso y salió zumbando en dirección oeste.

—Ese dragón nuestro dragón —dijo Lidda al Gran Bulp, que parecía paralizado—. ¿Fallo «recorda» dragón? —Girándose, la enana volvió a agitar la mano—. Adiós, dragón —saludó.

Tarabilla podría haberse sentido interesada por todo aquello, pero no les prestaba demasiada atención en ese instante. Se encontraba junto al montón de cosas recogidas, a centímetros del Gran Cuenco para Estofado. Y le dio la impresión de que el Cuenco zumbaba con suavidad.

Con el inconsciente Clonogh atravesado sobre la silla, Ala Gris espoleó al caballo de guerra, y el animal se lanzó a una desenfrenada carrera que arrojó una lluvia de guijarros sobre los guardias gelnianos que los perseguían. Por un momento, el hombre de las llanuras creyó haber escapado, pero no fue más que una ilusión. A sus espaldas resonaron las trompas y, al frente, varias compañías dieron la vuelta, lo descubrieron y empezaron a cercarlo.

En un instante, había docenas, y luego cientos, de soldados con picas, arqueros, lanceros y soldados de infantería que avanzaban para rodear al solitario caballero; justo delante de él, un escuadrón de errantes caballeros solámnicos se desplegó en un sólido arco de armaduras y afiladas puntas de lanza que aguardaba para darle la bienvenida.

Sobre un auténtico caballo de las llanuras, con aparejos más ligeros y entrenado por cobars, y sin toda aquella pesada coraza en la que estaba embutido, el guerrero podría haber esquivado la trampa. Pero, si bien su blindaje le ofrecía protección contra flechas y lanzas, él no era ningún caballero, ni digno rival para los que lo eran.

De todos modos, algo tenía que hacer. Alzando la gran lanza del soporte de la silla de montar, apuntó con ella, se preparó para el combate, dio un tirón a las riendas del caballo y cargó.

No tenía ni idea de adonde había ido Dartimien, ni tiempo para preocuparse por él. El Gato sabía cuidarse.

La absoluta audacia del ataque provocó que la hilera de jinetes situada ante él se detuviera, titubeara y abandonara ligeramente la posición, cosa que corrigieron al instante. Puesto que se enfrentaban con un demente, los solámnicos lo tratarían como a tal. No había más que un camino de salida del campamento, y giraron para cerrarlo, formando una fila maciza de hombres acorazados sobre caballos acorazados, cada uno con dos metros y medio de mortífera lanza lista para empalar a su presa.

Era lo que Ala Gris había esperado. Con un agudo grito de guerra cambió la posición de la mano que sujetaba la lanza, la levantó y la arrojó como una jabalina. En ese mismo instante hizo virar a su montura hacia la derecha, desviándose del sendero abierto para introducirse directamente entre los matorrales que bordeaban la hondonada.

Era una posibilidad entre mil, lo sabía, pero era la única que tenía. En cuanto quedó oculto por los arbustos, giró en redondo, alzó al inerte Clonogh, se lo echó a los hombros como un saco de patatas, y se arrojó a un lado, abandonando la silla de montar. El caballo siguió adelante a toda velocidad, abriéndose paso por entre los matorrales; Ala Gris aterrizó en el suelo, en medio de un tremendo estrépito metálico, y rodó al interior de la maleza.

No sabía, ni le importaba demasiado, si Clonogh estaba vivo o muerto. Sin aliento y dolorido por la caída, el cobar se afanó frenéticamente por desembarazarse de varias decenas de kilos de placas de acero y sujeciones. Se colgó la espada al hombro y enderezó sus cinturones. El jubón ribeteado de cuero y empapado de sudor se convirtió en un petate para la armadura, y el largo escudo en un trineo sobre el que colocó al inconsciente anciano, envuelto en su manta como una oruga en su capullo, con su espada extra —la que pertenecía al caballero— encima de él para servir como barra separadora para los trozos de correa que lo mantenían sujeto. Arrastrando el escudo-trineo con una fuerte mano, el guerrero zigzagueó por la maleza, agachado, moviéndose en ángulos rectos con la dirección por la que había huido su caballo.

Apenas a unos metros de distancia, sus perseguidores se abrían paso violentamente por entre los matorrales en encarnizada persecución. Ala Gris dejó pasar al primer tropel; luego cambió de posición y avanzó casi sin hacer ruido, no por entre los arbustos, sino por debajo de ellos.

Se acercaba al terraplén de la hondonada más próxima cuando unos jinetes pasaron a toda velocidad, apenas a unos pasos de distancia, y dieron la vuelta a continuación para efectuar otro barrido de la zona. Con un juramento ahogado, el cobar soltó la sujeción de la espada y se preparó para el combate. En el camino de vuelta, sus adversarios irían a parar justo donde estaba él.

Entonces, oyó gritos de terror y el sonido de caballos que corrían en desorden. Durante un largo segundo aguardó, escuchando. Luego, alzó la cabeza. A su alrededor, los perseguidores huían en todas direcciones, y una sombra enorme cubría la maleza. Alzó la vista y se encontró con un dragón gigantesco que se deslizaba por el cielo, rozando casi las copas de los árboles.

Presa del instintivo temor al dragón propio de todas las criaturas, Ala Gris se ocultó bajo la protección de los arbustos, cerró la mano con fuerza sobre el remolque del «trineo» y se deslizó más al interior del bosquecillo. Justo al frente se veía el tronco de un gran árbol rechoncho. De improviso, el suelo pareció desintegrarse bajo su cuerpo. Cayó de bruces y el brazo libre se le hundió en una cálida y culebreante masa en movimiento. Algo —o alguien— le mordió el dedo y una voz amortiguada dijo: «¡Manos quietas, torpón!». Retrocedió, y una nueva porción de suelo desapareció bajo su cuerpo, arrojándolo de cabeza a un agujero que no había estado allí momentos antes.

A su alrededor se escucharon ahogados grititos sobresaltados de alarma y agravio.

—Alguien romper techo —dijo una voz.

—¿Quién ahí? —preguntó otro.

—Alguien torpón —decidió otra voz más.

—Gran Bulp torpón —intervino una nueva voz.

—¿Tener Gran Bulp ahí?

—No poder decir —respondió la primera voz—. Todo aquí oscuro y polvoriento.

Medio asfixiado y cegado, sofocado casi por el polvo que caía y la presión de pequeños cuerpos calientes a su alrededor, Ala Gris sintió que lo alzaban y pasaban de mano en mano mientras docenas de manos diminutas lo empujaban y arrastraban en dirección a una fuente de luz.

—Muy grande este alguien —manifestó una voz en la oscuridad—. Mucho más grande que Gran Bulp.

—Ser grande no excusa para ser chinche —protestó otro—. Aquí no bastante sitio.

Ala Gris fue expulsado sin miramientos de la oculta cueva, para ir a parar bajo la luz que se filtraba en la depresión. Tosió, intentó recuperar el aliento, y abrió los ojos cubiertos de polvo; estaba tumbado de espaldas bajo un dosel de ramas y una diminuta criatura de aspecto vetusto estaba a su lado, hurgando en su cuerpo con un bastón.

—Éste no alguien —anunció por fin el Gran Opinante Gandy—. Éste sólo un Alto. —Contempló con atención de nuevo al hombre medio asfixiado y cubierto de polvo; luego, lo golpeó en la cabeza con su palo de escoba.

Con un juramento, Ala Gris rodó a un lado, intentando limpiarse los ojos. En torno a él, enanos gullys, aterrorizados por la repentina aparición, dieron media vuelta y corrieron a esconderse. Varias docenas de ellos treparon al terraplén cubierto de matorrales, iniciaron la huida hacia el otro lado y regresaron de inmediato, en cuanto vieron el caos de Altos armados que había detrás. Ala Gris empezaba a incorporarse cuando una riada de aghars despavoridos descendió en tromba del talud y volvió a tumbarlo sobre el suelo. En un abrir y cerrar de ojos, se encontró cubierto de enanos gullys, que rodaban sobre él y le caían encima, casi enterrándolo en su frenesí.

Fallo el Supremo se recuperó de la parálisis provocada por el pánico a tiempo de ver a la hormigueante masa de sus súbditos dando volteretas en el fondo del barranco. Olvidando por completo al dragón que acababa de estar allí, avanzó hasta el lugar de la refriega e inquirió:

—¿Qué pasar aquí?

La mayoría de los que estaban en medio del revoltijo hizo caso omiso de su presencia, pero dos o tres sí miraron en derredor.

—¿Quién quiere saber? —preguntó uno de ellos.

—¡Yo! —gritó Fallo—. ¡Vuestro Gran Bulp!

—Ah, claro —asintieron varios otros—. Cierto. Tú ser viejo Fallo.

—¡Eso es! —gruñó él.

El batiburrillo de enanos gullys empezó a disolverse.

—¿Qué querer saber Fallo? —preguntó alguien.

El enano reflexionó, intentando recordar cuál era la pregunta que había hecho. Luego, chasqueó los dedos.

—Oh, sí. ¿Por qué montón aquí? ¿Una caída?

—No, gracias —comentó uno—. Acabar de tener una.

—No subir allí, Fallo —otro de los enanos señaló el terraplén de tierra—. Altos en «toas» partes allí arriba.

—Bajar aquí, pues —decidió éste, contemplando el barranco—. Todos venir. Hora marchar de aquí. —Con un ademán autoritario, el glorioso cabecilla de todos los bulps empezó a avanzar por la hondonada, tropezó con su garabateador en jefe y cayó de bruces cuan largo era.

—Fallo ser buey torpón —comentaron varios de sus súbditos, mientras elegían objetos del montón que habían apilado para llevárselos con ellos en su viaje.

Garabato, a cuatro patas y buscando su trozo de pizarra y la tiza, apenas se había dado cuenta de que el Gran Bulp había tropezado con él. Sabía que los utensilios se encontraban en alguna parte, y deseaba recuperarlos para echar una mirada a su dibujo del dragón. Era la primera vez que había visto tal criatura en su vida, y quería asegurarse de que la tenía bien plasmada. En su registro, reptó hasta encontrarse justo en medio de los restos del reciente revoltijo, dio con la cabeza contra algo sólido, alzó la mirada… y se encontró cara a cara con los ojos furiosos de un humano caído boca abajo en el suelo.

—¡Uf! —exclamó Garabato, frenéticamente.

Una vez a unos pocos metros de distancia pudo contemplar mejor al Alto. El hombre estaba tendido sobre el estómago, con varios enanos gullys incorporándose en aquellos instantes a su alrededor. Encima del caído, de pie entre los omóplatos, Sopapo paseó la mirada en derredor con aire ausente; luego miró abajo.

—¿Qué esto? —se preguntó en voz alta el Jefe Atizador.

—Eso un Alto —indicó el viejo Gandy, apoyado sobre su mango de escoba a unos pocos pasos de distancia.

Hizo falta un buen rato para que la noción penetrara, pero cuando lo hizo Sopapo lanzó un gritito, desencajó la boca y efectuó un tremendo salto que lo depositó a varios metros del hombre, sobre el borde del Gran Cuenco para Estofado. El enorme escudo de hierro se alzó, giró sobre sí mismo y sepultó al enano. Varios gullys corrieron a levantar el pesado objeto y a sacar a su compañero de debajo.

Cuando por fin pusieron fin a tal tarea, el hombre caído, olvidado por el momento, estaba ya sentado en la arena, observando con asombro. Ala Gris ya había visto aghars antes, y oído cosas sobre ellos. Pero jamás había creído del todo la mayor parte de lo que había oído, pues resultaba difícil de imaginar que pudieran existir criaturas tan completamente estúpidas.

Pero entonces empezaba a creerlo. Lo habían desalojado físicamente de una cueva desplomada, aporreado en la cabeza, y luego huido de él aterrorizados. A continuación, se habían confabulado todos contra él, lo habían derribado contra el suelo e inmovilizado allí, para después olvidarse literalmente de su existencia, y todo ello en cuestión de minutos. En ese momento, mientras las pequeñas criaturas se volvían hacia él en grupos de tres y de cinco, boquiabiertas y con expresión alelada, tuvo la clara sensación de que todo iba a volver a empezar.

—¡Quedaos todos quietos! —ordenó, levantando una mano.

Lo contemplaron, atónitos, y algunos hicieron amago de huir.

—¡He dicho quietos! —chilló—. En nombre de todos los dioses ¿qué es lo que estáis haciendo, pigmeos?

—¿Nosotros? —Le contestó un diminuto individuo barrigón y de barba canosa con una corona hecha de dientes ladeada sobre la cabeza—. Nada. Sólo marchar. Adiós.

—¡Quieto! —repitió Ala Gris.

—Vale —respondieron varios de ellos, con soltura.

—¿Qué quiere Alto? —inquirió una pequeña enana de ojos brillantes.

Decían que se disponían a marchar. Por lo tanto, debían de conocer un modo de salir de aquel lugar. Dejándose llevar por un impulso, el guerrero dijo:

—Me voy con vosotros. ¿Dónde está Clonogh?

—¿Dónde qué?

—¡Clonogh! Bueno, no importa. —Poniéndose en pie, se encaminó hasta la entrada de la caverna entre las raíces del árbol y atisbó al interior. En el lóbrego hueco estaba la mitad de un largo escudo de caballero, con la mitad de una carga amortajada atada encima. La otra mitad de cada cosa estaba enterrada en guijarros y mantillo.

Localizó el extremo que le servía de remolque, y tiró de él hasta conseguir sacar su «trineo». Le limpió la tierra y se arrodilló a escuchar. En el interior de su manta-mortaja, Clonogh seguía respirando.

—Muy bien —dijo a la multitud de enanos gullys que lo rodeaba—. ¿Por dónde?

Antes de que Fallo, o cualquier otro, pudiera pensar una buena razón, se habían puesto ya en movimiento, avanzando por el fondo del seco lodazal. Ala Gris andaba entre ellos, elevándose por encima de sus cabezas a pesar de caminar tan agachado como le era posible para mantenerse oculto de los gelnianos y mercenarios que se encontraban al otro lado de la espesa maleza. La mayoría de los gullys, el guerrero no tenía ni idea de cuántos eran, parecía o bien haber aceptado su presencia o haber olvidado por completo que se encontraba allí. Avanzaban penosamente, en el mejor estilo de los enanos, yendo para aquí y para allá al azar pero, por lo general, siguiendo el rumbo marcado por su jefe. El guerrero tenía que tener buen cuidado en no pisar o tropezar con ninguno de ellos cada vez que se escabullían de su puesto en la fila. Los agudos ojos del cobar iban de un lado a otro, en busca del bastón de marfil, el Colmillo de Orm, que había visto tan a menudo en la mano del mago. Pero no se veía ni rastro de él, ni de ningún recipiente en el que pudiera estar oculto.

De todos modos, cada paso lo alejaba un poco más del hostil campamento de los ejércitos gelnianos, y todavía tenía a Clonogh o lo que quedaba de él. Apresuró el paso, constantemente alerta, mientras arrastraba el escudo-trineo tras él, aunque, al cabo de un tiempo, le dio la impresión de que cada vez pesaba más.

Volvió la cabeza, contempló con atención su carga, y sofocó un grito airado. Al menos una docena de enanos gullys había trepado al trineo, incluido el que llevaba el enorme escudo de hierro, y varios de ellos dormían ya, dando satisfechas cabezadas sobre el cargado trineo.

—¡Dioses! —masculló Ala Gris, apretando los dientes—. ¿Cómo me he metido en esto?