21
El momento de la verdad
Hirviendo de malignas intenciones, Clonogh deambulaba por la destrozada torre. Tenía cuentas que saldar y, gracias a la intervención de un dragón, poseía el poder para hacerlo.
Podría haber salido a enfrentarse a sus enemigos, pero ése no había sido nunca el modo de actuar del hechicero; allí en esa torre, se sentía aparte, por encima del tumulto que reinaba en el exterior, y le gustaba la idea de que sus enemigos fueran hacia él, que usaran sus propias energías para encaminarse a la perdición. Así pues, como una vieja araña rencorosa instalada en la madriguera elegida, el mago aguardó.
El raquítico armazón de piedra que había sido la gran torre de Tarmish era una ruina retorcida, y la empinada escalera una amasijo de escombros. Pero él sabía que el piso alto resultaba un lugar seguro. Allí donde las piedras habían caído, donde las bombardas habían volado los muros exteriores habían dejado al descubierto la escalera de caracol del interior y habían destrozado las oscuras paredes interiores situadas más allá, relucía una piedra blanca; un monolito que descendía por la enorme construcción, con sus cimientos bien hundidos en el lecho de roca del suelo. Los oropeles de la humanidad podrían desaparecer, pero aquella piedra sería eterna.
Justo al otro lado del hendido portal, un enano gully de anchos hombros se aproximaba, gateando hacia lo alto por entre las ruinas. Clonogh sonrió débilmente. El hombrecillo le traía el Colmillo de Orm.
Ocultándose, displicente, tras un hechizo de invisibilidad, el mago aguardó junto al umbral. El aghar no tardaría en llegar y, a no demasiada distancia, trepando por entre los cascotes desde lados distintos, se encontraba la progenie de un Señor del Dragón: Chatara Kral y lord Vulpin.
Los pasos en la escalera vacilaron. Luego, un aghar andrajoso penetró a hurtadillas en la asolada estancia, atisbando a un lado y a otro con nerviosos ojillos, redondos y brillantes. La criatura era robusta para ser un enano gully, rechoncha y de amplias espaldas. Alcanzaba tranquilamente el metro de estatura, lo que hacía que fuera bastante más alta que la mayoría de los de su raza, y había hebras y marañas grises en su descuidada melena. Clonogh estudió al recién llegado unos instantes, sin sentirse impresionado. Un enano gully se parecía mucho a otro, no obstante las leves diferencias. Lo que sí interesó al mago fue el objeto que su visitante sostenía en las mugrientas manos: el Colmillo de Orm.
Murmurando un conjuro, el hechicero hizo desaparecer el manto de invisibilidad y se colocó cerrando el paso por la puerta.
—El talismán es mío —dijo—. Dámelo.
—¿Qu…qué? —farfulló Sopapo, girando en redondo y contemplando boquiabierto al hombre, entre aterrados parpadeos.
—Eso —señaló Clonogh—. ¡Es mío!
—¿Esta cosa? —el otro alzó el Colmillo, contemplándolo con atención como si no lo hubiera visto nunca antes.
—Sí —repitió el mago—. Es mío.
Sopapo miró con fijeza al hombre durante un largo instante; luego retrocedió, asustado pero lleno de obstinación. Había empezado a sentir un gran cariño por el utensilio que sostenía.
—Esta cosa ser mi «isturmento atizador» —declaró—. No ser tuya.
—¡Dámelo! —rugió Clonogh, abalanzándose al frente—. ¡Eso no es ningún «instrumento atizador», pequeño majadero!
El enano lo esquivó, corrió a ocultarse en el interior de un armario roto y atisbó al exterior.
—Claro que ser —respondió él con voz trémula—. Bueno para atizar ratas. Altos no atizar ratas.
—¡Yo te convertiré en una rata! —dijo el hechicero—. He recuperado mis poderes. ¡Ahora dispongo de magia!
—Hacer ¿qué? —Sopapo lo miró bizqueando, sin comprender ni una palabra. El viejo Alto parecía estar loco de atar, más loco que el viejo «como se llame», el Gran Bulp. La taciturna tozudez del enano gully se desvaneció y fue reemplazada por la perplejidad—: ¿Cómo ser eso? —preguntó, con la esperanza de encontrar alguna pista que le permitiera averiguar de qué hablaba el hombre.
—Había un dragón aquí —explicó Clonogh, moviéndose con cuidado en dirección a la vitrina destrozada—. Lanzó un hechizo, y yo me encontraba dentro de su campo de acción. Me… me recompuso. ¡Por fin todo ha concluido!
—Yo sentir mucho —repuso Sopapo, desconcertado.
—¿Por qué en el nombre de todos los dioses intento explicarle nada a un enano gully? —se preguntó el mago en voz alta, con una mueca despectiva en el rostro. Un paso más, y conseguiría atrapar al aghar dentro del mueble. Si pudiera mantener distraída a la criatura unos instantes más…— Desde luego que ha terminado todo —siguió—. Ya no soy el que era antes.
—¡Pobre Alto! —La voz del enano gully que surgió del interior del armario estaba llena de auténtica compasión—. Ojalá lo fueras.
El alarido angustiado de Clonogh resonó en las destrozadas paredes de la torre mientras sentía cómo sus nuevos poderes, todos los maravillosos poderes que el dragón le había procurado, desaparecían. En un instante, la magia se esfumó; y él no pudo, ni aunque le hubiera ido la vida en ello, recordar cómo expresar en palabras los conjuros que la habían contenido. Con un quejido, se desplomó sobre el suelo de piedra, y desde la escalera le llegó el sonido de las pisadas de unas duras botas que ascendían hacia él. No sabía quién de ellos entraría primero, si lord Vulpin o Chatara Kral; pero, quienquiera que fuera, el otro no tardaría en aparecer también.
—Por favor —jadeó, sin resuello, en una voz anciana, en tanto que los llorosos ojos intentaban centrarse en el rostro lerdo y aturdido del enano gully—. Por favor, invierte ese deseo.
—¿Hacer qué? —Sopapo abandonó furtivamente su escondite, con la mirada fija en el humano que se acababa de derrumbar sobre el suelo.
—¡Desea! —suplicó el otro—. ¡Patético mentecato! ¿Por qué eres tan estúpido? ¡Por favor, antes de que mis enemigos me encuentren así, formula un deseo!
—¿Deseo? —Sopapo se rascó la cabeza, absorto en sus meditaciones—. Vale. Seguro que mujeres ya estar haciendo estofado ahora. Ojalá tener un poco de estofado.
En un reino lejano, tal y como se miden las distancias, pero muy cercano por otra parte, la enorme serpiente de un solo colmillo llamada Orm alzó la maligna cabeza, contrayendo las hendiduras de los ollares, al tiempo que su lengua bífida paladeaba el aire mientras resonancias largo tiempo esperadas acariciaban sus sentidos. ¡Ahí! Justo desde ahí, a sólo un tiro de piedra para alguien cuyo plano de existencia no estaba limitado por las dimensiones sensoriales, el colmillo perdido de la criatura había lanzado su llamada: ¡dos veces! Los gigantescos músculos se pusieron en tensión. Pero, una vez más, la resonancia fue demasiado breve, demasiado vaga para determinar un blanco concreto. Habían utilizado el Colmillo, su magia se había despertado; pero la concentración del usuario se había desvanecido casi antes de que actuara su poder.
Siseando, contrariada, Orm se enroscó y revolvió, aferrándose a la tenue sensación de objetivo, buscando con desesperación sólo una «transmisión» más. La próxima vez estaría preparada. Cuando se produjera la siguiente emanación, no importaba lo insignificante que fuera, el ser atacaría.
En las catacumbas situadas debajo de Tarmish se observó, aunque tan sólo de un modo fugaz, que se había producido una repentina escasez de Altos. Garabato el Pensador se dio cuenta de esa ausencia cuando apartó la mirada de su estudio de las runas y no vio a ningún humano. Resultaba evidente que todos se habían ido, del mismo modo que el dragón se había marchado; y para el aghar aquellas desapariciones eran igualmente misteriosas.
Pero bien mirado, ¿quién era capaz de decir lo que humanos o incluso los dragones eran capaces de hacer a continuación?
De todos modos, Garabato tenía cosas más importantes en las que pensar. Se daba cuenta de que los extraños dibujos de la placa eran más que símbolos hechos al azar, pues tanto el dragón como el humano así se lo habían dicho. Los símbolos en realidad significaban algo.
—Si no deseas tener que recordar cosas —alguien había dicho en alguna ocasión—, entonces tienes que escribirlas.
Los dibujos eran escritura, y la escritura significaba recordar algo, y aquello, en cierto modo, al enano gully le parecía que era un concepto de gran importancia. Deseó poder saber cómo escribirlo.
También Bron el Héroe se había dado cuenta de que donde había habido humanos ya no había ninguno. Pero no tenía demasiado tiempo para reflexionar al respecto. La pequeña Tarabilla, después de haber desviado los servicios del héroe de la joven humana a su persona, estaba muy ocupada consolidando su victoria. A Bron le daba la impresión de que, mirara a donde mirara, ella estaba allí, contemplándolo con grandes y amorosos ojos y dándole órdenes. El modo en que lo trataba le recordaba vagamente la forma en que su madre se comportaba con su padre, y el enano se encontró respondiendo a cada sugerencia y solicitud con un resignado: «Sí, querida».
Consiguió una tregua cuando la dama Lidda y varias otras se acercaron a él para liberarlo de su escudo, ya que tenían una lumbre encendida y necesitaban el cuenco de hierro para preparar estofado. Cuando se marcharon, transportando el escudo entre todas, la pequeña Tarabilla las acompañó durante un rato, pero luego regresó junto a Bron. Le palmeó cariñosamente en la mejilla ligeramente barbada, y le quitó el espadón de la mano.
—Esto bueno para remover estofado —anunció, y siguió a las otras damas, arrastrando la pesada espada tras ella.
—Sí, querida —murmuró él.
—Ésa tener a ti bien cogido —dijo una voz a su lado, y cuando volvió la cabeza se encontró con Garabato junto a él, que asentía compasivo.
—Eso creo —respondió Bron—. Siempre querer decir a ella largar, pero luego yo olvido.
—Mejor que tú escribirlo —sugirió Garabato, juiciosamente.
El viejo Gandy, el Gran Opinante, descubrió que los Altos se habían ido, y suspiró aliviado, apoyado en su bastón de mango de escoba. Muchas veces, durante su larga existencia, había estado en compañía de humanos por un motivo u otro y, si bien no recordaba gran cosa de aquellos tiempos, de una cosa sí estaba seguro: nada bueno resultaba jamás de asociarse con la gente alta. Lo mejor era olvidarse de ellos, de modo que Gandy no tardó en hacerlo.
De todos modos, existían siempre cosas más interesantes que los humanos. Incluso allí, en ese lugar que era tan inverosímil y misterioso como la mayoría de sitios, había cosas sobre las que meditar. Los activos, persistente y pendencieros miembros de su tribu se encontraban casi todos en lo alto de una pared, gateando aquí y allá en la vertiginosa superficie de los tramos superiores de la inmensa caverna. Cada pocos segundos, dos o tres de ellos se soltaban y caían al suelo, pero volvían a trepar inmediatamente. El Gran Bulp había dicho que buscaran rocas brillantes, y era costumbre entre la mayoría de enanos gullys hacer lo que les decía su Gran Bulp.
En la zona más alta, casi en la curva donde la cueva giraba hacia el interior, en dirección a la gran columna central, habían dejado al descubierto un auténtico tesoro de reluciente pirita incrustada en la roca de la pared y se dedicaban a descantillarla. A sus pies, el suelo se veía inundado de piedras que caían y rebotaban, de avalanchas de grava y de algún que otro minero desalojado de su puesto. Mientras, el jefe de la tribu permanecía en medio de todo eso, chillando órdenes y esquivando cascotes.
—Gran Bulp ser un mentecato —murmuró Gandy.
A poca distancia, varias mujeres se afanaban con un brebaje, hecho a base de ratas, hierbas, champiñones y pedazos de renacuajos, que empezaba a humear en el interior del legendario Gran Cuenco para Estofado, que había sido el noble escudo de Bron hasta que se lo confiscaron para darle un mejor uso.
—¿Qué? —inquirió la dama Lidda mirando en derredor desde su puesto junto al fuego.
—Decir «Gran Bulp ser un mentecato» —repitió el Gran Opinante.
—Seguro —coincidió ella.
Gandy señaló con su mango de escoba. Un poco más allá, caía una lluvia de escombros, y el viejo Fallo permanecía bajo el aguacero, echándose a un lado y a otro, sin prestar atención a otra cosa que no fuera el brillo de la pirita en lo alto.
—No tener suficiente sentido común para apartar de rocas —explicó el Gran Opinante.
—¡Fallo! —gritó Lidda, volviendo la cabeza—. ¡Salir de ahí!
Si él la oyó, no lo demostró. La grava tintineaba a su alrededor, acompañada por aghars que se precipitaban al suelo agitando brazos y piernas en un intento de sujetarse a algo; pero el líder Bulp mantenía la mirada fija en el trabajo que se desarrollaba arriba.
—¡Más allá! —gritaba a los mineros colgados de la pared—. ¡Quedar mucho más justo ahí!
Junto a la olla de estofado, la dama Lidda sacudió la cabeza, indignada.
—¡Bron! —chilló—. ¡Ir a buscar Gran Bulp!
—¿Qué? —Bron parpadeó.
Tarabilla levantó los ojos del estofado que se dedicaba a remover. El espadón era más grande que ella, pero con la ayuda de otras señoras conseguía arreglárselas.
—¡Dama Lidda querer Gran Bulp! —ordenó—. Bron ir a buscar.
—Sí, querida —respondió el enano y, muy decidido se introdujo entre la confusión de la zona de desprendimientos, bajo las minas de pirita del techo.
—Tal padre, tal hijo —farfulló Gandy, meneando la cabeza mientras lo veía marchar—. Ser un par de auténticos zoquetes. Los dos ser fastidio y unos majaderos. Nacer para ser Grandes Bulps.
Mientras el fornido Bron arrastraba a su forcejeante y quejoso padre hacia ellos, tirando del viejo Gran Bulp por el tobillo, Gandy estudió a la pareja con ojos cansados. La barba enmarañada de Fallo, en el pasado rizada y tiesa, estaba surcada de hebras grises, y la calva cabezota asomaba por entre la corona. Parecía haber transcurrido mucho tiempo desde la última vez que había conseguido imponer su liderazgo. Seguía quejándose y protestando cuando no se salía con la suya, pero la vieja cualidad inherente a ser Gran Bulp —la habilidad para conseguir que todo el mundo hiciera lo que él quisiera mediante la sencilla técnica de dar la lata— resultaba menos eficaz que en el pasado.
Bron, por otra parte, no parecía tener problemas para captar la atención de la gente. En esos instantes, por ejemplo, era un héroe designado —significara lo que significara— y últimamente parecía haber dispuesto de su propio dragón. Desde luego, nadie tenía la menor idea de cómo podía elegirse a un Gran Bulp, pero Gandy decidió que era hora de pensar en tales cosas.
—Es hora de un cambio —decidió el Gran Opinante, y se encaminó cojeando hacia donde las enanas cocinaban el estofado—. ¿Qué pensar dama Lidda? —preguntó.
—No mucho —le confió ésta, volviendo la mirada hacia él—. Demasiado ocupada para pensar.
El anciano se agachó junto al escudo que servía de marmita e introdujo una mano pringosa en sus borboteantes contenidos para probarlos. Ciertas cosas se agitaron entre sus dedos. Algunos ingredientes del estofado no estaban aún muertos del todo.
—Cocinar un poco más —sugirió—. ¿Qué tal si Gran Bulp dejar de ser Gran Bulp?
—Buena idea —asintió Lidda—. Poder descansar un poco.
—¿Fallo estar cansado?
—Yo estar cansada —repuso ella—. No ser trabajo fácil, ocupar de Gran Bulp.
—Ser hora que ese majadero de Fallo retirar —afirmó la dama Fisga, que se encontraba a su lado—. Dejar que otro tener oportunidad de ser pez gordo. Sopapo poder ser Gran Bulp.
—Ir a que alguien zurcir, dama Fisga —sugirió la dama Lidda—. Sopapo buen Jefe Atizador, pero muy mal Gran Bulp, seguro.
—¡No ser verdad! —protestó la otra.
—Claro que ser —replicó Lidda—. ¿Dónde estar Sopapo ahora?
—No saber —admitió la esposa del Jefe Atizador—. ¡Marchar a alguna parte!
—Fantástico —indicó la enana—. Gran Bulp no poder marchar a alguna parte todo el tiempo. Tener que quedar con clan. Como hacer Fallo.
—Gran Bulp no quedar con clan —corrigió alguien situado cerca—. Clan queda junto a Gran Bulp.
—¡Ya está! —se refociló Fisga—. Sopapo deber ser Gran Bulp.
A sus espaldas, Bron depositó a su padre sin miramientos junto a la lumbre y echó una ojeada a la olla.
—¿Estofado ya listo? —preguntó—. Tener hambre.
Fallo el Supremo, Gran Bulp por Persuasión y Señor Protector de Este Sitio y Más Otros Sitios de los que Cualquiera Pudiera Contar, se sentó en el suelo y se retorció a un lado para frotarse el dolorido trasero.
—No ser modo de tratar Gran Bulp —gimoteó—. ¿Qué querer ahora dama Lidda?
—No recordar —admitió ésta.
Detrás de ellos, la caverna retumbó cuando un enorme pedazo de piedra rota fue a estrellarse contra el suelo, haciéndose añicos. El lugar donde había caído era el mismo en el que Fallo había estado minutos antes. Enanos gullys aterrorizados, que transportaban brazadas de pirita cribada fuera de la zona de desprendimientos, huyeron despavoridos en todas direcciones. Desde lo alto de la pared, un coro de voces aghars exclamó al unísono:
—¡Cáspita!
—¡Oh, sí! —recordó Lidda—. Querer que Fallo quitar de en medio cuando rocas caer.
—Mejor escribir eso —sugirió Garabato, sin dirigirse a nadie en concreto.
Lidda no le hizo el menor caso. Pensativa, contempló a su esposo, y tomó una decisión.
—Ser hora tú dejar de ser Gran Bulp —dijo—. Dejar que otro serlo.
—¿Dejar de ser Gran Bulp? —Fallo se puso en pie, gateando, mientras contemplaba boquiabierto a su esposa—. ¿Querer decir yo tener que abdic… dimi… renu… dejar cargo?
—Claro —respondió ella—. ¿Por qué no?
—¡Yo ser Fallo el Supremo! —vociferó el aghar—. Gran Bulp, noble jefe. ¡Gran pelma! ¡El pez más gordo! ¡Ser Gran Bulp mucho tiempo! ¡Siempre haber sido Gran Bulp! ¿Por qué dejar ahora?
—Ya no ser divertido —sugirió Lidda.
Intimidado por semejante razonamiento, Fallo se tranquilizó un poco, en tanto que rezongaba para sí.
—Dejar y hacer ¿qué? —inquirió por fin.
Lidda se limitó a encogerse de hombros, pero Gandy señaló con su bastón de mango de escoba al creciente montón de brillantes piritas situado bajo la excavación del muro.
—¿Qué tal nueva profesión? —propuso—. Clan tener mina grande y nueva aquí. Hacer falta alguien que encargar de piedras relucientes.
—Ser tarea muy importante —admitió el otro—. No todo mundo entender de piedras brillantes. —Reflexionó sobre la cuestión unos instantes; luego, se sacó la corona de dientes de rata y la dejó caer al suelo—. Vale, otro ser Gran Bulp ahora. Yo abandonar. ¡Eh, todo mundo! ¡Traer piedras relucientes aquí!
Refunfuñando por el dolor que sentía en sus viejos huesos, el Gran Opinante recogió del suelo la estropeada corona y se la arrojó a Bron.
—Toma —dijo—. Tú ser Gran Bulp ahora.
El joven gully ni siquiera volvió la mirada. Estaba ocupado, pues Tarabilla lo tenía removiendo el estofado.
—Ni hablar —dijo—. No querer ser.
—Tener que haber un Gran Bulp —insistió Gandy.
—Coger a otro —repuso él.
Con un resuelto suspiro, el anciano se alejó cojeando unos pasos y golpeó con su mango de escoba el suelo de piedra hasta que el vocerío a su alrededor se fue apagando. Aquello no se desarrollaba del modo que el Gran Opinante había planeado, pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.
—Fallo ya no ser Gran Bulp —anunció a todos los que le escuchaban—. Necesitar voluntario.
—¿Para qué? —quisieron saber varios de los miembros del clan.
—Para ser Gran Bulp —explicó Gandy—. Corona estar libre. ¿Quién querer ser Gran Bulp?
No recibió por respuesta más que silencio y miradas inexpresivas. Luego desde lo alto de la pared, una voz gritó:
—Dejar que Bron ser Gran Bulp. Bron no tener nada mejor que hacer.
—¡Bron ser un héroe! —protestó Tarabilla.
—No necesitar héroe —dijo Gandy—. Necesitar Gran Bulp. Pero Bron decir no.
—¡No querer ser Gran Bulp! —insistió el joven aghar, sin dejar de remover el estofado—. ¡Ser trabajo estúpido, ser Gran Bulp!
—¿Haber otros candi… suger… alguien interesado? —gritó Gandy, volviéndose a un lado y a otro, manteniendo la corona en alto. En grupos de tres y de cinco, los enanos gullys del clan Bulp le dieron la espalda, expresando su falta de interés.
—Alguien tener que ser Gran Bulp —insistió el Gran Opinante.
—Tú decidir, entonces —le espetó un enano gully, transportando un montón de pirita hasta la pila de Fallo.
—Hacer que Bron o Sopapo aceptar —manifestaron varios.
Con un elocuente encogimiento de hombros, Gandy regresó junto al fuego.
—Bron Gran Bulp ahora —proclamó, y, poniéndose de puntillas, intentó colocar la vieja corona sobre la cabeza del aghar—. Mayoría manda.
—¿Cuántos ser mayir… mayo… lo que sea? —exigió Bron, contemplándolo airado y esquivando la corona.
—Dos —respondió el otro.
—Ni hablar —repuso Bron—. Dar a Sopapo.
—Sopapo no estar aquí.
—Corona sí estar. Sólo tener que decir, «Sopapo Gran Bulp ahora».
—Vale. —El Gran Opinante se dio por vencido—. Sopapo Gran Bulp ahora. Si alguien ver, decir a él.
Finalizada la tarea, el anciano dedicó su atención a conseguir un poco de estofado. Sacó un viejo cuenco de madera de un escondite entre sus ropas, se inclinó… y se quedó paralizado. Bron seguía removiendo con el espadón, farfullando para sí sobre lo injusto de todo aquello, pero no había nada que remover. Donde había estado el estofado, hirviendo en el interior del legendario Gran Cuenco para Estofado, ya no había nada; incluso el enorme recipiente de hierro había desaparecido. Todo aquel mejunje se había esfumado, como si jamás hubiera estado allí.
Al principio, lord Vulpin no reconoció a la anciana figura desplomada junto al destrozado armario del telescopio, en lo que quedaba de la Torre de Tarmish; pero los legañosos y seniles ojos que lo contemplaban con odio furibundo, no tardaron en indicarle quién era aquella reliquia humana.
—¡Clonogh! —siseó el señor de Tarmish—. Así que tu deslustrada magia te ha reducido a esto. ¿Dónde está el Colmillo de Orm que debías entregarme?
El viejo mago le lanzó una mirada colérica, despreciándolo, pero impotente para hacerle daño. Vulpin miró en derredor y arrugó la nariz. Un hedor insoportable parecía impregnar la atmósfera, y escuchó unos tenues y ahogados chapoteos que parecían proceder de un lugar cercano, aunque el fragor del combate que se desarrollaba abajo —los restos de los ejércitos de Gelnia y Tarmish se enfrentaban cuerpo a cuerpo y espada contra escudo en el patio situado a los pies de la torre— ahogaba casi cualquier otro sonido. Luego, volvió de nuevo la enfurecida mirada hacia el encogido Clonogh y alzó el negro visor. Una sonrisa cruel le apareció en el rostro.
—El Colmillo o tu vida, mago. Tú eliges.
—Mátame —siseó él. Un dedo huesudo y tembloroso señaló la espada ensangrentada del noble—. No quiero otra cosa que la muerte.
—No importa —se mofó Vulpin—. El Colmillo está aquí. Vi a la criatura que lo trajo. Pero la tuya no será una muerte decente, señor mago. —Sacó de su túnica una pequeña esfera de cristal, que sostuvo con indiferencia entre el índice y el pulgar de una mano enguantada—. Tu alma, viejo —murmuró—. Dije que te la devolvería algún día. De modo que aquí está.
—El Colmillo no os sirve de nada sin alguien que formule los deseos —escupió Clonogh, esforzándose por levantarse—. Un inocente. ¿Dónde encontrará alguien como vos a un inocente, ahora que vuestra cautiva ha desaparecido?
—¿Desaparecido? —Vulpin hizo una mueca burlona, chilló una orden y un enorme bruto cubierto con una armadura abandonó la escalera para salir a la luz del día. Uno de los vándalos cavernarios de Vulpin transportaba a una joven forcejeante bajo el brazo del mismo modo que un hombre de menor tamaño llevaría a un cachorro de perro. La muchacha era Thayla Mesinda.
—La encontré justo ahí abajo —explicó el noble—. Al parecer ella y algunos otros se habían estado ocultando en los sótanos de este lugar. Ella formulará el deseo que yo quiera, Clonogh, el deseo que me liberará de todas las molestias. —Con una sonrisa sarcástica, Vulpin se aproximó al escarpado borde de la destrozada torre y alzó la cristalina esfera que sostenía entre los dedos—. Te has ganado tu recompensa, Clonogh —siguió—. La devolución de tu espíritu. Aquí está. Si lo quieres, ve a cogerlo.
Con una risita, Vulpin arrojó la esfera al exterior.
—¡Mi espíritu! —aulló el mago.
Con sus últimas fuerzas, pasó corriendo junto a Vulpin y se lanzó hacia fuera, intentando atrapar la esfera; pero ésta cayó a plomo, más allá de su alcance. Con las pocas energías que le quedaban, alargó la mano hacia la pequeña bola y, con el último aliento, mientras el objeto descendía hacia el patio de adoquines, Clonogh pronunció un conjuro. Sería su último hechizo, y los estragos que pudiera ocasionar ya no importaban. Puso en él hasta la última pizca de energía, hasta el último ápice de odio. Sus arcanas frases resonaron por encima del tumulto de la batalla cuando los dedos del anciano hechicero se cerraron sobre su «espíritu» que caía y su cuerpo marchito se hizo pedazos sobre las piedras del patio. «Jamás abandonarás este lugar», pareció decir el eco.
Una delgada nube negra pareció flotar por un instante sobre la sangre del cuerpo aplastado; luego, se arremolinó y enroscó alrededor de la estructura de la torre, oscureciendo las piedras. Tal vez fue así, o a lo mejor no fue más que un juego de luces y sombras.
Dentro del armario donde se guardaba el telescopio, Sopapo sorbía estofado de una enorme cuba de aquel mejunje que había aparecido de improviso, sin que supiera por qué, allí junto a él. El enano gully era consciente de que tenía lugar un gran alboroto fuera de donde se encontraba. Había Altos allí, que discutían y chillaban; pero eso no significaba nada para el aghar. Había deseado poder tener algo de estofado, y ya tenía estofado, toda una olla llena de estofado caliente, recién hecho. Además, el recipiente en cuestión parecía ser ni más ni menos que el legendario Gran Cuenco para Estofado de los Bulps.
Otra persona, incluso otros enanos gullys, podría haber hallado todo aquello desconcertante. Pero Sopapo nunca había sido de los que se hacían preguntas sobre las cosas que se encontraban más allá de su comprensión y, por lo tanto, en raras ocasiones había sentido curiosidad por nada. El estofado que había deseado tener estaba allí, y él se sentía hambriento; así pues, en vista de que carecía de cualquier otro utensilio, sumergió las dos manos, y a continuación introdujo el rostro barbudo en el mejunje para lamer los jugos.
Acababa de levantar la cabeza para respirar, eructando satisfecho, cuando un rostro enorme, de ojos llameantes y enmarcado por un yelmo, apareció junto a él. La voz del hombre dijo:
—Ah, ahí está. —Un brazo inmenso envuelto en placas de metal se introdujo en el escondite del aghar, apartó de un manotazo al enano como si nada, y unos dedos enguantados se cerraron alrededor de su instrumento atizador.
—¡Oiga! —aulló Sopapo mientras le arrebataban el blanco bastón.
Lanzándose al frente con un salto que casi rebasó el recipiente de estofado, aunque no del todo, el Jefe Atizador del clan Bulp atrapó su instrumento atizador al vuelo y se aferró a él. Medio sumergido en fétido guiso, sujetó el bastón con ambas manos, decidido a no soltarlo.
—¡Mi «isturmento atizador»! —gimió con todas sus fuerzas—. ¿Cómo ser que todos intentar robar mi «isturmento atizador»?