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Rostros en la pared

Aunque Lidda era joven, eran muchos los que, de vez en cuando, habían reparado en ella. La enana poseía una bien definida tendencia a la tozudez y, por eso mismo, tenía propensión a pensar por su cuenta. Esto en sí mismo resultaba un tanto desconcertante para la mayoría de los enanos gullys. Por regla general, los aghars acostumbraban tener cosas mejores que hacer que ponerse a pensar; pero existían momentos, de cuando en cuando, en que los pensamientos resultaban útiles.

Había existido una época, en los todavía recientes y tempestuosos tiempos, en que un grupo de criaturas reptilianas había estado a punto de localizar al clan. Toda una hilera de los horrorosos seres había pasado junto a una grieta que era la entrada a su escondrijo, y una de ellas se había separado del grupo y detenido, como si fuera a mirar en el interior. Pero finalmente no lo había llegado a hacer porque, desde algún punto situado en lo alto, había caído una piedra del tamaño de un puño que lo había golpeado en el yelmo. El incidente lo distrajo, y entonces uno de los otros lo llamó con un grito gutural, y todos siguieron su camino.

El Gran Opinante, Gandy, había advertido el incidente, y se había devanando los sesos respecto a él. La piedra no había sido ningún accidente; recordaba que había sido arrojada intencionadamente, desde una repisa alta, y que la persona que la había dejado caer fue Lidda.

Resultaba todo muy chocante; pero parecía que, de un modo u otro la pequeña gully había mantenido a raya al grupo de seres desagradables.

—Lidda también poder mantener a raya al Gran Bulp —murmuró para sí Gandy—. Si mantener cosas repitilianas a raya, mantener cualquier cosa a raya. Auténtica buena elección.

Pensativo, volvió la mirada en dirección al Gran Bulp, que se divertía siendo el centro de atención.

Fallo estaba sentado, tieso y orgulloso, en lo alto de su trono recién estrenado, con la corona ligeramente ladeada, y la expresión de su rostro vulgar convertida en todo un tratado de vanidad; mientras, con actitud pomposa, permitía a aquéllos que lo deseaban, que se le aproximaran para ofrecerle su admiración.

Debajo de él, calentado por el regio trasero así como por el resplandor de las lumbres cercanas donde se cocían los estofados, el trono parecía sentirse feliz, y brillaba alegremente con una radiante luz verdosa.

Lidda encontró otra cosa en la que ocuparse. En lo alto de una pared de la antigua sala que la asociación de clanes había reclamado como su hogar, había un mosaico esculpido, rodeado por un marco de piezas de mármol oscuro incrustadas en piedra gris. En una época ya olvidada, un grupo de artesanos había trabajado la piedra situada en el interior de la estructura, creando formas y tallas, hasta obtener una magnífica taracea entrelazada de figuras de todas clases, personas, animales, enredaderas y flores entretejidas con símbolos extraños, y todo ello esculpido en la roca.

Justo en el centro, había un círculo de rostros, y si Lidda —o cualquiera de los que andaban por allí— hubiera sido capaz de contar más allá de dos, habría descubierto que eran nueve las caras que miraban desde la fría piedra de aquel muro. Cada una destacaba en nítido relieve sobre la superficie de una placa ovalada, aunque, a decir verdad, los nueve «rostros» no eran realmente rostros —desde luego no se asemejaban a ninguno que los enanos gullys hubieran visto jamás— sino que parecían imágenes de cosas incomprensibles.

Todos sabían que el mosaico de piedra se encontraba allí. Estaba claramente a la vista, y todos le habían echado una mirada de vez en cuando; pero no tenía más sentido para la mayoría que cualquier otra cosa inexplicable de las que llenaban su mundo. No sabían qué era o por qué estaba allí; como tampoco sabían el motivo de que algunas zonas de las antiguas ruinas a las que habían llegado estuvieran llenas de agua; o la razón por la que, en ocasiones, los más extensos de los pasadizos que se alejaban en sentido ascendente de su zona de alojamiento gemían y lloriqueaban con vientos lejanos que revoloteaban por las estancias de El Pozzo y provocaban oscilaciones en las hogueras de los estofados.

Últimamente, Lidda observaba el mosaico del muro con mucha asiduidad, pues le daba la impresión de que tenía un aspecto distinto al de la primera vez que lo había visto, y le desconcertaba que así fuera.

Ese día, puesto que no tenía otra cosa que hacer, volvió a encaminarse allí para echarle otro vistazo. Miró perpleja hacia lo alto, con ojos entrecerrados, en tanto se paseaba a un lado y a otro por debajo de la escultura. Fue entonces cuando lo descubrió. Una de las caras se inclinaba ligeramente al exterior, como si la placa sobre la que descansaba se hubiera separado parcialmente de la piedra del resto del mosaico. Llena de curiosidad, la enana localizó asideros para manos y pies en la superficie de la pared e inició el ascenso.

Necesitó cierto tiempo y bastante esfuerzo para llegar hasta allí, pues el mosaico entero se extendía desde justo por encima del suelo —a la altura de los ojos de Lidda— hasta perderse de vista en la oscuridad de la enorme sala. Y a pesar de que el círculo de rostros sólo se encontraba a medio camino de la parte superior, su distancia de la base superaba los seis metros. No obstante, una vez que tomaba una decisión, la enana solía seguir adelante, y por ese motivo no tardó en estar encaramada en la pared, y aferrada a las enredaderas talladas en la piedra con la inclinada placa ovalada situada justo sobre su cabeza.

Era mayor de lo que había pensado; tan ancha como alta era ella. El rostro allí tallado parecía la representación de un hombre barbudo con una ristra de abalorios sobre la frente y unos bigotes protuberantes que finalizaban en afiladas puntas a cada lado del rostro. No obstante, también podría haberse tratado de una escultura de una de las criaturas reptilianas que habían ocupado El Pozzo hasta hacía poco tiempo o de algo totalmente distinto. Resultaba difícil de decir.

Sin embargo, no fue el trabajo artístico lo que retuvo la atención de la joven.

Fue una grieta detrás de la placa. El óvalo, visto de cerca, resultó ser viejo metal deslustrado en lugar de piedra, y la enana sacó la lengua para catarlo. Era hierro. Cada una de las piezas del círculo estaba hecha de metal de distinta clase, y cada una tenía una bisagra en la parte inferior y un pestillo en la superior. La que examinaba estaba separada de la pared porque el pestillo se había oxidado.

Inclinándose más cerca para atisbar al interior de la abertura, descubrió un agujero en la piedra que había detrás.

—¿Qué ser esto? —murmuró para sí—. ¿Quizás algo bueno dentro?

Con visiones de tesoros —nidos repletos de huevos olvidados, montones de piedras bonitas escondidas, tal vez incluso hebillas de zapatos— danzando en su mente, Lidda se agarró con fuerza a su asidero, se apuntaló contra la piedra tallada, introdujo los pequeños y fuertes dedos por el borde más próximo de la floja pieza de metal, y tiró.

Por un momento, el oxidado pestillo resistió, pero acabó por ceder y toda la placa se balanceó hacia abajo, arrancando a la enana de su precario punto de apoyo. La aghar se aferró al borde del óvalo que descendía y echó una veloz mirada hacia lo alto cuando algo salió disparado del agujero que había quedado al descubierto: algo largo, oscuro y muy veloz que silbó en el aire al pasar, como una exhalación, junto a ella.

La placa chocó contra la roca y se estremeció, dejando a Lidda colgada del borde inferior por una mano, muy por encima del suelo de la enorme estancia, y pidiendo ayuda a gritos. En alguna parte, al otro lado de la sala, entre las sombras del extremo opuesto, algo enorme se estrelló contra la piedra, despidiendo chispas al tiempo que salía disparado hacia el pasillo principal.

Desde el suelo ascendió un barullo de voces sorprendidas:

—¡Porras! ¿Qué suceder?

—¿Qué pasar volando?

—Algo hacer mucho ruido en túnel.

—¡Mirad! ¡Alguien estar arriba de pared!

Sujetándose con desesperación a la pieza ovalada que ahora se hallaba invertida, y muy por encima del nivel del suelo de Este Sitio, Lidda chilló y parloteó aterrorizada, mientras intentaba no caer.

—¿Quién ser ése de ahí arriba? —inquirió alguien.

—Lidda, ¿ser tú? —quiso saber otra voz.

—¡Ser yo! —gritó ella—. ¡Alguien ayudar, por favor!

—¿Qué pasar? —La voz del Gran Bulp sonó irritada—. ¿Quién ahí arriba?

—Lidda —indicó alguien.

—¡Lidda bajar! —ordenó el Gran Bulp.

Una voz femenina se hizo eco de sus palabras, y la dama Fisga se puso en jarras y golpeó el suelo con el pie.

—¡Lidda! ¡Bajar de ahí!

—¡No poder! —aulló ella—. ¡Casi no poder sujetar!

—¡Entonces soltar! —insistió la dama Fisga.

—¡No, no soltar! —gritó la voz del viejo Gandy, justo debajo de ella—. ¡Columpia pies!

Puesto que aquello parecía una mejor idea que la inmediatamente anterior, Lidda se mantuvo aferrada al borde de metal y balanceó los pies. La punta del pie tocó la pared esculpida y resbaló. Volvió a columpiarse y, en esta ocasión, localizó un punto de apoyo sobre la superficie. Se mantuvo sujeta durante un instante, mientras recuperaba el aliento; luego, se deslizó debajo del escudo colgante y encontró un asidero para la mano. En cuestión de segundos descendía ya a toda velocidad por la pared vertical, suspirando aliviada.

Unos cuantos se agolparon para contemplar cómo bajaba; pero, puesto que la alarma había desaparecido, la mayor parte de los enanos volvió su atención al extremo opuesto de la enorme sala, donde algo había penetrado en el pasadizo principal a gran velocidad, arrojado una potente lluvia de chispas, y desaparecido a continuación túnel arriba.

Cuando la enana puso pie en tierra, sólo la dama Fisga estaba allí para encararse con ella. Con las manos sobre las caderas, la enana se inclinó hacia la joven y espetó:

—¡Lidda, mantener lejos de pared! ¡Tú no haber perdido nada arriba de pared!

—Estudiar agujero… —La muchacha señaló hacia lo alto en un intento de explicarse.

—¡Mala, Lidda! —la zahirió la otra—. ¿Por qué tú siempre cosas estúpidas? Como traer cosa verde en lugar de buscar champiñones y… como…, como…, ¡cosas estúpidas!

El tono de la dama era tan severo que la joven retrocedió un paso.

—¡Ahora barullo con cosa ésa de pared! —regañó Fisga, mirando a lo alto—. «Pobablemente» haber roto algo. ¡Lidda ser zoquete!

La gully ya no estaba dispuesta a soportar más. Se puso también en jarras, dio una fuerte patada contra el suelo y alargó el rostro con expresión belicosa hasta quedar nariz con nariz con dama Fisga.

—¡Tú callar! ¡Tú no derecho a hablar a mí así!

La otra retrocedió por un instante, sorprendida, luego se irguió, y dio media vuelta.

—Estúpida Lidda —bufó—. Y descarada, también. —Con un gesto desdeñoso, la enana se alejó con paso majestuoso, dejando a Lidda bufando de rabia.

El viejo Gandy apareció entonces junto a ella, apoyado en el mango de escoba y mirando hacia lo alto.

—¿Qué encontrar Lidda allí arriba?

—No mucho —respondió ella, aún irritada—. ¿Cómo ser que dama Fisga siempre tan mandona?

—La dama Fisga tiene a Sopapo —respondió él, frunciendo el entrecejo pensativo, para a continuación encogerse de hombros—. Dar disti… catig…, privil…, bueno, permitir muchas cosas.

—No justo —decidió Lidda.

—Pero cosas ser así. —El Gran Opinante volvió a encogerse de hombros, y sus ojos se entrecerraron, meditabundos—. ¿Lidda querer también influencia? [1]

—Sopapo casado ya —señaló la enana—. Con dama Fisga.

—Entonces conseguir a otro —sugirió él—. Tal vez alguien mejor. ¿Querer casar con Gran Bulp?

—¡Dejar esto ya! ¡No!

—¿Por qué no?

—«Poque» Gran Bulp majadero inútil y holgazán, esto ser motivo. Gran Bulp jamás pensar en nadie «esepto» sí mismo.

—Ya —asintió Gandy—. Eso ser él, seguro. Así que ¿por qué no casar con él?

—No soportar, eso ser por qué —replicó Lidda mirando, al anciano con asombro—. ¿Por qué si no?

—¿Y qué? Nadie soporta Gran Bulp. Pero tú casa igual con él. Ser bueno para él que alguien mantener a raya.

En el otro extremo de la estancia se había reunido un excitado grupito. Varios enanos gullys se habían deslizado con sigilo al interior del corredor, en busca de lo que fuera que había ido a parar allí, y entonces regresaban, llevando con ellos el objeto de la expedición. Parecía una lanza enorme, y tenían que transportarla entre varios para poder cargar con ella.

—Quien casar con Gran Bulp ser consorte —insistió Gandy.

—Ser ¿qué? —Lidda se volvió de nuevo hacia él.

—Consorte.

—¿Qué ser consorte?

—Esposa Gran Bulp. Tener más influencia [2]que esposa de Gran Atizador.

—Pero consorte tener que aguantar Gran Bulp —repuso Lidda, y sacudió la cabeza de un lado a otro—. Olvídalo.

Se alejó sin siquiera mirar atrás, y Gandy se apoyó en su mango de escoba, murmurando para sí:

—Buena elección. Ella seguro manejar bien a Gran Bulp. Ésa estar llena vinagre.