15
Un dragón en deuda
Acompañada por su guardia personal —una docena de casi idénticos gigantes de barbas cristalizadas, procedentes de las montañas de Hielo— y sus oficiales gelnianos, Chatara Kral recorría a grandes zancadas su acuartelamiento. Alta, ágil y escultural, con ojos tan negros como la noche y una gran melena de rizado cabello azabache que descendía bajo su yelmo lacado, resultaba una figura impresionante. Por donde pasaba, los hombres se volvían para contemplarla con admiración, y a continuación bajaban la mirada al suelo. Era sabido que Chatara Kral no toleraba la insolencia, y ningún hombre en su sano juicio estaba dispuesto a enfrentarse a la cólera de los gigantes de la tundra que la flanqueaban mientras paseaba. Ni siquiera un ogro, se decía, era rival digno de tales hombres en combate.
La matutina luz solar centelleaba sobre las joyas incrustadas en la espada y el visor de la guardiana-regente y proyectaba toda una variedad de reflejos desde su armadura, brillante como un espejo. La ondulante capa era de un color vivo, con toda la heráldica de la casa de Gelnia blasonada en su tejido. Como guardiana-regente, la mujer se había proclamado a sí misma la voz y voluntad del pequeño príncipe Quarls, último superviviente de la postrera gran casa de Gelnia.
En Gelnia, la palabra de Chatara Kral, incluso su más nimio gesto o capricho, era ley.
Tras efectuar la ronda del campamento, donde los hombres se afanaban para preparar un ataque sobre la fortaleza tarmitiana, la regente condujo a su asamblea hasta una pequeña empalizada de troncos en el perímetro occidental. A lo largo de su último centenar de metros, el sendero estaba bordeado de trofeos espantosos: las figuras todavía balanceantes de hombres crucificados; y, aquí y allá, elevados postes verticales coronados por las cabezas cortadas de los prisioneros decapitados.
Algunos de aquellos desdichados eran guerreros de Tarmish, capturados en las colinas. Otros podrían haber sido traidores, espías o saboteadores, o simplemente granjeros de la zona atrapados en los campos durante el avance de los gelnianos. En realidad, la mayoría no era culpable de otra cosa que de haber desagradado a Chatara Kral; sin embargo, en manos de los inquisidores nerakianos de la regente, habían confesado de buena gana ser culpables de todos los crímenes que se les sugirieron.
La mujer apenas les dirigió una mirada mientras pasaba, y se encaminó directamente a la pequeña empalizada, cuya entrada le franquearon unos guardias en medio de respetuosas inclinaciones. Al otro lado de la puerta, el inquisidor principal le dedicó una profunda reverencia.
—¿Habéis venido a ver al viejo espía, excelencia? —preguntó.
—Así es —respondió ella—. ¿Qué has averiguado de él?
—Bastantes cosas —respondió el inquisidor principal, sonriente—. Es muy anciano y apenas tiene fuerzas. Necesitó tan sólo una levísima incitación para hablar.
—¿Y es realmente un espía?
—Oh, ya lo creo que lo es, excelencia. Su nombre es Clonogh, y fue enviado directamente por lord Vulpin, en busca de una reliquia que se ha perdido.
—¿Reliquia?
—Algo que él llama el Colmillo de Orm. Al parecer este Clonogh intentaba entregar el objeto a lord Vulpin, pero por alguna razón lo perdió. Afirma que es un artilugio mágico, excelencia.
Los oscuros ojos de Chatara Kral relucieron bajo el visor. Resultaba casi increíble, pero Vulpin no tenía el Colmillo de Orm.
El inquisidor principal la condujo hasta una celda apestosa y señaló con la mano.
—Ése es el espía, excelencia.
Chatara Kral contempló el extenuado y viejo cuerpo tensado entre los brazos de madera de un potro de tortura.
—¡Ese hombre es muy anciano! —exclamó la mujer, con voz áspera.
—El jura que en realidad tiene treinta y siete años —respondió el otro con una risita divertida—. Afirma que lo ha envejecido la magia.
—Parece muerto —observó la regente.
—Casi lo está, excelencia. Nos sorprende un poco. Un hombre tan debilitado debería haber perecido hace una hora, pero sigue vivo. Le pregunté al respecto la última vez que estuvo consciente. Dice que no puede morir porque lord Vulpin tiene su vida en su poder.
—Mi hermano sigue con sus viejos trucos, por lo que parece —masculló ella—. Muy bien. Mete a este Clonogh en el sótano. Si no puede morir, al menos se puede pudrir ahí dentro. Pero ocupaos de sus heridas. Podría ser un peón útil para nosotros cuando tomemos el castillo.
Contempló cómo unos fornidos nerakianos soltaban las ligaduras de las muñecas y tobillos del anciano, arrojaban una sábana apestosa sobre él y lo sacaban a continuación de la empalizada. El «sótano» era un agujero en el suelo a cien metros de distancia del cercado. Estaba cubierto por losas de piedra, y su único acceso era una reja de hierro con goznes en la parte superior.
En el exterior del recinto, la guardiana-regente de Gelnia sintió como si le hubieran quitado un peso de encima. Durante todos sus preparativos para el asedio de Tarmish, siempre había tenido el mal presentimiento de que Vulpin podría volver las tornas en cualquier momento, pues, con el Colmillo de Orm en sus manos, tendría magia a su disposición.
Sus mejores consejeros habían podido contarle muy poco sobre aquel objeto, aparte de que era sumamente peligroso. Todos ellos habían estado de acuerdo en que la persona que lo poseyera dispondría del poder de ganar guerras. Y sus espías la habían alertado de que el objeto iba de camino hacia Vulpin, en Tarmish.
Pero en este momento parecía que su adversario no poseía la reliquia; que ésta se había perdido antes de poder ser entregada.
—Completad todos los preparativos antes de que se ponga el sol —indicó, volviéndose hacia su camarilla de oficiales—. Mañana atacaremos Tarmish.
A poca distancia, un lancero con armadura se había detenido. Tras desmontar, realizó varios ajustes en los accesorios de su metálico traje mientras que su «escudero» inspeccionaba los arreos del enorme caballo de guerra. Parecía un caballero errante preparándose para el combate. El pequeño grupo encajaba bien en el entorno; pero, de los tres, el único que se concentraba en estar preparado era el caballo.
—Ése era Clonogh —dijo Ala Gris—. Es más viejo de lo que pensé, y está hecho una porquería con toda esa sangre encima, pero estoy seguro de que es él.
—Entonces tal vez sepa dónde está el Colmillo de Orm —sugirió Dartimien—. Tal vez deberíamos hablar con él.
—No podemos —refunfuñó su compañero—. ¿No lo viste? Está muerto.
—Mira a tu alrededor —susurró el Gato—. Esos desgraciados de los postes están muertos, y aquéllos de aquel montón ahí fuera detrás de la empalizada. Cuando la gente muere en este lugar, o los exhiben o los arrojan fuera. No los encierran en sótanos, con guardias nerakianos ante la reja.
—Podrías estar en lo cierto —admitió Ala Gris, con rudeza—. Muy bien, pues, si Clonogh no está muerto, vayamos a hablar con él.
—Es muy fácil decirlo. —Dartimien bizqueó, estudiando el desolado espacio abierto que rodeaba el agujero del sótano—. Pero, ¿cómo lo hacemos?
—Sencillamente lo haremos —repuso él, apretando los dientes. Cubierto con más de cien kilos de armadura, incluso encogerse de hombros resultaba un gran esfuerzo, y se preguntó, como se había preguntado muchas veces antes, qué clase de gente eran los solámnicos, que tantos de ellos estaban dispuestos a pasarse la vida vestidos de tal guisa.
Había combatido con Caballeros de Solamnia en el pasado, en ocasiones contra ellos y en otras a su lado, y seguía sin saber qué era lo que los impulsaba. Cuando era mucho más joven, había considerado a los acorazados caballeros, con sus también acorazados caballos, «palurdos tintineantes». Pero eso fue antes de ver una carga de caballería pesada, con las lanzas alineadas y los cascos atronando el suelo.
Había descubierto que aquellos «palurdos tintineantes», con sus enormes armaduras y sus gigantescas monturas entrenadas para el combate, eran una máquina de guerra tan eficiente y formidable como pudieran serlo cualquier cosa humana y equina.
De todos modos, se alegraría de poderse librar de aquellos engorrosos atavíos tan pronto como le fuera posible, aunque en esos momentos le eran muy útiles. Resultaría difícil encontrar un disfraz mejor para husmear por un campamento hostil. Todo el mundo esperaba ver caballeros, pero pocos hombres tenían la temeridad de detener jamás a uno de ellos para hacerle preguntas.
Encima de la cúpula en forma de losa de piedra del «sótano», había dos guardias nerakianos sentados sobre los talones, jugando a la canilla. Durante la inspección de la regente, los dos se habían mantenido firmes; pero el aburrimiento empezaba a dejarse sentir. Su tarea como guardias no era impedir que nadie entrara en el agujero, porque nadie en su sano juicio querría penetrar en su interior. Su objetivo era impedir que huyeran los que estaban dentro, y en ese momento no había más que un prisionero: un débil anciano tan torturado que estaba casi muerto.
Ninguno de los dos detectó al caballero que se aproximaba hasta que el sol de la mañana proyectó su sombra sobre ellos, y entonces se limitaron a alzar la mirada, bizqueando.
—¿Qué quieres? —gruñó uno de ellos.
—Bueno, toda clase de cosas —respondió el caballero, en tono festivo—. Quiero fama y fortuna, mujeres hermosas y buenos caballos, y tal vez incluso algún reino pequeño y tranquilo en alguna parte que poder llamar mío. ¿Qué es lo que queréis vosotros?
Los huesos en forma de dado dejaron de rodar, y los dos hombres se protegieron los ojos con la mano, para contemplarlo con ojos entrecerrados como si estuviera loco. Se alzaron despacio y levantaron sus hachas, moviendo los ojos a toda velocidad a un lado y a otro por encima del acorazado gigantón que tenían delante. El problema con los caballeros era que resultaba muy difícil saber dónde golpearlos, si era necesario hacerlo.
—¡Dinos qué te trae aquí! —exigió uno de ellos.
—Quiero que abráis esa reja —indicó Ala Gris—. De lo contrario tendré que hacerlo yo mismo.
—Quieres que nosotros a… —La voz nerakiana se apagó bruscamente y los ojos quedaron en blanco en las cuencas.
Junto a él, casi de modo simultáneo, el otro guardián se convulsionó con violencia y un chorro de sangre le brotó de la boca. Ambos se desplomaron al instante, inertes, sobre la piedra. En la espalda de cada uno de ellos aparecía una práctica daga, hundida hasta la empuñadura.
—Jamás me importaron demasiado los nerakianos —dijo Dartimien, arrodillándose para recuperar sus armas.
En el hediondo subterráneo situado bajo la reja encontraron a Clonogh, más muerto que vivo pero respirando todavía. De nuevo Ala Gris se sintió muy sorprendido al comprobar cómo el mago parecía mucho más viejo de lo que había sido unos pocos días antes.
—Envuélvelo con esa lona —indicó al Gato—. Lo subiremos a mi caballo, detrás de la silla, luego buscaremos un escondite hasta que recupere la conciencia.
—Yo creía que íbamos tras enanos gullys —masculló Dartimien.
—Vamos tras el Colmillo de Orm —tronó su compañero, cuya voz sonaba hueca en el interior de su inhabitual armadura—. Él sabe más al respecto que nosotros.
La suerte parecía acompañarlos por el momento. Nadie dio la alarma mientras sacaban a Clonogh del sótano, lo envolvían con un pedazo de tela y lo colocaban atravesado sobre la grupa del caballo. Ala Gris montó en el animal y partieron hacia el este, en dirección a las zonas arboladas donde podrían hallar refugio.
Hileras de soldados con picas pasaron de largo, unos metros más allá, y el tronar de cascos de caballos se dejó oír a poca distancia donde una compañía de mercenarios solámnicos maniobraba. La gente iba y venía a su alrededor, haciéndose a un lado para dejar paso al «caballero». Entonces, a mitad de camino de su punto de destino, una patrulla gelniana cambió el paso y se dirigió hacia ellos al tiempo que su comandante gritaba:
—¡Eh, vosotros! ¡Deteneos e identificaos!
Antes de que Ala Gris pudiera reaccionar, Dartimien se escurrió alrededor del caballo y le palmeó los cuartos traseros, por detrás del acorazado faldón.
—¡Corre a ocultarte! —gritó el Gato—. ¡Me reuniré contigo en cuanto pueda!
Era casi mediodía, y los ejércitos de Gelnia avanzaban sobre Tarmish, cuando una sombra enorme cubrió el terreno. Por todas partes los hombres levantaron los ojos; luego, dieron media vuelta y salieron huyendo, despavoridos. Habían transcurrido años desde la gran guerra, cuando los dragones habían gobernado los cielos, y la mayoría no había visto a un dragón desde hacía una eternidad. Pero la visión de tal criatura volando no había perdido ni un ápice de su efecto. Ninguna otra cosa en el mundo podía inspirar tan escalofriante temor en todo ser vivo. En esos instantes, en el cielo del valle Hendido, unas alas enormes se agitaban perezosamente, y provocaban un terror glacial en los corazones de todos los que miraban a lo alto.
Verden Brillo de Hoja había estado dormida durante una temporada, confortablemente instalada en una elevada cueva montañosa. Como era costumbre en su raza, buscaba la soledad cuando no había nada que hacer, y una vez hallada, se durmió. Ese sueño fue casi una hibernación intermitente, interrumpida tan sólo por salidas ocasionales en busca de alimento. La siesta de un dragón podía durar muchas estaciones, y para alguien como Verden Brillo de Hoja —que había muerto en una ocasión y renacido de su propio huevo, y cuyos recuerdos eran de suprema traición—, el sueño era una atrayente alternativa a las meditaciones desagradables.
Pero entonces estaba despierta, aunque no estaba muy segura del motivo. En sus sueños le había dado la impresión de que la llamaban; como si una voz que no era en absoluto una voz no parara de decirle que tenía un deber que atender, una obligación a la que enfrentarse. Y una vez que se hubo deslizado de la inconsciencia del sueño a la dura realidad, la urgencia de la llamada siguió presente. En algún lugar, en el exterior, bajo las montañas, el destino se aproximaba, y ella debía desempeñar un papel en él.
Volaba hendiendo las brisas por encima de un amplio valle, mientras sus grandes ojos, de un verde ambarino, escudriñaban las diminutas vistas del suelo. El sol del mediodía refulgía sobre el gigantesco y escamoso cuerpo que en una ocasión había sido verde como una hoja de primavera, pero que ya abundaba en tonos rosados. La hembra de dragón era consciente de los cambios ocurridos durante su hibernación y, en cierto modo comprendía por qué habían tenido lugar. En el pasado, siendo la servidora de una diosa maligna, había lucido los colores de esa deidad; pero su diosa la había rechazado, y ella al verse repudiada había aceptado a otra divinidad: una clase de dios desconcertante y casi reticente, pero que no era tan severo, ni tan dado a descargar sus poderes sobre el mundo que tenía a sus pies.
Entre los más insignificantes entre los insignificantes, Verden Brillo de Hoja había tomado el control de su propio destino y recuperado su honor. Y al hacerlo, había aceptado una obligación ante el dios Reorx, para hacer… algo… cuando llegara el momento. Algo sobre ayudar a un héroe, que se alzaría de entre los aghars. Los torpes y estúpidos enanos gullys.
Tal cosa era absurda, desde luego. Jamás ningún enano gully podría ser heroico. No obstante, Verden había lucido el escudo de Reorx en combate, y experimentado una especie de gratitud. Sentía un hormigueo en el pecho, en la zona entre los enormes hombros donde había colgado aquel escudo en una ocasión y, en las profundidades de su delicada conciencia, percibía al escudo, llamándola.
Y la llamada era como la voz muda de un dios.
El pequeño necesitará ayuda pronto, decía. Encuéntralo y estate preparada.
¿Ayuda? Verden reprimió un siseo de irritación. Ella y los de su raza eran las criaturas más poderosas que jamás habían habitado en Krynn. Sin embargo, mediante el destino y los caprichos de un dios voluble, Verden Brillo de Hoja se había encontrado subordinada a la más necia de las razas pensantes —los enanos gullys— no tan sólo en una ocasión, sino dos, en dos vidas distintas. De todo aquello sólo conservaba una deuda con un enano gully.
En una encarnación anterior y más diabólica, se habría limitado a rechazar tal idea. Nadie por debajo de un dios podía obligar a un dragón a hacer honor a un compromiso indeseado. Y el dios Reorx, el dios que ella entonces aceptaba a regañadientes como suyo, no parecía proclive a obligar a sus súbditos a cumplir sus deseos. Mas bien, se limitaba a esperar de ellos que hicieran lo correcto, por propia elección.
Una parte de ella despreciaba tal concepto. Al fin y al cabo, era un Dragón Verde, y todos los instintos de los de su raza le decían que debía contemplar con desdén a todas las otras criaturas; a buscar la propia satisfacción y a no preocuparse jamás por los demás. Sin embargo, otra parte de su ser era consciente de la deuda que tenía, y que había aceptado resarcir. Era esa misma parte de ella la que había estado actuando durante esos años, alterando su color, alegrando el frío tono verde de sus escamas con toques de un bronce rosáceo.
«Ahora me dedico a discutir conmigo misma —pensó, entrecerrando los ojos en una mueca de desprecio—. Una pérdida de tiempo. Cuando sepa qué se me pide, entonces podré decidir. Por ahora sólo tengo que ver qué sucede».
El valle que se extendía bajo ella era amplio, una cuenca fértil circundada por cimas arboladas. Campos labrados se extendían como un tapiz sobre el suelo, y cerca de su parte central, sobre una elevación yerma, había una enorme y sólida fortaleza de piedra.
En los llanos que rodeaban el alcázar se veían grandes acuartelamientos de tropas. Los ejércitos avanzaban, envolviendo la fortaleza, y sus unidades ascendían para atacar en tanto que enormes máquinas de asedio eran empujadas hasta sus posiciones, detrás de ellas.
Los contrincantes eran humanos, claro. De todas las razas de Krynn, muchas se enfrentaban en combate de vez en cuando, pero eran sólo los humanos quienes realmente iniciaban guerras, guerras que con demasiada frecuencia arrastraban a las otras razas que los rodeaban.
Describiendo una espiral bajo el alto sol del mediodía, Verden sobrevoló la fortaleza para echar una ojeada más de cerca. El lugar estaba atestado de gente, y todos huían corriendo de un lado a otro, atemorizados ante su presencia. Vio las murallas, las almenas, la torre… y allí sus sentidos detectaron la presencia de magia. Pero se trataba de magia que no era de este mundo.
Describió un círculo más cerrado, y los ojos siguieron la sensación de magia hasta un balcón adornado con guirnaldas, situado en mitad de la torre del homenaje. Allí había enanos gullys. Clavó la mirada en uno de ellos: un bobalicón con aspecto aterrorizado y de anchos hombros que empuñaba un bastón. Pero el bastón no era ningún bastón; a pesar de parecer tan sólo un trozo de marfil tallado, irradiaba la intensa y desagradable vibración de una magia mortífera y latente. Al lado y ligeramente detrás del enano gully había una joven humana. La muchacha era el doble de alta que el pequeño aghar, pero éste parecía querer protegerla a juzgar por su postura. Y si bien temblaba visiblemente con abyecto temor, la mano que sujetaba el bastón estaba alzada en ridículo desafío.
«De modo que éste es nuestro "héroe"», pensó la hembra de dragón, partiéndose casi de risa ante lo absurdo de todo aquello.
Entonces, la voz sin sonido volvió a dejarse oír:
El heroísmo no se encuentra en la apariencia o la estatura, Verden, dijo. El heroísmo se encuentra en el corazón. Quien está dispuesto a intentar ser un héroe, es un héroe. Es la intención lo que cuenta.
—¿Reorx? —inquirió ella en voz alta—. ¿Me hablas a mí?
Tú entiendes de héroes, Verden, siguió la voz en su mente. No tenías por qué venir, pero estás aquí.
Virando bruscamente, la hembra de dragón se lanzó en dirección al origen de la muda voz, una hondonada situada cerca del campamento humano de mayor tamaño. A sus pies, la gente se desperdigó como hojas secas arrastradas por la brisa, pero no les hizo caso. Se concentró en el barranco cubierto de maleza; entonces los vio: más enanos gullys; toda una tribu de ellos, ¡ocultándose entre humanos!
Con un siseo, reconoció un rostro, un diminuto rostro rechoncho y barbudo que combinaba arrogancia e idiotez en sus toscas facciones. El hombrecillo incluso tenía todavía la vieja corona que recordaba, una corona de dientes de rata, torcida sobre la canosa cabeza.
—¡Fallo! —siseó Verden en voz alta—. Pequeño mentecato, creía que ya estarías muerto.
Junto al viejo Gran Bulp una enana la contemplaba con expresión bobalicona, hasta que por fin parpadeó y agitó una mano en vacilante saludo. Se trataba de Lidda.
—No sé si puedo soportar esto —masculló el dragón.
Tú eliges, Verden, indicó la muda voz del dios. Quédate o marcha, como prefieras.
Por fin, distinguió de dónde procedía la voz. En medio de las míseras pertenencias de la tribu de Bulp se encontraba un herrumbroso y viejo cuenco de hierro, con una correa atravesada de un extremo a otro. Yacía boca abajo, pero supo qué era. De algún modo, tras todos esos años, los pequeños idiotas todavía conservaban el escudo de Reorx.
—Así que, ¿qué se supone que debo hacer? —preguntó el reptil a la voz que escuchaba en su mente.
Tu presencia lo ha iniciado, indicó la silenciosa voz del viejo escudo. Descansa ahora, y aguarda. Sabrás cuándo se te necesite.
Una escarpada ladera, al oeste, atrajo su atención, y el reptil voló hacia ella, transportada por sus poderosas alas. Una pequeña manada de alces pastaba allí, en un claro escondido, y justo encima se encontraba una confortable caverna que daba al valle Hendido. Verden se atiborró de alces; luego, se introdujo en la cueva y se enroscó para dormir; pero incluso con los ojos cerrados, podía ver cada uno de los movimientos de las criaturas del valle, como si se encontrara entre ellas.
Una vez que el dragón hubo desaparecido, los humanos reorganizaron sus fuerzas y la batalla de Tarmish empezó.
«Podría poner fin a todo eso —pensó, soñolienta—. Resultaría fácil. Podría…».
Claro que podrías, asintió la voz que sonaba en su interior. Pero entonces nada quedaría resuelto, sólo interrumpido. Únicamente a través de su libre voluntad, sin coacciones, conseguirán cumplir con su destino.
Mientras Verden dormitaba, la imagen escudriñadora en el interior de su mente vagó por el valle que se extendía abajo, mostrándole detalle a detalle las fútiles acciones de las insignificantes criaturas. Por dos veces se vio despertada por la sorpresa, y viejos y amargos recuerdos, recuerdos casi olvidados, volvieron a renacer. Cuando la visión exploró la torre del homenaje de Tarmish, el reptil pudo contemplar el rostro de lord Vulpin; y de nuevo, cuando su vista recorrió las traqueteantes filas que se aproximaban a la fortaleza, distinguió otro rostro, el de Chatara Kral. De ese modo Verden comprendió hasta qué punto era tenebroso el Mal que había caído sobre aquel reino en guerra.
Ambos rostros le resultaban familiares. Aunque jamás los había visto antes, los conocía. Rostros de maldad reencarnada, lucían las facciones de su común progenitor.
—¡Verminaard! —siseó el dragón.
Los espantosos recuerdos resultaban tan nítidos que era como si el tiempo no hubiera transcurrido en absoluto; como si los terribles días de la Guerra de la Lanza revivieran de nuevo y Verden formara parte de ello, como lo había hecho entonces. ¡Verminaard! Señor del Dragón, señor feudal de todas las fuerzas de la Reina de la Oscuridad, y junto con ella el mismísimo símbolo del Mal.
Chatara Kral y Vulpin eran los herederos de aquella maldad. Pero sólo podía existir un heredero supremo, y ése era el motivo de aquel estúpido conflicto. Los hijos se enfrentaban en el campo de batalla para decidir cuál de ellos debería vestir el manto del padre. Uno viviría y el otro moriría, y del vencedor surgirían nuevas maldades todavía inimaginadas.
Verden estaba totalmente despierta, y en su mente de dragón se formó una idea. Resultaría muy apropiado, casi poético, si ambos traidores triunfasen, y en su triunfo, fracasaran.
El destino,musitó la voz en su interior. Tú también tienes un destino, Verden Brillo de Hoja.
Una vez descansada, volvió a estudiar a los ejércitos del valle, y el castillo que era su objetivo.
«Infiltración y subversión», reflexionó, y los enormes ojos verdes brillaron ligeramente. Durante todo el tiempo que había pasado al servicio de la Reina de la Oscuridad, ésas habían sido sus habilidades especiales. En una docena de campañas con los Señores de los Dragones, Verden se había vuelto una experta en las artes clandestinas, y había actuado como saboteadora.
«Tal vez resultaría interesante», meditó. Y una voz en su interior, una voz que no era la suya, repitió: el destino.