Prólogo:
Una vislumbre de profecía
A excepción de los dragones, que surgieron del propio mundo, el primer pueblo de Krynn fue el elfo. Ea fue la conclusión a la que llegó Mistral Thrax al principio de su búsqueda de certidumbres entre las complejidades de un mundo incierto.
Pocos recordarían sus tempranos enunciados respecto a la secuencia de los orígenes, pues por aquel entonces Mistral Thrax estaba considerado como una persona rebosante de cerveza fuerte y de extravagancias; por otra parte, a muy pocos entre los habitantes de las altas montañas les importaban realmente cosas tales como quién había llegado primero y por qué. Este tipo de ideas eran para los muy viejos, que no tenían nada mejor que hacer que cavilarlas. Ya en esa época, cuando Mistral Thrax inició sus estudios sobre el saber tradicional tras quedar mutilado en un desprendimiento de rocas, tenía más de doscientos años.
De esta suerte, sus cálculos apenas se tomaron en cuenta. Pero la lógica de sus conclusiones satisfizo a Mistral Thrax y lo indujo a continuar con sus estudios.
Estaba convencido de que los elfos eran los primeros experimentos de los dioses, —en particular de Reorx, el Forjador del Mundo—, para crear seres de su propia concepción en un mundo que hasta entonces tenía sólo sus propias criaturas: los dragones, y los animales que eran sus presas.
Y así los dioses proyectaron y crearon a los elfos. Mistral Thrax admitía que los elfos, a su estilo, eran hermosos, pero estaba convencido de que los dioses se habían sentido progresivamente defraudados al cabo de un tiempo porque los elfos —como tal—, eran fundamentalmente decorativos pero no particularmente funcionales. Se contentaban con existir y tener largas vidas. No hacían nada de verdadero valor, en opinión de Mistral Thrax. En todos sus estudios, el viejo enano sólo encontró una cosa hecha por los elfos que mereciera la pena tener en cuenta: habían reclamado los bosques de Silvanesti como su hogar, con lo que fastidiaron a los dragones, muchos de los cuales consideraban Silvanesti como suyo.
Esta, según Mistral Thrax, era la razón de que gran parte de la historia estuviera marcada por escaramuzas periódicas y al menos una guerra a gran escala, que había comenzado con ataques de los dragones a los elfos.
En su preocupación por dar con el equilibrio adecuado, los dioses lo intentaron de nuevo. En esta ocasión, crearon a los ogros. Y, una vez más, se vieron defraudados. Los ogros habían sido una raza prometedora, —aunque falta de imaginación y aburrida—, pero con el tiempo se inició un proceso de deterioro en su cultura y finalmente se convirtieron en los ogros del presente, unos grandes brutos hoscos y huraños que, en el mejor de los casos, constituían una molestia y podían llegar a ser una verdadera amenaza.
Varios dioses, determinó Mistral Thrax, probaron entonces a diseñar una clase mejor de seres. Qué dioses pudieron haber originado monstruosidades tales como los goblins, los minotauros y otras criaturas parecidas era un dato que Mistral Thrax pasó por alto dando por sentado que esos dioses en particular estarían probablemente avergonzados de lo que habían hecho y no era asunto suyo echar la culpa a nadie.
Pero Reorx el Forjador pareció darse cuenta de los problemas que acosaban a su mundo y volcó toda su atención en diseñar la raza perfecta. A entender de Mistral Thrax, Reorx debió de haber creado a los humanos a continuación, utilizando el modelo básico de los elfos pero infundiendo en las nuevas criaturas enormes energías, impulsadas por la certeza de una duración de vida corta. De nuevo, en opinión de Mistral, fue un buen intento pero todavía imperfecto. Sin duda, los humanos demostraron ser una raza demasiado caótica para gusto de Reorx, e incluso se las arreglaron para desvirtuar sus facultades básicas de manera que algunos de ellos se convirtieron en gnomos y, posiblemente, incluso en kenders (aunque Mistral admitía que había cierta evidencia de que los kenders pudieron haberse originado de alguna aberración imprevista entre los elfos).
Su intención y su promesa, —en su doscientos cumpleaños—, habían sido dedicar el resto de su vida al estudio del saber tradicional. Por consiguiente, cien años más tarde, y todavía vivo, seguía haciéndolo. Mistral Thrax produjo copiosos montones de pergaminos durante aquellos años, pensando obsesivamente en los misterios del mundo e investigándolos uno por uno, utilizando la buena lógica enana. Pero el hilo de todas sus teorías de principio a fin era que Reorx, una vez decidido a crear la raza adecuada, no cesó en su intento hasta que lo hubo conseguido.
La raza correcta, —la obra maestra del dador de vida—, era todo cuanto cualquier dios podría haber deseado en un pueblo elegido. No tan alta y problemática ni de vida tan corta como la humana, pero tampoco tan indecorosamente longeva como la elfa, la nueva raza estaba dotada con todas las habilidades que un pueblo necesitaba. Fabricaban buenas herramientas y sobresalían en su uso. De miembros robustos y fuertes, podían tallar piedra con la facilidad con que otras razas tallaban la blanda madera. Poseían la imaginación y la inventiva de las que carecían los ogros, el sentido del progreso y la determinación porfiada que no tenían los elfos, y la continuidad de propósito que les faltaba a los humanos.
A través de pruebas y errores, Reorx, en su sabiduría, había creado al fin un pueblo adecuado para el mundo de Krynn: la raza enana. Cuentan las leyendas que Reorx estaba tan satisfecho con su pueblo que, originalmente, los llamó a todos Herrero, aunque aquello acabó por provocar tal confusión que los enanos se dieron otros nombres personales según las necesidades, y, finalmente, ninguno de ellos, —que Mistral Thrax supiera—, se llamó Herrero.
De este modo Mistral Thrax esclareció el origen de la raza enana para cualquiera a quien pudiera interesar.
A partir de ahí, habiendo sobrepasado los trescientos años y siguiendo vivo, continuó resumiendo la historia del mundo hasta la fecha.
En los primeros tiempos, los enanos se habían dispersado por toda la faz de la tierra a la búsqueda de lugares más altos, y las tribus quedaron separadas. Existían leyendas de un lugar llamado Kal-Thax en el que muchos se habían instalado, y quizá también otros muchos sitios semejantes, pero los enanos relacionados con Mistral Thrax, —los calnars—, se encontraban circunscritos todos en el reino de Thorin y estaban allí desde hacía mucho tiempo.
La realidad y la leyenda resultaban muy confusas en muchos puntos, pero algunas cosas estaban claras:
—La raza humana se había extendido y multiplicado hasta el punto que nadie sabía quiénes eran o dónde se encontraban todos.
—La raza elfa se había aferrado a los bosques de Silvanesti a lo largo de una docena de asedios de los dragones y de una guerra a gran escala, aunque algunos elfos habían emigrado al oeste y ahora vivían en alguna otra parte.
—Todavía había ogros aquí y allí, incluida una numerosa colonia al sur de Thorin, un lugar llamado Bloten. La arquitectura original de Thorin era de diseño ogro, pero había sido abandonada mucho tiempo atrás, y, tras unas cuantas escaramuzas con los calnars, en la actualidad los ogros tendían a dejar en paz a los enanos.
—Y en algún momento del ahora lejano pasado, —al menos hacía cuatrocientos años, según los cálculos de Mistral Thrax—, la magia se había introducido en Krynn. Algunos decían que era obra del propio Reorx, llevado al mal camino por otros dioses. Otros decían que la magia había llegado en la forma de una gema gris que descendió sobre el mundo y fue atrapada por los humanos durante un tiempo y posteriormente liberada por los gnomos. Incluso había una leyenda sobre un valeroso y trágico pescador enano que se interpuso en el camino de la fuente de la magia e intentó detenerla derribándola con su lanza.
Pero, procediera de donde procediera, la magia había llegado a Krynn, y para los enanos fue la mayor abominación: un poder carente de lógica, una fuerza sin las racionales y confortadoras reglas de la piedra y el metal, de la luz y la oscuridad, de las lunas y las montañas, y del ritmo de martillos y tambores.
Los enanos no querían tener nada que ver con la magia y hacían caso omiso de ella. Pero sus efectos se notaron.
La última guerra de los dragones en la distante Silvanesti, por ejemplo, era mucho peor que cualquiera de los conflictos previos habidos allí. Esta vez, los dragones habían atacado utilizando magia, y los resultados se habían extendido por todas partes. Poco se sabía en Thorin sobre la propia guerra, salvo que, a medida que los elfos se aferraban a sus bosques y contraatacaban, el conflicto trascendía a otros reinos. Ahora, por todas partes, a lo largo de todas las tierras conocidas, se estaban produciendo grandes emigraciones, y los enanos y sus vecinos estaban muy preocupados. El mal se había puesto en movimiento, y todos lo sabían.
En una tarde de primavera, cuando la luz en los conductos del sol empezaba a declinar, Mistral Thrax reflexionó sobre sus pergaminos y lo que podían significar. En las hebras de realidad y leyenda con las que intentaba tejer, —del mismo modo que se teje un tapiz de muchos colores a fin de ver las imágenes que revelará— había indicios inquietantes, perturbadores. Mistral Thrax había tratado de conocer a fondo la historia y, al adquirir ese conocimiento, había descubierto que iba en dos direcciones: de vuelta a través del tiempo a lo que había sido y, de algún modo, hacia adelante, apuntando lo que aún estaba por ser. Y no todo lo que veía allí le gustaba.
Notaba la proximidad del cambio; un cambio que sería doloroso para todo su pueblo. Notaba que, de algún modo, la magia podía tocar las vidas de los calnars, y que nada volvería a ser igual.
Los habitantes de las alturas: así llamaban a los calnars sus vecinos humanos. El pueblo de las altas cumbres. En el lenguaje de los enanos, el término para esa definición era «hylar» y, de alguna manera, esa palabra contenía un significado especial en las hebras que conducían al futuro.
A eso se sumaba su hallazgo de un pequeño apunte de leyenda que no parecía encajar con nada del pasado y que, por ende, tenía regusto profético: una leyenda acerca de que en algún lugar, en algún tiempo, alguien muy importante se llamaría Damon. Ese, rezaba la leyenda, sería el nombre del Padre de Reyes.
Como había hecho muchas veces en el pasado, cuando reflexionaba sobre tales cosas, Mistral Thrax suspiró y se frotó la dolorida cabeza con las viejas y encallecidas manos. Luego, apartó a un lado sus pergaminos, cogió su muleta y bajó el pabilo de la lámpara. Había una larga caminata desde su cubículo hasta el establecimiento de Lobard en la plaza mayor, pero al final del recorrido lo aguardaban pequeños consuelos: una jarra de buena cerveza, carne de puchero y media barra del rico pan calnar.
En todos estos años de investigación, Mistral Thrax nunca había encontrado respuestas verdaderas a sus interrogantes en la cerveza del establecimiento de Lobard, pero esta aliviaba sus achaques y no le hacía ningún mal.