16
Una deuda de servicio
La llegada de los hylars había transformado el tranquilo valle en un lugar atareado y bullicioso. Había enanos por doquier: enanos afanados en enderezar el puente inclinado; enanos encendiendo hogueras y levantando improvisados cobertizos; enanos atendiendo al ganado, desempaquetando provisiones, estableciendo puestos de vigilancia; enanos encaramados a las escalas de cuerda y almohazando docenas de caballos dorados y blancos; enanos con redes y ganchos recuperando armas y piezas de armadura del fondo del caudaloso río; enanas ocupándose de los niños; enanos segando heno y recolectando cereales silvestres de los campos situados más arriba del río; y un enano muy viejo, con una muleta, que mascullaba desabridamente en voz baja mientras deambulaba de un lado para otro, intentando encontrar un sitio tranquilo donde descansar.
Glendon Falcón se sentía totalmente fuera de lugar entre ellos, pero no podía hacer nada para evitarlo. Tenían su caballo, sus armas y armadura, así como toda su ropa a excepción del calzón corto que llevaba puesto…, y lo tenían a él. Un círculo de enanos de talante severo y con armas en las manos lo rodeaba. Nadie le había dicho que estaba prisionero, pero era evidente que no iba a ir a ninguna parte, aun en el caso de que su honor se lo permitiera.
La brisa vespertina le había secado el cabello, que ondeó en torno a sus mejillas como mechones de cobre hilado cuando volvió la cabeza hacia la fila de enanos que se acercaba a su posición cruzando el círculo de guardias. Uno de ellos era Cale Ojo Verde, el que había exigido y aceptado su promesa de servicio. A continuación venía un enano de más edad y aspecto regio, rasgos fieros y ojos sagaces; a este lo seguían otro enano joven, musculoso, varios centímetros más alto que los demás, una joven enana de extraordinaria belleza, vestida con ropas de viaje, y el viejo enano de la muleta. Los acompañaban varios más, pero estos se quedaron atrás cuando los cinco primeros se acercaron al caballero.
Cale Ojo Verde miró al hombre de arriba abajo, con un brillo irónico en los ojos, y luego se volvió hacia el enano de más edad que estaba a su lado.
—Señor, este es el humano del que te hablé. Se llama Glendon Falcón… o sir Glendon, supongo, aunque en estos momentos no lo parezca por su aspecto. Afirma ser un caballero.
—Soy un caballero, —rezongó Glendon—. No de las órdenes, por supuesto, pero caballero al fin y a la postre. Soy un lancero libre.
—Señor caballero, —terminó Cale de hacer las presentaciones—, este es nuestro dirigente, Colin Diente de Piedra, mi padre. Y esta es mi hermana, Tera Sharn. Y este es nuestro capitán de la guardia, Willen Mazo de Hierro. El venerable anciano es Mistral Thrax. Por favor, diles a lo que te has comprometido conmigo.
Glendon inhaló hondo.
—Te he prometido mi servicio, —dijo, de mala gana.
—¿Por qué?
—Porque mi honor me obliga a ello. Me venciste en el puente, aunque para conseguirlo te valieras de medios indignos. —De pie, muy erguido, el humano bajó la mirada hacia sus nuevos señores, aceptando con resignación su suerte. Al menos era treinta centímetros más alto que cualquiera de ellos, incluido el fornido Willen Mazo de Hierro. Pero su palabra era su honor, y él la había empeñado.
—Bien. —Cale Ojo Verde asintió con la cabeza—. Encomiendo tus servicios a mi padre.
El dirigente, que estaba examinando a Glendon con evidente desagrado, volvió la vista hacia su hijo.
—¿Este…, este humano va a enseñarnos a luchar? Tengo mis dudas, ya te lo he dicho.
—Es muy diestro, padre, —le aseguró Cale al dirigente—. Lo he visto.
—Sí, lo sé. Con lanza y escudo, a caballo. ¿Y qué más?
—Me contó que se había adiestrado en todo tipo de combate. Lo tanteé con simples espadas. Me desarmó con un solo golpe.
El dirigente observó a Glendon otra vez, con curiosidad.
—¿Desarmaste a mi hijo?
—Por supuesto, —repuso el hombre—. No sabe cómo utilizar una espada, sin ánimo de ofender. Es rápido y fuerte, y puede aprender.
Los enanos se miraron unos a otros. Entre ellos, Cale Ojo Verde estaba considerado un buen espadachín… casi tanto como Jerem Pizarra Larga, a quien nadie había batido en competiciones de combate.
Colin Diente de Piedra volvió la cabeza y su mirada se detuvo en el capitán de los Diez.
—Me gustaría verlo por mí mismo, —decidió—. ¡Jerem!
—Sí, señor. —Jerem Pizarra Larga entregó su rodela a uno de sus compañeros—. ¿Sólo con espada?
—De momento, sí —asintió Colin—. ¿Estás de acuerdo? —le preguntó a Glendon Falcón.
—Estoy a vuestro servicio, —respondió el hombre mientras se encogía de hombros.
—¿Quieres tu propia espada? —le preguntó Cale.
—Me da igual, —dijo el caballero—. La destreza se halla en la mano, no en el arma.
Cale desenvainó su espada y se la tendió, presentando la empuñadura por delante.
—Entonces, utiliza la mía, —ofreció.
Mientras los demás retrocedían y formaban un amplio círculo, Jerem Pizarra Larga se despojó de armadura y ropajes. Vestido sólo con la falda montañesa y las botas, y armado únicamente con la espada ancha, se adelantó para plantarse frente al hombre que lo superaba en estatura.
—¿Algún ceremonial o regla en particular?
—Ninguno, —respondió el hombre, sacudiendo la cabeza—. Sólo se ha pedido una demostración. Limítate a atacarme, cuando y como quieras. —Levantó la espada de Cale para probar su peso. Estaba equilibrada de manera diferente de la suya, más pesada hacia adelante, hacia la punta. Muy adecuada, decidió, para unos brazos cortos con muñecas y hombros fuertes. Se giró un poco, de costado a Jerem Pizarra Larga, y sostuvo el arma hacia arriba, examinando su superficie.
Transcurridos unos instantes, Jerem habló con tono bronco:
—Bueno, ¿estás preparado o no? Te estoy esperando.
El humano ni siquiera lo miró.
—¿Y a qué esperas? Te dije que atacaras cuando quisieras.
Jerem frunció el entrecejo y se encogió de hombros. Alzó su arma frente a sí, giró dos pasos hacia la derecha, y de repente se agachó y lanzó una estocada a fondo con un movimiento rápido. Tomando al pie de la letra las palabras del hombre, arremetió directamente al corazón… y se frenó. A saber cómo, su espada no estaba donde debería estar. Seguía teniéndola en la mano, pero ahora apuntaba hacia un lado. El fuerte ruido metálico del acero al ser golpeado resonó en sus oídos, y algo afilado se apoyó en su garganta. Era la punta de la espada del humano.
—Verás, cometiste dos errores, —dijo Glendon con tono crítico—. El primero fue creer que no te veía. El segundo fue esa estocada al plexo solar. Casi ni tuve que fintar para desviarla. Si intentas derrotar a alguien en combate, no deberías darle tantas ventajas.
El hombre retiró la espada, y una diminuta gota de sangre resbaló bajo la barba del enano. Jerem miró de reojo a su jefe.
—Fue pura chiripa, señor. ¿Puedo intentarlo otra vez?
—Como quieras, —aceptó Colin Diente de Piedra.
En esta ocasión, el capitán de los Diez no dio ventaja alguna. Atacó al alto humano con una vertiginosa andanada de tajos y estocadas silbantes… y se encontró tirado boca arriba, cuan largo era, en el duro suelo, en tanto que su espada salía disparada hacia arriba, centelleando con el sol del atardecer. En el ápice del arco, la espada se paró y luego cayó de punta, directamente hacia él. En el último instante, un largo brazo se extendió por encima del enano y una mano humana, de dedos esbeltos, cogió el arma en su trayectoria descendente.
Jerem rodó sobre sí mismo y se incorporó. Glendon Falcón giró la espada en el aire calmosamente, dándola media vuelta, y se la tendió por la empuñadura.
—Eso estuvo mucho mejor, —dijo con tono aprobador—. Si quieres aprender esa maniobra de desarmar, derribar y ensartar, te la enseñaré… después de que hayas dominado algunos pasos básicos.
Colin Diente de Piedra extendió los brazos al tiempo que miraba a su sonriente hijo.
—De acuerdo, Cale, —aceptó—. El hombre puede instruirnos. ¿Qué quiere a cambio?
—Quedar liberado de servicio cuando su tarea haya concluido, y que le sean devueltas sus pertenencias. No pide otra recompensa. Afirma que su promesa es una obligación moral, no un trueque comercial.
—Un humano noble, —comentó Colin, perplejo.
Glendon Falcón oyó el comentario.
—La nobleza, al igual que la hidalguía, es distintivo de un caballero…, señor. La destreza por sí sola no es más que el dibujo del tapiz, no su urdimbre. La disciplina de cuerpo y mente ha de tejerse en el corazón.
—Podemos hacer un alto aquí durante un tiempo, —decidió Colin—. No nos perjudicará aprender lo que este hombre puede enseñarnos.
A un extremo del campamento se levantó un alboroto, un estallido de sonidos estrepitosos que enseguida se transformaron en una percusión rápida y rítmica. Colin Diente de Piedra se llevó las manos a los oídos, y Cale Ojo Verde gritó:
—¡Que alguien aparte al kender de los tambores! ¡Y, ya puestos, registradlo! ¡Quiero mi otra espuela!
Todo en derredor, los enanos se miraron unos a otros y sacudieron la cabeza. Todos conocían a los kenders. A todo lo largo de la historia de Thorin, kenders vagabundos habían aparecido de vez en cuando entre los calnars, por lo general durante Balladine, cuando había llamativas chucherías por doquier al alcance de unas manos amigas de lo ajeno.
Los kenders nunca habían sido bienvenidos en Balladine, pero nadie había descubierto un modo efectivo para impedir que aparecieran por allí. Y, una vez presente, no había forma de librarse de un kender a no ser que se lo matara o que se aburriera.
Había un viejo dicho entre los enanos que era aceptado como una de las fatalidades de la vida: ocurre que hay kenders.
—Es una contaminación de magia, —explicó Mistral Thrax tristemente—. Se habla de ello en los antiguos pergaminos, transmitidos por los primeros forjadores. Fue el dios Reorx, dicen, quien creó el poder del caos en forma de una gema gris tallada. A su paso, todo quedó infectado por su malignidad.
—Viejos cuentos. —Colin Diente de Piedra sacudió la cabeza—. ¿A santo de qué el más grande de los dioses, el creador de los metales y quizá también el creador de todos nosotros, iba a echar a perder el mundo con… —su barba se agitó al apretar los labios en un gesto de asco—, con magia? No es posible que creas algo así, Mistral.
El anciano se encogió de hombros y volvió las manos hacia arriba. En la callosa piel de cada palma se apreciaba el apagado brillo rojizo de un símbolo, un dibujo en forma de «Y» que semejaba un venablo de dos puntas.
—Ya no sé qué creer, —dijo—. Pero esto es real, y se debe a los ojos mágicos de un humano que hacía uso de la hechicería. Y creo que mi visión de Kitlin Pescador era real… y conozco el camino a Kal-Thax. ¿Cómo podría saberlo si no hubiese sido tocado por la…, por la magia?
Estaban sentados en lo alto de un promontorio rocoso, observando las prácticas de combate que tenían lugar en los campos, allá abajo. El caballero humano, Glendon, había empezado a enseñar las artes de su oficio a los guardias de Willen Mazo de Hierro, y ahora estaba rodeado por la mitad o más de la población hylar, hombres, mujeres e incluso chiquillos, todos deseosos de aprender las técnicas de combate y estrategia. Colin Diente de Piedra observó para sus adentros lo mucho que habían cambiado sus hylars desde que habían abandonado Thoradin. La otra cara de las herramientas había dejado de ser un tema de interés fortuito. Muchas de las que llevaban ahora consigo, —cosas tales como espadas y mazas—, eran herramientas con una sola cara: la otra.
Glendon Falcón podía no estar contento con el giro de acontecimientos que lo había puesto en esta situación, enseñando las técnicas de combate a centenares de fascinados enanos, pero tuvo que admitir ante el dirigente que nunca había tenido alumnos más aptos. Los Diez fueron los primeros en iniciar el aprendizaje, y Jerem Pizarra Larga tenía tal destreza con la espada que ahora era capaz de desarmar a su maestro una de cada tres veces. También estaban practicando el sutil arte del manejo del escudo y la extraña disciplina humana del combate con lanza. Los gigantescos caballos calnars habían demostrado una sorprendente querencia por la carga con lanza y estaban aprendiendo junto con sus jinetes.
En muchos sentidos, los enanos habían sorprendido a Glendon. A medida que aprendían, adaptaban sus recién adquiridas habilidades a sus propias circunstancias y, a menudo, incluso las mejoraban. Un ejemplo de ello, —el brusco giro de un jinete para recoger a un soldado de infantería y luego lanzarse a la carga, con los dos enanos agarrados a cada lado de la silla de montar al tiempo que blandían mazas o hachas en amplios arcos—, había estado más cerca de acabar con él que ninguna otra táctica conocida por el caballero. De no haberse zambullido de cabeza al suelo la primera vez que Willen Mazo de Hierro y un guardia lo pusieron en práctica, estaba seguro de que lo habrían decapitado.
El campo al pie del rocoso promontorio retumbaba con el estruendo metálico de acero chocando contra acero, un contrapunto vigoroso al tintineo de martillos sobre yunques a uno de los extremos, donde los enanos moldeaban nuevos escudos forjados a semejanza del de Glendon. También había piezas de armadura en proceso de fabricación y resistentes hachas adecuadas tanto para talar como para combatir. Algunos de los artesanos se dedicaban a la elaboración de yelmos de batalla más aptos para el exterior que los antiguos cascos de las excavaciones que la mayoría de los hylars había llevado hasta entonces.
Colin Diente de Piedra observaba a su gente con ánimo taciturno. Estaban cambiando, convirtiéndose en una nación distinta de la calnar, de la que se habían segregado. Esperaba que esas diferencias no les acarrearan su propia ruina. Como clan, los hylars se volvían más formidables de día en día bajo la tutela del melancólico caballero humano. Pero, al igual que los calnars en sus orígenes, no eran un pueblo prolífico. Cuando una pareja se unía en matrimonio, lo hacía de por vida y rara vez tenían más de tres o cuatro hijos.
«Nos estamos convirtiendo en guerreros, —pensó Colin, mientras observaba—. Ojalá no lleguemos a estar tan entusiasmados con estas nuevas habilidades que depositemos en ellas demasiada confianza. Por muy peligrosos que seamos en grupo o individualmente, no estamos predestinados a ser un pueblo numeroso.»
Como si le leyera la mente, —una tendencia que el viejo enano había desarrollado últimamente y que a Colin le resultaba perturbadora e inquietante—, Mistral Thrax dijo:
—Sí, tenemos un destino que cumplir. No lo veo con claridad, pero las nuevas habilidades ayudarán a lograrlo. —Contempló fijamente las marcas de las palmas de sus manos con expresión desconcertada y luego rezongó—: En Kal-Thax. Allí está nuestro destino. No para ser los únicos, ni siquiera la mayoría, sino para dirigir… ¿a otros? —Sacudió la cabeza—. No lo comprendo, mi señor.
—Tampoco yo, —admitió Colin—. Háblame de los viejos manuscritos.
—Son muy antiguos, —susurró Mistral Thrax—. Al menos, de hace varios siglos. Puede que milenios. Y algunos de ellos hacen referencia a la mítica piedra preciosa, la Gema Gris tallada. Afirman que el propio Reorx en persona la creó y la puso en Krynn. Le fue entregada a un rey humano para su custodia.
—¿Por qué? —Las cejas de Colin se arquearon en un gesto ofendido—. ¿A un humano? ¿Por qué un humano? Si Reorx hubiese creado esa cosa, ¿por qué no dársela a los enanos? Después de todo, somos su pueblo elegido.
—No dicen el motivo. —Mistral Thrax sacudió la cabeza—. Pero sí cuentan que los humanos perdieron la gema.
—¡Vaya, pues claro que la perdieron! ¿Quién podría confiar a un humano nada de importancia? ¡Hasta un dios debería saber eso! ¡Al menos, un enano con amor propio jamás intentaría hacer uso de tales poderes!
—Fueron gnomos los que la dejaron suelta, —explicó Mistral Thrax—. Al menos, es lo que se dice en los pergaminos.
—¿Gnomos? ¡Eso es aún peor que estar en manos de humanos!
—Oh, no consiguieron apoderarse de ella. Los gnomos son incapaces de hacer algo a derechas. Sólo la soltaron, y desde entonces ha habido magia en Krynn. Es lo que cuentan los pergaminos.
—¿Y esto? —Colin señaló las marcas en las manos del viejo enano—. ¿Crees que procede de ella?
—Las leyendas de los pergaminos hablan de Kitlin Pescador, un arponero que vendía peces de río a los humanos del lugar. Dicen que fue allí donde la Gema Gris quedó en libertad y que él intentó derribarla con su arpón antes de que escapara. La gema lo castigó. Quedó permanentemente contaminado con la magia y se convirtió en un proscrito porque podía contagiar a cualquiera que tocara.
—Fábulas populacheras, —rezongó Colin Diente de Piedra.
—Tal vez. —Mistral Thrax se encogió de hombros—. Pero Kitlin Pescador se apareció ante mí, y me mostró al hombre que era invisible en el ataque a Thorin… A Thoradin. Y los ojos que le arranqué de la cara no eran ojos. Y ahora yo, también, estoy contaminado.
—Y por ello vagamos a través de vastas tierras en busca de un lugar que jamás hemos visto y que se llama Kal-Thax. —Colin apoyó la barbilla en los puños con expresión taciturna—. Supongo que da igual. Después de lo ocurrido, no podía seguir allí, y todos los que están aquí me acompañaron por su propia elección. En fin, tener un lugar al que dirigirse es mejor que no tener adonde ir, aunque ese lugar de destino sea sólo una leyenda.
—Kal-Thax está allí —le aseguró Mistral Thrax—. En las montañas que hay más adelante.
—No veo ninguna montaña, —replicó Colin con brusquedad.
—Pero las verás, mi señor. Yo ya las veo… A veces, incluso con más claridad que lo que está a mi alrededor.
Abajo, en el campo, Glendon y sus discípulos se habían colocado en dos filas, una enfrente de la otra. El caballero alzó una mano, se retiró, y varios cientos de hylars, —hombres, mujeres y chiquillos—, empezaron a atizarse alegremente los unos a los otros con espadas y escudos acolchados.
Castomel Brincapiés se coló entre las defensas de los Diez y se plantó junto a Colin Diente de Piedra. Sonriendo de oreja a oreja, el kender recorrió con la mirada el campo de entrenamiento.
—Cuando vuelva a Kendermore y lo cuente no lo van a creer, —comentó para sí mismo—. ¡Los enanos asistiendo a la escuela de un caballero! Si no lo estuviera viendo con mis propios ojos, tampoco yo lo creería.