12

Tierra de conflictos

El humo de un centenar de hogueras matinales encapotaba el aire otoñal sobre las estribaciones orientales de las montañas Kharolis. Hasta donde alcanzaba la vista, oteando hacia el este desde las vertientes más retiradas, se alzaban pequeñas columnas de humo por el norte y el sur, un denso semicírculo de humo que subía hacia el cielo, y luego se disgregaba en tenues jirones con la brisa para quedarse cernido como nubes bajas en la lejanía.

Durante semanas había sido así. Casi no pasaba día sin que hubiera señales de grupos de humanos itinerantes dirigiéndose hacia el oeste, a través de las planicies centrales de Ansalon hasta llegar a la imponente cadena de las montañas Kharolis. Y siempre, a continuación, se encaminaban hacia el gran paso, debajo del pico Buscador de Nubes, y el humo de sus campamentos oscurecía las estribaciones bajas. Talud Tolec había aprendido a pronosticar cuándo se produciría el siguiente asalto humano simplemente por el humo que flotaba sobre las estribaciones.

A excepción de unos cuantos campamentos remotos de ogros y goblins, la gente de ahí fuera era una mezcla de razas humanas. La mayoría eran refugiados y vagabundos, grupos y tribus enteras empujadas hacia el oeste por la expansión de las guerras de los dragones en el lejano este. Buscaban lugares donde descansar, donde ocultarse, donde establecerse de nuevo, pero no eran bienvenidos en las colinas y las planicies al este de las montañas. Esos territorios eran parte del extenso reino de Ergoth, y los ergothianos no querían hordas de forasteros aglomerándose en su país. Por consiguiente, los caballeros y las bandas armadas de guardianes de Ergoth empujaban a los viajeros a seguir adelante, hacia las montañas.

Refugiados y tribus desplazadas, —muchos de los cuales había visto de cerca, cuando subían las laderas sólo para ser rechazados por los enanos—, parecían bastante inofensivos, salvo porque eran humanos. Los enanos de Kal-Thax habían aprendido hacía mucho tiempo lo que ocurría cuando a los humanos se les permitía dispersarse por estas montañas. En ciertas estaciones y en ciertos lugares, —valles fértiles aquí y allí— se las arreglaban para sobrevivir durante un tiempo. Se extendían y multiplicaban, pero entonces las fuentes de alimento y el alojamiento adecuado para humanos se volvía insuficiente. Las estaciones cambiaban y surgía la hambruna, y entonces empezaban los ataques y saqueos a los einars, los enanos.

Talud había reflexionado sobre las duras sanciones que los enanos habían creado. Ninguna otra raza era bienvenida en Kal-Thax. Kal-Thax era para los einars. Kal-Thax era para los enanos, y nadie más. Como cualquier enano de Kal-Thax, Talud estaba de acuerdo en que era una ley necesaria, sobre todo, en lo que concernía a los humanos. Si los humanos se limitaran a ir de paso, razonaban algunos, quizá no sería necesaria. Pero los humanos no «iban de paso». Llegaban y, si se les permitía, se extendían y colonizaban, y vuelta a empezar con los viejos problemas.

Una sombra se proyectó sobre la cornisa en la que Talud estaba acuclillado, y una figura de hombros anchos, piernas arqueadas, y vestida con pieles, saltó desde los salientes superiores para posarse ágilmente, y casi sin producir ruido alguno, a su lado. Talud frunció el ceño tras la visera de malla. Esta inclinación a aparecer silenciosa e inesperadamente era sólo una de las muchas costumbres irritantes de Glome el Asesino. Sin embargo, Talud no dijo nada. Aquellos lo bastante temerarios como para ofender a Glome el Asesino a menudo acababan muertos.

Durante un instante, Glome se quedó acuclillado junto a Talud Tolec, observándolo atentamente con sus penetrantes ojos, más bien juntos, bajo una maciza frente que parecía irradiar la fuerza de su presencia y la fortaleza de sus brazos. Luego se volvió y oteó a lo lejos, hacia las planicies donde subía el humo de hogueras de extraños. Recorrió con la mirada los campamentos humanos sólo un momento. Se volvió hacia la derecha e hizo visera con la mano para protegerse los ojos de la luz y mirar hacia el sur, al extenso espacio abierto de los prados altos que coronaban el lomo de la montaña Buscador de Nubes. También en aquella dirección había humo; no tanto como en las lejanas planicies, pero varios kilómetros más próximo. Allí había un campamento, y se apuntaban atisbos de movimiento y colores vivos.

—Daewars, —gruñó Glome mientras señalaba—. Acampan en territorio theiwar.

—Llevan allí una semana. —Talud se encogió de hombros—. Han venido para ayudarnos a expulsar a los forasteros. Tras ellos también están Vog Cara de Hierro y los daergars.

—Olvídate de los humanos, —gruñó Glome—. Creo que es hora de que nos ocupemos de los daewars. Hemos perdido mucho tiempo.

Sin añadir una palabra más, Glome se volvió y desapareció en las cuevas que había detrás de la cornisa, silencioso, como siempre.

Talud se estremeció ligeramente. Incluso ahora, con millares de invasores humanos apiñándose al pie de las montañas, Glome seguía obsesionado con su ambición principal: hacer la guerra contra los daewars.

¿Era esa su verdadera aspiración, luchar contra los daewars?, se preguntó Talud. ¿O era sólo un medio de conseguir una mayor y más siniestra ambición que el asesino abrigaba en secreto?

Nadie sabía con certeza de dónde había venido Glome. De alguna parte de Kal-Thax, por supuesto, de alguno de los muchos pueblos o pequeñas cuadrillas de los desperdigados einars, pero nadie sabía exactamente de dónde. Glome no era theiwar de origen. Había aparecido un buen día, poco antes de que el antiguo dirigente, Gacho Fuego Rojo, desapareciera.

Nadie sabía qué había sido de Gacho Fuego Rojo, pero Glome había entrado en las guaridas de los theiwars y se había establecido inmediatamente como un cabecilla, mediante intimidaciones, amenazas y, —según muchos sospechaban—, el asesinato en varios casos. Tenía una extraña habilidad para buscar a todos los descontentos de la tribu y hacer que aceptaran su liderato. En muy poco tiempo, Glome contaba con un número sustancial de seguidores entre los theiwars. Algunos habían pensado que Glome intentaba asumir el puesto de dirigente, pero la sucesión ya había sido reclamada por Borneo Zanca Cortada y —cosa sorprendente—, Glome lo había respaldado contra los otros aspirantes. Borneo Zanca Cortada era un tipo fuerte, brutal, no demasiado listo, pero astuto a su modo. Ahora Borneo era dirigente, y Glome era su consejero, y Talud Tolec se preguntaba cuáles eran las verdaderas ambiciones de Glome. Tenía la sensación de que iban más allá de ser solamente jefe del thane theiwar.

Talud volvió de nuevo la vista hacia el este, al lejano humo. Los forasteros habían venido siempre en las estaciones cálidas, —ya fueran humanos o de otra raza—, para intentar entrar en el cerrado territorio de Kal-Thax. Pero nunca había visto tantos.

Eran refugiados de guerras lejanas, aunque entre ellos habría forajidos y salteadores, humanos que encontraban en el caos de la guerra la oportunidad de apoderarse de cuanto podían.

Y también había otros campamentos ahí fuera; otro humo aparte del de las hogueras de los humanos delante del paso. Lejos, al norte, apenas perceptible, había humo de las lumbres oscuras, aceitosas, de lo que podría ser un campamento de goblins. Y más cerca, en los altos riscos, separados de los campamentos humanos, se alzaban los finos tentáculos de lo que tal vez fueran lumbres de ogros.

Talud Tolec no simpatizaba con ninguno de ellos. No pertenecían a Kal-Thax.

Sentado en cuclillas bajo el saliente que cubría las cuevas de los puestos avanzados theiwars, Talud oteó a lo lejos, calculando el número de hogueras mientras toqueteaba distraídamente la espada que colgaba a su costado. Cada vez había más ahí fuera. No tardarían en venir, —al menos, algunos de ellos—, intentando penetrar en el territorio de las montañas una vez más.

¡Había tantos este año! Talud pensó que quizá no era mala idea que hubieran venido los daewars, —desde sus propias guaridas, lejos, al norte, en la vertiente opuesta de la montaña Fin del Cielo—, para ayudar en la defensa. Sentía tan poco aprecio por los arrogantes y joviales «fundidores de oro» como cualquier otro theiwar. Los daewars eran arribistas, —sólo durante el pasado siglo habían constituido un thane—, y sin embargo parecían prosperar. Y no dudaban en poner de manifiesto su éxito. Todos los daewars que Talud había visto llevaban encima una fortuna con las más excelentes armaduras y los atavíos más llamativos.

¡Y sabían luchar! Mientras que los theiwars eran expertos en el sabotaje y la emboscada, y aunque nadie podía igualar a los daergars en un ataque nocturno gracias a su capacidad visual en la oscuridad, pocos se atreverían a desafiar a los fundidores de oro en un combate directo. El antiguo dirigente theiwar, Gacho Fuego Rojo, había debilitado gravemente a los theiwars cuando los puso a prueba enviándolos a territorio daewar. El capitán daewar, Gema Manguito Azul, y sus tropas de élite «Maza Dorada» habían diezmado a los atacantes theiwars.

El término «fundidores de oro» era peyorativo, dando a entender que los daewars eran tan blandos y maleables como el brillante metal que era el color de sus cabellos y barbas, y que gozaba de su favor para la ornamentación. Pero sólo un necio o un suicida insultaría a un daewar a la cara.

Aunque Talud sentía animadversión por esas gentes rubias espléndidamente vestidas, al ver el humo de las hogueras del campamento de los humanos sobre las estribaciones se alegraba de que los daewars estuvieran aquí, y de que fueran parte del tratado de exclusión que mantenía a Kal-Thax cerrada a los extranjeros.

Desde las sombras que había a su espalda una voz profunda y ronca llamó:

—¡Talud! ¿Es que te has quedado dormido? ¿Qué haces?

Frunciendo el ceño, Talud se volvió ligeramente para echar una ojeada a la cueva.

—Estoy vigilando lo que me dijisteis que vigilara…, señor. Los forasteros se están amontonando más y más en las estribaciones. Vendrán pronto.

—¿Pronto? —la voz de Borneo Zanca Cortada rezumaba sarcasmo—. ¿Pronto? ¿Y qué significa «pronto»? ¿Esta mañana? ¿Hoy? ¿El mes que viene?

Talud sofocó un suspiro de fastidio. ¿Cómo esperaba el dirigente de los theiwars que adivinara los planes de los humanos?

—Puede que hoy, —respondió—. Hay al menos un centenar de hogueras ahí fuera. Tendrán que moverse pronto o morirán de hambre.

—¿Un centenar de hogueras? —Se oyeron las fuertes pisadas de botas, y Talud comprendió que el dirigente y otros querían verlo por sí mismos—. ¿Todas juntas?

—No, están desperdigadas en varios kilómetros. Pero ahora ya habrán descubierto que no pueden cruzar la garganta, y que los riscos de Shalomar les cierran el paso por el sur, así que se están agrupando debajo del paso. Como siempre hacen, sólo que ahora son muchos más.

Cuando Borneo Zanca Cortada salió a la cornisa, ajustándose la visera sobre el rostro de rasgos hoscos y ásperos, Talud se apartó de él, como la gente solía hacer. Borneo no era alto —medía poco más de metro veinte—, pero sí macizo, con enormes hombros y apenas cuello. Sus brazos eran tan gruesos y recios como los troncos de los pinos de montaña, y al menos tan largos como sus fornidas y cortas piernas.

—Fugitivos, —retumbó; luego se resguardó los ojos del sol matinal con la mano para otear a lo lejos—. ¡Herrín! —maldijo—. ¡Deben de ser miles!

—Es lo que había dicho yo, —rezongó Talud entre dientes. Luego alzó la voz—: Vendrán pronto, valle arriba.

Eso era un hecho sabido aquí, en las tierras fronterizas occidentales de Kal-Thax. Los intrusos, cuando venían, avanzaban hacia el oeste a través de las estribaciones y entraban en el amplio y empinado valle que apuntaba hacia la cumbre de la montaña Buscador de Nubes. Era la ruta que siempre seguían. El camino hacia Kal-Thax desde el este era como un embudo. A través de las planicies de Ergoth oriental, los emigrantes seguían el «corredor» de territorio salvaje que se estrechaba progresivamente, evitando las rutas septentrionales que conducían a la ciudad humana de Xak Tsaroth, donde ladrones y traficantes de esclavos aguardaban para cobrar su peaje; también evitaban los helados eriales del sur. Desde las tierras agrestes, se colaban en las regiones pobladas y allí eran hostigados por los caballeros y las compañías de vigilantes armados que protegían los pueblos.

Al llegar a las estribaciones, los viajeros no tardaban en descubrir que el Gran Cañón era infranqueable, y que los riscos de Shalomar resultaban imposibles de escalar. Por consiguiente, ponían sus ojos en los tres peñascos que coronaban el Buscador de Nubes, —aquellos inmensos colmillos de piedra verticales que los enanos llamaban Tejedores del Viento—, y entraban en el valle que se estrechaba progresivamente y que era la única ruta viable. Y allí, durante más años de los que incluso los enanos podían recordar, eran atacados y rechazados o aniquilados.

Era en lo único que todos los thanes, tribus y grupos de enanos de Kal-Thax estaban de acuerdo: Kal-Thax estaba cerrada a las razas de fuera y así debía continuar.

El «embudo» conducía directamente al territorio de los theiwars, y era la razón de que estos se hubieran convertido en el primer thane, —o nación organizada, propietaria de tierras—, de Kal-Thax. En un principio simples tribus pequeñas de einars, los theiwars eran habitantes de los riscos y habían encontrado buenos beneficios en poner celadas a los humanos y a otros que erraban por las montañas de tanto en tanto. Emboscada, matanza y saqueo de los intrusos se había convertido en una importante industria en el pasado, y el clan theiwar le había sacado partido.

La mayoría de los viajeros de las tierras pantanosas y de las planicies no se percataban de que habían entrado en Kal-Thax hasta haber recorrido muchos kilómetros cuesta arriba, por el accidentado camino que se internaba en las estribaciones, y ninguno se daba cuenta de que el sendero hacia los tres peñascos era una trampa. Justo debajo del Colmillo del Vendaval, el mayor de los Tejedores del Viento, el camino torcía hacia el sur, entre paredes empinadas, y se dirigía directamente al desfiladero que discurría por debajo de las cuevas theiwars. A docenas y a centenares, los extranjeros habían muerto allí, y los theiwars habían saqueado los cuerpos y se habían deshecho de ellos.

Pero ahora era diferente. Esta vez los intrusos eran una fuerza masiva, y los theiwars no tenían el campo para ellos solos. Los daewars habían venido, arrogantes como siempre, evitando el campamento theiwar sin tan sólo un «con vuestro permiso» por entrar ilegalmente en territorio theiwar, y ahora estaban acampados justo en el promontorio, —un lomo de la montaña, en mitad del paso—, como si estuvieran al mando de todas las defensas. Talud sabía que unos kilómetros detrás del campamento daewar había hordas de torvos daergars ocultando los rostros de la brillante luz del sol que hería sus sensibles ojos. Habían salido de sus túneles pobremente iluminados y de sus ricas minas para sumarse a la defensa de Kal-Thax. Aquí y allí también había grupos de los salvajes y tornadizos kiars blandiendo sus cachiporras y esperando la oportunidad de aplastar unos cuantos cráneos humanos.

En conjunto, era una formidable y mortífera formación de enanos guerreros en la que ningún grupo estaba en muy buenas relaciones con cualquiera de los otros, pero todos ellos decididos a que los forasteros no entraran en el reino montañoso.

Talud se preguntó para sus adentros qué clase de fuerza de combate podrían llegar a ser si por una vez se unieran y actuaran de acuerdo. Era una idea estúpida. Jamás, en todos los siglos desde que los theiwars, —y luego los daewars y los daergars y, hasta cierto punto, los kiars—, se habían convertido en un thane organizado, habían actuado de acuerdo en ningún asunto salvo en el pacto de mantener fuera a los forasteros.

En la distancia, hacia el este, el humo de los campamentos humanos se extendía en una estela con la brisa, y Talud, oteando a través de la visera de malla, divisó un inicio de movimiento allí. Era lo que había esperado. En las estribaciones, alguien se había puesto al mando, y ahora los humanos, —al menos, algunos de ellos—, se ponían en marcha dirigiéndose hacia arriba, al paso.

Estrechó los ojos; Brule Lengua de Vapor se acercó cauteloso a su lado, con su rostro oculto por la máscara daergar. Brule era semidaergar y evitaba la luz del día.

—¿Qué ves? —preguntó Brule—. ¿Vienen ya?

—Sí, ya vienen, —asintió Talud—. Al atardecer, los daewars estarán hasta los ojos de humanos.

—Los fundidores de oro se han colocado para lanzar el primer ataque, —rezongó Brule—. Pues que les aproveche. Nosotros podremos atacar por el flanco, después de que ellos los hayan frenado.

A un lado, Glome el Asesino se volvió hacia ellos.

—Cerrad el pico, —espetó—. Tenemos mejores cosas que hacer que luchar contra los humanos. —Se volvió hacia Borneo Zanca Cortada, y todos los demás prestaron atención—. Ha llegado el momento de ocuparse de los daewars, —le dijo Glome al dirigente—. Mis espías han estado en las laderas del Fin del Cielo, como te dije. La ciudadela está pobremente defendida. Los fundidores de oro emplean todo su tiempo excavando la montaña, detrás de sus fortificaciones. Los espías creen que están ampliando la ciudad, a más profundidad.

—Pero todavía pueden luchar, —retumbó Borneo Zanca Cortada—. No olvides la derrota que sufrimos la última vez que intentamos atacarlos, Glome.

—¿Qué? —bramó Glome el Asesino—. Eso no fue un ataque, sino un auténtico fiasco. Vuestro antiguo dirigente, Gacho Fuego Rojo, fue un necio al intentar asaltar Daebardin cuando Olim Hebilla de Oro y todas sus tropas estaban allí.

—¿Y en qué es diferente la situación ahora? —replicó Borneo, iracundo—. ¿En que hay una patrulla daewar en el frente de defensa?

Glome señaló hacia el sur, al campamento daewar.

—¿Una patrulla? Ahí no hay sólo una patrulla. Me he acercado y he echado un vistazo. Está Hebilla de Oro en persona, con Gema Manguito Azul y la mayoría de su ejército. Ahí no hay un centenar de daewars, sino un millar o más… y en campo abierto, en territorio theiwar.

—¿Qué es lo que sugieres? —inquirió Borneo—. ¿Que nos retiremos y ataquemos Daebardin mientras su príncipe está ausente?

—Más que eso, —repuso Glome—. Primero, dejemos que los humanos hagan correr su sangre y los debiliten, dejemos que se descargue sobre ellos el choque más violento del ataque de hoy… y el de mañana, si es que lo hay. Entonces, cuando Hebilla de Oro esté débil, podremos acabar con ellos fácilmente. Después de eso, nada se interpondrá entre nosotros y los tesoros de Daebardin.

—Tesoros que ninguno de nosotros ha visto nunca, —apuntó Borneo—. Ni siquiera estamos seguros de que tengan tesoros.

—¡Por supuesto que los tienen! —espetó Glome—. ¡Míralos! Todos los daewars que has visto llevan encima una fortuna sólo en armaduras. Y, si no tuvieran riquezas, ¿por qué habrían estado excavando todos estos años en el Fin del Cielo? ¡Los montones de escombros al pie de su ciudadela son enormes! Deben de estar construyendo toda una ciudad bajo esa montaña. ¿Por qué hacer algo así si no es para fortificarse y proteger sus tesoros?

—Me gustaría ver esa ciudad subterránea, —admitió Borneo Zanca Cortada—. Tesoros, ¿eh? Puede que sí.

—A estas alturas, el lugar tiene que ser enorme, —asintió Glome—. Tal vez una fortaleza para un rey, ¿no?

—¿Un rey? ¡No hay reyes en Kal-Thax!

—Pero quizá Olim Hebilla de Oro quiera serlo, —dijo Glome con un ronroneo insinuante—. ¿Has pensado en ello, en la posibilidad de tener que inclinarte ante un maldito daewar? Quizá sea esa la razón de que los fundidores de oro excaven. Quizá cuando tengan su fortaleza terminada proyecten conquistar todos los thanes. ¿Te gustaría tener el pie de ese podrido fundidor de oro sobre tu cuello, Borneo Zanca Cortada? —Glome se volvió hacia los demás. Ahora había docenas de theiwars en la cornisa—. ¿Algún theiwar se sometería de buena gana a un rey daewar? —preguntó—. Yo digo que Olim Hebilla de Oro intenta proclamarse rey de Kal-Thax, y, si queremos impedírselo, ¡tenemos que adelantarnos y atacarlo antes!

Era un argumento de peso, y nadie podía negarlo. Talud Tolec frunció el entrecejo, sin embargo, cuando otra idea le pasó por la mente. Quizá alguien en Kal-Thax sí quería proclamarse rey. Pero ese alguien ¿era el príncipe daewar o cabía la posibilidad de que fuera algún otro?

Borneo Zanca Cortada miraba a Glome el Asesino de hito en hito.

—¿Estás sugiriendo que traicionemos una acción defensiva? —inquirió—. Estaríamos rompiendo el pacto.

—No dejaremos entrar a los humanos, —explicó Glome—. Únicamente dejaremos que los daewars se encarguen ellos solos del combate.

—¿Y si los humanos los sobrepasan?

—Entonces los rechazaremos. Pero, en uno u otro caso, esta puede ser nuestra oportunidad de librarnos de Olim Hebilla de Oro.

—¿Y qué dirán los daergars?

—¿Qué van a decir? —resopló Glome—. Vog Cara de Hierro conoce la amenaza daewar tan bien como nosotros. Los daergars se unirán a nosotros cuando vean lo que hacemos.

Talud Tolec abrigaba dudas respecto a eso. El tratado de los thanes era algo sagrado, y los daergars lo apoyaban lealmente. Era en su propio beneficio. Si los forasteros se instalaban en las montañas de Kal-Thax, el primer botín que buscarían sería las minas daergars.

Con todo, existía una especie de vínculo entre los theiwars y los daergars. Muchas veces en el pasado habían luchado entre sí, pero el auge de los poderosos y populosos daewars en el norte, en su plaza fuerte del Fin del Cielo, había traído una endeble paz entre los theiwars y los daergars. Ambas tribus reconocían un enemigo más peligroso, y la hostilidad entre la gente de las cuevas de los riscos y los moradores de la oscuridad dio paso a una alianza insegura y al comercio. Los theiwars extraían de las laderas bajas del Buscador de Nubes la dura piedra negra para endurecer el acero, y a cambio adquirían las armas de oscuro metal de los daergars que la mayoría prefería a las que los artesanos theiwars forjaban.

Borneo Zanca Cortada oteó el luminoso paisaje de las tierras altas, hacia las estribaciones del este. El humo había disminuido en la lejanía, pero ahora todo el mundo podía ver el movimiento en masa de los humanos desparramándose sobre las alejadas crestas. Incluso a tanta distancia, la luz del sol brillaba en el acero y el bronce de las armas. Transcurrido un tiempo, el dirigente theiwar siseó:

—¡Son jinetes los que van a la cabeza!

A Talud Tolec le lloraban los ojos de forzarlos para distinguir los detalles. Había jinetes allí, centenares de ellos, al parecer, y eran de una clase que ya había visto antes.

—¡Cobars! —gritó—. ¡Los jinetes de las planicies del norte!

—Muy bien, —decidió Borneo Zanca Cortada—. Se hará como ha dicho Glome. En lugar de flanquear las posiciones daewars, nos quedaremos quietos. Que los fundidores de oro reciban todo el impacto del ataque. Quizá los humanos se ocupen de los daewars por nosotros. Pero, si algunos consiguen pasar, entonces los daergars y nosotros tendremos que rechazarlos.