9
La batalla del alcázar
Los primeros invasores que cruzaron las puertas entraron a la carga en la penumbra del gran túnel situado bajo el alcázar de Thorin; vacilaron, frenaron un poco la marcha y miraron a uno y otro lado mientras que otros se amontonaban detrás de ellos.
—¿Dónde están? —gritaron—. ¿Dónde se han metido?
Donde sólo unos momentos antes había filas de enanos retrocediendo lentamente, ahora no se veía a ninguno. Los enanos habían desaparecido, simplemente. Pero la confusión sólo fue momentánea. Entre los asaltantes se encontraban hombres que habían estado dentro de Thorin, agentes de Estero que habían vivido entre las tribus vecinas y habían asistido a otros Balladines celebrados previamente. Conocían los caminos de la fortaleza.
En tanto que los hombres se arremolinaban en la calzada subterránea, escudriñando los túneles laterales y las escaleras ascendentes talladas en la roca, Sith Kilane y Bome Tolly se abrieron paso a empujones para ponerse al mando. Kilane señaló un túnel descendente con la espada ensangrentada.
—Por ahí se va al anfiteatro llamado Gran Auditorio. El alcázar está sobre nosotros, subiendo por esas escaleras. Nos dividiremos aquí. Algunos de vosotros seguid a Bome Tolly al Gran Auditorio. El resto, venid conmigo, al alcázar.
Dirigidas por hombres que conocían el camino, las hordas se dividieron y fueron en persecución de los calnars. Algunos, en las terrazas exteriores y en los aledaños de las puertas, hicieron un alto para desvalijar a los cadáveres, pero la mayoría se arremolinaron en la entrada y penetraron en la ciudad subterránea. Muchos entre ellos habían esperado años a que se les presentara esta oportunidad: conquistar y saquear los legendarios tesoros de Thorin. Aullando por el ansia de derramar sangre, sus gritos de guerra resonaron a lo largo de los corredores y vestíbulos del alcázar de Thorin; los que seguían a Sith Kilane se apiñaron en las escaleras gemelas que ascendían a la fortaleza, y se fueron desplegando en cada nivel.
Sonó el ruido de metal chocando contra metal, y el alcázar de Thorin retumbó con el estruendo del combate cuando los asaltantes humanos toparon con compañías de guardias enanos en cada nivel. Las escaleras subían en espirales paralelas de peldaños tallados en torno a los pilares monolíticos de roca que subían por un pozo con apariencia de bóveda. Dondequiera que miraran, los invasores veían más y más objetos refinados, —tapices que embellecían paredes de azulejos, muebles de la más fina manufactura, rollos y lienzos de exquisita tela—, y, cuanto más subían, más primorosos eran los tesoros exhibidos. Los humanos habían considerado acaudalados a los enanos, pero ahora sus ojos relucían ante la gran riqueza que contemplaban.
Los guardias les salían al paso en cada nivel, combatían y se retiraban al estar en inferioridad numérica. Kilane advirtió vagamente que sus seguidores eran menos numerosos que antes. Muchos se habían quedado en cada nivel, ansiosos por robar cuanto podían antes de que otros se les adelantaran.
Eran menos de cien los invasores que subieron por el tramo de escalera que llevaba al último nivel del alcázar. Kilane los hizo detenerse a mitad de camino a la vez que levantaba una mano pidiendo silencio. Cerca, en alguna parte, se oían débiles retumbos que parecían salir de las propias piedras.
—¿Qué es eso? —inquirió uno de los que iban detrás de él—. ¡Suena como tornos!
Kilane levantó la mano otra vez, acallándolos, intentando identificar el ruido. Efectivamente, sonaba como tornos funcionando: un retumbo bajo, continuo, con un trasfondo de repiqueteo metálico. Como de cables en poleas. Durante un momento más, el sonido prosiguió. Entonces cesó y un silencio espeluznante cayó sobre el pozo vertical con sus dos escaleras.
En el silencio surgió otro sonido. Abajo, a gran distancia, el metal chirrió contra la piedra; una serie de ruidos agudos, siseantes, que finalizaban con un repentino golpe sordo. Siguió y siguió como si nunca fuera a acabar, pero terminó con un golpazo fuerte que levantó ecos en el pozo. Alrededor y detrás de Kilane, los hombres miraron a uno y otro lado, desconcertados. Una docena, más o menos, de los que estaban en la otra escalera se apiñaron al borde de los escalones, escudriñando hacia abajo; un hombre gritó al perder el equilibrio y cayó, para desaparecer en el negro vacío. Transcurrió un momento y luego los demás lo oyeron aterrizar, pero no con un ruido sordo, como era de esperar al estrellarse un cuerpo en el suelo de piedra del túnel de entrada, sino con un golpe resonante, tintineante, seguido del estrépito de cosas pequeñas que caían.
Abajo, en alguna parte, se alzaron voces:
—¡Dioses! ¡Ese ya no lo cuenta! ¿Qué es lo que hay ahí abajo? ¿Con qué chocó?
Y de más abajo:
—¡Han cerrado el pozo! Mira eso. ¡Estamos atrapados aquí! Hay barras de hierro que lo cruzan de lado a lado. ¡Todo el hueco de las escaleras está obstruido desde el segundo nivel!
Sith Kilane masculló un juramento. Se esperaba que los enanos tuvieran algunas sorpresas preparadas, pero ¿deslizar verjas a través de todo el pozo?
—Tenemos que continuar, —les dijo a los que estaban tras él—. Los enanos están justo delante, les pisamos los talones. Se han encerrado a sí mismos, con nosotros. ¡Encontradlos! ¡Los obligaremos a que nos saquen de aquí!
Con sus energías incrementadas por la rabia, la horda de humanos subió a todo correr; la masa de hombres armados ascendió en espiral alrededor de los pilares de piedra gemelos, hasta salir al último nivel del alcázar de Thorin. En lo alto, las claraboyas bañaban de luz brillante el amplio vestíbulo y los corredores que había más adelante.
Estaban solos. No había un solo enano a la vista. Los invasores se desplegaron para buscarlos. Sith Kilane recorrió los iluminados pasillos, cegado por la rabia. Durante todo el camino hacia la parte alta del alcázar habían visto enanos precediéndolos. Habían combatido con los guardias de su retaguardia. Los habían perseguido, pisándoles los talones. Había habido docenas de enanos…, muchas docenas. Pero ahora era como si se los hubiera tragado la tierra.
—¡Tiene que haber pasadizos secretos! —gritó Kilane—. ¡Encontradlos!
Transcurrieron largos minutos de frenética búsqueda, y entonces uno de los hombres apartó a un lado un tapiz de la pared trasera de uno de los pilares de las escaleras y miró boquiabierto lo que había detrás. Gritó, y los demás corrieron hacia él. Era un portal abierto en la piedra del enorme pilar. Un portal pequeño, —para los humanos—, de menos de un metro ochenta de alto y aproximadamente un metro veinte de ancho. La puerta cerrada era de madera finamente acabada y muy ornamentada.
Los hombres la empujaron, atisbaron por los bordes, la golpearon, pero sin ningún resultado.
—¡Apartaos! —ordenó Sith Kilane. Levantó la espada ensangrentada con las dos manos y descargó un golpe contra la parte central de la puerta. La hoja del arma se rompió al chocar contra la madera. El impacto hizo que los dientes de Kilane castañetearan. Junto con los demás, examinó la muesca de la madera donde la espada había golpeado.
La madera era una lámina. Bajo su decorativa superficie, la puerta era de sólido metal.
Cuando los humanos entraron en el hueco de las escaleras del alcázar, Tolon el Meditabundo había tomado una decisión: los invasores entrarían, pero ninguno de ellos volvería a salir con vida si estaba en su mano evitarlo. Mientras los guardias sostenían combates en cada nivel para entretenerlos, Tolon se apresuró a conducir a todos los enanos que había en el alcázar al nivel superior, donde se encontraban las plataformas elevadoras.
La chusma humana estaba todavía muy abajo en las escaleras cuando Tolon reunió a todos los supervivientes y abrió las puertas de los elevadores.
Se quedó allí, en el nivel superior del alcázar, mientras los soldados pasaban presurosos ante él y montaban en los elevadores de nueve en nueve, cargando a tope una plataforma tras otra para el viaje de descenso por los pilares huecos que rodeaban las escaleras.
Muchos de ellos estaban heridos. En los niveles más bajos los guardias habían luchado y habían defendido las posiciones el tiempo suficiente para que otros enanos remontaran las escaleras a todo correr, por delante de los invasores. Algunos habían muerto, y muchos sangraban. Tolon no tenía ni idea de cuántos calnars había en el alcázar al iniciarse el ataque, pero suponía que eran más de un centenar. Sin embargo, cuando el último de ellos llegó al vestíbulo superior y Tolon los condujo hacia el elevador de cables, los contó y comprobó que eran menos de cincuenta los que habían conseguido llegar arriba. Con un gesto sombrío por la pena y una ardiente cólera, el segundo hijo de Colin Diente de Piedra se ocupó de que todos ellos entraran en los elevadores y compartió la siguiente plataforma con dos guardias heridos. Clausuró el acceso a sus espaldas al entrar en ella. ¿Podrían los humanos forzar la puerta y acceder a los elevadores? No lo sabía. Dependía de las herramientas que pudieran encontrar. Pero no les resultaría fácil.
Entretanto, les tenía una sorpresa preparada.
Normalmente, sólo Colin Diente de Piedra en persona podía hacer que el alcázar se cerrara siguiendo sus órdenes, pero el dirigente no estaba ahora aquí, y, al observar el feroz gesto ceñudo de los calnars que lo acompañaban, —los supervivientes de toda una compañía de guardias del alcázar—, supo que seguirían su plan.
¿Cuántos de los humanos invasores habría en el alcázar? No había modo de saberlo. Centenares, probablemente. Pero eso no importaba. Tolon había tomado una decisión y los que estuvieran allí —los que habían invadido los propios hogares de los líderes de los calnars—, no iban a marcharse.
Tolon ignoraba dónde se encontraba su familia. Había visto a su padre, retirándose con los Diez en la primera terraza, dirigiéndose hacia las puertas. El dirigente tenía que estar dentro ya, quizá en el Gran Auditorio o incluso más lejos. Había visto a Handil por última vez cuando se dirigía al Gran Auditorio, cargado, como siempre, con su tambor, y acompañado por Jinna Romperrocas. Cale Ojo Verde se había marchado, —embarcado en alguna aventura por propio capricho aunque con el pretexto de buscar a la patrulla perdida—, y Tera Sharn se había dirigido a la plaza principal unas horas antes. Tolon deseó que todos se encontraran bien y musitó una plegaria a Reorx rogando por su seguridad mientras echaba una mano con los tornos de la plataforma, accionando poco a poco la correa sin fin de descenso.
De la familia de Colin Diente de Piedra, Tolon era el único presente aquí, donde los bárbaros humanos habían asaltado en masa el alcázar. En este lugar y momento, Tolon el Meditabundo tomaría el mando de las defensas.
—¡Todos los guardias capacitados físicamente que vayan al segundo nivel! —gritó de manera que su voz llegara a las otras plataformas que iban más abajo—. Nos dirigiremos a la sala de tornos.
A su lado, uno de los guardias esbozó una sonrisa aviesa. Había tenido la misma idea que Tolon.
No se tenía memoria de que el alcázar hubiera sido clausurado nunca, pero los mecanismos estaban cuidados y a punto. Era típico de los calnars, con su aversión por la herrumbre y el deslustre, que todos los artefactos metálicos de Thorin tuvieran revisiones de mantenimiento para conservarlos en buen estado. Esto incluía los astilleros de barras de hierro, —algunas de ellas de nueve metros de longitud—, de la sala de tornos en el segundo nivel, y los orificios de cinco centímetros de diámetro taladrados en la piedra de la pared frontal, a intervalos de veinte centímetros. Al otro lado de la pared estaba el gran hueco de las escaleras, y en la pared opuesta, o en los pilares de las propias escaleras, había agujeros ciegos, uno por cada orificio de la pared frontal.
Trabajando rápidamente, Tolon Vista Penetrante y diez fornidos guardias enanos levantaron las largas barras y las metieron por los orificios. Al otro lado del muro de piedra, las barras emergían en el hueco de las escaleras, se deslizaban a través de él, y se encajaban en el agujero ciego correspondiente. Les llevó menos de dos minutos colocar todas las barras en su lugar. Débilmente, detrás del muro de piedra, oyeron un grito, y algunas de las barras repiquetearon en las cavidades de anclaje.
Con las barras colocadas, los once levantaron un enorme madero y lo encajaron en los puntales de hierro instalados a los extremos de la línea de orificios. La maciza viga cubrió totalmente los agujeros, fijando de ese modo las barras que había detrás. A partir de ahora, nada mayor de veinte centímetros pasaría del segundo nivel del alcázar de Thorin.
Hecho esto, Tolon condujo a los guardias de vuelta al elevador, donde las otras personas a su cargo, —menos de cuarenta enanos del alcázar, la mayoría mujeres y guardias heridos— aguardaban en las sombras.
Muy arriba, podían oírse los ruidos de los humanos en el nivel superior, golpeando la puerta de acero del elevador en un intento de forzarla.
—Me alegro de que Handil no esté aquí para presenciar esto —masculló Tolon mientras miraba a lo alto del gran pozo con su interminable fila vertical de plataformas—. Este elevador es su orgullo y alegría. Junto con ese vibral suyo, es lo mejor que ha inventado.
De una arqueta situada en el fondo del pozo cogieron herramientas, —palancas y llaves de tuercas—, y empezaron a desmantelar la correa del elevador.
Habían quitado el último enganche cuando oyeron, allá arriba, el crujido de la puerta al romperse y los gritos de humanos retumbando en el hueco del elevador. Con sólo el sonido, pudieron imaginar a los humanos allí arriba, amontonándose en la plataforma y empezando a tirar de los cables de poleas para descender.
Tolon señaló las gigantescas ruedas de poleas a cada lado de la base del elevador.
—Sacad los cables, —dijo.
Los guardias a cada lado levantaron las palancas y las introdujeron bajo los cantos de las ruedas.
—Que todo el mundo se retire, —indicó Tolon. El grupo se apartó del hueco del elevador.
Los guardias aseguraron las palancas, hicieron presión en ellas, y los cables saltaron de los carriles de las ruedas. Los guardias se zambulleron hacia atrás, y rodaron por el suelo al mismo tiempo que arriba estallaba un pandemónium. De repente, el hueco del elevador fue un caos de escombros que caían, plataformas desenganchadas precipitándose con estruendo y aplastando las que estaban debajo, cables sueltos zumbando y soltando trallazos… y chillidos penetrantes. Al posarse el polvo, Tolon intentó comprobar cuántos invasores habían caído junto con los escombros del elevador, pero resultó imposible saberlo con certeza. Los cuerpos estaban demasiado destrozados para contarlos.
—Hasta ahora, va bien, —masculló Tolon el Meditabundo.
El alcázar estaba clausurado, y allí se quedarían los humanos que se encontraban dentro. Con el elevador destruido, no tenían adonde ir.
Tolon condujo al pequeño grupo hacia un túnel lateral y cegó la entrada tras ellos. Era sólo una vía de servicio, un túnel de mantenimiento para el complejo sistema de canales que servía agua a esta sección de Thorin. Pero conducía adonde Tolon quería ir.
Tras recorrer un centenar de metros en la oscuridad, los enanos salieron a una caverna, estrecha y pobremente iluminada, con burdas estanterías de madera jalonando sus paredes. En las estanterías había herramientas de todo tipo, y Tolon no tardó en encontrar lo que andaba buscando. Había martillos, escudos de excavadores y hondas. Y en un rincón había un astillero con bolas de hierro de siete centímetros de diámetro. Las pesadas bolas se utilizaban para la limpieza de los acueductos, pero el uso que Tolon pensaba darles era otro. Todas las herramientas tenían la otra cara.
Dejó a los heridos en la recóndita caverna al cuidado de varias mujeres, y él y sus guardias improvisaron unos sacos de arpillera y los llenaron con las bolas de limpieza. Cada uno de ellos cogió un saco, un par de hondas, un martillo y un escudo, y Tolon los condujo por un oscuro y sinuoso túnel que desembocaba en un laberinto de conductos de aire. Echó un vistazo a sus espaldas y descubrió que tenía más ayuda de la que había imaginado. Alrededor de una docena de mujeres enanas se habían armado del mismo modo que los guardias y los habían seguido. Tolon asintió con gesto aprobador.
—Elegid un conducto y seguidlo hasta el final, —les dijo—. Sois libres de matar a cualquier humano que encontréis en vuestro camino.
Algunos de los conductos llevaban a las paredes superiores del Gran Auditorio; otros, a los respiraderos de la plaza principal; y otros, a las tomas de la muralla exterior del alcázar. Para los humanos sería casi imposible moverse por los conductos de aire, pero para los calnars resultaba fácil. Los respiraderos, —siempre en alto por encima del suelo del otro lado— constituían unos estupendos agujeros para emboscadas, y no había un solo enano en todo Thorin que no tuviera una puntería mortífera con la honda.
¡Limpiadoras de acueductos! Las ubicuas bolas de hierro serían armas letales al ser lanzadas por las hondas de los excavadores. Fue una lástima que uno de los primeros humanos muertos con una bola de hierro ese día, —en el exterior, en la primera terraza—, fuera Bram Talien de Chandera. El comerciante acababa de atravesar con la espada la garganta de uno de sus captores e intentaba regresar junto a su familia cuando la bola le aplastó el cráneo. Shena Hierro Brillante, que lanzó el proyectil con su honda, era una joven calnar cuya casa estaba en las profundidades de Thorin, cerca de los mercados. En toda su vida sólo había visto a dos o tres humanos, y todos le parecían iguales.
Eran el enemigo.