10
Solsticio sangriento
Reforzados con los miembros de la guardia de élite de Willen Mazo de Hierro, Colin Diente de Piedra y los Diez contuvieron el asalto humano en las puertas un buen rato, en tanto que el personal de servicio del alcázar, los trabajadores de los pabellones y un centenar más de calnars que habían sobrevivido a la primera arremetida huían hacia el Gran Auditorio y a la ciudad que había detrás. Entonces, con el corredor despejado a sus espaldas, el dirigente y sus guerreros dieron media vuelta y retrocedieron a toda prisa, dejando atrás las escaleras del alcázar, hacia los corredores sinuosos y ascendentes que conducían al Gran Auditorio. Tras ellos, un número creciente de invasores cruzó el abierto portal de Thorin, tropezando con sus propios muertos.
Los ojos de los humanos necesitarían unos segundos para ajustar la visión de la brillante luz del sol en el exterior a la penumbra del interior, y Colin necesitaba ese tiempo para hacer saltar su siguiente defensa. Ni él ni sus guerreros podían hacer nada respecto al alcázar, salvo esperar que los que estaban dentro pudieran aguantar el tiempo suficiente para escapar. Tolon estaba allí… Tolon, con su genio huraño y su mente enrevesada. Se encontraba en lo alto del alcázar al iniciarse el ataque, y no había salido con los refugiados.
Colin rogó a Reorx por su segundo hijo, y al mismo tiempo esbozó una mueca maliciosa al pensar en la clase de infierno que Tolon el Meditabundo desataría sobre aquellos humanos lo bastante desafortunados para cruzarse en su camino.
Ignoraba dónde se encontraban Handil y Tera Sharn. En algún lugar de la ciudad, esperaba, lejos de los invasores. El dirigente temía por ellos. Tera… ¡la reflexiva, lógica Tera! Cara a cara con sanguinarios enemigos, Tera intentaría razonar con ellos. Era su forma de actuar. Colin conocía muy bien la confianza en la razón y la lógica que guiaba a su hija. Era un rasgo de carácter heredado de él, y ahora maldecía esa tendencia. Tolon tenía razón. No tendría que haberse dejado llevar por la razón y la lógica. Puesto que confiaba en sus amigos humanos, la razón le había dicho que confiara en los humanos en general. Se había equivocado, y ahora Thorin estaba pagando por ello.
¡Y Handil! ¿Dónde estaba Handil? Colin no ponía en duda el valor de su hijo mayor o su ferocidad en la batalla. Handil era un guerrero, a pesar de su desinterés por el gobierno. Pero ¿qué podía hacer uno con un tambor contra los invasores?
En cuestión de segundos, los humanos se lanzarían en su persecución, y Colin Diente de Piedra maldijo su testaruda ingenuidad mientras espoleaba su corcel. Habían ocurrido cosas que debió tomar como advertencias. Muchas cosas. Pero había preferido creer que se respetaría Balladine. Haces de luz solar, reflejados en las lentes, mostraban el camino al frente, donde la entrada al Gran Auditorio estaba ya a la vista, al final del amplio túnel ascendente.
La calle estaba vacía, a excepción de una compañía de los guardias de Willen apostada a la entrada del recinto. Justo detrás, formas grandes y cuadradas, rodeadas de trabajadores, se empezaban a mover lentamente. Los que habían conseguido huir del alcázar se encontrarían ahora allí, y Willen estaría preparando la trampa para los perseguidores. Le había parecido algo exagerado cuando lo discutieron la primera vez; bloques cúbicos de piedra de dos metros y medio de lado, montados sobre rodillos y preparados para cerrar el acceso. Pero Colin se dio cuenta ahora de que no sería suficiente. Los invasores eran simplemente demasiados para contenerlos.
Colin miró atrás por primera vez desde que habían abandonado el alcázar. Jerem Pizarra Larga cabalgaba justo detrás, su barbudo rostro ceñudo bajo el bruñido yelmo, y a continuación venían los Diez.
Pero ya no eran diez. Con un rápido vistazo, Colin reparó en que Calzo Rajador y Balam Tiro de Hacha faltaban. Entonces, estaban muertos. Sólo la muerte podía separar a un miembro de los Diez de su dirigente.
Inesperadamente, el caballo de Colin se espantó y dio media vuelta para soltar una coz. El enano se agarró a la silla y levantó la espada mientras escudriñaba en derredor.
No había nadie, sólo él y su escolta, pero los otros caballos también estaban nerviosos, como si pudieran ver un enemigo que los jinetes no veían. Colin dio rienda suelta a su corcel.
—¡Schoen, ataca! —ordenó.
El gran caballo dio media vuelta, se alzó sobre las patas traseras y pateó con las delanteras el aire vacío, con las orejas echadas hacia atrás. El relincho desafiante del animal retumbó en las paredes de piedra, y por debajo de él se oyó otro sonido apagado, como pisadas apresuradas, como si alguien se escabullera para escapar del pataleo de los cascos. Por un instante, dos brillantes órbitas, como ojos relucientes, se dieron media vuelta, y luego no hubo nada. Schoen cabrioleó encrespado, la piel dorada temblorosa bajo las blancas crines. Pero fuera lo que fuera lo que el animal había visto, o había creído ver, ya no estaba allí.
—¿Visteis a alguien? —preguntó Colin—. ¿O algo?
—No, señor, —respondió Jerem Pizarra Larga, y los demás sacudieron la cabeza—. Pero los caballos sí.
A sus espaldas, los sonidos de la persecución se intensificaron. Los invasores se encontraban en el túnel y algunos aparecían ya por el recodo que había a un centenar de metros; un torrente de humanos vociferantes y sedientos de sangre que atestaba la amplia vía de lado a lado. Los había a cientos, y detrás venían más.
—Hacia el Gran Auditorio, —ordenó Colin. Espoleó a Schoen, y los caballos se lanzaron a galope tendido hacia el portal, pasaron entre los guardias y entraron en la caverna abovedada del gran salón de asambleas. Detrás de ellos, las hondas de los guardias silbaron. Se oyeron gritos de dolor en la turba humana lanzada a la carga cuando los proyectiles arrojados dieron en el blanco. Colin Diente de Piedra tiró de las riendas y dio media vuelta, señalando con su espada ensangrentada—. ¡Las piedras no los contendrán! ¡Son demasiados! ¡Willen!
Al instante, Willen Mazo de Hierro apareció a su lado, junto al caballo.
—¡Sí, señor!
—Dad media vuelta a las piedras, Willen. Poned los rodillos hacia afuera.
Una sonrisa letal ensanchó el impasible rostro del alto enano. Willen había captado la idea del dirigente al punto, y le había gustado.
—Sí, señor. ¡Trabajadores, a vuestras palancas! ¡Girad las piedras!
Divisando a Relente Triza de Acero entre la multitud reunida, Colin gritó:
—¡Relente! ¡Encárgate de los heridos y los débiles! Sácalos de aquí, hacia la plaza principal. ¡Opondremos resistencia allí, en la puerta interior!
Bajó del caballo, y Jerem Pizarra Larga y los demás desmontaron también. Los caballos fueron conducidos hacia la salida más alejada del Gran Auditorio y hacia la ciudad que estaba detrás. Ahora ya no necesitaban caballos. Lo que tenía que hacerse, se haría a pie.
Wight Cabeza de Yunque, el viejo jefe de excavaciones, apareció al lado de Colin.
—Entonces, ya se ha llegado a eso, ¿no? —dijo—. ¿Tenemos que cerrar la puerta interior?
—Me temo que no nos queda otra opción, —contestó Colin con voz ronca—. Este no es el ataque de unos cuantos bárbaros. Es una invasión. Ninguna otra medida impedirá que esa gente entre en Thorin.
—Que Reorx nos ayude, —musitó el jefe de excavaciones—. Ni siquiera sabemos si esa cosa funcionará. Nunca se ha intentado.
—Lo sé, Wight. Reza para que funcione, porque, si falla, nos encontraremos combatiendo contra esa chusma en las calles del mismo Thorin. —Se volvió hacia el portal. Se acababa de colocar en posición el segundo de los dos enormes bloques de piedra, apuntando hacia afuera. Al otro lado, el clamor de la turba humana era ensordecedor. Las flechas pasaban zumbando entre las piedras y alrededor de ellas—. Willen, ¿está eso listo?
—Listo, señor.
—Entonces, soltadlas y cerrad esas puertas.
A una orden de Willen Mazo de Hierro, unos fornidos enanos se situaron detrás de las piedras, hicieron presión con las palancas, y las piedras se movieron. Por un instante, dio la impresión de que se quedaban suspendidas en el portal, pero después salieron impulsadas hacia adelante y empezaron a deslizarse corredor abajo; los rodillos retumbaron conforme cogían velocidad y lanzaban los dos enormes cubos contra la muchedumbre que cargaba cuesta arriba.
—Cerrad y atrancad esas puertas, —ordenó Colin. Las hojas de roble se cerraron con un sonoro portazo, apagando los gritos del otro lado, donde toneladas de roca pulida dejaban a su paso un rastro de sangre y cuerpos humanos aplastados. Colin no se detuvo a escuchar—. ¡Retirada! —gritó—. ¡A la puerta interior!
A cientos, los enanos corrieron a través del redondel central del Gran Auditorio, algunos deteniéndose para ayudar a los muchos heridos que cubrían la zona. La andanada de flechas de los invasores había ocasionado bajas, y había gente tirada por doquier. De pronto, Colin Diente de Piedra vio a Handil entre la muchedumbre, dirigiéndose hacia él contra corriente, cargado con su tambor. Jinna Romperrocas estaba con él, los ojos desorbitados y con una honda de red aferrada en sus pequeños dedos.
—Me he enterado, padre, —dijo Handil—. En la ciudad se dice que un millar de humanos nos han atacado.
—¿Un millar? —Colin sacudió la cabeza—. Muchos millares, diría yo. Demasiados para hacerles frente. Thorin ha de cerrarse. —Se volvió cuando un gran estruendo levantó ecos en la gran cámara. Las puertas que daban al túnel del alcázar se habían abierto violentamente, y una oleada de humanos vociferantes, de ojos dementes, irrumpía por ellas como una avalancha—. ¡A la puerta interior! —bramó—. Deprisa.
Una flecha pasó rozándole la cabeza y se hundió en la espalda de uno de los enanos que había manejado las palancas. La siguieron otras, y Jerem Pizarra Larga y sus hombres formaron un círculo en torno a su dirigente para protegerlo. Uno de ellos lanzó una exclamación ahogada y cayó al suelo, con el astil de una flecha sobresaliendo en un costado. Había utilizado su escudo para cubrir a su dirigente, no a sí mismo.
—¡Vamos, señor! —lo instó Jerem Pizarra Larga—. ¡No hay tiempo!
—¡Vamos! —gritó Colin a Handil mientras los guardias lo obligaban a retroceder, cubriéndolo con sus escudos.
Handil se volvió y vaciló. A su lado, Jinna Romperrocas hizo girar su honda y disparó. La piedra, —del tamaño de un puño—, voló a través del redondel central y alcanzó a un hombre barbudo en pleno rostro. El humano se desplomó hacia atrás, arrastrando a otros en su caída.
—¡Vamos, Jinna! —gritó Handil.
—De acuerdo, —asintió la joven—. Sólo una más… —Y entonces cayó al suelo de espaldas, con una flecha clavada en el pecho.
—¡Jinna! —Handil se hincó de rodillas a su lado.
Al sentir el roce de sus manos la joven se estremeció y dio un respingo.
—No…, no me muevas, Handil. El dolor…
Con un grito de agonía, Handil el Tambor se inclinó sobre su amada y alzó sus horrorizados ojos hacia el portal posterior. Su padre estaba allí, llamándole con un gesto mientras los trabajadores picaban la piedra a cada lado, donde los mecanismos de contención estaban ocultos.
—Handil, —susurró Jinna—, vete ya. Déjame. Tienes que irte. Los humanos… —Con un gemido de dolor, alargó una mano y dejó caer algo en la de él.
Las lágrimas nublaron los ojos del joven cuando vio lo que era: un exquisito anillo, trenzado y engastado al estilo elfo. El regalo de boda de Cale Ojo Verde. Las flechas silbaban a su alrededor, y un hacha arrojada zumbó junto a su cabeza mientras se ponía el anillo, sacaba del cinturón su pareja y lo ponía en el dedo de Jinna con delicadeza.
—Para siempre, —musitó, mirando los angustiados ojos de su amada, viendo la sangre que salía de su nariz y su boca—. Hasta el fin de nuestras vidas.
Los humanos corrían hacia él con las armas levantadas, prestas para matar. En la distancia, oyó la voz de su padre llamándolo, y luego un fuerte estruendo, como un trueno. Miró a su alrededor. Donde antes había un portal, —donde siempre lo había habido, abierto a la gran plaza de Thorin—, ahora había una sólida roca de seis metros de grosor. La puerta interior había funcionado. Thorin estaba a salvo tras un muro de piedra que ningún humano podría traspasar.
Jinna ya no se movía, y Handil se dio cuenta de que había dejado de respirar. Ensimismado, apenas consciente de la vociferante avalancha de sanguinarios humanos que se le echaba encima, Handil el Tambor se puso de pie, colocó el vibral bajo su brazo y le quitó la funda protectora. Una flecha se hincó en su muslo al tiempo que sacaba las mazas, pero apenas la sintió.
Los humanos más adelantados estaban sólo a unos metros, abalanzándose sobre él; pero, cuando se volvió hacia ellos, se frenaron, pasmados por lo que veían en sus ojos. En ese momento, unos cuantos puede que comprendieran que estaban viendo su propia muerte. Sin apresurarse, plantado junto al cadáver de su amada, Handil levantó las mazas y las bajó, y Trueno empezó a cantar.
Esta no era la Llamada a Balladine ni una canción alegre de las altas cumbres. El ritmo del gran vibral era un canto fúnebre, y saturó el inmenso salón del Gran Auditorio con sonidos tan intensos que los humanos retrocedieron tambaleándose y muchos de ellos dejaron caer las armas para llevarse las manos a los oídos.
Otra flecha alcanzó a Handil, y después, otra, pero no significaban nada para él. Las mazas incrementaron el compás, y el vibral sonó atronador.
Y todo en derredor, —arriba, donde el techo abovedado y jalonado de conductos solares se alzaba en una grácil curva, en todas las paredes, en cada grada y cada rampa del Gran Auditorio— la piedra tallada absorbió las vibraciones y empezó a desintegrarse. Un fragor de crujidos y gemidos retumbó en la caverna, y enormes trozos de piedra rota se desplomaron desde lo alto y aplastaron todo cuanto había debajo. En alguna parte, un conducto solar completo se soltó de la abrazadera y se precipitó al redondel, donde se rompió en brillantes y afilados añicos que volaron en todas direcciones. Los humanos se arremolinaron y gritaron; muchos dieron media vuelta hacia donde habían venido, pero el portal se había derrumbado y no había salida.
Un humano furioso, enloquecido por el miedo, corrió hacia Handil con la espada enarbolada y se ensartó en la lanza de otro humano que intentaba huir. Un hacha hirió a Handil en la cadera, y el joven cayó; se incorporó sobre una rodilla, sin perder el ritmo un solo instante.
El canto del vibral creció sobre sí mismo en una progresión constante, como truenos repitiéndose, como ecos que se multiplicaban en más ecos.
—Hasta el fin de nuestras vidas, —musitó Handil el Tambor para sí mismo, llevando el ritmo a un crescendo. Y todo el techo del Gran Auditorio se desplomó; millones de toneladas de fría piedra cubrieron y sellaron para siempre lo que ahora no era más que una tumba silenciosa.
Nubes de polvo y cascotes se alzaron de la ladera de la montaña, por encima del alcázar de Thorin, cuando se abrió una profunda sima allí. El gran monolito llamado Primer Centinela, que se alzaba justo al borde del desprendimiento, se tambaleó y se inclinó, y luego se desintegró y cayó en el agujero, levantando más nubes de polvo.
Y, por encima de todo ello, el sol de Krynn se acercó al cenit del día del solsticio.
Del mismo modo que ningún humano había imaginado la magnitud de Thorin, tampoco ninguno sabía, —ni siquiera sospechaba—, la existencia de la puerta interior. La mayoría de los propios calnars sólo eran vagamente conscientes de que, suspendido y oculto en la acanaladura del tamaño de un pasillo que estaba sobre el portal occidental del Gran Auditorio, había un gigantesco muro colgante de sólido granito, sujeto por los puntales reforzados con cables. El viejo Mistral Thrax puede que hubiera recordado la tremenda empresa que fue la creación de esta trampa si hubiera tenido motivo para pensar en ello, pero muy pocos calnars, aparte de sus líderes, sabían que existía. Estaba cubierta con argamasa, y nunca se había utilizado porque, una vez sueltos los puntales, era poco probable que pudiera levantarse de nuevo.
Pero ahora, en sus últimos instantes de vida, los invasores que ocupaban el Gran Auditorio lo habían descubierto, y todos los que estaban al otro lado, en Thorin propiamente dicho, lo sabían. Donde antes estaba el acceso al Gran Auditorio, ahora había un muro impenetrable. Como Wight Cabeza de Yunque había dicho, Thorin no volvería a ser el mismo. El alcázar, los túneles exteriores, incluso el Gran Auditorio, siempre habían sido una fachada. Estas áreas, —o lo que quedaba de ellas—, habían quedado incomunicadas para siempre con la ciudad ubicada debajo del risco.
Los calnars se habían librado de la invasión clausurando la única entrada que nadie, salvo ellos mismos, conocía. Dentro de Thorin ahora sólo había calnars… a excepción de una persona. Furioso e invisible, entre ellos caminaba alguien que era humano, o que lo había sido en un tiempo, antes de toparse con un enano imbuido con una magia incontrolable que procedía de la propia Gema Gris.
Estero caminaba a hurtadillas por la gran plaza de Thorin, invisible mientras se cubriera los ojos. Sólo él, entre todas las fuerzas invasoras humanas, había cruzado la puerta interior antes de que se derrumbara, y la rabia que lo embargaba era como un fuego abrasador, demencial. ¡Los gorgojos los habían engañado! Largos años de preparativos e intrigas se habían venido abajo. Estaba en Thorin, pero no como un conquistador. Era una sombra entre aquellos a quienes más odiaba, atrapado sin salida.
Las relucientes órbitas que eran los únicos ojos que tenía ardían en su cabeza, y su presencia era un dolor palpitante que nunca cesaba. Anhelaba quitárselas, aunque sólo fuera durante unos cuantos minutos, pero sin ellas el hechizo no funcionaría; lo verían y lo matarían.
Llevado por la ira, arremetió contra todo lo que tenía a su alcance. Una docena de veces, en otros tantos minutos, tocó a algún enano que pasaba a su lado, ejecutó la magia que había aprendido y observó, sin ser visto, cómo el enano moría en medio de horribles dolores, aferrándose la garganta.
Pero aquello sólo conseguía agotarlo y no le reportaba ningún beneficio. No podía matarlos a todos.
¡La magia! Sabía que podía hacer algo más, que tenía más aplicaciones de las que conocía. Con demasiada frecuencia, cuando había intentado llevar a cabo nuevos hechizos, se habían vuelto contra él con dolorosos resultados. Ahora, sin embargo, en su cólera, supo que había algo que podía hacer, y la propia magia parecía decirle cómo. ¡Venganza!, susurraba la magia. Vengarse de Colin Diente de Piedra, el culpable de que estuviera atrapado.
La rabia hirvió y se concentró en su interior, y se transformó en palabras arcanas que se formaron por sí mismas en su lengua.
—In morit deis calnaris —susurró—. ¡Refeist ot atium dactas ot destis!
Como si la propia magia lo aleccionara, pronunció el hechizo y al instante supo lo que significaba. Para el dirigente de los enanos, el exilio. Y para toda su descendencia, ¡la muerte!
Era todo cuanto podía hacer. No obstante, en alguna parte, más adelante, debía encontrarse el fabuloso tesoro que todo el mundo sabía que los enanos tenían. La ciudad subterránea era mucho más grande de lo que había imaginado, y estaba mucho más iluminada. La claridad del lugar parecía acrecentarse a cada segundo, y para los ojos que no podían cerrarse, que nunca podían dejar de ver, resultaba intensamente dolorosa. Y hacía un calor increíble. Se sentía como si se encontrara metido en un horno. A despecho del dolor, se dirigió hacia la fuerte claridad. Ahí tenía que ser donde estaba el tesoro.
La mayoría de los enanos que veía ahora se dirigían presurosos en dirección contraria, y cuando entró en una gran cámara circular, saturada de cegadora luz, la única otra persona que vio en ella fue un enano cojo, muy viejo, con una muleta, que miró en su dirección y entonces se detuvo y lo contempló fijamente. Estero se cubrió los ojos y siguió avanzando. Justo delante, en el centro de la cámara, había una columna rutilante. Parecía salir del suelo, o desde arriba, y a su alrededor el piso terminaba en una profunda sima.
«El tesoro, —pensó—. ¡El tesoro de los gorgojos! ¡Tiene que estar ahí!» Atormentado por la brillante luz, torturado por el intenso calor, Estero se acercó al mismo borde de la sima y escuchó un ruido. Se volvió para encontrarse con el viejo enano de la muleta justo detrás de él.
—El sueño era real, —siseó la añosa criatura—. ¡Tú eres el que Pescador me mostró! ¡Eres el enemigo!
—¿Me ves? —preguntó Estero, boquiabierto.
—Con tanta claridad como si estuvieras vivo, —respondió el enano.
—Estoy vivo, —replicó Estero bruscamente al tiempo que levantaba una mano—. Eres tú quien…
No llegó a terminar el movimiento. Con una rapidez increíble, el viejo enano levantó la muleta y la lanzó como una jabalina. Su punta golpeó el estómago del mago con tal fuerza que lo dobló por la mitad. Unas manos viejas y callosas se clavaron como garras en su rostro y, de repente, se quedó ciego. El enano le había arrancado los ojos.
El mago lanzó manotazos a su alrededor, tanteando, y dio un paso atrás… hacia la ardiente nada. Sus alaridos, mientras desaparecía en la columna de luz, quedaron ahogados por un vibrante zumbido cuando el sol de Krynn alcanzó su cenit sobre el pozo central de Thorin, y tuvo lugar el estallido del haz solar, el estallido ardiente de Balladine.
Mistral Thrax se zambulló hacia un lado, boca abajo, su humeante capa protegiéndolo del breve fogonazo abrasador. Cuando se puso de pie otra vez, tambaleándose, tenía casi toda la barba quemada, sus ropas se habían abrasado, y todo su cuerpo era una ampolla. Abrió las manos y miró lo que sostenían. Los ojos de Estero habían sido unos orbes rojos, brillantes. Ahora, en las viejas manos de Mistral Thrax, había un par de esferas negras, como canicas de azabache. Pero debajo de ellas, en las palmas, habían quedado unas marcas rojizas, como el dibujo de un arpón realizado con brillante tinte rojo.
Tambaleándose, recogió la muleta y se volvió sin mirar atrás, al haz de luz brillante que zumbaba desde la cumbre de la montaña hasta el pozo de magma subterráneo.
Tenía cosas que hacer. Primero, tomarse una jarra de cerveza fría en la taberna de Lobard; después, tenía que encontrar a Colin Diente de Piedra para contarle su sueño portentoso: la búsqueda de Everbardin, y que Kal-Thax se encontraba hacia el oeste.