26
El camino hacia la razón
Durante las últimas semanas del invierno, las forjas retumbaron bajo el pico Buscador de Nubes, y los vapores que se elevaban sobre los Tejedores del Viento eran el cálido aliento de los fuegos que ardían en su interior, a gran profundidad. Aunque los clanes de Kal-Thax habían actuado de común acuerdo durante siglos para defender su tierra contra los invasores, esta era la primera vez en la historia que trabajaban todos juntos para conseguir algo positivo, y en las profundidades del corazón de la montaña se empezaron a notar los resultados de combinar sus aptitudes.
A la destreza daewar para excavar se unía la maestría hylar en la cantería y la mampostería, de manera que la extensión de las madrigueras ya no estaba limitada. Con la introducción de las plataformas elevadoras, como las que Handil Hoja Fría había inventado, la dificultad de trabajar de un nivel a otro en una excavación quedó casi eliminada. El oscuro acero de los daergars resultó ser excelente para la fabricación de rieles y cables, y los enanos empezaron la construcción de una serie de calzadas subterráneas para conectar los centros de todas las ciudades de Thorbardin y para instalar carretillas de tracción de cable de ida y vuelta a las cuevas de cultivos.
Se construyeron botes con madera traída por los neidars o comprada a los einars independientes de la región, y en las orillas en declive del lago se tallaron embarcaderos. Desde estos muelles se ensartaron cables a la base de la gigantesca estalactita viva, por encima del agua, y se fijaron allí. A partir de este punto empezaría la construcción de la ciudad hylar, avanzando hacia arriba a través de la piedra y, —finalmente—, de arriba abajo desde el pico de la montaña a través de pozos en los que más tarde se instalarían los conductos solares.
La mayor parte de lo que algún día existiría aquí todavía se encontraba en las mentes y los planos de los artífices, pero se había empezado y ya no se pararía.
Los líderes de los clanes habían imaginado Thorbardin como una fortaleza, una plaza fuerte desde la que los enanos podrían salir a voluntad para proteger sus campos y valles. Ya no podía mantenerse cerrada toda Kal-Thax. Era demasiado extensa y demasiado accesible para cerrar el paso a la creciente muchedumbre de forasteros. En tiempos ya lejanos, cuando los invasores eran pocos, tal cosa había sido posible, pero ahora no era una opción práctica, y, si los enanos tenían un rasgo acusado, era el de ser prácticos. Con todo, el reino podía mantenerse libre de asentamientos, y esta era la intención del nuevo pacto.
Algunos forasteros entrarían; algunos cruzarían Kal-Thax y proseguirían su viaje. Pero, con la fortaleza de Thorbardin dominando el reino, nadie se establecería en Kal-Thax.
Una opción de otro tipo fue propuesta por Tera Sharn y presentada por Willen Mazo de Hierro. Si no se podía parar la oleada humana, sugirieron, entonces ¿por qué no desviarla, como un escudo desvía una lanza?
Meditaron la idea y cómo podría ser llevada a cabo, y fue Olim Hebilla de Oro quien ofreció la solución:
—Puesto que no queremos que esas personas vengan aquí —sugirió—, quizá podríamos ofrecerles otro sitio al que ir. La mayoría de la gente, sobre todo los humanos, tiende más a seguir un camino que a cruzarlo.
Así, aun antes de que el primer deshielo de primavera se notara en los valles, Cale Ojo Verde salió cabalgando de Kal-Thax con una compañía de voluntarios neidars para explorar las sierras interiores, y Willen Mazo de Hierro cabalgó hacia el este con un centenar de guerreros montados hylars, encabezados por su nuevo capitán de la guardia, Sakor Arena, y acompañado por Gema Manguito Azul y su fuerza de infantería, la Maza Dorada. En nombre del consejo de thanes, Willen se proponía mantener una conversación con quienquiera que estuviera al mando en el sureste de Ergoth. Los humanos que vivían allí estaban tan acosados por la riada de refugiados del este como lo estaban los enanos de Kal-Thax.
Durante la emigración hylar, habían visto ciudadelas humanas esparcidas aquí y allí por toda la región. Algunas de estas mansiones y feudos de los caballeros a las órdenes de los grandes señores que gobernaban el país no eran más que casonas encaramadas en lo alto de riscos y cerros rocosos desde los que se veían los campos y los rebaños de sus feudatarios. Pero había uno que Cale Ojo Verde había visto de lejos y del que había informado. Era un alcázar grande, amurallado, en lo alto de un gran promontorio y, evidentemente, se trataba del hogar de alguien importante. Se encontraba a varios kilómetros al norte del campo donde los hylars habían derrotado a los asaltantes cobars, y Willen sospechaba que el lugar era la residencia del caballero canoso que se había dirigido a él para hacerle una advertencia aquel día…, el hombre al que Glendon Falcón había llamado lord Charon. Para los caballos calnars y los fornidos soldados de a pie daewars, el sitio no estaba muy lejos, y el hombre había parecido estar al mando de los otros, por lo que Willen decidió que él era a quien debería ver.
Dos días después de dejar atrás las últimas pendientes, la tropa de enanos entró en labrantíos y pastizales, con pequeñas aldeas visibles entremedias, aquí y allí. Unos cuantos kilómetros más adelante tuvieron a la vista la gran ciudadela. Era como la había descrito Cale: una fortificación alta, de piedra gris, con baluartes y parapetos en los que ondeaban estandartes. No era una estructura grande para los cánones hylars, pero de mejor calidad que la mayoría de las construcciones humanas que Willen había visto.
No estaba seguro de qué tipo de protocolo habría que seguir para acercarse a una plaza fuerte humana a fin de discutir un asunto, pero en Thoradin había observado que los humanos eran muy parecidos a los enanos en su forma de pensar, salvo en su incapacidad para concentrarse realmente en algo durante mucho tiempo. Así pues, optó por hacerlo de forma directa. Con sus tropas a su espalda, el nuevo jefe de los hylars de Thorbardin se encaminó directamente hacia allí suponiendo que su presencia sería advertida enseguida.
Los primeros en reparar en los enanos fueron los lugareños de una aldea donde las chozas de techo de paja se apiñaban a lo largo de lo que parecía ser el principio de una calzada. A primera vista no parecía haber nadie rondando por el pueblo ni en los campos donde la nieve fundida había dejado dibujos grises y blancos sobre la oscura costra de barro que había debajo. No se veía a nadie, pero salía humo de las chimeneas de las cabañas, por lo que Willen hizo que un trompeta lanzara un toque de saludo y luego condujo a sus tropas al centro del villorrio. Aquí y allí se abrieron postigos, y las puertas se entreabrieron una rendija. Desde los oscuros interiores, unos ojos observaron fijamente a los jinetes de talla baja, protegidos con armaduras, que montaban caballos de gran alzada; después los postigos se cerraron de golpe y las puertas les hicieron eco con el sonido de cerrojos al correrse. Desde alguna parte, una flecha floja, como si la hubiera disparado un arco mal encordado, subió en arco por el aire y rebotó en el yelmo de Willen.
El jefe hylar levantó el escudo y se giró en su silla.
—¡Eh! —bramó—. ¿A qué ha venido eso?
Cerca, en alguna parte, se levantó un gran alboroto; sonaba como si un zorro se hubiera metido en un gallinero. Al costado de la tropa enana un postigo se abrió fugazmente y algo salió volando por él, para ir a rebotar inofensivamente en la armadura de Sakor Arena. El capitán de la guardia miró el objeto caído en el suelo y luego alzó la vista hacia su jefe.
—Es una patata, —dijo con incredulidad—. Alguien me ha arrojado una patata.
Gema Manguito Azul se acercó a grandes zancadas.
—¿Quieres que saquemos a esa gente donde podamos verla? —preguntó a Willen.
—¡Largaos! —gritó una voz humana amortiguada desde dentro de una de las chozas—. ¡Fuera! ¡Aquí no se os ha perdido nada!
Y otra voz, aun más amortiguada, dijo:
—¡Camorristas! ¿Es que no nos pueden dejar en paz?
Y otra:
—¡Un momento, Mullin! Me parece que estos no son los mismos matones. Fíjate qué bajos son. ¿Crees que pueden ser enanos?
—¡Los enanos no montan caballos, idiota! —se mofó la primera voz.
—¿Son caballos? ¿Cómo se han hecho tan grandes?
El escándalo de gallinas cacareando asustadas sonó de nuevo y luego cesó. Willen sacudió la cabeza.
—¡No queremos haceros ningún daño! —gritó para que pudieran oírlo—. Sólo vamos de paso. Estamos buscando la mansión de lord Charon.
—¿Ves? —insistió una de las voces—. Son los mismos. Los camorristas que buscaban a lord Charon.
—No pueden ser los mismos. Esos eran más altos y sus caballos más pequeños. Además, esos ya saben dónde está lord Charon.
—Entonces son más de la misma ralea. —La voz se alzó de nuevo para gritar:— ¡Largaos y dejadnos en paz!
—¡Herrín! —maldijo Willen—. ¡Muy bien, nos iremos! Sólo decidnos si esa ciudadela que está un poco más allá es el alcázar de lord Charon.
—Claro que lo es, —replicó bruscamente una voz quejumbrosa—. ¿Qué otra cosa podía ser si no?
—Gracias, —dijo Willen. Sacudió al caballo con las riendas y se dirigió fuera del pueblo.
A sus espaldas, las voces ocultas parlotearon:
—¡Te digo, Mullin, que esos son enanos!
—¡Tonterías! ¿Para qué iban a venir los enanos aquí? ¿Y qué podrían querer los enanos de lord Charon?
—Bueno, pues yo sigo pensando que son esos matones de Xak Tsaroth.
—En Xak Tsaroth no hay enanos. Es una ciudad humana.
—Entonces es que quizá los matones de allí están menguando de talla.
Sakor Arena acercó su caballo al de Willen.
—¿A qué vendrá todo esto? —le preguntó—. ¿Qué pensáis que pasa aquí?
—Si os interesa, yo podría explicaros lo que pasa, —dijo una vocecilla aguda que parecía salir del suelo.
Willen bajó la vista y frunció el ceño.
—¡Tú!
—Por supuesto que soy yo, —le aseguró Castomel Brincapiés—. Lo he sido durante toda mi vida, salvo, quizá, aquella vez en que un viejo mago me convirtió en una cabra durante un día y medio. Entonces no era yo mismo realmente.
El kender trotaba a su lado alegremente, casi debajo de los cascos del enorme caballo de Willen, Shag, y llevaba entre los brazos varias gallinas.
—Si buscáis a lord Charon, —dijo—, esa es su fortaleza, ahí arriba, en lo alto de la colina. Claro que, si estáis buscando a los hombres del Recaudador Mayor, allí es donde están también, sólo que están fuera, porque lord Charon no los ha invitado a entrar. —El entrecejo del kender se frunció en un gesto desaprobador—. Roban todo aquello a lo que pueden echar mano.
—Igual que alguien a quien conocemos, —resopló Willen con sorna.
—¿Quién? —preguntó Castomel Brincapiés alzando la vista hacia él.
—Olvídalo. ¿De dónde has sacado esas gallinas?
—¿Qué gallinas? ¡Oh! ¿Estas? —el kender miraba a las aves que colgaban de sus manos como si lo sorprendiera encontrarlas allí. Se encogió de hombros—. No lo sé. Estaba pensando en la cena y, de pronto, mira por donde aparecieron estas, como si me estuvieran esperando. No creo que sean propiedad de nadie. Y, si lo eran, no me lo dijeron. ¿Qué tal si me dejas cabalgar un rato en tu caballo?
—¡Ni hablar! —se negó Willen en redondo—. Prefiero que sigas ahí abajo, con tus dos manos ocupadas en las gallinas.
—Está bien, —aceptó el kender alegremente, al tiempo que echaba un vistazo a su alrededor.
Detrás y a los flancos de los hylars montados, la tropa de infantería de Gema Manguito Azul les había seguido manteniendo el paso. Ahora, sin embargo, a una señal de Willen, todos los daewars viraron en ángulo hacia la izquierda, y desaparecieron de tres en tres y de seis en seis por una hondonada que discurría sinuosa entre los campos.
—¿Adónde van? —preguntó el kender, que, al no recibir respuesta, se encogió de hombros—. Bueno, si esa gente es capaz de correr así, con tanta armadura encima, entonces supongo que no puedo quejarme por cargar con unas cuantas gallinas.
La falda de la colina a los pies de la ciudadela parecía un campamento de viajeros. Había lumbres de cocinar, tiendas y un corral improvisado con una docena o más de caballos en su interior. A primera vista, parecía que había varios cientos de humanos acampados, y que llevaban un tiempo allí. Arriba, en los parapetos, donde ondeaban los estandartes, patrullaban centinelas uniformados.
—Esas son las tropas que están al servicio de lord Charon —parloteó Cas Brincapiés al tiempo que señalaba con una mano, cargada de gallinas, a lo alto de la ciudadela—. A lord Charon no le hace mucha gracia que el Recaudador Mayor de Xak Tsaroth haya enviado a toda esta gente aquí a recaudar impuestos, así que no los deja entrar. Pero, al mismo tiempo, tampoco quiere echarlos porque el Recaudador Mayor de Xak Tsaroth está reconocido como una autoridad civil establecida en Ergoth, aunque, personalmente, lord Charon lo considera un bufón.
—Entonces, ¿qué hacen? —preguntó Willen.
—Nada, —respondió el kender mientras trotaba junto al gran caballo—. Es una especie de compás de espera.
—Humanos, —rezongó Willen al tiempo que sacudía la cabeza.
En ese momento sonaron trompetas en lo alto de la ciudadela, y Willen comprendió que habían sido avistados.
La columna de enanos montados se detuvo a un centenar de metros del alcázar. El número de guardias en lo alto de la torre se había duplicado, —sus cabezas y hombros se recortaban claramente contra el cielo—, pero no blandían ninguna arma. Parecía que se limitaban a observar. Las altas puertas del alcázar permanecían cerradas, pero ante ellas, en la ladera de la colina, había casi una docena de humanos montados y equipados con pesadas armaduras, y una amplia doble hilera de soldados de a pie armados, —centenares de ellos—, con picas y hachas de combate. Cuando los enanos se detuvieron, un jinete hizo que su montura se adelantara en el centro de la fila y los miró fijamente.
—¡Por los dioses! —bramó, sin volverse—. ¡Creo que son enanos!
—Os aseguro, señor, que lo somos. Venimos a visitar a lord Charon y, puesto que vos no sois él, os aconsejo que os apartéis a un lado.
—¿Apartarme? —El hombre parecía perplejo—. ¿Apartarme? ¿Sabes quién soy, enano?
—No, —admitió Willen—. ¿Quién sois?
El hombre se estiró tanto que a punto estuvo de partir las uniones de la armadura por la zona inferior del peto.
—Nada menos que Shamad Giracalle, adjunto del Recaudador Mayor de Xak Tsaroth. Y vosotros, enanos, —apuntó con un dedo acusador—, estáis sujetos tanto al impuesto general decretado para las provincias rurales como a las sanciones especiales por el cruce de fronteras y como extranjeros ilegales. Si no tenéis el dinero, tengo autorización para incautar vuestros caballos y armas y los objetos de valor que llevéis encima.
—Eso lo haréis cuando las lunas se oxiden, —replicó Willen sin alterar la voz—. Soy Willen Mazo de Hierro, dirigente del thane hylar de Thorbardin y Kal-Thax, y estoy aquí para ver a lord Charon por asuntos oficiales del consejo de thanes. Y, ahora, apartaos.
—Deslenguado, —barbotó Shamad Giracalle—. No consentiré esa actitud insolente en unos enanos. —Alzó una mano con gesto imperioso—. ¡Prended a estas criaturas!
Los otros humanos montados se adelantaron hasta donde se encontraba él al tiempo que aprestaban escudos y lanzas, en tanto que los soldados de a pie se desplegaban para cargar.
—Estáis cometiendo un error, Shamad Giracalle, —avisó Willen—. Consideraos advertido.
—¡Insolente! —bramó el humano. Bajó la visera del yelmo—. ¡Adelante! —ordenó.
La infantería cerró filas y cargó. Justo detrás de ellos, los jinetes armados pusieron lanzas en ristre, levantaron los escudos y cargaron, acortando distancias con los hombres de a pie, que abrieron huecos en las filas para dejarles paso.
—Si así lo queréis, —rezongó Willen. Hizo una señal, y su tropa se desplegó en formación de punta de flecha—. Martillos y escudos —instruyó, e hizo un movimiento hacia adelante con el brazo.
Con un fuerte estruendo, las dos filas se encontraron. Lanzas y picas rebotaron en los escudos enanos cuando la formación de hylars pasó veloz entre los humanos, y, al tiempo que cada punta de lanza era desviada, un pesado martillo trazaba un arco descendente suave, casi delicado, sobre la cabeza del que la manejaba. En cuestión de segundos, toda la tropa enana había traspasado la fila humana y giraba con perfecta coordinación para inspeccionar el campo dejado atrás. Había hombres tirados y despatarrados por doquier, rodando por el suelo en medio de una gran confusión, sujetándose la cabeza con las manos, poniéndose de rodillas para buscar las armas que habían dejado caer. En la distancia, once caballos sin jinetes galopaban hacia los campos circundantes. Risas complacidas sonaron en las altas murallas de la ciudadela.
—¡Os advertí que os apartaseis! —gritó Willen Mazo de Hierro—. ¡Ahora, dejémoslo estar!
Pero en la ladera de la colina, un poco más arriba, una voz iracunda gritó:
—¡Ha sido un golpe de suerte, una añagaza! ¡Reagrupaos y atacad!
Shamad Giracalle había dirigido el asalto pero no había tomado parte en él. A lomos de su corcel, en la parte alta de la ladera, agitaba los brazos con rabia.
—¡Atacad! —chilló—. ¡Atacad!
De mala gana, sus tropas se pusieron de pie, recogieron las armas caídas, y se reagruparon, esta vez en una formación en punta de lanza, como la que los enanos habían hecho antes. Todos los humanos a excepción de su cabecilla iban a pie ahora, pero la carga que lanzaron contra los hylars estaba plagada de mortíferas espadas y puntas de lanza.
Las tropas de Willen dieron suaves tirones a las riendas y los caballos calnars se desplegaron y adoptaron una nueva formación, una línea curvada, como unos brazos que esperaban abiertos el ataque. De repente, en las sillas de montar no había ningún jinete; cada uno de los hylars colgaba ahora del flanco de su montura, el escudo situado de manera que protegía tanto al caballo como a su jinete.
Desconcertados y boquiabiertos, los humanos atacantes frenaron la embestida durante un momento, y después la reanudaron. Resonaron gritos de guerra que ahogaron la voz de Shamad Giracalle, que miraba detrás de sus tropas y lo que allí había.
En el instante en que la línea humana alcanzó la defensa enana, la Maza Dorada de Gema Manguito Azul cayó sobre ellos por la retaguardia y aplastó el ataque contra las líneas hylars del mismo modo que una maja machaca semillas en un mortero.
De nuevo, ningún enano fue herido, y, de nuevo, todos los humanos atacantes recibieron los impactos de los martillos hylars. En esta ocasión, los golpes fueron más contundentes. Algunos de los que se desplomaron no se levantarían sin ayuda.
Los enanos se apartaron con actitud desdeñosa.
—¡Recoged a vuestros heridos y apartaos de nuestro camino! —ordenó Willen a los humanos—. ¡Tenemos asuntos que tratar aquí, pero no con gente de vuestra calaña!
Aquello era más de lo que el altanero Shamad Giracalle podía soportar. Con un grito, el adjunto del Recaudador Mayor puso lanza en ristre, azuzó a su montura, y bajó a todo galope la ladera, directamente hacia la desprotegida espalda de Willen Mazo de Hierro.
Las orejas de Shag se volvieron hacia el sonido, y el caballo calnar se desvió hacia un lado en el momento en que la lanza del humano pasaba rozando al enano. Al instante, Willen tiró su escudo y su martillo, se encaramó a la silla y, extendiendo los brazos, cerró sus fuertes manos sobre los hombros del humano mientras este pasaba a su lado. De un tirón, lo desmontó y lo hizo caer de bruces al suelo en medio de un gran estrépito metálico, y aterrizó encima de él. Willen volvió al humano, poniéndolo boca arriba, se sentó sobre él y, de forma metódica, lo fue despojando de armas, yelmo, peto, guanteletes y escarcela. Tras reunir todos estos implementos, Willen se apartó del hombre.
—Señor recaudador, regresad a la ciudad de donde venís. Por las molestias que habéis ocasionado a representantes del consejo de thanes de Thorbardin y Kal-Thax, os requiso el caballo y la armadura como pago de tasas. Ahora, largaos de aquí antes de que decida confiscar más cosas.
Un estallido de carcajadas resonó en las murallas de la ciudadela. Por el clamor, daba la impresión de que toda la guarnición se encontrara ahí arriba ahora, presenciando el espectáculo.
Cuando el recaudador de impuestos de Xak Tsaroth se hubo marchado, medio desnudo y seguido por una banda de humanos maltrechos y tambaleantes, las puertas de la ciudadela Charon se abrieron y por ellas salieron caballeros a galope que se separaron para dejar paso al canoso caballero que Willen había conocido a principios de invierno: lord Charon en persona. El humano cabalgó hacia Willen y se detuvo a pocos metros de él.
—Saludos, señor enano, —dijo—. Ha sido un espectáculo muy entretenido, aunque has humillado profundamente a un delegado del reino ergothiano.
—¿Delegado? —Willen miró al hombre con fijeza—. Ese no era más que un camorrista. Señor caballero, estoy aquí en representación de…
—Lo sé —asintió Charon—. Te oí antes. ¿Y de qué asunto quieres tratar?
—De una calzada, —repuso Willen—. Una calzada común, una aventura compartida por Ergoth y Kal-Thax. Una calzada en dirección norte, a través del paso de Tharkas hacia las tierras que hay al otro lado. Una calzada que os ayude a libraros de los refugiados que os importunan y que evite que se dispersen por Kal-Thax.
—Una calzada, —repitió Charon—. Bueno, es un tema sobre el que podemos hablar… junto con el precio de herramientas enanas y la posibilidad de que esos grandes caballos vuestros se crucen con la variedad de las llanuras. Pero, antes de sentarnos a la mesa, señor enano, tengo que hacerte una pregunta.
—¿Sí?
—Humillasteis a esos bufones de Xak Tsaroth. Oh, personalmente, a mí no me importa. Giracalle presume de caballero, pero sólo es, como bien dijiste, un camorrista. Dime, señor enano, si hubiese sido yo el que os hubiera atacado… ¿habríais jugado también así conmigo?
—No, señor, —respondió Willen con seriedad—. Jamás jugaría así con vos, señor caballero. Sería demasiado peligroso. De haberme atacado vos, os habría matado tan pronto como hubiese tenido ocasión de hacerlo.
No muy lejos, Castomel Brincapiés hacía recolección entre los restos del campamento de la ladera, alegremente. A saber cómo, se había apropiado del abollado peto de Shamad Giracalle y se le había ocurrido un buen uso para él. Si pudiera encontrar un poco de grasa o de tocino, la pieza metálica sería la sartén ideal para freír los pollos.