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La canción de los tambores
Aquí, en las cornisas exteriores de Thorin, exuberantes prados remataban las gigantescas terrazas escalonadas que habían sido excavadas en las escarpadas laderas montañosas. Vastos campos de grano formaban mosaicos curvos, dibujos de vívidos colores bajo la luz del sol de media mañana que coronaba los picos del este, afilados como sables. En las terrazas inferiores, los campos tenían tonalidades doradas y rojo profundo allí donde las tempranas cosechas maduraban. Sobre estas, había dibujos de ricos tonos pastel, y aún más arriba, —donde las terrazas flanqueaban jardines florales—, los colores eran verdes, tan profundos y brillantes como esmeraldas.
Aquí, más que en ninguna otra parte del reino de Thorin, el paisaje y las obras salidas de la mano del hombre tenían el toque de los ogros. No como los oscuros y burdos cubiles de los ogros que todavía pululaban por los pasos de las montañas salvajes, lejos, más allá de las tierras colindantes con Thorin, Golash y Chandera, sino el sólido y estricto diseño de tiempos antiguos, cuando los ogros —según decían algunos—, habían dominado todo el territorio de las Khalkist.
Se notaba en la amplitud y anchura de las terrazas, en la precisa separación de los caminos que ascendían entre ellas. No había memoria ni referencia en el saber popular de que los ogros hubieran vivido aquí, y, a pesar de que se los veía de vez en cuando, ellos y su raza no eran los constructores originales de Thorin.
Ahora los ogros eran seres primitivos, a menudo salvajes, brutales en sus costumbres y también en su entorno. Pero había habido en el pasado ogros de otra clase. Remotos antepasados de las enormes y bestiales criaturas de la actualidad, aquellos ogros del lejano pasado habían roturado laderas de montañas a su gusto y habían excavado sus frías y uniformes guaridas en el mismo corazón de las cumbres.
Así lo afirmaban los más sabios de la raza baja, fornida y activa que habitaba ahora Thorin. Este había sido en tiempos el hogar de los ogros. Pero los ogros perdieron el poder y olvidaron sus habilidades. Con el tiempo, lo que antaño pudo haber sido una gran civilización se fue deteriorando hasta el salvajismo. Lo que dejaron detrás ya no les pertenecía, narraban las baladas. Las madrigueras eran propiedad de quienes vivían en ellas, de los que las conservaban y mejoraban. Thorin pertenecía ahora a los calnars, por derecho de residencia y tradición.
Thorin era ahora Thorin Everbardin, hogar de los calnars.
En las cornisas exteriores, el aspecto de la antigua artesanía de los ogros se conservaba porque los calnars no habían creído necesario mejorarlo. Los vastos y ricos prados que ordenaban en hileras las laderas de las cumbres más altas de las Khalkist servían bien a los propósitos de los enanos. Cosechas, manadas y rebaños se trasladaban de nivel a nivel con las estaciones, una empresa bulliciosa y activa como las forjas y los talleres de artesanos situados en el interior de Thorin, a gran profundidad en el pétreo corazón de la montaña. No se recordaba en la historia de los calnars —el pueblo conocido por sus vecinos de otras razas simplemente como «los enanos»— haber conocido el hambre.
Ahora se estaba recogiendo la cosecha de mediados de verano en los campos de las zonas más bajas, así como en los plantíos de árboles frutales y en los viñedos que los flanqueaban. Los tambores habían empezado a hablar en los riscos de los puestos de centinelas, allá arriba.
Colin Diente de Piedra, que salía a caballo del alcázar de Thorin para inspeccionar la cosecha, escuchó la voz de los tambores y tiró de las riendas para mirar a lo alto, aunque sabía que la distancia no le permitiría ver a quienes los hacían hablar. Thorin era enorme, y ellos se encontraban muy lejos y muy arriba. Sin embargo, sus tambores lanzaban al claro aire matinal el apagado trueno de la Llamada a Balladine, y el sonido resultaba grato a los oídos.
Handil estaría allí arriba con ellos, por supuesto. Siempre era el gran «vibral» de Handil el que hablaba primero, marcando el ritmo profundo de la Llamada. Colin Diente de Piedra estrechó los ojos para resguardarlos del sol alto y su mirada buscó el monolito del Primer Centinela. Allí, en la cúspide de esa grandiosa aguja, era donde Handil estaría. Aunque no podía verlo desde aquí, Colin Diente de Piedra evocó la imagen de su primogénito: fuerte y robusto, con la clásica falda de los montañeses ondeando en torno a sus rodillas, su oscuro cabello y su barba recortada confiriéndole un aspecto fiero mientras percutía el gran tambor de caja metálica que era de su propia creación. El vibral, diseñado y elaborado por Handil, no se parecía a ningún otro tambor cuando emitía los primeros toques de la Llamada a Balladine.
Al pensar en su hijo mayor, Colin Diente de Piedra sintió el tropel de emociones que Handil despertaba en él siempre. Aunque todavía joven, el muchacho tenía la anchura de pecho de un excavador veterano, hombros como los nudosos troncos de los pinos de montaña, y manos poderosas en unos brazos abultados por los músculos.
Con su metro sesenta de estatura, Handil no era tan alto como Willen Mazo de Hierro, el capitán de la guardia de Thorin, pero casi lo igualaba, y su porte era el más imponente que su padre había visto nunca: erguido y robusto, muy musculoso, con la gracia natural de un escalador innato. Sus rasgos eran firmes, planos esculpidos en un ancho rostro enmarcado por una mata de pelo negro y barba corta, al estilo calnar. Sobre los altos pómulos, los ojos grises, pensativos, bien separados, parecían contemplar siempre el mundo y cuanto había en él como objetos de interés.
Decían que Handil se parecía a él, y a Colin Diente de Piedra lo complacía la comparación, aunque él no veía tal parecido.
De todos sus hijos, pensó Colin, Handil era el mejor dotado para convertirse en jefe de los calnars. Un líder innato, —incluso desde su adolescencia, Handil había elegido su curso de acción y otros lo habían seguido—, el joven enano poseía un don natural con las herramientas de cualquier clase y un proceder sereno y reflexivo en todo cuanto hacía.
Aun así, Handil nunca había demostrado el más mínimo interés en la jefatura. Parecía desprovisto de ambición de mando, prefiriendo las ocupaciones en las que era diestro, como trabajar los metales e inventar, y, por encima de todo, la música de los tambores.
Desde que era muy joven, todos los que lo conocían lo llamaban Handil el Tambor, y él parecía muy satisfecho con el nombre.
Colin Diente de Piedra miró hacia arriba al oír incrementarse el volumen del toque de tambores y hacerse más complejo a medida que se sumaban más y más tambores; era la canción de la cosecha de los calnars, retumbando y propagándose por las cumbres. El sonido de los ecos añadía energía a la llamada. Se trataba de la Llamada a Balladine, que llegaba más allá de cumbres y escarpas, hasta los reinos humanos de Golash y Chandera. Las gentes de allí oirían la canción, empaquetarían sus mercancías y acudirían. Empezarían a llegar dentro de una semana, y sus campamentos cubrirían los valles a los pies de Thorin. Era la costumbre de los calnars, el Balladine de mediados de verano. Y también se había convertido en costumbre para los vecinos humanos.
Sería una época de comercio, de intercambio de noticias y puntos de vista, de discutir sobre fronteras y canjear prisioneros, de conciliar disputas y renovar pactos; una época de fiestas y competiciones, de negociar y hacer trueques; la época en la que los humanos de dos naciones acudían a Thorin para comerciar por los productos de las fundiciones y forjas enanas, y para escuchar con sobrecogido asombro los ritmos profundos, evocadores, de la música montañesa enana. Era el Balladine, y los tambores su voz de llamada.
Colin lo esperaba con impaciencia, como le ocurría siempre. Era divertido ver, una vez al año, los valles a los pies de Thorin atestados de frenéticas multitudes, siempre impacientes, de visitantes humanos. Era interesante visitar sus pabellones, ver qué trabajos habían producido las extrañas y altas criaturas desde el verano anterior. Colin no trataría personalmente con sus tejedores y vendedores de grano, sus mercaderes de especias y constructores de madera. Dejaría los negocios a Calom Puntal de Martillo y a sus traficantes. Pero habría ocasiones para intercambiar historias con Garr Lanfel y Bram Talien, y quizá para compartir buena cerveza enana con ese viejo bribón de Riffin Dos Árboles y ver quién de los dos rodaba antes bajo la mesa, borracho.
El trato habitual con humanos, a entender de Colin, podía volver loca a una persona razonable. Pero una vez al año era agradable reunirse con los que se habían convertido en amigos.
Colin Diente de Piedra asintió para sus adentros y después volvió a mirar hacia el Primer Centinela cuando las voces de los tambores aumentaron de volumen. Puede que Handil no tuviera interés en gobernar, pero el muchacho podía hacer que las montañas cantaran cuando se lo proponía.
¡Handil el Tambor! Colin Diente de Piedra sacudió la cabeza, con el entrecejo fruncido. Entre los calnars, nadie podía decirle a otro lo que debía llegar a ser, pero había ocasiones en las que el viejo cabecilla enano habría querido poder coger a Handil por los hombros, —como había hecho cuando era un mozalbete—, y sacudirlo para despertar más ambición en esa misteriosa mente suya.
Sin embargo, tenía tiempo de sobra. Aunque en su cabello y su barba había mechones de escarcha, Colin Diente de Piedra todavía era un enano vigoroso, con la mente clara, y su robusto cuerpo estaba tan fuerte como el de un buey. El asunto de la sucesión no era apremiante.
Handil se casaría muy pronto con Jinna Romperrocas, y el matrimonio podría cambiar sus costumbres.
—Es por el trato con los humanos, —masculló para sí mismo—. A veces me siento tan impaciente como esas criaturas de corta vida.
A su debido tiempo, Handil decidiría qué iba a ser. Y si no Handil, entonces había otros del linaje del jefe que podrían demostrar su valía. Estaba Tolon, que aún se hallaba a tiempo de superar su carácter sombrío y malhumorado. Y Cale, si es que alguna vez conseguía cortarle las alas a ese espíritu elfo que le embargaba y plantar los pies en la piedra de la montaña, que era donde tenían que estar.
Cale Ojo Verde, pensó Colin, ceñudo. ¡Cale el Soñador! ¡Vaya nombres que se habían ganado sus hijos!
¿Futuros jefes? La idea lo incomodaba. Un jefe debía tener sus raíces en el clan, porque el jefe era el clan. Pero Cale Ojo Verde sólo tenía raíces en sus sueños de lugares lejanos.
Tolon lo preocupaba a Colin incluso más. Taciturno e intuitivo, Tolon seguía su propio criterio, encerrado en sí mismo, por lo que resultaba difícil adivinar qué camino iba a tomar. Pero lo que era evidente es que a Tolon no le gustaban los forasteros. En particular, desconfiaba profundamente de los humanos, aunque muchos de sus vecinos de esta raza se habían convertido en amigos muy estimados por Colin.
Thorin dependía del comercio, y, en consecuencia, de tratos amistosos con los reinos vecinos. Pero ¿cuán amistosas serían esas relaciones algún día si Tolon Vista Penetrante era el jefe de los calnars? Un gobernante podía cometer pequeños errores, pero jamás incurrir en grandes…, la clase de errores que acarrearían el desastre a su pueblo. Para Tolon, la buena disposición de su padre para aceptar a los forasteros era algo peligroso. Pero, a juicio de Colin, la desconfianza de Tolon hacia los humanos era nefasta. Tal desconfianza podía tener por resultado el cese del comercio, y el comercio era esencial.
No, el sucesor tenía que ser Handil. Handil el Tambor.
Irritado consigo mismo por soñar despierto, Colin Diente de Piedra se irguió en la silla, sacudió las riendas de su gran caballo y descendió por la pendiente al trote para inspeccionar los campos bajos, situados a varios kilómetros. Tras él, los Diez giraron en perfecta formación para seguirlo. Con sus equipos de reluciente acero y pieles de vivas tonalidades, brillaban llamativamente a la luz del sol, y llevaban con orgullo sus lanzas provistas de estandartes. Todos montaban caballos blancos y dorados, cada animal un complemento perfecto y armónico con la montura del jefe.
Muy arriba, en la muralla exterior de la fortaleza de Thorin, Tolon Vista Penetrante, —al que a menudo llamaban Tolon el Meditabundo— observaba desde un mirador umbrío a su padre y a los diez hombres escogidos de su guardia de honor mientras conducían a sus grandes caballos por la inclinada cuesta abajo, en dirección al segundo anillo de campos. Más allá y más abajo, el reino de Thorin se extendía con majestuosa belleza, descendiendo en escalones graduales hasta los frondosos valles de los ríos Canto del Martillo y Hueso, y después elevándose hacia las puntiagudas cumbres de las Cunas del Sol, los picos más occidentales de la cordillera de las Khalkist.
Desde lo alto de los Centinelas, pero ahora dando la impresión de venir de todas partes, los ritmos de la llamada de los tambores crecían y se entrelazaban hasta parecer que las mismas montañas palpitaban con la profunda y obsesionante música. Cuarenta y una veces, —cuarenta y un veranos—, Tolon había escuchado la Llamada a Balladine. Como las estaciones y los paisajes de Thorin, como las acogedoras madrigueras en el corazón de la montaña, la llamada de los tambores formaba parte de su vida y siempre había sido así. Nunca dos veces igual, y, sin embargo, tan inmutable como los propios riscos montañosos, la Llamada a Balladine le resultaba tan familiar como el sol sobre las cumbres. Pero ahora notaba un nuevo tono; no en los ritmos en sí, sino en sus ecos o en el modo en que se propagaban por el aire: Más presentido que oído, aquello tenía un trasfondo oscuro y profético para los oídos de Tolon. Un profundo ceño frunció su atezada frente.
Durante toda su vida, a mediados de cada verano, Tolon Vista Penetrante había escuchado la Llamada y presenciado la reunión de reinos que la seguía. En Balladine venían los humanos de Golash y Chandera, y, a menudo, también otros. A veces acudían tribus nómadas de las llanuras del otro lado de las Cunas del Sol, atraídas por los tambores y por las leyendas de la gloria de Thorin; y otros, Tolon lo sabía, atraídos por la envidia a las riquezas de los enanos. Pero, fuera por la razón que fuera, llegaban cada verano; y otros también. Los ogros de los desfiladeros altos estarían al acecho detrás de los Centinelas, escuchando los tambores. Incluso los elfos habían acudido de vez en cuando, aunque no en los últimos años debido a las guerras con los dragones. Era la esencia de Balladine. Nunca dos veces igual, pero sin cambiar realmente. En el apogeo de Balladine, los visitantes en sus campamentos solían superar en número a los enanos de Thorin en un porcentaje de diez a uno. A menudo, en las competiciones y los puestos de venta, había enérgicas discusiones. A veces surgían incidentes: un disturbio poco importante, una pelea por una baratija o por el modo en que se había ganado una competición. Estaban los inevitables hurtos, las habituales riñas, en ocasiones el apuñalamiento o el duelo violento.
Pero todo ello era parte de Balladine. Eran los resultados previsibles de juntarse y entremezclarse libremente demasiada gente de diferentes opiniones y diferentes razas. Rara vez las consecuencias eran serias, y los jefes humanos de Golash y Chandera parecían tan determinados como Colin Diente de Piedra en que ningún daño irreparable perjudicara la feria estival. Eran humanos, por supuesto, y no resultaba fácil confiar en ellos, pero parecían estar de común acuerdo con los enanos.
Ahora, no obstante… Tolon se estremeció ligeramente y ajustó su ropaje de gamuza tejida, —de manufactura humana, hecha por algún tejedor de Golash—, en torno a sus anchos hombros. Dio media vuelta, se dirigió hacia el pequeño cuarto que había detrás del balcón y abrió la puerta de marco de hierro instalada en el arco de piedra. Vaciló un instante mientras sus ojos se ajustaban de la luz del día al resplandor del fuego.
—¡Tera! —llamó después—. ¿Estás aquí?
Unas suaves pisadas sonaron en alguna parte más allá del cuarto exterior, y un intrincado tapiz se apartó hacia un lado en la pared opuesta. La persona que entró en la habitación, una joven enana, tenía el mismo cabello oscuro y peinado hacia atrás y los ojos separados de todos sus hermanos, pero, aparte de eso, era tan distinta de ellos como ellos lo eran entre sí. Como ocurría con la mayoría de las mujeres de su raza, era bastante más baja que los varones de su familia, y apenas alcanzaba el metro veinte de estatura. Pero en lugar del rostro ancho, con facciones marcadas y pómulos altos de su padre y sus hermanos, los rasgos de Tera Sharn eran como los de su madre: mejillas de suave curvatura, boca pequeña con los dientes ligeramente salientes, barbilla firme, y ojos grandes, casi rasgados, bajo las cejas arqueadas…, unos ojos que pasaban por alto muy poco y en los que se advertía una gran inteligencia cuando eran sorprendidos por una mirada inesperada.
Según los cánones de belleza de cualquier tipo, Tera Sharn, hija única de Colin Diente de Piedra, jefe de los calnars de Thorin, era una doncella enana notoriamente hermosa, y en los últimos meses no habían sido pocos los jóvenes enanos de buena cuna que la habían cortejado. Desde hacía un tiempo era habitual encontrarla con Willen Mazo de Hierro o con Jerem Pizarra Larga o alguno de los otros fornidos pretendientes que la rondaban.
Pero ahora estaba sola, y se detuvo para mirar a Tolon con atención. Algo en su tono sonaba preocupado…, casi atemorizador.
Tolon Vista Penetrante hizo una seña a su hermana.
—Tera, sal al balcón conmigo. Ven y escucha.
Picada su curiosidad, la joven lo siguió a través de la puerta abierta, que se cerró tras ellos sobre los pesados goznes. La luz del sol había llegado al parapeto de piedra del balcón y se reflejaba en el reluciente dibujo de partículas metálicas de su pulida superficie. Tera entrecerró los ojos y miró en derredor.
—Escucha, —dijo Tolon—. Dime qué es lo que oyes.
La joven así lo hizo; luego se encogió de hombros.
—Oigo los tambores, —respondió—. Los tambores de Balladine. —Echó otro vistazo a su alrededor—. ¿Hay algo más?
—¿No te suenan raros? —Frunció el entrecejo mientras miraba a lo lejos, concentrándose en el ronco y complejo retumbo de la música enana.
Tera prestó atención de nuevo.
—Suenan fuertes. Fuertes y seguros. Reconozco la voz del tambor de Handil entre ellos… y también otros. Hablan bien este año. —Volvió a mirar a su hermano—. ¿Qué ocurre, Tolon? ¿Oyes algo que no oigo yo?
—Tal vez no, —admitió él—. Puede que lo haya imaginado.
—¿Qué es lo que has imaginado?
—Sonaba como si… No lo sé, quizá sólo fueran ecos extraños. Por un momento sonó… bueno, como si los tambores estuvieran diciendo adiós.
Obsesiva y poderosa, dando la impresión de ampliarse minuto a minuto, la llamada de los tambores resonaba a través de Thorin hasta alcanzar a los reinos colindantes. Un tambor…, una docena de tambores…, un centenar; de uno en uno, de dos en dos, de cinco en cinco, sus voces se sumaban a la poderosa Llamada a Balladine. A medida que el sol llegaba a su cenit, parecía que las propias montañas absorbían los intrincados e imperiosos ritmos y que vibraban con ellos. Hoy era la primera llamada. Volverían a llamar mañana, y al día siguiente, y al otro, hasta que la cosecha llegara a las terrazas medias. Entonces daría comienzo la gran feria de los calnars, la época de Balladine.
En lo alto, más arriba del alcázar de Thorin, en la cima en forma de plataforma del Primer Centinela, Handil el Tambor se volcaba en su música, los nervudos hombros hinchados al sol conforme el mazo golpeaba un ritmo constante para que los demás entretejieran sus toques en torno a él. Colgado de su hombro, acunado bajo su brazo izquierdo, el poderoso vibral retumbaba con su palpitante invitación. Su voz, a cada golpe de mazo, se propagaba como el trueno y parecía hacer bailar a las propias montañas.
Detrás de él, donde los trompetas y los centinelas ocupaban sus puestos en los parapetos, Cale Ojo Verde, —el hermano más joven—, se asomó despreocupadamente sobre una estrecha barandilla asomada a precipicios vertiginosos y su mirada se perdió en el distante confín de las montañas, dejando que la música de los tambores latiera en su sangre mientras soñaba con lugares lejanos.
En la brumosa distancia, más allá de los valles de los ríos Hueso y Canto del Martillo, más allá de las lejanas y elevadas pendientes, las nubes se movían a la deriva entre los picos de las Cunas del Sol. Como solía hacer, Cale Ojo Verde, —llamado por muchos Cale el Soñador— fantaseó que enjaezaba una de aquellas nubes, se encaramaba a ella, la sentía ascender y flotar bajo sus pies, y transportarlo a través de tierras extrañas y distantes hasta lugares que jamás había visto y que ni siquiera podía imaginar.
Cerca de él, un trompeta miró en derredor, observó al hijo menor del jefe un instante, y luego dio un codazo a un centinela.
—El Soñador está ausente otra vez, —susurró—. Es lo más extraño que he visto nunca. ¿Para qué demonios querría nadie viajar?
—No es lo único extraño hoy, —replicó el centinela, ceñudo. Señaló hacia el oeste, a la brumosa lejanía—. ¿Qué ves allí, Misal?
El trompeta entrecerró los ojos para guarecerlos de la brillante luz; luego extendió las manos.
—Nada, —respondió—. ¿Por qué?
—Precisamente, —dijo el centinela—. La patrulla de Campo Lejano tendría que haber llegado esta mañana con su informe sobre la frontera. Que yo sepa, nunca se habían retrasado, pero hasta donde alcanzo a ver…, y en un día como hoy se divisan más de treinta kilómetros…, no hay señales de ellos.
Cale Ojo Verde miró a su alrededor al escuchar por casualidad el comentario del centinela. Sí, era raro. Marra Dos Fuegos era un explorador avezado, de los que nunca se retrasan en la ruta marcada. Cale tenía amigos entre los guardias de la patrulla. Sus ojos se iluminaron. Tal vez sería una buena idea, pensó, que alguien saliera a buscarlos.