4
El augurio de la espada
La enorme sala llamada Gran Auditorio era el corazón de Thorin. Aquí, donde los ogros del pasado habían acondicionado una caverna inmensa para su guarida más profunda, los excavadores calnars habían empezado la remodelación y expansión desde la que creció Thorin. Había desaparecido la monótona y elemental arquitectura de los ogros. El único vestigio que quedaba de los orígenes ogros era el tamaño de la vasta cámara.
El Gran Auditorio había sido reconstruido por los enanos, que lo habían convertido en un enorme anfiteatro con sucesivos anillos de gradas que partían desde la circunferencia del suelo. Era, literalmente, el corazón de Thorin, porque era allí desde donde habían partido todas las excavaciones posteriores que conformaban la ciudad en el interior de la montaña: una extensión bulliciosa y en continuo crecimiento de niveles y caminos, de madrigueras y calzadas, de tiendas y comercios, de fundiciones, fábricas, herrerías y áreas residenciales en expansión; toda una ciudad dentro de una montaña. Piedra seleccionada, extraída de las excavaciones para los edificios, se había utilizado para la construcción del parapeto exterior de veinte pisos que se alzaba sobre las terrazas, la única pared exterior de toda la ciudad.
El Gran Auditorio era inmenso. Sus gradas circulares escalonadas, que servían de asientos en las asambleas, tenían cabida para muchos miles. Pero ahora había sólo unas cuantas docenas de calnars en la gran cámara. La luz del sol, que entraba a través de las enormes lentes de cuarzo de los conductos solares en el techo abovedado, a treinta metros de altura, hacía que el día en el interior de Thorin fuera tan luminoso como la mañana en lo alto de la montaña, sobre los riscos de las Khalkist. Enormes filas de espejos de cristal y azogue dirigían la luz, en el Gran Auditorio como en cualquier otra parte, de manera que ningún lugar de Thorin estaba oscuro nunca, excepto de noche.
Cuando Colin Diente de Piedra entró en el Gran Auditorio, bajando los escalones de las gradas con sus poderosas y fornidas piernas, algunos de los que esperaban abajo se pusieron de pie, y unos cuantos saludaron. Otros, no. Como dirigente de los calnars, Colin Diente de Piedra no creía necesario el uso estricto del protocolo, a menos que sirviera para un propósito práctico. Hoy no había delegaciones visitantes a las que impresionar, ni juegos o espectáculos que celebrar. No había ningún acto oficial programado, y el mensaje del capitán de la guardia, que requería la presencia del dirigente aquí, había sido sucinto y sin explicaciones.
Colin entró por el pasaje oeste, seguido, como siempre, por los Diez. Todos habían estado fuera, en las terrazas, y todavía llevaban puestas sus ropas de montar. La mesa del Gran Consejo, un mueble de madera de roble pulida, de siete lados y tres metros y medio de diámetro, había sido colocada en el centro de la circunferencia central, con bancos alrededor. Los cinco miembros del Consejo de Protectores esperaban allí, junto con otros cuantos. A Colin lo sorprendió que sus cuatro hijos estuvieran presentes, como también el jefe de excavaciones, Wight Cabeza de Yunque, y el comisario del alcázar, Coque Roca Hendida. Detrás de la mesa, el corpulento Willen Mazo de Hierro, capitán de la guardia, aguardaba con un grupo de sus guerreros. Formaban un apretado círculo, algunos mirando hacia adentro, y Colin estrechó los ojos intentando ver a quién, —o a qué— estaban vigilando.
A un costado del dirigente, Jerem Pizarra Larga, Primero de los Diez, susurró:
—Algo se está cociendo, señor. Coque Roca Hendida nunca se reúne con el consejo.
—Tampoco lo hace Wight Cabeza de Yunque, —hizo notar Colin. Levantó una mano en un gesto aparentemente despreocupado, y los Diez se repartieron con rapidez por el círculo central, situándose en lugares clave desde los que podían vigilar las entradas y guardar a su dirigente las espaldas. No se recordaba que los Diez hubieran tenido que salir en defensa de la vida del dirigente nunca, pero no pasaba un solo momento en el que no estuvieran listos para hacerlo si era necesario.
Colin llegó al borde del círculo central e hizo una pausa allí, mirando de uno en uno a los que esperaban alrededor de la mesa. Cinco de los siete lados de la mesa estaban ocupados por protectores. El sexto era el suyo, y era un antiguo misterio por qué había el séptimo.
El mueble había sido construido por un equipo de maestros carpinteros hacía más de un siglo, pero, aun entonces, el consejo completo, incluido el dirigente, estaba formado sólo por seis miembros. El anciano Mistral Thrax, quien, —según decían algunos— tenía más de trescientos años, sostenía que el séptimo lado era en honor del legendario Kitlin Pescador, el enano que se había plantado en el paso del caos el día en que la magia había nacido. Claro que Mistral Thrax contaba muchas historias. Sólo los niños creían la leyenda de Kitlin Pescador. ¿Qué enano iba a vagar por el mundo, sufriendo heridas que nunca sanaban, y llevando consigo un arpón de doble punta encantado?
¿Qué enano utilizaría magia? La misma idea en sí era repugnante. A pesar de todo, Mistral Thrax insistía en que había un reino llamado Kal-Thax, en alguna parte hacia el oeste, y que Kitlin Pescador había vivido allí.
Colin Diente de Piedra entró en el círculo central y se dirigió a la mesa. Su mirada pasó de uno a otro protector, y después se detuvo en Relente Triza de Acero, el jefe de los protectores.
—¿Y bien? —preguntó.
Relente se encogió de hombros y se volvió para señalar al capitán de la guardia, que se aproximaba a la mesa.
Willen Mazo de Hierro era joven para las responsabilidades de su cargo, pero había demostrado su valía en contadas ocasiones. Con su metro sesenta y dos de estatura, era uno de los enanos más altos de Thorin y tenía la fuerte constitución de un atleta. Con una rebelde y espesa mata de pelo oscuro y una barba que parecía resistir ser cortada, su apariencia desmentía la tranquila sensatez de sus ojos grises.
Mientras se aproximaba, aquellos ojos lanzaron una breve mirada a Tera Sharn, —como hacían siempre cuando la joven estaba presente—, y después se volvieron hacia Colin Diente de Piedra.
—Señor. —Hizo una leve reverencia y luego cuadró los hombros—. He sido yo quien ha convocado esta reunión. Os encontrabais en los campos, y consideré que este asunto no podía esperar. Confío en que aprobéis mi proceder cuando hayáis escuchado el motivo.
Por un instante, Colin se sintió desconcertado. Ignoraba quién lo había convocado, pero había dado por supuesto que se trataba de un miembro del consejo. Que un capitán de la guardia tomara semejante prerrogativa era casi inaudito. Con todo, Willen Mazo de Hierro se había ganado un gran respeto en Thorin, incluso entre sus líderes. A veces, Colin habría deseado que a sus propios hijos se les pegara la forma directa y serena del capitán de ponerse a cargo cuando la situación lo requería.
—Debes creer que tienes una buena razón, Willen. —Colin hizo un gesto con la cabeza—. Continúa.
—Garr Lanfel, el príncipe de Golash, nos ha enviado un enigma, señor. Ese enigma está aquí. —Willen se volvió hacia el grupo de guardias e hizo una seña. Los guardias se apartaron a un lado para dejar al descubierto una figura arrebujada en una capa, que estaba sentada en uno de los bancos.
—¡En pie! —susurró uno de los guardias, en voz lo bastante alta como para que lo oyeran todos.
Al escuchar la orden, el de la capa se incorporó. Colin Diente de Piedra dio un respingo de sorpresa. Era un hombre…, un humano. Al estar de pie, su cabeza y sus hombros sobrepasaban la altura de los enanos armados que lo flanqueaban.
Colin miró ceñudo al hombre encapuchado. Sólo en contadas ocasiones se admitía a los humanos en el interior del alcázar, y, en tales casos, únicamente por orden del dirigente. Para que Willen Mazo de Hierro hubiera tomado esta decisión bajo su responsabilidad, tenía que tener una razón muy buena, desde luego, pensó el dirigente.
—Descubridlo, —ordenó Willen. Los guardias que flanqueaban al hombre agarraron la capa y tiraron de ella. Los ojos del humano dirigieron una mirada de odio no disimulado a los enanos, pero no hizo ruido alguno. Sus manos y sus brazos estaban atados con una fuerte cuerda, y una mordaza le cubría la boca.
—Señor, —dijo Willen Mazo de Hierro al tiempo que señalaba—, este hombre fue entregado a nuestros guardias por hombres de Golash, siguiendo la orden del príncipe Garr Lanfel. Ya estaba atado como lo veis ahora, y lo dejamos así y lo trajimos aquí en secreto. —Willen hizo una pausa, recogió un paquete abultado envuelto en una piel de oveja, y lo dejó sobre la mesa, delante de Colin—. El príncipe Garr Lanfel dio instrucciones a sus hombres de que dijeran que el prisionero no es de Golash. Es un forastero, de los muchos que han llegado en los últimos días, y llevaba esto consigo.
Con un brusco tirón, el corpulento enano desenrolló la piel de oveja. Dentro había una espada, y los ojos de Colin Diente de Piedra se estrecharon al mirarla. No era una espada corriente, y no era la clase de espada que un humano debería tener en su poder. Era un duplicado de la que llevaba Willen Mazo de Hierro a la espalda. Estaba forjada con el mejor acero de Thorin, y tenía la distintiva guarnición floral y la empuñadura de las espadas fabricadas en el quinto nivel de forjadores, para uso exclusivo de los guardias de élite de Thorin. Una espada así jamás se había entregado a ninguna otra persona.
Colin cogió el arma, la examinó detenidamente, y rozó la hoja con la lengua. Aunque se había limpiado, en el bruñido acero todavía quedaban rastros que eran evidentes para la profunda percepción del metal de un enano.
Los ojos del dirigente se estrecharon aún más, y Willen Mazo de Hierro asintió con la cabeza.
—Sí, señor, —dijo—. La espada se ha manchado de sangre recientemente. Y no sangre humana únicamente. Hay también sangre calnar… en la empuñadura, en la guarda y en el pomo.
Colin Diente de Piedra se dio media vuelta; su mirada era fría mientras estudiaba fijamente las facciones visibles del humano amordazado. Hizo un aparte con el capitán de la guardia.
—¿Y la patrulla de fronteras, Willen? ¿Se ha sabido algo de ella?
—No, señor. Nada.
—Y está lo del caballo, —les recordó Handil Hoja Fría, mientras se adelantaba un paso. Tan ancho y fornido como el propio Colin, en este momento el Tambor era una fiera versión más joven de su progenitor—. Uno de nuestros animales, padre. Lo encontraron vagando por los campos bajos, cubierto de sudor y sin los arreos. Saman, el mozo de cuadras, cree que es Piquin, la montura de Marra Dos Fuegos.
—Marra dirigía la patrulla perdida, —añadió Willen Mazo de Hierro.
En la mesa del consejo, Calom Puntal de Martillo, el protector delegado del comercio, sacó un pergamino enrollado de su cinturón y lo puso sobre la superficie de roble.
—Señor, tomad en cuenta las palabras del príncipe humano, Garr Lanfel. Dice que este hombre no es de Golash, pero sí uno de los muchos forasteros llegados recientemente. Garr Lanfel es un hombre honrado, señor…, para ser un humano. Sus advertencias corroboran los informes de las últimas semanas. Grandes bandas de humanos han estado convergiendo tanto en Golash como en Chandera. Llegan sin llamar la atención y se mezclan con los habitantes de allí.
—Mucha gente se mueve de un lado a otro, a la ventura, en estos tiempos, —comentó Talam Combahierro. Como siempre, el protector encargado de la red de acueductos se mostraba cauto a la hora de sacar conclusiones.
—Muchos van a la ventura, —admitió Calom Puntal de Martillo—, pero no tantos. —Desenrolló el pergamino y lo estudió con atención—. Según las estimaciones de nuestros agentes, señor, estas «pequeñas bandas» que están convergiendo en los reinos vecinos totalizan en la actualidad varios millares de humanos varones, todos ellos bien armados, y todos están llegando a tiempo para la feria de Balladine. Asimismo, en Golash dicen que los extranjeros hablan con todos los que quieren prestarles oídos y difunden mentiras maliciosas sobre los enanos. Parece que están haciendo cuanto está en su mano para sembrar un sentimiento de odio por los calnars. Y un nombre se pronuncia a menudo entre los forasteros. Ese nombre es Estero. Nuestros agentes sospechan que puede tratarse de un hechicero de alguna clase.
Colin se estremeció levemente, como hacía la mayoría de los enanos cuando se mencionaba la brujería. La magia existía, pero estaba considerada una abominación.
—¿Sólo en Golash? —preguntó—. ¿Y qué me dices de Chandera?
El protector delegado del comercio fue pasando el índice sobre el pergamino mientras lo iba leyendo; luego alzó la vista.
—Bram Talien de Chandera también informa sobre forasteros, señor. Aunque no tantos.
—Todo eso, y esto, —Willen Mazo de Hierro señaló la espada que Colin sostenía en la mano—, es lo que me ha hecho pensar que deberíamos reunirnos hoy aquí.
—Estoy de acuerdo con Willen, padre, —dijo Handil—. Balladine está a punto de empezar.
—Lo mismo digo, —añadió Tolon—. Temo que el mal se avecina.
—El mal, —repitió Colin. Hizo un ademán hacia el prisionero humano—. Desatadlo y quitadle la mordaza. Oigamos lo que tiene que decirnos.
Unas manos fuertes desataron las cuerdas y la mordaza. El hombre se frotó las muñecas mientras les dirigía una mirada penetrante.
—¿Hablas nuestro idioma, humano? —preguntó Colin Diente de Piedra.
—Hablo mi idioma, —gruñó el hombre—. Pero no con los gorgojos.
—¿Con quién?
—Con gorgojos. Con sucios enanos.
Uno de los guardias sacudió la cabeza, divertido por el hecho de que este desaliñado humano, que olía como si no se hubiera bañado en toda su vida, llamara sucios a los enanos.
—Has oído lo que se ha dicho aquí, humano. —Colin se puso de pie y le sostuvo la mirada con fijeza—. ¿Cómo te llamas y cómo ha llegado a tu poder esta espada?
—Me llamo Calik, —replicó el hombre con brusquedad—. Y lo que tenga o no tenga en mi poder es asunto mío.
—¿Qué le ocurrió a la patrulla de las Cunas del Sol? —inquirió Willen Mazo de Hierro.
El hombre lo miró ferozmente, con los labios apretados.
»¿Quién es Estero? —preguntó Handil el Tambor.
Los ojos del hombre se entrecerraron en un gesto de odio, pero no dijo nada.
Calom Puntal de Martillo levantó la vista del pergamino.
—¿Cuántos sois y qué os proponéis hacer?
El hombre siguió guardando silencio.
Willen Mazo de Hierro lanzó una mirada a su dirigente.
—Con vuestro permiso, señor, yo podría persuadir a esta criatura para que hablara.
El hombre lo miró con desprecio.
—Tengo más aguante que tú, gorgojo, —replicó.
Colin Diente de Piedra tomó asiento de nuevo.
—Adelante, Willen, es todo tuyo. Pero intenta no lastimarlo más allá de lo irreparable.
—Sí, señor. —El capitán de la guardia se alejó de la mesa, se desprendió de sus armas, se quitó la armadura y se dirigió hacia una zona despejada del círculo central, vestido únicamente con la falda montañesa, la camisola y las botas—. Traedlo aquí —dijo.
Los guardias empujaron al hombre, que se resistió.
—¿Qué es esto? ¿Un solo hombre, desarmado, contra docenas con espadas?
—Nada de armas, —decretó Colin Diente de Piedra—. Y nadie más te pondrá la mano encima. Sólo Willen.
—¿Quiere luchar conmigo? ¿Un enano enclenque? Lo mato, y entonces ¿qué? ¿Los demás acabáis conmigo?
—Si derrotas a Willen Mazo de Hierro, humano, pediré tu libertad, —espetó Handil—. ¿Padre?
—De acuerdo, —asintió Colin, agitando la mano con indiferencia.
Los guardias empujaron de nuevo a Calik hacia Willen. Cuando hubieron pasado la mesa, le dieron un fuerte empellón y se retiraron. El hombre vaciló un instante; luego sonrió con perversidad al enano desarmado que lo esperaba.
Calik medía casi treinta centímetros más que Willen y era de constitución fuerte, con piernas y brazos largos, y hombros fornidos.
—He matado a una docena de hombres de verdad en los fosos —siseó—. Haré que esto sea rápido, gorgojo.
La mueca se ensanchó, y el hombre extendió las manos, como si se disculpara. Luego, bruscamente, se agazapó y se abalanzó sobre el enano.
Fue como si hubiera chocado contra una pared. Sonó el golpe sordo de cuerpos al chocar, y luego Calik se encontró tendido en el suelo, detrás de Willen. Se incorporó, sacudió la cabeza y parpadeó. Después, gritando una maldición, se abalanzó otra vez sobre el enano agitando los fuertes puños.
Willen le salió al paso a mitad de camino, eludió los puñetazos agachándose, y le lanzó un gancho demoledor al estómago. El humano todavía boqueaba, falto de aire, cuando el enano ya estaba detrás de él, lo zancadilleaba y descargaba varios golpes fuertes mientras se desplomaba.
Indemne e impertérrito, Willen Mazo de Hierro dio un paso atrás.
—¿Estás ya dispuesto a hablar, humano?
Encolerizado, Calik se incorporó, echó a correr, giró sobre sí mismo y lanzó una patada mortífera a la cabeza del enano. Unas fuertes manos frenaron su pierna, la torcieron, y Calik cayó de bruces. Willen Mazo de Hierro le sujetó los brazos a la espalda y le apretó la cara contra el suelo de piedra; luego se incorporó y, precavidamente, le propinó una patada en las costillas.
—¿Y ahora estás dispuesto a hablar? —preguntó—. Todo el mundo aguarda.
La respuesta de Calik fue un inesperado y rápido puntapié que alcanzó a Willen en el costado y lo hizo retroceder tambaleándose. Veloz como una serpiente, el hombre aprovechó su ventaja en el acto, dando un rodillazo al enano en la cara, y dos puñetazos en la nuca que habrían matado a un humano. Willen cayó de rodillas, aparentemente aturdido, y el hombre se arrojó sobre él intentando derribarlo para realizar una llave mortal en el cuello o en la espina dorsal. Pero el enano supuestamente atontado se incorporó de repente, haciendo palanca con su cuerpo. En un instante, Willen tenía al hombre retorciéndose en el aire sobre su cabeza, y con un impulso lo lanzó a tres metros de distancia.
Calik cayó al suelo, rodó sobre sí mismo, y se estrelló contra el costado de la mesa del consejo. Antes de que pudiera moverse, Willen se le echó encima y le propinó un duro castigo. Calik gritó.
Willen sintió unas manos pequeñas y fuertes que tiraban de él.
—¡Willen, por favor! —dijo la voz de Tera Sharn—. ¡Es suficiente!
Dejó que la joven lo apartara, y respiró profundamente para despejar la cabeza de la furia combativa. Tera tenía razón, por supuesto. El hombre se arrastraba por el suelo, evidentemente derrotado. Willen se volvió hacia la muchacha y oyó su respingo de sorpresa cuando miró detrás de él. Calik no se daba por vencido. Con un grito, se puso de pie, agarró la espada que estaba en la mesa, delante de Colin Diente de Piedra, y la levantó sobre su cabeza. Al descargar el arma en un arco descendente, su brillante filo pasó rozando a Tera. Willen apartó a la joven de un empellón, e hizo un gesto para frenar el avance de la docena o más de enanos que corrían presurosos hacia él.
—¡Quietos! —ordenó—. El humano ha hecho su elección.
Willen hizo un quiebro de costado para eludir el segundo golpe del enfurecido humano, esquivó el tercero agachándose, y se abalanzó hacia adelante pasando por debajo del cuarto. En un abrir y cerrar de ojos, Calik estaba doblado hacia atrás, con la espada todavía empuñada, y el corto y musculoso brazo de Willen cerrado en torno a su cuello. Con el otro brazo, el enano trabó el hombro del humano… e hizo un brusco movimiento giratorio.
El sonido del cuello de Calik al romperse casi quedó ahogado por el fuerte ruido metálico de la espada al caer de una mano muerta.
Willen se apartó, dejando que el corpachón del humano se desplomara en el suelo. Miró hacia Colin Diente de Piedra.
—Eligió guardar silencio, señor, —dijo.
—Es un mal presagio, —masculló Tolon Vista Penetrante.
—Un mal asunto, —estuvo de acuerdo Handil—. A los humanos, incluso a los que tienen relaciones amistosas con nosotros, no les gustará que un enano haya matado a uno de su raza.
—No me dejó otra opción, —le respondió Willen Mazo de Hierro—. Tú lo viste.
—Sí, la decisión fue suya, —admitió Handil—. Pero habrá encrespamiento.
Los guardias se adelantaron presurosos para sacar a Calik a rastras. En la mesa del consejo, Relente Triza de Acero se puso de pie.
—Hay muchos interrogantes, señor, —le dijo al dirigente—. Pero el primero se nos plantea ahora. Con lo que hemos visto y lo que podemos deducir, ¿seguimos adelante con Balladine este año?
Antes de que Colin pudiera responder, su hijo segundo, Tolon, se le anticipó:
—Cancela el Balladine, padre, —pidió—. Este asunto es un presagio. Thorin está en peligro por los humanos. Lo mejor es cerrar las fronteras, mantenerse alerta, y no dejar que un solo humano se acerque este año.
—Las gentes de Golash y de Chandera son nuestros amigos, —señaló Colin—. Ellos no nos han amenazado.
—¡Son humanos los que nos amenazan! —gruñó Tolon—. ¿Acaso importa cuáles? Yo digo que se les prohíba la entrada a Thorin. El peligro es mayor que el beneficio.
Colin Diente de Piedra miró pensativo a todos los reunidos a la mesa y luego sacudió la cabeza.
—Balladine es tan importante para nosotros como lo es para nuestros vecinos, —declaró—. Necesitamos los productos de los humanos del mismo modo que ellos necesitan los nuestros. Dejemos que la llamada continúe y que los planes prosigan. —Se incorporó, dispuesto a marcharse, y añadió:— Pero tendremos mucho cuidado este año. Mucho cuidado. Decid a la gente que tenga en cuenta la otra cara de sus herramientas.